El evangelio de hoy nos vuelve a hablar de una viña (que representa al
pueblo de Dios, Israel, la Iglesia, cada uno de nosotros) y de unos encargados
que se niegan a pagar los frutos correspondientes e incluso persiguen,
maltratan y asesinan a los enviados del propietario.
Es fácil pensar en las autoridades de Israel, que no daban frutos de
conversión y persiguieron a los profetas y a Jesús (el Hijo del dueño). También
es fácil pensar en los políticos y en las autoridades de la Iglesia, que no
cumplen bien su función y a los que juzgamos como malísimos.
Lo difícil es aceptar que la parábola habla de mí, de cada uno de nosotros.
Yo soy el que tendría que dar frutos de vida eterna, yo soy el que muchas veces
no acepto a los enviados de Dios, que se presentan cuando menos los espero, ni
al Hijo, que no viene al son de trompetas y sobre las nubes, sino escondido en
los enfermos y necesitados. Quizás no los mato, pero los ignoro y miro para
otro lado.
Señor Jesús, te doy las gracias por tu paciencia infinita conmigo. Aunque
muchas veces te rechazo (de manera consciente o inconsciente), no dejas de
llamar a mi puerta y de visitarme una y mil veces, suplicándome que te pague el
único impuesto que a ti te interesa: el del amor. Tú me has amado primero y
solo esperas de mí una respuesta de amor. Dame un corazón semejante al tuyo
para que pueda hacerlo bien. Amén.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd
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