«¡Alegría!, ¡alegría!, ¡alegría!» Desde el primer verso resuena el tono
propio de la Pascua. La repetición es una proclamación jubilosa: el gozo
cristiano nace del acontecimiento inaudito de la resurrección de Cristo. La
muerte, que parecía definitiva, «va malherida» y «de vencida». No ha
desaparecido todavía del mundo, pero ha perdido su dominio. Los sepulcros
quedan «desiertos», porque la tumba ya no es la última palabra sobre el destino
humano.
«Quien le lloró muerto lo encontró en el huerto». El poema evoca con
delicadeza la escena evangélica de María Magdalena en el huerto la mañana de
Pascua. La mujer que había venido a llorar a un muerto descubre al Viviente.
Primero cree ver a un jardinero, pero esa intuición encierra una verdad más
profunda de lo que ella misma imagina: Cristo resucitado es, en cierto modo, el
jardinero de la nueva creación. Así como el primer jardín de la humanidad fue
escenario del pecado, ahora el huerto de la resurrección inaugura una creación
renovada. Aquel que fue visto «colgar del madero» aparece ahora como el que
hace florecer «rosas y olivos», signos de belleza, vida y paz.
«En el cielo se canta victoria». En la última estrofa el horizonte se
ensancha todavía más. Las «puertas selladas» que son derribadas evocan tanto el
sepulcro abierto como las puertas del cielo. La Pascua no es solo el triunfo
personal de Jesús sobre la muerte; es también la apertura definitiva del
destino humano. Aquellas «muchas moradas» de las que habla el evangelio ya no
están cerradas para el hombre: el Resucitado ha entrado en ellas y ha llevado
consigo a la humanidad.
El poema, por tanto, no solo canta un acontecimiento pasado, sino que
anuncia una realidad presente y una esperanza futura. Porque Cristo ha
resucitado, el dolor puede transformarse en alegría, el llanto en anuncio y la
muerte en paso hacia la vida. La Pascua convierte a los creyentes en mensajeros
de esta noticia: decid a los muertos, decid a los vivos… ¡ha renacido la Vida!
¡Alegría!, ¡alegría!, ¡alegría!
La muerte, en huida,
ya va malherida.
Los sepulcros se quedan desiertos.
Decid a los muertos:
«¡Renace la Vida,
y la muerte ya va de vencida!»
Quien le lloró muerto
lo encontró en el huerto,
hortelano de rosas y olivos.
Decid a los vivos:
«¡Viole jardinero
quien le viera colgar del madero!»
Las puertas selladas
hoy son derribadas.
En el cielo se canta victoria.
Gritadle a la gloria
que hoy son asaltadas
por el hombre sus «muchas moradas». Amén.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd

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