Hace unos días, en uno de los Vía-Crucis que
celebrábamos con la feligresía, una de las expresiones que se usaba en la
décimo segunda estación me impactó especialmente. La cruz – decía aquella
reflexión–
es tu púlpito más elevado y tu muerte, el grito del pastor que llama a su
rebaño.
Cuando nos disponemos a evocar una vez más la Pasión, Muerte y
Resurrección de Jesús en estos días santos, una pregunta debe recorrer nuestra
cabeza y calar hasta nuestro corazón: ¿Qué significa realmente la muerte de
Cristo?
Contemplamos el hecho histórico y el dolor, filtrado por las
imágenes sagradas, se nos presenta como algo a lo que estamos acostumbrados,
que no provoca porque corre el riesgo de ser únicamente imagen. Pero Cristo no
muere como quien es vencido, sino que entrega su vida por los suyos.
Ese dolor es también llamada. Muere nuestro Pastor, aquel que
nos conoce, que nos llama y nos reúne. El de la voz que no se pierde en el
viento; sino que es reconocida, íntima, inevitable. Su muerte no es un final
mudo sino una convocatoria que reúne. Por eso la Semana Santa no es solo duelo
sino también escucha. La llamada no siempre es estruendosa; se percibe en lo
más hondo, en ese lugar donde las preguntas esenciales no pueden ser ignoradas.
¿A qué nos llama este grito, esta muerte? Tal vez a volver,
quizá a recomponer lo que en nosotros está disperso o solamente a reconocer que
no caminamos solos. Nuestro Pastor no anula la libertad, no nos convierte en
masa sin nombre, nos orienta e invita.
Semana Santa es el tiempo de decidir si queremos escuchar.
¿Seguiremos caminando como si nadie nos llamara o reconoceremos en ese grito la
voz que nos busca?
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

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