sábado, 7 de febrero de 2026

Ser luz

 


 Señor, cuando la noche me rodea

y el miedo va nublando mi camino,

enciende en mí tu fuego peregrino

que alumbra el paso y toda sombra ahuyenta.

 

Que no esconda la fe que en mí flamea,

ni crea al mundo cuando dice: “es poco”;

aunque murmure: “tu vivir es loco,

tu luz pequeña apenas centellea”.

 

Si intentan apagarme o convencerme

de que mi vida es torpe cortocircuito,

de que no valgo, de que nada enciendo;

 

pues si mi luz se apaga, han de perderme

otras más breves, fuegos sin tu rito,

destellos sin el cielo: vano estruendo.

 

Mas sé, Señor, que en Ti mi llama es fuerte:

mi fe, pequeña, en tu Amor se hace eterna.

 

(Domingo 8 febrero)

Javier Leoz

 

Sal y luz

 


  ¡Levanta la lámpara,

que no se ve bien!

y mira, que tantos anhelan

descubrir la Belleza.

Tú tienes la llave

que abre esa puerta.

Alza un candil,

que al disiparse las sombras

habitadas por fantasmas,

volverá el baile

a llenar cada rincón,

y se escuchará la risa

que aún atesoramos.

Sazona el plato de cada día

con especias

que no han de guardarse

para uno mismo:

humor,

bendición

y tiempo.

Siempre serás rico

para ser generoso.

José María R. Olaizola, sj

 

jueves, 5 de febrero de 2026

PARÁLISIS DEL ALMA





En una época marcada por la prisa y la saturación de ofertas, el discernimiento se vuelve más necesario que nunca. No es solo una herramienta espiritual para tomar decisiones, sino una actitud interior que protege el corazón de una de las tentaciones más silenciosas y destructivas: la codicia. Discernir es elegir con libertad; la codicia, en cambio, es quererlo todo sin medida, y por eso termina en parálisis del alma.

El discernimiento nace de la escucha de Dios y conduce a la claridad. Permite reconocer qué caminos conducen a la vida y cuáles, aunque atractivos en apariencia, terminan vaciando el espíritu. Quien discierne aprende también a renunciar. Y esa renuncia no es pérdida, sino crecimiento: descartar opciones superficiales abre espacio para lo esencial. Como enseña el Evangelio, “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”; discernir ayuda precisamente a descubrir cuál es ese verdadero tesoro.

La codicia, por el contrario, genera confusión interior. Querer acumular experiencias, bienes, reconocimiento o poder impide elegir con paz. El corazón se dispersa, la voluntad se debilita y la persona queda atrapada en una insatisfacción constante. La codicia promete plenitud, pero entrega ansiedad; promete libertad, pero produce dependencia. Allí donde domina, el discernimiento se oscurece, porque ya no se busca la voluntad de Dios, sino la propia conveniencia.

Discernir es, por tanto, un camino de madurez. Educa el deseo, ordena las prioridades y fortalece la identidad cristiana. Ayuda a crecer en libertad interior y a vivir con coherencia, sin dejarse arrastrar por las modas o por la presión del entorno. La persona que discierne permanece fiel a su vocación.

Discernir es la clave para no desaparecer, para no diluirse, para vivir de verdad. El discernimiento es una llamada urgente a elegir profundidad en lugar de dispersión, libertad en lugar de apego, sabiduría en lugar de impulso. Porque solo quien aprende a discernir con el corazón anclado en Dios puede crecer, dar fruto y permanecer en la verdad.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 


martes, 3 de febrero de 2026

A veces el vacío enferma el alma.

 



 El vacío puede estar provocado por estar lleno de demasiadas cosas que en realidad me sobran y vacío de lo que realmente me hace falta. Me gusta la imagen del junco que está vacío por dentro y que permite entonces que el aire de Dios pase por él y produzca un sonido. Me gusta esa imagen de junco flexible que se deja herir por el viento, pero nunca se rompe. Me gusta esa imagen de la vaciedad que puede ser llenada de nuevo con algo diferente.

 Siento el alma llena de cosas. Llena de preocupaciones y problemas. De angustias y de miedos. De placeres y alegrías pasajeras. Y es como si de repente, en medio de tantas cosas que la llenan, me sintiera vacío. Notara una punzada en mi alma, en mi estómago. Algo así como un tejido interior que se rompe. Como una oscuridad repentina que apaga la luz. Como una inundación que llena todo de agua y no deja espacio para respirar. Quisiera levantarme en medio de tanta suciedad y sentir que el viento golpea mi rostro limpiándolo.

 Salir de mi cueva y notar el aire fresco de la noche, de la mañana. Dejar atrás aquello que me retenía con cadenas invisibles atándome a la piedra, al lodo, al barro de mi vida. Quisiera vaciarme, pero no puedo porque mis manos están medio atadas, demasiado congeladas o quietas. Quizás debería romperme. Me duele el alma pensar en romperme. Porque duele que la vida se agriete y se rompa en pedazos. Quisiera comenzar de nuevo cada mañana y sentir que tengo otra oportunidad para ser quien realmente soy, no quien debería.

 Es que ese debería lo formula alguien externo a mí que no soy yo. O quizás soy yo mismo en mi vanidad y orgullo que pretende ser mejor de lo que soy, más completo, más pleno, más lleno, más perfecto. Han tejido una red a mi alrededor que no me deja salir. Como si fuera una cárcel invisible que yo mismo he permitido que surgiera. Quiero romper las cadenas y dejar que Dios llene tanto vacío.

 

P Carlos Padilla Esteban

 

jueves, 29 de enero de 2026

CÓMODA AMBIGÜEDAD

 



  Pienso que uno de los principales escollos de la tarea de transmisión de la fe es el lenguaje que usamos. Hay palabras que poseen cierta gravedad, como si hubieran nacido para remover conciencias o hacer arder los corazones.

 Gracia, conversión, misericordia, cruz, redención. Palabras densas, talladas por siglos de silencio y reflexión. Pero hoy, en la Iglesia, pareciera que el fuego se ha cambiado por niebla, y el verbo por consigna. Hemos cambiado a Dios por las sinergias.

 Se habla mucho, sí. Se habla constantemente. Se multiplican los documentos, los comunicados, las jornadas, los encuentros, los procesos. Hay muchas palabras, se habla mucho, pero con cierta ligereza. “Acompañamiento”, “escucha”, “inclusión”, “caminar juntos”. Son palabras que nos dejan indiferentes, adaptadas a la piel fina de las generaciones presentes. Son tan inofensivas que ya no exigen nada. En ellas predomina una retórica que busca la corrección, pero no rasga el corazón.

 El lenguaje religioso, cuando es auténtico, incomoda. Señala abismos. Desvela contradicciones, exige y hiere. Porque el fondo del corazón humano no puede ser algo que se trate a la ligera. El contenido de la fe cristiana no puede transmitirse como un comunicado institucional. La fe brota de un acontecimiento que rompió los esquemas, que puso el mundo patas arriba, que dividió a los hombres y los obligó a posicionarse.

 Cuanto más ambiguas son las palabras, más cómodas resultan para todos. La ambigüedad permite que cada cual escuche lo que quiere escuchar. Se evitan conflictos, pero el discurso se convierte en un espejo donde cada uno se contempla a sí mismo, no en una ventana hacia la verdad.

 No soy un rígido ni un nostálgico. Pero quisiera recuperar la densidad. Que las palabras vuelvan a pesar. Que “acompañar” signifique realmente preocupación por el otro. Que “opción por los pobres” implique renuncias concretas y no solo bonitas palabras. Que “discernimiento” no sea una coartada para no decidir nunca nada.

 Pediría que haya vida en cuanto se vive y predica. Porque cuando el lenguaje religioso se vacía, la comunidad se debilita y el Evangelio se convierte en mera decoración.


 Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

sábado, 24 de enero de 2026

MIS ORILLAS (Domingo III Ordinario A)

 





Señor,

que hoy, al borde de mis pequeñas orillas,

me vuelves a encontrar.

Que no pases de largo,

aunque me veas atareado en mis redes,

en mis miedos,

o en la seguridad falsa de mis comodidades.

Tócame, Señor,

y hazme entender que es mi hora.

Quiero soltar el amarre de mis egoísmos

para ser libre contigo.

No quiero seguir siendo un testigo pasivo

de tu Palabra,

sino un pescador de esperanza

en medio de un mundo que a menudo se ahoga.

Señor,

hazme pescador de hombres.

Que mis manos,

en lugar de retener, compartan.

Que mis redes,

en lugar de aprisionar, rescaten.

Dame la audacia de la conversión,

para que, en este domingo,

comience a vivir de verdad,

siguiendo tus pasos,

y anunciando la Buena Noticia

con alegría y sin miedo.

Amén.

 

= J. Leoz =

 

jueves, 22 de enero de 2026

CATÓLICOS INDIGNADOS

 



¿Opinión o verdad? Aunque el dilema sea antiguo también en la actualidad existe confusión entre estas dos formas del conocimiento. Cada vez es más difícil distinguir entre ambas. Probablemente la facilidad con la que se puede emitir opinión hoy en día nos hace asumir como verdad lo que solamente son consignas ideológicas, que incluso repetimos como si fueran propias.

 Opinamos sobre política, Iglesia, conflictos internacionales, moral, cultura y hasta sobre la vida íntima de desconocidos, muchas veces sin haber reflexionado lo suficiente. El algoritmo premia la reacción rápida, no el discernimiento. Premia el escándalo, no la profundidad.

 Los cristianos deberíamos marcar la diferencia. Nosotros nos hemos de mover por la búsqueda de la verdad. La fe no nos pide ser repetidores automáticos de lo que la mayoría dice, aunque el pensamiento imperante use un lenguaje cautivador.

 Nosotros hemos de pensar, discernir profundizar y no solo compartir. Hoy abundan católicos que consumen contenido religioso, se dejan llevar por polémicas eclesiales y siguen predicadores virales. Pero la verdad exige madurar, no consumir.

Silencio, lectura, oración y humildad para tener una visión clara, consonancia con el evangelio, pero no con la ideología de moda.  Hay quienes repiten discursos progresistas sin discernimiento, y otros que replican consignas “tradicionalistas” con la misma falta de profundidad.

 Alguna gente de Iglesia parece más “indignados profesionales” que discípulos en oración. Defensores de bandos, pero no buscadores de la verdad. Mucho ruido religioso y poca conversión real.

 

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera