“Mira tú prima Encarni que estudiosa es”, “Fíjate en
tu compañero Leo que formal y guapo” … Eso nos decía mi madre a mis hermanos, y
nosotros, ya casi de guasa, le respondíamos con la
misma cantinela: “Mamá, no nos compares que siempre salimos perdiendo”.
Continuamente mirando alrededor y comparando. Y seguimos haciéndolo de mayores.
Aspirar al físico de los guapos, los bienes materiales del vecino, su éxito, lo
bien que se lleva con su pareja… Siempre comparando y siempre perdiendo. Como
decía nuestro gran literato del Siglo de Oro, Francisco De Quevedo: “La envidia
va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”.
Nos
costará reconocerlo. Nadie admite ser envidioso (y menos los cristianos), pero
la envidia es una emoción frecuente y universal. Al final, todo se reduce a
anhelar lo que la otra persona tiene o querer estar pasando por la situación
del otro. A veces, muy en el fondo de nuestro corazón, no nos gusta que al otro
le vaya bien. Y en ese sentimiento, empleamos una absurda lógica, nos parece
que, si a los otros les va bien, a nosotros nos ira mal. ¡Criatura! Si hay bien
para todos. Es solo cuestión de organizarse.
¿Envidia
sana? Quizás exista. Será sana en el momento en el que reconozcamos que el otro
tiene algo que deseamos y que su ejemplo nos llama a hacer un esfuerzo extra.
Nos puede servir como impulso e inspiración para alcanzar nuestras metas. Pero
seamos realistas, la que más abunda es la enfermiza. Esa que genera desazón,
infelicidad y frustración por no haber obtenido lo que el otro ha conseguido.
A
Jesús en el Evangelio le llaman de todo. Glotón y borracho, poseído, blasfemo,
impostor, loco, endemoniado… Pura envidia. Por hacer el bien, por ser
diferente, por hablar de una forma totalmente distinta, por no recorrer los
caminos marcados, por su peculiar forma de relacionarse con el Padre, por
llamarle Abba…
Frente
a la envidia os propongo algunos caminos de crecimiento:
El
primero será CULTIVAR LA GRATUIDAD con una mirada lúcida y consciente de toda
tu vida. Tienes muchos dones y eres muy lindo para Dios y para esas personas
que te estiman y están a tu alrededor. El segundo camino será aprender a
VALORAR TODO LO QUE TIENES y muchas veces das por sentado. Son oportunidades y
privilegios que no todo el mundo posee. Por último, ALÉGRATE DE LA SUERTE Y LAS
CAPACIDADES DEL OTRO. Cuánto lo necesita nuestra iglesia, nuestras
instituciones, nuestra sociedad. Hay gente que hace muy buen trabajo, que es
íntegra, buena gente. ¡Que alegría!
Frente
a la envidia que a veces, Señor, anida en el corazón, enséñame a celebrar la
alegría del amigo y del vecino. Incluso cuando creamos que nosotros nos lo
merecemos más. Me centraré y valoraré lo que he recibido, en poner en juego mis
talentos para el bien y el servicio de tu Reino.
Ramón
Bogas Crespo
Director
de la oficina de comunicación del obispado de Almería