sábado, 15 de marzo de 2014

El hombre radio





Sorprende ver como a lo largo de la historia muchos hombres han defendido sus ideas por encima de todo, incluso de su propia vida y/o la de los demás. Yo, sin ir más lejos, creo que lo mejor que tienen las ideas es que se van o, mejor dicho, que se olvidan.
Reconozco públicamente que soy un ignorante en muchas materias. Por ello, me niego a adjudicarme cosas que no son mías y, mucho menos, a poner las ideas por encima de la vida propia y/o la de los demás.
Realmente, ¿de quién son las ideas?
Yo reconozco que la mayor parte de las ideas que “tengo” las he aprendido por ahí, o bien, las he oído, las he leído, me las han contado y algunas las he deducido fruto de la observación. Pero incluso de estas últimas tampoco puedo decir que son mías, estaban ahí y mostraban una ley o una mecánica, que existía antes de que yo me diera cuenta.
Quiero decir que las leyes no eran de Newton, de Pitágoras, de Einstein, o de fulanito. Ellos simplemente descubrieron algo que ya estaba ahí y nos lo enseñaron a los demás.
Las ideas se cogen de aquí y de allí dependiendo del lugar, tradición, momento o influencias que uno recibe. De pronto, las hace suyas, como si fueran parte de la propia persona. Es exactamente igual que el que se pone una vestimenta para tapar su desnudez y llega a pensar que su ropa es parte de su cuerpo.
Y así vemos como la gente viste siempre con las mismas ideas, ya gastadas y descoloridas. Incluso me atrevería a afirmar que, al igual que la moda, todo el mundo va con el mismo tipo de ideas, aburridas y aprendidas en los mismos sitios, pero, eso sí, dispuestos a defenderlas “a muerte”.
Resulta doloroso ver cómo defender ideas (como las propias del Nazismo o el Comunismo en Rusia y otros países) ha causado millones de muertes en el siglo pasado.
Las ideas vienen a ser lo más parecido a las emisoras de radio; el hombre sería un aparato receptor capaz de captarlas. Un gato no podría captarlas porque no tiene acceso a esas frecuencias por la configuración de su mente; sólo la mente humana es capaz.
Así el “Hombre Radio” capta emisoras de aquí y de allí (emisoras que otros hombres también captan), y acepta o rechaza aquellas que le gustan o convienen para “vestir” su supuesta personalidad.
Pero las ideas son en el mundo sutil lo que las herramientas son en el mundo físico, es decir, uno debería utilizarlas y dejarlas hasta que fueran necesarias de nuevo. Así por ejemplo, yo utilizo ideas de Newton, de Manning y otros físicos en mi trabajo; pero, cuando termino ese trabajo, dejo las ideas para otra ocasión y procuro no ir cargado con ellas, como un carpintero utiliza el martillo o el serrucho y lo deja cuando acaba su trabajo.
Sin embargo muchas veces cargamos todo el tiempo con “nuestras” ideas de forma que se convierten en una pesada carga que llevamos siempre encima, como si un carpintero llevase todo el día encima el martillo, el serrucho, la escuadra, la lima etc, como para demostrar que, antes que un hombre, es un carpintero, o un ingeniero o un filósofo, o un político o cualquier otra cosa.
Y así el “Hombre Radio” se siente como un ente pensante al que le ocurren cosas y cree ser una mezcla entre sus experiencias del pasado y sus ideas actuales; hecho en parte a sí mismo y olvidado de su verdadera naturaleza divina a imagen de su Creador.
Y de esta forma, el “Hombre Radio” (creyendo ser sus ideas y sus acontecimientos) crea su mundo propio que piensa cada día: pensándose a sí mismo cada mañana, pensando a los demás y a todo, juzgando lo que es bueno o malo en función de “sus ideas” sin ver el mundo real que Dios le ha dado, ocultado de Dios y alejado del Paraíso. Vive en un mundo onírico creado por él, donde él es el máximo protagonista, por encima de Dios y de sus hermanos.
Y ésta y no otra es la vida que Jesús dijo que un hombre debía perder para ganar la vida eterna… …”la vida propia”.
Afortunadamente, hombres sabios de todas las tradiciones (conscientes de este problema) han dado fórmulas para poder aliviar la carga mental del hombre, a través de la meditación, la contemplación y la Oración.
Pienso que no es casualidad que la primera petición que se hace en la Oración que Jesucristo nos enseñó sea… …”Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”…, que para mí muchas veces es como decir que deje ya todas “mis ideas”, mi aburrido mundo particular y alivies mi carga, para que solo Tú Dios mío gobiernes mi vida y pueda ver la realidad: el Paraíso que nos has dado.



J.J. Prieto Bonilla.

martes, 4 de marzo de 2014

Cuaresma 2014





Cristo nos da la libertad,
Cristo nos da la salvación,
Cristo nos da la esperanza,
Cristo nos da el amor.

Cuando luche por la paz y la verdad, la encontraré;
cuando cargue con la cruz de los demás, me salvaré.
Dame, Señor, tu palabra;
oye, Señor, mi oración.

Cuando sepa perdonar de corazón, tendré perdón;
cuando siga los caminos del amor, veré al Señor.
Dame, Señor, tu palabra;
oye, Señor, mi oración.

Cuando siembre la alegría y la amistad, vendrá el Amor;
cuando viva en comunión con los demás, seré de Dios.
Dame, Señor, tu palabra;
oye, Señor, mi oración.



sábado, 1 de marzo de 2014

Israel, ciego y sordo






Esto nos lleva a una reflexión muy importante: la de que la Biblia no es tanto objeto de estudio cuanto de deseo y amor. Los judíos conocían muy bien los textos bíblicos acerca del Mesías; sin embargo, los dejaron de lado porque sus pretensiones chocaban con los anuncios proféticos. Por eso, si la Palabra  está en la mente pero no está sembrada en el corazón, éste la manipula a su antojo. El corazón es el elán vital donde se fragua la búsqueda y el encuentro con Dios.
Vamos a ver algunos textos proféticos que nos dan pie para afirmar que los judíos estaban más que suficientemente instruidos acerca de la misión del Mesías que esperaban.
El profeta Isaías anuncia al Mesías bajo la figura de siervo. Esta palabra tiene dos significados en la espiritualidad bíblica: hace referencia al esclavo y también al Cordero. Oigamos al profeta: “Yahvé desde el seno materno me llamó; desde las entrañas de mi madre recordó mi nombre… Ahora, pues, dice Yahvé: el que me plasmó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a Él, y que Israel se le una” (Is 49,1-5). El profeta señala al Mesías como aquel que hará que Israel, y con él toda la humanidad, entre en comunión con Dios. Jesucristo es el eslabón que hace posible la comunión de todo hombre con Dios.
Dios envía a su Hijo con esta misión porque, como dicen los profetas, Israel se ha separado de Yahvé y se ha emparentado, unido, a los ídolos de los dioses de los pueblos vecinos. Israel está de espaldas a Yahvé y de cara a la idolatría. A esta realidad los profetas le dan un nombre: adulterio. Es evidente que los judíos que escuchan a Jesús conocen perfectamente su misión. Tengamos en cuenta que los judíos, también los judíos piadosos de hoy, aprenden a leer con la Biblia. Y ello hasta el punto de que un niño de diez años se sabe los Salmos, el Éxodo, etc.

A pesar de esto, vemos cómo el corazón perverso y manipulador de los oyentes de Jesús, se olvida de lo que bien sabe, y corre tras sus deseos: ¡hagámosle nuestro rey!  Él hará de nosotros nuevamente un pueblo fuerte, soberano y temido. No importa lo que hemos oído en la Palabra, hagamos lo que pide nuestro corazón. En realidad no hay mucha diferencia entre el corazón de este pueblo y el de cualquier hombre. Es una forma más de las muchas en las que se presenta la tentación y el deseo de Adán y Eva: querer ser como dioses (Gén 3,5).
En el mismo capítulo 49 de Isaías, leemos que, a causa de la misión del Mesías, “no tendrán hambre ni sed, ni les dará el bochorno y el sol, pues el que tiene piedad de ellos los conducirá y los guiará a manantiales de agua. Convertiré todos mis montes en caminos, y mis calzadas serán levantadas” (Is 49,10-11). Vemos en este texto un Mesías liberador que conduce al hombre a un descanso total y completo que va mucho más allá de los pequeños horizontes del hombre.
Sin abandonar nuestro contexto, entresacamos esta cita del profeta: “Haré andar a los ciegos por un camino que no conocían, por senderos que no conocían los encaminaré. Trocaré delante de ellos la tiniebla en luz y lo tortuoso en llano” (Is 42,16).
En la primera predicación que Jesús hace en Nazaret, dice a sus oyentes: todo aquello que Dios os había prometido que el Mesías iba a hacer entre vosotros, se cumple hoy. Sabemos que, llegando a la Sinagoga, desenrolló un texto de la Escritura y proclamó: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19). Cuando terminó de leer dijo: Esta Palabra que acabáis de oír se ha cumplido hoy. La promesa que Dios ha dado  a través de los siglos, por medio de los profetas, se cumple conmigo.
El problema es que, hasta que el hombre no se convierte según la Verdad, no le interesa Dios, sólo le interesan sus milagros. Ante el Mesías, los judíos hicieron oídos sordos a todo lo que rezaban sin cesar en sus sinagogas, y desean hacerle rey. La cuestión es que Israel ya tiene la experiencia histórica de haber tenido reyes. Recordemos cómo, con David y Salomón, conocieron el poder, el dominio, la riqueza y el respeto de sus enemigos. Bajo su reinado, se llevó a cabo la construcción del Templo, signo de su identidad religiosa y de su grandeza.
Sin embargo, mucho Templo, mucha magnificencia, mucho rito, muchas palabras, pero Dios no pasa de ser sino una figura decorativa. Y fue justamente cuando se embriagaron con tanta opulencia, hasta el punto de situarse en la cresta de la ola, que Israel quedó ciego y sordo. Siempre pasa así cuando Dios no es más que un objeto de adorno, y que, además, viene muy bien para adormecer la conciencia.

Jesús camina sobre las aguas    
 A. Pavia.  Editorial Buena Nueva


miércoles, 26 de febrero de 2014

Perdonar, un bello regalo





El aroma que deja la flor cuando es pisada se parece a lo que sentimos cuando hemos perdonado de corazón. ¡ qué gran satisfacción  en nuestro interior !.