Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido
deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a
la mesa a comer juntos.
La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es
necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral.
Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a
la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para
que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen
juntos.
Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas
impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No
pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo,
donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el
pragmatismo o la ostentación.
El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos
una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una
llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio
Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de
calorías en el organismo».
La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra
indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos
fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos
de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por
eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a
Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo
tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.
Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter
biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa
con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en
amistad, compartir el regalo de la vida.
Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que
la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados
por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás
robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos
de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al
mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de
nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.
José Antonio Pagola
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