Párroco de Vera
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Párroco de Vera
Señor,
que hoy, al
borde de mis pequeñas orillas,
me vuelves a
encontrar.
Que no pases
de largo,
aunque me veas
atareado en mis redes,
en mis miedos,
o en la
seguridad falsa de mis comodidades.
Tócame, Señor,
y hazme
entender que es mi hora.
Quiero soltar
el amarre de mis egoísmos
para ser libre
contigo.
No quiero
seguir siendo un testigo pasivo
de tu Palabra,
sino un
pescador de esperanza
en medio de un
mundo que a menudo se ahoga.
Señor,
hazme pescador
de hombres.
Que mis manos,
en lugar de
retener, compartan.
Que mis redes,
en lugar de
aprisionar, rescaten.
Dame la
audacia de la conversión,
para que, en
este domingo,
comience a
vivir de verdad,
siguiendo tus
pasos,
y anunciando
la Buena Noticia
con alegría y
sin miedo.
Amén.
= J. Leoz =
¿Opinión o verdad? Aunque el dilema
sea antiguo también en la actualidad existe confusión entre estas dos formas
del conocimiento. Cada vez es más difícil distinguir entre ambas. Probablemente
la facilidad con la que se puede emitir opinión hoy en día nos hace asumir como
verdad lo que solamente son consignas ideológicas, que incluso repetimos como
si fueran propias.
Silencio, lectura, oración y humildad
para tener una visión clara, consonancia con el evangelio, pero no con la
ideología de moda. Hay quienes repiten discursos progresistas sin
discernimiento, y otros que replican consignas “tradicionalistas” con la misma
falta de profundidad.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
Cuando ocurre una desgracia así, el mundo se encoge de golpe.
Las cifras —43 muertos— parecen números, pero pesan como nombres propios.
Cada uno era una historia en marcha que se detuvo de forma brutal.
Primero el golpe seco de la incredulidad. Luego la tristeza espesa, que no
distingue ideologías ni edades. Duele que haya periodistas que iban a contar la
vida, niños que apenas la estrenaban, una abuela desgranando el rosario, una
hija esperando a los padres que nunca verá, una niña que pierde a todos los
suyos, médicos que cuidaban la vida, futbolistas, consagrados, enamorados,
jubilados, jóvenes con planes a medio hacer, abuelos que ya habían aprendido a
resistir. Duele todo a la vez.
Aparece como un reflejo humano: velas, silencios, manos que se buscan. No
repara la pérdida, pero dice algo esencial: no están solos. Nos reconocemos
frágiles y, por eso mismo, juntos.
Llega después, y debe llegar. Sin ruido, sin prisas, sin convertir el dolor
en arma. Preguntarse qué falló no es venganza: es respeto a quienes no
volverán. La memoria también es prevención. Y si se pudo haber evitado será
algo que deba gravitar en la conciencia de alguno o algunos.
¿Y ahora qué?
Ahora el duelo. El derecho a llorar sin explicaciones.
Ahora el cuidado de los vivos.
Y más adelante —con cabeza fría y corazón despierto— la verdad, la justicia
y el compromiso de que viajar, trabajar, vivir… no vuelva a ser una ruleta
rusa.
Porque una tragedia no se cierra cuando pasa el titular.
Se cierra, si acaso, cuando aprendemos algo digno de quienes murieron.
Termino; en medio de la noche, del caos, del hierro y la sangre, apareció
lo mejor del ser humano.
El pueblo de Adamuz, a pie de vía, sin preguntar nombres ni procedencias,
se lanzó a ayudar. Manos temblando, linternas improvisadas, mantas, agua,
palabras dichas casi en susurro. No hubo cámaras ni discursos que hieren y
ofenden: solo humanidad cruda, valiente, hermosa. Ahí, donde todo parecía roto,
se sostuvo la vida como se pudo.
Señor de la vida,
acoge a quienes murieron en esta noche injusta,
consuela a sus familias cuando el silencio sea más duro que las palabras,
da descanso a los cuerpos heridos y paz a las almas rotas.
Bendice a quienes corrieron hacia el dolor sin pensarlo,
a los vecinos, sanitarios, voluntarios,
a ese pueblo que mostró que la grandeza cabe en gestos pequeños.
Que la memoria de los que se fueron
nos haga más responsables, más atentos, más humanos.
Y que nunca nos acostumbremos al dolor ajeno.
Amén.
Rápido para tener, rápido para disfrutar, rápido para aparentar.
Pero casi nunca nos pregunta para qué vivimos.
Muchos jóvenes sienten un vacío, incluso cuando “lo tienen todo”.
Y no es porque les falte algo material,
sino porque el corazón humano fue hecho para lo eterno.
Jesús nos recuerda que esta vida no es el final del camino.
Que hay un cielo que nos espera.
Y no como una fantasía, sino como una promesa real.
Cuando olvidamos el cielo, vivimos sin rumbo.
Cuando lo recordamos, nuestra vida cobra sentido.
El cielo no nos aleja de la realidad,
nos enseña a amar mejor,
a resistir en los momentos difíciles
y a no rendirnos cuando caemos.
Joven, tu vida no es un error ni un accidente.
Dios soñó contigo para algo grande.
No te conformes con vivir solo para hoy
cuando fuiste creado para siempre.
(F) Católicos Cool
Fermín Jesús González Melado