Recordemos que en la Biblia el número siete evoca la perfección, la
totalidad, la plenitud (es el resultado de sumar tres más cuatro, la plenitud
divina y la humana). Por eso son siete los días de la creación (Gén 1,1-2,4),
siete brazos tiene el candelabro que arde ante el Señor (Éx 25,37), las fiestas
de Pascua y de las Tiendas duran siete días, cada siete semanas de años se
celebra un año jubilar (Dt 15,1), los judíos dieron siete vueltas a Jericó (Jos
6,3-4), Naamán tuvo que bañarse siete veces en el Jordán (2Re 5,14), Juan
recoge siete «signos» en su evangelio, el perdón debe ofrecerse setenta veces
siete (Mt 18,22) y todo lo que hace referencia a Dios en el Apocalipsis va en
grupos de siete (cartas, sellos, copas, trompetas, etc.).
Esto indica que perdonar setenta veces siete significa que debemos estar
dispuestos a perdonas siempre, aunque nos cueste.
Lo que a nosotros nos sale espontáneo es el egoísmo y el instinto de
venganza. El Antiguo y el Nuevo Testamento nos indican que el camino que
deberíamos seguir no es ese, sino el del servicio y el perdón.
No es fácil, pero tampoco es imposible si contamos con la ayuda del Señor.
Pidámosle que nos conceda un corazón como el suyo, para que podamos amar y
perdonar a todos, también a nuestros enemigos.
A partir de otra lectura parecida, hice una reflexión detenida y recogí
varias citas en las que Jesús pide que nunca nos cansemos de perdonar, que
amemos a todos, incluso a los que nos han hecho daño. Pueden verla aquí:
- La fuerza del perdón. Amar a los enemigos y perdonar sin límites para
imitar al Padre celestial, que es misericordioso con todos es difícil. Aún no
estamos a la altura, pero estamos en camino. Tras cada caída, debemos
levantarnos confiando en la misericordia divina. Amar al enemigo no implica
simpatía, sino no desearle el mal y hacerle el bien si es posible. El
evangelio, siempre antiguo y nuevo, nos invita a ponerlo en práctica con la
ayuda del Señor.
Eduardo Sanz de Miguel, ocd
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