Vivimos tiempos de polarización. Parece que cada día es más fácil etiquetar
que comprender, discutir que dialogar, levantar muros que tender puentes. Las
redes sociales nos conectan, pero muchas veces nos aíslan. Defendemos nuestra
libertad, pero corremos el riesgo de encerrarnos en un individualismo que nos
deja solos.
En este contexto, la fiesta de la Santísima Trinidad tiene mucho que
decirnos.
Dios no es soledad. Dios es comunión. El Padre ama al Hijo, el Hijo
responde a ese amor, y el Espíritu Santo es el vínculo vivo que los une. Tres
Personas distintas, pero un solo Dios. Diferentes, pero perfectamente unidos.
No compiten, no se imponen, no buscan su propio interés. Todo en ellos es amor
compartido.
Por eso, cuando el ser humano se aleja del amor, se divide. Cuando sólo
piensa en sí mismo, se empobrece. Cuando convierte al otro en enemigo, pierde
algo de su propia humanidad.
La Trinidad nos recuerda que hemos sido creados para la relación, para la
familia, para la comunidad. Nadie puede ser feliz completamente solo.
Necesitamos ser amados y aprender a amar. Necesitamos escuchar y ser
escuchados. Necesitamos descubrir que el otro no es una amenaza, sino un
regalo.
Quizá el gran mensaje de esta solemnidad sea este: cuanto más nos parecemos
a la Trinidad, más humanos nos volvemos. Cada gesto de reconciliación, cada
perdón, cada conversación sincera, cada servicio desinteresado, hace presente
en el mundo algo del misterio de Dios.
Frente a la cultura del "yo", la Trinidad nos propone el
"nosotros". Frente a la división, la comunión. Frente al egoísmo, el
amor.
Porque el cielo no es otra cosa que vivir para siempre dentro de esa
inmensa corriente de amor que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y esa
vida puede comenzar ya, aquí y ahora, en nuestras familias, en nuestras
parroquias y en nuestras relaciones cotidianas.
La Trinidad no es un problema matemático que resolver; es una familia
divina que nos invita a entrar en su abrazo.
Javier Leoz
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