El carnaval, en su raíz cultural cristiana, no era un fin en sí mismo. Era
la antesala de algo más profundo. Permitía experimentar la fragilidad del
disfraz para recordar que no somos la máscara que llevamos. La alegría
desbordada tenía un límite; y precisamente por tenerlo, no se vaciaba de
significado.
¿Qué sucede cuando desaparece la ruptura?
Si no hay paso del ruido al silencio, del disfraz a la autenticidad, de la
dispersión a la oración… el carnaval deja de ser un momento y se convierte en
estado permanente. Y un carnaval permanente cansa. Porque vivir siempre
disfrazados —de éxito, de indiferencia, de superficialidad— agota el alma.
Fiesta → ceniza → conversión → Pascua.
Hoy, en cambio, la cultura parece prolongar indefinidamente la fiesta sin
horizonte. No hay ayuno que purifique, ni silencio que ordene, ni desierto que
prepare la resurrección. Sin contraste, no hay profundidad. Sin desierto, no
hay Pascua.
El cristianismo no condena la alegría. Al contrario: la purifica y la
orienta. La verdadera fiesta no es la del disfraz, sino la de la identidad
recuperada. La Cuaresma no apaga la vida; la centra. No suprime la alegría; la
hace más honda.
Quizá el desafío actual no sea abolir el carnaval, sino reintroducir la
ruptura. Recuperar espacios de silencio voluntario. Ayunos digitales. Momentos
de oración real. Pequeños desiertos en medio del ruido.
Y cuando el corazón no conoce el silencio, tampoco puede reconocer la voz
de Dios.
¿nos atrevemos todavía a quitarnos la máscara?
Javier Leoz

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