martes, 3 de febrero de 2026

A veces el vacío enferma el alma.

 



 El vacío puede estar provocado por estar lleno de demasiadas cosas que en realidad me sobran y vacío de lo que realmente me hace falta. Me gusta la imagen del junco que está vacío por dentro y que permite entonces que el aire de Dios pase por él y produzca un sonido. Me gusta esa imagen de junco flexible que se deja herir por el viento, pero nunca se rompe. Me gusta esa imagen de la vaciedad que puede ser llenada de nuevo con algo diferente.

 Siento el alma llena de cosas. Llena de preocupaciones y problemas. De angustias y de miedos. De placeres y alegrías pasajeras. Y es como si de repente, en medio de tantas cosas que la llenan, me sintiera vacío. Notara una punzada en mi alma, en mi estómago. Algo así como un tejido interior que se rompe. Como una oscuridad repentina que apaga la luz. Como una inundación que llena todo de agua y no deja espacio para respirar. Quisiera levantarme en medio de tanta suciedad y sentir que el viento golpea mi rostro limpiándolo.

 Salir de mi cueva y notar el aire fresco de la noche, de la mañana. Dejar atrás aquello que me retenía con cadenas invisibles atándome a la piedra, al lodo, al barro de mi vida. Quisiera vaciarme, pero no puedo porque mis manos están medio atadas, demasiado congeladas o quietas. Quizás debería romperme. Me duele el alma pensar en romperme. Porque duele que la vida se agriete y se rompa en pedazos. Quisiera comenzar de nuevo cada mañana y sentir que tengo otra oportunidad para ser quien realmente soy, no quien debería.

 Es que ese debería lo formula alguien externo a mí que no soy yo. O quizás soy yo mismo en mi vanidad y orgullo que pretende ser mejor de lo que soy, más completo, más pleno, más lleno, más perfecto. Han tejido una red a mi alrededor que no me deja salir. Como si fuera una cárcel invisible que yo mismo he permitido que surgiera. Quiero romper las cadenas y dejar que Dios llene tanto vacío.

 

P Carlos Padilla Esteban

 

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