No
me gusta el fútbol. Lo he intentado multitud de veces y siempre me ha parecido
un espectáculo difícil de comprender. Hasta que reparé en la dificultad que
existía: no entiendo el fútbol, porque nadie en mi familia es futbolero, nadie
sigue la liga ni los partidos, nadie se ha detenido a explicarme las reglas del
juego.
Cuando veo a los niños que año tras año pasan por la iglesia,
vienen a misa, hacen la primera comunión y desaparecen, pienso que hemos
perdido la oportunidad de explicarles las reglas del juego. Hace un tiempo una
bienintencionada madre me decía que habría que hacer las misas más dinámicas,
participativas y divertidas. Su hijo se aburría. Pero estoy seguro de que
infantilizar la celebración de la misa no es la solución.
Quizá sea necesario explicar las reglas del juego, el sentido
profundo de la Eucaristía, para que se entienda, se viva y se entre en el
juego. Es cierto que hay que hacer ciertas concesiones, hay que dejar que los
niños trasteen las cosas y explicarles que asisten a un acto que es propio de
los mayores. Todos hemos querido que nos traten como mayores cuando hemos sido
pequeños.
No perdamos de vista una idea. Toda la pastoral de la Iglesia
debe conducir a la participación de los sacramentos donde verdaderamente somos
salvados. Pero esa participación debe ser mínimamente consciente y, a fuerza de
revestir la asistencia buscando enganchar al público, se puede poner el acento
en lo secundario, perdiendo de vista lo fundamental. No asistimos simplemente a
una ceremonia, más o menos enriquecida, sino que participamos en el misterio
central de nuestra salvación. Lo que debe llevarnos a preguntarnos: ¿qué pasa
realmente en el altar?
Redescubrir el significado de los gestos, las respuestas, los
ritos… la liturgia muchas veces no necesita ser explicada pero su lenguaje
puede resultar poco evidente para muchos de nuestros fieles que ya no entienden
la procedencia de los símbolos.
Existe la necesidad de conocer las diversas partes de la misa y
redescubrir la belleza que se esconde detrás de cada elemento. En una cultura
saturada de mensajes la celebración digna y serena de la liturgia puede ser una
oportunidad en la que la belleza irrumpa en el corazón abriéndolo a lo
trascendente.
Por último, sería interesante que destacásemos cómo la
Eucaristía está llamada a hacerse vida. Esto quiere decir que nos dispone a una
entrega real que nos lleva al encuentro con Dios y con los hermanos. Quien
participa en la Eucaristía no puede quedar indemne, sino que poco a poco va
rompiendo las barreras de su individualismo para vivir la comunión de amor en
la Iglesia y la preocupación auténtica por los hermanos.
El mejor testimonio de la centralidad de la Eucaristía no son
los discursos sobre ella, sino las vidas que cambian gracias a ella. La
comunión sacramental debe traducirse en una existencia marcada por la caridad.
Solo así la Eucaristía volverá a ser el corazón palpitante de la vida
cristiana.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

No hay comentarios:
Publicar un comentario