El quinto domingo de Cuaresma presenta el relato de la resurrección de
Lázaro como culminación del itinerario catecumenal. En los domingos anteriores,
la liturgia ha mostrado a Jesús como quien sacia la sed más profunda del ser
humano (la samaritana) y como quien ilumina la ceguera interior (el ciego de
nacimiento). Ahora se revela como aquel que puede vencer la muerte y comunicar
la vida plena. Por eso los Padres de la Iglesia llamaban al bautismo
«palingénesis», es decir, 'regeneración' o nuevo nacimiento.
El bautizado participa en la muerte y resurrección de Cristo: el catecúmeno
se despojaba de sus vestiduras y descendía desnudo al agua, como si entrara en
el sepulcro; al salir, recibía una túnica nueva que simbolizaba la vida nueva.
Muerto al pecado y resucitado con Cristo, el cristiano está llamado a vivir en
novedad de vida.
El evangelio de Juan narra que Jesús llega a Betania cuatro días después de
la muerte de Lázaro. Marta le advierte que el cadáver ya huele a corrupción,
pero el diálogo culmina con la solemne afirmación de Jesús: «Yo soy la
resurrección y la vida». Ante la tumba, ordena con autoridad: «¡Sal fuera!», y
el muerto sale todavía envuelto en vendas.
Este signo provoca la fe de muchos, aunque también endurece el rechazo de
otros, que desde ese momento deciden darle muerte. Así se manifiesta la
paradoja del evangelio: quienes acogen la palabra de Jesús comprenden el signo;
quienes la rechazan se cierran más.
Al resucitar a Lázaro, Jesús anticipa el signo definitivo de su propia
resurrección y muestra que tiene poder sobre la muerte, aunque sabe que este
gesto precipitará la hora de su pasión.
Lázaro representa el destino último del ser humano. En el dolor de Marta se
reconoce el sufrimiento de todos los que han experimentado la muerte de un ser
querido. Jesús responde a este enigma anunciando la resurrección. Sin embargo,
la vida que Lázaro recupera es todavía mortal, como indican las vendas que lo
envuelven: deberá morir de nuevo. En cambio, la resurrección de Cristo será
definitiva; sus vendas quedarán abandonadas en el sepulcro. En él comienza la
vida plena en la que ya no habrá muerte ni dolor. Pero esa vida eterna no
empieza solo después de morir: comienza ya ahora, cuando el hombre se abre al
misterio de Dios y acoge su presencia.
El llanto de Jesús ante la tumba no expresa solo la pérdida de un amigo.
Los Padres de la Iglesia vieron en él el llanto por toda la humanidad, herida
por el pecado desde Adán y atrapada en la muerte.
La Iglesia, Cuerpo de Cristo, comparte ese llanto y continúa la misión de
llamar a los hombres a salir de sus sepulcros espirituales. A quienes escuchan
esta llamada, aunque estén aún atados por sus faltas, les ofrece el perdón que
los libera y les permite difundir en el mundo el buen olor de Cristo.
En la liturgia bautismal, los catecúmenos celebran el tercer escrutinio. La
Iglesia ora para que sean liberados del poder de la muerte y reciban la vida
abundante de los sacramentos. En esta misma semana se les entrega también la
Oración del Señor, como preparación inmediata para su incorporación plena a
Cristo en el bautismo.
Resumen de las páginas 237-241 de mi libro: Eduardo Sanz de Miguel,
"La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en
los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

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