Hace 30 años, Antonio —a quien hoy recordamos llenos de
su presencia— fundó, a su regreso de Ecuador, la Comunidad María Madre de los
Apóstoles, de la que tengo el privilegio de formar parte y que hoy está aquí
representada por unas 60 personas. Otras muchas, junto con Antonio, hermanos y
hermanas, ya están en la Eternidad, en presencia de Dios.
Fuimos llegando progresivamente a lo largo de los años,
casi todos llenos de heridas en el alma, heridas del mundo. Y aquí fuimos
acogidos por los brazos de Antonio, que eran los brazos de nuestro Padre que
está en los Cielos. Nadie quedaba excluido; no importaba nuestra vida anterior:
todos éramos dignos del amor de Dios.
La Comunidad caminó como un pequeño grupo y, a partir del
año 2000, cada fin de semana Antonio nos reunía en esta capilla, a la que
nosotros acudíamos. No importaba si llovía o nevaba, o si el ardiente calor de
Madrid trataba de retenernos en casa. Los sábados por la tarde partía para
nosotros la Palabra de Dios y , como lluvia fina sobre nuestra alama, nos
contagiaba su amor y pasión por el
Evangelio. Siempre fue consciente de que el Señor había tocado a esta Comunidad
de una forma especial y única; decía que éramos la “niña de sus ojos”.
“Siempre hemos sido muy pobres”, repetía, “pero la fuerza
de Dios hará que la Palabra que nos regala se extienda por el mundo entero”. Y
así fue.
Con muy pocos medios, pero impulsada por la fuerza de
Dios que Antonio nos transmitía, la Comunidad María Madre de los Apóstoles ha
difundido la Palabra por el mundo entero a través de sus más de 30 libros,
catequesis, escritos, reflexiones. Hoy día, comunidades de países de Europa, Latinoamérica, Estados
Unidos, Canadá e incluso Japón escuchan su Palabra.
Hoy podemos decir que este milagro no habría sido posible
sin nuestro Pastor, Antonio Pavía, que entregó su vida a contarle y cantarle al
mundo la maravillosa esperanza a la que hemos sido llamados. Nos enseñó a
sentir la urgencia de salir cada día a “gritar por Cristo”, como decía la
escritora francesa Madeleine Delbrêl, una de sus autoras favoritas.
Cuántas veces nos llamaba a cada uno entre semana para
contarnos que había tenido una inspiración o encontrado un camino nuevo de
evangelización en cualquier parte del mundo. Ni siquiera somos capaces de saber
en cuántos grupos se difunden sus escritos por todos los continentes.
Antonio nos acogió y nos guió. Fue nuestro padre
espiritual. Nos mostró una forma única de conocer a Jesucristo a través de su
Evangelio, de comprender el perdón, de confiar plenamente en que de la escucha
de la Palabra nace la verdadera transformación del corazón.
Nos enseñó a conocer a Jesucristo desde su misericordia y
su amor infinito; nos enseñó a orar y a hablar con Él; nos transmitió la pasión
de san Pablo y la humanidad de san Pedro —a quien tanto amaba—; nos acercó a
los profetas Isaías y Jeremías; nos enseñó a rezar con los Salmos, como hacía
Jesucristo; nos mostró cómo el camino del pueblo judío en el Antiguo Testamento
es el camino de todo hombre que camina hacia Dios. Nos descubrió la belleza de
la Virgen en su guardar y meditar la Palabra como primera discípula y nos llevó
de la mano a compartir su pasión infinita por el Evangelio.
Salíamos cada sábado, de cada retiro, con el corazón
encendido, dispuestos a anunciar el Evangelio recibido por el mundo entero:
cada uno desde sus posibilidades, pero todos con esa voluntad misionera que
Antonio nos transmitía incansablemente.
Decía muchas veces: “No importa si estáis en una
residencia de ancianos, con el cuerpo impedido; desde una mirada se puede
llevar a Dios a los hombres”.
Escucharle era como entrar en diálogo con Dios; sus
palabras parecían tocar el punto más íntimo del alma, allí donde anhelábamos
escuchar la voz del Señor. Nadie que haya escuchado a Antonio partir la Palabra
se ha quedado impasible, porque detrás de su voz Dios resonaba y se hacía
presente en Espíritu y en Verdad.
Seguidor de san Francisco —Asís fue un lugar muy
importante para la Comunidad—, nos hablaba siempre de huir de la gloria propia
y aspirar únicamente a la gloria de Dios, donde él, sin duda, habita ya. Y
porque nunca permitió que le diéramos gloria —“no miréis a vuestro Pastor”,
decía; “yo no valgo nada; mirad la Vida que tiene la Palabra que os parto por
gracia de Dios”—, es ahora, que ya nos acompaña desde el Cielo, cuando podemos
decir bien alto que Dios está multiplicando su obra por el mundo entero.
Cuántas veces, mientras predicaba, levantaba la mirada
apenas un instante hacia el cielo… y todos sentíamos la presencia de Dios en
esta capilla. Antonio tenía una conexión especial con Dios; se sentía
profundamente amado por Él, y su ansia por acercarse era tan grande que incluso
profundizó en el aprendizaje del griego para ir a la fuente del significado de
cada palabra del Evangelio. Nunca se conformaba con la traducción y, como gran
buscador, escudriñaba la Palabra hasta descubrir el verdadero sentido que Dios
quiso dar a cada término en boca de su Hijo, Jesús.
Ahora, esta Comunidad que ha quedado un poco huérfana —al
menos hasta que aprendamos a vivir sin su presencia física, sin su risa… ¡Madre
mía, cuánto nos reíamos con él! —, esta Comunidad, decía, tiene el deber y la
urgencia de continuar su camino, de seguir llevando la Palabra de Dios al mundo
entero.
Esperamos contar con la ayuda de la familia Comboniana,
donde Antonio vivió y creció en la fe; la familia Comboniana que acogió a esta
Comunidad y en la que se creó y gestó. Pero también contamos con vosotros, su
familia y sus amigos en la tierra, para continuar la labor que él comenzó.
Aprenderemos, estoy segura, a tenerle tan cerca como
antes, cuando el dolor dé paso a la calma.
Como sé que me está escuchando, quiero pedirle que no nos
deje —aunque estoy segura de que no lo hará—; que nos muestre el camino con
claridad; que nos conceda fortaleza y amor para continuar su misión; que se
haga presente en nuestro caminar, porque lo necesitamos.
Hemos sido con él partícipes de un milagro de Dios, y
queremos llegar al final de nuestros días respondiendo fielmente a la llamada
del Padre que Antonio nos anunció.
¡Bendito sea Dios!
Olga Alonso
Comunidad Maria Madre de los Apóstoles





