Lo
realmente asombroso de la experiencia que el hombre hace con Dios es que Él le
lleva por su camino personal, el solamente suyo. Es suyo porque es total y
absolutamente original, nadie lo ha transitado; está trazado a la
medida de sus pasos. Es su camino, el suyo; es su experiencia, su existencia.
Jesús obedece al Padre no como puede obedecer
ciegamente un miembro de un club o secta, unas normas o reglas a fin de ser
admitido. Jesús obedece a su Padre por el hecho de que “el mandamiento que ha
recibido de él” es Palabra de vida, según la acepción que el término
mandamiento tiene en la
Escritura (Hch 7,38 – Si 45,5, etc).
He ahí la carta ganadora de Jesús: que el mandamiento
de su Padre es Palabra de vida que se enseñorea sobre la muerte; es carta
ganadora porque sus mandamientos le mantienen junto a Él en el Amor. “He
guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Jn 15,10). Los
he guardado, los he hecho míos, carne de mi carne y espíritu de mi espíritu,
porque en ellos, “en su Palabra está la vida” (Jn 1,4).
Jesús es el Buen Pastor y Maestro de pastores. Les
enseña –como diría san Francisco- con una paciencia infinita a confiar en Él al
igual que un hijo confía en su padre. Sólo en la escuela de la confianza que es
el Evangelio, puede el hombre llegar a saber que Dios es fiable en todas sus
propuestas, las que hace llegar al corazón mediante la escucha de su Palabra.
Sólo llegando a esta madurez de confianza, que no es otra cosa que cercanía a
Dios, puede un hombre “jugarse la vida por Él,” como profetizó en Jeremías.
Jesús, Pastor y Maestro de pastores, enseña a los
suyos, a aquellos a quienes confía su Evangelio, como confiesa con estupor
Pablo (1Tm 1,12), a perder la vida, con la certeza –he ahí la apuesta ganadora-
de recuperarla. Lo prometió a todos aquellos que la pusieran en sus manos:
“Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y
por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35).
Los pastores según el corazón de Dios “pierden su vida
por su Señor y su Evangelio”. Fijémonos en que el mismo Jesús nos hace ver que
su Evangelio es indisoluble con Él. Estos pastores “pierden” su vida en la
misma línea que su Maestro: no por heroísmo ni por arrojo o valentía, sino
porque saben que la recuperan, la ganan. En realidad siguen los mismos pasos o
huellas que Él en su camino de fidelidad al Padre. Lo siguen con la misma
garantía de que en su Evangelio-mandamientos
está encerrada la
Vida. En su experiencia de Dios han venido a saber que el Evangelio
está a la altura de su alma: la infinitud; y esto es lo que todo hombre busca
consciente o inconscientemente, por caminos rectos o torcidos. Esto es lo que
buscamos todos porque hace parte de nuestro ser.
Pastores, pues, sabios como lo es su Señor y Maestro.
Pastores que, como un buscador de perlas preciosas (Mt 13,45), buscan hasta
encontrar la vida e inmortalidad que irradia el Evangelio, como atestigua
Pablo: “… la
Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha
destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del
Evangelio para cuyo servicio he sido yo constituido heraldo, apóstol y maestro”
(2Tm 1,10-11).
Los discípulos que Jesús llama a ser pastores
encuentran la vida e inmortalidad en sus palabras y, por la alegría que les da,
–no por heroísmos ni ascesis- van al encuentro de sus hermanos desafiando
fronteras, razas y culturas con una sola intención: hacerlos eternos en Dios.