viernes, 10 de abril de 2026

HA RESUCITADO ¡ALELUYA!

 


La Pascua no es un recuerdo: es una sacudida.

Es la piedra corrida de nuestros sepulcros cotidianos.

Es la noticia que cambia el tono de la vida: la muerte no tiene la última palabra.

Hoy venimos con cicatrices, con cansancios, con preguntas sin responder.

Venimos con la fe a veces firme y a veces temblorosa.

Como Tomás, hemos querido tocar para creer.

Como María Magdalena, hemos llorado frente a ausencias que dolían demasiado.

Como los discípulos de Emaús, muchas veces hemos caminado tristes, pensando que todo había terminado.

Y, sin embargo, en medio del miedo, de la noche y del desencanto, una voz vuelve a pronunciar nuestro nombre.

Una voz que no grita, pero vence el ruido del mundo.

Una voz que no obliga, pero abre caminos.

Una voz que dice: “No tengáis miedo”.

La Resurrección es eso:

la certeza de que siempre hay un amanecer después de la noche,

que el dolor no define para siempre nuestra historia,

que caer no es fracasar,

y que levantarse sigue siendo posible.

Resucitar hoy es volver a creer en la vida cuando parecía agotada.

Es volver a sonreír después del llanto.

Es apostar por la bondad en un tiempo de cinismos.

Es cuidar, perdonar, recomenzar.

Es seguir adelante aunque el corazón haya conocido el peso de la cruz.

Porque creer no es no tener dudas.

Creer es caminar con ellas sin dejar de buscar la luz.

Tener fe no es vivir sin heridas.

Es descubrir que incluso por las heridas entra la esperanza.

La Pascua nos llama a levantarnos.

A no instalarnos en el miedo.

A no vivir encerrados en nuestras tumbas interiores: la tristeza, el rencor, la rutina, la desesperanza.

Hoy se nos anuncia que la piedra puede moverse.

Que todavía queda mucho por vivir.

Mucho por amar.

Mucho por construir.

Es tiempo de levantarnos.

De limpiar las lágrimas.

De abrir ventanas.

De volver a soñar.

Porque Cristo ha resucitado,

y con Él resucita la posibilidad de una vida más honda, más libre, más luminosa.

Que nadie nos robe la esperanza.

Que nadie nos convenza de que ya es tarde.

Que nadie nos haga olvidar que el amor siempre tiene futuro.

Hoy es Pascua.

Hoy la vida vence.

Hoy la fe se pone en pie.

Hoy la esperanza florece.

Y nosotros, heridos quizá, cansados tal vez, pero vivos,

volvemos a decir con el alma encendida:

¡Sí merece la pena creer!

¡Sí merece la pena esperar!

¡Sí merece la pena amar!

¡Sí merece la pena soñar!

Porque Él vive.

Y si Él vive, siempre hay un mañana.

 

Javier Leoz

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