BUSCAR A DIOS
Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en
Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila,
ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que,
movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar
«algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?
Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar
a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios
deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de
Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al
corazón.
Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las
discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta
buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo
de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te
desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre
interior».
Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado
de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo
importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la
vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos
de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de
una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de
nuevo niño?».
No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias
intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno
mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y
contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su
vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir
buscándolo.
En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre
que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro.
Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y
paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad.
Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo
feliz»
José Antonio Pagola
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