viernes, 26 de junio de 2026

NO ME COMPARES, QUE SIEMPRE SALGO PERDIENDO

 



  “Mira tú prima Encarni que estudiosa es”, “Fíjate en tu compañero Leo que formal y guapo” … Eso nos decía mi madre a mis hermanos, y nosotros, ya casi de guasa, le respondíamos con la misma cantinela: “Mamá, no nos compares que siempre salimos perdiendo”. Continuamente mirando alrededor y comparando. Y seguimos haciéndolo de mayores. Aspirar al físico de los guapos, los bienes materiales del vecino, su éxito, lo bien que se lleva con su pareja… Siempre comparando y siempre perdiendo. Como decía nuestro gran literato del Siglo de Oro, Francisco De Quevedo: “La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”.

Nos costará reconocerlo. Nadie admite ser envidioso (y menos los cristianos), pero la envidia es una emoción frecuente y universal. Al final, todo se reduce a anhelar lo que la otra persona tiene o querer estar pasando por la situación del otro. A veces, muy en el fondo de nuestro corazón, no nos gusta que al otro le vaya bien. Y en ese sentimiento, empleamos una absurda lógica, nos parece que, si a los otros les va bien, a nosotros nos ira mal. ¡Criatura! Si hay bien para todos. Es solo cuestión de organizarse.

¿Envidia sana? Quizás exista. Será sana en el momento en el que reconozcamos que el otro tiene algo que deseamos y que su ejemplo nos llama a hacer un esfuerzo extra. Nos puede servir como impulso e inspiración para alcanzar nuestras metas. Pero seamos realistas, la que más abunda es la enfermiza. Esa que genera desazón, infelicidad y frustración por no haber obtenido lo que el otro ha conseguido.

A Jesús en el Evangelio le llaman de todo. Glotón y borracho, poseído, blasfemo, impostor, loco, endemoniado… Pura envidia. Por hacer el bien, por ser diferente, por hablar de una forma totalmente distinta, por no recorrer los caminos marcados, por su peculiar forma de relacionarse con el Padre, por llamarle Abba…

Frente a la envidia os propongo algunos caminos de crecimiento:

El primero será CULTIVAR LA GRATUIDAD con una mirada lúcida y consciente de toda tu vida. Tienes muchos dones y eres muy lindo para Dios y para esas personas que te estiman y están a tu alrededor. El segundo camino será aprender a VALORAR TODO LO QUE TIENES y muchas veces das por sentado. Son oportunidades y privilegios que no todo el mundo posee. Por último, ALÉGRATE DE LA SUERTE Y LAS CAPACIDADES DEL OTRO. Cuánto lo necesita nuestra iglesia, nuestras instituciones, nuestra sociedad. Hay gente que hace muy buen trabajo, que es íntegra, buena gente. ¡Que alegría!

Frente a la envidia que a veces, Señor, anida en el corazón, enséñame a celebrar la alegría del amigo y del vecino. Incluso cuando creamos que nosotros nos lo merecemos más. Me centraré y valoraré lo que he recibido, en poner en juego mis talentos para el bien y el servicio de tu Reino.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

 

jueves, 25 de junio de 2026

LA CARIDAD PURIFICA LA VOLUNTAD.

 



 Para san Juan de la Cruz, la voluntad es la facultad que permite al ser humano decidir libremente y orientar su vida hacia un fin. A diferencia de los animales, que actúan movidos por los instintos, las personas pueden elegir incluso contra sus inclinaciones inmediatas. Por eso, la voluntad ocupa un lugar central en la vida espiritual: gobierna las demás potencias del alma y unifica todas sus energías en la búsqueda de aquello para lo que ha sido creada, la unión con Dios.

Sin embargo, la voluntad se ve continuamente amenazada por los apetitos desordenados. Cuando la persona se deja arrastrar por deseos, gustos o comodidades, pierde fuerza interior y se dispersa. San Juan describe los apetitos con imágenes muy expresivas: son como renuevos que roban la savia al árbol, sanguijuelas que absorben la sangre o parásitos que terminan destruyendo a quien los alimenta. Lejos de fortalecer al ser humano, lo debilitan, lo vuelven perezoso para las cosas de Dios, seco para los demás y desgraciado consigo mismo.

Además, los apetitos oscurecen el juicio. El santo afirma que el apetito es ciego y que, cuando una persona se deja guiar por él, pierde la capacidad de discernir correctamente. Como la mariposa atraída por la llama o el pez engañado por una luz que oculta el anzuelo, el ser humano puede confundirse y dirigirse hacia aquello que finalmente le perjudica.

La purificación de la voluntad solo es posible mediante la caridad. Mientras los apetitos buscan el propio beneficio, el amor auténtico impulsa a buscar el bien del otro sin esperar recompensa. La caridad libera del egoísmo y conduce a la entrega generosa, siguiendo el dinamismo propio del amor, que todo lo refiere al amado. Para san Juan, esta virtud es la más importante de todas, porque solo el amor une verdaderamente con Dios.

El objetivo final del camino espiritual consiste en que la voluntad quede tan transformada por la caridad que coincida plenamente con la voluntad divina. Entonces el alma desea únicamente lo que Dios quiere y vive orientada hacia su gloria. No obstante, antes de alcanzar esta unión perfecta, será necesario atravesar una purificación más profunda: la noche oscura, donde el amor será probado y llevado a su madurez definitiva.

 

 (F) Eduardo Sanz de Miguel, ocd

sábado, 20 de junio de 2026

Dom. XII T.0 Mateo.10,26-33

 



 "No tengáis miedo", repite Jesús en el Evangelio. No porque los problemas desaparezcan, sino porque la fe nos permite mirarlos de otra manera.

La fe no borra las dificultades, pero nos blinda ante ellas. Nos hace fuertes cuando llegan las pruebas. Nos ayuda a descubrir que toda moneda tiene otra cara, que detrás de cada noche puede amanecer un nuevo día y que ninguna herida tiene la última palabra cuando Dios camina a nuestro lado.

El miedo, en cambio, paraliza. Nos hace más pequeños de lo que somos. Nos impide ser nosotros mismos. Nos vuelve esclavos de la opinión ajena, de las dudas y de la inseguridad. Por miedo dejamos de intentarlo, de amar, de perdonar, de confiar.

 La fe no elimina el miedo, pero le quita el mando de nuestra vida. Porque quien sabe que está en las manos de Dios puede caminar con serenidad incluso en medio de la tormenta.

El miedo encierra. La fe libera.

 El miedo oscurece. La fe ilumina.

 El miedo nos hace retroceder. La fe nos ayuda a seguir adelante.

 Feliz domingo.

Javier Leoz

jueves, 18 de junio de 2026

EL DESCANSO SIN HUÍDA

 

Está terminando el curso, el que más y el que menos tiene previsto alguna escapada a una playa cercana o a un lugar del que le han hablado para poder desconectar o cambiar el ritmo. Sin embargo, siempre sentimos una cierta incomodidad cuando “no estamos haciendo nada”.

Deberíamos preguntarnos: ¿descanso de algo, o descanso para algo? Buena parte del cansancio que llevamos acumulado proviene del hecho de que concebimos el descanso como una mera forma de recuperar fuerzas para volver a producir. Como cuando recargamos la batería del móvil y dejamos de usarlo durante unas horas. Al pensarlo así, el descanso queda atrapado dentro de la lógica del trabajo y se convierte en su sirviente, no en su sentido.

En esto también deberíamos también introducir los católicos una diferencia. Dios no descansó el séptimo día porque estuviera cansado de trabajar, sino porque la creación merecía ser contemplada. Las vacaciones no son una pausa funcional, sino el momento de disfrutar de todo lo que se ha hecho, de sentirnos satisfechos por haber sacado adelante, una vez más, tanta lucha.

Josef Pieper, uno de los grandes filósofos del s. XX, declaraba que el ocio no es simplemente ausencia de actividad, sino la forma más alta de actividad, la acción que nos permite recibir la realidad y no solo manipularla.

Se trata de darle la vuelta a todo, pues el descanso es encuentro con la creación, con los demás y, por supuesto, con Dios. No es ensimismamiento de pantallas, compras o tareas pendientes que, a corto plazo, nos dejarán igualmente vacíos e igualmente agotados, porque no hemos encontrado nada ni nadie y, en cambio, hemos llenado nuestro tiempo de una forma más banal. Más bien se trata de un ocio contemplativo.

Por ello, sabiendo que muchos estamos buscando ahora unos días de descanso, propongámonos que este no esté vacío, sino dirigido. Miremos sin prisa, oremos sin reloj, estemos con alguien sin agenda, busquemos el encuentro que nos satisfaga… en definitiva, dejemos de preguntarnos “¿para qué sirve esto?” e intentemos responder la pregunta: “¿qué es esto, en realidad?”

Cuando somos capaces de verlo así, incluso la misa del domingo adquiere otro sentido, no interrumpe el descanso, sino que es el momento para reconocer que no todo depende de nuestras fuerzas. La cuestión es dejar de descansar “de algo” y descansar “para algo”, mejor, “para Alguien” que sale a nuestro encuentro mientras no hacemos nada. ¡Felices vacaciones!

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

 

sábado, 13 de junio de 2026

Dom. XI del T.O. – A (Mateo 9,36–10,8)

 



  PROGRAMA LIBERADOR

 Muchos cristianos piensan estar viviendo su fe con responsabilidad porque se preocupan de cumplir determinadas prácticas religiosas y tratan de ajustar su comportamiento a unas leyes morales y unas normas eclesiásticas.

Asimismo, muchas comunidades cristianas piensan estar cumpliendo fielmente su misión porque se afanan en ofrecer servicios de catequesis y educación de la fe, y se esfuerzan por celebrar con dignidad el culto cristiano.

¿Es esto lo único que Jesús quería poner en marcha al enviar a sus discípulos por el mundo? ¿Es esta la vida que quería infundir en el corazón de la historia?

Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús para redescubrir la verdadera misión de los creyentes en medio de esta sociedad. Así recoge el evangelista Mateo su mandato: «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis».

Nuestra primera tarea también hoy es proclamar que Dios está cerca de nosotros, empeñado en salvar la felicidad de la humanidad. Pero este anuncio de un Dios salvador no se hace solo a través de discursos y palabras sugestivas. No se asegura solo con catequesis ni clases de religión. Jesús nos recuerda la manera de proclamar a Dios: trabajar gratuitamente por infundir a los hombres nueva vida.

«Curar enfermos», es decir, liberar a las personas de todo lo que les roba vida y hace sufrir. Sanar el alma y el cuerpo de los que se sienten destruidos por el dolor y angustiados por la dureza despiadada de la vida diaria.

«Resucitar muertos», es decir, liberar a las personas de aquello que bloquea sus vidas y mata su esperanza. Despertar de nuevo el amor a la vida, la confianza en Dios, la voluntad de lucha y el deseo de libertad en tantos hombres y mujeres en los que la vida va muriendo poco a poco.

«Limpiar leprosos», es decir, limpiar esta sociedad de tanta mentira, hipocresía y convencionalismo. Ayudar a las gentes a vivir con más verdad, sencillez y honradez.

«Arrojar demonios», es decir, liberar a las personas de tantos ídolos que nos esclavizan, nos poseen y pervierten nuestra convivencia. Allí donde se está liberando a las personas, allí se está anunciando a Dios.

 José Antonio Pagola

jueves, 11 de junio de 2026

NADA DE LO HUMANO ME ES AJENO

 


Cuando escuché al Papa León hablar a los jóvenes en Madrid y decirles que les encargaba la misión de ser humanos, inmediatamente vino a mi cabeza la sentencia de Terencio: ¡Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno!

El Papa desglosó muy bien en qué debía consistir esa tarea. Cito textualmente: “Hombres y mujeres de carne y hueso. No las apariencias, sino rostros dignos de confianza. Personas que buscan la justicia porque la anhelan, como el pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque voluntariamente tratan a los demás como les gustaría que los trataran a ellos”. Animaba el Papa a seguir este camino como la forma de seguir a Cristo anunciándolo en un mundo que sufre pobreza espiritual y material. Me parece mucho más que un reto esta invitación del Santo Padre.

Pienso que este pensamiento choca frontalmente con esas espiritualidades que basándose en el sentimiento se quedan solo en la superficie de las cosas. También con aquellas que ponen l la estética o la experiencia efímera por encima de la verdadera entrega.

En definitiva, atreverse a ser humano es atreverse a vivir. Nuestra fe cristiana no ha pretendido nunca otra cosa más que esto. Tener la suficiente valentía para vivir y dejarnos herir sabiendo que nos va la vida en ello. Arriesgar y apostar por un estilo de vida contracorriente en el que prime lo verdaderamente humano.

Ser cristiano no es una pose o una moda. Es dejar que la gracia de Dios haga más humano nuestro corazón, más limpia nuestra mirada y más generosa nuestra entrega. Y en un tiempo de apariencias, quizá no haya testimonio más revolucionario que ese.

Porque cuanto más auténticamente humanos somos, más transparentamos la presencia de Cristo.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

sábado, 6 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI.

 



 TRADICIONES. La fe que sale a la calle. La solemnidad del Corpus Christi es una de las celebraciones más expresivas y populares del calendario cristiano. Ese día, el Santísimo Sacramento abandona el espacio del templo y recorre las calles, plazas y caminos de nuestras ciudades y pueblos.

Cristo, realmente presente en la Eucaristía, sale al encuentro de la vida cotidiana de los hombres: pasa junto a las casas, los lugares de trabajo, los hospitales, los comercios y los espacios donde transcurre la existencia humana. La procesión proclama públicamente que el Señor no permanece encerrado en el sagrario, sino que acompaña el caminar de su pueblo y bendice la vida concreta de cada día.

Como ya hemos explicado otras veces, esta fiesta nació en el siglo XIII en Lieja (Bélgica) y rápidamente se extendió por toda Europa. En 1264 el papa la hizo obligatoria para toda la Iglesia. A santo Tomás de Aquino se le encargó la composición de los textos litúrgicos, de los que proceden himnos tan conocidos como el «Pange lingua», el «Tantum ergo» o el «Lauda Sion».

Desde la Edad Media, la procesión del Corpus se convirtió en una manifestación pública de fe profundamente arraigada en la cultura cristiana europea. Al paso del Señor es habitual lanzar pétalos de flores, encender velas e incensarios y adornar balcones y fachadas. En muchos lugares se levantan altares efímeros en las calles, donde se realizan “estaciones”: se canta, se inciensa al Santísimo y se bendice al pueblo con la custodia.

Una de las tradiciones más bellas es la preparación de alfombras de flores y hierbas aromáticas para el paso de la procesión. Estas alfombras, elaboradas pacientemente durante la noche anterior, convierten las calles en un verdadero tapiz litúrgico. Son especialmente famosas las de La Orotava, en Tenerife, donde se realizan auténticas obras de arte con arenas volcánicas y flores naturales, y las de Ponteareas, en Galicia, reconocidas como de interés turístico internacional. Tradiciones semejantes se conservan también en Portugal, Italia y numerosos países de América Latina.

En España, destacan particularmente algunas procesiones históricas. La de Toledo, considerada por muchos la más emblemática, recorre calles adornadas con antiguos tapices y toldos, mientras la célebre custodia de Enrique de Arfe avanza solemnemente entre cantos e incienso. También son muy conocidas las celebraciones de Sevilla, Granada, Barcelona y otras ciudades españolas que conservan antiguos usos litúrgicos y populares.

Especialmente singular es la fiesta del Corpus de Valencia, conocida como la “Festa Grossa”. Junto a la procesión eucarística, se desarrolla un amplio desfile popular con personajes bíblicos, danzantes, gigantes y cabezudos, carrozas alegóricas y representaciones tradicionales que hunden sus raíces en los siglos medievales, renacentistas y barrocos. Todo ello expresa cómo la fe cristiana impregnó durante siglos la cultura, el arte y las costumbres de los pueblos.

Más allá de su riqueza folklórica y artística, el Corpus Christi recuerda una verdad esencial: Cristo permanece realmente presente en la Eucaristía y continúa caminando con nosotros por los caminos de la historia.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd.