La Iglesia no siempre comienza en el templo. Comer, caminar
junto al mar, conversar y estar con los demás… me suena a un plan nada nuevo,
quizá lo he leído en alguna parte. Puede ser que el estilo y los tiempos hayan
cambiado, pero el alma del ser humano sigue siendo la misma. Necesitamos estar
juntos y tener tiempo para abrir el corazón con quienes nos acompañan. Una
tarde aparentemente insignificante puede servir para que Dios se cuele en
alguna vida.
El peligro está en pensar que la Iglesia solo crece cuando
hacemos “cosas de iglesia”. La clave no es convertir un plan social en
una reunión religiosa, sino reconocer que la comunidad cristiana ya está siendo
iglesia mientras comparte vida. No es organizar algo para que la gente venga,
más bien hay que aprender a estar juntos y disponibles para otros. Poder
invitar incluso a quien nunca se acercaría al templo para rezar.
Al caer la noche también cambia el tono de la conversación y la
fe sale a la palestra de la forma más natural, se comparten las historias, se
escucha dejando espacio para que Dios haga algo en medio. Seguramente este plan
no aparezca en ningún manual de pastoral porque es sencillo. Me cuesta trabajo
entender cómo hemos convertido lo normal, compartir la vida, en algo
extraordinario, cuando debería ser la forma más habitual de hacer crecer a la
Iglesia.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera





