viernes, 6 de marzo de 2026

LA MUJER SAMARITANA.

 



 Jesús tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor. Domingo 3 de Cuaresma, ciclo a

 El tercer domingo de Cuaresma, en el ciclo a, se proclama el evangelio de la samaritana (Jn 4,5-42), uno de los textos tradicionalmente vinculados a los escrutinios prebautismales de la Iglesia antigua. Junto con los relatos del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro (que leeremos los domingos siguientes), forma un auténtico itinerario bautismal centrado en tres grandes símbolos: agua, luz y vida. Como recordó Benedicto XVI, estos signos expresan el misterio del bautismo, en el que el hombre recibe el don de Dios, que sacia su sed más profunda.

 El relato presenta a Jesús, cansado del camino, sentado junto al pozo de Jacob. Allí comienza un diálogo sorprendente con una mujer samaritana. Jesús rompe barreras culturales y religiosas al pedirle de beber. Sin embargo, su sed no es material: tiene sed de la fe de aquella mujer, de su salvación. 

 A través de la conversación, él va iluminando su historia personal, ayudándola a reconocer su insatisfacción y su pecado. La mujer, que ha buscado la felicidad sin encontrarla, descubre en Jesús al mesías y finalmente al salvador del mundo. El proceso es progresivo: de verlo como un hombre sediento pasa a reconocerlo como maestro, profeta, mesías y salvador.

 El símbolo del pozo remite a toda la historia de Israel, marcada por la búsqueda del agua en el desierto y por una sed más profunda, cantada en los salmos: «Mi alma tiene sed de Dios». Frente al agua que no apaga definitivamente el deseo humano, Jesús ofrece un agua distinta, que brota hasta la vida eterna. 

 El evangelio de Juan desarrolla este simbolismo desde el diálogo con la samaritana hasta el grito de Cristo en la cruz: «Tengo sed». Esa sed revela el misterio de un Dios, que desea colmar la sed del hombre. El agua viva prometida es el Espíritu Santo, don del bautismo, prefigurado también en el agua que brota del costado abierto de Cristo.

 La figura de la samaritana se convierte, así, en imagen del hombre contemporáneo: alguien que busca la felicidad en proyectos sucesivos que no logran colmar el corazón. Sus idas repetidas al pozo simbolizan una vida resignada a satisfacciones pasajeras. Cuando Jesús irrumpe, desvela el vacío interior y ofrece una plenitud nueva. Algunos lo rechazan; otros, como ella, reconocen su sed y suplican: «Señor, dame de tu agua». Entonces brota en ellos un manantial de vida nueva. El pecado no tiene la última palabra: Cristo ofrece perdón, paz y renovación interior.

 La Iglesia se reconoce en esta mujer. Confiesa humildemente sus pecados y suplica misericordia. También ella, a veces, ha buscado la felicidad en «aljibes agrietados», pero al escuchar la voz del Señor renueva su deseo de conversión y vuelve a las prácticas cuaresmales con renovado ardor.

 En el plano litúrgico, este domingo está marcado por el primer escrutinio de los catecúmenos adultos. Tras la homilía, se ora por ellos y se celebra un exorcismo que alude explícitamente a la samaritana y al agua viva. La Iglesia pide que reconozcan su debilidad y sean liberados de sus flaquezas, para que Cristo apague su sed y les conceda la paz. Durante la semana se les entrega el "Símbolo de la fe" (el Credo), que deberán profesar solemnemente antes del bautismo. Así, la liturgia une palabra, rito y símbolo para conducirlos (y con ellos a toda la comunidad) hacia la fuente que es Cristo, único capaz de saciar la sed del corazón humano.

 Resumen de las páginas 227-232 de mi libro: Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

 

jueves, 5 de marzo de 2026

ALIMENTO TOTAL

 



Últimamente se han puesto de moda los suplementos alimenticios. Los hay de todo tipo: para el sueño, para la salud intestinal, para el fortalecimiento de los huesos, para el crecimiento de los músculos, para el rendimiento deportivo. No sé qué hemos hecho hasta ahora sin el magnesio en nuestra vida. Frente a los suplementos y complementos alimenticios nos encontramos con los llamados “alimentos totales”. Muchos de ellos destacan por ser más naturales y aportar una gran riqueza nutricional cuando se combinan adecuadamente en la dieta.

En la espiritualidad cristiana sucede algo similar. Existen muchos libros que nos hablan de cómo enfocar nuestra vida, de cómo comenzar a hacer oración o de la manera en que hemos de cultivar las virtudes. Estos son a la espiritualidad como los complementos alimenticios a la dieta. Sin embargo, existe también un alimento total, el Evangelio. Me sorprende cómo muchas de las personas que acuden a formación o catequesis nunca se han detenido a leer y orar con los evangelios, siendo que allí se encuentra todo el alimento espiritual que necesitamos, la vida de Cristo.

Si la vida cristiana es el seguimiento de Jesús, no podemos ignorar sin más aquellas enseñanzas y ejemplos que nos han legado quienes convivieron con él. El evangelio no consiste en unos consejos opcionales que podemos o no seguir, sino que nos da una lógica nueva ayudándonos a discernir y alentándonos a la conversión por la entrega. Así entendemos que Jesús no es un complemento emocional sino el centro desde el que redefinir nuestra entera existencia enfocándola desde el seguimiento y el servicio.

El otro gran pilar de la espiritualidad cristiana es necesariamente la Liturgia. Si el Evangelio es norma de vida, en la liturgia ese Evangelio se vuelve acontecimiento presente. No se trata de un acto devocional sino el corazón palpitante de la Iglesia donde el Evangelio se proclama y se actualiza. En la liturgia no somos meros espectadores de un espectáculo más o menos agradable según el gusto de la época o las circunstancias, en ella nosotros también entramos en la vida de Cristo y nos convertimos en ofrenda al Padre junto con él, haciendo vida la palabra que recibimos.

Uniendo estos dos ámbitos de la vida cristiana nos encontramos con Cristo proclamado y celebrado. No es necesario inventar nuevas espiritualidades, lo que necesitamos es volver al centro: Cristo vivo. Cuando Él se convierte en nuestro centro todo encuentra orden y sentido, porque nadie puede vivir solo de vitaminas, necesitamos el alimento total.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

sábado, 28 de febrero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA: La Transfiguración

  



Al domingo de las tentaciones (primero de Cuaresma) sigue el de la transfiguración (segundo de Cuaresma). Esto recuerda a los catecúmenos que, si perseveran, podrán contemplar el rostro glorioso de Cristo en la Pascua, tal como pide la oración colecta de la misa. 

Benedicto XVI interpreta estos dos domingos como los “pilares” de la Cuaresma, pues anticipan el misterio pascual: la lucha y la fidelidad de Cristo preludian la pasión, mientras que la luz de la transfiguración anuncia la gloria de la resurrección. La existencia cristiana se revela, así, como un paso continuo de la muerte a la vida.

 La transfiguración se sitúa en un momento decisivo del evangelio: después de la confesión de Pedro en Cesarea y del primer anuncio de la pasión. Este contexto ilumina el verdadero mesianismo de Jesús, marcado no por el poder o la gloria humana, sino por el servicio y la humillación. Pedro y los demás discípulos no comprenden que el mesías deba sufrir, y de ahí nacen muchos de los malentendidos posteriores sobre el reino. La transfiguración no corrige esta visión mediante un triunfo espectacular, sino revelando la gloria escondida en el camino de la cruz.

 El escenario (una “montaña alta”) enlaza el acontecimiento con los grandes montes bíblicos, especialmente el Sinaí y el Carmelo. Allí aparecen Moisés y Elías, figuras de la Ley y los Profetas, que dan testimonio de Cristo como mediador de la alianza definitiva. El monte es lugar de cercanía con Dios y de oración. 

 San Jerónimo subraya que solo quienes suben con esfuerzo pueden contemplar a Jesús transfigurado: la visión de su gloria está ligada al seguimiento. Ratzinger amplía esta perspectiva mostrando la unidad de los “montes” en la vida de Jesús, desde la tentación hasta la ascensión, como etapas de un único camino pascual.

 La nube que cubre a Jesús evoca la presencia divina en el Éxodo y en la anunciación: es el mismo Dios que acompaña, fecunda y revela. De ella surge la voz del Padre que proclama a Jesús como Hijo amado e invita a escucharlo como profeta definitivo. La transfiguración es, como el bautismo, un momento de oración en el que Jesús se somete plenamente a la voluntad del Padre.

 Los discípulos testigos (Pedro, Santiago y Juan) contemplan aquí la gloria que más tarde contrastará con la agonía de Getsemaní. De este modo, se preparan para no escandalizarse ante la cruz. 

 La conversación con Moisés y Elías gira en torno al “éxodo” de Jesús, es decir, a su muerte en Jerusalén: la Pascua aparece confirmada como cumplimiento de las Escrituras. La transfiguración se convierte en verificación anticipada de la entrega obediente que culminará en la cruz.

 La transfiguración también es anticipo de la resurrección de Cristo y anuncio de la futura glorificación de la Iglesia y de toda la creación. El vestido blanco de Jesús remite al bautismo y sostiene la esperanza de los catecúmenos: quienes son revestidos de Cristo están llamados a participar de su gloria. Sin embargo, antes de esa manifestación definitiva, la Iglesia (como su Señor) debe aceptar el camino de la humillación y de la cruz, sostenida por la luz que, por momentos, se le concede contemplar.

Resumen de las páginas 221-227 de mi libro: Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

 Publicado por Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d. 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

FAST FOOD ESPIRITUAL

 



El inicio de la Cuaresma nos puede servir para revisar cuáles son las fuentes de nuestra propia espiritualidad. Al fin y al cabo, la Cuaresma es un retorno a lo esencial, un desierto en el que se hacen evidentes las principales verdades que dan fundamento a nuestra fe.

En la actualidad muchos gurús nos ofrecen una espiritualidad atractiva, reconfortante, inmediata, pero poco nutritiva para el alma. Paz sin conversión, solo para calmar la conciencia, una suerte de fast food espiritual. Más interesadas en hacernos sentir bien que en provocar el conflicto interior.

 

Mezclan autoayuda, psicología y cristianismo. Presentan el pecado como un bloqueo emocional. Su estilo de vida contrasta con el modelo de Cristo. La transformación rápida que nos ofrecen se contrapone al proceso de toda la vida que requiere la conversión cristiana.

La vida de fe no puede desvincularse de la condición humana, no puede quebrantar los tiempos, que son inherentes a nuestra fragilidad. El sufrimiento no se anestesia, se redime. El mal no se entierra, sino que se saca al descubierto. La espiritualidad no es solo experiencia subjetiva, sino también vida de Iglesia.

El combate cristiano no es autoafirmación, requiere reconocer el desorden interior, implica gracia divina y apertura humana. No es desprecio del mundo sino orden en el amor. Por eso Cristo no cede antes las tentaciones en el desierto cuyo motor es la tergiversación de la naturaleza humana, el abandono del camino del amor, el olvido de Dios.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

martes, 24 de febrero de 2026

Seguir a Jesús

 



 Sígueme y te haré pescador de hombres (Mateo 4:19). Con estas palabras, Jesús nos hace una invitación que es tan sencilla como profunda. No nos pide que tengamos todas las respuestas ni que seamos personas perfectas; solo nos pide que caminemos con Él.

 Al decir "sígueme", Jesús nos invita a soltar nuestras "redes", que representan esas preocupaciones, miedos o rutinas que a veces nos mantienen estancados en el mismo lugar. Es un llamado a confiar en que Él sabe hacia dónde nos lleva. Lo más hermoso es que Él añade: "Yo te haré". Esto significa que nosotros no tenemos que fabricar el cambio por nuestra propia fuerza; es Su amistad y Su guía la que nos va transformando poco a poco en una mejor versión de nosotros mismos.

 Finalmente, el objetivo es convertirnos en "pescadores de hombres". Esto no es más que cambiar nuestra mirada: dejar de enfocarnos solo en nuestras propias necesidades para empezar a mirar con amor a quienes nos rodean. Ser un pescador de hombres es usar nuestra vida para "rescatar" a otros con palabras de aliento, con ayuda sincera y compartiendo la esperanza que hemos encontrado. En resumen, seguir a Jesús es el inicio de una aventura donde dejamos de vivir para lo pasajero y empezamos a vivir por lo que realmente tiene valor eterno: las personas.


 Joven a Joven

 

lunes, 23 de febrero de 2026

LO QUE DIOS TE INSPIRE

 


 Buenas tardes.

Hace 30 años, Antonio —a quien hoy recordamos llenos de su presencia— fundó, a su regreso de Ecuador, la Comunidad María Madre de los Apóstoles, de la que tengo el privilegio de formar parte y que hoy está aquí representada por unas 60 personas. Otras muchas, junto con Antonio, hermanos y hermanas, ya están en la Eternidad, en presencia de Dios.

Fuimos llegando progresivamente a lo largo de los años, casi todos llenos de heridas en el alma, heridas del mundo. Y aquí fuimos acogidos por los brazos de Antonio, que eran los brazos de nuestro Padre que está en los Cielos. Nadie quedaba excluido; no importaba nuestra vida anterior: todos éramos dignos del amor de Dios.

La Comunidad caminó como un pequeño grupo y, a partir del año 2000, cada fin de semana Antonio nos reunía en esta capilla, a la que nosotros acudíamos. No importaba si llovía o nevaba, o si el ardiente calor de Madrid trataba de retenernos en casa. Los sábados por la tarde partía para nosotros la Palabra de Dios y , como lluvia fina sobre nuestra alama, nos contagiaba su amor y  pasión por el Evangelio. Siempre fue consciente de que el Señor había tocado a esta Comunidad de una forma especial y única; decía que éramos la “niña de sus ojos”.

“Siempre hemos sido muy pobres”, repetía, “pero la fuerza de Dios hará que la Palabra que nos regala se extienda por el mundo entero”. Y así fue.

Con muy pocos medios, pero impulsada por la fuerza de Dios que Antonio nos transmitía, la Comunidad María Madre de los Apóstoles ha difundido la Palabra por el mundo entero a través de sus más de 30 libros, catequesis, escritos, reflexiones. Hoy día, comunidades de  países de Europa, Latinoamérica, Estados Unidos, Canadá e incluso Japón escuchan su Palabra.

Hoy podemos decir que este milagro no habría sido posible sin nuestro Pastor, Antonio Pavía, que entregó su vida a contarle y cantarle al mundo la maravillosa esperanza a la que hemos sido llamados. Nos enseñó a sentir la urgencia de salir cada día a “gritar por Cristo”, como decía la escritora francesa Madeleine Delbrêl, una de sus autoras favoritas.

Cuántas veces nos llamaba a cada uno entre semana para contarnos que había tenido una inspiración o encontrado un camino nuevo de evangelización en cualquier parte del mundo. Ni siquiera somos capaces de saber en cuántos grupos se difunden sus escritos por todos los continentes.

Antonio nos acogió y nos guió. Fue nuestro padre espiritual. Nos mostró una forma única de conocer a Jesucristo a través de su Evangelio, de comprender el perdón, de confiar plenamente en que de la escucha de la Palabra nace la verdadera transformación del corazón.

Nos enseñó a conocer a Jesucristo desde su misericordia y su amor infinito; nos enseñó a orar y a hablar con Él; nos transmitió la pasión de san Pablo y la humanidad de san Pedro —a quien tanto amaba—; nos acercó a los profetas Isaías y Jeremías; nos enseñó a rezar con los Salmos, como hacía Jesucristo; nos mostró cómo el camino del pueblo judío en el Antiguo Testamento es el camino de todo hombre que camina hacia Dios. Nos descubrió la belleza de la Virgen en su guardar y meditar la Palabra como primera discípula y nos llevó de la mano a compartir su pasión infinita por el Evangelio.

Salíamos cada sábado, de cada retiro, con el corazón encendido, dispuestos a anunciar el Evangelio recibido por el mundo entero: cada uno desde sus posibilidades, pero todos con esa voluntad misionera que Antonio nos transmitía incansablemente.

Decía muchas veces: “No importa si estáis en una residencia de ancianos, con el cuerpo impedido; desde una mirada se puede llevar a Dios a los hombres”.

Escucharle era como entrar en diálogo con Dios; sus palabras parecían tocar el punto más íntimo del alma, allí donde anhelábamos escuchar la voz del Señor. Nadie que haya escuchado a Antonio partir la Palabra se ha quedado impasible, porque detrás de su voz Dios resonaba y se hacía presente en Espíritu y en Verdad.

Seguidor de san Francisco —Asís fue un lugar muy importante para la Comunidad—, nos hablaba siempre de huir de la gloria propia y aspirar únicamente a la gloria de Dios, donde él, sin duda, habita ya. Y porque nunca permitió que le diéramos gloria —“no miréis a vuestro Pastor”, decía; “yo no valgo nada; mirad la Vida que tiene la Palabra que os parto por gracia de Dios”—, es ahora, que ya nos acompaña desde el Cielo, cuando podemos decir bien alto que Dios está multiplicando su obra por el mundo entero.

Cuántas veces, mientras predicaba, levantaba la mirada apenas un instante hacia el cielo… y todos sentíamos la presencia de Dios en esta capilla. Antonio tenía una conexión especial con Dios; se sentía profundamente amado por Él, y su ansia por acercarse era tan grande que incluso profundizó en el aprendizaje del griego para ir a la fuente del significado de cada palabra del Evangelio. Nunca se conformaba con la traducción y, como gran buscador, escudriñaba la Palabra hasta descubrir el verdadero sentido que Dios quiso dar a cada término en boca de su Hijo, Jesús.

Ahora, esta Comunidad que ha quedado un poco huérfana —al menos hasta que aprendamos a vivir sin su presencia física, sin su risa… ¡Madre mía, cuánto nos reíamos con él! —, esta Comunidad, decía, tiene el deber y la urgencia de continuar su camino, de seguir llevando la Palabra de Dios al mundo entero.

Esperamos contar con la ayuda de la familia Comboniana, donde Antonio vivió y creció en la fe; la familia Comboniana que acogió a esta Comunidad y en la que se creó y gestó. Pero también contamos con vosotros, su familia y sus amigos en la tierra, para continuar la labor que él comenzó.

Aprenderemos, estoy segura, a tenerle tan cerca como antes, cuando el dolor dé paso a la calma.

Como sé que me está escuchando, quiero pedirle que no nos deje —aunque estoy segura de que no lo hará—; que nos muestre el camino con claridad; que nos conceda fortaleza y amor para continuar su misión; que se haga presente en nuestro caminar, porque lo necesitamos.

Hemos sido con él partícipes de un milagro de Dios, y queremos llegar al final de nuestros días respondiendo fielmente a la llamada del Padre que Antonio nos anunció.

¡Bendito sea Dios!

 

Olga Alonso

Comunidad Maria Madre de los Apóstoles

 

domingo, 22 de febrero de 2026

SOLO TEN FE

 



 

Caminar por fe no significa que el camino sea fácil; significa que confías plenamente en el guía. La Biblia lo resume perfectamente en 2 Corintios 5:7: "porque por fe andamos, no por vista". Esto es un reto constante porque nuestros ojos físicos están programados para enfocarse en los obstáculos, en la tormenta o en la falta de recursos, pero la fe nos invita a mirar a Aquel que está por encima de las circunstancias.

Cuando el camino se pone difícil, es fácil sentir que estamos solos, pero es ahí donde la fe pasa de ser una teoría a ser nuestra mayor fortaleza. No se trata de ignorar la realidad del dolor o la incertidumbre, sino de reconocer que Dios es más real que el problema. Como dice Isaías 40:31, caminar en fe nos permite avanzar sin desmayar, no por nuestras propias fuerzas, sino porque estamos sostenidos por Sus promesas. Al final, la fe no requiere que veas toda la escalera, solo que te atrevas a dar el siguiente paso con la certeza de que Quien te llamó es fiel para sostenerte hasta el final.

 

Joven a Joven