En el evangelio dice que Jesús nos enviará al “Paráclito”. No es fácil
traducir esta palabra con una sola expresión. Significa defensor, consolador,
intercesor, acompañante fiel. El Espíritu Santo no solo nos protege del mal,
sino que se pone de nuestra parte, habla en nuestro interior, nos sostiene
cuando nuestras fuerzas flaquean. En un mundo donde tantas voces acusan,
confunden o desaniman, el Espíritu es la voz que recuerda la verdad de Dios en
nosotros: que somos amados, llamados, enviados.
Esta presencia interior no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos
impulsa hacia fuera. Como recuerda la primera carta de Pedro, estamos llamados
a dar razón de nuestra esperanza, pero no de cualquier modo: con mansedumbre,
respeto y buena conciencia. Es un detalle importante. El testimonio cristiano
no nace de la imposición ni de la superioridad, sino de la serenidad de quien
ha encontrado un sentido para su vida. Solo quien vive sostenido por el
Espíritu puede hablar así, sin agresividad y sin miedo.
Porque el miedo es, en el fondo, uno de los grandes enemigos de la fe.
Miedo al rechazo, al fracaso, a la incomprensión. Frente a él, Jesús ofrece un
don incomparable: su paz. No una paz superficial o pasajera, sino una paz que
brota de la comunión con Dios y que permanece incluso en medio de las pruebas.
“No tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras no son una simple
exhortación moral; son una promesa eficaz, que se cumple en quienes acogen el
Espíritu.
Así, mientras nos preparamos para celebrar la Ascensión y Pentecostés,
vivimos en esta tensión fecunda: Jesús se va, pero anuncia que no nos deja
solos; el Espíritu viene y nos capacita para continuar su obra. Nuestra vida
cristiana se convierte entonces en una misión confiada y serena, sostenida
desde dentro por aquel que es, al mismo tiempo, defensa en la lucha y consuelo
en la tribulación.
Oración. Ven, Espíritu Santo, Paráclito y consuelo en nuestras debilidades:
habita en nuestro corazón, fortalece nuestra fe y danos tu paz. Haznos testigos
humildes y valientes del evangelio, para que, libres de miedo, sepamos dar
razón de nuestra esperanza con mansedumbre y amor. Amén.
Eduardo Sanz de Miguel, ocd






