DIOS ES PARA GENTE SENCILLA
Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a
Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes
conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer
de alma humilde y limpia.
En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para
que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están
muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron
en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me
he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni
razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón
nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».
Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno
de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil;
otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer
a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la
vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo
lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al
Creador. Su vida es un acierto.
He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes
muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban
preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin
mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a
gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos
como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio
a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías
43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus
hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué
estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se
revela a gente sencilla.
José Antonio Pagola






