jueves, 21 de mayo de 2026

LA MADRIDIZACIÓN DE LA FE

 



Movimientos, universidades, medios de comunicación, la sede del episcopado o los tan recurrentes laboratorios de ideas (think tanks), que proliferan como forma de comunicación entre jóvenes, todo ello ha convertido a Madrid en el centro de la vida religiosa en España. Da la sensación de que lo que ocurre allí es la Iglesia Católica en España. Sin embargo, la experiencia religiosa española nunca ha sido exclusiva ni principalmente madrileña.

La centralidad política y mediática ha creado una especie de ilusión de representatividad. Basta salir de la capital para encontrarnos con una realidad plural y territorial, que desmonta esta ilusión. Un vasto territorio donde la fe no se articula alrededor de debates ideológicos o estrategias de influencia cultural o política. Una fe vivida desde las costumbres, los vínculos comunitarios, la tradición familiar. Una fe ligada al paisaje humano, una fe llena de riqueza y, por qué no decirlo, fe “pagana” en su sentido original.

Fiestas patronales, funerales, procesiones… son religiosidad menos doctrinal pero más vinculada a las personas e integrada en la vida ordinaria. Las cofradías, la devoción por la Virgen – la de mi pueblo, claro- o la Semana Santa contienen una forma de pertenencia vinculada a la transmisión cultural preñada de espiritualidad. Hay teología en esa manera pública y corporal de vivir la fe. Una fe que se comparte colectivamente y que convierte el espacio público en una extensión del templo.

El actual foco mediático sobre Madrid nos hace perder de vista que la Iglesia en España siempre ha sido policéntrica. Los distintos territorios que conforman nuestra geografía nos demuestran que la fe es católica precisamente porque adopta formas diversas según el lugar desde el que se vive. El catolicismo de un barrio acomodado de Madrid no expresa las mismas preocupaciones o la misma sensibilidad que el de una parroquia rural de la Alpujarra o una hermandad sevillana.

Esas formas, que podríamos considerar periféricas, son las que mantienen viva la dimensión comunitaria de la fe, alejadas de la intelectualidad o la polarización política. En ellas la fe sigue entretejida en lo cotidiano, aunque carezcan de una articulación perfecta de los postulados teológicos.

España también reza más allá de la M30, reza desde aldeas vacías, en plazas llenas de fieles que esperan ver salir a su cristo o su virgen, desde santuarios a los que vamos en romería y desde parroquias de barrio que apenas ocupan espacio en la conversación pública. Solo si aceptamos esta pluralidad entenderemos qué es realmente el catolicismo español.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

sábado, 16 de mayo de 2026

HACER DISCÍPULOS DE JESÚS

 



 Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.

El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.

Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.

Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.

Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.

Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… salvando.

 

José Antonio Pagola

Ascensión del Señor – A (Mateo 28,16-20)

17 de mayo

 

jueves, 14 de mayo de 2026

¿RECLUTAR O ACOMPAÑAR? EL CORAZÓN DE LA CULTURA VOCACIONAL

 


En muchas ocasiones hay palabras que en determinados ámbitos se repiten hasta la saciedad. Aunque son las que más se repiten, también son las que corren mayor riesgo de quedar vacías de contenido. En la Iglesia somos expertos en desgastar conceptos. Comenzamos con la Iglesia Conciliar, continuamos con la Nueva Evangelización, tampoco se escapa el Primer Anuncio, seguimos con Procesos Sinodales o el famoso “hagan lío” del Papa Francisco. Distintas maneras de ir haciendo comprender cuál es la tarea de la Iglesia en cada momento, eslóganes reconocibles que terminan por no significar nada.

Actualmente está surgiendo con fuerza una nueva idea. En muchos ambientes eclesiales se habla de una cultura vocacional. Es cierto, no voy a mentir, que tengo un poquito de esperanza en esta idea. La cuestión es si sabremos desentrañarla, aprovechando todo lo que puede aportarnos o si seguiremos jugando a hacer lo de siempre.

Para no dejar vacía esta idea, que se presenta como un plan de acción para la Iglesia, es necesario que identifiquemos cuál es el núcleo de la misma. Alejándonos de campañas, actividades o estrategias orientadas a suscitar vocaciones hemos de promover el acompañamiento, asumiendo la paciencia de quien siembra y sin controlar los resultados.

Hay que tener claro que la vocación es ante todo una respuesta que surge desde lo más hondo de la persona. Un recorrido interior, muchas veces largo y lleno de dudas. En el que el acompañamiento ayuda a escuchar mejor. Un escollo es la incapacidad que tenemos para acompasarnos a la vida de los demás porque nos hemos dejado contaminar de la sociedad que busca resultados rápidos, producción y eficiencia.

En algún momento leí algo que me ayudó mucho a entender la importancia del tiempo en la vida de fe. Dios no tiene prisa, porque la eternidad es suya, somos nosotros los que desde nuestra limitación forzamos y quemamos etapas antes de que se produzca el tiempo oportuno. Por ello acompañar y ser acompañado en el proceso de la vocación, sea cual sea, requiere aprender a habitar el tiempo de otro modo.

¿Cuál sería el éxito de la cultura vocacional? La fidelidad de cada persona a su propio camino. Frente a la percepción de distancia o de rigidez que muchos tienen de la institución eclesial el acompañamiento nos ofrece una oportunidad. Puede mostrar un rostro creíble haciendo entender que la Iglesia escucha, acoge, te toma en serio y quiere ayudarte a que encuentres tu camino reconociendo tu vocación. Para ello no necesitamos reclutadores, sino compañeros de camino.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

sábado, 9 de mayo de 2026

OS DARÉ EL ESPÍRITU SANTO. Domingo sexto de Pascua, ciclo A.

 




 A medida que nos acerca a las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, la liturgia nos sitúa en un momento especialmente delicado y fecundo: el de la despedida de Jesús. No es un adiós marcado por la ausencia, sino una transición hacia una presencia más profunda. El Señor no abandona a los suyos; al contrario, promete una cercanía nueva, interior, sostenida por el don del Espíritu Santo.

En el evangelio dice que Jesús nos enviará al “Paráclito”. No es fácil traducir esta palabra con una sola expresión. Significa defensor, consolador, intercesor, acompañante fiel. El Espíritu Santo no solo nos protege del mal, sino que se pone de nuestra parte, habla en nuestro interior, nos sostiene cuando nuestras fuerzas flaquean. En un mundo donde tantas voces acusan, confunden o desaniman, el Espíritu es la voz que recuerda la verdad de Dios en nosotros: que somos amados, llamados, enviados.

Esta presencia interior no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos impulsa hacia fuera. Como recuerda la primera carta de Pedro, estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza, pero no de cualquier modo: con mansedumbre, respeto y buena conciencia. Es un detalle importante. El testimonio cristiano no nace de la imposición ni de la superioridad, sino de la serenidad de quien ha encontrado un sentido para su vida. Solo quien vive sostenido por el Espíritu puede hablar así, sin agresividad y sin miedo.

Porque el miedo es, en el fondo, uno de los grandes enemigos de la fe. Miedo al rechazo, al fracaso, a la incomprensión. Frente a él, Jesús ofrece un don incomparable: su paz. No una paz superficial o pasajera, sino una paz que brota de la comunión con Dios y que permanece incluso en medio de las pruebas. “No tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras no son una simple exhortación moral; son una promesa eficaz, que se cumple en quienes acogen el Espíritu.

Así, mientras nos preparamos para celebrar la Ascensión y Pentecostés, vivimos en esta tensión fecunda: Jesús se va, pero anuncia que no nos deja solos; el Espíritu viene y nos capacita para continuar su obra. Nuestra vida cristiana se convierte entonces en una misión confiada y serena, sostenida desde dentro por aquel que es, al mismo tiempo, defensa en la lucha y consuelo en la tribulación.

Oración. Ven, Espíritu Santo, Paráclito y consuelo en nuestras debilidades: habita en nuestro corazón, fortalece nuestra fe y danos tu paz. Haznos testigos humildes y valientes del evangelio, para que, libres de miedo, sepamos dar razón de nuestra esperanza con mansedumbre y amor. Amén.

  

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

 

jueves, 7 de mayo de 2026

DECIRLO TODO… ¿O AMAR PRIMERO?

 



 Últimamente oigo a muchos predicadores que se han empeñado en usar un tono de voz condescendiente, suave, melifluo, aflautado… en general, políticamente correcto en su forma y en su fondo. Tal vez la idea es no resultar ofensivos o no violentar a los oyentes. Hablan desde una impostación que, curiosamente, provoca el espanto de la mayoría de los feligreses porque además viene acompañado de la ausencia de autenticidad.

En este mundo nuestro en que nos movemos, de redes sociales y opinionistas profesionales, donde se premia lo agresivo e incluso se admira lo incorrecto, es difícil encontrar una medida adecuada en la que sin faltar a la verdad no se olvide la caridad. Quiero pensar que esto es lo que intentan estos bien intencionados sacerdotes cuando impostan su voz o utilizan términos que no ofendan, aunque no puedo dejar de recordar que yerran en su obrar.

Es cierto que lo políticamente incorrecto ha encontrado un eco en nuestra sociedad porque supone una especie de rebeldía contra lo establecido. Pero la libertad para hablar no debe confundirse con la libertad para herir. Hay quien ha adoptado la posición de lo políticamente incorrecto simplemente con la idea de provocar. Detrás de las verdades incómodas que postulan no encontramos en ellos la convicción sino el postureo que se alimenta siempre de la opinión ajena.

La caridad en el hablar es un arte olvidado. Seguramente sea porque es costoso ponerse en el lugar del otro y vivir siempre desde el amor que busca en todo momento el bien ajeno. No mentir, no humillar, no buscar imponerse, no callar por cobardía, por el miedo a ser rechazado, hablar desde la verdad y el amor, porque el otro me importa, esto es caridad en el hablar; y para esto, no es necesario aflautar la voz o usar palabras inocuas, sino vivir desde la convicción. La caridad no suaviza la verdad, la hace habitable.

Si la búsqueda de atención tan potenciada en redes premia lo agresivo y lo incorrecto, es cierto que no podemos caer en la tentación de quienes disfrutan teniendo atención. Nuestro camino es otro, parecernos al que es la Verdad y nos ha enseñado a vivir amando.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 


sábado, 2 de mayo de 2026

CREERLE A JESÚS, EL CRISTO

 


 Hay en la vida momentos de verdadera sinceridad en que surgen de nuestro interior, con lucidez y claridad desacostumbradas, las preguntas más decisivas: en definitiva, yo ¿en qué creo?, ¿qué es lo que espero?, ¿en quién apoyo mi existencia?

 Ser cristiano es, antes que nada, creerle a Cristo. Tener la suerte de habernos encontrado con él. Por encima de toda creencia, fórmula, rito o ideologización, lo verdaderamente decisivo en la experiencia cristiana es el encuentro con Jesús, el Cristo.

 Ir descubriendo por experiencia personal, sin que nadie nos lo tenga que decir desde fuera, toda la fuerza, la luz, la alegría, la vida que podemos ir recibiendo de Cristo. Poder decir desde la propia experiencia que Jesús es «camino, verdad y vida».

 En primer lugar, descubrirlo como camino. Escuchar en él la invitación a caminar, avanzar siempre, no detenernos nunca, renovarnos constantemente, ahondar en la vida, construir un mundo justo, hacer una Iglesia más evangélica. Apoyarnos en Cristo para andar día a día el camino doloroso y al mismo tiempo gozoso que va desde la desconfianza a la fe.

 En segundo lugar, encontrar en Cristo la verdad. Descubrir desde él a Dios en la raíz y en el término del amor que los seres humanos damos y acogemos. Darnos cuenta, por fin, que la persona solo es humana en el amor. Descubrir que la única verdad es el amor, y descubrirlo acercándonos al ser concreto que sufre y es olvidado.

 En tercer lugar, encontrar en Cristo la vida. En realidad, las personas creemos a aquel que nos da vida. Por eso, ser cristiano no es admirar a un líder ni formular una confesión sobre Cristo. Es encontrarnos con un Cristo vivo y capaz de hacernos vivir.

 Jesús es «camino, verdad y vida». Es otro modo de caminar por la vida. Otra manera de ver y sentir la existencia. Otra dimensión más honda. Otra lucidez y otra generosidad. Otro horizonte y otra comprensión. Otra luz. Otra energía. Otro modo de ser. Otra libertad. Otra esperanza. Otro vivir y otro morir.

 

José Antonio Pagola

5º Pascua - A

(Juan 14,1-12)

3 de mayo 2026

 

viernes, 1 de mayo de 2026

Mes de Mayo con la Virgen María

 



Mayo despierta con luz nueva y con un nombre en los labios: María.

Es el mes de las flores y del corazón abierto, de los caminos que llevan a una ermita, de los rosales que perfuman la fe sencilla de nuestro pueblo.

Volvemos a Ella como hijos: con manos llenas —a veces de rosas, a veces de cansancio— y con el alma que busca consuelo. María nos enseña las actitudes que hacen bella la vida: la humildad que escucha, la disponibilidad que dice “sí”, la ternura que cuida, la esperanza que no se rinde.

En la tradición de mayo hay algo más que costumbre: hay memoria viva de una Madre que acompaña. En cada Ave María, en cada mirada a su imagen, aprendemos a vivir con más verdad, con más luz, con más Dios.

Que este mes nos encuentre sencillos y confiados, como niños.

Que nuestras manos sepan ofrecer flores… y también gestos de amor.

Y que, de la mano de María, redescubramos la belleza de creer, de esperar y de amar.

Porque donde está la Madre, siempre florece la vida.

 

Javier Leoz