viernes, 5 de junio de 2026

PANGE LINGUA.

 



 Canto gregoriano con letra explicado. El himno «Pange lingua», compuesto por santo Tomás de Aquino, es una de las cumbres de la poesía litúrgica cristiana. Compuesto para la fiesta del «Corpus Christi» en el siglo XIII, une admirablemente la precisión teológica, la belleza literaria y la profundidad espiritual. No es un simple canto devocional: es una verdadera contemplación del misterio eucarístico hecha oración.

Santo Tomás recoge la tradición antigua de la Iglesia y la transforma en un himno nuevo. El comienzo remite al célebre «Pange lingua» de Venancio Fortunato, dedicado a la cruz de Cristo. Pero ahora el centro es el Cuerpo entregado y la Sangre derramada del Señor,

presentes en el sacramento de la Eucaristía. La cruz y la eucaristía aparecen, así, inseparablemente unidas: el mismo Cristo que ofreció su vida en el Calvario se nos entrega sacramentalmente como alimento de vida eterna.

El himno recorre toda la historia de la salvación. Comienza proclamando el misterio de Cristo, nacido de la Virgen para la redención del mundo. Después recuerda su vida entre nosotros, «sembrando la palabra», hasta llegar a la última cena, donde anticipa sacramentalmente el sacrificio de la cruz. La eucaristía no aparece aislada, sino como culminación de toda la obra de Cristo.

Especialmente conmovedora es la sencillez con que santo Tomás expresa el misterio de la presencia real: «La palabra es carne y hace carne y cuerpo con palabra suya lo que fue pan nuestro». Cristo realiza con su palabra lo que humanamente resulta imposible comprender. La inteligencia queda desbordada ante el misterio, pero no anulada; es conducida hacia la fe. Por eso, el himno afirma: «Dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con asentimiento». No se trata de despreciar la razón, sino de reconocer humildemente que el amor de Dios es más grande que nuestra capacidad de comprender.

La música gregoriana ayuda a entrar en este clima de adoración. Su sobriedad, su ritmo sereno y su carácter contemplativo permiten que el texto descienda al corazón. Más que «escuchar» una pieza musical, somos invitados a dejarnos conducir hacia el silencio adorante. El canto se convierte en plegaria; la teología se transforma en contemplación.

En una cultura marcada por el ruido, la prisa y la superficialidad, este himno nos invita a recuperar la capacidad de asombro ante el misterio. Cristo sigue entregándose por nosotros. Sigue haciéndose alimento para sostener nuestra debilidad y compañero de camino para la peregrinación de la vida. Al escuchar este canto, la Iglesia de todos los siglos nos enseña nuevamente a arrodillarnos y adorar.

Esta es la traducción española del texto en latín:

Que la lengua humana

cante este misterio:

la preciosa sangre

y el precioso cuerpo.

Quien nació de Virgen,

Rey del universo,

por salvar al mundo,

dio su sangre en precio.

Se entregó a nosotros,

se nos dio naciendo

de una casta Virgen;

y, acabado el tiempo,

tras haber sembrado

la palabra al pueblo,

coronó su obra

con prodigio excelso.

Fue en la última cena

-ágape fraterno-,

tras comer la Pascua

según mandamiento,

con sus propias manos

repartió su cuerpo,

lo entregó a los Doce

para su alimento.

La palabra es carne

y hace carne y cuerpo

con palabra suya

lo que fue pan nuestro.

Hace sangre el vino,

y, aunque no entendemos,

basta fe, si existe

corazón sincero.

Adorad postrados

este Sacramento.

Cesa el viejo rito;

se establece el nuevo.

Dudan los sentidos

y el entendimiento:

que la fe lo supla

con asentimiento.

Himnos de alabanza,

bendición y obsequio;

por igual la gloria

y el poder y el reino

al eterno Padre

con el Hijo eterno

y el divino Espíritu

que procede de ellos.

 

Amén.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

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