jueves, 4 de junio de 2026

EUCARISTÍA

 



 

 

No me gusta el fútbol. Lo he intentado multitud de veces y siempre me ha parecido un espectáculo difícil de comprender. Hasta que reparé en la dificultad que existía: no entiendo el fútbol, porque nadie en mi familia es futbolero, nadie sigue la liga ni los partidos, nadie se ha detenido a explicarme las reglas del juego.

Cuando veo a los niños que año tras año pasan por la iglesia, vienen a misa, hacen la primera comunión y desaparecen, pienso que hemos perdido la oportunidad de explicarles las reglas del juego. Hace un tiempo una bienintencionada madre me decía que habría que hacer las misas más dinámicas, participativas y divertidas. Su hijo se aburría. Pero estoy seguro de que infantilizar la celebración de la misa no es la solución.

Quizá sea necesario explicar las reglas del juego, el sentido profundo de la Eucaristía, para que se entienda, se viva y se entre en el juego. Es cierto que hay que hacer ciertas concesiones, hay que dejar que los niños trasteen las cosas y explicarles que asisten a un acto que es propio de los mayores. Todos hemos querido que nos traten como mayores cuando hemos sido pequeños.

No perdamos de vista una idea. Toda la pastoral de la Iglesia debe conducir a la participación de los sacramentos donde verdaderamente somos salvados. Pero esa participación debe ser mínimamente consciente y, a fuerza de revestir la asistencia buscando enganchar al público, se puede poner el acento en lo secundario, perdiendo de vista lo fundamental. No asistimos simplemente a una ceremonia, más o menos enriquecida, sino que participamos en el misterio central de nuestra salvación. Lo que debe llevarnos a preguntarnos: ¿qué pasa realmente en el altar?

Redescubrir el significado de los gestos, las respuestas, los ritos… la liturgia muchas veces no necesita ser explicada pero su lenguaje puede resultar poco evidente para muchos de nuestros fieles que ya no entienden la procedencia de los símbolos.

Existe la necesidad de conocer las diversas partes de la misa y redescubrir la belleza que se esconde detrás de cada elemento. En una cultura saturada de mensajes la celebración digna y serena de la liturgia puede ser una oportunidad en la que la belleza irrumpa en el corazón abriéndolo a lo trascendente.

Por último, sería interesante que destacásemos cómo la Eucaristía está llamada a hacerse vida. Esto quiere decir que nos dispone a una entrega real que nos lleva al encuentro con Dios y con los hermanos. Quien participa en la Eucaristía no puede quedar indemne, sino que poco a poco va rompiendo las barreras de su individualismo para vivir la comunión de amor en la Iglesia y la preocupación auténtica por los hermanos.

El mejor testimonio de la centralidad de la Eucaristía no son los discursos sobre ella, sino las vidas que cambian gracias a ella. La comunión sacramental debe traducirse en una existencia marcada por la caridad. Solo así la Eucaristía volverá a ser el corazón palpitante de la vida cristiana.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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