En medio del camino cuaresmal, la Iglesia introduce una pausa luminosa que
anticipa la alegría pascual. Algo semejante ocurre en Adviento con el domingo
de «Gaudete». En ambos casos, los templos se adornan con flores, se entonan
cantos más festivos acompañados de instrumentos y, de manera opcional, los
ornamentos sacerdotales pueden ser de color rosado, signo de la alegría que se
abre paso en medio de la espera y la conversión.
Esta dimensión festiva también tuvo expresiones populares a lo largo de la
historia, de las que hemos hablado en las entradas de otros años: hacer
excursiones al campo, comer bollos rellenos de carne, roscos adornados con
anises de colores y huevos duros, etc.
La liturgia romana también conoció gestos simbólicos muy expresivos.
Durante la Edad Media, el papa bendecía este día una rosa de oro en la basílica
de la Santa Cruz de Jerusalén. La flor, ungida con perfumes y crisma,
representaba la alegría espiritual que brota de Cristo. Más tarde se entregaba
como reconocimiento a quienes se habían distinguido en la defensa de la
Iglesia. Aunque esta costumbre ha cambiado con el tiempo, el papa sigue
regalando hoy la rosa de oro a algunos santuarios marianos especialmente
significativos.
Pero el sentido más profundo de este domingo se comprende a la luz del
evangelio que narra el encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento. En los
primeros siglos del cristianismo, este día estaba unido al segundo escrutinio
de los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo en la noche de
Pascua. Sobre ellos se realizaban unciones en los ojos, los oídos y la boca,
para simbolizar que Dios abría los sentidos del hombre interior. El ritual
actual ha recuperado estas oraciones, pidiendo que quienes se preparan para los
sacramentos sean liberados de las cegueras del pecado y se conviertan en hijos
de la luz.
Así, el domingo de «Laetare» nos recuerda que la Cuaresma no es un camino
triste, sino una peregrinación hacia la alegría. La Iglesia nos invita a
levantar la mirada y a pregustar ya la luz de la Pascua. La verdadera alegría
nace de saber que Dios tiene un proyecto de amor para cada uno de nosotros y
que, en Cristo, su amor es más fuerte que el pecado y que la muerte.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd






