viernes, 13 de marzo de 2026

DOMINGO DE LAETARE

 



 Una pausa en el camino cuaresmal hacia la Pascua. El cuarto domingo de Cuaresma recibe el nombre de domingo de «Laetare», palabra latina que significa «alégrense» y que procede de la antífona de entrada de la misa: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella».

En medio del camino cuaresmal, la Iglesia introduce una pausa luminosa que anticipa la alegría pascual. Algo semejante ocurre en Adviento con el domingo de «Gaudete». En ambos casos, los templos se adornan con flores, se entonan cantos más festivos acompañados de instrumentos y, de manera opcional, los ornamentos sacerdotales pueden ser de color rosado, signo de la alegría que se abre paso en medio de la espera y la conversión.

Esta dimensión festiva también tuvo expresiones populares a lo largo de la historia, de las que hemos hablado en las entradas de otros años: hacer excursiones al campo, comer bollos rellenos de carne, roscos adornados con anises de colores y huevos duros, etc.

La liturgia romana también conoció gestos simbólicos muy expresivos. Durante la Edad Media, el papa bendecía este día una rosa de oro en la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén. La flor, ungida con perfumes y crisma, representaba la alegría espiritual que brota de Cristo. Más tarde se entregaba como reconocimiento a quienes se habían distinguido en la defensa de la Iglesia. Aunque esta costumbre ha cambiado con el tiempo, el papa sigue regalando hoy la rosa de oro a algunos santuarios marianos especialmente significativos.

Pero el sentido más profundo de este domingo se comprende a la luz del evangelio que narra el encuentro de Jesús con el ciego de nacimiento. En los primeros siglos del cristianismo, este día estaba unido al segundo escrutinio de los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo en la noche de Pascua. Sobre ellos se realizaban unciones en los ojos, los oídos y la boca, para simbolizar que Dios abría los sentidos del hombre interior. El ritual actual ha recuperado estas oraciones, pidiendo que quienes se preparan para los sacramentos sean liberados de las cegueras del pecado y se conviertan en hijos de la luz.

Así, el domingo de «Laetare» nos recuerda que la Cuaresma no es un camino triste, sino una peregrinación hacia la alegría. La Iglesia nos invita a levantar la mirada y a pregustar ya la luz de la Pascua. La verdadera alegría nace de saber que Dios tiene un proyecto de amor para cada uno de nosotros y que, en Cristo, su amor es más fuerte que el pecado y que la muerte.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

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