Al llegar a Jerusalén, un grupo de discípulos y acompañantes lo recibe con
entusiasmo: lo aclaman como «Hijo de David», agitan ramos y extienden sus
mantos, gestos propios de la entronización de los reyes de Israel.
Los evangelios matizan el alcance de esta acogida: no se trata de toda la
ciudad, sino de un grupo relativamente limitado. El sentido pleno de estos
gestos solo será comprendido después de la resurrección, cuando los discípulos
relean los acontecimientos a la luz de las Escrituras.
En este episodio, Jesús acepta públicamente el título de mesías, cosa que
antes había evitado para no suscitar expectativas políticas. No viene a
instaurar un reino terreno ni a enfrentarse a los romanos. Su modo de entrar en
Jerusalén lo deja claro: no lo hace como un rey guerrero, sino montado en un
asno, signo de humildad y cercanía al pueblo sencillo. Este gesto evoca tanto
la tradición davídica como la profecía de Zacarías, que presenta a un rey
humilde, pacífico y universal. Jesús se revela como un mesías distinto: un rey
de paz, no de violencia.
Además, su entrada manifiesta que no es una víctima pasiva: sabe que lo
buscan para matarlo, pero entra libremente en la ciudad, consciente de que ha
llegado su «hora». Su camino hacia la pasión forma parte del designio de Dios y
él lo asume. En este sentido, su realeza se une a la figura del siervo
sufriente: reinará entregando su vida.
El evangelio de Lucas añade un detalle significativo: Jesús llora sobre
Jerusalén. Sus lágrimas expresan dolor por la ceguera de la ciudad, incapaz de
reconocer el camino de la paz. Así anuncia un juicio: la destrucción futura de
Jerusalén estará ligada a su rechazo del mensaje de salvación.
En este contexto, los gestos que Jesús realiza al entrar en la ciudad (la
maldición de la higuera estéril y la purificación del templo) simbolizan el
final de un culto vacío y el inicio de una nueva relación con Dios. Jesús mismo
se presenta como el verdadero templo, el lugar donde Dios habita entre los
hombres.
Su entrada en Jerusalén no es solo un gesto triunfal, sino la manifestación
de un mesianismo humilde, pacífico y redentor que culminará en la cruz y la
resurrección.






