sábado, 19 de septiembre de 2026

A JORNAL DE GLORIA NO HAY TRABAJO GRANDE. Dom. XXV T.O. ciclo "a"- Mateo (20,1-16).

 



Dios es generoso con todos. El problema es que a veces nos pasa como a los jornaleros llamados a primera hora de la mañana, que queremos que nos trate bien a nosotros, pero no nos gusta que trate bien a los demás, a los que pensamos que lo merecen menos. Recordemos siempre que "a jornal de gloria no hay trabajo grande".

 En los trabajos humanos, nos esforzamos para recibir una paga con la que mantener a nuestras familias. En los trabajos por el Reino de Dios no hace falta ninguna recompensa, ya que trabajar por Dios es un privilegio, un don precioso. No hay nada mejor que ser sus amigos, que colaborar con él en la obra de la salvación.

 En otra ocasión recogimos el precioso poema que comienza así: "No me mueve, mi Dios, para quererte". El amor más puro es el amor gratuito, el que solo desea el bien y la felicidad de la persona amada, sin esperar nada a cambio. Pueden escucharlo interpretado con música flamenca en esta entrada:

 - Soneto a Cristo crucificado con música de Vicente Pradal. Lo primero que confiesa el poeta es que no cree en un Dios sin nombre ni rostro. Su Dios es Jesús de Nazaret, despreciado, malherido y crucificado. Él es también el objeto de su amor. Además, quiere amarle por sí mismo y no por otros motivos. De hecho, no le asustan los castigos ni le anima la recompensa que pueda recibir. Santa Teresita del Niño Jesús enseña que "amar es darlo todo y darse uno mismo". De eso habla este poema: de Jesucristo y su amor sin reservas, hasta el extremo, hasta dar la vida por nosotros. Y del deseo de responderle con el mismo amor total y desinteresado.

 He hablado del evangelio de hoy, recogiendo un poema de José Luis Blanco Vega, musicalizado por Juan Antonio Espinosa, en este enlace:

 - Hora de la tarde fin de las labores. Este himno desarma nuestra lógica mercantilista. El "jornal de gloria" no se gana, se recibe; es gracia pura donde el esfuerzo humano se desvanece. Dios, dueño del tiempo y la viña, no ajusta salarios, derrama amor sin medida. La queja del mañanero revela un corazón calculador, pero el poema nos eleva a la gratuidad. Servir en la viña no es un peso, sino un privilegio. La súplica final resuena: "Eres tú la viña, cuida los sarmientos". No se trata de nuestro rendimiento, sino de dejarnos fecundar por Cristo. El dueño paga con la moneda del Reino: vida eterna e inmerecida.

 Eduardo Sanz de Miguel, ocd

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