miércoles, 11 de febrero de 2026

FIESTA DE LA VIRGEN DE LOURDES (Miércoles 11 de febrero)

 





 En la fiesta de la Virgen de Lourdes, el corazón se vuelve más sencillo y más confiado, como el de un niño que busca consuelo en los brazos de su madre. Hay algo en este día que huele a silencio, a vela encendida, a agua fresca que corre entre las manos como una promesa.

María se aparece humilde, cercana, envuelta en luz suave, como en la gruta de Massabielle. No viene con estruendo, sino con ternura. No impone, invita. Y en esa invitación brota la fe, esa certeza callada que sostiene cuando todo tiembla.

El agua de Lourdes no es solo agua: es signo.

Agua que purifica la memoria, que lava miedos antiguos, que refresca el alma cansada. Agua que toca la piel y parece decir: empieza de nuevo, todavía hay esperanza. En cada gota late la misericordia.

En su fiesta pedimos salud, pero también algo más hondo:

la salud del espíritu,

la fuerza para levantarnos,

la paciencia para aceptar,

el coraje para seguir.

Ante la Virgen, la oración se recompensa no siempre con milagros visibles, sino con esa paz secreta que nadie puede quitar. Y así, la enfermedad se supera, a veces en el cuerpo y siempre en el alma. La debilidad se aleja, porque su mirada nos recuerda que no estamos solos.

Los ojos se elevan hacia ella, y aun cuando los sentidos no ven nada extraordinario, el corazón asiente la presencia de lo divino. Se siente. Se intuye. Se cree.

Lourdes es canto de esperanza para los frágiles, refugio para los que lloran, luz para los que caminan en la noche. Es madre que acompaña la camilla del enfermo, la mano del anciano, la inquietud del joven, la súplica del que no sabe rezar.

En su fiesta, todo se vuelve plegaria:

el agua que corre,

las velas que titilan,

los pasos lentos de los peregrinos,

los susurros del rosario.

Y en medio de todo, María, serena, repite en silencio:

Confía. Cree. Levántate. Mi Hijo te espera.

Que su presencia nos sane, nos fortalezca y nos devuelva la alegría sencilla de sabernos amados.

 

J. Leoz

martes, 10 de febrero de 2026

Dios se conmueve al verme débil y necesitad

 


Dios se conmueve al verme débil y necesitado. Descubre que no puedo estar sin Él y me lo da todo. Por esto tengo claro que ser pobre de espíritu no es carecer de cosas, sino tener el alma tan vacía de ego que Dios pueda llenarla por completo. Porque es el ego el que me impide ser humilde y de Dios. El ego es el que me lleva al egocentrismo, a buscarme a mí mismo por encima de mi hermano. Cuando dejo el ego a un lado surge en mi alma la paz, y brota el deseo de vivir la justicia de Dios cada mañana.

 Quiero ser justo con la justicia que viene de Dios. Justo para poder entregarme a los que necesitan y darles esperanza, abrir un canal entre la tierra y el cielo a través de mis buenas obras. Justo para que reine Dios en todo lo que hago, pienso o digo. Le muestro a Dios mis heridas, mi vulnerabilidad, lo que no está firme en mi alma, lo que me hace sufrir, lo que me duele en lo más hondo.

 Dios sabe sacar luz de mi oscuridad. Hace que mi ego desaparezca para reinar Él en toda su grandeza en mi interior. Así me gustaría vivir siempre, liberando, acompañando al que está solo, perdonando al que ha ofendido, dando esperanza al que vive sumergido en sus tristezas. Me gustaría tener paz en el corazón para no herir a mis hermanos sin remedio. Para colmar el ansia de los que más sufren. Liberar es traer luz a la oscuridad de muchos corazones. Es sembrar alegría en medio de las tristezas.

 Me gustaría vivir en la justicia de Dios. Para ello me reconozco herido, soy pobre, necesito un amor más grande que me salve, una luz más poderosa que me eleve por encima de todos mis miedos y fragilidades. Dios puede hacer nuevas todas las cosas si le dejo. Si miro fuera de mí a los que me necesitan, en lugar de vivir siempre deseando que los demás me cuiden. Y cuando sane a los demás con mi vida veré que mis propias heridas quedan sanadas.

 

P Carlos Padilla Esteban

 

sábado, 7 de febrero de 2026

Ser luz

 


 Señor, cuando la noche me rodea

y el miedo va nublando mi camino,

enciende en mí tu fuego peregrino

que alumbra el paso y toda sombra ahuyenta.

 

Que no esconda la fe que en mí flamea,

ni crea al mundo cuando dice: “es poco”;

aunque murmure: “tu vivir es loco,

tu luz pequeña apenas centellea”.

 

Si intentan apagarme o convencerme

de que mi vida es torpe cortocircuito,

de que no valgo, de que nada enciendo;

 

pues si mi luz se apaga, han de perderme

otras más breves, fuegos sin tu rito,

destellos sin el cielo: vano estruendo.

 

Mas sé, Señor, que en Ti mi llama es fuerte:

mi fe, pequeña, en tu Amor se hace eterna.

 

(Domingo 8 febrero)

Javier Leoz

 

Sal y luz

 


  ¡Levanta la lámpara,

que no se ve bien!

y mira, que tantos anhelan

descubrir la Belleza.

Tú tienes la llave

que abre esa puerta.

Alza un candil,

que al disiparse las sombras

habitadas por fantasmas,

volverá el baile

a llenar cada rincón,

y se escuchará la risa

que aún atesoramos.

Sazona el plato de cada día

con especias

que no han de guardarse

para uno mismo:

humor,

bendición

y tiempo.

Siempre serás rico

para ser generoso.

José María R. Olaizola, sj

 

jueves, 5 de febrero de 2026

PARÁLISIS DEL ALMA





En una época marcada por la prisa y la saturación de ofertas, el discernimiento se vuelve más necesario que nunca. No es solo una herramienta espiritual para tomar decisiones, sino una actitud interior que protege el corazón de una de las tentaciones más silenciosas y destructivas: la codicia. Discernir es elegir con libertad; la codicia, en cambio, es quererlo todo sin medida, y por eso termina en parálisis del alma.

El discernimiento nace de la escucha de Dios y conduce a la claridad. Permite reconocer qué caminos conducen a la vida y cuáles, aunque atractivos en apariencia, terminan vaciando el espíritu. Quien discierne aprende también a renunciar. Y esa renuncia no es pérdida, sino crecimiento: descartar opciones superficiales abre espacio para lo esencial. Como enseña el Evangelio, “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”; discernir ayuda precisamente a descubrir cuál es ese verdadero tesoro.

La codicia, por el contrario, genera confusión interior. Querer acumular experiencias, bienes, reconocimiento o poder impide elegir con paz. El corazón se dispersa, la voluntad se debilita y la persona queda atrapada en una insatisfacción constante. La codicia promete plenitud, pero entrega ansiedad; promete libertad, pero produce dependencia. Allí donde domina, el discernimiento se oscurece, porque ya no se busca la voluntad de Dios, sino la propia conveniencia.

Discernir es, por tanto, un camino de madurez. Educa el deseo, ordena las prioridades y fortalece la identidad cristiana. Ayuda a crecer en libertad interior y a vivir con coherencia, sin dejarse arrastrar por las modas o por la presión del entorno. La persona que discierne permanece fiel a su vocación.

Discernir es la clave para no desaparecer, para no diluirse, para vivir de verdad. El discernimiento es una llamada urgente a elegir profundidad en lugar de dispersión, libertad en lugar de apego, sabiduría en lugar de impulso. Porque solo quien aprende a discernir con el corazón anclado en Dios puede crecer, dar fruto y permanecer en la verdad.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 


martes, 3 de febrero de 2026

A veces el vacío enferma el alma.

 



 El vacío puede estar provocado por estar lleno de demasiadas cosas que en realidad me sobran y vacío de lo que realmente me hace falta. Me gusta la imagen del junco que está vacío por dentro y que permite entonces que el aire de Dios pase por él y produzca un sonido. Me gusta esa imagen de junco flexible que se deja herir por el viento, pero nunca se rompe. Me gusta esa imagen de la vaciedad que puede ser llenada de nuevo con algo diferente.

 Siento el alma llena de cosas. Llena de preocupaciones y problemas. De angustias y de miedos. De placeres y alegrías pasajeras. Y es como si de repente, en medio de tantas cosas que la llenan, me sintiera vacío. Notara una punzada en mi alma, en mi estómago. Algo así como un tejido interior que se rompe. Como una oscuridad repentina que apaga la luz. Como una inundación que llena todo de agua y no deja espacio para respirar. Quisiera levantarme en medio de tanta suciedad y sentir que el viento golpea mi rostro limpiándolo.

 Salir de mi cueva y notar el aire fresco de la noche, de la mañana. Dejar atrás aquello que me retenía con cadenas invisibles atándome a la piedra, al lodo, al barro de mi vida. Quisiera vaciarme, pero no puedo porque mis manos están medio atadas, demasiado congeladas o quietas. Quizás debería romperme. Me duele el alma pensar en romperme. Porque duele que la vida se agriete y se rompa en pedazos. Quisiera comenzar de nuevo cada mañana y sentir que tengo otra oportunidad para ser quien realmente soy, no quien debería.

 Es que ese debería lo formula alguien externo a mí que no soy yo. O quizás soy yo mismo en mi vanidad y orgullo que pretende ser mejor de lo que soy, más completo, más pleno, más lleno, más perfecto. Han tejido una red a mi alrededor que no me deja salir. Como si fuera una cárcel invisible que yo mismo he permitido que surgiera. Quiero romper las cadenas y dejar que Dios llene tanto vacío.

 

P Carlos Padilla Esteban

 

jueves, 29 de enero de 2026

CÓMODA AMBIGÜEDAD

 



  Pienso que uno de los principales escollos de la tarea de transmisión de la fe es el lenguaje que usamos. Hay palabras que poseen cierta gravedad, como si hubieran nacido para remover conciencias o hacer arder los corazones.

 Gracia, conversión, misericordia, cruz, redención. Palabras densas, talladas por siglos de silencio y reflexión. Pero hoy, en la Iglesia, pareciera que el fuego se ha cambiado por niebla, y el verbo por consigna. Hemos cambiado a Dios por las sinergias.

 Se habla mucho, sí. Se habla constantemente. Se multiplican los documentos, los comunicados, las jornadas, los encuentros, los procesos. Hay muchas palabras, se habla mucho, pero con cierta ligereza. “Acompañamiento”, “escucha”, “inclusión”, “caminar juntos”. Son palabras que nos dejan indiferentes, adaptadas a la piel fina de las generaciones presentes. Son tan inofensivas que ya no exigen nada. En ellas predomina una retórica que busca la corrección, pero no rasga el corazón.

 El lenguaje religioso, cuando es auténtico, incomoda. Señala abismos. Desvela contradicciones, exige y hiere. Porque el fondo del corazón humano no puede ser algo que se trate a la ligera. El contenido de la fe cristiana no puede transmitirse como un comunicado institucional. La fe brota de un acontecimiento que rompió los esquemas, que puso el mundo patas arriba, que dividió a los hombres y los obligó a posicionarse.

 Cuanto más ambiguas son las palabras, más cómodas resultan para todos. La ambigüedad permite que cada cual escuche lo que quiere escuchar. Se evitan conflictos, pero el discurso se convierte en un espejo donde cada uno se contempla a sí mismo, no en una ventana hacia la verdad.

 No soy un rígido ni un nostálgico. Pero quisiera recuperar la densidad. Que las palabras vuelvan a pesar. Que “acompañar” signifique realmente preocupación por el otro. Que “opción por los pobres” implique renuncias concretas y no solo bonitas palabras. Que “discernimiento” no sea una coartada para no decidir nunca nada.

 Pediría que haya vida en cuanto se vive y predica. Porque cuando el lenguaje religioso se vacía, la comunidad se debilita y el Evangelio se convierte en mera decoración.


 Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera