sábado, 11 de julio de 2026

Dom. XV T.O – A (Mateo 13,1-23)

 



 SEMBRAR CON FE

 En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa, donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia.

Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.

Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.

Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.

Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas.

Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.

Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 4 de julio de 2026

Dom. XIV T.O – A (Mateo 11,25-30)

 


DIOS ES PARA GENTE SENCILLA

 Fue hace muchos años, en L’École Biblique de Jerusalén, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así.

Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.

En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».

Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.

He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.

José Antonio Pagola

jueves, 2 de julio de 2026

HIMNO MARIANO

 



  Este himno mariano, propio de la tradición carmelitana, condensa en un rico lenguaje bíblico y poético la espiritualidad de la Orden. En él, la Virgen María es contemplada con imágenes tomadas de la Sagrada Escritura y de la liturgia: flor del Carmelo, vid fecunda, estrella del mar, azucena inmaculada, nueva Judit y puerta del paraíso. Cada estrofa expresa la confianza filial de los y las carmelitas en aquella que consideramos Madre, Hermana y Reina de nuestra familia religiosa. Al invocarla como guía en las noches oscuras y protectora bajo el santo escapulario, el himno recuerda que María acompaña el camino de los creyentes hasta conducirlos al encuentro definitivo con Cristo.

Blanca flor del Carmelo,

vid en racimo,

celeste claridad,

puro prodigio

al ser, a una,

Madre de Dios y Virgen:

¡Virgen fecunda!

 

Madre, que florecida

del Enmanuel,

atesoras intacta

la doncellez;

estrella, guía

de los rumbos del mar,

sé nos propicia.

 

Vástago de Jesé,

vara profética

que el Hijo del Altísimo

das en cosecha;

Madre, consiente

que vivamos contigo

ahora y siempre.

 

Azucena que brotas

inmaculada

y te yergues señera

entre las zarzas;

devuelve, Virgen,

nuestra frágil arcilla

a su alto origen.

 

Ponnos, nueva Judit,

para la lucha

tu santo Escapulario

como armadura;

con tu vestido

cantaremos victoria

del enemigo.

 

Bajo noches oscuras

navega el alma,

enciende tú los rayos

de la esperanza,

y sé el lucero

que lleve nuestra nave,

segura al puerto.

 

Señora, desde siempre

los carmelitas

nos tenemos por hijos

de tu familia,

y confiamos

que un día nos acojas

en tu regazo.

 

María, puerta y llave

del paraíso,

queremos desatarnos

y estar con Cristo;

si tú nos abres,

reinaremos allí

con tu Hijo, ¡Madre! Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

sábado, 27 de junio de 2026

Dom. XIII T.O – A (Mateo 10,37-42)

 


 APRENDER A DAR

 A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

 

José Antonio Pagola

 

viernes, 26 de junio de 2026

NO ME COMPARES, QUE SIEMPRE SALGO PERDIENDO

 



  “Mira tú prima Encarni que estudiosa es”, “Fíjate en tu compañero Leo que formal y guapo” … Eso nos decía mi madre a mis hermanos, y nosotros, ya casi de guasa, le respondíamos con la misma cantinela: “Mamá, no nos compares que siempre salimos perdiendo”. Continuamente mirando alrededor y comparando. Y seguimos haciéndolo de mayores. Aspirar al físico de los guapos, los bienes materiales del vecino, su éxito, lo bien que se lleva con su pareja… Siempre comparando y siempre perdiendo. Como decía nuestro gran literato del Siglo de Oro, Francisco De Quevedo: “La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”.

Nos costará reconocerlo. Nadie admite ser envidioso (y menos los cristianos), pero la envidia es una emoción frecuente y universal. Al final, todo se reduce a anhelar lo que la otra persona tiene o querer estar pasando por la situación del otro. A veces, muy en el fondo de nuestro corazón, no nos gusta que al otro le vaya bien. Y en ese sentimiento, empleamos una absurda lógica, nos parece que, si a los otros les va bien, a nosotros nos ira mal. ¡Criatura! Si hay bien para todos. Es solo cuestión de organizarse.

¿Envidia sana? Quizás exista. Será sana en el momento en el que reconozcamos que el otro tiene algo que deseamos y que su ejemplo nos llama a hacer un esfuerzo extra. Nos puede servir como impulso e inspiración para alcanzar nuestras metas. Pero seamos realistas, la que más abunda es la enfermiza. Esa que genera desazón, infelicidad y frustración por no haber obtenido lo que el otro ha conseguido.

A Jesús en el Evangelio le llaman de todo. Glotón y borracho, poseído, blasfemo, impostor, loco, endemoniado… Pura envidia. Por hacer el bien, por ser diferente, por hablar de una forma totalmente distinta, por no recorrer los caminos marcados, por su peculiar forma de relacionarse con el Padre, por llamarle Abba…

Frente a la envidia os propongo algunos caminos de crecimiento:

El primero será CULTIVAR LA GRATUIDAD con una mirada lúcida y consciente de toda tu vida. Tienes muchos dones y eres muy lindo para Dios y para esas personas que te estiman y están a tu alrededor. El segundo camino será aprender a VALORAR TODO LO QUE TIENES y muchas veces das por sentado. Son oportunidades y privilegios que no todo el mundo posee. Por último, ALÉGRATE DE LA SUERTE Y LAS CAPACIDADES DEL OTRO. Cuánto lo necesita nuestra iglesia, nuestras instituciones, nuestra sociedad. Hay gente que hace muy buen trabajo, que es íntegra, buena gente. ¡Que alegría!

Frente a la envidia que a veces, Señor, anida en el corazón, enséñame a celebrar la alegría del amigo y del vecino. Incluso cuando creamos que nosotros nos lo merecemos más. Me centraré y valoraré lo que he recibido, en poner en juego mis talentos para el bien y el servicio de tu Reino.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

 

jueves, 25 de junio de 2026

LA CARIDAD PURIFICA LA VOLUNTAD.

 



 Para san Juan de la Cruz, la voluntad es la facultad que permite al ser humano decidir libremente y orientar su vida hacia un fin. A diferencia de los animales, que actúan movidos por los instintos, las personas pueden elegir incluso contra sus inclinaciones inmediatas. Por eso, la voluntad ocupa un lugar central en la vida espiritual: gobierna las demás potencias del alma y unifica todas sus energías en la búsqueda de aquello para lo que ha sido creada, la unión con Dios.

Sin embargo, la voluntad se ve continuamente amenazada por los apetitos desordenados. Cuando la persona se deja arrastrar por deseos, gustos o comodidades, pierde fuerza interior y se dispersa. San Juan describe los apetitos con imágenes muy expresivas: son como renuevos que roban la savia al árbol, sanguijuelas que absorben la sangre o parásitos que terminan destruyendo a quien los alimenta. Lejos de fortalecer al ser humano, lo debilitan, lo vuelven perezoso para las cosas de Dios, seco para los demás y desgraciado consigo mismo.

Además, los apetitos oscurecen el juicio. El santo afirma que el apetito es ciego y que, cuando una persona se deja guiar por él, pierde la capacidad de discernir correctamente. Como la mariposa atraída por la llama o el pez engañado por una luz que oculta el anzuelo, el ser humano puede confundirse y dirigirse hacia aquello que finalmente le perjudica.

La purificación de la voluntad solo es posible mediante la caridad. Mientras los apetitos buscan el propio beneficio, el amor auténtico impulsa a buscar el bien del otro sin esperar recompensa. La caridad libera del egoísmo y conduce a la entrega generosa, siguiendo el dinamismo propio del amor, que todo lo refiere al amado. Para san Juan, esta virtud es la más importante de todas, porque solo el amor une verdaderamente con Dios.

El objetivo final del camino espiritual consiste en que la voluntad quede tan transformada por la caridad que coincida plenamente con la voluntad divina. Entonces el alma desea únicamente lo que Dios quiere y vive orientada hacia su gloria. No obstante, antes de alcanzar esta unión perfecta, será necesario atravesar una purificación más profunda: la noche oscura, donde el amor será probado y llevado a su madurez definitiva.

 

 (F) Eduardo Sanz de Miguel, ocd

sábado, 20 de junio de 2026

Dom. XII T.0 Mateo.10,26-33

 



 "No tengáis miedo", repite Jesús en el Evangelio. No porque los problemas desaparezcan, sino porque la fe nos permite mirarlos de otra manera.

La fe no borra las dificultades, pero nos blinda ante ellas. Nos hace fuertes cuando llegan las pruebas. Nos ayuda a descubrir que toda moneda tiene otra cara, que detrás de cada noche puede amanecer un nuevo día y que ninguna herida tiene la última palabra cuando Dios camina a nuestro lado.

El miedo, en cambio, paraliza. Nos hace más pequeños de lo que somos. Nos impide ser nosotros mismos. Nos vuelve esclavos de la opinión ajena, de las dudas y de la inseguridad. Por miedo dejamos de intentarlo, de amar, de perdonar, de confiar.

 La fe no elimina el miedo, pero le quita el mando de nuestra vida. Porque quien sabe que está en las manos de Dios puede caminar con serenidad incluso en medio de la tormenta.

El miedo encierra. La fe libera.

 El miedo oscurece. La fe ilumina.

 El miedo nos hace retroceder. La fe nos ayuda a seguir adelante.

 Feliz domingo.

Javier Leoz