viernes, 5 de junio de 2026

Libres para creer

 


 Estos días miles de jóvenes -y otros tantos acompañantes- se preparan para acudir a Madrid, Barcelona y Canarias, con motivo de la visita de León XIV a España. Jóvenes que podrían estar haciendo muchas cosas, pero que dedican su tiempo y su dinero a cultivar su fe, asumiendo que tiene algo que decirles hoy en día, y que probablemente será un hito en su propia historia de fe. Y que lo harán, no me cabe duda, con un comportamiento ejemplar, sin renunciar un ápice a la alegría y al entusiasmo característicos de su edad.

En un mundo en el que lo que no está de moda creer -al menos de forma generalizada, aunque parezca que cambia la tendencia-, que haya jóvenes libres para creer es una buenísima noticia. Porque no lo olvidemos, la moda y lo que propugna la cultura imperante es ser ateo y criticar la religión y la Iglesia, y reducirla así al ámbito privado. Porque algunos -también cristianos- pueden creer que conviene que el Evangelio no moleste, no vaya a ser que la religión nos diga lo que tenemos que hacer o que perdamos amigos, o potenciales clientes. Y no olvidemos que para demasiadas personas, en muchos lugares de Europa, reconocerse cristiano en la universidad, en el trabajo o en la familia es un auténtico desafío.

Creer hoy en día, es un grito de libertad y de rebeldía, porque enarbola virtudes, conceptos y palabras que el mundo no quiere ni ver. Es remar a contracorriente, pero también es celebrar lo que somos, nuestras raíces y nuestra identidad sin complejos. Ojalá que estos días, nuestros jóvenes no tengan miedo a hacer lío, como diría Francisco, y recuerden al mundo la alegría de ser cristiano y que Jesucristo, hoy más que nunca, nos tiene mucho que decir.

 

Álvaro Lobo, sj

PANGE LINGUA.

 



 Canto gregoriano con letra explicado. El himno «Pange lingua», compuesto por santo Tomás de Aquino, es una de las cumbres de la poesía litúrgica cristiana. Compuesto para la fiesta del «Corpus Christi» en el siglo XIII, une admirablemente la precisión teológica, la belleza literaria y la profundidad espiritual. No es un simple canto devocional: es una verdadera contemplación del misterio eucarístico hecha oración.

Santo Tomás recoge la tradición antigua de la Iglesia y la transforma en un himno nuevo. El comienzo remite al célebre «Pange lingua» de Venancio Fortunato, dedicado a la cruz de Cristo. Pero ahora el centro es el Cuerpo entregado y la Sangre derramada del Señor,

presentes en el sacramento de la Eucaristía. La cruz y la eucaristía aparecen, así, inseparablemente unidas: el mismo Cristo que ofreció su vida en el Calvario se nos entrega sacramentalmente como alimento de vida eterna.

El himno recorre toda la historia de la salvación. Comienza proclamando el misterio de Cristo, nacido de la Virgen para la redención del mundo. Después recuerda su vida entre nosotros, «sembrando la palabra», hasta llegar a la última cena, donde anticipa sacramentalmente el sacrificio de la cruz. La eucaristía no aparece aislada, sino como culminación de toda la obra de Cristo.

Especialmente conmovedora es la sencillez con que santo Tomás expresa el misterio de la presencia real: «La palabra es carne y hace carne y cuerpo con palabra suya lo que fue pan nuestro». Cristo realiza con su palabra lo que humanamente resulta imposible comprender. La inteligencia queda desbordada ante el misterio, pero no anulada; es conducida hacia la fe. Por eso, el himno afirma: «Dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con asentimiento». No se trata de despreciar la razón, sino de reconocer humildemente que el amor de Dios es más grande que nuestra capacidad de comprender.

La música gregoriana ayuda a entrar en este clima de adoración. Su sobriedad, su ritmo sereno y su carácter contemplativo permiten que el texto descienda al corazón. Más que «escuchar» una pieza musical, somos invitados a dejarnos conducir hacia el silencio adorante. El canto se convierte en plegaria; la teología se transforma en contemplación.

En una cultura marcada por el ruido, la prisa y la superficialidad, este himno nos invita a recuperar la capacidad de asombro ante el misterio. Cristo sigue entregándose por nosotros. Sigue haciéndose alimento para sostener nuestra debilidad y compañero de camino para la peregrinación de la vida. Al escuchar este canto, la Iglesia de todos los siglos nos enseña nuevamente a arrodillarnos y adorar.

Esta es la traducción española del texto en latín:

Que la lengua humana

cante este misterio:

la preciosa sangre

y el precioso cuerpo.

Quien nació de Virgen,

Rey del universo,

por salvar al mundo,

dio su sangre en precio.

Se entregó a nosotros,

se nos dio naciendo

de una casta Virgen;

y, acabado el tiempo,

tras haber sembrado

la palabra al pueblo,

coronó su obra

con prodigio excelso.

Fue en la última cena

-ágape fraterno-,

tras comer la Pascua

según mandamiento,

con sus propias manos

repartió su cuerpo,

lo entregó a los Doce

para su alimento.

La palabra es carne

y hace carne y cuerpo

con palabra suya

lo que fue pan nuestro.

Hace sangre el vino,

y, aunque no entendemos,

basta fe, si existe

corazón sincero.

Adorad postrados

este Sacramento.

Cesa el viejo rito;

se establece el nuevo.

Dudan los sentidos

y el entendimiento:

que la fe lo supla

con asentimiento.

Himnos de alabanza,

bendición y obsequio;

por igual la gloria

y el poder y el reino

al eterno Padre

con el Hijo eterno

y el divino Espíritu

que procede de ellos.

 

Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

jueves, 4 de junio de 2026

EUCARISTÍA

 



 

 

No me gusta el fútbol. Lo he intentado multitud de veces y siempre me ha parecido un espectáculo difícil de comprender. Hasta que reparé en la dificultad que existía: no entiendo el fútbol, porque nadie en mi familia es futbolero, nadie sigue la liga ni los partidos, nadie se ha detenido a explicarme las reglas del juego.

Cuando veo a los niños que año tras año pasan por la iglesia, vienen a misa, hacen la primera comunión y desaparecen, pienso que hemos perdido la oportunidad de explicarles las reglas del juego. Hace un tiempo una bienintencionada madre me decía que habría que hacer las misas más dinámicas, participativas y divertidas. Su hijo se aburría. Pero estoy seguro de que infantilizar la celebración de la misa no es la solución.

Quizá sea necesario explicar las reglas del juego, el sentido profundo de la Eucaristía, para que se entienda, se viva y se entre en el juego. Es cierto que hay que hacer ciertas concesiones, hay que dejar que los niños trasteen las cosas y explicarles que asisten a un acto que es propio de los mayores. Todos hemos querido que nos traten como mayores cuando hemos sido pequeños.

No perdamos de vista una idea. Toda la pastoral de la Iglesia debe conducir a la participación de los sacramentos donde verdaderamente somos salvados. Pero esa participación debe ser mínimamente consciente y, a fuerza de revestir la asistencia buscando enganchar al público, se puede poner el acento en lo secundario, perdiendo de vista lo fundamental. No asistimos simplemente a una ceremonia, más o menos enriquecida, sino que participamos en el misterio central de nuestra salvación. Lo que debe llevarnos a preguntarnos: ¿qué pasa realmente en el altar?

Redescubrir el significado de los gestos, las respuestas, los ritos… la liturgia muchas veces no necesita ser explicada pero su lenguaje puede resultar poco evidente para muchos de nuestros fieles que ya no entienden la procedencia de los símbolos.

Existe la necesidad de conocer las diversas partes de la misa y redescubrir la belleza que se esconde detrás de cada elemento. En una cultura saturada de mensajes la celebración digna y serena de la liturgia puede ser una oportunidad en la que la belleza irrumpa en el corazón abriéndolo a lo trascendente.

Por último, sería interesante que destacásemos cómo la Eucaristía está llamada a hacerse vida. Esto quiere decir que nos dispone a una entrega real que nos lleva al encuentro con Dios y con los hermanos. Quien participa en la Eucaristía no puede quedar indemne, sino que poco a poco va rompiendo las barreras de su individualismo para vivir la comunión de amor en la Iglesia y la preocupación auténtica por los hermanos.

El mejor testimonio de la centralidad de la Eucaristía no son los discursos sobre ella, sino las vidas que cambian gracias a ella. La comunión sacramental debe traducirse en una existencia marcada por la caridad. Solo así la Eucaristía volverá a ser el corazón palpitante de la vida cristiana.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Sagrado Corazón de Jesús

 



 Las personas nos arreglamos todos los días el cabello; ¿Por qué no poner a punto también el corazón?

La vida sin corazón, es mísera.

La generosidad sin corazón, es fría.

El amor sin corazón, es calculador.

La alegría sin corazón, es fingida.

El mundo sin corazón, es una guerra.

La política sin corazón, es de decepción.

Las ideas sin corazón, son imposición.

El trabajo sin corazón, es carga.

La enfermedad sin corazón, es insoportable.

La tristeza sin corazón, es destructiva.

El joven sin corazón, es autómata.

Un adulto sin corazón, aparenta más años.

Unos padres sin corazón, son gestores.

Un niño sin corazón, es ya anciano.

La amistad sin corazón, es interés.

Los amigos sin corazón, son simples conocidos.

La parroquia sin corazón, es institución.

El sacerdote sin corazón, es rutina.

 Que el Corazón de Jesús nos dé el suyo para que nada ni nadie nos haga perder y renunciar a lo mejor de nosotros mismos; la fe y la esperanza.

 

J. Leoz

 

martes, 2 de junio de 2026

ALZAD LA MIRADA

 



Letra completa del himno oficial

"Alza la mirada"

[Estribillo] Alzo la mirada Mis ojos en Jesús Alzo la mirada Clavada en la cruz Cuando miro al cielo todo es nuevo con su luz Alzo la mirada Alzo la mirada Alzo la mirada

[Estrofa 1] No estoy hecho Para mirar al suelo Al mirarte Sé por qué nací Me creaste Para mirar al cielo Estoy inquieto hasta que no descanse en ti

[Estribillo] Alzo la mirada Mis ojos en Jesús Alzo la mirada Clavada en la cruz Cuando miro al cielo todo es nuevo con su luz Alzo la mirada Alzo la mirada Alzo la mirada

[Estrofa 2] El Señor es mi fuerza Y mi esperanza No vacilaré (Alzo la mirada) Él es la roca De la salvación En Él confío Y no tiemblo En Él confío Y no tiemblo

[Estribillo] Alzo la mirada Mis ojos en Jesús Alzo la mirada Clavada en la cruz Cuando miro al cielo todo es nuevo con su luz Alzo la mirada Alzo la mirada Alzo la mirada

[Puente] Por los que buscan la paz Y la libertad Para que encuentren en tus ojos Dónde descansar Por los que cruzan el mar Buscando un hogar Para que vean más allá De la tempestad

Por los que buscan la paz Y la libertad Para que encuentren en tus ojos Dónde descansar

[Outro] Alzo la mirada... Alzo la mirada... Alzo la mirada...

 

lunes, 1 de junio de 2026

EL PLACER DE SERVIR

 


 Toda la naturaleza es un anhelo de servicio.

 Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.

 Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquiven, hazlo tú.

Sé el que aparte la piedra del camino, el odio de los corazones y la dificultad en los problemas.

 Hay una alegría en ser sano y en ser justo; pero hay, sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.

 ¡Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que realizar!

 Que no te llamen solamente los trabajos fáciles: ¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!

 Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios: adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar a un niño.

 Aquél critica; éste destruye, sé tú, el que sirva.

 El servir no es faena de sólo seres inferiores. Dios, que da los frutos y la luz, sirve. Por eso puede llamársele: El que sirve.

Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día:

 ¿Serviste hoy? ¿A quién?

 ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?

 

Gabriela Mistral

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Solemnidad de la Santísima Trinidad

 


  Vivimos tiempos de polarización. Parece que cada día es más fácil etiquetar que comprender, discutir que dialogar, levantar muros que tender puentes. Las redes sociales nos conectan, pero muchas veces nos aíslan. Defendemos nuestra libertad, pero corremos el riesgo de encerrarnos en un individualismo que nos deja solos.

 En este contexto, la fiesta de la Santísima Trinidad tiene mucho que decirnos.

Dios no es soledad. Dios es comunión. El Padre ama al Hijo, el Hijo responde a ese amor, y el Espíritu Santo es el vínculo vivo que los une. Tres Personas distintas, pero un solo Dios. Diferentes, pero perfectamente unidos. No compiten, no se imponen, no buscan su propio interés. Todo en ellos es amor compartido.

Por eso, cuando el ser humano se aleja del amor, se divide. Cuando sólo piensa en sí mismo, se empobrece. Cuando convierte al otro en enemigo, pierde algo de su propia humanidad.

 La Trinidad nos recuerda que hemos sido creados para la relación, para la familia, para la comunidad. Nadie puede ser feliz completamente solo. Necesitamos ser amados y aprender a amar. Necesitamos escuchar y ser escuchados. Necesitamos descubrir que el otro no es una amenaza, sino un regalo.

 Quizá el gran mensaje de esta solemnidad sea este: cuanto más nos parecemos a la Trinidad, más humanos nos volvemos. Cada gesto de reconciliación, cada perdón, cada conversación sincera, cada servicio desinteresado, hace presente en el mundo algo del misterio de Dios.

Frente a la cultura del "yo", la Trinidad nos propone el "nosotros". Frente a la división, la comunión. Frente al egoísmo, el amor.

 Porque el cielo no es otra cosa que vivir para siempre dentro de esa inmensa corriente de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y esa vida puede comenzar ya, aquí y ahora, en nuestras familias, en nuestras parroquias y en nuestras relaciones cotidianas.

La Trinidad no es un problema matemático que resolver; es una familia divina que nos invita a entrar en su abrazo.

 Javier Leoz