Sin embargo, la voluntad se ve continuamente amenazada por los apetitos
desordenados. Cuando la persona se deja arrastrar por deseos, gustos o
comodidades, pierde fuerza interior y se dispersa. San Juan describe los
apetitos con imágenes muy expresivas: son como renuevos que roban la savia al
árbol, sanguijuelas que absorben la sangre o parásitos que terminan destruyendo
a quien los alimenta. Lejos de fortalecer al ser humano, lo debilitan, lo
vuelven perezoso para las cosas de Dios, seco para los demás y desgraciado
consigo mismo.
Además, los apetitos oscurecen el juicio. El santo afirma que el apetito es
ciego y que, cuando una persona se deja guiar por él, pierde la capacidad de
discernir correctamente. Como la mariposa atraída por la llama o el pez
engañado por una luz que oculta el anzuelo, el ser humano puede confundirse y
dirigirse hacia aquello que finalmente le perjudica.
La purificación de la voluntad solo es posible mediante la caridad.
Mientras los apetitos buscan el propio beneficio, el amor auténtico impulsa a
buscar el bien del otro sin esperar recompensa. La caridad libera del egoísmo y
conduce a la entrega generosa, siguiendo el dinamismo propio del amor, que todo
lo refiere al amado. Para san Juan, esta virtud es la más importante de todas,
porque solo el amor une verdaderamente con Dios.
El objetivo final del camino espiritual consiste en que la voluntad quede
tan transformada por la caridad que coincida plenamente con la voluntad divina.
Entonces el alma desea únicamente lo que Dios quiere y vive orientada hacia su
gloria. No obstante, antes de alcanzar esta unión perfecta, será necesario
atravesar una purificación más profunda: la noche oscura, donde el amor será
probado y llevado a su madurez definitiva.

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