José Antonio Pagola
3 Dom. Pascua – A (Lucas 24,13-35)
19 de abril
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José Antonio Pagola
3 Dom. Pascua – A (Lucas 24,13-35)
19 de abril
PENSAMIENTOS.
ORACIÓN HECHA PALABRA
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ISBN 9788428575324
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PVP: 15 EUROS
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Sinopsis
ORACIÓN
HECHA PALABRA
Este libro no
ofrece simplemente poesía: propone un verdadero itinerario espiritual. Sus
páginas recogen la experiencia viva de un alma en diálogo con Dios, donde cada
verso nace de la oración, del asombro y de la búsqueda perseverante. Lejos de
fórmulas fáciles, estos textos revelan una fe que atraviesa la noche, el
silencio y el combate interior, descubriendo en ellos un sentido nuevo y
fecundo. La Cruz, la Palabra y la mirada de Dios se convierten aquí en luz,
alimento y destino. Con un lenguaje bello y profundo, esta obra invita al
lector a detenerse, escuchar y dejarse transformar. Un libro para quienes
desean reencontrarse con Dios en lo esencial.
Recientemente la Conferencia Episcopal Española ha elaborado y publicado un documento con este título. La idea es tratar el papel de las emociones en el acto de fe o en la vida creyente. El motivo es el creciente número de métodos de nueva evangelización que utilizan las emociones como motor de conversión.
Nos encontramos, sin duda, en un momento en el que asistimos a
un renacer de la fe. Son muchas las personas alejadas que están volviendo a la
Iglesia gracias al auge de retiros de impacto combinado con el vacío
existencial que experimentan. Pero el documento nos recuerda que en el acto de
fe no cuenta solamente la afectividad, aunque su papel sea fundamental.
Partiendo de la idea de que la fe es una relación viva en la que
Dios se comunica de forma personal con cada uno es necesario integrar la
dimensión intelectual y la voluntad junto con la confianza que pertenece a esa
dimensión afectiva del ser humano. Solo así se puede vivir plenamente la fe sin
reducirla a sentimientos intensos. De esta manera los creyentes no se
convertirán en consumidores de experiencias sino en auténticos discípulos.
La idea es que el fin no sea el sentimiento, sino el encuentro
verdadero con Cristo que transforma la vida. Esta es la manera adecuada de
evitar el emotivismo y la autosuficiencia intelectual que se basa solamente en
ideas. La clave es la unión entre verdad y amor. El documento acaba recordando
que la fe es un acontecimiento total que transforma la vida y conduce al
discipulado, por medio del encuentro con Cristo, que nos lleva a dar
testimonio.
Para creer es necesario que la entera persona se implique de
forma que sea capaz de amar, conocer y confiar con todo el corazón.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
«¡Alegría!, ¡alegría!, ¡alegría!» Desde el primer verso resuena el tono
propio de la Pascua. La repetición es una proclamación jubilosa: el gozo
cristiano nace del acontecimiento inaudito de la resurrección de Cristo. La
muerte, que parecía definitiva, «va malherida» y «de vencida». No ha
desaparecido todavía del mundo, pero ha perdido su dominio. Los sepulcros
quedan «desiertos», porque la tumba ya no es la última palabra sobre el destino
humano.
«Quien le lloró muerto lo encontró en el huerto». El poema evoca con
delicadeza la escena evangélica de María Magdalena en el huerto la mañana de
Pascua. La mujer que había venido a llorar a un muerto descubre al Viviente.
Primero cree ver a un jardinero, pero esa intuición encierra una verdad más
profunda de lo que ella misma imagina: Cristo resucitado es, en cierto modo, el
jardinero de la nueva creación. Así como el primer jardín de la humanidad fue
escenario del pecado, ahora el huerto de la resurrección inaugura una creación
renovada. Aquel que fue visto «colgar del madero» aparece ahora como el que
hace florecer «rosas y olivos», signos de belleza, vida y paz.
«En el cielo se canta victoria». En la última estrofa el horizonte se
ensancha todavía más. Las «puertas selladas» que son derribadas evocan tanto el
sepulcro abierto como las puertas del cielo. La Pascua no es solo el triunfo
personal de Jesús sobre la muerte; es también la apertura definitiva del
destino humano. Aquellas «muchas moradas» de las que habla el evangelio ya no
están cerradas para el hombre: el Resucitado ha entrado en ellas y ha llevado
consigo a la humanidad.
El poema, por tanto, no solo canta un acontecimiento pasado, sino que
anuncia una realidad presente y una esperanza futura. Porque Cristo ha
resucitado, el dolor puede transformarse en alegría, el llanto en anuncio y la
muerte en paso hacia la vida. La Pascua convierte a los creyentes en mensajeros
de esta noticia: decid a los muertos, decid a los vivos… ¡ha renacido la Vida!
¡Alegría!, ¡alegría!, ¡alegría!
La muerte, en huida,
ya va malherida.
Los sepulcros se quedan desiertos.
Decid a los muertos:
«¡Renace la Vida,
y la muerte ya va de vencida!»
Quien le lloró muerto
lo encontró en el huerto,
hortelano de rosas y olivos.
Decid a los vivos:
«¡Viole jardinero
quien le viera colgar del madero!»
Las puertas selladas
hoy son derribadas.
En el cielo se canta victoria.
Gritadle a la gloria
que hoy son asaltadas
por el hombre sus «muchas moradas». Amén.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd
Entre los detalles que añade el texto, uno resulta particularmente
revelador: los cristianos se reunían en las casas para la fracción del pan
(nombre con el que designaban la eucaristía) y lo hacían «con alegría y
sencillez de corazón». Estas dos palabras describen el clima espiritual de
aquellas primeras celebraciones.
La ALEGRÍA no es aquí una emoción superficial ni un entusiasmo pasajero.
Nace del acontecimiento que sostiene la fe de la comunidad: Cristo vive. Los
discípulos no se reúnen movidos por una obligación ritual, sino por el gozo de
encontrarse con el Señor resucitado en medio de ellos. La eucaristía era para
ellos la experiencia viva de su presencia. Por eso la celebración estaba
marcada por un tono festivo, por la alabanza agradecida y por la conciencia de
haber sido alcanzados por una gracia inmerecida.
Junto a la alegría, aparece la SENCILLEZ DE CORAZÓN. La expresión indica
una actitud interior de transparencia y humildad. Se trata de una fe despojada
de artificios. La comunidad se reúne tal como es, sin pretensiones ni cálculos.
La sencillez expresa la autenticidad de una relación con Dios y los hermanos
que no necesita máscaras.
Estas dos notas (alegría y sencillez) constituyen un criterio permanente
para la vida de la Iglesia. Con el paso del tiempo las formas litúrgicas se han
enriquecido y estructurado, lo cual es un bien; pero el espíritu que debe
animarlas sigue siendo el mismo. Cuando la celebración pierde la alegría
pascual o cuando se vuelve complicada y distante del corazón de los fieles,
algo esencial del Evangelio queda oscurecido.
Las primeras comunidades no buscaban una perfección exterior, sino la
verdad del encuentro con el Señor. Se reunían para escuchar su palabra, para
compartir la vida y para partir el pan que los unía. Y lo hacían con la
naturalidad de quien sabe que ha sido amado y salvado.
Quizá este sea uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades:
redescubrir la alegría serena de la Pascua y la sencillez de un corazón que se
reúne para encontrarse con Cristo vivo. Allí donde estas dos actitudes están
presentes, la Iglesia vuelve a respirar con el mismo espíritu de sus comienzos.
Eduardo Sanz de Miguel, ocd
Hoy es domingo. Y no es un domingo cualquiera: es tiempo de Pascua.
Pero seamos sinceros… la fe no siempre amanece luminosa.
A veces despierta cansada, con dudas, con preguntas que no encajan.
Hay días en que creer cuesta.
Cuesta porque la vida aprieta.
Porque hay problemas que no se resuelven.
Porque uno reza… y parece que Dios guarda silencio.
Y, sin embargo, ahí está la Pascua.
No como un eslogan bonito, sino como una verdad que empuja desde dentro:
la vida puede más que la muerte, la luz más que la oscuridad.
Los discípulos también dudaron.
También tuvieron miedo.
También pensaron que todo había terminado.
Y aun así… siguieron caminando.
Quizá hoy tu fe no es fuerte.
No pasa nada.
Basta con que no te detengas.
Porque creer no es no dudar.
Creer es seguir, incluso con dudas.
Es levantarte hoy y decir:
“Señor, no lo veo claro… pero no me voy.”
La Pascua no quita las dificultades.
Pero les cambia el final.
Así que hoy, domingo, haz algo sencillo:
respira hondo, levántate…
y sigue caminando.
Porque la historia no acaba en la cruz.
Nunca acaba ahí.
Feliz segundo domingo de
Pascua con ganas de PAZ
Javier Leoz
Tomás representa a quienes no se conforman con el testimonio de otros. No
le basta lo que dicen los discípulos; quiere ver, quiere tocar, quiere una
certeza que nazca de su propia experiencia. En él se reconocen muchos hombres y
mujeres de todos los tiempos, también del nuestro: personas que no rechazan
necesariamente a Dios, pero que se resisten a creer apoyándose en mediaciones,
en la palabra de la Iglesia, en el testimonio de la comunidad.
Sin embargo, el relato contiene un detalle decisivo. Tomás solo encuentra
al Resucitado cuando vuelve a estar con los otros discípulos. Su búsqueda
personal no se resuelve en soledad, sino dentro de la comunidad. Allí, cuando
los discípulos se encuentran reunidos, aparece Jesús. La fe cristiana no nace
de un descubrimiento puramente individual, sino del encuentro con Cristo en el
seno de la Iglesia, donde su presencia sigue manifestándose.
La respuesta de Jesús es sorprendente. No reprende a Tomás, ni se muestra
impaciente ante su incredulidad. Al contrario, le ofrece precisamente lo que
había pedido: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado».
El Resucitado conserva las llagas de la pasión. La victoria sobre la muerte
no ha borrado el amor con el que se entregó. En su cuerpo glorioso permanecen
abiertas las heridas de la historia: las de los pobres, los enfermos, los
humillados, todos aquellos con los que él quiso identificarse.
Por eso, el camino de Tomás es también el nuestro. El encuentro con el
Resucitado pasa muchas veces por tocar esas llagas: por acercarnos con humildad
al sufrimiento de los hermanos, por servir a quienes llevan en su vida las
heridas del mundo. Allí, donde el amor se hace concreto, la fe se vuelve
verdadera.
El relato culmina con una bienaventuranza que atraviesa toda la historia
cristiana: «Dichosos los que crean sin haber visto». No es una invitación a una
fe ingenua o ciega. Es una llamada a una confianza más profunda, capaz de
reconocer la presencia del Señor en signos humildes: en la palabra anunciada,
en la comunidad reunida, en la fracción del pan, en la vida entregada por amor.
Y el evangelio subraya un detalle significativo: todo sucede «a los ocho
días» de la resurrección, es decir, en domingo. Como entonces, también ahora el
Resucitado se hace presente en medio de sus discípulos. Nos ofrece su paz,
renueva nuestra fe y nos envía al mundo: «Como el Padre me ha enviado, así
también os envío yo».
De este encuentro nace la verdadera alegría pascual: la certeza de que el
Señor vive y sigue caminando con su Iglesia. Y de esa certeza brota también la
misión. Porque quien ha reconocido al Resucitado ya no puede guardarse para sí
mismo la luz que ha recibido.
Eduardo Sanz de Miguel, OCD