sábado, 12 de septiembre de 2026

Dom. XXIV T.O. Ciclo A EL PERDÓN SETENTA VECES SIETE.

 





 Recordemos que en la Biblia el número siete evoca la perfección, la totalidad, la plenitud (es el resultado de sumar tres más cuatro, la plenitud divina y la humana). Por eso son siete los días de la creación (Gén 1,1-2,4), siete brazos tiene el candelabro que arde ante el Señor (Éx 25,37), las fiestas de Pascua y de las Tiendas duran siete días, cada siete semanas de años se celebra un año jubilar (Dt 15,1), los judíos dieron siete vueltas a Jericó (Jos 6,3-4), Naamán tuvo que bañarse siete veces en el Jordán (2Re 5,14), Juan recoge siete «signos» en su evangelio, el perdón debe ofrecerse setenta veces siete (Mt 18,22) y todo lo que hace referencia a Dios en el Apocalipsis va en grupos de siete (cartas, sellos, copas, trompetas, etc.).

 Esto indica que perdonar setenta veces siete significa que debemos estar dispuestos a perdonas siempre, aunque nos cueste.

 Lo que a nosotros nos sale espontáneo es el egoísmo y el instinto de venganza. El Antiguo y el Nuevo Testamento nos indican que el camino que deberíamos seguir no es ese, sino el del servicio y el perdón.

 No es fácil, pero tampoco es imposible si contamos con la ayuda del Señor. Pidámosle que nos conceda un corazón como el suyo, para que podamos amar y perdonar a todos, también a nuestros enemigos.

 A partir de otra lectura parecida, hice una reflexión detenida y recogí varias citas en las que Jesús pide que nunca nos cansemos de perdonar, que amemos a todos, incluso a los que nos han hecho daño. Pueden verla aquí:

 - La fuerza del perdón. Amar a los enemigos y perdonar sin límites para imitar al Padre celestial, que es misericordioso con todos es difícil. Aún no estamos a la altura, pero estamos en camino. Tras cada caída, debemos levantarnos confiando en la misericordia divina. Amar al enemigo no implica simpatía, sino no desearle el mal y hacerle el bien si es posible. El evangelio, siempre antiguo y nuevo, nos invita a ponerlo en práctica con la ayuda del Señor.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

LA DIFÍCIL TAREA DE MIRAR AL OTRO

 




 

Una de las imágenes que nos ha dejado el verano ha sido la crisis migratoria en Ceuta. Escuchar los medios de comunicación, las opiniones de la gente o las intervenciones de los políticos, con frecuencia nos provoca un cierto caos mental.

Ante estas situaciones que suelen usarse para polarizar me cuesta, supongo que no soy el único, tener una opinión propia. Cada político, cada medio, cada vecino hace hincapié en una posición concreta y aborda desde su perspectiva, no exenta de ideología, lo que está viviendo.

Quizá el primer problema es que hemos aprendido a hablar generalizando, hablamos de personas como si fueran conceptos. Inmigrantes, menores, españoles, policías, vecinos, legales o ilegales. Pero estas etiquetas nos sitúan en una posición de comodidad porque nos permiten dejar de mirar a los ojos.

El Estado tiene derecho a proteger sus fronteras. La ciudad tiene derecho a exigir los recursos que necesita para atender lo que sucede en ella. Nuestra sociedad necesita con urgencia una política migratoria ordenada. Pero ninguno de estos principios puede estar por encima del bien personal de los implicados.

La fraternidad cristiana nos ayuda a no convertir al otro en un enemigo. El evangelio nos pide que, incluso en las situaciones difíciles, cuando hay que decidir, cuando discrepamos o sentimos miedo, no olvidemos que el otro es un ser humano.

Las posiciones políticas, con frecuencia generalizan, deshumanizan y convierten a las personas en objetos. El criterio de la fraternidad nos ayuda a poder hablar del inmigrante, del policía, del sanitario o del menor indefenso sin olvidar que todos poseen una dignidad y que, aunque necesitamos fronteras, lo que no necesitamos son enemigos.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Domingo 23 del Tiempo Ordinario, ciclo "A". UNIDOS EN EL NOMBRE DE JESÚS.

 


 En el evangelio de este domingo, Jesús nos dice: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos... Os aseguro que, si dos de vosotros están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

 La primera parte de este evangelio nos recuerda que todos somos responsables los unos de los otros, que no debemos renunciar a ayudar a los hermanos, incluso con la corrección fraterna, cuando sea necesaria.

 La segunda parte nos dice que Jesús está entre nosotros, que nos sentimos hermanos en la fe porque creemos en él y nos fiamos de su palabra. Su promesa no falla.

 También nos enseña que el Padre nos escucha cuando oramos unidos en su nombre. No nos cansemos de juntarnos con otros para ayudarnos en el camino de la vida espiritual, para «hacernos espaldas unos a otros», como decía santa Teresa de Jesús.

 La palabra "hermanos" es la clave de todo. Tenemos que ayudarnos con la oración, con los favores, con la corrección, con el perdón. Así se construye la verdadera fraternidad.

 Hay un himno de la liturgia de las horas que nos recuerda que un cristiano nunca está solo ya que, aunque no estemos materialmente juntos, formamos un solo cuerpo, una única familia. Aunque sea en la intimidad de la habitación, cada uno de nosotros dice al orar "Padre nuestro", Padre de todos los hombres, no "Padre mío" y pide "el pan nuestro" para todos, no solo para sí mismo.

 

No vengo a la soledad

cuando vengo a la oración,

pues sé que, estando contigo,

con mis hermanos estoy;

y sé, estando con ellos,

tú estás en medio, Señor.

 

No he venido a refugiarme

dentro de tu torreón,

como quien huye a un exilio

de aristocracia interior.

Pues vine huyendo del ruido,

pero de los hombres no.

 

Allí donde va un cristiano

no hay soledad, sino amor,

pues lleva toda la Iglesia

dentro de su corazón.

Y dice siempre "nosotros",

incluso si dice "yo”.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

jueves, 3 de septiembre de 2026

SANTOS BOCATAS

 



 Tarde de playa: sillas, mesas, una luz de camping, la nevera llena de bebidas frescas y unos bocadillos preparados de forma apresurada en la cocina de la casa parroquial con el toque que le dan los curas, los “santos bocatas”. Así los bautizó una de las feligresas que participaba en estos planes estivales. Conversaciones, risas, encuentro… sin duda, la mejor manera de pasar el verano, con los pies y el culo en el agua.

La Iglesia no siempre comienza en el templo. Comer, caminar junto al mar, conversar y estar con los demás… me suena a un plan nada nuevo, quizá lo he leído en alguna parte. Puede ser que el estilo y los tiempos hayan cambiado, pero el alma del ser humano sigue siendo la misma. Necesitamos estar juntos y tener tiempo para abrir el corazón con quienes nos acompañan. Una tarde aparentemente insignificante puede servir para que Dios se cuele en alguna vida.

El peligro está en pensar que la Iglesia solo crece cuando hacemos “cosas de iglesia”.  La clave no es convertir un plan social en una reunión religiosa, sino reconocer que la comunidad cristiana ya está siendo iglesia mientras comparte vida. No es organizar algo para que la gente venga, más bien hay que aprender a estar juntos y disponibles para otros. Poder invitar incluso a quien nunca se acercaría al templo para rezar.

Al caer la noche también cambia el tono de la conversación y la fe sale a la palestra de la forma más natural, se comparten las historias, se escucha dejando espacio para que Dios haga algo en medio. Seguramente este plan no aparezca en ningún manual de pastoral porque es sencillo. Me cuesta trabajo entender cómo hemos convertido lo normal, compartir la vida, en algo extraordinario, cuando debería ser la forma más habitual de hacer crecer a la Iglesia.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

sábado, 29 de agosto de 2026

DOM. XXII T.O – A (Mateo 16,21-27)

 

  

APRENDER DE JESÚS LA ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO.

Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar, si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.

En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las personas. Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de lo que sufren) que hemos de ir eliminando precisamente si queremos seguir a Jesús.

Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el sufrimiento ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios. Es un error creer que uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.

Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer desaparecer en el mundo el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese padecimiento que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado o la muerte.

El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Ignacio Larrañeta).

Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehúye, sino que lo asume en actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.

Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Jesús y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este seguimiento. Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que solo podríamos hacer desaparecer de nuestra vida, dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz que hemos de llevar siguiendo sus pasos.

José Antonio Pagola

 

sábado, 22 de agosto de 2026

Dom. XXI T.O.– A (Mateo 16,13-20)

 


 UNA PREGUNTA DECISIVA

 

 «Y vosotros, quién decís que soy yo?». Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores. Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos confesamos cristianos.

Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser pronunciados sin contenido vital alguno.

La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante él. Y esta no se refleja solo en nuestras palabras, sino sobre todo en nuestro seguimiento concreto a él. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: “Yo creo que Jesús es el Hijo de Dios”, significa algo completamente distinto si la pronuncia Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos. El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios al que cada uno invoca para dirigir su conducta».

Las palabras de Jesús piden una opción radical. O bien Jesús es para nosotros un personaje más, junto a otros muchos de la historia, o bien es la Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da la orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.

La pregunta «¿quién decís que soy yo?» cobra entonces un contenido nuevo. No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo? ¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?

Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo» es necesario verificar cómo vivo, a qué aspiro, en qué me comprometo.

Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia, debería ser la llamada a un estilo de vida cristiano. Evidentemente no se trata de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero tampoco de hacer solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.

 

José Antonio Pagola

 

 

sábado, 15 de agosto de 2026

ENCUENTRO DE JESÚS CON LA MUJER CANANEA.

 


  

El evangelio del domingo 20 del Tiempo Ordinario, ciclo "a" (Mt 15,21-28), narra un episodio que puede pasar desapercibido, pero que tiene una importancia radical: el encuentro de Jesús con una mujer siro fenicia. Como la intervención de María en Caná adelantó la hora de la manifestación de Jesús a Israel, la insistencia de esta mujer pagana anticipa la apertura de su misión a todos los pueblos.

Jesús se encuentra en la región de Tiro y Sidón, fuera de Israel. Allí se acerca una mujer pagana, que Mateo llama cananea y Marcos describe como sirofenicia de cultura griega. Ha oído hablar de Jesús y, movida por el amor a su hija enferma, se postra ante él y le suplica que la cure.

La respuesta inicial de Jesús resulta desconcertante. Afirma que ha sido enviado «a las ovejas perdidas de Israel» y, ante la insistencia de la mujer, añade: «No está bien echar el pan de los hijos a los perrillos». Con esta expresión recoge la mentalidad de su tiempo, que distinguía entre los hijos de Israel y los paganos. No se trata, sin embargo, de una exclusión definitiva. La misión mesiánica tiene un orden: primero Israel, después los demás pueblos. La elección de Israel nunca tuvo como finalidad encerrarse en sí mismo, sino convertirse en instrumento de bendición para todas las naciones, según la promesa hecha a Abrahán: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gén 12,3).

La mujer no se desanima. Su amor y su confianza son mayores que el aparente rechazo. Acepta la imagen utilizada por Jesús y responde con admirable audacia: «También los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Comprende que el banquete mesiánico es tan abundante que puede alcanzar también a los paganos; incluso unas migajas del poder salvador de Jesús son suficientes para sanar a su hija.

Jesús se admira de su fe y concede lo que pide. Así, este encuentro se convierte en un signo profético: la salvación destinada inicialmente a Israel comienza a manifestarse ya entre los pueblos. La Iglesia primitiva comprendió que el evangelio debía extenderse desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. San Pablo lo expresó con claridad: «El evangelio es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, del judío primero y también del griego» (Rom 1,16).

En Cristo quedan finalmente superadas las divisiones. Él «ha hecho de los dos pueblos uno solo, rompiendo el muro que los dividía» (Ef 2,14). La mujer sirofenicia anuncia el gran misterio del designio de Dios: la mesa del Reino está destinada a todos. Su fe perseverante nos recuerda que nadie debe considerarse excluido de la misericordia de Cristo y que la confianza puede abrir caminos nuevos en la historia de la salvación.

 

Eduardo Sanz de Miguel, ocd

sábado, 8 de agosto de 2026

DOM. XIX T.O. -A- (Mateo 14,22-33)

 


 APRENDER A CREER DESDE LA DUDA

  

No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».

A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.

Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás encontrar.

No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.

Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a veces tan frágil y vacilante?

Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).

Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese Padre.

Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a hundirnos.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 1 de agosto de 2026

BUSCAR A DIOS DOM.XVIII T.O. – A (Mateo 14,13-21)

 



 Casi sin darnos cuenta y empujados por diversos factores, hemos ido deshumanizando poco a poco ese gesto tan entrañable y humano que es sentarse a la mesa a comer juntos.

 La comida se ha convertido para muchos en algo puramente funcional que es necesario organizar de manera rápida y precisa dentro de la jornada laboral. Cada vez es más raro ese momento privilegiado de encuentro familiar en torno a la mesa. En muchos hogares, esa mesa hecha para ser rodeada ya no sirve para que padres e hijos se encuentren, compartan sus vidas, conversen y descansen juntos.

 Otros se van habituando a «alimentar su organismo» en esas comidas impersonales de los restaurantes o en el rincón del self-service de turno. No pocos se ven obligados a participar en comidas protocolarias o de trabajo, donde el gesto amistoso del comer juntos es sustituido por el interés, el pragmatismo o la ostentación.

 El gesto de Jesús invitando a las gentes a recostarse para compartir juntos una comida sencilla, bendiciendo a Dios por el pan que recibimos, puede ser una llamada para nosotros. Como expone jugosamente Xabier Basurko en su estudio Compartir el pan, comer es mucho más que «introducir una determinada ración de calorías en el organismo».

 La necesidad de alimentarnos es, antes que nada, signo de nuestra indigencia radical. Oscuramente, los seres humanos percibimos que no nos fundamentamos a nosotros mismos. En realidad, vivimos recibiendo, nutriéndonos de una vida que, a través de la tierra, se nos regala día a día a cada uno. Por eso es un gesto profundamente humano recogerse antes de comer para agradecer a Dios esos alimentos, fruto del esfuerzo y trabajo del hombre, pero, al mismo tiempo, regalo originario del Dios creador que sustenta la vida.

 Pero, además, comer no es solo un acto individualista de carácter biológico. El ser humano está hecho para comer con otros, compartiendo su mesa con familiares y amigos. Comer juntos es confraternizar, dialogar, crecer en amistad, compartir el regalo de la vida.

 Por eso es tan difícil dar gracias a Dios cuando uno tiene más comida que la que necesita mientras otros sufren miseria y hambre. Nos sentimos acusados por aquellas palabras de Gandhi: «Todo lo que comes sin necesidad lo estás robando al estómago de los pobres». Tal vez en los países del bienestar hemos de aprender a bendecir la mesa de otra manera: dando gracias a Dios, pero, al mismo tiempo, pidiendo perdón por nuestra insolidaridad y tomando conciencia de nuestra responsabilidad ante los hambrientos de la Tierra.

 

José Antonio Pagola

sábado, 25 de julio de 2026

Dom. XVII T.O. – A (Mateo 13,44-52)

 


 BUSCAR A DIOS

Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?

 Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su «necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos susurra al corazón.

 Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior».

 Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos: «Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He vuelto yo a ser de nuevo niño?».

 No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para seguir buscándolo.

 En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario, genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz»

 

José Antonio Pagola

domingo, 19 de julio de 2026

Dom. XVI T.O. – A (Mateo 13,24-.43)

 

 

FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA

 Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerles en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.

A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.

Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos, animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las mezquindades más inconfesables.

A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.

El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.

 

José Antonio Pagola

 

sábado, 11 de julio de 2026

Dom. XV T.O – A (Mateo 13,1-23)

 



 SEMBRAR CON FE

 En pocos años estamos pasando de una sociedad profundamente religiosa, donde el cristianismo jugaba un papel decisivo en la vida de las personas y en la convivencia social, a otro estilo de vida más laico e increyente, donde lo religioso va perdiendo importancia.

Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.

Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni fuerza de convicción para el hombre moderno.

Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza. Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano y liberador a nuestras vidas.

Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones interesadas.

Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la palabra de Jesús.

Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada. Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.

 

José Antonio Pagola