sábado, 15 de agosto de 2026

ENCUENTRO DE JESÚS CON LA MUJER CANANEA.

 


  

El evangelio del domingo 20 del Tiempo Ordinario, ciclo "a" (Mt 15,21-28), narra un episodio que puede pasar desapercibido, pero que tiene una importancia radical: el encuentro de Jesús con una mujer siro fenicia. Como la intervención de María en Caná adelantó la hora de la manifestación de Jesús a Israel, la insistencia de esta mujer pagana anticipa la apertura de su misión a todos los pueblos.

Jesús se encuentra en la región de Tiro y Sidón, fuera de Israel. Allí se acerca una mujer pagana, que Mateo llama cananea y Marcos describe como sirofenicia de cultura griega. Ha oído hablar de Jesús y, movida por el amor a su hija enferma, se postra ante él y le suplica que la cure.

La respuesta inicial de Jesús resulta desconcertante. Afirma que ha sido enviado «a las ovejas perdidas de Israel» y, ante la insistencia de la mujer, añade: «No está bien echar el pan de los hijos a los perrillos». Con esta expresión recoge la mentalidad de su tiempo, que distinguía entre los hijos de Israel y los paganos. No se trata, sin embargo, de una exclusión definitiva. La misión mesiánica tiene un orden: primero Israel, después los demás pueblos. La elección de Israel nunca tuvo como finalidad encerrarse en sí mismo, sino convertirse en instrumento de bendición para todas las naciones, según la promesa hecha a Abrahán: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gén 12,3).

La mujer no se desanima. Su amor y su confianza son mayores que el aparente rechazo. Acepta la imagen utilizada por Jesús y responde con admirable audacia: «También los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Comprende que el banquete mesiánico es tan abundante que puede alcanzar también a los paganos; incluso unas migajas del poder salvador de Jesús son suficientes para sanar a su hija.

Jesús se admira de su fe y concede lo que pide. Así, este encuentro se convierte en un signo profético: la salvación destinada inicialmente a Israel comienza a manifestarse ya entre los pueblos. La Iglesia primitiva comprendió que el evangelio debía extenderse desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. San Pablo lo expresó con claridad: «El evangelio es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, del judío primero y también del griego» (Rom 1,16).

En Cristo quedan finalmente superadas las divisiones. Él «ha hecho de los dos pueblos uno solo, rompiendo el muro que los dividía» (Ef 2,14). La mujer sirofenicia anuncia el gran misterio del designio de Dios: la mesa del Reino está destinada a todos. Su fe perseverante nos recuerda que nadie debe considerarse excluido de la misericordia de Cristo y que la confianza puede abrir caminos nuevos en la historia de la salvación.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

sábado, 8 de agosto de 2026

DOM. XIX T.O. -A- (Mateo 14,22-33)

 


 APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

  

No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 1 de agosto de 2026

BUSCAR A DIOS DOM.XVIII T.O. – A (Mateo 14,13-21)

 



 Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.

 La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.

 Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la ostentación.

 El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en el organismo».

 La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.

 Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la vida.

 Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.

 

José Antonio Pagola

sábado, 25 de julio de 2026

Dom. XVII T.O. – A (Mateo 13,44-52)

 


 BUSCAR A DIOS

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?

 Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.

 Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».

 Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?».

 No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.

 En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz»

 

José Antonio Pagola

domingo, 19 de julio de 2026

Dom. XVI T.O. – A (Mateo 13,24-.43)

 

 

FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA

 Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.

A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.

Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.

A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 11 de julio de 2026

Dom. XV T.O – A (Mateo 13,1-23)

 



 SEMBRAR CON FE

 En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa, donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia.

Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.

Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.

Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.

Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas.

Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.

Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 4 de julio de 2026

Dom. XIV T.O – A (Mateo 11,25-30)

 


DIOS ES PARA GENTE SENCILLA

 Fue hace muchos años, en L’École Biblique de Jerusalén, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje. Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así.

Siempre que he tenido la impresión de estar junto a una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.

En más de una ocasión he podido comprobar que no basta hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias. Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto», y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».

Me he encontrado también con personas que se mueven siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios. Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.

He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen. Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo 103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.

José Antonio Pagola

jueves, 2 de julio de 2026

HIMNO MARIANO

 



  Este himno mariano, propio de la tradición carmelitana, condensa en un rico lenguaje bíblico y poético la espiritualidad de la Orden. En él, la Virgen María es contemplada con imágenes tomadas de la Sagrada Escritura y de la liturgia: flor del Carmelo, vid fecunda, estrella del mar, azucena inmaculada, nueva Judit y puerta del paraíso. Cada estrofa expresa la confianza filial de los y las carmelitas en aquella que consideramos Madre, Hermana y Reina de nuestra familia religiosa. Al invocarla como guía en las noches oscuras y protectora bajo el santo escapulario, el himno recuerda que María acompaña el camino de los creyentes hasta conducirlos al encuentro definitivo con Cristo.

Blanca flor del Carmelo,

vid en racimo,

celeste claridad,

puro prodigio

al ser, a una,

Madre de Dios y Virgen:

¡Virgen fecunda!

 

Madre, que florecida

del Enmanuel,

atesoras intacta

la doncellez;

estrella, guía

de los rumbos del mar,

sé nos propicia.

 

Vástago de Jesé,

vara profética

que el Hijo del Altísimo

das en cosecha;

Madre, consiente

que vivamos contigo

ahora y siempre.

 

Azucena que brotas

inmaculada

y te yergues señera

entre las zarzas;

devuelve, Virgen,

nuestra frágil arcilla

a su alto origen.

 

Ponnos, nueva Judit,

para la lucha

tu santo Escapulario

como armadura;

con tu vestido

cantaremos victoria

del enemigo.

 

Bajo noches oscuras

navega el alma,

enciende tú los rayos

de la esperanza,

y sé el lucero

que lleve nuestra nave,

segura al puerto.

 

Señora, desde siempre

los carmelitas

nos tenemos por hijos

de tu familia,

y confiamos

que un día nos acojas

en tu regazo.

 

María, puerta y llave

del paraíso,

queremos desatarnos

y estar con Cristo;

si tú nos abres,

reinaremos allí

con tu Hijo, ¡Madre! Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

sábado, 27 de junio de 2026

Dom. XIII T.O – A (Mateo 10,37-42)

 


 APRENDER A DAR

 A veces no es tan fácil responder a las preguntas más sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar? Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo, «sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar» nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica, sin sentido realista, poco inteligente.

Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida, desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).

Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo a los demás.

Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría, comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.

Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares. Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.

 

José Antonio Pagola

 

viernes, 26 de junio de 2026

NO ME COMPARES, QUE SIEMPRE SALGO PERDIENDO

 



  “Mira tú prima Encarni que estudiosa es”, “Fíjate en tu compañero Leo que formal y guapo” … Eso nos decía mi madre a mis hermanos, y nosotros, ya casi de guasa, le respondíamos con la misma cantinela: “Mamá, no nos compares que siempre salimos perdiendo”. Continuamente mirando alrededor y comparando. Y seguimos haciéndolo de mayores. Aspirar al físico de los guapos, los bienes materiales del vecino, su éxito, lo bien que se lleva con su pareja… Siempre comparando y siempre perdiendo. Como decía nuestro gran literato del Siglo de Oro, Francisco De Quevedo: “La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”.

Nos costará reconocerlo. Nadie admite ser envidioso (y menos los cristianos), pero la envidia es una emoción frecuente y universal. Al final, todo se reduce a anhelar lo que la otra persona tiene o querer estar pasando por la situación del otro. A veces, muy en el fondo de nuestro corazón, no nos gusta que al otro le vaya bien. Y en ese sentimiento, empleamos una absurda lógica, nos parece que, si a los otros les va bien, a nosotros nos ira mal. ¡Criatura! Si hay bien para todos. Es solo cuestión de organizarse.

¿Envidia sana? Quizás exista. Será sana en el momento en el que reconozcamos que el otro tiene algo que deseamos y que su ejemplo nos llama a hacer un esfuerzo extra. Nos puede servir como impulso e inspiración para alcanzar nuestras metas. Pero seamos realistas, la que más abunda es la enfermiza. Esa que genera desazón, infelicidad y frustración por no haber obtenido lo que el otro ha conseguido.

A Jesús en el Evangelio le llaman de todo. Glotón y borracho, poseído, blasfemo, impostor, loco, endemoniado… Pura envidia. Por hacer el bien, por ser diferente, por hablar de una forma totalmente distinta, por no recorrer los caminos marcados, por su peculiar forma de relacionarse con el Padre, por llamarle Abba…

Frente a la envidia os propongo algunos caminos de crecimiento:

El primero será CULTIVAR LA GRATUIDAD con una mirada lúcida y consciente de toda tu vida. Tienes muchos dones y eres muy lindo para Dios y para esas personas que te estiman y están a tu alrededor. El segundo camino será aprender a VALORAR TODO LO QUE TIENES y muchas veces das por sentado. Son oportunidades y privilegios que no todo el mundo posee. Por último, ALÉGRATE DE LA SUERTE Y LAS CAPACIDADES DEL OTRO. Cuánto lo necesita nuestra iglesia, nuestras instituciones, nuestra sociedad. Hay gente que hace muy buen trabajo, que es íntegra, buena gente. ¡Que alegría!

Frente a la envidia que a veces, Señor, anida en el corazón, enséñame a celebrar la alegría del amigo y del vecino. Incluso cuando creamos que nosotros nos lo merecemos más. Me centraré y valoraré lo que he recibido, en poner en juego mis talentos para el bien y el servicio de tu Reino.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

 

jueves, 25 de junio de 2026

LA CARIDAD PURIFICA LA VOLUNTAD.

 



 Para san Juan de la Cruz, la voluntad es la facultad que permite al ser humano decidir libremente y orientar su vida hacia un fin. A diferencia de los animales, que actúan movidos por los instintos, las personas pueden elegir incluso contra sus inclinaciones inmediatas. Por eso, la voluntad ocupa un lugar central en la vida espiritual: gobierna las demás potencias del alma y unifica todas sus energías en la búsqueda de aquello para lo que ha sido creada, la unión con Dios.

Sin embargo, la voluntad se ve continuamente amenazada por los apetitos desordenados. Cuando la persona se deja arrastrar por deseos, gustos o comodidades, pierde fuerza interior y se dispersa. San Juan describe los apetitos con imágenes muy expresivas: son como renuevos que roban la savia al árbol, sanguijuelas que absorben la sangre o parásitos que terminan destruyendo a quien los alimenta. Lejos de fortalecer al ser humano, lo debilitan, lo vuelven perezoso para las cosas de Dios, seco para los demás y desgraciado consigo mismo.

Además, los apetitos oscurecen el juicio. El santo afirma que el apetito es ciego y que, cuando una persona se deja guiar por él, pierde la capacidad de discernir correctamente. Como la mariposa atraída por la llama o el pez engañado por una luz que oculta el anzuelo, el ser humano puede confundirse y dirigirse hacia aquello que finalmente le perjudica.

La purificación de la voluntad solo es posible mediante la caridad. Mientras los apetitos buscan el propio beneficio, el amor auténtico impulsa a buscar el bien del otro sin esperar recompensa. La caridad libera del egoísmo y conduce a la entrega generosa, siguiendo el dinamismo propio del amor, que todo lo refiere al amado. Para san Juan, esta virtud es la más importante de todas, porque solo el amor une verdaderamente con Dios.

El objetivo final del camino espiritual consiste en que la voluntad quede tan transformada por la caridad que coincida plenamente con la voluntad divina. Entonces el alma desea únicamente lo que Dios quiere y vive orientada hacia su gloria. No obstante, antes de alcanzar esta unión perfecta, será necesario atravesar una purificación más profunda: la noche oscura, donde el amor será probado y llevado a su madurez definitiva.

 

 (F) Eduardo Sanz de Miguel, ocd