En
el imaginario contemporáneo la libertad suele identificarse con la ausencia de
límites. Se supone que cuantos menos condicionamientos tengamos somos más
libres. No diría, sin más, que esta idea es errónea. Pero parece que está
incompleta y que vacía de contenido la verdadera libertad. Al fin y al cabo,
“hacer lo que nos da la gana” nos ha llevado en multitud de ocasiones a caer en
hábitos, miedos o expectativas ajenas, paradójicamente, nos ha llevado a ser
menos libres.
Ser libre significa liberarse de todo para entregarnos
plenamente a algo o alguien. Aunque nuestra sociedad sospecha de todo cuanto
signifique compromiso, hemos de reconocer que aquellas cosas que ensanchan y
dan sentido a la vida son precisamente las que nos obligan a renunciar. Son las
decisiones que nos configuran y nos hacen madurar. Amar, formar una familia,
elegir una profesión de servicio, cuidar a alguien… todas ellas nos ayudan a
entender que hay limitaciones que posibilitan la libertad.
La libertad cobra sentido cuando nos ayuda a elegir un bien
mayor. En último término somos libres incluso de elegir nuestra actitud ante
las situaciones, por adversas que estas nos puedan resultar. Necesitamos
cultivar nuestra libertad interior. Quien se deja llevar por los impulsos no es
libre porque en ellos damos rienda suelta a aquellas cosas que nos condicionan
interiormente. La libertad interior consiste en elegir desde lo más verdadero
de uno mismo en un proceso en que poco a poco vamos descubriendo cuántas cosas
nos condicionan.
Al crecer la libertad interior aparece una mayor coherencia. No
es necesario fingir, no se vive pendiente de una imagen, se alcanza una cierta
transparencia que no es ofensiva o agresiva, sino que responde a la verdad
profunda de cada uno. Somos nosotros mismos en toda circunstancia o ante
cualquiera. Porque la meta de la auténtica libertad es la respuesta al amor
recibido y conduce a amar.
En el evangelio nos encontramos con el ejemplo de Cristo, la
libertad encarnada, él no se deja amedrentar ni por la presión social, ni por
la opinión de los demás o el miedo al rechazo. Jesús es plenamente libre porque
ama plenamente. Seguirlo a él significa ser libres porque dejamos de acumular
opciones y comenzamos a dar sentido a nuestra vida desde la entrega. La persona
que vive desde el amor comienza a sentir una cierta alegría que no proviene de
la facilidad de las cosas sino del sentido que poco a poco va adquiriendo.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera






