Vamos a la iglesia.
Leemos la Biblia.
Aprendemos versículos.
Cantamos canciones.
Servimos en algún lugar.
Pero en medio de todo ese movimiento,
podemos terminar haciendo lo que Jesús nunca nos pidió.
Nunca dijo: “admírenme”.
Nunca dijo: “conózcanme intelectualmente”.
No es llegar un domingo, emocionarte, sentir algo bonito y luego volver a
tu vida como si nada.
Es instalarte.
Es hacer de Él tu lugar.
Porque el problema no es que la gente no quiera a Jesús.
Muchos lo quieren.
Muchos lo admiran.
Muchos saben quién es.
Muchos hasta defienden Su nombre.
Vino a buscar personas que permanezcan en Él.
Permanecer en Él es dejar que Su bondad transforme tu carácter.
Permanecer en Él es confiarle tu vida, aunque no veas milagros.
Permanecer en Él es quedarte cuando duele, cuando no entiendes, cuando
quieres irte.
Su vida viene de donde está conectado.
Si lo cortas, se seca.
No importa cuánto se esfuerce.
No importa cuánto quiera producir fruto.
Sin conexión, no hay vida.
Yo soy la vid.
Separados de mí nada podéis hacer.
No “menos”.
Nada.
Nace de la conexión.
podemos pasar años haciendo cosas para Dios sin permanecer en Él.
Podemos liderar grupos, enseñar clases, predicar sermones, servir en el
altar,
y estar secos por dentro.
Porque estamos produciendo desde nuestro esfuerzo, no desde nuestra
conexión.
Él nos quiere por nuestra permanencia.
no tienes que esforzarte por parecer cristiano.
Su carácter comienza a moldear el tuyo.
Su amor atraviesa tus heridas.
Su voz comienza a gobernar tus decisiones.
Es algo que Él produjo a través de ti.
Es permitir que Jesús se exprese en ti.
la obra que Él comenzó en ti sigue viva.
No depende de tu esfuerzo.
Depende de tu permanencia.
Pregúntate: ¿Cuánto estoy permaneciendo en Él?
Él busca corazones que le den lugar.
No para usarlos.
Para habitarlos.
Su vida comienza a manifestarse a través de ti.
Y eso no lo produces con esfuerzo.
Eso ocurre porque permaneces.
Juan 15:4-5
Juan 15:7-8
Colosenses 2:6-7
