Tomás representa a quienes no se conforman con el testimonio de otros. No
le basta lo que dicen los discípulos; quiere ver, quiere tocar, quiere una
certeza que nazca de su propia experiencia. En él se reconocen muchos hombres y
mujeres de todos los tiempos, también del nuestro: personas que no rechazan
necesariamente a Dios, pero que se resisten a creer apoyándose en mediaciones,
en la palabra de la Iglesia, en el testimonio de la comunidad.
Sin embargo, el relato contiene un detalle decisivo. Tomás solo encuentra
al Resucitado cuando vuelve a estar con los otros discípulos. Su búsqueda
personal no se resuelve en soledad, sino dentro de la comunidad. Allí, cuando
los discípulos se encuentran reunidos, aparece Jesús. La fe cristiana no nace
de un descubrimiento puramente individual, sino del encuentro con Cristo en el
seno de la Iglesia, donde su presencia sigue manifestándose.
La respuesta de Jesús es sorprendente. No reprende a Tomás, ni se muestra
impaciente ante su incredulidad. Al contrario, le ofrece precisamente lo que
había pedido: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado».
El Resucitado conserva las llagas de la pasión. La victoria sobre la muerte
no ha borrado el amor con el que se entregó. En su cuerpo glorioso permanecen
abiertas las heridas de la historia: las de los pobres, los enfermos, los
humillados, todos aquellos con los que él quiso identificarse.
Por eso, el camino de Tomás es también el nuestro. El encuentro con el
Resucitado pasa muchas veces por tocar esas llagas: por acercarnos con humildad
al sufrimiento de los hermanos, por servir a quienes llevan en su vida las
heridas del mundo. Allí, donde el amor se hace concreto, la fe se vuelve
verdadera.
El relato culmina con una bienaventuranza que atraviesa toda la historia
cristiana: «Dichosos los que crean sin haber visto». No es una invitación a una
fe ingenua o ciega. Es una llamada a una confianza más profunda, capaz de
reconocer la presencia del Señor en signos humildes: en la palabra anunciada,
en la comunidad reunida, en la fracción del pan, en la vida entregada por amor.
Y el evangelio subraya un detalle significativo: todo sucede «a los ocho
días» de la resurrección, es decir, en domingo. Como entonces, también ahora el
Resucitado se hace presente en medio de sus discípulos. Nos ofrece su paz,
renueva nuestra fe y nos envía al mundo: «Como el Padre me ha enviado, así
también os envío yo».
De este encuentro nace la verdadera alegría pascual: la certeza de que el
Señor vive y sigue caminando con su Iglesia. Y de esa certeza brota también la
misión. Porque quien ha reconocido al Resucitado ya no puede guardarse para sí
mismo la luz que ha recibido.
Eduardo Sanz de Miguel, OCD





