sábado, 11 de abril de 2026

JESÚS Y TOMÁS.

 



 El evangelio del segundo domingo de Pascua nos presenta una escena sencilla y profundamente humana: el encuentro entre Jesús resucitado y Tomás. No es solo la historia de una duda, sino una revelación sobre la paciencia de Dios y sobre el camino por el que la fe llega a madurar.

Tomás representa a quienes no se conforman con el testimonio de otros. No le basta lo que dicen los discípulos; quiere ver, quiere tocar, quiere una certeza que nazca de su propia experiencia. En él se reconocen muchos hombres y mujeres de todos los tiempos, también del nuestro: personas que no rechazan necesariamente a Dios, pero que se resisten a creer apoyándose en mediaciones, en la palabra de la Iglesia, en el testimonio de la comunidad.

Sin embargo, el relato contiene un detalle decisivo. Tomás solo encuentra al Resucitado cuando vuelve a estar con los otros discípulos. Su búsqueda personal no se resuelve en soledad, sino dentro de la comunidad. Allí, cuando los discípulos se encuentran reunidos, aparece Jesús. La fe cristiana no nace de un descubrimiento puramente individual, sino del encuentro con Cristo en el seno de la Iglesia, donde su presencia sigue manifestándose.

La respuesta de Jesús es sorprendente. No reprende a Tomás, ni se muestra impaciente ante su incredulidad. Al contrario, le ofrece precisamente lo que había pedido: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado».

El Resucitado conserva las llagas de la pasión. La victoria sobre la muerte no ha borrado el amor con el que se entregó. En su cuerpo glorioso permanecen abiertas las heridas de la historia: las de los pobres, los enfermos, los humillados, todos aquellos con los que él quiso identificarse.

Por eso, el camino de Tomás es también el nuestro. El encuentro con el Resucitado pasa muchas veces por tocar esas llagas: por acercarnos con humildad al sufrimiento de los hermanos, por servir a quienes llevan en su vida las heridas del mundo. Allí, donde el amor se hace concreto, la fe se vuelve verdadera.

El relato culmina con una bienaventuranza que atraviesa toda la historia cristiana: «Dichosos los que crean sin haber visto». No es una invitación a una fe ingenua o ciega. Es una llamada a una confianza más profunda, capaz de reconocer la presencia del Señor en signos humildes: en la palabra anunciada, en la comunidad reunida, en la fracción del pan, en la vida entregada por amor.

Y el evangelio subraya un detalle significativo: todo sucede «a los ocho días» de la resurrección, es decir, en domingo. Como entonces, también ahora el Resucitado se hace presente en medio de sus discípulos. Nos ofrece su paz, renueva nuestra fe y nos envía al mundo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

De este encuentro nace la verdadera alegría pascual: la certeza de que el Señor vive y sigue caminando con su Iglesia. Y de esa certeza brota también la misión. Porque quien ha reconocido al Resucitado ya no puede guardarse para sí mismo la luz que ha recibido.


Eduardo Sanz de Miguel, OCD

 


viernes, 10 de abril de 2026

HA RESUCITADO ¡ALELUYA!

 


La Pascua no es un recuerdo: es una sacudida.

Es la piedra corrida de nuestros sepulcros cotidianos.

Es la noticia que cambia el tono de la vida: la muerte no tiene la última palabra.

Hoy venimos con cicatrices, con cansancios, con preguntas sin responder.

Venimos con la fe a veces firme y a veces temblorosa.

Como Tomás, hemos querido tocar para creer.

Como María Magdalena, hemos llorado frente a ausencias que dolían demasiado.

Como los discípulos de Emaús, muchas veces hemos caminado tristes, pensando que todo había terminado.

Y, sin embargo, en medio del miedo, de la noche y del desencanto, una voz vuelve a pronunciar nuestro nombre.

Una voz que no grita, pero vence el ruido del mundo.

Una voz que no obliga, pero abre caminos.

Una voz que dice: “No tengáis miedo”.

La Resurrección es eso:

la certeza de que siempre hay un amanecer después de la noche,

que el dolor no define para siempre nuestra historia,

que caer no es fracasar,

y que levantarse sigue siendo posible.

Resucitar hoy es volver a creer en la vida cuando parecía agotada.

Es volver a sonreír después del llanto.

Es apostar por la bondad en un tiempo de cinismos.

Es cuidar, perdonar, recomenzar.

Es seguir adelante aunque el corazón haya conocido el peso de la cruz.

Porque creer no es no tener dudas.

Creer es caminar con ellas sin dejar de buscar la luz.

Tener fe no es vivir sin heridas.

Es descubrir que incluso por las heridas entra la esperanza.

La Pascua nos llama a levantarnos.

A no instalarnos en el miedo.

A no vivir encerrados en nuestras tumbas interiores: la tristeza, el rencor, la rutina, la desesperanza.

Hoy se nos anuncia que la piedra puede moverse.

Que todavía queda mucho por vivir.

Mucho por amar.

Mucho por construir.

Es tiempo de levantarnos.

De limpiar las lágrimas.

De abrir ventanas.

De volver a soñar.

Porque Cristo ha resucitado,

y con Él resucita la posibilidad de una vida más honda, más libre, más luminosa.

Que nadie nos robe la esperanza.

Que nadie nos convenza de que ya es tarde.

Que nadie nos haga olvidar que el amor siempre tiene futuro.

Hoy es Pascua.

Hoy la vida vence.

Hoy la fe se pone en pie.

Hoy la esperanza florece.

Y nosotros, heridos quizá, cansados tal vez, pero vivos,

volvemos a decir con el alma encendida:

¡Sí merece la pena creer!

¡Sí merece la pena esperar!

¡Sí merece la pena amar!

¡Sí merece la pena soñar!

Porque Él vive.

Y si Él vive, siempre hay un mañana.

 

Javier Leoz

jueves, 9 de abril de 2026

UNA SACRALIDAD QUE NOS TRASCIENDE

 



  Durante la Vigilia Pascual he tenido la oportunidad de bautizar a una quincena de adultos. Cada uno, desde su historia, se han acercado al sacramento con una convicción profunda que los lleva a querer tener en su vida una luz nueva, una forma distinta de estar en el mundo. La variedad de personas que han accedido a la iniciación cristiana es tan rica que no puedo más que dar las gracias a Dios por hacerme canal para que se produzca este acercamiento a él.

Los caminos por los que Dios se hace presente son muchas veces inverosímiles. En el grupo de catecúmenos había quien en su momento recibió toda la formación necesaria, pero una situación familiar los había retirado de la Iglesia; había quien se sentía débil por el peso de la enfermedad y quería acercarse más al Señor; también quien se había dejado guiar por un familiar que lo animaba a enmendar su vida y ordenarla para vivir cristianamente.

Tanta riqueza como vidas que han encontrado su lugar en la Iglesia, la comunidad de los creyentes, el Cuerpo de Cristo. A los sacerdotes nos toca simplemente ser testigos de esta riqueza y cuidarla, no ser nunca los protagonistas, pues la acción misionera no es nuestra, sino que está guiada por Alguien que sabe más que nosotros. Esta es la sacralidad de cada comunidad de la que nos hablaba el Papa León en la homilía de la misa crismal. Una sacralidad – decía el Papa- que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los lugares y de la vida ajena (Homilía de la misa crismal, 2 – abril-2026).

La mentalidad clerical nos lleva a querer dominar algo que no nos pertenece, sino que es una historia preciosa que el Señor va escribiendo con cada uno. En todo caso, nosotros estorbamos cuando queremos que todo se ciña al modelo que conocemos, que las cosas se plieguen a nuestros deseos, cuando no nos damos cuenta de que el Señor siempre nos lleva la delantera y está trabajando ya en los corazones de personas que ni siquiera podemos imaginar.

Tristemente hemos transmitido esa mentalidad clerical a muchos de nuestros colaboradores, como si el ministerio o la misión, el cargo, fuera mando y no servicio. Nos toca estar atentos, más que atentos, disponibles. Disponibles para las personas, pero sobre todo disponibles para Dios que nunca dejará de sorprendernos.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

lunes, 6 de abril de 2026

LA OCTAVA DE PASCUA.

 



 La Iglesia no se conforma con celebrar la Pascua en un solo día. La resurrección de Cristo es un acontecimiento demasiado grande para quedar encerrado en veinticuatro horas. Por eso, desde el domingo de Pascua hasta el domingo siguiente, la liturgia prolonga la fiesta durante ocho días que se viven como si fueran un único y gran domingo: la Octava de Pascua. Es como si la Iglesia quisiera enseñarnos a detenernos, a saborear con calma la alegría que irrumpe en la historia con el Resucitado.

En realidad, esta semana tiene un origen muy concreto y muy hermoso: el bautismo de los nuevos cristianos en la Iglesia primitiva. Durante la Cuaresma, los catecúmenos se preparaban intensamente para recibir los sacramentos de iniciación en la Vigilia Pascual. Aquella noche nacían a la vida nueva. Pero el camino no terminaba allí. Durante los ocho días siguientes, los recién bautizados recibían catequesis especiales para comprender el misterio que habían celebrado. Era la llamada "mistagogía": una introducción más profunda en los sacramentos, especialmente en la eucaristía, cuyo sentido se les revelaba plenamente solo después de haber participado en ella.

La peregrina Egeria, a finales del siglo IV, testimonia que esta celebración de ocho días estaba ya extendida por toda la Iglesia. En Roma, los nuevos cristianos participaban cada día en la eucaristía vestidos con las túnicas blancas recibidas en la Vigilia Pascual. Esa vestidura simbolizaba la vida nueva que habían recibido. Al terminar la octava, la depositaban solemnemente sobre el altar de la basílica de san Pancracio, gesto que dio origen al nombre tradicional del domingo final: el domingo "in albis".

Con el tiempo, también los cristianos que habían sido bautizados el año anterior renovaban en ese día sus promesas bautismales, recordando que la Pascua no es solo un acontecimiento del pasado, sino una vida que debe renovarse continuamente.

La liturgia conserva aún hoy muchos signos de las antiguas tradiciones.

Durante la Octava se canta el Gloria cada día y las oraciones mantienen el mismo tono festivo, como si toda la semana fuera un único día de fiesta. Además, los evangelios nos conducen por las primeras apariciones del Resucitado: María Magdalena, las mujeres, los discípulos de Emaús, Pedro y sus compañeros. Cada encuentro es una invitación a reconocer a Cristo vivo en medio de nosotros.

Quizá ahí está la clave de esta semana luminosa: aprender, como aquellos primeros discípulos, a descubrir que el Resucitado sigue saliendo a nuestro encuentro. Y que la Pascua no es solo una fiesta que se recuerda, sino una vida nueva que comienza.

 

Eduardo Sanz de Miguel, OCD

domingo, 5 de abril de 2026

Tocata sin fuga: la Pascua

 


Pasó la noche con sus penumbras que nos robaron los colores y las formas. Las lágrimas se secaron y se esbozaron agradecidas las sonrisas. La muerte muerta se quedó sin domicilio tras su último tremendo estertor. Ya no hay procesión de penitencia que nos recuerda con hondura y piedad el paso de un Dios cofrade en nuestras vías dolorosas. La vida no tiene botón de pausa y sigue adelante su camino, el que misteriosamente ha trazado de modo providencial Dios con su eterna sabiduría. Y tras el silencio del día de ayer, sábado santo, hoy todo es palabra. Ayer tuvimos que aprender a escuchar el silencio, deletrear sus letras que no dialogaban, y aceptar el tirón que representa una derrota aparente pero mordaz, una muerte que se impone como vencedora a ultranza.

Hoy los cristianos celebramos otra cosa. Sin aspaviento ni alharaca. La convocatoria nos escenifica que quedaba lo mejor por llegar, quedaba propiamente por decir la última palabra. Es el final que se torna recomienzo, y donde todo parecía extinto y agotado, de pronto empieza allí la primavera con una pujanza tan nueva que hace olvidar todos los barbechos que no nos dieron nada. Así, todas las penúltimas palabras llenas de oscuridad, de violencia y de muerte, han quedado enmudecidas para siempre tras ese canto que como un himno a la alegría tenía por estrofa única un aleluya sin ocaso. Había una palabra última que debía ser escuchada y es la que de modo postrero se reservó Dios mismo para pronunciarla. Después de todo un camino de conversión y escucha, llega el momento del encuentro con esa palabra. Hemos llegado al centro del año cristiano. Todo parte de aquí y todo hasta aquí nos conduce. Y como quien sale de una pesadilla que parecía inacabable y pertinaz, como quien sale de su callejón más negro y tenebroso, como quien termina su exilio más distanciador de los que ama, como quien concluye su pena y su prisión… así Jesús ha resucitado, según había dicho.

Por malditos que resulten tantos avata­res inhumanos cada día, y por tropezosos que nos parezcan los traspiés cotidianamente, Jesús ha vencido. Y esto significa que ni la enfermedad, ni el dolor, ni la oscuridad, ni la tristeza, ni la persecución, ni la espada… ni la mismísima muerte tendrán ya la última palabra. Jesús ha resucitado y su triunfo nos abre de par en par el camino de la esperanza, de la utopía cristiana, el camino de la verdadera humanidad, el camino que nos conduce al hogar entrañable de Dios.

Como en la mañana primera, Dios vuelve a pasar por nuestro caos para llenarlo de armonía, revistiendo nuevamente de bondad y belleza lo que sus labios creadores de nuevo pronuncian con palabra de eternidad. Al unirnos a la alegría de toda la creación, también nosotros queremos ser testigos de su paso entre nosotros, de su trasiego siempre bondadoso y embellecedor. Y ¿qué debemos testificar? Pues lo que la misma Pascua pro­clama y canta: que la luz vence a la sombra, y la paz a la guerra, que el amor vence al odio, porque Jesús ha resucitado dejando para siempre vacío el sepulcro de la muerte.

Estamos llamados a cantar y a contar este mi­lagro, esta maravillosa in­tervención de nuestro Dios. En medio de todos nuestros dra­mas y dificultades, ha su­cedido algo, ha ocurrido algo, que ha modificado en nuestra historia todos los fatalismos que nos acorralan y atenazan: Jesús ha resucitado. Sí, vaya­mos al sepulcro, a ese en el que tantas veces quedan sepultadas nuestras esperanzas y alegrías, nuestra fe y nuestro amor, y veamos cómo Dios quiere resucitar­nos, quitando las losas de nuestras muertes, para susurrar en nosotros y entre nosotros una palabra de vida, sin fin, verdadera. Jesús ha re­sucitado. Vuelve la vida. El himno de esta alegría no tiene ninguna fuga en su tocata de aleluya, sino un eterno regalo que nos permite volver a nacer agradecidos en la Pascua.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 4 de abril de 2026

PERMANECE EN ÉL

 



 “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí...” Juan 15:4-5.

 Hay algo que a veces pasa en la vida cristiana sin que nos demos cuenta.

 Nos acostumbramos a hacer cosas para Dios.

Vamos a la iglesia.

Leemos la Biblia.

Aprendemos versículos.

Cantamos canciones.

Servimos en algún lugar.

 Y todo eso es bueno.

Pero en medio de todo ese movimiento,

podemos terminar haciendo lo que Jesús nunca nos pidió.

 Porque Jesús nunca dijo: “hagan cosas por mí”.

Nunca dijo: “admírenme”.

Nunca dijo: “conózcanme intelectualmente”.

 Lo que dijo fue: “Permaneced en mí.”

 Y permanecer no es visitar.

No es llegar un domingo, emocionarte, sentir algo bonito y luego volver a tu vida como si nada.

 Permanecer es habitar.

Es instalarte.

Es hacer de Él tu lugar.

Porque el problema no es que la gente no quiera a Jesús.

Muchos lo quieren.

Muchos lo admiran.

Muchos saben quién es.

Muchos hasta defienden Su nombre.

 Pero Jesús no vino a buscar admiradores.

Vino a buscar personas que permanezcan en Él.

 Y hay una diferencia enorme entre admirar a Jesús y permanecer en Él.

 Admirarlo es saber que Él es bueno.

Permanecer en Él es dejar que Su bondad transforme tu carácter.

 Admirarlo es creer que Él puede hacer milagros.

Permanecer en Él es confiarle tu vida, aunque no veas milagros.

 Admirarlo es decir “te sigo” cuando todo va bien.

Permanecer en Él es quedarte cuando duele, cuando no entiendes, cuando quieres irte.

 Y Jesús lo dice claramente: “Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.”

 El pámpano —esa rama que sale de la vid— no tiene vida propia.

Su vida viene de donde está conectado.

Si lo cortas, se seca.

No importa cuánto se esfuerce.

No importa cuánto quiera producir fruto.

Sin conexión, no hay vida.

 Y Jesús dice: tú eres el pámpano.

Yo soy la vid.

Separados de mí nada podéis hacer.

 No “poco”.

No “menos”.

Nada.

 Porque el fruto verdadero no nace del esfuerzo.

Nace de la conexión.

 Y aquí está lo que duele reconocer:

podemos pasar años haciendo cosas para Dios sin permanecer en Él.

Podemos liderar grupos, enseñar clases, predicar sermones, servir en el altar,

y estar secos por dentro.

Porque estamos produciendo desde nuestro esfuerzo, no desde nuestra conexión.

 Pero Jesús no nos necesita por nuestra capacidad.

Él nos quiere por nuestra permanencia.

 Porque cuando permaneces en Él,

no tienes que esforzarte por parecer cristiano.

Su carácter comienza a moldear el tuyo.

Su amor atraviesa tus heridas.

Su voz comienza a gobernar tus decisiones.

 Y el fruto que sale de ti no es algo que fabricaste.

Es algo que Él produjo a través de ti.

 No es imitar a Jesús.

Es permitir que Jesús se exprese en ti.

 Y cuando eso ocurre,

la obra que Él comenzó en ti sigue viva.

No depende de tu esfuerzo.

Depende de tu permanencia.

 Por eso hoy, no te preguntes cuánto estás haciendo para Dios.

Pregúntate: ¿Cuánto estoy permaneciendo en Él?

 Porque Él no busca seguidores externos.

Él busca corazones que le den lugar.

No para usarlos.

Para habitarlos.

 Y cuando Él habita en ti,

Su vida comienza a manifestarse a través de ti.

Y eso no lo produces con esfuerzo.

Eso ocurre porque permaneces.

 

Juan 15:4-5

Juan 15:7-8

Colosenses 2:6-7