Suelo leer los
artículos que Miguel Ángel Quintana Paz publica en The Objective. Hace poco publicaba la
clasificación de los católicos en tres grupos para dibujar la sociología de una
Iglesia que de alguna forma se conforma con los poderes de este mundo y deja a
un lado el evangelio. Burgueses, meapilas y progres son tres grupos bastante ruidosos en
nuestra Iglesia, pero tengo la sensación de que son poco fecundos pues
responden más a modas pasajeras que a experiencia auténtica de fe.
Vivir la fe
con normalidad es algo bastante extraño en nuestros días. Parece que para ser
católico hay que asociarse a no sé qué causa, militar en según qué partido y
procurar haber hecho algún retiro de impacto. La cuestión es que una vez más la
ideología parece dominar a la fe. Sin embargo, algo que compruebo en mi día a
día es que tenemos una oportunidad única, pues cada vez existen menos
prejuicios.
Muchas
personas no han “dejado la fe”; sencillamente nunca han recibido una
transmisión real de ella. Han heredado vagos restos culturales: alguna
celebración, ciertas expresiones, una moral fragmentada… pero no un encuentro
vivo con Cristo ni una comprensión mínima del contenido de la fe. Como
resultado tenemos una sociedad profundamente analfabeta en lo religioso, pero
no contraria.
Nos
encontramos con mucha gente a la que les gusta oír hablar de Cristo y del
evangelio, pero que no quieren tener nada que ver con los fenómenos religiosos
que orbitan en torno al meollo, en los que, por desgracia, esto grupos
aparentemente dominantes suelen poner el acento.
Hemos salido
de una sociedad sociológicamente cristiana en la que la fe ya no es el “aire
que se respira”; pero debe volver a ser una propuesta. Y eso, lejos de ser una
derrota, es volver a su forma original. Siempre tendremos quien menosprecie la
fe, quien se burle de los cristianos porque nos ven hacer cosas raras o
defender una moral inasequible, quien hable sin saber. Sin embargo, hay muchos
que nos observan en silencio y se sienten atraídos.
Por ello es
necesario alejarnos de todo tipo de fanatismo trasnochado o radicalidad que no
vaya a lo fundamental, que no sea realmente radical, engarzada en la raíz.
Aquello que encuentran en los cristianos coherentes no es fanatismo, sino algo
mucho más atractivo: paz, estabilidad, sentido, esperanza, una alegría poco
común. Vivir con raíces profundas sin hacer alarde de ello es la forma más
sencilla de transmitir el evangelio.
Jesús Martín
Gómez
Párroco de
Vera
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