miércoles, 25 de julio de 2012
martes, 24 de julio de 2012
Lo que habéis contemplado
En
la espiritualidad bíblica saber y sabor comparten significado. En este sentido,
el hombre que llega a saber y, por lo tanto, degustar y saborear la Palabra –como, por
ejemplo, Jeremías- en realidad está degustando y saboreando a Dios. Recordemos
a este respecto a san Agustín, quien nos dice que el alma tiene su propio
paladar con el que podemos llegar a saborear a Dios.

LO QUE HABÉIS CONTEMPLADO
Jesús se presenta ante el mundo entero y ante cada
hombre en particular como el revelador del Padre, como la luz que nos permite
sondear su misterio; el oftalmólogo por excelencia que tiene poder para sanear
las pupilas de “los ojos interiores del alma” (San Jerónimo), capacitándolos
así para contemplar el Rostro.
No hace falta
ningún milagro para que esto suceda; me refiero, claro está, a cómo entendemos
a nivel popular el concepto de milagro en cuanto fenómeno esporádico que
traspasa la naturaleza y vinculado a personas concretas, específicas, en
situaciones y momentos específicos.
Sí es, sin
embargo, el gran milagro de Dios, el de hacerse fiable e incluso visible por
medio de la Palabra en su Hijo, a quien constituye como su Revelador; y por si
fuera poco -y aquí ya el asombro nos desborda- también sus discípulos
participan de esta misión del Hijo de ser reveladores del Rostro y del Misterio
de Dios. En definitiva, todo aquel que con sus ojos interiores contempla en las
entrañas de la Palabra de Dios su luz, la irradian; por eso son luz de Dios
para el mundo. Porque son por participación irradiadores del Rostro de Dios al
igual que el Hijo, participan también de la excelencia de su pastoreo: son
pastores según su corazón. Lo son porque, al igual que Juan Bautista, han recibido
y acogido con gratitud la misión de “iluminar a los que viven en tinieblas y en
sombras de muerte” (Lc 1,79).
La Iglesia
siempre tuvo conciencia clarísima de cuál era su misión en el mundo: darle a
conocer lo que “habían visto, oído, palpado y contemplado acerca de la Palabra
de la vida” (1Jn 1,1). Juan se refiere al anuncio de Jesús resucitado, a quien
todos los cristianos encontraban cada día vivo en el Evangelio. Este tipo de
anuncio y predicación no tenía como finalidad ganar adeptos o prosélitos; sus
miras eran mucho, muchísimo más elevadas. Con las entrañas paterno-maternales
con las que el Hijo de Dios les había enriquecido y formado en su pastoreo,
iban con su Palabra-luz al encuentro de los hombres a fin de tejer con ellos
una comunión desconocida, puesto que solamente es posible desde Dios. El
fundamento de esta comunión no era otro que el participar con ellos del: oír,
ver, palpar y contemplar a Dios en la Palabra de la vida. Es el mismo Juan
quien nos lo dice: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que
también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1Jn 1,3).
Recordemos la
feliz intuición catequética de san Ireneo: “La vida del hombre es ver a Dios”.
Ahora le vemos como en un espejo; más adelante le veremos cara a cara, como dice
el apóstol Pablo (1Co 13,12). Para ello hemos de ir a la Palabra con tanta
pobreza como amor, con la certeza interior de que si Dios no se nos abre en
ella, no hay predicación de lo alto, la que realmente llega al interior del
hombre. Es un ir a la Palabra “sin sabérsela”, de la misma forma que lo finito
se sitúa hambriento y expectante ante el Infinito. Es un situarse ante Dios
esperando que asome su Rostro para contemplarlo. Esto no son consideraciones
poéticas ni veleidades literarias, es el eje fundamental de la predicación. Sin
esta experiencia contemplativa de la Palabra, el predicador se ve abocado a
hablar solamente de lo “mucho que sabe” o, peor aún, de sí mismo, de sus obras
o de la institución eclesial de la que es miembro.
“Contemplar y
predicar a los otros lo que habéis contemplado”, dice Santo Tomás en sus
escritos. Si bien es cierto que los destinatarios eran en aquel tiempo sus
hermanos los dominicos, su intuición catequética es patrimonio de la Iglesia
entera, de todos los predicadores del Evangelio. Es toda una declaración que marca un estilo
o, para ser más exactos, el único estilo posible que identifica a los pastores
según Dios. Al no predicar desde ellos mismos sino desde la luz que irradia la Palabra
bajo la cual han plantado su tienda, se convierten, tal y como les había
prometido y profetizado su Señor y Maestro, en luces para el mundo entero.
Recojamos,
ahora sí con calma, las palabras que a este respecto Jesús dirigió a sus
discípulos, y que trazaron, al menos en parte, las líneas maestras de su
misión, su pastoreo, su servicio a la humanidad: “Vosotros sois la luz del
mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte… Brille así
vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,14-16).
Brille así
vuestra luz para que los hombres vean vuestras buenas obras, les dice Jesús. Si
nos fijamos bien en el hablar y hacer de Jesús tal y como consta en el
Evangelio, descubriremos que, dada la
lógica dificultad que los israelitas tienen para reconocer su divinidad, apela
a las obras que hace desde y en nombre de su Padre; es a través de ellas que
pueden llegar a saber que, como Él mismo atestigua, “el Padre está en mí y yo
en el Padre” (Jn 10,37-38).
Como muestra de
lo que estamos afirmando, podemos recordar lo que dice Jesús cuando se dispone
a curar al ciego de nacimiento citado por Juan. Recordemos que sus discípulos
le preguntaron si la ceguera de este hombre era debida a sus pecados o bien a
los de sus padres. La respuesta de Jesús es categórica: “Ni él pecó ni sus
padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9,3). Viendo
esta obra, Israel podrá reconocer que Jesús es el Mesías, luz de las naciones,
profetizado por Isaías (Is 46,49-6). Anunciado, pues, por los profetas y
confirmado por Simeón cuando recién nacido lo tuvo en sus brazos: “… Mis ojos
han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,30-32).
Jesús, Luz del
mundo entero, Revelador del rostro del Padre, envía a sus pastores como
antorchas luminarias del misterio de Dios. De hecho vemos cómo pasa a Pablo lo
que podríamos llamar el testigo de su misión, la de ser luz de las naciones; le
envía a los gentiles con la urgencia evangélica de anunciarles lo que ha visto
de Él y lo que continuará viendo, dado que seguirá manifestándosele a lo largo
de su pastoreo: “Me he aparecido a ti para constituirte servidor y testigo tanto
de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Yo te libraré
de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras
los ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz” (Hch 26,16-18).
“Para que vean
vuestras obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”, había
dicho Jesús a sus discípulos, aquellos que iban a continuar su pastoreo.
Volviendo a Pablo, fijémonos en el impacto que tuvo en la primera cristiandad
su encuentro con Jesucristo así como la aceptación de su llamada:
“Personalmente no me conocían las Iglesias de Judea que están en Cristo.
Solamente habían oído decir: El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena
nueva de la fe que entonces quería destruir. Y glorificaban a Dios a causa de
mí” (Gá 1,22-24). He aquí a Pablo a quien vemos, por supuesto que al igual que
a los demás apóstoles, como paradigma de los pastores según el corazón de Dios.
Nos impresiona su respuesta ante la llamada recibida. Toda su vida fue una
irradiación de la gloria, el amor, la salvación y el rostro de Aquel que ama al
hombre con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas… Así son
también sus pastores.
sábado, 21 de julio de 2012
10 cosas que hay que hacer (o evitar) en la
evangelización online


Copio de libertad
digital este artículo de Matthew Warner
ingeniero, padre de familia, creador de la red Flocknote (www.flocknote.com), de www.tweetcatholic.com y uno de los autores que escriben en el libro“The
Church and New Media”. También
es responsable del blog “Fallible Blogma” (www.fallibleblogma.com). Aquí se recogen sus ideas muy brevemente:
1. EVITA: Fingir, representar un papel, posar. LO QUE HAY
QUE HACER: Sé tú mismo.
”No pasa nada porque no seamos perfectos, de hecho es una
ventaja. La gente puede entenderlo. La forma más segura de ser original es ser
tú mismo. No finjas”.
2. EVITA: Juzgar y condenar a las personas. LO QUE HAY QUE
HACER: Decir la verdad sobre sus actos
”San Efrén decía: sé amable con todos los que encuentres,
porque cada persona lucha una gran batalla. No sabes lo que está viviendo ni
por lo que pasa otra persona. Dale el beneficio de la duda y empieza amándola.
Pero, si la amas de verdad, asegúrate de compartir la verdad con ella acerca de
sus acciones, por su bien, no por el tuyo”.
3. LO QUE HAY QUE HACER: Predicar siempre el Evangelio.
EVITA: Usar palabras, excepto cuando sea necesario.
”La mejor forma de evangelizar son tus acciones, no tus
palabras. Esto también se aplica online. No uses los medios de comunicación
sólo para promover la fe. Úsalos para practicar la fe”.
4. EVITA: Discutir para ganar debates. LO QUE HAY QUE HACER:
Relacionarse con personas para ganar corazones para Cristo.
”No busques peleas. Busca personas con necesidad y
pregúntales cómo puedes ayudarlas”.
5. EVITA: Olvidar que la evangelización eficaz empieza con
relaciones. LO QUE HAY QUE HACER: Empieza con las relaciones que ya tienes.
”Dios ya ha colocado gente en tu vida a la que servir. Quizá no te gusten. Pero quizá esa es la clave”.
”Dios ya ha colocado gente en tu vida a la que servir. Quizá no te gusten. Pero quizá esa es la clave”.
6. EVITA: Centrarte en señalar que todos los demás hacen
mal. LO QUE HAY QUE HACER: Comparte lo que has descubierto que es bueno.
“Cualquiera puede
sentarse a señalar lo mal que lo hacen todos los demás. Es más eficaz si puedes
compartir lo magnífico lo bueno. Detrás de cada no en las reglas de la Iglesia hay un sí profundo
que da plenitud. Que la gente lo sepa”.
7. EVITA: Fingir que siempre tienes la razón. LO QUE HAY QUE
HACER: Admitirlo cuando te equivocas.
Es bueno para la humildad, es bueno para construir
relaciones… porque es cierto. No es necesario que tengas respuesta para todo.
Súmate al viaje en su busca. La
Iglesia es un hospital para pecadores, no un museo para
santos.
8. EVITA: Decir lo que te viene en gana. LO QUE HAY QUE
HACER: Repasar, editar y corregir lo que dices: piensa a quién puede afectar.
Tus palabras y acciones pueden tener ramificaciones que no pensabas. Hay gente que puede leer o escuchar lo que dices. Unas palabras descuidadas pueden hacer daño a mucha gente.
Tus palabras y acciones pueden tener ramificaciones que no pensabas. Hay gente que puede leer o escuchar lo que dices. Unas palabras descuidadas pueden hacer daño a mucha gente.
9. EVITA: Hablar más de lo que escuchas. LO QUE HAY QUE
HACER: Dedicar más tiempo a conocer tu fe que a predicarla.
Si vas a compartir algo de algún valor, asegúrate que
dedicas tiempo a llenarte primero de cosas buenas.
10. EVITA: Olvidar que tu alegría es evangelizadora. LO QUE
HAY QUE HACER: Dejar una sonrisa alegre en tu presencia online.
“Santa Teresa de Ávila decía que un santo triste es un
triste santo. La alegría es atractiva y contagiosa. No vende mucho hablar con
enfado del gozo y la paz que la fe te dan. Hazlo con corazón alegre”.
Y Matthew Warner concluye con una pregunta a los lectores:¿qué
más cosas añadirías que hay que hacer y evitar para evangelizar en
Internet?
martes, 17 de julio de 2012
REVELADORES DE SU ROSTRO
Cuando
la relación entre los discípulos del
Señor Jesús y su Evangelio es conforme a la Verdad , provoca caminos que iluminan las noches
de los hombres. Éstos son bañados por la
Luz que nace de la escucha de la predicación, confiada por el
Hijo de Dios a los que hicieron de su Evangelio la gran pasión de sus vidas.
REVELADORES DE SU ROSTRO
El contenido
catequético de Jesús en cuanto revelador del rostro y del misterio del Padre,
ha sido tratado en un sinnúmero de libros, artículos, simposios, etc., a lo
largo de la Historia. No obstante, es nuestra intención trascender el tema de
“Jesús revelador de Dios Padre”, desde el punto de vista de investigación
académica, y entrar en el campo de la experiencia que es donde emerge la fe
como fuente de vida.
Situados en
este espacio vital, iniciamos, por supuesto desde las Escrituras, nuestra
andadura espiritual, nuestra búsqueda, con el fin de encontrar el Rostro del
Padre en el Rostro de su Hijo, para no caer en el peligro de hacer afirmaciones
apoyadas únicamente en corazonadas o en anhelos subjetivos.
Las primeras
palabras de Jesús en las que fijamos nuestros ojos y oídos, son aquellas que
proclama después de haber liberado a la mujer adúltera de las manos justicieras
de unos hombres que ni siquiera eran conscientes de sus propios pecados.
Después de decir a esta mujer, “vete y en adelante no peques más…”, se vuelve
hacia ellos, que son víctimas de sus propios engaños y fanatismos, en estos
términos: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad,
sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Partamos con nuestras manos
temblorosas, el temblor gozoso de quien se siente a gusto junto a Dios, estas
palabras. Jesús, “resplandor de la gloria de Dios Padre” (Hb 1,3), hace
partícipe de su Luz al mundo entero y, además, promete que las tinieblas se
rendirán ante todos los hombres y mujeres que siguen sus pasos.
Grande, sublime
es esta promesa del Señor Jesús a los suyos; nuestro asombro y perplejidad se
agigantan al oír de la boca de su Maestro y Señor que, justamente porque
participan de su resplandor, también ellos son “luz del mundo” (Mt 5,14).
También, pues, los discípulos de Jesucristo, pastores según su corazón por su
cercanía, son a causa de la llamada recibida y misión confiada, reveladores del
Rostro de Dios Padre en favor del mundo entero.
De todas formas
no adelantemos acontecimientos. Nos centramos, pues, en contemplar al Señor
Jesús a fin de reconocerle como el revelador supremo del Rostro del Padre; por
eso es el Pastor por excelencia según el corazón de Dios anunciado por los
profetas (Jr 3,15). Ante su luz doblegó Pablo su cuerpo y su ser entero; fue
tal la experiencia que le llamó “Imagen de Dios invisible” (Col 1,15). Juan
Pablo II comenta exegéticamente esta magistral definición del apóstol en los
siguientes términos: “La luz del rostro de Dios resplandece en toda su belleza
en Jesucristo”.
Dicho esto,
pasamos al binomio creer-ver, es decir,
a su correspondencia. No es un binomio acuñado por ningún exegeta o
estudioso de la Biblia, sino por el mismo Hijo de Dios. Él es quien proclama
solemnemente que todo aquel que cree en Él, cree en el Padre, y que quien le ve
a Él, ve al Padre: “Jesús gritó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino
en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado”
(Jn 12,44-45).
miércoles, 11 de julio de 2012
LA MEJOR PARTE
Evangelio y predicación: he ahí el binomio inseparable. Sólo la vinculación al Evangelio libra al predicador de hablar de sí mismo y de sus cosas. Recordemos lo que dice san Agustín: “Quien no se aplica a escuchar en su interiorla Palabra de Dios será
hallado vacío en su predicación externa”.

Evangelio y predicación: he ahí el binomio inseparable. Sólo la vinculación al Evangelio libra al predicador de hablar de sí mismo y de sus cosas. Recordemos lo que dice san Agustín: “Quien no se aplica a escuchar en su interior

LA MEJOR PARTE
Por supuesto
que Dios continúa levantando en el mundo pastores según su corazón que, a su
vez, levanten y afirmen sobre sus pies, a las inmensas muchedumbres de vejados
y abatidos que malviven en todas y cada una de las naciones de la tierra.
Llamados por la fuerza de su Palabra, encuentran su lugar, al igual que María
de Betania, en el que pueden alargar sus oídos hacia su Maestro. Es por ello
que esta mujer, en su estar junto al Hijo de Dios, se nos presenta como un
espejo que les ayuda a reconocerse en su identidad de pastores. Saben que son
administradores de los Misterios de Dios
(1Co 4,1) que les son confiados por su Maestro por medio de su Palabra, su
Evangelio.
Hay además en
María de Betania, en su estar cara a cara con el Señor Jesús, una faceta, un
matiz, que abre un campo infinito de libertad a aquellos que sienten la llamada
a ser pastores como los que Dios busca: según su corazón. Podríamos definirles
también pastores según la Palabra que les ha sido confiada. Hablamos de la
libertad que nace del hecho de haber elegido, al igual que María de Betania,
“la mejor parte”, como testificó Jesús. La eligieron para ellos y para que su
servicio a los hombres tuviera como fundamento no su propia sabiduría sino la
que reciben de su Señor, como confiesa Pablo: “Pues yo, hermanos, cuando fui a
vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros
el misterio de Dios… Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los
persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del
Espíritu…” (1Co 2,1-4).
Justamente por
esta su diáfana y transparente libertad, así como por la persuasión interior de
haber sido enriquecidos por la Palabra y Sabiduría de Dios de cara a la
predicación, son y están inmunes a la lacra de la envidia, que no pocas veces
actúa como auténtico carcoma en el alma de tantos bautizados, sea cual sea su
servicio o carisma. Pablo llama a éstos pobres hombres “superapóstoles” (2Co
12,11).
No envidian
absolutamente a nadie, sea quien sea, haga lo que haga, ocupe el cargo que
ocupe, reciba los agasajos que reciba, pues son conscientes de que han
recibido, y también aceptado, elegido, la mejor parte, y están a gusto. No
envidian a causa de un ejercicio ininterrumpido de ascesis o sacrificios para
dominarse, no. Si no envidian es porque no tienen nada que envidiar; viven su
plenitud por el hecho de estar donde están y por hacer lo que hacen.
Están donde
están y oyen a su Maestro que les dice confidencialmente: “No os llamo ya
siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os llamo
amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn
15,15). Por otra parte, están más que contentos con su hacer: dan, comunican al
hombre palabras de Vida (Hch 7,38b). Se las pueden dar por su estar con el oído
abierto ante el Evangelio. Su relación oído-Evangelio ha dado lugar a una
simbiosis. Aclaro esto: De una escucha amorosa y constante del Evangelio por la
que el Maestro se lo va explicando y revelando (Mc 4,34), acontece entre el
discípulo y la Palabra una especie de simbiosis, una identidad. En realidad es
como si se hicieran uno con las palabras que Dios pone en sus bocas, como en el
caso de Jeremías (Jr 1,9).
Con estas
palabras van al encuentro de los postrados y dolientes de la tierra, los
engañados por Satanás, el mentiroso por excelencia (Jn 8,44). Estos hombres,
tan urgentemente necesitados de amor, exultan y se abren a la vida ante la Voz:
“En verdad, en verdad os digo: Llega la hora, ya estamos en ella, en que los
muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán” (Jn 5,25).
Ahora entendemos mejor por qué estos pastores nunca podrán envidiar a nadie. El
ministerio que el Señor les confía es la música que emana de la “mejor parte” que Él les propuso, y que
ellos aceptaron y eligieron.
viernes, 6 de julio de 2012
LA VOCACIÓN


La
vocación no es solo un gusto, no es solo una inclinación,
no
es solo querer, no es solo poder.
Es la vocación la que nos tiene a nosotros,
es
ella la que nos va teniendo a medida que afinamos nuestro oído.
A
medida que nuestros ojos descubren que alguien ha de repartir
el
Cuerpo de Cristo, la Palabra
de Cristo, el Amor de Cristo.
La
vocación es algo esencialmente social.
No
consiste en un sentimiento, ni en un gusto,
ni
hay que esperar una llamada telefónica de Dios,
ni
se nace con una señal especial en la frente.
Él
llama cuando da ojos para ver las mieses granadas
que
se pierden por falta de brazos.
La
vocación es el soplo del Espíritu que
hincha nuestra pequeña vela.
Dios
actúa cuando quiere y donde quiere.
No
sabemos por qué, no sabemos como.
Dios
es un mar infinito surcado de
innumerables velas.
Hay
cristianos que las arrían cuando se
levanta el soplo divino.
Tienen
miedo de abandonar la orilla.
Demasiados
cristianos tienen miedo de Dios.
Algunos,
los que le aman, se fían de Él.
No
saben qué les espera, no lo saben, pero confían.
Son
cristianos que no piden definiciones,
se
lanzan sencillamente Mar Adentro.
La
vocación es como un itinerario con señales de pista.
Cada
señal lleva a la señal siguiente,
sin
saber el término definitivo.
Más
que un conocimiento del futuro
es
una correspondencia amorosa, es una
amistad.
La
vocación no es un problema individual (¿qué espera Dios de mí?),
ni
algo exclusivamente moral (¿oponerse a Dios es pecado?),
ni
siquiera ha de plantearse preguntándose ¿Cuál es la vocación mejor?.
Se
pertenece a una Iglesia donde todo es mejor
y
en la cual se vive como miembro.
La
vocación es una amistad.
Jorge Sans Vila
lunes, 2 de julio de 2012
A los pies del Maestro
Cuando una persona cae en la cuenta de que su corazón, con todo lo que él comporta en proyecciones, está inacabado, es porque ha sido visitado por la gracia. Ha recibido como una llamada de atención, un soplo que hace chispear su mecha humeante. Ha sido visitado por Dios; y, atención… Dios tiene su forma de visitar a cada uno.

A LOS PIES DEL MAESTRO
Figura de la
raíz que crece y se desarrolla en tierra aparentemente árida e infructuosa es
María, la hermana de Marta, y Lázaro, los tres, amigos de Jesús. Lucas nos la
presenta a sus pies escuchando su Palabra. No nos es difícil ver la comparación
entre Jesús, que en presencia del Padre escucha su Palabra (Jn 12,50), y esta
mujer que, fijos los ojos en su Maestro y Señor, escucha, recibe y acoge su
Evangelio. El Pastor de pastores está modelando con sus palabras el corazón de
la discípula.
Jesús, Maestro
y Señor, también Modelador, forma discípulos-pastores según su espíritu por
medio de la Palabra ,
su Evangelio. A lo largo de todo este proceso el discípulo conoce el Fuego, mas
también el terrible témpano de hielo: la tentación, la crisis y el desánimo.
Diríamos que todo le es asumible menos el anonimato, el sin sentido aparente
que supone crecer en tierra árida, el no ser tenido en cuenta por nadie. Por supuesto
que la frondosidad de las zarzas y los matorrales tienen mayor proyección
social que esta raíz solamente perceptible a los ojos de su Señor.
Hablamos
entonces de la inevitable crisis de maduración, de identidad como persona, de
fe; esa crisis existencial por la que el discípulo tiene la sensación de que
nunca va a atracar en puerto alguno. Es también la crisis de dudar de la
validez y autenticidad de las palabras que oye de su Maestro y Señor: el
Evangelio.
Crisis
terrible. Porque si el que le habla es un embaucador (Jn 7,47), todo en él no
es más que una gran mentira. Si el que le habla no es más que un iluminado, un
loco (Mc 3,21), él, que se pone a sus pies, terminará también fuera de sus
cabales. Si el que le habla y enseña es un fanático y un blasfemo (Jn
10,31-33), todo en el que le escucha se ve abocado al delirio y desajuste
psicológico… Y así podríamos ir desgranando de la vida de Jesús toda una serie
de títulos honoríficos con los que los suyos le agasajaron. Juan lo resume en
pocas palabras: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11).
Largo, tenaz e
interminable es el invierno que el discípulo pasa a los pies de su Maestro y
Señor en esta tierra árida. Sólo las palabras de su Señor van dando forma a la
diminuta raíz que pugna por abrirse paso en su desierto. La finalidad de tanto
esmero no es otra que la de modelar un corazón de pastor semejante al suyo;
toda una obra de arte salida de las manos del Alfarero.
Obra sublime
que el Maestro y Señor ve a lo lejos con total nitidez mientras que el
discípulo la intuye con su fe, digamos que también la ve, mas con muchos,
demasiados velos. En esta situación no queda sino saber esperar y confiar. La
fuerza y los ánimos escasean; justamente por ello Jesús viene en ayuda de su
debilidad. Él mismo será quien dé testimonio de sus discípulos de la misma
forma que el Padre lo dio en su favor. De ahí que ante la objeción de Marta,
“di a mi hermana que no pierda más el tiempo y me ayude”, responda con un
testimonio inapelable acerca de quien había puesto su oído y todo su ser en
sintonía con su Palabra: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas
cosas… María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10,41-42).
Nos parece
seguir oyendo a Jesús que dice: Tu hermana representa a los pastores según mi
corazón. De la misma forma que mi Padre dijo acerca de mí “Éste es mi Hijo, mi
Elegido, escuchadle” (Lc 9,35), así lo digo yo acerca de todos mis pastores,
porque lo son según mi corazón: ¡Escuchadles, llevan mi Palabra en su alma! Sí,
escuchadles porque yo mismo grabé mi Evangelio en sus entrañas; porque no
desdeñaron ser raíz en tierra árida que, al final, ha resultado ser “la buena
tierra que da su fruto” (Mc 4,20).

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