viernes, 13 de febrero de 2026

CARNAVAL ¿TODO EL AÑO?

 


 Los carnavales nacieron como una gran válvula de escape antes de la Cuaresma: un tiempo de ruido antes del silencio, de exceso antes del ayuno, de máscaras antes de la verdad desnuda del corazón. Tenían sentido porque había contraste. Después del bullicio llegaba el Miércoles de Ceniza, y con él la llamada clara: “Conviértete y cree en el Evangelio.”

El carnaval, en su raíz cultural cristiana, no era un fin en sí mismo. Era la antesala de algo más profundo. Permitía experimentar la fragilidad del disfraz para recordar que no somos la máscara que llevamos. La alegría desbordada tenía un límite; y precisamente por tenerlo, no se vaciaba de significado.

 Pero hoy la pregunta es inquietante:

¿Qué sucede cuando desaparece la ruptura?

Si no hay paso del ruido al silencio, del disfraz a la autenticidad, de la dispersión a la oración… el carnaval deja de ser un momento y se convierte en estado permanente. Y un carnaval permanente cansa. Porque vivir siempre disfrazados —de éxito, de indiferencia, de superficialidad— agota el alma.

 Antes, el calendario enseñaba pedagogía espiritual:

Fiesta ceniza conversión Pascua.

Hoy, en cambio, la cultura parece prolongar indefinidamente la fiesta sin horizonte. No hay ayuno que purifique, ni silencio que ordene, ni desierto que prepare la resurrección. Sin contraste, no hay profundidad. Sin desierto, no hay Pascua.

El cristianismo no condena la alegría. Al contrario: la purifica y la orienta. La verdadera fiesta no es la del disfraz, sino la de la identidad recuperada. La Cuaresma no apaga la vida; la centra. No suprime la alegría; la hace más honda.

Quizá el desafío actual no sea abolir el carnaval, sino reintroducir la ruptura. Recuperar espacios de silencio voluntario. Ayunos digitales. Momentos de oración real. Pequeños desiertos en medio del ruido.

 Porque cuando todo es carnaval, nada es fiesta.

Y cuando el corazón no conoce el silencio, tampoco puede reconocer la voz de Dios.

 Tal vez la pregunta no sea “¿qué pasó con la Cuaresma?”, sino:

¿nos atrevemos todavía a quitarnos la máscara?

 

Javier Leoz

jueves, 12 de febrero de 2026

DON ALBERTO NOS DEJA

 



En las últimas semanas dos acontecimientos me han ayudado a pensar sobre el sacerdocio. Por un lado, la beatificación de Salvador Valera Parra, sacerdote fiel y entregado, también reconocido, que supo estar al lado de su pueblo siempre y cuya memoria de santidad ha perdurado por años en Huércal Overa. Por otro lado, el abandono del ministerio sacerdotal de uno de los sacerdotes más populares en redes sociales, Don Alberto Ravagnani, quien ha logrado aglutinar toda una serie de seguidores jóvenes que buscan vivir su fe en el mundo actual.

La cuestión del abandono del ministerio sacerdotal por parte de personas como don Alberto nos lanza un desafío como Iglesia. El perfil de este joven sacerdote ha sido exhibido en todo tipo de programas o entrevistas, podríamos decir que era el “niño bonito”, hasta el punto de que, en una diócesis como Milán, una de las grandes diócesis de la cristiandad, ha ocupado cargos relacionados con la pastoral juvenil. Se trata del modelo de sacerdote que, por así decirlo, sirve como gancho para llenar iglesias o cualquier clase de foro.

Pero detrás de esta imagen está el desgaste invisible del sacerdote joven. Seguramente en el momento más vulnerable de su vocación incipiente se ha visto obligado a no tener espacio para madurar, estar constantemente expuesto y a sostener una identidad pública sin poder ser él mismo. Sinceramente, no creo que esto pueda soportarlo nadie y, es más, creo que nuestros prelados o incluso el Papa deberían poner límites a la exhibición de sacerdotes en las redes sociales. Es inhumano. Me parece injusto zanjar el tema diciendo que es simplemente narcisismo y hacer leña del árbol caído.

Paradójicamente, la Iglesia promueve sacerdotes comunicadores, pide cercanía y nos anima a estar “en salida”. Pero todo esto debe sostenerse sobre unas estructuras de acompañamiento estable, sobre una base espiritual sólida para que la máscara no devore al personaje en el vacío interior. Espero que más pronto que tarde estemos dispuestos a responder como iglesia una pregunta: ¿estamos formando sacerdotes reales para vidas reales, o idealizamos una forma de vida que luego no sabemos acompañar?

No nos engañemos, de la respuesta a esta pregunta y de las acciones que llevemos a cabo dependerá el futuro del sacerdocio y, necesariamente, el de la Iglesia.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 


miércoles, 11 de febrero de 2026

FIESTA DE LA VIRGEN DE LOURDES (Miércoles 11 de febrero)

 





 En la fiesta de la Virgen de Lourdes, el corazón se vuelve más sencillo y más confiado, como el de un niño que busca consuelo en los brazos de su madre. Hay algo en este día que huele a silencio, a vela encendida, a agua fresca que corre entre las manos como una promesa.

María se aparece humilde, cercana, envuelta en luz suave, como en la gruta de Massabielle. No viene con estruendo, sino con ternura. No impone, invita. Y en esa invitación brota la fe, esa certeza callada que sostiene cuando todo tiembla.

El agua de Lourdes no es solo agua: es signo.

Agua que purifica la memoria, que lava miedos antiguos, que refresca el alma cansada. Agua que toca la piel y parece decir: empieza de nuevo, todavía hay esperanza. En cada gota late la misericordia.

En su fiesta pedimos salud, pero también algo más hondo:

la salud del espíritu,

la fuerza para levantarnos,

la paciencia para aceptar,

el coraje para seguir.

Ante la Virgen, la oración se recompensa no siempre con milagros visibles, sino con esa paz secreta que nadie puede quitar. Y así, la enfermedad se supera, a veces en el cuerpo y siempre en el alma. La debilidad se aleja, porque su mirada nos recuerda que no estamos solos.

Los ojos se elevan hacia ella, y aun cuando los sentidos no ven nada extraordinario, el corazón asiente la presencia de lo divino. Se siente. Se intuye. Se cree.

Lourdes es canto de esperanza para los frágiles, refugio para los que lloran, luz para los que caminan en la noche. Es madre que acompaña la camilla del enfermo, la mano del anciano, la inquietud del joven, la súplica del que no sabe rezar.

En su fiesta, todo se vuelve plegaria:

el agua que corre,

las velas que titilan,

los pasos lentos de los peregrinos,

los susurros del rosario.

Y en medio de todo, María, serena, repite en silencio:

Confía. Cree. Levántate. Mi Hijo te espera.

Que su presencia nos sane, nos fortalezca y nos devuelva la alegría sencilla de sabernos amados.

 

J. Leoz

martes, 10 de febrero de 2026

Dios se conmueve al verme débil y necesitad

 


Dios se conmueve al verme débil y necesitado. Descubre que no puedo estar sin Él y me lo da todo. Por esto tengo claro que ser pobre de espíritu no es carecer de cosas, sino tener el alma tan vacía de ego que Dios pueda llenarla por completo. Porque es el ego el que me impide ser humilde y de Dios. El ego es el que me lleva al egocentrismo, a buscarme a mí mismo por encima de mi hermano. Cuando dejo el ego a un lado surge en mi alma la paz, y brota el deseo de vivir la justicia de Dios cada mañana.

 Quiero ser justo con la justicia que viene de Dios. Justo para poder entregarme a los que necesitan y darles esperanza, abrir un canal entre la tierra y el cielo a través de mis buenas obras. Justo para que reine Dios en todo lo que hago, pienso o digo. Le muestro a Dios mis heridas, mi vulnerabilidad, lo que no está firme en mi alma, lo que me hace sufrir, lo que me duele en lo más hondo.

 Dios sabe sacar luz de mi oscuridad. Hace que mi ego desaparezca para reinar Él en toda su grandeza en mi interior. Así me gustaría vivir siempre, liberando, acompañando al que está solo, perdonando al que ha ofendido, dando esperanza al que vive sumergido en sus tristezas. Me gustaría tener paz en el corazón para no herir a mis hermanos sin remedio. Para colmar el ansia de los que más sufren. Liberar es traer luz a la oscuridad de muchos corazones. Es sembrar alegría en medio de las tristezas.

 Me gustaría vivir en la justicia de Dios. Para ello me reconozco herido, soy pobre, necesito un amor más grande que me salve, una luz más poderosa que me eleve por encima de todos mis miedos y fragilidades. Dios puede hacer nuevas todas las cosas si le dejo. Si miro fuera de mí a los que me necesitan, en lugar de vivir siempre deseando que los demás me cuiden. Y cuando sane a los demás con mi vida veré que mis propias heridas quedan sanadas.

 

P Carlos Padilla Esteban

 

sábado, 7 de febrero de 2026

Ser luz

 


 Señor, cuando la noche me rodea

y el miedo va nublando mi camino,

enciende en mí tu fuego peregrino

que alumbra el paso y toda sombra ahuyenta.

 

Que no esconda la fe que en mí flamea,

ni crea al mundo cuando dice: “es poco”;

aunque murmure: “tu vivir es loco,

tu luz pequeña apenas centellea”.

 

Si intentan apagarme o convencerme

de que mi vida es torpe cortocircuito,

de que no valgo, de que nada enciendo;

 

pues si mi luz se apaga, han de perderme

otras más breves, fuegos sin tu rito,

destellos sin el cielo: vano estruendo.

 

Mas sé, Señor, que en Ti mi llama es fuerte:

mi fe, pequeña, en tu Amor se hace eterna.

 

(Domingo 8 febrero)

Javier Leoz

 

Sal y luz

 


  ¡Levanta la lámpara,

que no se ve bien!

y mira, que tantos anhelan

descubrir la Belleza.

Tú tienes la llave

que abre esa puerta.

Alza un candil,

que al disiparse las sombras

habitadas por fantasmas,

volverá el baile

a llenar cada rincón,

y se escuchará la risa

que aún atesoramos.

Sazona el plato de cada día

con especias

que no han de guardarse

para uno mismo:

humor,

bendición

y tiempo.

Siempre serás rico

para ser generoso.

José María R. Olaizola, sj

 

jueves, 5 de febrero de 2026

PARÁLISIS DEL ALMA





En una época marcada por la prisa y la saturación de ofertas, el discernimiento se vuelve más necesario que nunca. No es solo una herramienta espiritual para tomar decisiones, sino una actitud interior que protege el corazón de una de las tentaciones más silenciosas y destructivas: la codicia. Discernir es elegir con libertad; la codicia, en cambio, es quererlo todo sin medida, y por eso termina en parálisis del alma.

El discernimiento nace de la escucha de Dios y conduce a la claridad. Permite reconocer qué caminos conducen a la vida y cuáles, aunque atractivos en apariencia, terminan vaciando el espíritu. Quien discierne aprende también a renunciar. Y esa renuncia no es pérdida, sino crecimiento: descartar opciones superficiales abre espacio para lo esencial. Como enseña el Evangelio, “donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”; discernir ayuda precisamente a descubrir cuál es ese verdadero tesoro.

La codicia, por el contrario, genera confusión interior. Querer acumular experiencias, bienes, reconocimiento o poder impide elegir con paz. El corazón se dispersa, la voluntad se debilita y la persona queda atrapada en una insatisfacción constante. La codicia promete plenitud, pero entrega ansiedad; promete libertad, pero produce dependencia. Allí donde domina, el discernimiento se oscurece, porque ya no se busca la voluntad de Dios, sino la propia conveniencia.

Discernir es, por tanto, un camino de madurez. Educa el deseo, ordena las prioridades y fortalece la identidad cristiana. Ayuda a crecer en libertad interior y a vivir con coherencia, sin dejarse arrastrar por las modas o por la presión del entorno. La persona que discierne permanece fiel a su vocación.

Discernir es la clave para no desaparecer, para no diluirse, para vivir de verdad. El discernimiento es una llamada urgente a elegir profundidad en lugar de dispersión, libertad en lugar de apego, sabiduría en lugar de impulso. Porque solo quien aprende a discernir con el corazón anclado en Dios puede crecer, dar fruto y permanecer en la verdad.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera