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viernes, 6 de marzo de 2026
LA MUJER SAMARITANA.
jueves, 5 de marzo de 2026
ALIMENTO TOTAL
Últimamente
se han puesto de moda los suplementos alimenticios. Los hay de todo tipo: para
el sueño, para la salud intestinal, para el fortalecimiento de los huesos, para
el crecimiento de los músculos, para el rendimiento deportivo. No sé qué hemos
hecho hasta ahora sin el magnesio en nuestra vida. Frente a los suplementos y
complementos alimenticios nos encontramos con los llamados “alimentos totales”.
Muchos de ellos destacan por ser más naturales y aportar una gran riqueza
nutricional cuando se combinan adecuadamente en la dieta.
En la espiritualidad cristiana sucede algo similar. Existen
muchos libros que nos hablan de cómo enfocar nuestra vida, de cómo comenzar a
hacer oración o de la manera en que hemos de cultivar las virtudes. Estos son a
la espiritualidad como los complementos alimenticios a la dieta. Sin embargo,
existe también un alimento total, el Evangelio. Me sorprende cómo muchas de las
personas que acuden a formación o catequesis nunca se han detenido a leer y
orar con los evangelios, siendo que allí se encuentra todo el alimento
espiritual que necesitamos, la vida de Cristo.
Si la vida cristiana es el seguimiento de Jesús, no podemos
ignorar sin más aquellas enseñanzas y ejemplos que nos han legado quienes
convivieron con él. El evangelio no consiste en unos consejos opcionales que
podemos o no seguir, sino que nos da una lógica nueva ayudándonos a discernir y
alentándonos a la conversión por la entrega. Así entendemos que Jesús no es un
complemento emocional sino el centro desde el que redefinir nuestra entera
existencia enfocándola desde el seguimiento y el servicio.
El otro gran pilar de la espiritualidad cristiana es
necesariamente la Liturgia. Si el Evangelio es norma de vida, en la liturgia
ese Evangelio se vuelve acontecimiento presente. No se trata de un acto
devocional sino el corazón palpitante de la Iglesia donde el Evangelio se
proclama y se actualiza. En la liturgia no somos meros espectadores de un
espectáculo más o menos agradable según el gusto de la época o las
circunstancias, en ella nosotros también entramos en la vida de Cristo y nos
convertimos en ofrenda al Padre junto con él, haciendo vida la palabra que
recibimos.
Uniendo estos dos ámbitos de la vida cristiana nos encontramos
con Cristo proclamado y celebrado. No es necesario inventar nuevas
espiritualidades, lo que necesitamos es volver al centro: Cristo vivo. Cuando
Él se convierte en nuestro centro todo encuentra orden y sentido, porque nadie
puede vivir solo de vitaminas, necesitamos el alimento total.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
sábado, 28 de febrero de 2026
SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA: La Transfiguración
Al domingo de las tentaciones (primero de Cuaresma) sigue el de la transfiguración (segundo de Cuaresma). Esto recuerda a los catecúmenos que, si perseveran, podrán contemplar el rostro glorioso de Cristo en la Pascua, tal como pide la oración colecta de la misa.
Benedicto XVI interpreta estos dos domingos como los “pilares” de la Cuaresma, pues anticipan el misterio pascual: la lucha y la fidelidad de Cristo preludian la pasión, mientras que la luz de la transfiguración anuncia la gloria de la resurrección. La existencia cristiana se revela, así, como un paso continuo de la muerte a la vida.
La transfiguración se sitúa en un momento decisivo del evangelio: después de la confesión de Pedro en Cesarea y del primer anuncio de la pasión. Este contexto ilumina el verdadero mesianismo de Jesús, marcado no por el poder o la gloria humana, sino por el servicio y la humillación. Pedro y los demás discípulos no comprenden que el mesías deba sufrir, y de ahí nacen muchos de los malentendidos posteriores sobre el reino. La transfiguración no corrige esta visión mediante un triunfo espectacular, sino revelando la gloria escondida en el camino de la cruz.
El escenario (una “montaña alta”) enlaza el acontecimiento con los grandes montes bíblicos, especialmente el Sinaí y el Carmelo. Allí aparecen Moisés y Elías, figuras de la Ley y los Profetas, que dan testimonio de Cristo como mediador de la alianza definitiva. El monte es lugar de cercanía con Dios y de oración.
San Jerónimo subraya que solo quienes suben con esfuerzo pueden contemplar a Jesús transfigurado: la visión de su gloria está ligada al seguimiento. Ratzinger amplía esta perspectiva mostrando la unidad de los “montes” en la vida de Jesús, desde la tentación hasta la ascensión, como etapas de un único camino pascual.
La nube que cubre a Jesús evoca la presencia divina en el Éxodo y en la anunciación: es el mismo Dios que acompaña, fecunda y revela. De ella surge la voz del Padre que proclama a Jesús como Hijo amado e invita a escucharlo como profeta definitivo. La transfiguración es, como el bautismo, un momento de oración en el que Jesús se somete plenamente a la voluntad del Padre.
Los discípulos testigos (Pedro, Santiago y Juan) contemplan aquí la gloria que más tarde contrastará con la agonía de Getsemaní. De este modo, se preparan para no escandalizarse ante la cruz.
La conversación con Moisés y Elías gira en torno al “éxodo” de Jesús, es decir, a su muerte en Jerusalén: la Pascua aparece confirmada como cumplimiento de las Escrituras. La transfiguración se convierte en verificación anticipada de la entrega obediente que culminará en la cruz.
La transfiguración también es anticipo de la resurrección de Cristo y anuncio de la futura glorificación de la Iglesia y de toda la creación. El vestido blanco de Jesús remite al bautismo y sostiene la esperanza de los catecúmenos: quienes son revestidos de Cristo están llamados a participar de su gloria. Sin embargo, antes de esa manifestación definitiva, la Iglesia (como su Señor) debe aceptar el camino de la humillación y de la cruz, sostenida por la luz que, por momentos, se le concede contemplar.
Resumen de las páginas 221-227 de mi libro: Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.
Publicado por Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
jueves, 26 de febrero de 2026
FAST FOOD ESPIRITUAL
El
inicio de la Cuaresma nos puede servir para revisar cuáles son las fuentes de
nuestra propia espiritualidad. Al fin y al cabo, la Cuaresma es un retorno a lo
esencial, un desierto en el que se hacen evidentes las principales verdades que
dan fundamento a nuestra fe.
En la actualidad muchos gurús
nos ofrecen una espiritualidad atractiva, reconfortante, inmediata, pero poco
nutritiva para el alma. Paz sin conversión, solo para calmar la conciencia, una
suerte de fast
food espiritual. Más interesadas en hacernos sentir bien que
en provocar el conflicto interior.
Mezclan autoayuda, psicología y cristianismo. Presentan el
pecado como un bloqueo emocional. Su estilo de vida contrasta con el modelo de
Cristo. La transformación rápida que nos ofrecen se contrapone al proceso de
toda la vida que requiere la conversión cristiana.
La vida de fe no puede desvincularse de la condición humana, no
puede quebrantar los tiempos, que son inherentes a nuestra fragilidad. El
sufrimiento no se anestesia, se redime. El mal no se entierra, sino que se saca
al descubierto. La espiritualidad no es solo experiencia subjetiva, sino
también vida de Iglesia.
El combate cristiano no es autoafirmación, requiere reconocer el
desorden interior, implica gracia divina y apertura humana. No es desprecio del
mundo sino orden en el amor. Por eso Cristo no cede antes las tentaciones en el
desierto cuyo motor es la tergiversación de la naturaleza humana, el abandono
del camino del amor, el olvido de Dios.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
martes, 24 de febrero de 2026
Seguir a Jesús
lunes, 23 de febrero de 2026
LO QUE DIOS TE INSPIRE
Hace 30 años, Antonio —a quien hoy recordamos llenos de
su presencia— fundó, a su regreso de Ecuador, la Comunidad María Madre de los
Apóstoles, de la que tengo el privilegio de formar parte y que hoy está aquí
representada por unas 60 personas. Otras muchas, junto con Antonio, hermanos y
hermanas, ya están en la Eternidad, en presencia de Dios.
Fuimos llegando progresivamente a lo largo de los años,
casi todos llenos de heridas en el alma, heridas del mundo. Y aquí fuimos
acogidos por los brazos de Antonio, que eran los brazos de nuestro Padre que
está en los Cielos. Nadie quedaba excluido; no importaba nuestra vida anterior:
todos éramos dignos del amor de Dios.
La Comunidad caminó como un pequeño grupo y, a partir del
año 2000, cada fin de semana Antonio nos reunía en esta capilla, a la que
nosotros acudíamos. No importaba si llovía o nevaba, o si el ardiente calor de
Madrid trataba de retenernos en casa. Los sábados por la tarde partía para
nosotros la Palabra de Dios y , como lluvia fina sobre nuestra alama, nos
contagiaba su amor y pasión por el
Evangelio. Siempre fue consciente de que el Señor había tocado a esta Comunidad
de una forma especial y única; decía que éramos la “niña de sus ojos”.
“Siempre hemos sido muy pobres”, repetía, “pero la fuerza
de Dios hará que la Palabra que nos regala se extienda por el mundo entero”. Y
así fue.
Con muy pocos medios, pero impulsada por la fuerza de
Dios que Antonio nos transmitía, la Comunidad María Madre de los Apóstoles ha
difundido la Palabra por el mundo entero a través de sus más de 30 libros,
catequesis, escritos, reflexiones. Hoy día, comunidades de países de Europa, Latinoamérica, Estados
Unidos, Canadá e incluso Japón escuchan su Palabra.
Hoy podemos decir que este milagro no habría sido posible
sin nuestro Pastor, Antonio Pavía, que entregó su vida a contarle y cantarle al
mundo la maravillosa esperanza a la que hemos sido llamados. Nos enseñó a
sentir la urgencia de salir cada día a “gritar por Cristo”, como decía la
escritora francesa Madeleine Delbrêl, una de sus autoras favoritas.
Cuántas veces nos llamaba a cada uno entre semana para
contarnos que había tenido una inspiración o encontrado un camino nuevo de
evangelización en cualquier parte del mundo. Ni siquiera somos capaces de saber
en cuántos grupos se difunden sus escritos por todos los continentes.
Antonio nos acogió y nos guió. Fue nuestro padre
espiritual. Nos mostró una forma única de conocer a Jesucristo a través de su
Evangelio, de comprender el perdón, de confiar plenamente en que de la escucha
de la Palabra nace la verdadera transformación del corazón.
Nos enseñó a conocer a Jesucristo desde su misericordia y
su amor infinito; nos enseñó a orar y a hablar con Él; nos transmitió la pasión
de san Pablo y la humanidad de san Pedro —a quien tanto amaba—; nos acercó a
los profetas Isaías y Jeremías; nos enseñó a rezar con los Salmos, como hacía
Jesucristo; nos mostró cómo el camino del pueblo judío en el Antiguo Testamento
es el camino de todo hombre que camina hacia Dios. Nos descubrió la belleza de
la Virgen en su guardar y meditar la Palabra como primera discípula y nos llevó
de la mano a compartir su pasión infinita por el Evangelio.
Salíamos cada sábado, de cada retiro, con el corazón
encendido, dispuestos a anunciar el Evangelio recibido por el mundo entero:
cada uno desde sus posibilidades, pero todos con esa voluntad misionera que
Antonio nos transmitía incansablemente.
Decía muchas veces: “No importa si estáis en una
residencia de ancianos, con el cuerpo impedido; desde una mirada se puede
llevar a Dios a los hombres”.
Escucharle era como entrar en diálogo con Dios; sus
palabras parecían tocar el punto más íntimo del alma, allí donde anhelábamos
escuchar la voz del Señor. Nadie que haya escuchado a Antonio partir la Palabra
se ha quedado impasible, porque detrás de su voz Dios resonaba y se hacía
presente en Espíritu y en Verdad.
Seguidor de san Francisco —Asís fue un lugar muy
importante para la Comunidad—, nos hablaba siempre de huir de la gloria propia
y aspirar únicamente a la gloria de Dios, donde él, sin duda, habita ya. Y
porque nunca permitió que le diéramos gloria —“no miréis a vuestro Pastor”,
decía; “yo no valgo nada; mirad la Vida que tiene la Palabra que os parto por
gracia de Dios”—, es ahora, que ya nos acompaña desde el Cielo, cuando podemos
decir bien alto que Dios está multiplicando su obra por el mundo entero.
Cuántas veces, mientras predicaba, levantaba la mirada
apenas un instante hacia el cielo… y todos sentíamos la presencia de Dios en
esta capilla. Antonio tenía una conexión especial con Dios; se sentía
profundamente amado por Él, y su ansia por acercarse era tan grande que incluso
profundizó en el aprendizaje del griego para ir a la fuente del significado de
cada palabra del Evangelio. Nunca se conformaba con la traducción y, como gran
buscador, escudriñaba la Palabra hasta descubrir el verdadero sentido que Dios
quiso dar a cada término en boca de su Hijo, Jesús.
Ahora, esta Comunidad que ha quedado un poco huérfana —al
menos hasta que aprendamos a vivir sin su presencia física, sin su risa… ¡Madre
mía, cuánto nos reíamos con él! —, esta Comunidad, decía, tiene el deber y la
urgencia de continuar su camino, de seguir llevando la Palabra de Dios al mundo
entero.
Esperamos contar con la ayuda de la familia Comboniana,
donde Antonio vivió y creció en la fe; la familia Comboniana que acogió a esta
Comunidad y en la que se creó y gestó. Pero también contamos con vosotros, su
familia y sus amigos en la tierra, para continuar la labor que él comenzó.
Aprenderemos, estoy segura, a tenerle tan cerca como
antes, cuando el dolor dé paso a la calma.
Como sé que me está escuchando, quiero pedirle que no nos
deje —aunque estoy segura de que no lo hará—; que nos muestre el camino con
claridad; que nos conceda fortaleza y amor para continuar su misión; que se
haga presente en nuestro caminar, porque lo necesitamos.
Hemos sido con él partícipes de un milagro de Dios, y
queremos llegar al final de nuestros días respondiendo fielmente a la llamada
del Padre que Antonio nos anunció.
¡Bendito sea Dios!
Olga Alonso
Comunidad Maria Madre de los Apóstoles
domingo, 22 de febrero de 2026
SOLO TEN FE
Caminar por fe no significa que el camino sea fácil; significa que confías
plenamente en el guía. La Biblia lo resume perfectamente en 2 Corintios 5:7:
"porque por fe andamos, no por vista". Esto es un reto constante
porque nuestros ojos físicos están programados para enfocarse en los
obstáculos, en la tormenta o en la falta de recursos, pero la fe nos invita a
mirar a Aquel que está por encima de las circunstancias.
Cuando el camino se pone difícil, es fácil sentir que estamos solos, pero es ahí donde la fe pasa de ser una teoría a ser nuestra mayor fortaleza. No se trata de ignorar la realidad del dolor o la incertidumbre, sino de reconocer que Dios es más real que el problema. Como dice Isaías 40:31, caminar en fe nos permite avanzar sin desmayar, no por nuestras propias fuerzas, sino porque estamos sostenidos por Sus promesas. Al final, la fe no requiere que veas toda la escalera, solo que te atrevas a dar el siguiente paso con la certeza de que Quien te llamó es fiel para sostenerte hasta el final.
Joven a Joven





