Santo Tomás recoge la tradición antigua de la Iglesia y la transforma en un
himno nuevo. El comienzo remite al célebre «Pange lingua» de Venancio
Fortunato, dedicado a la cruz de Cristo. Pero ahora el centro es el Cuerpo
entregado y la Sangre derramada del Señor,
presentes en el sacramento de la Eucaristía. La cruz y la eucaristía
aparecen, así, inseparablemente unidas: el mismo Cristo que ofreció su vida en
el Calvario se nos entrega sacramentalmente como alimento de vida eterna.
El himno recorre toda la historia de la salvación. Comienza proclamando el
misterio de Cristo, nacido de la Virgen para la redención del mundo. Después
recuerda su vida entre nosotros, «sembrando la palabra», hasta llegar a la
última cena, donde anticipa sacramentalmente el sacrificio de la cruz. La
eucaristía no aparece aislada, sino como culminación de toda la obra de Cristo.
Especialmente conmovedora es la sencillez con que santo Tomás expresa el
misterio de la presencia real: «La palabra es carne y hace carne y cuerpo con
palabra suya lo que fue pan nuestro». Cristo realiza con su palabra lo que
humanamente resulta imposible comprender. La inteligencia queda desbordada ante
el misterio, pero no anulada; es conducida hacia la fe. Por eso, el himno
afirma: «Dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con
asentimiento». No se trata de despreciar la razón, sino de reconocer
humildemente que el amor de Dios es más grande que nuestra capacidad de
comprender.
La música gregoriana ayuda a entrar en este clima de adoración. Su
sobriedad, su ritmo sereno y su carácter contemplativo permiten que el texto
descienda al corazón. Más que «escuchar» una pieza musical, somos invitados a
dejarnos conducir hacia el silencio adorante. El canto se convierte en
plegaria; la teología se transforma en contemplación.
En una cultura marcada por el ruido, la prisa y la superficialidad, este
himno nos invita a recuperar la capacidad de asombro ante el misterio. Cristo
sigue entregándose por nosotros. Sigue haciéndose alimento para sostener
nuestra debilidad y compañero de camino para la peregrinación de la vida. Al
escuchar este canto, la Iglesia de todos los siglos nos enseña nuevamente a
arrodillarnos y adorar.
Esta es la traducción española del texto en latín:
Que la lengua humana
cante este misterio:
la preciosa sangre
y el precioso cuerpo.
Quien nació de Virgen,
Rey del universo,
por salvar al mundo,
dio su sangre en precio.
Se entregó a nosotros,
se nos dio naciendo
de una casta Virgen;
y, acabado el tiempo,
tras haber sembrado
la palabra al pueblo,
coronó su obra
con prodigio excelso.
Fue en la última cena
-ágape fraterno-,
tras comer la Pascua
según mandamiento,
con sus propias manos
repartió su cuerpo,
lo entregó a los Doce
para su alimento.
La palabra es carne
y hace carne y cuerpo
con palabra suya
lo que fue pan nuestro.
Hace sangre el vino,
y, aunque no entendemos,
basta fe, si existe
corazón sincero.
Adorad postrados
este Sacramento.
Cesa el viejo rito;
se establece el nuevo.
Dudan los sentidos
y el entendimiento:
que la fe lo supla
con asentimiento.
Himnos de alabanza,
bendición y obsequio;
por igual la gloria
y el poder y el reino
al eterno Padre
con el Hijo eterno
y el divino Espíritu
que procede de ellos.
Amén.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd

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