- Eclo 15,15-20. A nadie obligó a ser impío.
- Sal 118. Dichoso el que camina en la ley del Señor.
- 1Cor 2,6-10. Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para
nuestra gloria.
- Mt 5,17-37. Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.
El libro del Eclesiástico afirma con sobriedad: “ante ti están fuego y
agua…, a nadie obligó a ser impío”. La libertad humana no es una ilusión, sino
el espacio teologal donde se juega la Alianza. La Ley de Dios no suprime la
autonomía, sino que la constituye al distinguir con claridad entre el camino
que lleva a la vida y el que lleva a la muerte. Por ello, el Salmo 118 canta la
dicha de quien ha encontrado el camino que le lleva a la felicidad.
El evangelio nos conduce a la raíz del precepto. Jesús no relativiza la Ley
ni la sustituye por una casuística más severa; declara que viene a darle
cumplimiento ("plerosai"). Este cumplimiento no es una mera ejecución
normativa, sino una plenitud de sentido. Si la Torá era la Palabra escrita, en
Jesús esa Palabra se hace presencia y acontecimiento. Su autoridad (“pero yo os
digo”) no es la de un profesor, sino la de la Sabiduría misma de Dios, que san
Pablo describe como preexistente y ahora revelada.
Las antítesis del Sermón de la Montaña no endurecen la norma; la llevan al
corazón. Jesús revela que el mal no es solo un acto externo, sino una ruptura
en la profundidad del ser. No basta con no matar; la justicia del Reino exige
la reconciliación. No basta evitar el adulterio; se requiere la transparencia
del deseo. Aquí, la Ley actúa como una pedagogía hacia la interioridad, donde
la persona decide ante Dios en verdad. La justicia nueva no es una acumulación
de méritos, sino una existencia transfigurada.
La liturgia no nos propone este evangelio como un ideal inalcanzable, sino
como misterio que se nos da. El que habla en la montaña es el mismo que se
entrega en la eucaristía. Su palabra no solo enseña: realiza lo que dice. Nos
introduce en su propia relación filial con el padre. San Juan de la Cruz dirá
que el alma es llevada a amar con el mismo amor con que es amada.
Así, la vida cristiana no es tensión voluntarista por ser perfectos, sino
participación en la obediencia del Hijo. En él, la ley de Dios deja de ser un
límite exterior y se convierte en forma de su vida en nosotros. Entonces la
libertad no se pierde: se cumple.
Oremos: Señor Jesús, sabiduría eterna del Padre, escribe tu ley en nuestro
corazón. Purifica nuestros deseos, reconcilia nuestras relaciones, haznos vivir
de tu propia vida filial, para que nuestra libertad sea amor y nuestra
obediencia, comunión contigo, que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
Eduardo Sanz de Miguel, OCD

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