viernes, 25 de octubre de 2013

Las cadenas no los sometieron


Cuando una sociedad dedica una buena parte de sus recursos, tanto económicos como humanos, en abrir salidas ficticias a las insaciables aspiraciones del hombre, algo muy caro se acaba pagando. Todo lo que, aun inconscientemente, no tiene otro fin  que el de anestesiar el aburrimiento se acaba pagando.
 
 


 
Jeremías es prisionero, cautivo, del Fuego que había prendido en sus entrañas a causa de la Palabra. Por supuesto que, si se empeñase en ello, podría volver a vivir su vida como se le antojara, ajeno a la misión recibida. Podría, pero dejaría de ser ese “algo de Dios” que todo hombre que acoge la Palabra alberga en su alma. Puede, pues, pero no quiere. Tiene la sabiduría suficiente para abrazarse, con toda la pasión que le impulsa, al fuego que, como dirá siglos más tarde san Juan, “le hace semejante a Dios” (1Jn 3,2b). Además, si se arranca el Fuego de Dios que hace ya parte de su alma, ¿adónde iría con su vida? También aquí se adelantó a los apóstoles, en este caso a Pedro cuando, presentada la ocasión de volverse atrás en el seguimiento de Jesús como acababan de hacer muchos de sus discípulos (Jn 6,66), “no le quedó” más remedio que confesar: “Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna…” (Jn 6,68).

 Prisionero Jeremías, prisioneros Pedro y los apóstoles. Prisioneros también todos aquellos que dejan que en sus entrañas habite el Fuego de Dios. Prisioneros del Fuego, de Dios, y sorprendentemente… libres; sí, grandiosamente libres para amar hasta la muerte a sus ovejas, aquellas a las que, por obra y gracia de Dios, hacen partícipes de la Vida que Él les ha concedido gratuitamente. Son discípulos y son pastores, no tienen vuelta atrás. Es como si hubiesen dejado a sus espaldas las limitaciones de la muerte e introducidos en el Sabor de la Vida. En este caso, extinguir el Fuego supondría deshacer el ser, la razón de su vivir, y nadie en su sano juicio atenta contra sí mismo. Son prisioneros, son amantes, son pastores, son libres para ir a cualquier parte del mundo en busca de las ovejas que Dios les ha confiado. Son pastores según el corazón de Dios, los pastores que necesitan los hombres de todos los tiempos, nada les paraliza.

En la misma línea de Jeremías, quien no podía extinguir el Fuego que se había hecho alma de su alma, situamos la respuesta que Pedro y Juan dieron al Sanedrín que pretendía impedirles predicar el Evangelio de Jesús: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).

No se trata de cabezonerías y menos aún de fanatismos. Es un “no podemos” que nos recuerda a Jeremías. De hecho proclaman a los ancianos del Sanedrín que no están dispuestos a renunciar a ser lo que son: hombres nuevos a causa de Jesucristo. Han visto, han oído y… son. Pretender que dejen de lado lo que han visto y oído, pretender que sus labios sean sellados, es pretender que se desentiendan del nuevo ser que han recibido del Resucitado (1P 1,3-4).  

No es, pues, cabezonería ni fanatismo, sino instinto de supervivencia; así entienden su ser pastores. No hay duda que el Fuego de Dios que habían recibido en Pentecostés (Hch 2,3) les hizo cautivos del Evangelio de la gracia con el que rompían las cadenas de los hombres, de todos los hombres; a todos los reconocían como hermanos suyos.

No podemos concluir este capítulo sin mencionar a Pablo, quien, liberado por Jesucristo de la ley del pecado y de la muerte (Rm 8,2), se enorgullece de reconocerse prisionero del Espíritu Santo (Hch 20,22). Él le conducirá allí donde el Señor Jesús desea que predique su Evangelio, “el que irradia vida e inmortalidad” (2Tm 2,10).

 

 

 

 

jueves, 17 de octubre de 2013

Seducidos por el Fuego


Es tan suave e intenso a la vez el querer que anida en mi alma que cuando, desde tu Palabra, te abres a mí, Dios mío, conviertes el instante en eternidad. Sí, un sereno instante tuyo es suficiente para contemplar sin velos la eternidad de tu amor. Sólo ese sereno instante de esos que tú sabes me eleva hacia ti, Dios mío (Paul Jeremie).

 

 
Heme aquí, aquí estoy, envíame, dice Isaías al oír la voz de Yahvé que clamaba: “¿A quién enviaré?” (Is 6,8).  El heme aquí del profeta está recogido en un marco parecido al de Moisés. Si éste contempló la zarza ardiente sin consumirse, Isaías es testigo con sus propios ojos de la Gloria de Dios, que en la espiritualidad bíblica se identifica con su Fuego. Isaías queda paralizado por el miedo: entonces  el Fuego se llega hasta él, hasta su boca (Is 6,7). Acto seguido recibe la misión profética, a la que responde ¡heme aquí!, como ya hemos visto. El paralelismo de la llamada de Isaías con la de Moisés no hay que rebuscarlo. El Espíritu Santo, que movió la pluma de los autores bíblicos, los ha hecho transparentes.

Entramos ahora en una faceta que podría causar extrañeza e incluso reservas bastante serias. Me refiero al hecho de que todo aquel que se acerca al Fuego termina siendo cautivado por Él, así es como hemos titulado este capítulo. Es cierto que esto nos puede poner un poco a la defensiva, ya que suena algo parecido a sumisión, e incluso prisión, estilo de vivir fanático que tienen su caldo de cultivo en las sectas de todo tipo.

Abordamos el espinoso asunto, éste de llegar a ser rehenes del Fuego desde la experiencia de Jeremías, profeta del que ya anuncié que volveríamos a citar. Sondeemos su llamada y también sus reticencias, la exposición de sus dificultades -más bien impotencias- para aceptarla. Dios diluye todos sus razonamientos con una promesa acompañada de un hacer que dejan a Jeremías sin objeciones. Dios parte de una promesa: “¡No temas, que yo estoy contigo!”, que acompaña con un hacer: “Mira que pongo mis palabras en tu boca” (Jr 1,8-9).

El profeta es consciente de lo que ha recibido. De hecho llega a conocer el gusto, el saborear la Palabra de Dios. La confesión de este sabor que le llenaba las entrañas es toda una antología de la espiritualidad de la Palabra. No estudia las palabras de Dios, las devora  -siguiendo su propia confesión- porque colman su corazón, todo su ser, de gozo y alegría indescriptible: “Encontraba tus palabras, y yo las devoraba; eran tus palabras para mí un gozo y alegría de mi corazón, porque se me llamaba por tu Nombre, Señor y Dios mío” (Jr 15,16).

Hasta ahí bien, incluso demasiado bien, hasta que su pueblo le sumerge en un baño de realidad. El profeta está aturdido, se queda atónito al comprobar que su anuncio profético -que suponía habría de ser acogido con gozo y alegría y, por supuesto, con gratitud por su pueblo- provoca el más brutal de los rechazos. El gozo de su predicación se ve desfigurado ante el oprobio que ésta le provoca. Nos lo cuenta desgarradoramente: “La palabra de Yahvé ha sido para mí oprobio y mofa cotidiana” (Jr 20,8b). Nuestro buen amigo está sumido en el más cruel de los desconciertos. Su propia gente, el Israel que se enorgullece de ser el pueblo del oído, el único en toda la tierra a quien Dios se ha dirigido personalmente con su Palabra (Dt 4,35-37), ha pasado a ser su más acérrimo enemigo; la razón de esta enemistad y persecución es solamente una: las palabras que Dios ha puesto en su boca.

      Jeremías se desmorona, está al límite de sus fuerzas; es tal el estado de su abatimiento y hasta depresión que llega incluso a decir: ¡se acabó! “No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre”. (Jr 20.9a). Lo dijo, pero no pudo hacerlo. Las palabras que Dios había puesto en su boca y que, con el tiempo, aprendió a saborear, se habían  hecho Fuego en su interior: “Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido a mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jr 20,9b).

miércoles, 16 de octubre de 2013

Entrar en el cielo


                                                              
                      
                                                       
¡Ufff...! dónde me he metido… A saber Dios, cuando vino tu Hijo, bueno Tú, con la cara de Jesús, y nos dijo: Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos”. ¿Iba en serio?... ¿Con esta vida que es la pera limonera y con un colmillo más retorcido que una reja andaluza, dices que hay que ser como un niño? En mi tierra hay un dicho: “A la vejez, viruela”. Pues ¡Menudo lío!, será como un niño viejo, gordo y gigantesco ¡digo yo! 

Además Dios, hay cada niño… Yo no sé los de tu época en Jerusalén, pero ahora nos doblan en “sabiduría casera” y en la de “fuera”… Como les arrees una torta ya te están aplicando el Código Penal; tienen una mala idea ¡Qué pa qué! Yo creo que tu Hijo se refería a otra cuestión, pero…

¿Por qué no dijo que había que tener mentes viejillas que es mejor? Los viejitos son amorosos, olvidadizos, ya no se meten en líos; en fin como niños pero antes de caminar. ¿Sería eso lo que querría decir?

-Pues no hija, es que no te enteras, los bebés aún no saben lo que es el bien y el mal-. ¡Ya! Entonces no era eso… Pues no.

Es a esa mente que a base de humildad y discernimiento, llega a parecerse a la de un niño que cuando ve unas “rejas andaluzas”, se sube, llama a sus amigos y disfruta de una procesión… Que no sabe aún lo que es el odio ni el rencor ni la soberbia; que por un cromo de Ronaldo vuelve hacer las paces…

Jesús no hablaba de niños sin crecer, hablaba de hombres “convertidos” con un nuevo corazón. Cuando Jesús llegó a la tierra no venía con las manos vacías, portaba el regalo de la Conversión ¿Qué mejor convertirnos a “niños” y aparcar tanta miseria adulta?

Es verdad, ahora soy capaz de dar, compartir, callar y olvidar… Y no soy una niña,  pero intento hacer lo que ella haría… 

Después de tu Muerte, Jesús, todo esto es posible. Otorgaste a tu Iglesia manos Consagradas para el perdón del “colmillo retorcido”, y a la Eucaristía como culmen de esa Gracia. Ya podemos pues, ser “niños” (pasando por el dentista).

A Dios le pregunto y Dios me contesta, siempre lo hace. La suerte que tenemos y que los niños aún no tienen, es la de verte en los demás siendo conscientes de ello. Mujer y hombre sobre todo, pero… Llorar, perdonar y reír como Dios hizo a todos los niños del mundo.   
Emma Díez Lobo
    

domingo, 13 de octubre de 2013

Yo alzaré tu voz


                                


¡Mamáaaaaaaaa!                                                    

32 días de vida… Se oye una voz en el seno, grita porque su voz es muy bajita y está a oscuras. No se le oye muy bien pero no importa, él “habla” sin hablar…

-Mamá, dime algo, dentro de unos meses naceré, ¿sabes? Dios me envía al mundo para llenar un equipaje, hoy vacío de mí. ¿Sabes? Me quiere regalar su Reino después de pasar por la vida; estaré con mis amigos, contigo mamá porque te veré muchos años y nos amaremos para siempre… ¡Será tan lindo ese lugar!

- Mamá ¿me oyes? A veces no te oigo y me da un miedo tremendo tu silencio… ¡Quiero estar contigo mamá!

-¡Mira que chiquito soy, no mido ni medio centímetro! Pero no te preocupes comeré mucho mucho para ser grande y algún día cuidar de ti como tú lo harás conmigo. ¡Qué ganas tengo de ver tu cara, mamá!

Dios también me ha dicho que sea bueno contigo pero que el “hombre del saco” aparecerá muchas veces para llevarme… ¡No le dejes mamá!  Me da miedo, pero  sé que tú le dirás que se vaya…

-¡Mami no te escucho! Necesito que me cantes un poquito, que me cuentes un cuento…  A lo mejor tienes sueño, bueno no importa, dormiré contigo al mismo tiempo ¿Sabes? Cuando estás tranquila también lo estoy yo…

-Me estas asustando mucho mamá, hace dos días que no paras y yo no puedo dormir… Te voy a decir una cosa grandiosa ¿Sabes?, me late el corazón  desde hace muchos días, sí, el que Dios me ha puesto para ti y para Él… ¡Estoy tan contento mamá, tan contento! 

-Mamáaaaaaa, el “hombre del saco” ha venido, está conmigo y dice que me va a llevar, que me va a echar de mi cuna calentita… Dile que se vaya ¡Por favor mamá!, no le dejes que me lleve… No sé donde esconderme, dime un sitio para  que no me vea…  Pero no llores mami, soy tan pequeño que a lo mejor no me ve y pasa de largo…    

-¡Me duele mamá, me duele mucho! ¡Haz que pare mamaíta, me duele tanto ma…!  ¡Quie… viv…!!!   

Un silencio espantoso recorrió la cuna de mi “hermano” pequeño ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué le has abandonado? Tenía corazón, sangre, latidos, neuronas y alma; solo le faltaba la voz, solo eso… ¡Dámela  a mí, Dios, y yo gritaré por él!    
No puedo seguir escribiendo, lo siento.........
Emma Diez Lobo

 

sábado, 12 de octubre de 2013

Con Cristo en la Cruz




“Caminemos juntos hacia la Cruz del Señor, pues con ella ha comenzado una nueva era en la historia del hombre. Este es un tiempo de gracia y salvación. A través de la Cruz el hombre puede comprender el sentido de su propia suerte, de su propia existencia sobre la tierra. Ha descubierto cuanto le ha amado Dios. Ha descubierto, y descubre continuamente, a la luz de la fe, cuán grande es su propio valor. Ha aprendido a medir la propia dignidad con el metro de aquel sacrificio que Dios ha ofrecido en su Hijo para su salvación.” [S.S. Juan Pablo II - Magno]

Ha quedado claro, Padre, que la Cruz, sostenerse en la Cruz de Cristo, es lo único que un cristiano puede hacer, por lo que supone y por lo que es. Pero, sobre todo, el sentido que de la cruz tiene cada cual (pues cada uno tiene una que llevar) no puede ser olvidado porque de hacerlo así, y de ser cristianos, bien podemos decir que, en realidad, no lo somos.
No es sufrir lo que dignifica a la persona, sino la manera de sufrir. En muy numerosas ocasiones, cuando  los dolores se hacían y se hacen dueños de  mi cuerpo,  recordaba a Santa Teresa de Jesús:

 “En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo”
Quien huye de la Cruz de Cristo y de la cruz propia, huye de la salvación. La cruz no se busca, pero antes o después sale a tu encuentro. Es lógico que si al mismísimo Señor le costó lágrimas de sangre aceptarla, a nosotros no nos sea fácil asumir nuestras propias cruces, pero de nuestros labios y nuestro corazón han de salir también las palabras "no se haga mi voluntad sino la tuya". Y la gracia nos capacita para ello.

Dios está clavado en la cruz, bien alto para verle bien. Con los pies enclavados para esperarnos. Con los brazos abiertos para acogernos y las manos llagadas para acariciarnos.
Misterio profundo de una providencia que ha permitido llagas divinas y llagas humanas, para que el hombre pudiera ser injertado en Dios. Los injertos se hacen así; por las heridas. Misterio de la cruz. La  cruz en el cuerpo atormenta, en el corazón da vida. Sucede como con las espinas; más sufre el que las pisa que el que las besa.

No debemos parecer pobres cirineos que comparten de mala gana la cruz del Señor, porque, como expresa gráficamente Pierre Charles, “hay dos maneras de llevar un yugo; una que parece muy razonable y es completamente absurda, otra que parece absurda y es enteramente razonable”. El Señor ha dicho: Tomad sobre vosotros mi yugo. Suave yugo y carga ligera (Mt 11,30).

El seguimiento de la cruz no es una devoción privada, para apacibles embelesos interiores, es seguir las huellas del Crucificado, salir de sí mismo, crucificar el propio yo, existir para los demás hasta fatigarse.

Comprendo tu sufrir
sereno y callado,
cuando yo sufro
y Tú estás a mi lado.

Comparto tu dolor
reciamente humano,
cuando yo también me quejo
y Tú me tiendes la mano.

Y venero tu silencio
tan elocuente y tan santo,
porque también yo me callo
ante el horror y el espanto.

Te comprendo, y lo comparto,
aun siendo frágil mi barro,
pues en la fiera tormenta
sólo a tu cruz yo me agarro.
Mas no comprendo, Señor,
que tu mirada bendita
siga clavando en mis ojos
Misericordia infinita.


 Recuerda: Ofrecerse y darse, he ahí así de simple, más gloria para Dios, más felicidad para el prójimo, más gozo interior para uno mismo. Todo esto sí que importa de verdad, yo me siento inmensamente feliz y, si estamos en lo que hay que estar ¿Por qué no entrenamos ya ,en serio, desde ahora?.
Vivir con optimismo y hacer nuestros días fecundos resulta una experiencia enriquecedora. La persona necesita raíces donde apoyarse y metas claras a las que aspirar y como mi testimonio no tiene límites, cuanto escriba seria poco, me contentaré con deciros que Dios os bendiga, adelante, salid a SU encuentro y alabanza y gracias sean dadas al Padre.

Miguel Iborra

jueves, 10 de octubre de 2013

África


                                                                         


África África ¿Cuándo vas a despertar? Yo mandaba sellos para ti, yo postulaba para ti… Era una niña y ya pensaba en ti. Crecí ayudándote como más de medio mundo, pero mi abuelo siempre me decía: “África duerme”...

Vuestros cuerpos se consumían, vientres hinchados, madres sin leche,  muerte y miseria sin nombre… ¿Por qué no despiertas África? Eres el continente más bello y favorecido del mundo, eres el pedazo de tierra dónde sus atardeceres rojizos claman al cielo, más no abres tus ojos  ¿Qué te pasa África?

“Erais” antes que todos, erais la vida por excelencia, el conocimiento y el valor. El mundo estaba vacío sin ti… Dime África, cuando vuestros hermanos cruzaron continentes y os dejaron ¿Qué os paso?  Mira que son miles de miles de años más jóvenes que vosotros y… Civilizaron toda la tierra ¿Por qué tú no lo hiciste? Tenías todo en tu mano, eras el “principio” del hombre, de la riqueza, del fuego y la sabiduría… Dios te puso allí.

No era necesario aclarar vuestra piel para no morir, no lo era. Pero entraste en un sueño incomprensible y os quedasteis en los comienzos del saber… Tanto, que llegó un día en que los “civilizados” os robarían bienes, hombres y mujeres; os esclavizarían… Y ahora lloras sin destino; abandonas la tierra para emular la civilización que vosotros comenzasteis haces millones de años… ¡No puedo entender mi origen aún dormido, no puedo!   

Vuestras “almohadas” os han hecho ser los más pobres del mundo ¿Por qué África? Os hemos mandado a Dios con equipaje de futuro hace más de 200 años, pero en vuestro letargo no habéis aprendido. Os aniquiláis en guerras absurdas con armas de blancos, también hachas y balas para mi Dios, Él “muere” allí entre vosotros y por vosotros… ¡Cuántas “escuelas” os hicieron, cuántos niños vivieron!

Ahora os veo navegar hacia España o Italia dejando una miseria incomprendida… Ilusiones desconocidas que nunca fueron verdad, anhelos tristes que el mar del Mediterráneo se tragaría por siempre; sí, el océano esconde vuestras vidas, desesperanzas y angustias.

Dime Dios ¿Qué le pasa a África? Haz que despierte… ¡Arriba vuestras banderas con humildad y honor! Es hora de gritar, pero no en los mares… Sois mi origen y mi Dios os eligió para poblar la tierra. Dejad las armas, echad a los que os oprimen y luchad por vuestro gran continente, el más bello del mundo donde las manos de Dios no faltarán mientras despertáis.

 ¡No llores pues, África querida, abre tus ojos rasgados y junto a “esas manos de Dios”, ayuda a ser la luz de tus pueblos!  
Emma Diez Lobo
 
    
 
 
 
 

miércoles, 9 de octubre de 2013

Camino de Emaús


                                                     

Sí, yo iba por aquel camino con mis dudas, absorta en mis pensamientos recordando a un Hombre; sí, yo iba cabizbaja poniendo en jaque a la verdad… 

Soy humana me dije… Y algo me respondió: “Yo también lo era”. Después me dije, mis ojos no ven, soy débil… Y algo me respondió: “Yo también lo fui”. Más tarde caí en la amargura… Y algo me respondió: “Yo lloré lágrimas de sangre”. 

Levanté mi cabeza después de un gran trecho del camino, y al fondo allá a lo lejos, “una posada”; pero debía atravesar la espesura, la maleza, la oscuridad de la distancia. Me tapé con mis ropas para sentirme protegida y me até bien las sandalias… ¡Pero qué va! Ni la ropa me protegía ni las sandalias aguantaron.

Y detuve mi marcha para esconderme entre los árboles y  apoyar mi espalda en el tronco más ancho, también abrigué los pies con mi chaqueta… ¡Pero qué va! El frío era enorme, estaba atemorizada, sola… Y algo me dijo: “Yo también estuve solo, tenía miedo”. 

Pero la noche era demasiado larga… Cuando desperté de mi ansiedad, la luna me iluminaba con una luz tenue; me levanté, me hice zapatos nuevos con la piel de mi mochila y me descubrí la cabeza para ver mejor el sendero y algo me dijo: “Yo también vi la luz y confié”.

Me encontré de nuevo con flores y dudas, con bichos y gorriones, con zarzas y praderas… Pero salí del bosque caminando siempre hacia el norte. De pronto ante mis ojos una casita, decía en la puerta “Posada de Emaús”.  Me acogieron, me dieron descanso y para cenar pescado…

Después de la cena, sólo entonces, Tú me dijiste: El tronco ancho lo puse Yo; las ropas que llevabas salieron de mis semillas de algodón; Yo diseñé la luna; construí el camino y las noches las hice para que “amaneciera”. Ve y di al mundo que en la “posada de Emaús” les estaré esperando; que oirán mi voz por el camino como lo hice contigo y entrega todas mis Palabras y angustias en este Libro que te doy… Y me llevé a Los Dos conmigo.    
Emma Diez Lobo