En el silencio del desierto donde el viento desnuda el corazón y la arena
guarda los pasos de Dios, el hombre escucha su propia sed.
Allí, donde no hay aplausos ni distracciones que adormezcan el alma, aparecen
las voces antiguas: la promesa fácil, el poder sin cruz, el pan sin confianza.
La tentación susurra: “Llena el vacío con lo inmediato, adórame y te daré
caminos cortos, olvida quién eres.”
Pero en lo hondo resuena otra voz, suave como brisa de madrugada: “No sólo
de pan vive el hombre, sino de cada palabra que nace del Amor.”
Cuaresma es desierto fecundo, es aprender a elegir la luz cuando el mundo
brilla con espejismos. Es dejar
caer las máscaras y descubrir que la verdadera fuerza nace de confiar.
Hoy también somos tentados: por la prisa que roba el alma, por el ruido que
apaga la oración, por el brillo que promete felicidad y deja vacío.
Y sin embargo, Cristo camina a nuestro lado, ayunando con nosotros, mostrándonos
que la libertad no se compra ni se impone: se recibe.
Que este primer domingo abra en nosotros un camino interior, donde cada
renuncia sea semilla, cada lucha, encuentro, y cada desierto, promesa de
Pascua.
Porque en medio de la tentación late una certeza: Dios no abandona al que
busca, y el corazón que persevera encuentra agua viva en la arena.
Javier Leoz
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