Mayo despierta con luz nueva y con un nombre en los labios: María.
Es el mes de las flores y del corazón abierto, de los caminos que llevan a
una ermita, de los rosales que perfuman la fe sencilla de nuestro pueblo.
Volvemos a Ella como hijos: con manos llenas —a veces de rosas, a veces de
cansancio— y con el alma que busca consuelo. María nos enseña las actitudes que
hacen bella la vida: la humildad que escucha, la disponibilidad que dice “sí”,
la ternura que cuida, la esperanza que no se rinde.
En la tradición de mayo hay algo más que costumbre: hay memoria viva de una
Madre que acompaña. En cada Ave María, en cada mirada a su imagen, aprendemos a
vivir con más verdad, con más luz, con más Dios.
Que este mes nos encuentre sencillos y confiados, como niños.
Que nuestras manos sepan ofrecer flores… y también gestos de amor.
Y que, de la mano de María, redescubramos la belleza de creer, de esperar y
de amar.
Porque donde está la Madre, siempre florece la vida.
Javier Leoz
