lunes, 21 de noviembre de 2016

Bienaventuranzas del Adviento



Felices quienes siguen confiando, a pesar de que hay mil razones para desconfiar.

Felices los que con su vida y trabajo allanan los caminos torcidos y buscan la paz y facilitan hacer las paces.

Felices los que trabajan por hacer de esta tierra una convivencia que sea «un cielo».

Felices los que perforan el silencio y saben escuchar los gemidos de los hombres y las mujeres de hoy.

Felices los que acallan y callan y en el silencio encuentran la Palabra de Dios en las palabras y situaciones que la gente vive.

Felices los que en la escucha encuentran la palabra que es profecía, denuncia, grito de los que no tienen palabra.

Felices los que no solo rellenan los baches sino que roturan y trazan caminos nuevos para que transiten los descaminados.

Felices los que en el frío dan calor; los que en la noche ponen luz; los que en la soledad son compañía; los que salen de su ensimismamiento y acampan, como Dios, aliado de los heridos, malheridos y marginados.

Felices los que sueñan, como nuestro Dios sueña, un mundo mejor.

Felices los que han encontrado a Dios y se convierten en camino para que otros vayan a Dios.

Felices los que viven guardando lo que no entienden y esperan en Dios para entenderlo todo.

Felices los que no se desaniman porque saben que la tierra está habitada por Dios y su fuerza es más fuerte que el mal.


J. Jáuregui

viernes, 18 de noviembre de 2016

Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo



venga tu reino

        El final del año litúrgico evoca a la Iglesia el final de la Historia de la salvación, que culminará con la plenitud del reinado de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo.

En la Antigua Alianza Dios puso al frente de su pueblo reyes, primero a Saúl y después a David para que en su nombre gobernaran a su pueblo, cuidando especialmente la justicia y los derechos de los pobres. Para ello se les “ungía” para significar que Dios los capacitaba para actuar en su nombre (1ª lectura). El segundo de ellos, David, quiso construir un templo a Dios, pero Dios no aceptó este propósito porque sus manos estaban manchadas de sangre; ante su buen deseo le  prometió un trono perpetuo (1 Sam 7). Sus descendientes lo hicieron mal, por lo que el pueblo empezó a esperar un hijo de David ideal que de verdad reinara en nombre de Dios. Era una esperanza del sentido religioso nacionalista, que asignaba a este hijo de David la tarea de establecer un gran imperio con centro en Jerusalén.

Pero los planes de Dios iban por otro camino. Si reinar es ejercer un poder, lo propio del mandar de Dios padre es ejercer un influjo paternal, cuyo fruto necesario es convertir al hombre en hijo suyo en un contexto de amor, y a la humanidad en una gran fraternidad en que reine la paz, la justicia y la felicidad, sin dolor ni muerte.

        Al servicio de esta tarea  está la misión del Hijo, Jesucristo, que es rey al servicio del reino del Padre (Evangelio). Se hizo hombre para hacerse solidario de todos los hombres y convertirse en su representante ante Dios padre. Desde ahora todo lo que él haga vale para él y para todos los hombres. Su vida fue un sacrificio existencial consistente en hacer la voluntad del Padre por amor, que se tradujo en proclamar el plan del Padre y hacerlo posible con su entrega hasta la muerte. El Padre aceptó esta ofrenda, glorificándole a él y a todos lo que representaba, a toda la humanidad.

Así ha adquirido  para todos los hombres el derecho de ser hijos de Dios y miembros de la nueva familia. El Padre nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación… El principio, el primogénito de entre los muertos para que sea el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud y reconciliar por él y para él todas las cosas (2ª lectura). Jesús hace realidad el reino de Dios perdonando los pecados y transformando el corazón del hombre, que debe colaborar en un proceso que culminará en su resurrección.

        Al servicio de su obra, Jesús ha creado la Iglesia, integrada por todos los que ya viven en la esfera del reino y la ha enviado con la misión de invitar a toda la humanidad a integrarse. La Iglesia primitiva lo entendió muy bien al aplicar a la resurrección de Jesús el salmo 110,1: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies. Jesús ya tiene todo poder salvador  y ahora lo está ofreciendo a todos los hombres hasta que llegue el momento de su parusía en que culminará esta tarea con la salvación plena de todos los que han aceptado la realeza de Dios, viviendo como hijos suyos. Es el momento que celebra hoy la Iglesia.

        La fiesta de hoy, por una parte, invita a echar una mirada optimista sobre la historia; a pesar de todos los males presentes, el mundo camina hacia una meta de salvación. Por otra parte, urge a renovar el compromiso de vida filial y fraternal para mantenerse dentro del Reino, pues al final seremos examinados precisamente de vida filial y fraternal, de amor (Mt 25,31-46) y, junto a esto, urge a vivir como testigos, ofreciendo la salvación y trabajando por un mundo más fraternal y solidario, que sea reflejo del mundo futuro.

        La Eucaristía nos sitúa en el momento presente, recordando su muerte y resurrección y esperando su venida gloriosa (anáfora III). El Señor resucitado sigue ofreciendo su cosecha salvadora para que la acojamos y llevemos a los demás, y nos alimenta para ello, mientras llega el momento de su manifestación gloriosa. Acogiendo la invitación de Pablo, damos gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.


Rvdo don Antonio Rodríguez Carmona

miércoles, 16 de noviembre de 2016

“Pobre si, esclavo no” : Francisco a los “sin techo”



Francisco recibió a los participantes en el Jubileo de las personas socialmente excluidas.

“¡Pobre, sí, esclavo no! La pobreza está en el corazón del Evangelio, para ser vivida”.” ¡La esclavitud no está en el Evangelio para ser vivida, sino para ser liberada! Necesitamos paz en el mundo. Necesitamos paz en la Iglesia, todas las Iglesias necesitan paz, todas las religiones necesitan crecer en la paz”.

“Pido perdón por las personas de la Iglesia que no los han visto, que se dan la vuelta a otro lado”: así fue como el Papa Francisco se dirigió a los participantes en el Jubileo de los socialmente excluidos. Varios miles de personas de muchos países europeos (Francia, Alemania, Portugal, Inglaterra, España, Polonia, Italia), que han vivido o viven en las calles, se reunieron en un evento promovido por la asociación francesa “Fratello“.

Antes del discurso, improvisado, del Papa, saludos y testimonios, como los de Cristiano y Robert quienes agradecieron a quienes les habían ayudado y hacia Francisco, que siempre tiene a los pobres en su corazón. El Papa respondió diciendo que había tomado nota de algunas palabras acabadas de escuchar. Estas “como seres humanos no nos diferenciamos de los grandes del mundo. Tenemos nuestras pasiones y nuestros sueños, que tratará de alcanzar en pasos pequeños”. La pasión y el sueño: dos palabras, dijo, que pueden ayudar. “No dejen de soñar”. “¡Los que tienen todo no pueden soñar! La gente, los simples, van con Jesús porque soñaban que Él los curaría, los liberaría, les serviría y le seguían, y Él les liberó”.
La vida es hermosa: dignidad
A continuación, una segunda palabra: “La vida es tan hermosa”. Eso significa que la vida es bella, incluso en las peores situaciones, se preguntó el Papa. ¡Significa dignidad! La misma dignidad que llevó Jesús que nació pobre, que vivía pobre. “Yo sé que muchas veces se ha conocido a personas que querían aprovecharse de su pobreza … pero también sé que este sentimiento al ver que la vida es hermosa, este sentimiento, esta dignidad, los ha salvado de ser esclavos. ¡Pobre sí, esclavo no! La pobreza está en el corazón del Evangelio, para ser vivida. La esclavitud no está en el Evangelio para ser vivida, sino para ser liberado “. Siempre cumple con los más pobres de nosotros, continuaba el Papa, y la capacidad de ser solidarios es uno de los frutos que nos da la pobreza: “gracias por este ejemplo que dan. ¡Enseñen solidaridad al mundo!”.
La guerra la hacen los ricos
Francisco dijo de nuevo que fue golpeado, entonces, al escuchar hablar de la paz. La mayor pobreza es la guerra, la guerra destruye. “La paz que, para nosotros los cristianos, comenzó a ser en un establo, de una familia marginada, la paz que Dios quiere para cada uno de sus hijos. Y que, desde su pobreza, su situación, puede ser constructores de la paz. La guerra se hace entre los ricos, por tener más, tener más territorio, más poder, más dinero. ¡Necesitamos paz en el mundo! Necesitamos paz en la Iglesia, todas las iglesias necesitan paz, todas las religiones necesitan paz para crecer”.
Perdón por el pecado de omisión ante los “sin techo”
Después, el Papa pidió perdón si a veces se sienten ofendidos por sus palabras o por no decir las cosas que tenía que decir. “Les pido perdón por todas las veces que los cristianos frente a una persona pobre o una situación mala miran hacia otro lado. Tu perdón, para hombres y mujeres de la Iglesia, que no quieren ver o no han querido buscar, es agua bendita para nosotros, es limpiador para nosotros, es ayudarnos a volver a creer que en el corazón del Evangelio hay pobreza como un gran mensaje y que nosotros – los católicos, los cristianos, todos – tenemos que construir una Iglesia pobre para los pobres” .


martes, 15 de noviembre de 2016

Uno Crece


Imposible atravesar la vida ... sin que un trabajo salga mal hecho, sin que una amistad cause decepción, sin padecer algún quebranto de salud, sin que un amor nos abandone, sin que nadie de la familia fallezca, sin equivocarse en un negocio. Ese es el costo de vivir. Sin embargo lo importante no es lo que suceda, sino, cómo se reacciona. Si te pones a coleccionar heridas eternamente sangrantes, vivirás como un pájaro herido incapaz de volver a volar.

Uno crece... Uno crece cuando no hay vacío de esperanza, ni debilitamiento de voluntad, ni pérdida de fe.

Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo de vivirla. Cuando acepta su destino, pero tiene la voluntad de trabajar para cambiarlo.

Uno crece asimilando lo que deja por detrás, construyendo lo que tiene por delante y proyectando lo que puede ser el porvenir. Crece cuando supera, se valora y sabe dar frutos.

Uno crece cuando abre camino dejando huellas, asimila experiencias...! Y siembra raíces!

Uno crece cuando se impone metas, sin importarle comentarios negativos, ni prejuicios, cuando da ejemplos sin importarle burlas, ni desdenes, cuando cumple con su labor.

Uno crece cuando se es fuerte por carácter, sostenido por formación, sensible por temperamento... ¡Y humano por nacimiento!

Uno crece cuando enfrenta el invierno aunque pierda las hojas, recoge flores aunque tengan espinas y marca camino aunque se levante el polvo.

Uno crece cuando se es capaz de afianzarse con residuos de ilusiones, capaz de perfumarse con residuos de flores... ¡Y de encenderse con residuos de amor!

Uno crece ayudando a sus semejantes, conociéndose a sí mismo y dándole a la vida más de lo que recibe.

Uno crece cuando se planta para no retroceder... cuando se defiende como águila para no dejar de volar... cuando se clava como ancla y se ilumina como estrella. Entonces... Uno Crece.

(Susana Carizza)


lunes, 14 de noviembre de 2016

Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza...




Creo en Ti, Señor, pero ayúdame a creer con firmeza; espero en Ti, pero ayúdame a esperar sin desconfianza; te amo, Señor, pero ayúdame a demostrarte que te quiero; estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a ofenderte. 

Te adoro, Señor, porque eres mi creador y te anhelo porque eres mi fin; te alabo, porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en Ti, porque eres mi protector. 

Que tu sabiduría, Señor, me dirija y tu justicia me reprima; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda. 

Te ofrezco, Señor, mis pensamientos, ayúdame a pensar en Ti; te ofrezco mis palabras, ayúdame a hablar de Ti; te ofrezco mis obras, ayúdame a cumplir tu voluntad; te ofrezco mis penas, ayúdame a sufrir por Ti. 

Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, como Tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras. 

Te pido, Señor, que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu. 

Hazme llorar, Señor, mis pecados, rechazar las tentaciones, vencer mis inclinaciones al mal y cultivar las virtudes. 

Dame tu gracia, Señor, para amarte y olvidarme de mí, para buscar el bien de mi prójimo sin tenerle miedo al mundo. 

Dame tu gracia para ser obediente con mis superiores, comprensivo con mis inferiores, solícito con mis amigos y generoso con mis enemigos. 

Ayúdame, Señor, a superar con austeridad el placer, con generosidad la avaricia, con amabilidad la ira, con fervor la tibieza. 

Que sepa yo tener prudencia, Señor, al aconsejar, valor en los peligros, paciencia en las dificultades, sencillez en los éxitos. 

Concédeme, Señor, atención al orar, sobriedad al comer, responsabilidad en mi trabajo y firmeza en mis propósitos. 

Ayúdame a conservar la pureza de alma, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mi trato con el prójimo y verdaderamente cristiano en mi conducta. 

Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener mi salvación. 

Enséñame, Señor, a comprender la pequeñez de lo terreno, la grandeza de lo divino, la brevedad de esta vida y la eternidad futura. 

Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y obtener tu gloria.  

Por Cristo nuestro Señor. Amén. 

(Papa Clemente XI)


viernes, 11 de noviembre de 2016

Domingo 33 Tiempo Ordinario.





El futuro del cristiano

            El ministerio público de Jesús termina ofreciendo a sus discípulos una visión del futuro que les espera, que resume en tres datos: peligro de engaños, persecuciones, juicio de Dios sobre la historia.

            El discípulo debe andar con los ojos bien abiertos ante el peligro de falsos salvadores que ofrecen salvaciones diferentes y contrarias a la de Jesús. Es una realidad que ha tenido amplio cumplimiento en la historia pasada y sigue presente en la actualidad bajo forma de comunismo materialista, materialismo hedonista, capitalismo, rebeliones armadas, sectas, secularismo... andar vigilante implica, por una parte, conocer bien la originalidad del mensaje de Jesús para mantenerse firmes en él, y por otra, espíritu crítico que sepa discernir el trigo de la paja, pues todas las salvaciones alternativas suelen venir envueltas en ropajes positivos y atractivos, como lobos con piel de oveja.

Muchos movimientos y corrientes actuales tienen elementos positivos, pero también otros incompatibles con el cristianismo. El discernimiento evitará rechazo o aceptación total acrítica y ayudará a asimilar lo positivo. Para ayudar en esta tarea están el magisterio autorizado de la Iglesia y los verdaderos profetas que suscita el Espíritu.
            La segunda característica de la vida cristiana es la persecución, que reviste muchas formas: cruenta o simplemente ambiental por medio de prensa, radio y TV, parcial o general... Ante este hecho Jesús enseña, primero, que es una realidad normal de la vida cristiana, por lo que no hay que maravillarse. Si le persiguieron y mataron a él, también lo harán con sus discípulos. Lo que tiene que extrañar al cristiano es el no ser perseguido. Por eso dijo Jesús en las bienaventuranzas: Bienaventurados cuando, aborreciéndoos los hombres, os excomulguen y maldigan... alegraos... pues vuestra recompensa será grande en el cielo...Y al contrario: ¡Ay cuando todos los hombres hablaren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas (Lc 6,22-23.26).

En segundo lugar enseña que hay que afrontar  esta situación como testigos con la ayuda del Espíritu, siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza, con mansedumbre y respeto y en buena conciencia (1 Pe  3,16). Finalmente nos dice Jesús que esto exige una buena dosis de aguante y paciencia para mantenerse fiel y compartir el triunfo de Cristo.

            Ambas dificultades las presenta Jesús en el contexto del juicio final de Dios sobre la historia (1ª lectura) que se concretará en su parusía, en la que compartirá su gloria con los que han compartido sus dificultades.

            En la Eucaristía nos reunimos con Jesús resucitado, el que vendrá en la parusía, el que nos alimenta para compartir su muerte y poder compartir su resurrección: Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas, y yo dispongo del reino a favor vuestro, como el Padre ha dispuesto de él en favor mío, para que comáis u bebáis a mi mesa y os sentéis sobre doce tronos como jueces de las doce tribus de Israel (Lc 22, 25-26)


Rvdo. don Antonio Rodríguez Carmona

Ser «lámpara» ante el «sagrario»


  Aquella carta de Agustina —de la que ya os he hablado en alguna ocasión— indicándome cómo deseaba que celebrara sus exequias, me dejó realmente «tocado». Sobre todo el final cuando me decía: “Sabes cuánto hubiera deseado tener un hijo sacerdote… No pudo ser porque Dios me regaló dos hijas. Sin embargo, me ofreció tu amistad para que fueras mi «lámpara» ante el «sagrario»”. Es ella desde el cielo y las cuatro comunidades contemplativas de nuestra Diócesis quienes son mis grandes intercesores ante el Padre. Nunca podré agradecerle cómo aquellas palabras me hicieron entender la función mediadora de mi sacerdocio y de nuestros/as contemplativos/as… como verdaderas «lámparas» ante el «sagrario» de cada uno de los que el Señor nos ha confiado su cuidado pastoral.

La oración cristiana efectivamente no es, como algunos imaginan, una «máquina expendedora», que echas una moneda y te sale indefectiblemente el producto solicitado. Cuántas veces me habéis pedido que intercediera ante Dios o le habéis reprochado no haber sido dignos de su favor. La oración es un ejercicio de fe, no se la puede encerrar en el ámbito de la magia ni de la superstición, instrumentalizando a Dios. Nuestras peticiones pueden chocar con su silencio. Silencio que nunca se debe a la resistencia de Dios ya que es Él mismo quién las suscita: “Pedid y recibiréis”, sino que sirven para purificar y profundizar nuestra fe y la confianza de nuestra oración. El clamor de la plegaria continúa el grito de la fe de tantas personas que suplicaron a Jesús por los caminos de Palestina. Basta con que tengamos fe aseguró Jesús. La oración, cuando es auténtica como la que nos enseñó y practicó el Maestro, brota de una fe viva, que la expresa y la alimenta. Toda nuestra vida cristiana ha de ser oración y diálogo con Dios a nivel personal y familiar, comunitario y eclesial. La oración es el clima apropiado y la temperatura ambiente ideal para que funcione bien nuestra vida espiritual.
La oración, aunque no hayamos obtenido lo que humanamente deseábamos, es siempre eficaz porque Dios nos garantiza su Espíritu Santo. Es la voz de Dios, como en el bautismo o en la transfiguración de Jesús, que nos garantiza su protección, que nos invita a abandonarnos en sus brazos porque somos sus hijos muy amados. Y por ende, hermanos de todos los hombres. Es el Espíritu quien nos hace más creyentes y más humanos, más sinceros ante Dios y mejores por dentro, más fuertes en nuestra debilidad y más personas, más alegres y generosos, más entregados y esperanzados, más serviciales y transparentes… porque permanecer en la fe y en la oración nos conduce a obrar el bien, a practicar la misericordia ¿Quién no ha experimentado que cuando pide por un enfermo o por una necesidad no siente el anhelo de ayudar o consolar? Al rezar nos adentramos desde el corazón de Dios en los problemas del mundo, de las personas y descubrimos la forma de afrontarlos a la vez que adquirimos la fuerza para compartirlos y sobrellevarlos juntos.
Tened la certeza de que Dios es Padre y no nos va a abandonar aun en medio de las dificultades que podamos tener, ni de los miedos, de las depresiones, de la soledad o de los desengaños. Aquí está la eficacia de la oración hecha con fe. Oración verdadera que surge de una actitud de confianza, suceda lo que suceda, estamos en las manos de Dios. Conscientes de que no sabemos pedir lo que nos conviene, el Espíritu mismo es el que intercede por nosotros…. Por eso, orar no es más que abandonarse al Espíritu. No es sólo pedir favores a Dios, ni es un monólogo contigo mismo sino un encuentro personal con Dios, un diálogo abierto que nos libera y llena de sentido nuestra vida.
A Dios lo podemos escuchar y le podemos hablar cuando entramos en contacto íntimo con su Palabra, en la Eucaristía, en los demás sacramentos, en la oración personal, a través de la naturaleza, de los acontecimientos de la vida, en el encuentro con las personas…
Mantengamos alzados los brazos como Moisés intercediendo por los que están peleando en el llano. La Eucaristía, se torna canto de alabanza, de acción de gracias, de petición de ayuda o de perdón… de silencio o del Amén.
Con mi afecto y bendición,
+ Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón