sábado, 25 de julio de 2026

Dom. XVII T.O. – A (Mateo 13,44-52)

 


 BUSCAR A DIOS

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?

 Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.

 Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».

 Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?».

 No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.

 En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz»

 

José Antonio Pagola

domingo, 19 de julio de 2026

Dom. XVI T.O. – A (Mateo 13,24-.43)

 

 

FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA

 Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.

A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.

Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.

A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 11 de julio de 2026

Dom. XV T.O – A (Mateo 13,1-23)

 



 SEMBRAR CON FE

 En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa, donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia.

Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.

Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.

Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.

Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas.

Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.

Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 4 de julio de 2026

Dom. XIV T.O – A (Mateo 11,25-30)

 


DIOS ES PARA GENTE SENCILLA

 Fue hace muchos años, en L’École Biblique de Jerusalén, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así.

Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.

En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».

Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.

He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.

José Antonio Pagola

jueves, 2 de julio de 2026

HIMNO MARIANO

 



  Este himno mariano, propio de la tradición carmelitana, condensa en un rico lenguaje bíblico y poético la espiritualidad de la Orden. En él, la Virgen María es contemplada con imágenes tomadas de la Sagrada Escritura y de la liturgia: flor del Carmelo, vid fecunda, estrella del mar, azucena inmaculada, nueva Judit y puerta del paraíso. Cada estrofa expresa la confianza filial de los y las carmelitas en aquella que consideramos Madre, Hermana y Reina de nuestra familia religiosa. Al invocarla como guía en las noches oscuras y protectora bajo el santo escapulario, el himno recuerda que María acompaña el camino de los creyentes hasta conducirlos al encuentro definitivo con Cristo.

Blanca flor del Carmelo,

vid en racimo,

celeste claridad,

puro prodigio

al ser, a una,

Madre de Dios y Virgen:

¡Virgen fecunda!

 

Madre, que florecida

del Enmanuel,

atesoras intacta

la doncellez;

estrella, guía

de los rumbos del mar,

sé nos propicia.

 

Vástago de Jesé,

vara profética

que el Hijo del Altísimo

das en cosecha;

Madre, consiente

que vivamos contigo

ahora y siempre.

 

Azucena que brotas

inmaculada

y te yergues señera

entre las zarzas;

devuelve, Virgen,

nuestra frágil arcilla

a su alto origen.

 

Ponnos, nueva Judit,

para la lucha

tu santo Escapulario

como armadura;

con tu vestido

cantaremos victoria

del enemigo.

 

Bajo noches oscuras

navega el alma,

enciende tú los rayos

de la esperanza,

y sé el lucero

que lleve nuestra nave,

segura al puerto.

 

Señora, desde siempre

los carmelitas

nos tenemos por hijos

de tu familia,

y confiamos

que un día nos acojas

en tu regazo.

 

María, puerta y llave

del paraíso,

queremos desatarnos

y estar con Cristo;

si tú nos abres,

reinaremos allí

con tu Hijo, ¡Madre! Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

sábado, 27 de junio de 2026

Dom. XIII T.O – A (Mateo 10,37-42)

 


 APRENDER A DAR

 A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

 

José Antonio Pagola

 

viernes, 26 de junio de 2026

NO ME COMPARES, QUE SIEMPRE SALGO PERDIENDO

 



  “Mira tú prima Encarni que estudiosa es”, “Fíjate en tu compañero Leo que formal y guapo” … Eso nos decía mi madre a mis hermanos, y nosotros, ya casi de guasa, le respondíamos con la misma cantinela: “Mamá, no nos compares que siempre salimos perdiendo”. Continuamente mirando alrededor y comparando. Y seguimos haciéndolo de mayores. Aspirar al físico de los guapos, los bienes materiales del vecino, su éxito, lo bien que se lleva con su pareja… Siempre comparando y siempre perdiendo. Como decía nuestro gran literato del Siglo de Oro, Francisco De Quevedo: “La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”.

Nos costará reconocerlo. Nadie admite ser envidioso (y menos los cristianos), pero la envidia es una emoción frecuente y universal. Al final, todo se reduce a anhelar lo que la otra persona tiene o querer estar pasando por la situación del otro. A veces, muy en el fondo de nuestro corazón, no nos gusta que al otro le vaya bien. Y en ese sentimiento, empleamos una absurda lógica, nos parece que, si a los otros les va bien, a nosotros nos ira mal. ¡Criatura! Si hay bien para todos. Es solo cuestión de organizarse.

¿Envidia sana? Quizás exista. Será sana en el momento en el que reconozcamos que el otro tiene algo que deseamos y que su ejemplo nos llama a hacer un esfuerzo extra. Nos puede servir como impulso e inspiración para alcanzar nuestras metas. Pero seamos realistas, la que más abunda es la enfermiza. Esa que genera desazón, infelicidad y frustración por no haber obtenido lo que el otro ha conseguido.

A Jesús en el Evangelio le llaman de todo. Glotón y borracho, poseído, blasfemo, impostor, loco, endemoniado… Pura envidia. Por hacer el bien, por ser diferente, por hablar de una forma totalmente distinta, por no recorrer los caminos marcados, por su peculiar forma de relacionarse con el Padre, por llamarle Abba…

Frente a la envidia os propongo algunos caminos de crecimiento:

El primero será CULTIVAR LA GRATUIDAD con una mirada lúcida y consciente de toda tu vida. Tienes muchos dones y eres muy lindo para Dios y para esas personas que te estiman y están a tu alrededor. El segundo camino será aprender a VALORAR TODO LO QUE TIENES y muchas veces das por sentado. Son oportunidades y privilegios que no todo el mundo posee. Por último, ALÉGRATE DE LA SUERTE Y LAS CAPACIDADES DEL OTRO. Cuánto lo necesita nuestra iglesia, nuestras instituciones, nuestra sociedad. Hay gente que hace muy buen trabajo, que es íntegra, buena gente. ¡Que alegría!

Frente a la envidia que a veces, Señor, anida en el corazón, enséñame a celebrar la alegría del amigo y del vecino. Incluso cuando creamos que nosotros nos lo merecemos más. Me centraré y valoraré lo que he recibido, en poner en juego mis talentos para el bien y el servicio de tu Reino.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería