«Equivocar el camino es llegar a la nieve y
llegar a la nieve es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.»
Así hablaba el poeta en su
célebre Poeta
en Nueva York, así entendía él lo que significaba para él la nieve.
En el imaginario de Lorca, la nieve es el silencio, el duelo, aquello que no se
pudo expresar, lo que está sepultado y no nos deja ser libres, la no vida, que también está presente
en nuestro existir. Los Javis han sabido transmitir en su película el
significado que la nieve tenía para el poeta.
Tras indagar en nuestra historia y reconocer que llevamos
nuestras heridas, tras preguntarnos qué vamos a hacer con aquellas que hemos
heredado y en qué punto de nuestro recorrido existencial nos encontramos,
tendremos que cuestionarnos también: ¿puedo yo solo sanar mis heridas? ¿basta
con la reconciliación humana?
Podemos reconocer una culpa, recuperar una memoria, pedir perdón
y devolver la dignidad a quien la ha perdido. Sin embargo, la metáfora de la
nieve, también nos habla de las pérdidas irreversibles que hemos dejado en el
curso de la vida. El tiempo que pasó, las vidas truncadas, las relaciones que
nunca llegaron a ser, el sufrimiento. La justicia puede mirar al pasado y
repararlo parcialmente, pero… ¿puede devolvernos lo perdido?
Aceptemos que no podemos sanar solos, que no basta con la
reconciliación humana y que nunca podremos recuperar lo perdido; y añadamos a
esto la herida que marca el tiempo que tenemos en este mundo, la muerte. Aun
cuando intentásemos mejorar nuestra historia, sabemos que todas terminan aquí.
La respuesta cristiana no borra
el sufrimiento, Dios ha entrado en esa herida, en nuestro horizonte está la
cruz. Por ello el
Resucitado muestra sus llagas a sus apóstoles, porque la redención
no es volver atrás, es transformar lo que nos ha marcado. La nieve lorquiana y
la esperanza cristiana se separan aquí. Mientras que la primera cubre y parece
borrar las huellas, la segunda logra transfigurarlas.
En este sentido, La bola negra, puede ser más que
una historia sobre una herida concreta. Toda historia humana, cuando se lleva
hasta el fondo, acaba preguntando por la posibilidad de una redención. Una
redención que es hacer las paces con lo recibido, decidir qué queremos
transmitir, hacernos responsables de la herencia y entender que somos seres
abiertos a una historia que Dios puede llevar más allá de nosotros mismos.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera






