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domingo, 5 de abril de 2026
Tocata sin fuga: la Pascua
Hoy los cristianos celebramos otra cosa. Sin
aspaviento ni alharaca. La convocatoria nos escenifica que quedaba lo mejor por
llegar, quedaba propiamente por decir la última palabra. Es el final que se
torna recomienzo, y donde todo parecía extinto y agotado, de pronto empieza
allí la primavera con una pujanza tan nueva que hace olvidar todos los
barbechos que no nos dieron nada. Así, todas las penúltimas palabras llenas de
oscuridad, de violencia y de muerte, han quedado enmudecidas para siempre tras
ese canto que como un himno a la alegría tenía por estrofa única un aleluya sin
ocaso. Había una palabra última que debía ser escuchada y es la que de modo
postrero se reservó Dios mismo para pronunciarla. Después de todo un camino de
conversión y escucha, llega el momento del encuentro con esa palabra. Hemos
llegado al centro del año cristiano. Todo parte de aquí y todo hasta aquí nos
conduce. Y como quien sale de una pesadilla que parecía inacabable y pertinaz,
como quien sale de su callejón más negro y tenebroso, como quien termina su
exilio más distanciador de los que ama, como quien concluye su pena y su
prisión… así Jesús ha resucitado, según había dicho.
Por malditos que resulten tantos avatares inhumanos
cada día, y por tropezosos que nos parezcan los traspiés cotidianamente, Jesús
ha vencido. Y esto significa que ni la enfermedad, ni el dolor, ni la
oscuridad, ni la tristeza, ni la persecución, ni la espada… ni la mismísima
muerte tendrán ya la última palabra. Jesús ha resucitado y su triunfo nos abre
de par en par el camino de la esperanza, de la utopía cristiana, el camino de
la verdadera humanidad, el camino que nos conduce al hogar entrañable de Dios.
Como en la mañana primera, Dios vuelve a pasar por
nuestro caos para llenarlo de armonía, revistiendo nuevamente de bondad y
belleza lo que sus labios creadores de nuevo pronuncian con palabra de
eternidad. Al unirnos a la alegría de toda la creación, también nosotros
queremos ser testigos de su paso entre nosotros, de su trasiego siempre
bondadoso y embellecedor. Y ¿qué debemos testificar? Pues lo que la misma
Pascua proclama y canta: que la luz vence a la sombra, y la paz a la guerra,
que el amor vence al odio, porque Jesús ha resucitado dejando para siempre
vacío el sepulcro de la muerte.
Estamos llamados a cantar y a contar este milagro,
esta maravillosa intervención de nuestro Dios. En medio de todos nuestros dramas
y dificultades, ha sucedido algo, ha ocurrido algo, que ha modificado en
nuestra historia todos los fatalismos que nos acorralan y atenazan: Jesús ha
resucitado. Sí, vayamos al sepulcro, a ese en el que tantas veces quedan
sepultadas nuestras esperanzas y alegrías, nuestra fe y nuestro amor, y veamos
cómo Dios quiere resucitarnos, quitando las losas de nuestras muertes, para
susurrar en nosotros y entre nosotros una palabra de vida, sin fin, verdadera.
Jesús ha resucitado. Vuelve la vida. El himno de esta alegría no tiene ninguna
fuga en su tocata de aleluya, sino un eterno regalo que nos permite volver a
nacer agradecidos en la Pascua.
+ Fr. Jesús Sanz
Montes, ofm
sábado, 4 de abril de 2026
PERMANECE EN ÉL
Vamos a la iglesia.
Leemos la Biblia.
Aprendemos versículos.
Cantamos canciones.
Servimos en algún lugar.
Pero en medio de todo ese movimiento,
podemos terminar haciendo lo que Jesús nunca nos pidió.
Nunca dijo: “admírenme”.
Nunca dijo: “conózcanme intelectualmente”.
No es llegar un domingo, emocionarte, sentir algo bonito y luego volver a
tu vida como si nada.
Es instalarte.
Es hacer de Él tu lugar.
Porque el problema no es que la gente no quiera a Jesús.
Muchos lo quieren.
Muchos lo admiran.
Muchos saben quién es.
Muchos hasta defienden Su nombre.
Vino a buscar personas que permanezcan en Él.
Permanecer en Él es dejar que Su bondad transforme tu carácter.
Permanecer en Él es confiarle tu vida, aunque no veas milagros.
Permanecer en Él es quedarte cuando duele, cuando no entiendes, cuando
quieres irte.
Su vida viene de donde está conectado.
Si lo cortas, se seca.
No importa cuánto se esfuerce.
No importa cuánto quiera producir fruto.
Sin conexión, no hay vida.
Yo soy la vid.
Separados de mí nada podéis hacer.
No “menos”.
Nada.
Nace de la conexión.
podemos pasar años haciendo cosas para Dios sin permanecer en Él.
Podemos liderar grupos, enseñar clases, predicar sermones, servir en el
altar,
y estar secos por dentro.
Porque estamos produciendo desde nuestro esfuerzo, no desde nuestra
conexión.
Él nos quiere por nuestra permanencia.
no tienes que esforzarte por parecer cristiano.
Su carácter comienza a moldear el tuyo.
Su amor atraviesa tus heridas.
Su voz comienza a gobernar tus decisiones.
Es algo que Él produjo a través de ti.
Es permitir que Jesús se exprese en ti.
la obra que Él comenzó en ti sigue viva.
No depende de tu esfuerzo.
Depende de tu permanencia.
Pregúntate: ¿Cuánto estoy permaneciendo en Él?
Él busca corazones que le den lugar.
No para usarlos.
Para habitarlos.
Su vida comienza a manifestarse a través de ti.
Y eso no lo produces con esfuerzo.
Eso ocurre porque permaneces.
Juan 15:4-5
Juan 15:7-8
Colosenses 2:6-7
martes, 31 de marzo de 2026
PARA PROVOCAR, DISCERNIR Y AYUDAR, Procesiones: ¿escaparate o encuentro?
La Semana Santa llena las calles. Pasos imponentes, música que estremece,
silencio que sobrecoge… y multitudes. Pero la pregunta es inevitable:
¿Qué hay debajo?
Porque una procesión puede ser muchas cosas a la vez:
tradición, cultura, arte…
o también fe viva, conversión, encuentro con Cristo.
El riesgo es real:
que todo se quede en escaparate,
que la emoción sustituya a la oración,
que el aplauso ahogue el silencio interior.
No es malo que sea bello.
No es malo que emocione.
El problema es si todo termina ahí.
Una procesión auténtica no es un desfile: es un camino.
Un pueblo que camina con Cristo, o mejor, detrás de Cristo. Cuando eso es
verdad: el silencio no es vacío, es oración, la música no es espectáculo, es
súplica, la imagen no es adorno, es presencia que interpela
Entonces ya no miras… te dejas mirar.
Ya no observas… te conviertes en parte.
¿Qué hay que recuperar?
El sentido de fe. Volver a poner a Cristo en el centro, no como excusa,
sino como Señor.
¿Qué hay que mantener?
La belleza, la tradición, la identidad de un pueblo que ha sabido rezar con
los sentidos.
¿Qué hay que vivir?
La coherencia. Que lo que procesionamos por fuera, lo llevemos por dentro.
¿Y lo residual?
Todo lo que no lleva a Dios. Todo lo que se queda en apariencia. Todo lo
que pasa… sin tocar el alma.
Porque al final, la pregunta no es si la procesión ha sido bonita.
La pregunta es otra:
¿Ha pasado Cristo por mi vida… o solo por mi calle?
Aun así la Religiosidad Popular es un recurso que ayuda y muchísimo en el
camino de la fe. Pero ojo con aquellos que pretenden que sólo sea reclamo
turístico, cultura, tradición o simple identidad.
Feliz Semana Santa
J. Leoz
lunes, 30 de marzo de 2026
MEDITACIÓN PARA SEMANA SANTA.
El Dios que nos tomó por sorpresa. Nadie estaba preparado. No existió estrategia ni previsión humana capaz de asimilar la magnitud de lo que estaba aconteciendo. Los sucesos que envolvieron a Jesús de Nazaret desbordaron cualquier esquema previo, dejando al mundo sumido en el desconcierto.
A su círculo más íntimo, los discípulos, el miedo les fragmentó el entendimiento; fueron incapaces de descifrar los signos de lo que se avecinaba. Las autoridades religiosas, ancladas en la rigidez de la norma, lo identificaron con un blasfemo que debía ser erradicado. Por su parte, Pilato y la estructura administrativa romana lo condenaron bajo una amalgama de pragmatismo político y confusión jurídica, mientras la soldadesca descargaba una violencia ciega e instrumental. Unos lloraron su muerte como el naufragio de una esperanza; otros la celebraron como la neutralización de una amenaza.
Nadie comprendió nada. En medio del escarnio, los azotes y las etiquetas (traidor, revolucionario, falso profeta), el misterio permanecía velado a los ojos del mundo. Nadie alcanzó a vislumbrar que era el mismo Dios quien, en un silencio elocuente, se dirigía voluntariamente hacia el madero.
Jesús abrazó una pasión desgarradora para revelarnos que el amor es el único sendero que desemboca en la Vida. Soportó el peso de la Cruz para transformarla en el eje de nuestra fortaleza. Fue necesaria la crudeza de su muerte para que la confesión de fe brotara de los labios más improbables: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Y, finalmente, su resurrección dotó de sentido al sufrimiento, mostrándonos que nuestro destino trasciende la tumba para fundirse en la luz.
Es un hecho sobrecogedor: en aquel momento histórico, nadie estuvo a la altura de su manifestación. Nadie adivinó que en la fragilidad de aquel hombre se hallaba la respuesta definitiva a todas las búsquedas de la humanidad.
Sin embargo, de aquel aparente fracaso histórico nació nuestro mayor tesoro teológico y vital. Nos legó su ejemplo y la entrega sustancial de su ser: "Si yo, que soy vuestro Señor y maestro, os he lavado los pies, hacedlo también vosotros... Esta es mi sangre, que se derrama para el perdón de vuestros pecados; haced esto en memoria mía".
Señor Jesús: hoy te pedimos que despejes nuestras mentes para que el mensaje de tu entrega no sea un concepto abstracto, sino una realidad viva; y transforma nuestros corazones para que, despojados de egoísmo, logren asemejarse al tuyo. Amén.
Eduardo Sanz de Miguel, OCD
sábado, 28 de marzo de 2026
JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN. Reflexión bíblica sobre el Domingo de Ramos.
Al llegar a Jerusalén, un grupo de discípulos y acompañantes lo recibe con
entusiasmo: lo aclaman como «Hijo de David», agitan ramos y extienden sus
mantos, gestos propios de la entronización de los reyes de Israel.
Los evangelios matizan el alcance de esta acogida: no se trata de toda la
ciudad, sino de un grupo relativamente limitado. El sentido pleno de estos
gestos solo será comprendido después de la resurrección, cuando los discípulos
relean los acontecimientos a la luz de las Escrituras.
En este episodio, Jesús acepta públicamente el título de mesías, cosa que
antes había evitado para no suscitar expectativas políticas. No viene a
instaurar un reino terreno ni a enfrentarse a los romanos. Su modo de entrar en
Jerusalén lo deja claro: no lo hace como un rey guerrero, sino montado en un
asno, signo de humildad y cercanía al pueblo sencillo. Este gesto evoca tanto
la tradición davídica como la profecía de Zacarías, que presenta a un rey
humilde, pacífico y universal. Jesús se revela como un mesías distinto: un rey
de paz, no de violencia.
Además, su entrada manifiesta que no es una víctima pasiva: sabe que lo
buscan para matarlo, pero entra libremente en la ciudad, consciente de que ha
llegado su «hora». Su camino hacia la pasión forma parte del designio de Dios y
él lo asume. En este sentido, su realeza se une a la figura del siervo
sufriente: reinará entregando su vida.
El evangelio de Lucas añade un detalle significativo: Jesús llora sobre
Jerusalén. Sus lágrimas expresan dolor por la ceguera de la ciudad, incapaz de
reconocer el camino de la paz. Así anuncia un juicio: la destrucción futura de
Jerusalén estará ligada a su rechazo del mensaje de salvación.
En este contexto, los gestos que Jesús realiza al entrar en la ciudad (la
maldición de la higuera estéril y la purificación del templo) simbolizan el
final de un culto vacío y el inicio de una nueva relación con Dios. Jesús mismo
se presenta como el verdadero templo, el lugar donde Dios habita entre los
hombres.
Su entrada en Jerusalén no es solo un gesto triunfal, sino la manifestación
de un mesianismo humilde, pacífico y redentor que culminará en la cruz y la
resurrección.
jueves, 26 de marzo de 2026
LA MUERTE COMO LLAMADA
Hace unos días, en uno de los Vía-Crucis que
celebrábamos con la feligresía, una de las expresiones que se usaba en la
décimo segunda estación me impactó especialmente. La cruz – decía aquella
reflexión–
es tu púlpito más elevado y tu muerte, el grito del pastor que llama a su
rebaño.
Cuando nos disponemos a evocar una vez más la Pasión, Muerte y
Resurrección de Jesús en estos días santos, una pregunta debe recorrer nuestra
cabeza y calar hasta nuestro corazón: ¿Qué significa realmente la muerte de
Cristo?
Contemplamos el hecho histórico y el dolor, filtrado por las
imágenes sagradas, se nos presenta como algo a lo que estamos acostumbrados,
que no provoca porque corre el riesgo de ser únicamente imagen. Pero Cristo no
muere como quien es vencido, sino que entrega su vida por los suyos.
Ese dolor es también llamada. Muere nuestro Pastor, aquel que
nos conoce, que nos llama y nos reúne. El de la voz que no se pierde en el
viento; sino que es reconocida, íntima, inevitable. Su muerte no es un final
mudo sino una convocatoria que reúne. Por eso la Semana Santa no es solo duelo
sino también escucha. La llamada no siempre es estruendosa; se percibe en lo
más hondo, en ese lugar donde las preguntas esenciales no pueden ser ignoradas.
¿A qué nos llama este grito, esta muerte? Tal vez a volver,
quizá a recomponer lo que en nosotros está disperso o solamente a reconocer que
no caminamos solos. Nuestro Pastor no anula la libertad, no nos convierte en
masa sin nombre, nos orienta e invita.
Semana Santa es el tiempo de decidir si queremos escuchar.
¿Seguiremos caminando como si nadie nos llamara o reconoceremos en ese grito la
voz que nos busca?
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
miércoles, 25 de marzo de 2026
RESPIRA EN MI
oh Espíritu Santo
para que mis pensamientos
puedan ser todos santos.
oh Espíritu Santo
para que mi trabajo,
también Pueda ser santo.
Atrae mi corazón
oh Espíritu Santo
para que sólo ame
lo que es santo.
Fortaléceme
oh Espíritu Santo
para que defienda
todo lo que es Santo.
Guárdame pues
oh Espíritu Santo
para que yo siempre
pueda ser santo.
Amen






