jueves, 19 de febrero de 2026

THERIANS, LA BÚSQUEDA DE LA TRASCENDENCIA

 



 En las últimas semanas se ha popularizado en las redes sociales una moda que se está focalizando en Hispanoamérica, especialmente en Argentina y Uruguay, aunque su origen está en los años noventa y tiene comunidades estables en Europa. Como tarde o temprano todo nos llega, ¡bendita globalización¡, no está de más que estemos un poco advertidos de las características de esta nueva comunidad.

Me refiero a los “Therians” o personas que sienten una fuerte conexión con el instinto animal que puede llegar a manifestarse en su forma de vestir o de caminar. En determinados momentos pueden sentirse impulsados a comportamientos propios del animal con el que se sienten conectados tales como correr, marcar territorio o sentir que se poseen miembros propios del animal como las alas o la cola.

Puede parecernos algo extravagante o anecdótico, pero como en casi todo, no hay ningún comportamiento humano que no tenga una raíz más profunda o exprese alguna inquietud que late de forma casi inconsciente en el alma de cada individuo. No pretendo aquí hacer un análisis exhaustivo de la situación. Creo que me basta con la sentencia de Chesterton: «Cuando la gente deja de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa».

La reflexión ha sido subvertida por el deseo provocando la evasión de aquello que precisamente nos hace propiamente humanos: la razón que se sobrepone al instinto. Hay una sed humana de pertenecer, de trascender los límites ordinarios, de sentir que la vida no son solamente rutinas, consumo y expectativas sociales. Al sustituir las grandes preguntas por las respuestas rápidas, el alma sigue buscando caminos alternativos para expresar su hambre de significado.

Esta moda, como tantas otras, expresan una misma verdad: el ser humano no se conforma con lo inmediato. Quiere pertenecer, quiere significado y trascendencia. Cuando los anhelos no van a lo profundo, se quedan en la superficie y terminamos inventando símbolos que nos recuerdan que estamos hechos para más. Este inicio de Cuaresma nos devuelve al origen de nuestra vocación, somos polvo en el que Dios ha insuflado su vida y más que multiplicar identidades hemos de redescubrir que somos sus hijos.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

¿Te animas a probar este ayuno?

 



Esta Cuaresma quizá el ayuno más difícil no sea el de la comida.

 Puede que sea el de las palabras.

El Papa León XIV propone vivir la Cuaresma como un camino para volver a poner a Dios en el centro. Escuchar y ayunar van juntos: escuchar para salir del ruido, ayunar para vaciar el corazón de aquello que impide amar.

El ayuno no trata solo de renunciar a algo material. Es aprender qué hambre llevamos dentro. Es ordenar deseos. Es abrir espacio para Dios y para los demás.

 Y aquí llega una propuesta muy concreta:

el ayuno de las palabras.

Ayunar del juicio rápido.

Ayunar de la crítica constante.

Ayunar de hablar mal de quienes no están presentes.

Ayunar de palabras que hieren o dividen.

 Vivimos en un mundo que nos empuja a opinar rápido, a reaccionar sin escuchar, a corregir antes de comprender. Pero muchas veces la conversión empieza en la lengua.

 Una palabra puede destruir.

Y una palabra puede sanar.

 Este ayuno no busca silencio vacío. Busca un corazón más libre. Un lenguaje más humilde.

  Una mirada más misericordiosa.

Tal vez el reto de esta Cuaresma sea sencillo y profundo a la vez:

Hablar menos para amar mejor.

 Criticar menos para comprender más.

Juzgar menos para dejar que Dios actúe.

Cuando cambia el modo de hablar, cambia también el corazón.

¿Te animas a probar este ayuno?

 

Jesús Silva

 

MIÉRCOLES DE CENIZA

 




EL MIÉRCOLES DE CENIZA llega sin ruido, como una verdad dicha en voz baja.

 No trae música ni luces, sino un gesto sencillo: un poco de ceniza sobre la frente, un signo humilde que nos recuerda quiénes somos. Polvo que habla de la vida que pasa, de los días que se escapan entre las manos, de las prisas que a veces nos alejan de lo esencial. Y, sin embargo, también habla de esperanza, porque Dios no se cansa de esperarnos.

 Hoy la Iglesia nos invita a detenernos. A mirarnos por dentro sin miedo, con sinceridad. A reconocer nuestras fragilidades, nuestras heridas, nuestras incoherencias… no para quedarnos en ellas, sino para dejarlas en manos de un Dios que siempre ofrece un comienzo nuevo.

 La ceniza no es derrota: es camino. Es la señal de que queremos volver, de que deseamos limpiar la mirada, ablandar el corazón, aprender a amar mejor. En medio del ruido del mundo, la Cuaresma empieza como un susurro que dice: “todavía estás a tiempo”.

 Quizá este día nos encuentre cansados, distraídos o incluso con dudas. No importa. Dios trabaja también con lo pequeño, con lo imperfecto, con lo que apenas parece suficiente. Basta un gesto, un deseo sincero, una oración sencilla para que Él empiece a hacer nueva la vida.

 Que la ceniza sobre nuestra frente no sea solo un signo exterior, sino una puerta abierta: a la reconciliación, al silencio que sana, a la caridad que transforma, a la alegría profunda de sabernos amados.

 Porque del polvo venimos… y en las manos de Dios, incluso el polvo puede volver a florecer.

 

= Javier Leoz =

martes, 17 de febrero de 2026

EL MIÉRCOLES DE CENIZA COMENZAMOS NUESTRO CAMINO HACIA LA PASCUA.

 




 Con el Miércoles de Ceniza iniciamos la Cuaresma, los cuarenta días de preparación para la Pascua: un tiempo de gracia, de perdón y de retorno a lo esencial. La Iglesia nos sitúa ante la verdad de nuestra vida para que, desde ahí, renazca la esperanza. No empezamos mirando nuestras fuerzas, sino reconociendo nuestra necesidad de Dios, de su amor y misericordia.

La imposición de la ceniza es un gesto austero y elocuente. En la Biblia, cubrirse de ceniza era señal de duelo y penitencia. Los primeros cristianos lo vivían de forma especialmente intensa quienes habían cometido pecados graves y se preparaban para ser reconciliados al final de la Cuaresma.

Con el paso de los siglos, este signo se extendió a todos los fieles: ya no solo como expresión de penitencia pública, sino como memoria de nuestra fragilidad y llamada universal a la conversión.

La ceniza que recibimos procede, desde el siglo XII, de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior. Aquellos ramos con los que aclamamos a Cristo como Rey se convierten ahora en polvo. Es un símbolo sobrio y verdadero: incluso nuestros mejores entusiasmos pueden quedarse en palabras si no se traducen en vida. La ceniza denuncia la incoherencia, pero al mismo tiempo abre un camino de conversión.

Las palabras que acompañan el gesto resumen el sentido de la jornada: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» y «Conviértete y cree en el evangelio». Somos criaturas limitadas, marcadas por la debilidad y la muerte; pero precisamente por eso somos también destinatarios de la misericordia. La Iglesia no nos impone la ceniza para humillarnos, sino para que despertemos al amor.

El evangelio propone los medios concretos de este camino: oración, ayuno y limosna. Ayunar nos libera de la avidez y nos enseña a amar con sacrificio. Orar nos arranca de la autosuficiencia y nos hace reconocer que necesitamos a Dios. Dar limosna rompe el encierro en nosotros mismos y nos devuelve la alegría de compartir.

La Cuaresma es, en expresión antigua, una “carrera” hacia la meta. Partimos de nuestra pobreza (como el viejo Adán, frágil y desobediente) para caminar hacia la vida nueva de Cristo, el hombre nuevo. El Miércoles de Ceniza no tiene consistencia en sí mismo, sino como primer paso de un itinerario que conduce a la Pascua: de la ceniza a la luz, de la muerte a la vida.

Señor Dios nuestro, que conoces nuestra fragilidad y no te cansas de ofrecernos caminos de retorno a ti, mira la pobreza de nuestro corazón al comenzar esta Cuaresma. Que la ceniza que recibimos no sea solo un gesto exterior, sino el inicio de una verdadera conversión. Haznos caminar tras las huellas de tu Hijo, para que, muriendo al pecado, lleguemos con gozo a la luz de la Pascua y participemos de la vida nueva que solo tú puedes dar. Amén. 

Eduardo Sanz de Miguel OCD

lunes, 16 de febrero de 2026

REFLEXIÓN SOBRE LA FALTA DE VOCACIONES RELIGIOSAS.

 



 Hoy me ha escrito una amiga, preocupada porque el año pasado, en Estados Unidos, el 82% de los institutos de vida consagrada no tuvo ningún candidato que hiciera los votos perpetuos. Es una realidad dolorosa. Y no es un fenómeno aislado: con matices distintos, se repite en prácticamente todos los países occidentales (Europa, Australia y las Américas).

Hablaré desde dentro. Soy carmelita descalzo y vivo en España. En mi provincia llevamos varios años sin novicios; los jóvenes en formación son pocos y nuestras comunidades más numerosas son las enfermerías. En los últimos años hemos cerrado varias casas y, previsiblemente, en los próximos tendremos que cerrar otras por falta de relevo generacional.

En la diócesis donde vivo, Soria, sucede algo semejante con el clero diocesano: cada vez son menos y más ancianos. Hay más fallecimientos que ordenaciones. Muchos sacerdotes atienden un número enorme de parroquias (a veces entre treinta y cincuenta), aunque la mayoría estén en aldeas muy despobladas.

También las familias cristianas viven una situación parecida. En la mayoría de las parroquias de la diócesis no es que se celebren pocos matrimonios: no se celebra ninguno desde hace años.

Sería ingenuo negar la magnitud de la crisis. Hablando con cifras en la mano, puede decirse que la vida religiosa y sacerdotal atraviesa un verdadero colapso en Occidente. Hace décadas que las vocaciones escaseaban; hoy, sencillamente no existen. Las pocas que surgen son la excepción. Sociedades que hace apenas treinta años se declaraban mayoritariamente cristianas han dado la espalda masivamente al cristianismo y ya no se interesan por él. La vida consagrada comparte, inevitablemente, la crisis global de fe que afecta a la Iglesia.

Pero tan importante como reconocer la crisis es saber situarla. La Iglesia no es un mineral destinado a permanecer intacto; es un organismo vivo que atraviesa procesos históricos. A lo largo de los siglos ha sufrido convulsiones profundas. Durante la peste negra del siglo XIV muchos monasterios quedaron vacíos. En el siglo XVI, con la Reforma protestante, desaparecieron conventos e incluso órdenes enteras. En los siglos XVIII y XIX, las revoluciones liberales arrasaron numerosas instituciones religiosas. En el siglo XX, las dictaduras comunistas suprimieron violentamente la vida eclesial en amplias regiones. Tras el Concilio Vaticano II, muchos religiosos y sacerdotes “colgaron los hábitos”. La crisis actual es real, pero no es la primera ni implica el fin de la vida consagrada, y mucho menos el fin de la Iglesia.

El verdadero problema no son las crisis, sino la falta de lucidez para comprenderlas y de coraje para atravesarlas. Personalmente, no me inquieta tanto que seamos pocos o ancianos; me inquietaría que nuestra vida perdiera sentido. Hemos entregado la vida a Cristo sin condiciones, y creemos que es él quien guía la historia, también cuando los caminos resultan incomprensibles.

Me duele cuando se afirma, con ligereza, que no hay vocaciones porque no vivimos con fidelidad nuestro carisma. Conviene recordar algo fundamental: fidelidad no es sinónimo de éxito. Hay que distinguir entre éxito (medible en números y prestigio) y fecundidad (que pertenece al orden del Espíritu). La fidelidad, el gozo y la caridad pastoral son manifestaciones de autenticidad vocacional, pero no son garantías mecánicas de resultados visibles.

Dicho esto, también es verdad que una vida consagrada vivida con amargura, rigidez o autor referencialidad difícilmente puede suscitar interés. Nadie se siente llamado a una vida que quien la vive parece soportar con resignación. La fidelidad alegre, la libertad interior y la caridad pastoral son condición de posibilidad para que alguien intuya que seguir a Cristo merece la pena. Una Iglesia encerrada en la queja no engendra vida.

Sin embargo, no existe una relación causal automática entre fidelidad y crecimiento numérico. La historia demuestra que puede haber consagrados santos, entregados y felices en contextos culturalmente adversos donde, sencillamente, no surgen vocaciones. Identificar fecundidad evangélica con aumento de miembros conduce a culpabilizaciones injustas y a simplificaciones que no hacen justicia a la complejidad de los procesos históricos.

Humanamente hablando, Jesucristo fracasó: muchos discípulos lo abandonaron y murió en aparente derrota. Sin embargo, la fe nos dice que precisamente en la cruz estaba germinando la vida nueva. La fecundidad cristiana es siempre pascual: pasa por la pérdida, el anonimato y, a veces, por la esterilidad aparente.

Por mi parte, puedo decir con santa Teresita que “no me arrepiento de haberme entregado al Amor”. Muchas cosas no han sido como yo imaginaba, pero he sido feliz en todos los conventos donde he vivido y he intentado servir lo mejor que he sabido en cada responsabilidad que se me ha confiado.

No sé cómo será el futuro. No me corresponde salvar estructuras, ni siquiera salvarme a mí mismo. Solo sé que el Señor sigue siendo el único Salvador. En sus manos pongo mi vida, la de quienes me rodean, el futuro del Carmelo y el de la Iglesia. Y en los momentos más difíciles, hago mías las palabras del salmista: «Mi alma llora de tristeza, consuélame con tus promesas. […] De todo corazón busco tu favor: ten piedad de mí, según tu promesa» (Sal 119, 28.58). Porque la esperanza cristiana no se apoya en estadísticas, sino en la fidelidad de Dios.

 

Soria, 12-febrero-2026.

 

Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

 

domingo, 15 de febrero de 2026

SOLO POR HOY

 






Señor,

sólo por hoy quiero vivir este día contigo,

sin cargar con el peso de todo mi pasado

ni angustiarme por todo mi futuro.

Me basta tu gracia para hoy.

Sólo por hoy quiero confiar en que me amas,

que no soy un error,

que mi historia está en tus manos

y que nada se escapa de tu Providencia.

Sólo por hoy aceptaré lo que venga

como permitido por Ti,

y responderé con fe,

aunque no entienda.

Sólo por hoy quiero ser fiel.

Fiel en lo pequeño y en lo escondido,

fiel cuando nadie me ve,

fiel cuando cumplir cuesta,

fiel a la vocación que me has confiado

y a las personas que has puesto en mi camino.

Que no me disperse,

que no me acomode,

que no me canse de amar.

Sólo por hoy cuidaré mi mente:

buscaré la verdad,

evitaré pensamientos que me ensucien por dentro,

y llenaré mi corazón de tu Palabra.

Sólo por hoy haré el bien en silencio.

Perdonaré aunque me cueste.

Sonreiré aunque esté cansado.

Y si alguien me hiere,

te ofreceré esa herida.

Sólo por hoy vigilaré mi lengua,

para no criticar,

no herir,

no sembrar división.

Que mis palabras construyan.

Sólo por hoy viviré con orden y responsabilidad,

haciendo lo que debo hacer,

aunque no tenga ganas,

ofreciéndotelo todo.

Sólo por hoy buscaré un momento de silencio contigo.

Me pondré ante Ti tal como soy,

sin máscaras,

sin excusas.

Sólo por hoy no tendré miedo.

Si Tú estás conmigo,

¿quién contra mí?

Enséñame a ser feliz en Ti.

Y si caigo, Señor,

sólo por hoy volveré a levantarme.

Amén.

 

 Jesús Silva

 

sábado, 14 de febrero de 2026

LA LIBERTAD DEL CRISTIANO. La ley y la gracia. D. 6 del T.O. ciclo "a".

 

 

 Las lecturas nos sitúan ante una paradoja esencial: una palabra exigente que, sin embargo, es profundamente liberadora:

- Eclo 15,15-20. A nadie obligó a ser impío.

- Sal 118. Dichoso el que camina en la ley del Señor.

- 1Cor 2,6-10. Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.

- Mt 5,17-37. Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.

El libro del Eclesiástico afirma con sobriedad: “ante ti están fuego y agua…, a nadie obligó a ser impío”. La libertad humana no es una ilusión, sino el espacio teologal donde se juega la Alianza. La Ley de Dios no suprime la autonomía, sino que la constituye al distinguir con claridad entre el camino que lleva a la vida y el que lleva a la muerte. Por ello, el Salmo 118 canta la dicha de quien ha encontrado el camino que le lleva a la felicidad.

El evangelio nos conduce a la raíz del precepto. Jesús no relativiza la Ley ni la sustituye por una casuística más severa; declara que viene a darle cumplimiento ("plerosai"). Este cumplimiento no es una mera ejecución normativa, sino una plenitud de sentido. Si la Torá era la Palabra escrita, en Jesús esa Palabra se hace presencia y acontecimiento. Su autoridad (“pero yo os digo”) no es la de un profesor, sino la de la Sabiduría misma de Dios, que san Pablo describe como preexistente y ahora revelada.

Las antítesis del Sermón de la Montaña no endurecen la norma; la llevan al corazón. Jesús revela que el mal no es solo un acto externo, sino una ruptura en la profundidad del ser. No basta con no matar; la justicia del Reino exige la reconciliación. No basta evitar el adulterio; se requiere la transparencia del deseo. Aquí, la Ley actúa como una pedagogía hacia la interioridad, donde la persona decide ante Dios en verdad. La justicia nueva no es una acumulación de méritos, sino una existencia transfigurada.

La liturgia no nos propone este evangelio como un ideal inalcanzable, sino como misterio que se nos da. El que habla en la montaña es el mismo que se entrega en la eucaristía. Su palabra no solo enseña: realiza lo que dice. Nos introduce en su propia relación filial con el padre. San Juan de la Cruz dirá que el alma es llevada a amar con el mismo amor con que es amada.

Así, la vida cristiana no es tensión voluntarista por ser perfectos, sino participación en la obediencia del Hijo. En él, la ley de Dios deja de ser un límite exterior y se convierte en forma de su vida en nosotros. Entonces la libertad no se pierde: se cumple.

Oremos: Señor Jesús, sabiduría eterna del Padre, escribe tu ley en nuestro corazón. Purifica nuestros deseos, reconcilia nuestras relaciones, haznos vivir de tu propia vida filial, para que nuestra libertad sea amor y nuestra obediencia, comunión contigo, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, OCD