La
crisis de la vivienda en España ha quedado al descubierto durante los últimos
días. Las protestas que ha provocado el desalojo de Maricarmen han manifestado
que existe un problema real en la sociedad española. Entre las múltiples
noticias, una me ha llamado especialmente la atención, “los protestones” de la
Puerta del Sol se han quejado del sonido de las campanas del reloj.
Estamos ante una “protesta 2.0”. La polémica por las campanas de
la Puerta del Sol va más allá de la anécdota para convertirse en la metáfora de
una época que quiere protestas visibles, contundentes, capaces de alterar la
normalidad, pero siempre dentro de una burbuja de comodidad. Protestar, sí;
pero incomodarnos, poquito.
Vivienda, ocupaciones, desalojos… detrás de los conceptos y las
luchas políticas están los que necesitan una casa y los que han invertido sus
ahorros en una propiedad. Como siempre, la tendencia es simplificar. La Iglesia
defiende el destino universal de los bienes, es decir, que están destinados al
conjunto de la humanidad. También defiende que existe el derecho de toda
persona a vivir de forma digna, pero esto, no convierte la propiedad privada en
un derecho ilegítimo.
La propiedad tiene una función social y es un derecho que debe
ser protegido. Esto no convierte al propietario en un malvado especulador, ni
transforma al necesitado en un problema que deba ser apartado de nuestra vista.
No es razonable convertir a quien posee un piso en responsable directo de
solucionar un fallo estructural que corresponde remediar a los poderes
públicos. No se trata de hacer cargar a un débil con las necesidades de otro
débil.
Entre ambos derechos no puede haber una batalla de buenos contra
malos. El derecho a la vivienda requiere respuestas públicas eficaces; y el
derecho a la propiedad exige seguridad jurídica, de forma que el propietario no
quede abandonado ante una situación que no ha creado. La sociedad justa
consiste en que se repartan responsabilidades, se proteja al más vulnerable y
se respete a quien, legítimamente, tiene algo que perder.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
