sábado, 28 de febrero de 2026

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA: La Transfiguración

  



Al domingo de las tentaciones (primero de Cuaresma) sigue el de la transfiguración (segundo de Cuaresma). Esto recuerda a los catecúmenos que, si perseveran, podrán contemplar el rostro glorioso de Cristo en la Pascua, tal como pide la oración colecta de la misa. 

Benedicto XVI interpreta estos dos domingos como los “pilares” de la Cuaresma, pues anticipan el misterio pascual: la lucha y la fidelidad de Cristo preludian la pasión, mientras que la luz de la transfiguración anuncia la gloria de la resurrección. La existencia cristiana se revela, así, como un paso continuo de la muerte a la vida.

 La transfiguración se sitúa en un momento decisivo del evangelio: después de la confesión de Pedro en Cesarea y del primer anuncio de la pasión. Este contexto ilumina el verdadero mesianismo de Jesús, marcado no por el poder o la gloria humana, sino por el servicio y la humillación. Pedro y los demás discípulos no comprenden que el mesías deba sufrir, y de ahí nacen muchos de los malentendidos posteriores sobre el reino. La transfiguración no corrige esta visión mediante un triunfo espectacular, sino revelando la gloria escondida en el camino de la cruz.

 El escenario (una “montaña alta”) enlaza el acontecimiento con los grandes montes bíblicos, especialmente el Sinaí y el Carmelo. Allí aparecen Moisés y Elías, figuras de la Ley y los Profetas, que dan testimonio de Cristo como mediador de la alianza definitiva. El monte es lugar de cercanía con Dios y de oración. 

 San Jerónimo subraya que solo quienes suben con esfuerzo pueden contemplar a Jesús transfigurado: la visión de su gloria está ligada al seguimiento. Ratzinger amplía esta perspectiva mostrando la unidad de los “montes” en la vida de Jesús, desde la tentación hasta la ascensión, como etapas de un único camino pascual.

 La nube que cubre a Jesús evoca la presencia divina en el Éxodo y en la anunciación: es el mismo Dios que acompaña, fecunda y revela. De ella surge la voz del Padre que proclama a Jesús como Hijo amado e invita a escucharlo como profeta definitivo. La transfiguración es, como el bautismo, un momento de oración en el que Jesús se somete plenamente a la voluntad del Padre.

 Los discípulos testigos (Pedro, Santiago y Juan) contemplan aquí la gloria que más tarde contrastará con la agonía de Getsemaní. De este modo, se preparan para no escandalizarse ante la cruz. 

 La conversación con Moisés y Elías gira en torno al “éxodo” de Jesús, es decir, a su muerte en Jerusalén: la Pascua aparece confirmada como cumplimiento de las Escrituras. La transfiguración se convierte en verificación anticipada de la entrega obediente que culminará en la cruz.

 La transfiguración también es anticipo de la resurrección de Cristo y anuncio de la futura glorificación de la Iglesia y de toda la creación. El vestido blanco de Jesús remite al bautismo y sostiene la esperanza de los catecúmenos: quienes son revestidos de Cristo están llamados a participar de su gloria. Sin embargo, antes de esa manifestación definitiva, la Iglesia (como su Señor) debe aceptar el camino de la humillación y de la cruz, sostenida por la luz que, por momentos, se le concede contemplar.

Resumen de las páginas 221-227 de mi libro: Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

 Publicado por Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d. 

 

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