Pienso que uno de los principales escollos de la tarea de transmisión de la
fe es el lenguaje que usamos. Hay palabras que poseen cierta gravedad, como si
hubieran nacido para remover conciencias o hacer arder los corazones.
Gracia, conversión, misericordia, cruz, redención. Palabras densas,
talladas por siglos de silencio y reflexión. Pero hoy, en la Iglesia, pareciera
que el fuego se ha cambiado por niebla, y el verbo por consigna. Hemos cambiado
a Dios por las sinergias.
Se habla mucho, sí. Se habla constantemente. Se multiplican los documentos,
los comunicados, las jornadas, los encuentros, los procesos. Hay muchas
palabras, se habla mucho, pero con cierta ligereza. “Acompañamiento”,
“escucha”, “inclusión”, “caminar juntos”. Son palabras que nos dejan
indiferentes, adaptadas a la piel fina de las generaciones presentes. Son tan
inofensivas que ya no exigen nada. En ellas predomina una retórica que busca la
corrección, pero no rasga el corazón.
El lenguaje religioso, cuando es auténtico, incomoda. Señala abismos.
Desvela contradicciones, exige y hiere. Porque el fondo del corazón humano no
puede ser algo que se trate a la ligera. El contenido de la fe cristiana no
puede transmitirse como un comunicado institucional. La fe brota de un
acontecimiento que rompió los esquemas, que puso el mundo patas arriba, que
dividió a los hombres y los obligó a posicionarse.
Cuanto más ambiguas son las palabras, más cómodas resultan para todos. La
ambigüedad permite que cada cual escuche lo que quiere escuchar. Se evitan conflictos,
pero el discurso se convierte en un espejo donde cada uno se contempla a sí
mismo, no en una ventana hacia la verdad.
No soy un rígido ni un nostálgico. Pero quisiera recuperar la densidad. Que
las palabras vuelvan a pesar. Que “acompañar” signifique realmente preocupación
por el otro. Que “opción por los pobres” implique renuncias concretas y no solo
bonitas palabras. Que “discernimiento” no sea una coartada para no decidir
nunca nada.
Pediría que haya vida en cuanto se vive y predica. Porque cuando el
lenguaje religioso se vacía, la comunidad se debilita y el Evangelio se
convierte en mera decoración.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
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