Cuando Guillermo de Baskerville descubre que el
causante de las muertes de la abadía es un libro que causa la risa de los
monjes, comienza un diálogo con el anciano monje, Jorge de Burgos. Estoy
hablando de la célebre novela “El nombre de la Rosa” (Umberto Eco, 1980) y
espero no estar haciendo spoiler
a nadie. Si es así, dejen de leer estas líneas y salten al siguiente párrafo.
El auténtico problema del venerable Jorge era la risa, porque según él: «La risa acaba con el miedo. Sin miedo no hay
fe. Porque sin miedo al diablo, no se necesita a Dios».
Al contrario de lo que pensaba
el Venerable Jorge, la
risa no entorpece a la espiritualidad. Depende de dónde brote, pero cuando sus
fuentes son la alegría, la humildad y el amor, la risa es, sin duda alguna, la
expresión más sencilla de la vida abundante que propone el evangelio. Ya lo
dice el Eclesiastés: «hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír» (3,4) En
la vida de fe hay momentos de silencio, reflexión y seriedad; pero también los
hay para reírse, disfrutar o hacer bromas. Porque la vida no es solo para
soportarla, también está para disfrutarla.
Seriedad y madurez espiritual no son sinónimos. No es compatible
llevar a Dios en el corazón y ser incapaces de mantener una conversación
sencilla. La idea es vivir nuestra humanidad delante de Dios. Para ello es
necesario también diferenciar entre aquel humor que une y aquel que destruye,
entre las bromas que crean complicidad y las que humillan. Porque nuestro humor
también revela cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo vemos a los demás.
Una virtud cristiana es saber reírse de uno mismo. Todos hemos
metido la pata o hemos hecho algo de lo que después nos hemos reído. Aprender a
reconocer nuestras propias limitaciones nos ayuda a vivir con humildad. No
necesitamos presentar frente a los demás una imagen perfecta de nosotros
mismos, esto sería excesivamente arduo, es preferible no tomarnos demasiado en
serio.
Así la alegría y el buen humor también se convierten en una
forma de testimonio. Porque quien vive con esperanza ha aprendido a vivir de
una forma diferente, sin fingimiento. Una comunidad donde las personas pueden
compartir una comida, contar una anécdota, reírse juntas y disfrutar de la
compañía, es una auténtica familia, expresión gozosa del Evangelio que se hace
vida.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera

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