sábado, 18 de abril de 2026

RECORDAR MÁS A JESÚS

 


 El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado.

 Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?

 Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscar algún sentido a lo que han vivido junto a él. «Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos». Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos. ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia, pero lo siguen recordando?

 La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su Evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?

 Jesús está interesado en conversar con ellos: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.

 Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel «desconocido» se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos alimentando su fe!

 Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Jesús no está ausente. Camina junto a nosotros.

 

José Antonio Pagola

3 Dom. Pascua – A (Lucas 24,13-35)

19 de abril

 

jueves, 16 de abril de 2026

ORACIÓN HECHA PALABRA

 


PENSAMIENTOS.

ORACIÓN HECHA PALABRA

Autor

ALONSO PELEGRÍN, OLGA

Colección

TESELAS

Edición

2026

Páginas

226

Encuadernación

Rústica con solapas

Editorial San PabloISBN 9788428575324

Principio del formulario

PVP: 15 EUROS

 

 

Final del formulario

Sinopsis

 

ORACIÓN HECHA PALABRA

 

Este libro no ofrece simplemente poesía: propone un verdadero itinerario espiritual. Sus páginas recogen la experiencia viva de un alma en diálogo con Dios, donde cada verso nace de la oración, del asombro y de la búsqueda perseverante. Lejos de fórmulas fáciles, estos textos revelan una fe que atraviesa la noche, el silencio y el combate interior, descubriendo en ellos un sentido nuevo y fecundo. La Cruz, la Palabra y la mirada de Dios se convierten aquí en luz, alimento y destino. Con un lenguaje bello y profundo, esta obra invita al lector a detenerse, escuchar y dejarse transformar. Un libro para quienes desean reencontrarse con Dios en lo esencial.

 

COR AD COR LOQUITUR

 

  Recientemente la Conferencia Episcopal Española ha elaborado y publicado un documento con este título. La idea es tratar el papel de las emociones en el acto de fe o en la vida creyente. El motivo es el creciente número de métodos de nueva evangelización que utilizan las emociones como motor de conversión.

Nos encontramos, sin duda, en un momento en el que asistimos a un renacer de la fe. Son muchas las personas alejadas que están volviendo a la Iglesia gracias al auge de retiros de impacto combinado con el vacío existencial que experimentan. Pero el documento nos recuerda que en el acto de fe no cuenta solamente la afectividad, aunque su papel sea fundamental.

Partiendo de la idea de que la fe es una relación viva en la que Dios se comunica de forma personal con cada uno es necesario integrar la dimensión intelectual y la voluntad junto con la confianza que pertenece a esa dimensión afectiva del ser humano. Solo así se puede vivir plenamente la fe sin reducirla a sentimientos intensos. De esta manera los creyentes no se convertirán en consumidores de experiencias sino en auténticos discípulos.

La idea es que el fin no sea el sentimiento, sino el encuentro verdadero con Cristo que transforma la vida. Esta es la manera adecuada de evitar el emotivismo y la autosuficiencia intelectual que se basa solamente en ideas. La clave es la unión entre verdad y amor. El documento acaba recordando que la fe es un acontecimiento total que transforma la vida y conduce al discipulado, por medio del encuentro con Cristo, que nos lleva a dar testimonio.

Para creer es necesario que la entera persona se implique de forma que sea capaz de amar, conocer y confiar con todo el corazón.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

lunes, 13 de abril de 2026

HIMNO DE PASCUA.

 




 Alegría, alegría, alegría. Este poema pascual condensa, con lenguaje sencillo y simbólico, el núcleo del misterio cristiano: la victoria de la vida sobre la muerte.

«¡Alegría!, ¡alegría!, ¡alegría!» Desde el primer verso resuena el tono propio de la Pascua. La repetición es una proclamación jubilosa: el gozo cristiano nace del acontecimiento inaudito de la resurrección de Cristo. La muerte, que parecía definitiva, «va malherida» y «de vencida». No ha desaparecido todavía del mundo, pero ha perdido su dominio. Los sepulcros quedan «desiertos», porque la tumba ya no es la última palabra sobre el destino humano.

«Quien le lloró muerto lo encontró en el huerto». El poema evoca con delicadeza la escena evangélica de María Magdalena en el huerto la mañana de Pascua. La mujer que había venido a llorar a un muerto descubre al Viviente. Primero cree ver a un jardinero, pero esa intuición encierra una verdad más profunda de lo que ella misma imagina: Cristo resucitado es, en cierto modo, el jardinero de la nueva creación. Así como el primer jardín de la humanidad fue escenario del pecado, ahora el huerto de la resurrección inaugura una creación renovada. Aquel que fue visto «colgar del madero» aparece ahora como el que hace florecer «rosas y olivos», signos de belleza, vida y paz.

«En el cielo se canta victoria». En la última estrofa el horizonte se ensancha todavía más. Las «puertas selladas» que son derribadas evocan tanto el sepulcro abierto como las puertas del cielo. La Pascua no es solo el triunfo personal de Jesús sobre la muerte; es también la apertura definitiva del destino humano. Aquellas «muchas moradas» de las que habla el evangelio ya no están cerradas para el hombre: el Resucitado ha entrado en ellas y ha llevado consigo a la humanidad.

El poema, por tanto, no solo canta un acontecimiento pasado, sino que anuncia una realidad presente y una esperanza futura. Porque Cristo ha resucitado, el dolor puede transformarse en alegría, el llanto en anuncio y la muerte en paso hacia la vida. La Pascua convierte a los creyentes en mensajeros de esta noticia: decid a los muertos, decid a los vivos… ¡ha renacido la Vida!

¡Alegría!, ¡alegría!, ¡alegría!

La muerte, en huida,

ya va malherida.

Los sepulcros se quedan desiertos.

Decid a los muertos:

«¡Renace la Vida,

y la muerte ya va de vencida!»

Quien le lloró muerto

lo encontró en el huerto,

hortelano de rosas y olivos.

Decid a los vivos:

«¡Viole jardinero

quien le viera colgar del madero!»

Las puertas selladas

hoy son derribadas.

En el cielo se canta victoria.

Gritadle a la gloria

que hoy son asaltadas

por el hombre sus «muchas moradas». Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

domingo, 12 de abril de 2026

LOS CREYENTES CELEBRABAN LA EUCARISTÍA CON ALEGRÍA Y SENCILEZ DE CORAZÓN.

 



 El breve sumario de la vida de la primera comunidad cristiana que ofrece el libro de los Hechos de los apóstoles en la primera lectura (Hch 2,42-47) no es una simple crónica histórica. Es, más bien, una ventana abierta al corazón de la Iglesia naciente. En pocas líneas aparece el ritmo fundamental de su vida: escuchar la enseñanza apostólica, compartir la vida, celebrar la fracción del pan y perseverar en la oración. En torno a estos cuatro pilares se articula la existencia de los creyentes.

Entre los detalles que añade el texto, uno resulta particularmente revelador: los cristianos se reunían en las casas para la fracción del pan (nombre con el que designaban la eucaristía) y lo hacían «con alegría y sencillez de corazón». Estas dos palabras describen el clima espiritual de aquellas primeras celebraciones.

La ALEGRÍA no es aquí una emoción superficial ni un entusiasmo pasajero. Nace del acontecimiento que sostiene la fe de la comunidad: Cristo vive. Los discípulos no se reúnen movidos por una obligación ritual, sino por el gozo de encontrarse con el Señor resucitado en medio de ellos. La eucaristía era para ellos la experiencia viva de su presencia. Por eso la celebración estaba marcada por un tono festivo, por la alabanza agradecida y por la conciencia de haber sido alcanzados por una gracia inmerecida.

Junto a la alegría, aparece la SENCILLEZ DE CORAZÓN. La expresión indica una actitud interior de transparencia y humildad. Se trata de una fe despojada de artificios. La comunidad se reúne tal como es, sin pretensiones ni cálculos. La sencillez expresa la autenticidad de una relación con Dios y los hermanos que no necesita máscaras.

Estas dos notas (alegría y sencillez) constituyen un criterio permanente para la vida de la Iglesia. Con el paso del tiempo las formas litúrgicas se han enriquecido y estructurado, lo cual es un bien; pero el espíritu que debe animarlas sigue siendo el mismo. Cuando la celebración pierde la alegría pascual o cuando se vuelve complicada y distante del corazón de los fieles, algo esencial del Evangelio queda oscurecido.

Las primeras comunidades no buscaban una perfección exterior, sino la verdad del encuentro con el Señor. Se reunían para escuchar su palabra, para compartir la vida y para partir el pan que los unía. Y lo hacían con la naturalidad de quien sabe que ha sido amado y salvado.

Quizá este sea uno de los grandes desafíos de nuestras comunidades: redescubrir la alegría serena de la Pascua y la sencillez de un corazón que se reúne para encontrarse con Cristo vivo. Allí donde estas dos actitudes están presentes, la Iglesia vuelve a respirar con el mismo espíritu de sus comienzos.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

Pascua con ganas de PAZ

 



Hoy es domingo. Y no es un domingo cualquiera: es tiempo de Pascua.

Pero seamos sinceros… la fe no siempre amanece luminosa.

A veces despierta cansada, con dudas, con preguntas que no encajan.

Hay días en que creer cuesta.

Cuesta porque la vida aprieta.

Porque hay problemas que no se resuelven.

Porque uno reza… y parece que Dios guarda silencio.

Y, sin embargo, ahí está la Pascua.

No como un eslogan bonito, sino como una verdad que empuja desde dentro:

la vida puede más que la muerte, la luz más que la oscuridad.

Los discípulos también dudaron.

También tuvieron miedo.

También pensaron que todo había terminado.

Y aun así… siguieron caminando.

Quizá hoy tu fe no es fuerte.

No pasa nada.

Basta con que no te detengas.

Porque creer no es no dudar.

Creer es seguir, incluso con dudas.

Es levantarte hoy y decir:

“Señor, no lo veo claro… pero no me voy.”

La Pascua no quita las dificultades.

Pero les cambia el final.

Así que hoy, domingo, haz algo sencillo:

respira hondo, levántate…

y sigue caminando.

Porque la historia no acaba en la cruz.

Nunca acaba ahí.

Feliz segundo domingo de

Pascua con ganas de PAZ

 

Javier Leoz

 

sábado, 11 de abril de 2026

JESÚS Y TOMÁS.

 



 El evangelio del segundo domingo de Pascua nos presenta una escena sencilla y profundamente humana: el encuentro entre Jesús resucitado y Tomás. No es solo la historia de una duda, sino una revelación sobre la paciencia de Dios y sobre el camino por el que la fe llega a madurar.

Tomás representa a quienes no se conforman con el testimonio de otros. No le basta lo que dicen los discípulos; quiere ver, quiere tocar, quiere una certeza que nazca de su propia experiencia. En él se reconocen muchos hombres y mujeres de todos los tiempos, también del nuestro: personas que no rechazan necesariamente a Dios, pero que se resisten a creer apoyándose en mediaciones, en la palabra de la Iglesia, en el testimonio de la comunidad.

Sin embargo, el relato contiene un detalle decisivo. Tomás solo encuentra al Resucitado cuando vuelve a estar con los otros discípulos. Su búsqueda personal no se resuelve en soledad, sino dentro de la comunidad. Allí, cuando los discípulos se encuentran reunidos, aparece Jesús. La fe cristiana no nace de un descubrimiento puramente individual, sino del encuentro con Cristo en el seno de la Iglesia, donde su presencia sigue manifestándose.

La respuesta de Jesús es sorprendente. No reprende a Tomás, ni se muestra impaciente ante su incredulidad. Al contrario, le ofrece precisamente lo que había pedido: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado».

El Resucitado conserva las llagas de la pasión. La victoria sobre la muerte no ha borrado el amor con el que se entregó. En su cuerpo glorioso permanecen abiertas las heridas de la historia: las de los pobres, los enfermos, los humillados, todos aquellos con los que él quiso identificarse.

Por eso, el camino de Tomás es también el nuestro. El encuentro con el Resucitado pasa muchas veces por tocar esas llagas: por acercarnos con humildad al sufrimiento de los hermanos, por servir a quienes llevan en su vida las heridas del mundo. Allí, donde el amor se hace concreto, la fe se vuelve verdadera.

El relato culmina con una bienaventuranza que atraviesa toda la historia cristiana: «Dichosos los que crean sin haber visto». No es una invitación a una fe ingenua o ciega. Es una llamada a una confianza más profunda, capaz de reconocer la presencia del Señor en signos humildes: en la palabra anunciada, en la comunidad reunida, en la fracción del pan, en la vida entregada por amor.

Y el evangelio subraya un detalle significativo: todo sucede «a los ocho días» de la resurrección, es decir, en domingo. Como entonces, también ahora el Resucitado se hace presente en medio de sus discípulos. Nos ofrece su paz, renueva nuestra fe y nos envía al mundo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

De este encuentro nace la verdadera alegría pascual: la certeza de que el Señor vive y sigue caminando con su Iglesia. Y de esa certeza brota también la misión. Porque quien ha reconocido al Resucitado ya no puede guardarse para sí mismo la luz que ha recibido.


Eduardo Sanz de Miguel, OCD