sábado, 12 de diciembre de 2015

III Domingo de ADVIENTO




¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?

Lc 3,10-18





“Abrir las puertas,

quitar los cerrojos,

abandonar las murallas que te protegieron,

vivir la vida y aceptar el reto,

recuperar la risa,

ensayar un canto,

bajar la guardia y extender las manos,

desplegar las alas

e intentar de nuevo,

celebrar la vida y retomar los cielos.

Porque cada día es un comienzo nuevo,

porque esta es la hora y el mejor momento.

porque no estás solo, porque yo te quiero”

(Mario Benedetti)




miércoles, 9 de diciembre de 2015

“Paz a vosotros”





Es lo que Jesús dice cuando le abres la puerta…

¿Qué significa? No te está dando la paz como en misa, no, lo que te quiere decir es que si cuentas con su Evangelio -eso es Jesús- haces lo que dice por tu alegría y salvación, tendrás la paz que El mismo te da.

Así sucede:

Se acerca a ti, “llama” a tu alma… Si le dejas “entrar”, mejor dicho, si le escuchas, Le crees y pones tu confianza en Él, Él te responderá con un “Calma, vive tranquilo y déjame tu pena… Confía, siempre te daré la mejor solución, lo comprobarás. Sólo tienes que dejarte caer en Mí y cerrar el capítulo de la angustia”. El recuerdo es otra historia…

Hay una manera de hacer esto, no es fácil para algunos pero sí es fácil. Él nunca nos pone cosas imposibles. Veréis:

Lo primero es rezar y orar para que la fe en lo que te dice, te llene de esperanza y verdad; después el ayuno, un par de días a la semana a pan y agua. Poco a poco iréis viendo el Rostro de Dios; la pena se disipará y encontrarás la Paz. El demonio es quien crea la angustia y el tormento, las ganas de venganza, el ateísmo… ¡Tenlo en cuenta! 

Así pues, combatamos las artimañas de este “pesado terrible”, confiando enserio en Dios, y si podemos sonreír… ¡Ya hemos ganado la partida!

¡Ayuno y oración! No lo olvidéis.
Emma Díez Lobo

martes, 8 de diciembre de 2015

María modelo de Esperanza, Reina del Adviento.








SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN, CICLO C
Esperamos porque creemos. La esperanza cristiana se apoya en las promesas de Dios, que nos fija una meta y nos promete su ayuda eficaz y constante para alcanzarla. El caso de María es una confirmación de esta afirmación. La palabra proclamada ayuda a aproximarnos al misterio que celebramos.


La primera lectura recuerda que en su origen la humanidad hizo una opción contraria al plan de Dios. No sabemos de forma concreta cómo, pues se nos narra con un lenguaje simbólico y figurado, cuyo contenido es que Dios invitó al hombre, creado como pura criatura y mortal, a vivir en su casa-jardín donde podría participar su felicidad y vivir inmortalmente siempre que se sujetara a su voluntad. Pero el hombre no se fio de Dios, quiso “ser como Dios”, independiente, moralmente autónomo, y Dios respetó esta opción, quedando el hombre fuera del paraíso como pura criatura mortal. Es una herencia negativa que el primer hombre transmite a todos sus descendientes, el pecado llamado original. Pero Dios prometió a la humanidad una victoria final sobre el tentador, que restablecería el plan primitivo. La segunda lectura habla del cumplimiento de este plan y de su situación actual con un lenguaje más concreto: Dios nos ha destinado a todos los humanos a ser hijos en su Hijo, y como Dios es amor y el Hijo es la expresión concreta de su amor, ser hijos en el Hijo significa unirse en Cristo y dejarse transformar por él, siendo santos e inmaculados en el amor. Cristo muriendo y resucitando ha hecho posible esta situación, liberando de la herencia de Adán a toda la humanidad.


Desde muy pronto la Iglesia tuvo la corazonada de que María, madre de Dios, y destinada a convivir de forma íntima con su Hijo santísimo, estaría libre del pecado original, la herencia de Adán. ¿Cómo es posible que una mujer, separada de Dios por el pecado original, fuera su madre? Pero contra esta corazonada  estaba la afirmación de la fe que confesaba que Cristo es salvador universal, incluso de su madre. Solo en el bautismo todos recibimos una gracia básica que anula la incapacidad del pecado original y nos capacita para amar y recibir las ayudas necesarias para llegar al final. Este es el camino para todos los humanos, hijos de Adán. Esto es verdad, pero el Espíritu Santo fue ayudando a la Iglesia a profundizar en la palabra de Dios y a descubrir pistas que pudieran resolver esta dificultad. Un texto básico fue el Evangelio que se ha proclamado en que Dios por medio del ángel llama a María llena de gracia, es decir, plenamente agradable a Dios y transformada por él desde el primer momento de su existencia. María era la plenamente amada porque no había nada negativo en ella y la plenamente capacitada para amar desde el primer momento de su existencia. Y no obsta que Cristo sea redentor de todos, pues lo era, pero su madre fue redimida en previsión de sus méritos. Es la fiesta que celebramos.


Hoy celebramos a María como reina del Adviento o de la Esperanza, porque muestra en su vida cómo Dios promete y cumple, dando a cada uno lo que necesita para realizar su misión. Por otra parte, se nos enseña cómo actúa Dios en la Historia de la salvación. Este hecho tan excepcional se realizó en pleno silencio, no lo conocieron los padres que engendraron a María ni lo supo ella. Lo importante no es la notoriedad pública del hecho  sino la certeza del amor inquebrantable de Dios que nos conduce a cada uno por sus caminos siempre inspirados en el amor. Esta certeza confirma nuestra esperanza, a pesar de que a veces no veamos en el horizonte signos de esperanza tangibles, pues frecuentemente Dios actúa en el silencio.


La Eucaristía es lugar privilegiado para agradecer al Padre, en primer lugar, la obra que ha realizado en María, y junto con esto,  la vocación que nos ha dado y los medios que estamos recibiendo para llevarla a cabo. Por otra parte, es alimento de los hijos que  capacita para seguir adelante, creciendo santos e inmaculados en el amor, y garantía de que llegaremos a la meta querida por el Padre.


 
Primera lectura: Lectura del libro del Génesis  3,9-15.20: Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza
Salmo responsorial: Salmo 97,1.2-3ª. 3bc-4: Cantad al Señor un cántico nuevo
Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,3-6. 11-12: Dios Padre nos ha elegido para ser santos e inmaculados ante él por el amor
Evangelio: Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38: Alégrate, llena de gracia
Padre Antonio Rodríguez Carmona

domingo, 6 de diciembre de 2015

El bosque y los árboles



Meditando en el rezo de Laudes del primer domingo de Adviento, la antífona 2 dice: “Los montes y las colinas aclamarán en presencia del Señor, y los árboles del bosque aplaudirán, porque viene el Señor y reinará eternamente”

Y se me ocurre pensar: ¿Cómo es posible que los accidentes inanimados, como en este caso los montes, las colinas, los árboles…, tomen presencia humana y sean capaces de tomar iniciativas de pensamiento, de movimiento y de adoración al encuentro con su Creador?

La metáfora imaginativa es bellísima, y pretendo “bucear” un poco en estos pensamientos. En las culturas orientales-en este caso la judaica-, las imágenes hablan mucho más que en nuestra cultura, podríamos llamar, romana o helénica; no en vano decimos que una imagen vale más que mil palabras.

Los montes, en la cultura hebrea, en la Sagrada Escritura, es el lugar donde habitan los dioses; esos pequeños dioses que todos tenemos, que comienzan en nuestro propio “yo”, en nuestro “ego”, y continúan en el “amor propio” como tapadera del orgullo, la soberbia, y demás pecados capitales, así llamados porque son cabeza u origen de todos los demás,  que “embellecen” nuestra alma, en una danza infernal con el Príncipe de la Mentira, el diablo.

La Antífona nos recuerda que los montes y las colinas aplaudirán en presencia del Señor. Este aplaudir no es realmente un aplauso como el que entendemos en nuestro lenguaje, en el que se exalta un trabajo bien hecho, o una actividad bien realizada.

 Dice el Salmo 47: “¿Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de alegría, porque Yahvé, el altísimo es terrible, el Gran Rey de toda la tierra! “ Es este grito de alegría y adoración en la presencia infinita del  Dios Creador.

Y continúa con un aplauso de los árboles del bosque hacia el Creador de todo, Dios, nuestro Señor Jesucristo.

Dice un refrán castellano que los árboles no dejan ver el bosque, cuando queremos significar que, en ocasiones, estamos tan metidos dentro de un problema o de una actividad cualquiera, que, olvidamos el entorno que nos rodea, aunque esté pegado a nuestra piel.

En Dios es diferente: En Dios, el bosque, que es toda la creación, hecha por Él y para Él, no le impide ver los árboles, que somos cada uno de nosotros. Por eso, nosotros como árboles de Dios, creación suya, aplaudimos al Rey de la Creación y del mundo Cristo Jesús.

Alabado sea Jesucristo


Tomas Cremades

sábado, 5 de diciembre de 2015

II Domingo de Adviento


TODOS VERÁN LA SALVACIÓN
(Lc 3,1-6)





Señor: quiero poner en orden mi interior.

Hacerte sitio para que nazcas en mí.

Señor, quiero arreglar el espacio de mi hogar,
de mi familia, para que nazcas en ella.

Quiero dejarte espacio en mi oración,
para que todos los días nos hablemos.

Quiero sentir la alegría de tu presencia.

Señor: hoy te rezo con San Agustín:
«Tarde te amé:
el caso es que tú estabas dentro de mí
y yo fuera. Y fuera te andaba buscando»

Ven, Señor Jesús.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Oración



Madre, sin ti, no hay Gracia de Dios. Tú eres quien siempre lleva cargadas las manos de nuestras peticiones y angustias… Además, fuiste terrenal, como yo, como tu Hijo, Hijo del  Amor Universal. Portadora de un Todo y Madre de lo Absoluto. 

Eres quien mejor nos comprende y tu Hijo quien pone las normas… Sin ellas, no sería posible el cielo, y Tú, tu ayudas a lograrlo con tu mediación.
  
Pero a veces cuando rezamos, “te saltamos” como creyendo que es más seguro y eficaz ir directos a Dios… ¡Qué equivocados, Madre mía! Tanto tiempo para entender que en nuestras oraciones tu presencia es vital, no sólo es rezar Ave Marías…

También he pensado en los Santos, hermanos de la tierra, quienes median de una manera extraordinaria. ¡Oh Dios mío! Es Ella, son Ellos, nuestros aliados ante Ti. Perdóname María, perdonadme todos por no pediros nada.  

Genial, tenemos todo un ejército en nombre de Dios para nosotros. ¡Esto es magnífico, cuántos a nuestro favor!

María, guárdame bajo tu manto, no dejes que me hunda con mis cruces y que sean para mí, “parte” de una imitación de tu vida. Dame esa alegría de parecerme en algo a ti, aunque sea en “las orejas”, porque supiste aceptar con lágrimas pero en silencio, cruces tremendas desde la Anunciación de Jesús, mi Hermano mayor, quien siendo el Primer Profesor del alma, nos abrió el cielo a Ti, al mundo y a mí. 
   
Amén


 Emma Díez Lobo