domingo, 13 de diciembre de 2015
sábado, 12 de diciembre de 2015
III Domingo de ADVIENTO
¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?
Lc
3,10-18
“Abrir las puertas,
quitar los cerrojos,
abandonar las murallas
que te protegieron,
vivir la vida y aceptar
el reto,
recuperar la risa,
ensayar un canto,
bajar la guardia y
extender las manos,
desplegar las alas
e intentar de nuevo,
celebrar la vida y
retomar los cielos.
Porque cada día es un
comienzo nuevo,
porque esta es la hora y
el mejor momento.
porque no estás solo,
porque yo te quiero”
(Mario Benedetti)
miércoles, 9 de diciembre de 2015
“Paz a vosotros”
Es lo que Jesús dice cuando
le abres la puerta…
¿Qué significa? No te
está dando la paz como en misa, no, lo que te quiere decir es que si cuentas
con su Evangelio -eso es Jesús- haces lo que dice por tu alegría y salvación,
tendrás la paz que El mismo te da.
Así sucede:
Se acerca a ti, “llama”
a tu alma… Si le dejas “entrar”, mejor dicho, si le escuchas, Le crees y pones
tu confianza en Él, Él te responderá con un “Calma,
vive tranquilo y déjame tu pena… Confía, siempre te daré la mejor solución, lo comprobarás.
Sólo tienes que dejarte caer en Mí y cerrar el capítulo de la angustia”. El
recuerdo es otra historia…
Hay una manera de hacer
esto, no es fácil para algunos pero sí es fácil. Él nunca nos pone cosas
imposibles. Veréis:
Lo primero es rezar y
orar para que la fe en lo que te dice, te llene de esperanza y verdad; después
el ayuno, un par de días a la semana a pan y agua. Poco a poco iréis viendo el
Rostro de Dios; la pena se disipará y encontrarás la Paz. El demonio es quien crea
la angustia y el tormento, las ganas de venganza, el ateísmo… ¡Tenlo en cuenta!
Así pues, combatamos
las artimañas de este “pesado terrible”, confiando enserio en Dios, y si
podemos sonreír… ¡Ya hemos ganado la partida!
¡Ayuno y oración! No lo
olvidéis.
Emma Díez Lobomartes, 8 de diciembre de 2015
María modelo de Esperanza, Reina del Adviento.
SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN, CICLO
C
Esperamos porque creemos. La
esperanza cristiana se apoya en las promesas de Dios, que nos fija una meta y
nos promete su ayuda eficaz y constante para alcanzarla. El caso de María es
una confirmación de esta afirmación. La palabra proclamada ayuda a aproximarnos
al misterio que celebramos.
La primera lectura recuerda que
en su origen la humanidad hizo una opción contraria al plan de Dios. No sabemos
de forma concreta cómo, pues se nos narra con un lenguaje simbólico y figurado,
cuyo contenido es que Dios invitó al hombre, creado como pura criatura y
mortal, a vivir en su casa-jardín donde podría participar su felicidad y vivir
inmortalmente siempre que se sujetara a su voluntad. Pero el hombre no se fio
de Dios, quiso “ser como Dios”, independiente, moralmente autónomo, y Dios
respetó esta opción, quedando el hombre fuera del paraíso como pura criatura
mortal. Es una herencia negativa que el primer hombre transmite a todos sus
descendientes, el pecado llamado original. Pero Dios prometió a la humanidad
una victoria final sobre el tentador, que restablecería el plan primitivo. La
segunda lectura habla del cumplimiento de este plan y de su situación actual
con un lenguaje más concreto: Dios nos ha destinado a todos los humanos a ser
hijos en su Hijo, y como Dios es amor y el Hijo es la expresión concreta de su
amor, ser hijos en el Hijo significa unirse en Cristo y dejarse transformar por
él, siendo santos e inmaculados en el amor. Cristo muriendo y resucitando ha
hecho posible esta situación, liberando de la herencia de Adán a toda la
humanidad.
Desde muy pronto la Iglesia tuvo
la corazonada de que María, madre de Dios, y destinada a convivir de forma
íntima con su Hijo santísimo, estaría libre del pecado original, la herencia de
Adán. ¿Cómo es posible que una mujer, separada de Dios por el pecado original,
fuera su madre? Pero contra esta corazonada
estaba la afirmación de la fe que confesaba que Cristo es salvador universal,
incluso de su madre. Solo en el bautismo todos recibimos una gracia básica que
anula la incapacidad del pecado original y nos capacita para amar y recibir las
ayudas necesarias para llegar al final. Este es el camino para todos los
humanos, hijos de Adán. Esto es verdad, pero el Espíritu Santo fue ayudando a
la Iglesia a profundizar en la palabra de Dios y a descubrir pistas que pudieran
resolver esta dificultad. Un texto básico fue el Evangelio que se ha proclamado
en que Dios por medio del ángel llama a María llena de gracia, es decir, plenamente agradable a Dios y
transformada por él desde el primer momento de su existencia. María era la
plenamente amada porque no había nada negativo en ella y la plenamente
capacitada para amar desde el primer momento de su existencia. Y no obsta que
Cristo sea redentor de todos, pues lo era, pero su madre fue redimida en previsión de sus méritos. Es la fiesta
que celebramos.
Hoy celebramos a María como
reina del Adviento o de la Esperanza, porque muestra en su vida cómo Dios
promete y cumple, dando a cada uno lo que necesita para realizar su misión. Por
otra parte, se nos enseña cómo actúa Dios en la Historia de la salvación. Este
hecho tan excepcional se realizó en pleno silencio, no lo conocieron los padres
que engendraron a María ni lo supo ella. Lo importante no es la notoriedad
pública del hecho sino la certeza del
amor inquebrantable de Dios que nos conduce a cada uno por sus caminos siempre
inspirados en el amor. Esta certeza confirma nuestra esperanza, a pesar de que
a veces no veamos en el horizonte signos de esperanza tangibles, pues
frecuentemente Dios actúa en el silencio.
La Eucaristía es lugar
privilegiado para agradecer al Padre, en primer lugar, la obra que ha realizado
en María, y junto con esto, la vocación
que nos ha dado y los medios que estamos recibiendo para llevarla a cabo. Por
otra parte, es alimento de los hijos que
capacita para seguir adelante, creciendo santos e inmaculados en el
amor, y garantía de que llegaremos a la meta querida por el Padre.
Primera lectura: Lectura del libro
del Génesis 3,9-15.20: Establezco
hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en
la cabeza
Salmo
responsorial: Salmo 97,1.2-3ª. 3bc-4: Cantad al Señor un cántico nuevo
Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,3-6. 11-12:
Dios Padre nos ha elegido para ser santos e inmaculados ante él por el amor
Evangelio: Lectura del santo
evangelio según san Lucas 1,26-38: Alégrate, llena de gracia
Padre
Antonio Rodríguez Carmona
domingo, 6 de diciembre de 2015
El bosque y los árboles
Meditando en el rezo de Laudes
del primer domingo de Adviento, la antífona 2 dice: “Los montes y las colinas aclamarán en presencia del Señor, y los
árboles del bosque aplaudirán, porque viene el Señor y reinará eternamente”
Y se me ocurre pensar: ¿Cómo es
posible que los accidentes inanimados, como en este caso los montes, las
colinas, los árboles…, tomen presencia humana y sean capaces de tomar
iniciativas de pensamiento, de movimiento y de adoración al encuentro con su
Creador?
La metáfora imaginativa es
bellísima, y pretendo “bucear” un poco en estos pensamientos. En las culturas
orientales-en este caso la judaica-, las imágenes hablan mucho más que en
nuestra cultura, podríamos llamar, romana o helénica; no en vano decimos que una
imagen vale más que mil palabras.
Los montes, en la cultura hebrea,
en la Sagrada Escritura, es el lugar donde habitan los dioses; esos pequeños
dioses que todos tenemos, que comienzan en nuestro propio “yo”, en nuestro
“ego”, y continúan en el “amor propio” como tapadera del orgullo, la soberbia,
y demás pecados capitales, así llamados porque son cabeza u origen de todos los
demás, que “embellecen” nuestra alma, en
una danza infernal con el Príncipe de la Mentira, el diablo.
La Antífona nos recuerda que los
montes y las colinas aplaudirán en presencia del Señor. Este aplaudir no es
realmente un aplauso como el que entendemos en nuestro lenguaje, en el que se
exalta un trabajo bien hecho, o una actividad bien realizada.
Dice el Salmo 47: “¿Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de alegría,
porque Yahvé, el altísimo es terrible, el Gran Rey de toda la tierra! “ Es
este grito de alegría y adoración en la presencia infinita del Dios Creador.
Y continúa con un aplauso de los
árboles del bosque hacia el Creador de todo, Dios, nuestro Señor Jesucristo.
Dice un refrán castellano que los
árboles no dejan ver el bosque, cuando queremos significar que, en ocasiones,
estamos tan metidos dentro de un problema o de una actividad cualquiera, que,
olvidamos el entorno que nos rodea, aunque esté pegado a nuestra piel.
En Dios es diferente: En Dios, el
bosque, que es toda la creación, hecha por Él y para Él, no le impide ver los
árboles, que somos cada uno de nosotros. Por eso, nosotros como árboles de Dios,
creación suya, aplaudimos al Rey de la Creación y del mundo Cristo Jesús.
Alabado sea Jesucristo
Tomas Cremades
sábado, 5 de diciembre de 2015
II Domingo de Adviento
TODOS VERÁN LA SALVACIÓN
(Lc 3,1-6)
Señor: quiero poner en orden mi interior.
Hacerte sitio para que nazcas en mí.
Señor, quiero arreglar el espacio de mi
hogar,
de mi familia, para que nazcas en ella.
Quiero dejarte espacio en mi oración,
para que todos los días nos hablemos.
Quiero sentir la alegría de tu presencia.
Señor: hoy te rezo con San Agustín:
«Tarde te amé:
el caso es que tú estabas dentro de mí
y yo fuera. Y fuera te andaba buscando»
Ven, Señor Jesús.
viernes, 4 de diciembre de 2015
Oración
Madre, sin ti, no hay
Gracia de Dios. Tú eres quien siempre lleva cargadas las manos de nuestras
peticiones y angustias… Además, fuiste terrenal, como yo, como tu Hijo, Hijo
del Amor Universal. Portadora de un Todo
y Madre de lo Absoluto.
Eres quien mejor nos comprende
y tu Hijo quien pone las normas… Sin ellas, no sería posible el cielo, y Tú, tu
ayudas a lograrlo con tu mediación.
Pero a veces cuando rezamos,
“te saltamos” como creyendo que es más seguro y eficaz ir directos a Dios… ¡Qué
equivocados, Madre mía! Tanto tiempo para entender que en nuestras oraciones tu
presencia es vital, no sólo es rezar Ave Marías…
También he pensado en
los Santos, hermanos de la tierra, quienes median de una manera extraordinaria.
¡Oh Dios mío! Es Ella, son Ellos, nuestros aliados ante Ti. Perdóname María,
perdonadme todos por no pediros nada.
Genial, tenemos todo un
ejército en nombre de Dios para nosotros. ¡Esto es magnífico, cuántos a nuestro
favor!
María, guárdame bajo tu
manto, no dejes que me hunda con mis cruces y que sean para mí, “parte” de una
imitación de tu vida. Dame esa alegría de parecerme en algo a ti, aunque sea en
“las orejas”, porque supiste aceptar con lágrimas pero en silencio, cruces
tremendas desde la Anunciación de Jesús, mi Hermano mayor, quien siendo el
Primer Profesor del alma, nos abrió el cielo a Ti, al mundo y a mí.
Amén
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