sábado, 14 de febrero de 2026

LA LIBERTAD DEL CRISTIANO. La ley y la gracia. D. 6 del T.O. ciclo "a".

 

 

 Las lecturas nos sitúan ante una paradoja esencial: una palabra exigente que, sin embargo, es profundamente liberadora:

- Eclo 15,15-20. A nadie obligó a ser impío.

- Sal 118. Dichoso el que camina en la ley del Señor.

- 1Cor 2,6-10. Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.

- Mt 5,17-37. Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.

El libro del Eclesiástico afirma con sobriedad: “ante ti están fuego y agua…, a nadie obligó a ser impío”. La libertad humana no es una ilusión, sino el espacio teologal donde se juega la Alianza. La Ley de Dios no suprime la autonomía, sino que la constituye al distinguir con claridad entre el camino que lleva a la vida y el que lleva a la muerte. Por ello, el Salmo 118 canta la dicha de quien ha encontrado el camino que le lleva a la felicidad.

El evangelio nos conduce a la raíz del precepto. Jesús no relativiza la Ley ni la sustituye por una casuística más severa; declara que viene a darle cumplimiento ("plerosai"). Este cumplimiento no es una mera ejecución normativa, sino una plenitud de sentido. Si la Torá era la Palabra escrita, en Jesús esa Palabra se hace presencia y acontecimiento. Su autoridad (“pero yo os digo”) no es la de un profesor, sino la de la Sabiduría misma de Dios, que san Pablo describe como preexistente y ahora revelada.

Las antítesis del Sermón de la Montaña no endurecen la norma; la llevan al corazón. Jesús revela que el mal no es solo un acto externo, sino una ruptura en la profundidad del ser. No basta con no matar; la justicia del Reino exige la reconciliación. No basta evitar el adulterio; se requiere la transparencia del deseo. Aquí, la Ley actúa como una pedagogía hacia la interioridad, donde la persona decide ante Dios en verdad. La justicia nueva no es una acumulación de méritos, sino una existencia transfigurada.

La liturgia no nos propone este evangelio como un ideal inalcanzable, sino como misterio que se nos da. El que habla en la montaña es el mismo que se entrega en la eucaristía. Su palabra no solo enseña: realiza lo que dice. Nos introduce en su propia relación filial con el padre. San Juan de la Cruz dirá que el alma es llevada a amar con el mismo amor con que es amada.

Así, la vida cristiana no es tensión voluntarista por ser perfectos, sino participación en la obediencia del Hijo. En él, la ley de Dios deja de ser un límite exterior y se convierte en forma de su vida en nosotros. Entonces la libertad no se pierde: se cumple.

Oremos: Señor Jesús, sabiduría eterna del Padre, escribe tu ley en nuestro corazón. Purifica nuestros deseos, reconcilia nuestras relaciones, haznos vivir de tu propia vida filial, para que nuestra libertad sea amor y nuestra obediencia, comunión contigo, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, OCD

 

viernes, 13 de febrero de 2026

CARNAVAL ¿TODO EL AÑO?

 


 Los carnavales nacieron como una gran válvula de escape antes de la Cuaresma: un tiempo de ruido antes del silencio, de exceso antes del ayuno, de máscaras antes de la verdad desnuda del corazón. Tenían sentido porque había contraste. Después del bullicio llegaba el Miércoles de Ceniza, y con él la llamada clara: “Conviértete y cree en el Evangelio.”

El carnaval, en su raíz cultural cristiana, no era un fin en sí mismo. Era la antesala de algo más profundo. Permitía experimentar la fragilidad del disfraz para recordar que no somos la máscara que llevamos. La alegría desbordada tenía un límite; y precisamente por tenerlo, no se vaciaba de significado.

 Pero hoy la pregunta es inquietante:

¿Qué sucede cuando desaparece la ruptura?

Si no hay paso del ruido al silencio, del disfraz a la autenticidad, de la dispersión a la oración… el carnaval deja de ser un momento y se convierte en estado permanente. Y un carnaval permanente cansa. Porque vivir siempre disfrazados —de éxito, de indiferencia, de superficialidad— agota el alma.

 Antes, el calendario enseñaba pedagogía espiritual:

Fiesta ceniza conversión Pascua.

Hoy, en cambio, la cultura parece prolongar indefinidamente la fiesta sin horizonte. No hay ayuno que purifique, ni silencio que ordene, ni desierto que prepare la resurrección. Sin contraste, no hay profundidad. Sin desierto, no hay Pascua.

El cristianismo no condena la alegría. Al contrario: la purifica y la orienta. La verdadera fiesta no es la del disfraz, sino la de la identidad recuperada. La Cuaresma no apaga la vida; la centra. No suprime la alegría; la hace más honda.

Quizá el desafío actual no sea abolir el carnaval, sino reintroducir la ruptura. Recuperar espacios de silencio voluntario. Ayunos digitales. Momentos de oración real. Pequeños desiertos en medio del ruido.

 Porque cuando todo es carnaval, nada es fiesta.

Y cuando el corazón no conoce el silencio, tampoco puede reconocer la voz de Dios.

 Tal vez la pregunta no sea “¿qué pasó con la Cuaresma?”, sino:

¿nos atrevemos todavía a quitarnos la máscara?

 

Javier Leoz

jueves, 12 de febrero de 2026

DON ALBERTO NOS DEJA

 



En las últimas semanas dos acontecimientos me han ayudado a pensar sobre el sacerdocio. Por un lado, la beatificación de Salvador Valera Parra, sacerdote fiel y entregado, también reconocido, que supo estar al lado de su pueblo siempre y cuya memoria de santidad ha perdurado por años en Huércal Overa. Por otro lado, el abandono del ministerio sacerdotal de uno de los sacerdotes más populares en redes sociales, Don Alberto Ravagnani, quien ha logrado aglutinar toda una serie de seguidores jóvenes que buscan vivir su fe en el mundo actual.

La cuestión del abandono del ministerio sacerdotal por parte de personas como don Alberto nos lanza un desafío como Iglesia. El perfil de este joven sacerdote ha sido exhibido en todo tipo de programas o entrevistas, podríamos decir que era el “niño bonito”, hasta el punto de que, en una diócesis como Milán, una de las grandes diócesis de la cristiandad, ha ocupado cargos relacionados con la pastoral juvenil. Se trata del modelo de sacerdote que, por así decirlo, sirve como gancho para llenar iglesias o cualquier clase de foro.

Pero detrás de esta imagen está el desgaste invisible del sacerdote joven. Seguramente en el momento más vulnerable de su vocación incipiente se ha visto obligado a no tener espacio para madurar, estar constantemente expuesto y a sostener una identidad pública sin poder ser él mismo. Sinceramente, no creo que esto pueda soportarlo nadie y, es más, creo que nuestros prelados o incluso el Papa deberían poner límites a la exhibición de sacerdotes en las redes sociales. Es inhumano. Me parece injusto zanjar el tema diciendo que es simplemente narcisismo y hacer leña del árbol caído.

Paradójicamente, la Iglesia promueve sacerdotes comunicadores, pide cercanía y nos anima a estar “en salida”. Pero todo esto debe sostenerse sobre unas estructuras de acompañamiento estable, sobre una base espiritual sólida para que la máscara no devore al personaje en el vacío interior. Espero que más pronto que tarde estemos dispuestos a responder como iglesia una pregunta: ¿estamos formando sacerdotes reales para vidas reales, o idealizamos una forma de vida que luego no sabemos acompañar?

No nos engañemos, de la respuesta a esta pregunta y de las acciones que llevemos a cabo dependerá el futuro del sacerdocio y, necesariamente, el de la Iglesia.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 


miércoles, 11 de febrero de 2026

FIESTA DE LA VIRGEN DE LOURDES (Miércoles 11 de febrero)

 





 En la fiesta de la Virgen de Lourdes, el corazón se vuelve más sencillo y más confiado, como el de un niño que busca consuelo en los brazos de su madre. Hay algo en este día que huele a silencio, a vela encendida, a agua fresca que corre entre las manos como una promesa.

María se aparece humilde, cercana, envuelta en luz suave, como en la gruta de Massabielle. No viene con estruendo, sino con ternura. No impone, invita. Y en esa invitación brota la fe, esa certeza callada que sostiene cuando todo tiembla.

El agua de Lourdes no es solo agua: es signo.

Agua que purifica la memoria, que lava miedos antiguos, que refresca el alma cansada. Agua que toca la piel y parece decir: empieza de nuevo, todavía hay esperanza. En cada gota late la misericordia.

En su fiesta pedimos salud, pero también algo más hondo:

la salud del espíritu,

la fuerza para levantarnos,

la paciencia para aceptar,

el coraje para seguir.

Ante la Virgen, la oración se recompensa no siempre con milagros visibles, sino con esa paz secreta que nadie puede quitar. Y así, la enfermedad se supera, a veces en el cuerpo y siempre en el alma. La debilidad se aleja, porque su mirada nos recuerda que no estamos solos.

Los ojos se elevan hacia ella, y aun cuando los sentidos no ven nada extraordinario, el corazón asiente la presencia de lo divino. Se siente. Se intuye. Se cree.

Lourdes es canto de esperanza para los frágiles, refugio para los que lloran, luz para los que caminan en la noche. Es madre que acompaña la camilla del enfermo, la mano del anciano, la inquietud del joven, la súplica del que no sabe rezar.

En su fiesta, todo se vuelve plegaria:

el agua que corre,

las velas que titilan,

los pasos lentos de los peregrinos,

los susurros del rosario.

Y en medio de todo, María, serena, repite en silencio:

Confía. Cree. Levántate. Mi Hijo te espera.

Que su presencia nos sane, nos fortalezca y nos devuelva la alegría sencilla de sabernos amados.

 

J. Leoz

martes, 10 de febrero de 2026

Dios se conmueve al verme débil y necesitad

 


Dios se conmueve al verme débil y necesitado. Descubre que no puedo estar sin Él y me lo da todo. Por esto tengo claro que ser pobre de espíritu no es carecer de cosas, sino tener el alma tan vacía de ego que Dios pueda llenarla por completo. Porque es el ego el que me impide ser humilde y de Dios. El ego es el que me lleva al egocentrismo, a buscarme a mí mismo por encima de mi hermano. Cuando dejo el ego a un lado surge en mi alma la paz, y brota el deseo de vivir la justicia de Dios cada mañana.

 Quiero ser justo con la justicia que viene de Dios. Justo para poder entregarme a los que necesitan y darles esperanza, abrir un canal entre la tierra y el cielo a través de mis buenas obras. Justo para que reine Dios en todo lo que hago, pienso o digo. Le muestro a Dios mis heridas, mi vulnerabilidad, lo que no está firme en mi alma, lo que me hace sufrir, lo que me duele en lo más hondo.

 Dios sabe sacar luz de mi oscuridad. Hace que mi ego desaparezca para reinar Él en toda su grandeza en mi interior. Así me gustaría vivir siempre, liberando, acompañando al que está solo, perdonando al que ha ofendido, dando esperanza al que vive sumergido en sus tristezas. Me gustaría tener paz en el corazón para no herir a mis hermanos sin remedio. Para colmar el ansia de los que más sufren. Liberar es traer luz a la oscuridad de muchos corazones. Es sembrar alegría en medio de las tristezas.

 Me gustaría vivir en la justicia de Dios. Para ello me reconozco herido, soy pobre, necesito un amor más grande que me salve, una luz más poderosa que me eleve por encima de todos mis miedos y fragilidades. Dios puede hacer nuevas todas las cosas si le dejo. Si miro fuera de mí a los que me necesitan, en lugar de vivir siempre deseando que los demás me cuiden. Y cuando sane a los demás con mi vida veré que mis propias heridas quedan sanadas.

 

P Carlos Padilla Esteban

 

sábado, 7 de febrero de 2026

Ser luz

 


 Señor, cuando la noche me rodea

y el miedo va nublando mi camino,

enciende en mí tu fuego peregrino

que alumbra el paso y toda sombra ahuyenta.

 

Que no esconda la fe que en mí flamea,

ni crea al mundo cuando dice: “es poco”;

aunque murmure: “tu vivir es loco,

tu luz pequeña apenas centellea”.

 

Si intentan apagarme o convencerme

de que mi vida es torpe cortocircuito,

de que no valgo, de que nada enciendo;

 

pues si mi luz se apaga, han de perderme

otras más breves, fuegos sin tu rito,

destellos sin el cielo: vano estruendo.

 

Mas sé, Señor, que en Ti mi llama es fuerte:

mi fe, pequeña, en tu Amor se hace eterna.

 

(Domingo 8 febrero)

Javier Leoz

 

Sal y luz

 


  ¡Levanta la lámpara,

que no se ve bien!

y mira, que tantos anhelan

descubrir la Belleza.

Tú tienes la llave

que abre esa puerta.

Alza un candil,

que al disiparse las sombras

habitadas por fantasmas,

volverá el baile

a llenar cada rincón,

y se escuchará la risa

que aún atesoramos.

Sazona el plato de cada día

con especias

que no han de guardarse

para uno mismo:

humor,

bendición

y tiempo.

Siempre serás rico

para ser generoso.

José María R. Olaizola, sj