María se aparece humilde, cercana, envuelta en luz suave, como en la gruta
de Massabielle. No viene con estruendo, sino con ternura. No impone, invita. Y
en esa invitación brota la fe, esa certeza callada que sostiene cuando todo
tiembla.
El agua de Lourdes no es solo agua: es signo.
Agua que purifica la memoria, que lava miedos antiguos, que refresca el
alma cansada. Agua que toca la piel y parece decir: empieza de nuevo, todavía
hay esperanza. En cada gota late la misericordia.
En su fiesta pedimos salud, pero también algo más hondo:
la salud del espíritu,
la fuerza para levantarnos,
la paciencia para aceptar,
el coraje para seguir.
Ante la Virgen, la oración se recompensa no siempre con milagros visibles,
sino con esa paz secreta que nadie puede quitar. Y así, la enfermedad se
supera, a veces en el cuerpo y siempre en el alma. La debilidad se aleja,
porque su mirada nos recuerda que no estamos solos.
Los ojos se elevan hacia ella, y aun cuando los sentidos no ven nada
extraordinario, el corazón asiente la presencia de lo divino. Se siente. Se
intuye. Se cree.
Lourdes es canto de esperanza para los frágiles, refugio para los que
lloran, luz para los que caminan en la noche. Es madre que acompaña la camilla
del enfermo, la mano del anciano, la inquietud del joven, la súplica del que no
sabe rezar.
En su fiesta, todo se vuelve plegaria:
el agua que corre,
las velas que titilan,
los pasos lentos de los peregrinos,
los susurros del rosario.
Y en medio de todo, María, serena, repite en silencio:
Confía. Cree. Levántate. Mi Hijo te espera.
Que su presencia nos sane, nos fortalezca y nos devuelva la alegría
sencilla de sabernos amados.
J. Leoz






