En un mundo en el que lo que no está de moda creer -al menos de forma
generalizada, aunque parezca que cambia la tendencia-, que haya jóvenes libres
para creer es una buenísima noticia. Porque no lo olvidemos, la moda y lo que
propugna la cultura imperante es ser ateo y criticar la religión y la Iglesia,
y reducirla así al ámbito privado. Porque algunos -también cristianos- pueden
creer que conviene que el Evangelio no moleste, no vaya a ser que la religión
nos diga lo que tenemos que hacer o que perdamos amigos, o potenciales
clientes. Y no olvidemos que para demasiadas personas, en muchos lugares de
Europa, reconocerse cristiano en la universidad, en el trabajo o en la familia
es un auténtico desafío.
Creer hoy en día, es un grito de libertad y de rebeldía, porque enarbola
virtudes, conceptos y palabras que el mundo no quiere ni ver. Es remar a
contracorriente, pero también es celebrar lo que somos, nuestras raíces y
nuestra identidad sin complejos. Ojalá que estos días, nuestros jóvenes no
tengan miedo a hacer lío, como diría Francisco, y recuerden al mundo la alegría
de ser cristiano y que Jesucristo, hoy más que nunca, nos tiene mucho que
decir.
Álvaro Lobo, sj

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