Sé el que aparte la piedra del camino, el odio de los corazones y la dificultad en los problemas.
Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día:
Gabriela Mistral
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Sé el que aparte la piedra del camino, el odio de los corazones y la dificultad en los problemas.
Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día:
Gabriela Mistral
Dios no es soledad. Dios es comunión. El Padre ama al Hijo, el Hijo
responde a ese amor, y el Espíritu Santo es el vínculo vivo que los une. Tres
Personas distintas, pero un solo Dios. Diferentes, pero perfectamente unidos.
No compiten, no se imponen, no buscan su propio interés. Todo en ellos es amor
compartido.
Por eso, cuando el ser humano se aleja del amor, se divide. Cuando sólo
piensa en sí mismo, se empobrece. Cuando convierte al otro en enemigo, pierde
algo de su propia humanidad.
Frente a la cultura del "yo", la Trinidad nos propone el
"nosotros". Frente a la división, la comunión. Frente al egoísmo, el
amor.
La Trinidad no es un problema matemático que resolver; es una familia
divina que nos invita a entrar en su abrazo.
La visión cristiana del mundo pasa irremediablemente por la cuestión de la
humanidad. En un tiempo en que se habla de derechos universales a la par que se
descarta silenciosamente a quien deja de ser útil, autónomo o rentable; es
necesario volver a hablar de dignidad humana.
Existe un valor propio en cada persona, inalienable y absoluto que no puede
ser vulnerado. Una dignidad que no depende del tipo de vida que se vive o de
las circunstancias en que se desarrolla, del bienestar o de la capacidad para
disfrutar, sino de la misma pertenencia al género humano.
Se trata de evitar lo que el Papa León ha denominado: “síndrome de Babel”,
el deseo de construir un lenguaje único capaz de reducir el misterio humano a
datos y productividad. Un lenguaje que conduzca a la deshumanización. La
pretensión cristiana puede parecer una lucha quijotesca contra molinos de
viento pero, por ser incomprendida, no puede ser una lucha abandonada.
El concepto de dignidad ha sido vaciado de contenido porque su fundamento
último se encuentra más allá de las cualidades fenotípicas de nuestra especie.
Es desde allí, donde está lo trascendente, desde donde podemos entender qué nos
hace verdaderamente humanos.
En el anhelo de inmortalidad y en el rechazo a ser un objeto para otros
encontramos aquello que nos humaniza. Pero la renuncia a la trascendencia ha
dado a luz la cosificación del ser humano. Ahí está el núcleo del problema. Sin
trascendencia el ser humano se vuelve vulnerable porque se convierte en mero
algoritmo.
Si nuestro valor únicamente depende de nosotros mismos, es muy difícil
reconstruir la dignidad. Esta reconstrucción supone un auténtico reto para los
creyentes que implica aprender y enseñar a vivir sin olvidar que Dios existe.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
Ven, Espíritu Santo. Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada
ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia
su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra,
ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su
memoria.
Ven, Espíritu Santo. Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las
que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y
contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir
abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad
nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que
muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.
Ven, Espíritu Santo. Purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre
nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos
que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra
arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres
con más verdad y humildad.
Ven, Espíritu Santo. Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y,
sobre todo, las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que
sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si
cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia.
Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y
solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y
Señor.
Ven, Espíritu Santo. Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas,
corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o
desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y
dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.
José Antonio Pagola
Movimientos,
universidades, medios de comunicación, la sede del episcopado o los tan
recurrentes laboratorios de ideas (think tanks), que proliferan como forma de
comunicación entre jóvenes, todo ello ha convertido a Madrid en el centro de la
vida religiosa en España. Da la sensación de que lo que ocurre allí es la
Iglesia Católica en España. Sin embargo, la experiencia religiosa española
nunca ha sido exclusiva ni principalmente madrileña.
La
centralidad política y mediática ha creado una especie de ilusión de
representatividad. Basta salir de la capital para encontrarnos con una realidad
plural y territorial, que desmonta esta ilusión. Un vasto territorio donde la
fe no se articula alrededor de debates ideológicos o estrategias de influencia
cultural o política. Una fe vivida desde las costumbres, los vínculos
comunitarios, la tradición familiar. Una fe ligada al paisaje humano, una fe
llena de riqueza y, por qué no decirlo, fe “pagana” en su sentido original.
Fiestas
patronales, funerales, procesiones… son religiosidad menos doctrinal pero más
vinculada a las personas e integrada en la vida ordinaria. Las cofradías, la
devoción por la Virgen – la de mi pueblo, claro- o la Semana Santa contienen
una forma de pertenencia vinculada a la transmisión cultural preñada de
espiritualidad. Hay teología en esa manera pública y corporal de vivir la fe.
Una fe que se comparte colectivamente y que convierte el espacio público en una
extensión del templo.
El
actual foco mediático sobre Madrid nos hace perder de vista que la Iglesia en
España siempre ha sido policéntrica. Los distintos territorios que conforman
nuestra geografía nos demuestran que la fe es católica precisamente porque
adopta formas diversas según el lugar desde el que se vive. El catolicismo de
un barrio acomodado de Madrid no expresa las mismas preocupaciones o la misma
sensibilidad que el de una parroquia rural de la Alpujarra o una hermandad
sevillana.
Esas
formas, que podríamos considerar periféricas, son las que mantienen viva la
dimensión comunitaria de la fe, alejadas de la intelectualidad o la
polarización política. En ellas la fe sigue entretejida en lo cotidiano, aunque
carezcan de una articulación perfecta de los postulados teológicos.
España
también reza más allá de la M30, reza desde aldeas vacías, en plazas llenas de
fieles que esperan ver salir a su cristo o su virgen, desde santuarios a los
que vamos en romería y desde parroquias de barrio que apenas ocupan espacio en
la conversación pública. Solo si aceptamos esta pluralidad entenderemos qué es
realmente el catolicismo español.
Jesús
Martín Gómez
Párroco de Vera
El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no
los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado
hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el
sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es
esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.
Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay
quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin
duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal
vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo
conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús,
pronto se apagaría.
Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el
poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad
del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en
él no vacilarán.
Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es
propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda,
los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del
Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»… pero todo
estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.
Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su
mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy
su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo,
compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son
vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda
constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque
sean solo dos o tres.
Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su
Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde
Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros
curando, perdonando, acogiendo… salvando.
José Antonio Pagola
Ascensión del Señor – A (Mateo 28,16-20)
17 de mayo
En muchas ocasiones hay palabras que en determinados ámbitos se repiten hasta la saciedad. Aunque son las que más se repiten, también son las que corren mayor riesgo de quedar vacías de contenido. En la Iglesia somos expertos en desgastar conceptos. Comenzamos con la Iglesia Conciliar, continuamos con la Nueva Evangelización, tampoco se escapa el Primer Anuncio, seguimos con Procesos Sinodales o el famoso “hagan lío” del Papa Francisco. Distintas maneras de ir haciendo comprender cuál es la tarea de la Iglesia en cada momento, eslóganes reconocibles que terminan por no significar nada.
Actualmente está surgiendo con
fuerza una nueva idea. En muchos ambientes eclesiales se habla de una cultura vocacional. Es
cierto, no voy a mentir, que tengo un poquito de esperanza en esta idea. La
cuestión es si sabremos desentrañarla, aprovechando todo lo que puede
aportarnos o si seguiremos jugando a hacer lo de siempre.
Para no dejar vacía esta idea, que se presenta como un plan de
acción para la Iglesia, es necesario que identifiquemos cuál es el núcleo de la
misma. Alejándonos de campañas, actividades o estrategias orientadas a suscitar
vocaciones hemos de promover el acompañamiento, asumiendo la paciencia de quien
siembra y sin controlar los resultados.
Hay que tener claro que la vocación es ante todo una respuesta
que surge desde lo más hondo de la persona. Un recorrido interior, muchas veces
largo y lleno de dudas. En el que el acompañamiento ayuda a escuchar mejor. Un
escollo es la incapacidad que tenemos para acompasarnos a la vida de los demás
porque nos hemos dejado contaminar de la sociedad que busca resultados rápidos,
producción y eficiencia.
En algún momento leí algo que me ayudó mucho a entender la
importancia del tiempo en la vida de fe. Dios no tiene prisa, porque la
eternidad es suya, somos nosotros los que desde nuestra limitación forzamos y
quemamos etapas antes de que se produzca el tiempo oportuno. Por ello acompañar
y ser acompañado en el proceso de la vocación, sea cual sea, requiere aprender
a habitar el tiempo de otro modo.
¿Cuál sería el éxito de la cultura vocacional? La fidelidad de
cada persona a su propio camino. Frente a la percepción de distancia o de
rigidez que muchos tienen de la institución eclesial el acompañamiento nos
ofrece una oportunidad. Puede mostrar un rostro creíble haciendo entender que
la Iglesia escucha, acoge, te toma en serio y quiere ayudarte a que encuentres
tu camino reconociendo tu vocación. Para ello no necesitamos reclutadores, sino
compañeros de camino.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera