jueves, 22 de enero de 2026

CATÓLICOS INDIGNADOS

 



¿Opinión o verdad? Aunque el dilema sea antiguo también en la actualidad existe confusión entre estas dos formas del conocimiento. Cada vez es más difícil distinguir entre ambas. Probablemente la facilidad con la que se puede emitir opinión hoy en día nos hace asumir como verdad lo que solamente son consignas ideológicas, que incluso repetimos como si fueran propias.

 Opinamos sobre política, Iglesia, conflictos internacionales, moral, cultura y hasta sobre la vida íntima de desconocidos, muchas veces sin haber reflexionado lo suficiente. El algoritmo premia la reacción rápida, no el discernimiento. Premia el escándalo, no la profundidad.

 Los cristianos deberíamos marcar la diferencia. Nosotros nos hemos de mover por la búsqueda de la verdad. La fe no nos pide ser repetidores automáticos de lo que la mayoría dice, aunque el pensamiento imperante use un lenguaje cautivador.

 Nosotros hemos de pensar, discernir profundizar y no solo compartir. Hoy abundan católicos que consumen contenido religioso, se dejan llevar por polémicas eclesiales y siguen predicadores virales. Pero la verdad exige madurar, no consumir.

Silencio, lectura, oración y humildad para tener una visión clara, consonancia con el evangelio, pero no con la ideología de moda.  Hay quienes repiten discursos progresistas sin discernimiento, y otros que replican consignas “tradicionalistas” con la misma falta de profundidad.

 Alguna gente de Iglesia parece más “indignados profesionales” que discípulos en oración. Defensores de bandos, pero no buscadores de la verdad. Mucho ruido religioso y poca conversión real.

 

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

 


miércoles, 21 de enero de 2026

UN PASTOR CERCANO, SENCILLO Y FIEL AL EVANGELIO

 


ADAMUZ

 



Cuando ocurre una desgracia así, el mundo se encoge de golpe.

Las cifras —43 muertos— parecen números, pero pesan como nombres propios. Cada uno era una historia en marcha que se detuvo de forma brutal.

 ¿Sentimientos?

Primero el golpe seco de la incredulidad. Luego la tristeza espesa, que no distingue ideologías ni edades. Duele que haya periodistas que iban a contar la vida, niños que apenas la estrenaban, una abuela desgranando el rosario, una hija esperando a los padres que nunca verá, una niña que pierde a todos los suyos, médicos que cuidaban la vida, futbolistas, consagrados, enamorados, jubilados, jóvenes con planes a medio hacer, abuelos que ya habían aprendido a resistir. Duele todo a la vez.

 Solidaridad.

Aparece como un reflejo humano: velas, silencios, manos que se buscan. No repara la pérdida, pero dice algo esencial: no están solos. Nos reconocemos frágiles y, por eso mismo, juntos.

 Responsabilidad.

Llega después, y debe llegar. Sin ruido, sin prisas, sin convertir el dolor en arma. Preguntarse qué falló no es venganza: es respeto a quienes no volverán. La memoria también es prevención. Y si se pudo haber evitado será algo que deba gravitar en la conciencia de alguno o algunos.

¿Y ahora qué?

Ahora el duelo. El derecho a llorar sin explicaciones.

Ahora el cuidado de los vivos.

Y más adelante —con cabeza fría y corazón despierto— la verdad, la justicia y el compromiso de que viajar, trabajar, vivir… no vuelva a ser una ruleta rusa.

Porque una tragedia no se cierra cuando pasa el titular.

Se cierra, si acaso, cuando aprendemos algo digno de quienes murieron.

Termino; en medio de la noche, del caos, del hierro y la sangre, apareció lo mejor del ser humano.

El pueblo de Adamuz, a pie de vía, sin preguntar nombres ni procedencias, se lanzó a ayudar. Manos temblando, linternas improvisadas, mantas, agua, palabras dichas casi en susurro. No hubo cámaras ni discursos que hieren y ofenden: solo humanidad cruda, valiente, hermosa. Ahí, donde todo parecía roto, se sostuvo la vida como se pudo.

 OREMOS

Señor de la vida,

acoge a quienes murieron en esta noche injusta,

consuela a sus familias cuando el silencio sea más duro que las palabras,

da descanso a los cuerpos heridos y paz a las almas rotas.

Bendice a quienes corrieron hacia el dolor sin pensarlo,

a los vecinos, sanitarios, voluntarios,

a ese pueblo que mostró que la grandeza cabe en gestos pequeños.

Que la memoria de los que se fueron

nos haga más responsables, más atentos, más humanos.

Y que nunca nos acostumbremos al dolor ajeno.

Amén.

 J. Leoz

lunes, 19 de enero de 2026

Hoy el mundo nos enseña a vivir rápido:

 


Rápido para tener, rápido para disfrutar, rápido para aparentar.

Pero casi nunca nos pregunta para qué vivimos.

Muchos jóvenes sienten un vacío, incluso cuando “lo tienen todo”.

Y no es porque les falte algo material,

sino porque el corazón humano fue hecho para lo eterno.

Jesús nos recuerda que esta vida no es el final del camino.

Que hay un cielo que nos espera.

Y no como una fantasía, sino como una promesa real.

Cuando olvidamos el cielo, vivimos sin rumbo.

Cuando lo recordamos, nuestra vida cobra sentido.

El cielo no nos aleja de la realidad,

nos enseña a amar mejor,

a resistir en los momentos difíciles

y a no rendirnos cuando caemos.

Joven, tu vida no es un error ni un accidente.

Dios soñó contigo para algo grande.

No te conformes con vivir solo para hoy

cuando fuiste creado para siempre.

 

(F) Católicos Cool

domingo, 18 de enero de 2026

Comentario a las lecturas del II domingo T.O. (18 enero 2026)

 



 La profecía de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, se ha cumplido. Jesús es el Mesías prometido por Dios para que la “salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6). De ello nos da testimonio Juan el Bautista en el evangelio (cfr. Jn 1,29-34). Es un triple testimonio: a) lo reconoce como Cordero de Dios, es decir, como único sacrificio que puede expiar nuestros pecados; b) como ungido por Dios en su bautismo al bajar sobre el Espíritu santo; c) al reconocer a Cristo como Hijo de Dios. Jesús es nuestro salvador. San Pablo se lo recuerda a los cristianos de la iglesia de Corintio: “a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (Cor 1,1-3). Ser cristiano es reconocer a Jesucristo como Señor. Él es quien nos santifica.

 Como aplicar este evangelio en nuestra vida. El evangelio nos recuerda las palabras de Benedicto XVI en su primera encíclica: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1). Ser cristiano no es hacer cosas o tener unas determinadas ideas. Ser cristiano es, antes que nada, haberse encontrado con Cristo y reconocer en él al único que puede dar sentido a mi vida. Esto tiene una aplicación práctica: yo no tengo el control de mi vida. No son mis planes, mis proyectos, mis trabajos, mis devociones, las que me santifican. El único que me santifica (que me salva) es Cristo. Por eso podemos repetir como letanía de esta semana las palabras del salmo: “para hacer tu voluntad” (Salmo 39, 8b). Santificar nuestra vida no es otra cosa que buscar la voluntad de Dios, los planes de Dios en mi vida, y ponerlos en práctica. Amén.

 

Fermín Jesús González Melado

sábado, 17 de enero de 2026

 



 Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

No señala con el dedo, no acusa, no humilla.

Se ofrece.

Cargando sobre sí aquello que nos pesa,

aquello que no supimos amar,

aquello que rompimos por miedo, por orgullo o por cansancio.

El pecado no siempre grita; a veces susurra.

Se esconde en las pequeñas renuncias al bien,

en las palabras que no dijimos,

en las manos que no tendimos,

en la comodidad que elegimos antes que la verdad.

Somos frágiles.

Nos equivocamos.

Tropezamos una y otra vez con la misma piedra

y aun así seguimos teniendo sed de luz.

Y es ahí donde aparece el Cordero.

Manso, silencioso, fiel.

No viene a negar nuestra herida,

sino a atravesarla con misericordia.

No borra nuestra historia,

la redime.

No nos pide perfección,

nos pide el corazón.

Mirarlo es dejarse mirar.

Y en esa mirada nace la conversión:

no como miedo al castigo,

sino como deseo de volver a casa.

Convertirse es girar el alma hacia el Amor,

atreverse a empezar de nuevo,

creer que el bien aún es posible

porque Él ya ha cargado con nuestro mal.

Este es el Cordero de Dios.

El que quita el pecado del mundo

y también el mío.

El que no se cansa de esperarnos.

El que transforma nuestra fragilidad

en lugar de encuentro,

y nuestras caídas

en camino de resurrección.

Es más, mucho más,

la fuerza de un DIOS que levanta

a todo aquello que nos arrastra.

¡Menos mal!

 

Javier Leoz

 

viernes, 16 de enero de 2026

Cuál es el umbral de mi dolor

 



 No se puede medir el dolor. Tampoco mi capacidad para soportarlo. No puedo juzgar si tu dolor es más grande que el mío, o tal vez más pequeño. No sé si es posible soportar dolores indescriptibles, dolores físicos, y sobre todo dolores del alma. Porque el dolor del alma es más difícil de sobrellevar. ¿Cómo se puede llevar con paz la partida súbita de un ser querido? ¿Y la pérdida de un padre, una madre, el cónyuge, un hijo, un hermano? ¿Cuál es el umbral de mi dolor? ¿Cuánto podré aguantar el sufrimiento?

No hay recetas, el tiempo no basta. Días, meses, años. Nadie sabe hasta dónde llega el dolor en el alma. Me gustaría que dejaras de llorar, que rehicieras tu vida, que consideraras emprender nuevos proyectos, que soñaras con volver a empezar. Lo puedo esperar, pero no puedo exigírtelo. ¿Cuánto dura el duelo por la ausencia de un ser querido? No hay nada que esté dicho antes de que suceda. El duelo llega sin pedir permiso.

No toca la puerta, sólo irrumpe. Se sienta en la casa, ocupa la silla vacía, se acuesta en la cama que ya no guarda el calor del otro. El dolor de la pérdida no siempre grita, a menudo calla, hace silencio, pesa. Es un silencio que pesa más que las palabras. Porque duele no solo quien se fue, sino todo lo que ya no será. Me duelen las conversaciones pendientes, las risas que no volvieron, los cambios que no sucedieron, los planes que se quedaron a medio camino, a medio hacer.

Tantos planes inconclusos, sueños que no se han hecho realidad. Brota una angustia muy honda al sentir que ya no hay quien me ame como antes, quien pronuncie mi nombre con ternura, de una forma única, quien me mire sin tener que dar explicaciones. En el duelo descubro que el corazón no es fuerte, es frágil, y por eso ama tanto, y por eso duele tanto. Le grito a Dios para que me quite el dolor. Pero Dios no suele arrancarlo de golpe, como yo le pido, simplemente se queda escondido dentro de él, simplemente llora conmigo, me abraza en silencio, espera y calla.

 

P Carlos Padilla Esteban