José Antonio Pagola
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José Antonio Pagola
Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en
Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila,
ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que,
movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar
«algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?
José Antonio Pagola
FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA
A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y
arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les
habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de
siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a
veces tan ambigua y compleja.
Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos,
animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos
mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las
mezquindades más inconfesables.
A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les
habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho
para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya
actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que
germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde
en la masa fermentándola desde dentro.
Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros
grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con
nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes
masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.
El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón
oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad
más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del
evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar
y ser.
José Antonio Pagola
Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba
presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son
muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.
Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha
perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni
fuerza de convicción para el hombre moderno.
Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun
en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una
virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza.
Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano
y liberador a nuestras vidas.
Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser
presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin
deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones
interesadas.
Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una
disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los
intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la
palabra de Jesús.
Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada.
Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier
caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino
hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.
José Antonio Pagola
DIOS ES PARA GENTE SENCILLA
Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a
Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes
conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer
de alma humilde y limpia.
En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para
que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están
muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron
en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me
he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni
razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón
nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».
Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno
de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil;
otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer
a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la
vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo
lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al
Creador. Su vida es un acierto.
He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes
muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban
preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin
mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a
gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos
como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio
a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías
43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus
hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué
estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se
revela a gente sencilla.
José Antonio Pagola
Blanca flor del Carmelo,
vid en racimo,
celeste claridad,
puro prodigio
al ser, a una,
Madre de Dios y Virgen:
¡Virgen fecunda!
Madre, que florecida
del Enmanuel,
atesoras intacta
la doncellez;
estrella, guía
de los rumbos del mar,
sé nos propicia.
Vástago de Jesé,
vara profética
que el Hijo del Altísimo
das en cosecha;
Madre, consiente
que vivamos contigo
ahora y siempre.
Azucena que brotas
inmaculada
y te yergues señera
entre las zarzas;
devuelve, Virgen,
nuestra frágil arcilla
a su alto origen.
Ponnos, nueva Judit,
para la lucha
tu santo Escapulario
como armadura;
con tu vestido
cantaremos victoria
del enemigo.
Bajo noches oscuras
navega el alma,
enciende tú los rayos
de la esperanza,
y sé el lucero
que lleve nuestra nave,
segura al puerto.
Señora, desde siempre
los carmelitas
nos tenemos por hijos
de tu familia,
y confiamos
que un día nos acojas
en tu regazo.
María, puerta y llave
del paraíso,
queremos desatarnos
y estar con Cristo;
si tú nos abres,
reinaremos allí
con tu Hijo, ¡Madre! Amén.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd
Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la
expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de
verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con
capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor
hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran
alegría de vivir» (Karl Tillmann).
Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no
es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En
realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.
Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de
Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos
dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en
nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión,
aliento, esperanza, acogida o cercanía.
Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente,
«un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una
ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un
signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien
que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda
parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.
José Antonio Pagola