martes, 31 de marzo de 2026

PARA PROVOCAR, DISCERNIR Y AYUDAR, Procesiones: ¿escaparate o encuentro?

 




La Semana Santa llena las calles. Pasos imponentes, música que estremece, silencio que sobrecoge… y multitudes. Pero la pregunta es inevitable:

¿Qué hay debajo?

Porque una procesión puede ser muchas cosas a la vez:

tradición, cultura, arte…

o también fe viva, conversión, encuentro con Cristo.

El riesgo es real:

que todo se quede en escaparate,

que la emoción sustituya a la oración,

que el aplauso ahogue el silencio interior.

No es malo que sea bello.

No es malo que emocione.

El problema es si todo termina ahí.

Una procesión auténtica no es un desfile: es un camino.

Un pueblo que camina con Cristo, o mejor, detrás de Cristo. Cuando eso es verdad: el silencio no es vacío, es oración, la música no es espectáculo, es súplica, la imagen no es adorno, es presencia que interpela

Entonces ya no miras… te dejas mirar.

Ya no observas… te conviertes en parte.

¿Qué hay que recuperar?

El sentido de fe. Volver a poner a Cristo en el centro, no como excusa, sino como Señor.

¿Qué hay que mantener?

La belleza, la tradición, la identidad de un pueblo que ha sabido rezar con los sentidos.

¿Qué hay que vivir?

La coherencia. Que lo que procesionamos por fuera, lo llevemos por dentro.

¿Y lo residual?

Todo lo que no lleva a Dios. Todo lo que se queda en apariencia. Todo lo que pasa… sin tocar el alma.

Porque al final, la pregunta no es si la procesión ha sido bonita.

La pregunta es otra:

¿Ha pasado Cristo por mi vida… o solo por mi calle?

Aun así la Religiosidad Popular es un recurso que ayuda y muchísimo en el camino de la fe. Pero ojo con aquellos que pretenden que sólo sea reclamo turístico, cultura, tradición o simple identidad.

 

Feliz Semana Santa

J. Leoz

 

lunes, 30 de marzo de 2026

MEDITACIÓN PARA SEMANA SANTA.

 


 

 El Dios que nos tomó por sorpresa. Nadie estaba preparado. No existió estrategia ni previsión humana capaz de asimilar la magnitud de lo que estaba aconteciendo. Los sucesos que envolvieron a Jesús de Nazaret desbordaron cualquier esquema previo, dejando al mundo sumido en el desconcierto.

A su círculo más íntimo, los discípulos, el miedo les fragmentó el entendimiento; fueron incapaces de descifrar los signos de lo que se avecinaba. Las autoridades religiosas, ancladas en la rigidez de la norma, lo identificaron con un blasfemo que debía ser erradicado. Por su parte, Pilato y la estructura administrativa romana lo condenaron bajo una amalgama de pragmatismo político y confusión jurídica, mientras la soldadesca descargaba una violencia ciega e instrumental. Unos lloraron su muerte como el naufragio de una esperanza; otros la celebraron como la neutralización de una amenaza.

 Nadie comprendió nada. En medio del escarnio, los azotes y las etiquetas (traidor, revolucionario, falso profeta), el misterio permanecía velado a los ojos del mundo. Nadie alcanzó a vislumbrar que era el mismo Dios quien, en un silencio elocuente, se dirigía voluntariamente hacia el madero.

 Jesús abrazó una pasión desgarradora para revelarnos que el amor es el único sendero que desemboca en la Vida. Soportó el peso de la Cruz para transformarla en el eje de nuestra fortaleza. Fue necesaria la crudeza de su muerte para que la confesión de fe brotara de los labios más improbables: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Y, finalmente, su resurrección dotó de sentido al sufrimiento, mostrándonos que nuestro destino trasciende la tumba para fundirse en la luz.

 Es un hecho sobrecogedor: en aquel momento histórico, nadie estuvo a la altura de su manifestación. Nadie adivinó que en la fragilidad de aquel hombre se hallaba la respuesta definitiva a todas las búsquedas de la humanidad.

 Sin embargo, de aquel aparente fracaso histórico nació nuestro mayor tesoro teológico y vital. Nos legó su ejemplo y la entrega sustancial de su ser: "Si yo, que soy vuestro Señor y maestro, os he lavado los pies, hacedlo también vosotros... Esta es mi sangre, que se derrama para el perdón de vuestros pecados; haced esto en memoria mía".

 Señor Jesús: hoy te pedimos que despejes nuestras mentes para que el mensaje de tu entrega no sea un concepto abstracto, sino una realidad viva; y transforma nuestros corazones para que, despojados de egoísmo, logren asemejarse al tuyo. Amén.

 Eduardo Sanz de Miguel, OCD

 




sábado, 28 de marzo de 2026

JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN. Reflexión bíblica sobre el Domingo de Ramos.

 


  La entrada de Jesús en Jerusalén está precedida por la curación del ciego Bartimeo en Jericó. Este, al recuperar la vista, reconoce a Jesús como «Hijo de David» y lo sigue por el camino, anticipando la actitud de quienes lo aclamarán en la ciudad santa. Ya desde este momento se insinúa la identidad mesiánica de Jesús y el camino que lo conduce hacia su destino final.

Al llegar a Jerusalén, un grupo de discípulos y acompañantes lo recibe con entusiasmo: lo aclaman como «Hijo de David», agitan ramos y extienden sus mantos, gestos propios de la entronización de los reyes de Israel.

Los evangelios matizan el alcance de esta acogida: no se trata de toda la ciudad, sino de un grupo relativamente limitado. El sentido pleno de estos gestos solo será comprendido después de la resurrección, cuando los discípulos relean los acontecimientos a la luz de las Escrituras.

En este episodio, Jesús acepta públicamente el título de mesías, cosa que antes había evitado para no suscitar expectativas políticas. No viene a instaurar un reino terreno ni a enfrentarse a los romanos. Su modo de entrar en Jerusalén lo deja claro: no lo hace como un rey guerrero, sino montado en un asno, signo de humildad y cercanía al pueblo sencillo. Este gesto evoca tanto la tradición davídica como la profecía de Zacarías, que presenta a un rey humilde, pacífico y universal. Jesús se revela como un mesías distinto: un rey de paz, no de violencia.

Además, su entrada manifiesta que no es una víctima pasiva: sabe que lo buscan para matarlo, pero entra libremente en la ciudad, consciente de que ha llegado su «hora». Su camino hacia la pasión forma parte del designio de Dios y él lo asume. En este sentido, su realeza se une a la figura del siervo sufriente: reinará entregando su vida.

El evangelio de Lucas añade un detalle significativo: Jesús llora sobre Jerusalén. Sus lágrimas expresan dolor por la ceguera de la ciudad, incapaz de reconocer el camino de la paz. Así anuncia un juicio: la destrucción futura de Jerusalén estará ligada a su rechazo del mensaje de salvación.

En este contexto, los gestos que Jesús realiza al entrar en la ciudad (la maldición de la higuera estéril y la purificación del templo) simbolizan el final de un culto vacío y el inicio de una nueva relación con Dios. Jesús mismo se presenta como el verdadero templo, el lugar donde Dios habita entre los hombres.

Su entrada en Jerusalén no es solo un gesto triunfal, sino la manifestación de un mesianismo humilde, pacífico y redentor que culminará en la cruz y la resurrección.

 Resumen de las páginas 89-93 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La Semana Santa según la Biblia", editorial Monte Carmelo, Burgos 2017, ISBN: 978-84-8353-819-7.

 

jueves, 26 de marzo de 2026

LA MUERTE COMO LLAMADA

 




Hace unos días, en uno de los Vía-Crucis que celebrábamos con la feligresía, una de las expresiones que se usaba en la décimo segunda estación me impactó especialmente. La cruz – decía aquella reflexión– es tu púlpito más elevado y tu muerte, el grito del pastor que llama a su rebaño.

Cuando nos disponemos a evocar una vez más la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús en estos días santos, una pregunta debe recorrer nuestra cabeza y calar hasta nuestro corazón: ¿Qué significa realmente la muerte de Cristo?

Contemplamos el hecho histórico y el dolor, filtrado por las imágenes sagradas, se nos presenta como algo a lo que estamos acostumbrados, que no provoca porque corre el riesgo de ser únicamente imagen. Pero Cristo no muere como quien es vencido, sino que entrega su vida por los suyos.

Ese dolor es también llamada. Muere nuestro Pastor, aquel que nos conoce, que nos llama y nos reúne. El de la voz que no se pierde en el viento; sino que es reconocida, íntima, inevitable. Su muerte no es un final mudo sino una convocatoria que reúne. Por eso la Semana Santa no es solo duelo sino también escucha. La llamada no siempre es estruendosa; se percibe en lo más hondo, en ese lugar donde las preguntas esenciales no pueden ser ignoradas.

¿A qué nos llama este grito, esta muerte? Tal vez a volver, quizá a recomponer lo que en nosotros está disperso o solamente a reconocer que no caminamos solos. Nuestro Pastor no anula la libertad, no nos convierte en masa sin nombre, nos orienta e invita.

Semana Santa es el tiempo de decidir si queremos escuchar. ¿Seguiremos caminando como si nadie nos llamara o reconoceremos en ese grito la voz que nos busca?

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

miércoles, 25 de marzo de 2026

RESPIRA EN MI

 



 Respira en mi

oh Espíritu Santo

para que mis pensamientos

puedan ser todos santos.


 Actúa en mí

oh Espíritu Santo

para que mi trabajo,

también Pueda ser santo.

 

Atrae mi corazón

oh Espíritu Santo

para que sólo ame

lo que es santo.

 

Fortaléceme

oh Espíritu Santo

para que defienda

todo lo que es Santo.

 

Guárdame pues

oh Espíritu Santo

para que yo siempre

pueda ser santo.

Amen

 (S. Agustín)

martes, 24 de marzo de 2026

La fuente es Cristo

 


El alma que bebe en la fuente (Qué bien sé yo la fonte, copla 4)

"Su claridad nunca es oscurecida, y sé que toda luz de ella es venida, aunque es de noche."
La fuente es Cristo, y su luz es tan pura que ninguna oscuridad la apaga. Incluso cuando el alma atraviesa pruebas, sabe que toda claridad y esperanza nacen de Él.
✨ Claves para hoy: Recuerda hoy que tu luz no depende de tus circunstancias, sino de la fuente inagotable que es Dios.

OCD, Ibérica

viernes, 20 de marzo de 2026

LÁZARO, SAL FUERA

 



  Cristo, señor de la vida, vencedor de la muerte. ¿Es la muerte el final o un umbral? Tras hablar de Cristo, que sacia nuestra sed y sana nuestra ceguera, la Cuaresma nos enfrenta al enigma de la muerte. La resurrección de Lázaro no es solo un milagro antiguo, sino el anuncio de nuestro renacimiento, que el bautismo hace posible hoy. Jesús rompe nuestras vendas espirituales, invitándonos a abandonar la corrupción del egoísmo para caminar, ya desde ahora, en una vida nueva, que no conoce el ocaso.

El quinto domingo de Cuaresma presenta el relato de la resurrección de Lázaro como culminación del itinerario catecumenal. En los domingos anteriores, la liturgia ha mostrado a Jesús como quien sacia la sed más profunda del ser humano (la samaritana) y como quien ilumina la ceguera interior (el ciego de nacimiento). Ahora se revela como aquel que puede vencer la muerte y comunicar la vida plena. Por eso los Padres de la Iglesia llamaban al bautismo «palingénesis», es decir, 'regeneración' o nuevo nacimiento.

El bautizado participa en la muerte y resurrección de Cristo: el catecúmeno se despojaba de sus vestiduras y descendía desnudo al agua, como si entrara en el sepulcro; al salir, recibía una túnica nueva que simbolizaba la vida nueva. Muerto al pecado y resucitado con Cristo, el cristiano está llamado a vivir en novedad de vida.

El evangelio de Juan narra que Jesús llega a Betania cuatro días después de la muerte de Lázaro. Marta le advierte que el cadáver ya huele a corrupción, pero el diálogo culmina con la solemne afirmación de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida». Ante la tumba, ordena con autoridad: «¡Sal fuera!», y el muerto sale todavía envuelto en vendas.

Este signo provoca la fe de muchos, aunque también endurece el rechazo de otros, que desde ese momento deciden darle muerte. Así se manifiesta la paradoja del evangelio: quienes acogen la palabra de Jesús comprenden el signo; quienes la rechazan se cierran más.

Al resucitar a Lázaro, Jesús anticipa el signo definitivo de su propia resurrección y muestra que tiene poder sobre la muerte, aunque sabe que este gesto precipitará la hora de su pasión.

Lázaro representa el destino último del ser humano. En el dolor de Marta se reconoce el sufrimiento de todos los que han experimentado la muerte de un ser querido. Jesús responde a este enigma anunciando la resurrección. Sin embargo, la vida que Lázaro recupera es todavía mortal, como indican las vendas que lo envuelven: deberá morir de nuevo. En cambio, la resurrección de Cristo será definitiva; sus vendas quedarán abandonadas en el sepulcro. En él comienza la vida plena en la que ya no habrá muerte ni dolor. Pero esa vida eterna no empieza solo después de morir: comienza ya ahora, cuando el hombre se abre al misterio de Dios y acoge su presencia.

El llanto de Jesús ante la tumba no expresa solo la pérdida de un amigo. Los Padres de la Iglesia vieron en él el llanto por toda la humanidad, herida por el pecado desde Adán y atrapada en la muerte.

La Iglesia, Cuerpo de Cristo, comparte ese llanto y continúa la misión de llamar a los hombres a salir de sus sepulcros espirituales. A quienes escuchan esta llamada, aunque estén aún atados por sus faltas, les ofrece el perdón que los libera y les permite difundir en el mundo el buen olor de Cristo.

En la liturgia bautismal, los catecúmenos celebran el tercer escrutinio. La Iglesia ora para que sean liberados del poder de la muerte y reciban la vida abundante de los sacramentos. En esta misma semana se les entrega también la Oración del Señor, como preparación inmediata para su incorporación plena a Cristo en el bautismo.

Resumen de las páginas 237-241 de mi libro: Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.