lunes, 23 de febrero de 2026

LO QUE DIOS TE INSPIRE

 


 Buenas tardes.

Hace 30 años, Antonio —a quien hoy recordamos llenos de su presencia— fundó, a su regreso de Ecuador, la Comunidad María Madre de los Apóstoles, de la que tengo el privilegio de formar parte y que hoy está aquí representada por unas 60 personas. Otras muchas, junto con Antonio, hermanos y hermanas, ya están en la Eternidad, en presencia de Dios.

Fuimos llegando progresivamente a lo largo de los años, casi todos llenos de heridas en el alma, heridas del mundo. Y aquí fuimos acogidos por los brazos de Antonio, que eran los brazos de nuestro Padre que está en los Cielos. Nadie quedaba excluido; no importaba nuestra vida anterior: todos éramos dignos del amor de Dios.

La Comunidad caminó como un pequeño grupo y, a partir del año 2000, cada fin de semana Antonio nos reunía en esta capilla, a la que nosotros acudíamos. No importaba si llovía o nevaba, o si el ardiente calor de Madrid trataba de retenernos en casa. Los sábados por la tarde partía para nosotros la Palabra de Dios y , como lluvia fina sobre nuestra alama, nos contagiaba su amor y  pasión por el Evangelio. Siempre fue consciente de que el Señor había tocado a esta Comunidad de una forma especial y única; decía que éramos la “niña de sus ojos”.

“Siempre hemos sido muy pobres”, repetía, “pero la fuerza de Dios hará que la Palabra que nos regala se extienda por el mundo entero”. Y así fue.

Con muy pocos medios, pero impulsada por la fuerza de Dios que Antonio nos transmitía, la Comunidad María Madre de los Apóstoles ha difundido la Palabra por el mundo entero a través de sus más de 30 libros, catequesis, escritos, reflexiones. Hoy día, comunidades de  países de Europa, Latinoamérica, Estados Unidos, Canadá e incluso Japón escuchan su Palabra.

Hoy podemos decir que este milagro no habría sido posible sin nuestro Pastor, Antonio Pavía, que entregó su vida a contarle y cantarle al mundo la maravillosa esperanza a la que hemos sido llamados. Nos enseñó a sentir la urgencia de salir cada día a “gritar por Cristo”, como decía la escritora francesa Madeleine Delbrêl, una de sus autoras favoritas.

Cuántas veces nos llamaba a cada uno entre semana para contarnos que había tenido una inspiración o encontrado un camino nuevo de evangelización en cualquier parte del mundo. Ni siquiera somos capaces de saber en cuántos grupos se difunden sus escritos por todos los continentes.

Antonio nos acogió y nos guió. Fue nuestro padre espiritual. Nos mostró una forma única de conocer a Jesucristo a través de su Evangelio, de comprender el perdón, de confiar plenamente en que de la escucha de la Palabra nace la verdadera transformación del corazón.

Nos enseñó a conocer a Jesucristo desde su misericordia y su amor infinito; nos enseñó a orar y a hablar con Él; nos transmitió la pasión de san Pablo y la humanidad de san Pedro —a quien tanto amaba—; nos acercó a los profetas Isaías y Jeremías; nos enseñó a rezar con los Salmos, como hacía Jesucristo; nos mostró cómo el camino del pueblo judío en el Antiguo Testamento es el camino de todo hombre que camina hacia Dios. Nos descubrió la belleza de la Virgen en su guardar y meditar la Palabra como primera discípula y nos llevó de la mano a compartir su pasión infinita por el Evangelio.

Salíamos cada sábado, de cada retiro, con el corazón encendido, dispuestos a anunciar el Evangelio recibido por el mundo entero: cada uno desde sus posibilidades, pero todos con esa voluntad misionera que Antonio nos transmitía incansablemente.

Decía muchas veces: “No importa si estáis en una residencia de ancianos, con el cuerpo impedido; desde una mirada se puede llevar a Dios a los hombres”.

Escucharle era como entrar en diálogo con Dios; sus palabras parecían tocar el punto más íntimo del alma, allí donde anhelábamos escuchar la voz del Señor. Nadie que haya escuchado a Antonio partir la Palabra se ha quedado impasible, porque detrás de su voz Dios resonaba y se hacía presente en Espíritu y en Verdad.

Seguidor de san Francisco —Asís fue un lugar muy importante para la Comunidad—, nos hablaba siempre de huir de la gloria propia y aspirar únicamente a la gloria de Dios, donde él, sin duda, habita ya. Y porque nunca permitió que le diéramos gloria —“no miréis a vuestro Pastor”, decía; “yo no valgo nada; mirad la Vida que tiene la Palabra que os parto por gracia de Dios”—, es ahora, que ya nos acompaña desde el Cielo, cuando podemos decir bien alto que Dios está multiplicando su obra por el mundo entero.

Cuántas veces, mientras predicaba, levantaba la mirada apenas un instante hacia el cielo… y todos sentíamos la presencia de Dios en esta capilla. Antonio tenía una conexión especial con Dios; se sentía profundamente amado por Él, y su ansia por acercarse era tan grande que incluso profundizó en el aprendizaje del griego para ir a la fuente del significado de cada palabra del Evangelio. Nunca se conformaba con la traducción y, como gran buscador, escudriñaba la Palabra hasta descubrir el verdadero sentido que Dios quiso dar a cada término en boca de su Hijo, Jesús.

Ahora, esta Comunidad que ha quedado un poco huérfana —al menos hasta que aprendamos a vivir sin su presencia física, sin su risa… ¡Madre mía, cuánto nos reíamos con él! —, esta Comunidad, decía, tiene el deber y la urgencia de continuar su camino, de seguir llevando la Palabra de Dios al mundo entero.

Esperamos contar con la ayuda de la familia Comboniana, donde Antonio vivió y creció en la fe; la familia Comboniana que acogió a esta Comunidad y en la que se creó y gestó. Pero también contamos con vosotros, su familia y sus amigos en la tierra, para continuar la labor que él comenzó.

Aprenderemos, estoy segura, a tenerle tan cerca como antes, cuando el dolor dé paso a la calma.

Como sé que me está escuchando, quiero pedirle que no nos deje —aunque estoy segura de que no lo hará—; que nos muestre el camino con claridad; que nos conceda fortaleza y amor para continuar su misión; que se haga presente en nuestro caminar, porque lo necesitamos.

Hemos sido con él partícipes de un milagro de Dios, y queremos llegar al final de nuestros días respondiendo fielmente a la llamada del Padre que Antonio nos anunció.

¡Bendito sea Dios!

 

Olga Alonso

Comunidad Maria Madre de los Apóstoles

 

domingo, 22 de febrero de 2026

SOLO TEN FE

 



 

Caminar por fe no significa que el camino sea fácil; significa que confías plenamente en el guía. La Biblia lo resume perfectamente en 2 Corintios 5:7: "porque por fe andamos, no por vista". Esto es un reto constante porque nuestros ojos físicos están programados para enfocarse en los obstáculos, en la tormenta o en la falta de recursos, pero la fe nos invita a mirar a Aquel que está por encima de las circunstancias.

Cuando el camino se pone difícil, es fácil sentir que estamos solos, pero es ahí donde la fe pasa de ser una teoría a ser nuestra mayor fortaleza. No se trata de ignorar la realidad del dolor o la incertidumbre, sino de reconocer que Dios es más real que el problema. Como dice Isaías 40:31, caminar en fe nos permite avanzar sin desmayar, no por nuestras propias fuerzas, sino porque estamos sostenidos por Sus promesas. Al final, la fe no requiere que veas toda la escalera, solo que te atrevas a dar el siguiente paso con la certeza de que Quien te llamó es fiel para sostenerte hasta el final.

 

Joven a Joven

 

sábado, 21 de febrero de 2026

LAS TENTACIONES



 En el silencio del desierto donde el viento desnuda el corazón y la arena guarda los pasos de Dios, el hombre escucha su propia sed.

 Allí, donde no hay aplausos ni distracciones que adormezcan el alma, aparecen las voces antiguas: la promesa fácil, el poder sin cruz, el pan sin confianza.

 La tentación susurra: “Llena el vacío con lo inmediato, adórame y te daré caminos cortos, olvida quién eres.”

 Pero en lo hondo resuena otra voz, suave como brisa de madrugada: “No sólo de pan vive el hombre, sino de cada palabra que nace del Amor.”

 Cuaresma es desierto fecundo, es aprender a elegir la luz cuando el mundo brilla con espejismos. Es dejar caer las máscaras y descubrir que la verdadera fuerza nace de confiar.

 Hoy también somos tentados: por la prisa que roba el alma, por el ruido que apaga la oración, por el brillo que promete felicidad y deja vacío.

Y sin embargo, Cristo camina a nuestro lado, ayunando con nosotros, mostrándonos que la libertad no se compra ni se impone: se recibe.

 Que este primer domingo abra en nosotros un camino interior, donde cada renuncia sea semilla, cada lucha, encuentro, y cada desierto, promesa de Pascua.

 Porque en medio de la tentación late una certeza: Dios no abandona al que busca, y el corazón que persevera encuentra agua viva en la arena.

 Javier Leoz

 


jueves, 19 de febrero de 2026

THERIANS, LA BÚSQUEDA DE LA TRASCENDENCIA

 



 En las últimas semanas se ha popularizado en las redes sociales una moda que se está focalizando en Hispanoamérica, especialmente en Argentina y Uruguay, aunque su origen está en los años noventa y tiene comunidades estables en Europa. Como tarde o temprano todo nos llega, ¡bendita globalización¡, no está de más que estemos un poco advertidos de las características de esta nueva comunidad.

Me refiero a los “Therians” o personas que sienten una fuerte conexión con el instinto animal que puede llegar a manifestarse en su forma de vestir o de caminar. En determinados momentos pueden sentirse impulsados a comportamientos propios del animal con el que se sienten conectados tales como correr, marcar territorio o sentir que se poseen miembros propios del animal como las alas o la cola.

Puede parecernos algo extravagante o anecdótico, pero como en casi todo, no hay ningún comportamiento humano que no tenga una raíz más profunda o exprese alguna inquietud que late de forma casi inconsciente en el alma de cada individuo. No pretendo aquí hacer un análisis exhaustivo de la situación. Creo que me basta con la sentencia de Chesterton: «Cuando la gente deja de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa».

La reflexión ha sido subvertida por el deseo provocando la evasión de aquello que precisamente nos hace propiamente humanos: la razón que se sobrepone al instinto. Hay una sed humana de pertenecer, de trascender los límites ordinarios, de sentir que la vida no son solamente rutinas, consumo y expectativas sociales. Al sustituir las grandes preguntas por las respuestas rápidas, el alma sigue buscando caminos alternativos para expresar su hambre de significado.

Esta moda, como tantas otras, expresan una misma verdad: el ser humano no se conforma con lo inmediato. Quiere pertenecer, quiere significado y trascendencia. Cuando los anhelos no van a lo profundo, se quedan en la superficie y terminamos inventando símbolos que nos recuerdan que estamos hechos para más. Este inicio de Cuaresma nos devuelve al origen de nuestra vocación, somos polvo en el que Dios ha insuflado su vida y más que multiplicar identidades hemos de redescubrir que somos sus hijos.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

¿Te animas a probar este ayuno?

 



Esta Cuaresma quizá el ayuno más difícil no sea el de la comida.

 Puede que sea el de las palabras.

El Papa León XIV propone vivir la Cuaresma como un camino para volver a poner a Dios en el centro. Escuchar y ayunar van juntos: escuchar para salir del ruido, ayunar para vaciar el corazón de aquello que impide amar.

El ayuno no trata solo de renunciar a algo material. Es aprender qué hambre llevamos dentro. Es ordenar deseos. Es abrir espacio para Dios y para los demás.

 Y aquí llega una propuesta muy concreta:

el ayuno de las palabras.

Ayunar del juicio rápido.

Ayunar de la crítica constante.

Ayunar de hablar mal de quienes no están presentes.

Ayunar de palabras que hieren o dividen.

 Vivimos en un mundo que nos empuja a opinar rápido, a reaccionar sin escuchar, a corregir antes de comprender. Pero muchas veces la conversión empieza en la lengua.

 Una palabra puede destruir.

Y una palabra puede sanar.

 Este ayuno no busca silencio vacío. Busca un corazón más libre. Un lenguaje más humilde.

  Una mirada más misericordiosa.

Tal vez el reto de esta Cuaresma sea sencillo y profundo a la vez:

Hablar menos para amar mejor.

 Criticar menos para comprender más.

Juzgar menos para dejar que Dios actúe.

Cuando cambia el modo de hablar, cambia también el corazón.

¿Te animas a probar este ayuno?

 

Jesús Silva

 

MIÉRCOLES DE CENIZA

 




EL MIÉRCOLES DE CENIZA llega sin ruido, como una verdad dicha en voz baja.

 No trae música ni luces, sino un gesto sencillo: un poco de ceniza sobre la frente, un signo humilde que nos recuerda quiénes somos. Polvo que habla de la vida que pasa, de los días que se escapan entre las manos, de las prisas que a veces nos alejan de lo esencial. Y, sin embargo, también habla de esperanza, porque Dios no se cansa de esperarnos.

 Hoy la Iglesia nos invita a detenernos. A mirarnos por dentro sin miedo, con sinceridad. A reconocer nuestras fragilidades, nuestras heridas, nuestras incoherencias… no para quedarnos en ellas, sino para dejarlas en manos de un Dios que siempre ofrece un comienzo nuevo.

 La ceniza no es derrota: es camino. Es la señal de que queremos volver, de que deseamos limpiar la mirada, ablandar el corazón, aprender a amar mejor. En medio del ruido del mundo, la Cuaresma empieza como un susurro que dice: “todavía estás a tiempo”.

 Quizá este día nos encuentre cansados, distraídos o incluso con dudas. No importa. Dios trabaja también con lo pequeño, con lo imperfecto, con lo que apenas parece suficiente. Basta un gesto, un deseo sincero, una oración sencilla para que Él empiece a hacer nueva la vida.

 Que la ceniza sobre nuestra frente no sea solo un signo exterior, sino una puerta abierta: a la reconciliación, al silencio que sana, a la caridad que transforma, a la alegría profunda de sabernos amados.

 Porque del polvo venimos… y en las manos de Dios, incluso el polvo puede volver a florecer.

 

= Javier Leoz =

martes, 17 de febrero de 2026

EL MIÉRCOLES DE CENIZA COMENZAMOS NUESTRO CAMINO HACIA LA PASCUA.

 




 Con el Miércoles de Ceniza iniciamos la Cuaresma, los cuarenta días de preparación para la Pascua: un tiempo de gracia, de perdón y de retorno a lo esencial. La Iglesia nos sitúa ante la verdad de nuestra vida para que, desde ahí, renazca la esperanza. No empezamos mirando nuestras fuerzas, sino reconociendo nuestra necesidad de Dios, de su amor y misericordia.

La imposición de la ceniza es un gesto austero y elocuente. En la Biblia, cubrirse de ceniza era señal de duelo y penitencia. Los primeros cristianos lo vivían de forma especialmente intensa quienes habían cometido pecados graves y se preparaban para ser reconciliados al final de la Cuaresma.

Con el paso de los siglos, este signo se extendió a todos los fieles: ya no solo como expresión de penitencia pública, sino como memoria de nuestra fragilidad y llamada universal a la conversión.

La ceniza que recibimos procede, desde el siglo XII, de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior. Aquellos ramos con los que aclamamos a Cristo como Rey se convierten ahora en polvo. Es un símbolo sobrio y verdadero: incluso nuestros mejores entusiasmos pueden quedarse en palabras si no se traducen en vida. La ceniza denuncia la incoherencia, pero al mismo tiempo abre un camino de conversión.

Las palabras que acompañan el gesto resumen el sentido de la jornada: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás» y «Conviértete y cree en el evangelio». Somos criaturas limitadas, marcadas por la debilidad y la muerte; pero precisamente por eso somos también destinatarios de la misericordia. La Iglesia no nos impone la ceniza para humillarnos, sino para que despertemos al amor.

El evangelio propone los medios concretos de este camino: oración, ayuno y limosna. Ayunar nos libera de la avidez y nos enseña a amar con sacrificio. Orar nos arranca de la autosuficiencia y nos hace reconocer que necesitamos a Dios. Dar limosna rompe el encierro en nosotros mismos y nos devuelve la alegría de compartir.

La Cuaresma es, en expresión antigua, una “carrera” hacia la meta. Partimos de nuestra pobreza (como el viejo Adán, frágil y desobediente) para caminar hacia la vida nueva de Cristo, el hombre nuevo. El Miércoles de Ceniza no tiene consistencia en sí mismo, sino como primer paso de un itinerario que conduce a la Pascua: de la ceniza a la luz, de la muerte a la vida.

Señor Dios nuestro, que conoces nuestra fragilidad y no te cansas de ofrecernos caminos de retorno a ti, mira la pobreza de nuestro corazón al comenzar esta Cuaresma. Que la ceniza que recibimos no sea solo un gesto exterior, sino el inicio de una verdadera conversión. Haznos caminar tras las huellas de tu Hijo, para que, muriendo al pecado, lleguemos con gozo a la luz de la Pascua y participemos de la vida nueva que solo tú puedes dar. Amén. 

Eduardo Sanz de Miguel OCD