Eduardo Sanz de Miguel, ocd
Eduardo Sanz de Miguel, ocd
Una
de las imágenes que nos ha dejado el verano ha sido la crisis migratoria en
Ceuta. Escuchar los medios de comunicación, las opiniones de la gente o las
intervenciones de los políticos, con frecuencia nos provoca un cierto caos
mental.
Ante estas situaciones que suelen usarse para polarizar me
cuesta, supongo que no soy el único, tener una opinión propia. Cada político,
cada medio, cada vecino hace hincapié en una posición concreta y aborda desde
su perspectiva, no exenta de ideología, lo que está viviendo.
Quizá el primer problema es que hemos aprendido a hablar
generalizando, hablamos de personas como si fueran conceptos. Inmigrantes,
menores, españoles, policías, vecinos, legales o ilegales. Pero estas etiquetas
nos sitúan en una posición de comodidad porque nos permiten dejar de mirar a
los ojos.
El Estado tiene derecho a proteger sus fronteras. La ciudad
tiene derecho a exigir los recursos que necesita para atender lo que sucede en
ella. Nuestra sociedad necesita con urgencia una política migratoria ordenada.
Pero ninguno de estos principios puede estar por encima del bien personal de
los implicados.
La fraternidad cristiana nos ayuda a no convertir al otro en un
enemigo. El evangelio nos pide que, incluso en las situaciones difíciles,
cuando hay que decidir, cuando discrepamos o sentimos miedo, no olvidemos que
el otro es un ser humano.
Las posiciones políticas, con frecuencia generalizan,
deshumanizan y convierten a las personas en objetos. El criterio de la
fraternidad nos ayuda a poder hablar del inmigrante, del policía, del sanitario
o del menor indefenso sin olvidar que todos poseen una dignidad y que, aunque
necesitamos fronteras, lo que no necesitamos son enemigos.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.
No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.
Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre "nosotros",
incluso si dice "yo”.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd
La Iglesia no siempre comienza en el templo. Comer, caminar
junto al mar, conversar y estar con los demás… me suena a un plan nada nuevo,
quizá lo he leído en alguna parte. Puede ser que el estilo y los tiempos hayan
cambiado, pero el alma del ser humano sigue siendo la misma. Necesitamos estar
juntos y tener tiempo para abrir el corazón con quienes nos acompañan. Una
tarde aparentemente insignificante puede servir para que Dios se cuele en
alguna vida.
El peligro está en pensar que la Iglesia solo crece cuando
hacemos “cosas de iglesia”. La clave no es convertir un plan social en
una reunión religiosa, sino reconocer que la comunidad cristiana ya está siendo
iglesia mientras comparte vida. No es organizar algo para que la gente venga,
más bien hay que aprender a estar juntos y disponibles para otros. Poder
invitar incluso a quien nunca se acercaría al templo para rezar.
Al caer la noche también cambia el tono de la conversación y la
fe sale a la palestra de la forma más natural, se comparten las historias, se
escucha dejando espacio para que Dios haga algo en medio. Seguramente este plan
no aparezca en ningún manual de pastoral porque es sencillo. Me cuesta trabajo
entender cómo hemos convertido lo normal, compartir la vida, en algo
extraordinario, cuando debería ser la forma más habitual de hacer crecer a la
Iglesia.
Jesús Martín Gómez
Párroco de Vera
APRENDER DE
JESÚS LA ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO.
Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana ante el sufrimiento. Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar, si queremos seguir al Crucificado con mayor fidelidad.
En Jesús no encontramos ese
sufrimiento que hay tantas veces en nosotros, generado por nuestro propio
pecado o nuestra manera desacertada de vivir. Jesús no ha conocido los
sufrimientos que nacen de la envidia, el resentimiento, el vacío interior o el
apego egoísta a las cosas y a las personas. Hay, por tanto, en nuestra vida un
sufrimiento (según los expertos, puede llegar en algunas personas al 90% de lo
que sufren) que hemos de ir eliminando precisamente si queremos seguir a Jesús.
Por otra parte, Jesús no ama ni
busca arbitrariamente el sufrimiento ni para él ni para los demás, como si el
sufrimiento encerrara algo especialmente grato a Dios. Es un error creer que
uno sigue más de cerca a Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin
necesidad alguna. Lo que agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud
con que una persona asume el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.
Jesús, además, se compromete con
todas sus fuerzas para hacer desaparecer en el mundo el sufrimiento. Toda su
vida ha sido una lucha constante por arrancar al ser humano de ese padecimiento
que se esconde en la enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el
pecado o la muerte.
El que quiera seguirle no podrá
ignorar a los que sufren. Al contrario, su primera tarea será quitar
sufrimiento de la vida de los hombres. Como ha dicho un teólogo, «no hay
derecho a ser feliz sin los demás ni contra los demás» (Ignacio Larrañeta).
Por último, cuando Jesús se
encuentra con el sufrimiento provocado por quienes se oponen a su misión, no lo
rehúye, sino que lo asume en actitud de fidelidad total al Padre y de servicio
incondicional a los hombres.
Antes que nada, «tomar la cruz» es
seguir fielmente a Jesús y aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán,
sin duda, de este seguimiento. Hay rechazos, padecimientos y daños que el
cristiano ha de asumir siempre. Es el sufrimiento que solo podríamos hacer
desaparecer de nuestra vida, dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno
de nosotros la cruz que hemos de llevar siguiendo sus pasos.
José Antonio Pagola
«Y vosotros, quién decís que soy
yo?». Esta pregunta de Jesús no está dirigida solo a sus primeros seguidores.
Es la cuestión fundamental a la que hemos de responder siempre los que nos
confesamos cristianos.
Nuestra primera reacción puede ser encontrar rápidamente una respuesta
doctrinal y confesar de manera rutinaria que Jesús es el «Hijo de Dios
encarnado», el «Redentor» del mundo, el «Salvador» de la humanidad. Títulos
todos ellos muy solemnes y ortodoxos, sin duda, pero que pueden ser
pronunciados sin contenido vital alguno.
La pregunta de Jesús no nos pide simplemente nuestra opinión. Nos
interpela, sobre todo, acerca de nuestra actitud ante él. Y esta no se refleja
solo en nuestras palabras, sino sobre todo en nuestro seguimiento concreto a
él. Como ha escrito algún teólogo: «La breve proposición: “Yo creo que Jesús es
el Hijo de Dios”, significa algo completamente distinto si la pronuncia
Francisco de Asís o la pronuncia uno de los actuales dictadores sudamericanos.
El Dios de estos hombres no es el mismo, o, al menos, el Dios al que cada uno
invoca para dirigir su conducta».
Las palabras de Jesús piden una opción radical. O bien Jesús es para
nosotros un personaje más, junto a otros muchos de la historia, o bien es la
Persona decisiva que nos proporciona la comprensión última de la existencia, da
la orientación decisiva a nuestra vida y nos ofrece la esperanza definitiva.
La pregunta «¿quién decís que soy yo?» cobra entonces un contenido nuevo.
No es ya una cuestión sobre Jesús, sino sobre nosotros mismos. ¿Quién soy yo?
¿En quién creo? ¿Desde dónde oriento mi existencia? ¿A qué se reduce mi fe?
Todos hemos de recordar una y otra vez que la fe no se identifica con las
fórmulas que pronunciamos. Para comprender mejor el alcance de «lo que yo creo»
es necesario verificar cómo vivo, a qué aspiro, en qué me comprometo.
Por eso, la pregunta de Jesús, más que un examen sobre nuestra ortodoxia,
debería ser la llamada a un estilo de vida cristiano. Evidentemente no se trata
de decir o creer cualquier cosa acerca de Cristo. Pero tampoco de hacer
solemnes profesiones de fe ortodoxa para vivir luego muy lejos del espíritu que
esa misma proclamación de fe exige y lleva consigo.
José Antonio Pagola
El evangelio del domingo 20 del Tiempo Ordinario, ciclo "a" (Mt
15,21-28), narra un episodio que puede pasar desapercibido, pero que tiene una
importancia radical: el encuentro de Jesús con una mujer siro fenicia. Como la
intervención de María en Caná adelantó la hora de la manifestación de Jesús a
Israel, la insistencia de esta mujer pagana anticipa la apertura de su misión a
todos los pueblos.
Jesús se encuentra en la región de Tiro y Sidón, fuera de Israel. Allí se
acerca una mujer pagana, que Mateo llama cananea y Marcos describe como sirofenicia
de cultura griega. Ha oído hablar de Jesús y, movida por el amor a su hija
enferma, se postra ante él y le suplica que la cure.
La respuesta inicial de Jesús resulta desconcertante. Afirma que ha sido
enviado «a las ovejas perdidas de Israel» y, ante la insistencia de la mujer,
añade: «No está bien echar el pan de los hijos a los perrillos». Con esta
expresión recoge la mentalidad de su tiempo, que distinguía entre los hijos de
Israel y los paganos. No se trata, sin embargo, de una exclusión definitiva. La
misión mesiánica tiene un orden: primero Israel, después los demás pueblos. La
elección de Israel nunca tuvo como finalidad encerrarse en sí mismo, sino
convertirse en instrumento de bendición para todas las naciones, según la
promesa hecha a Abrahán: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra»
(Gén 12,3).
La mujer no se desanima. Su amor y su confianza son mayores que el aparente
rechazo. Acepta la imagen utilizada por Jesús y responde con admirable audacia:
«También los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».
Comprende que el banquete mesiánico es tan abundante que puede alcanzar también
a los paganos; incluso unas migajas del poder salvador de Jesús son suficientes
para sanar a su hija.
Jesús se admira de su fe y concede lo que pide. Así, este encuentro se
convierte en un signo profético: la salvación destinada inicialmente a Israel
comienza a manifestarse ya entre los pueblos. La Iglesia primitiva comprendió
que el evangelio debía extenderse desde Jerusalén hasta los confines de la
tierra. San Pablo lo expresó con claridad: «El evangelio es poder de Dios para
la salvación de todo el que cree, del judío primero y también del griego» (Rom
1,16).
En Cristo quedan finalmente superadas las divisiones. Él «ha hecho de los
dos pueblos uno solo, rompiendo el muro que los dividía» (Ef 2,14). La mujer
sirofenicia anuncia el gran misterio del designio de Dios: la mesa del Reino
está destinada a todos. Su fe perseverante nos recuerda que nadie debe
considerarse excluido de la misericordia de Cristo y que la confianza puede
abrir caminos nuevos en la historia de la salvación.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd
APRENDER A CREER DESDE LA DUDA
No es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro
en el momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».
A veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma
se nos turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta
entonces como inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros
la tentación de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.
Otras veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra
sobre mi vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue
buscando insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá
jamás encontrar.
No pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el
culto secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y
escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.
Con frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues
esta decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos
de confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y
el creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a
veces tan frágil y vacilante?
Lo primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y
vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la
oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar
que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada»
(Ladislao Boros).
Lo importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto.
Nuestra fe depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta
esperar a que nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad
ante ese Padre.
Por eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber
levantar hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino
también de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y
necesitado de salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero
con la posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando
comenzamos a hundirnos.
José Antonio Pagola
José Antonio Pagola
Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va deslizando en
Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia tranquila,
ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más los que,
movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de buscar
«algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?
José Antonio Pagola
FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA
A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y
arrollador, capaz de terminar con otras corrientes y alternativas, Jesús les
habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa. El mundo es un campo de
siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a
veces tan ambigua y compleja.
Ahí está Dios salvando al ser humano. En esos comportamientos colectivos,
animados unas veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos
mil gestos que hacemos cada día y donde se mezcla la generosidad con las
mezquindades más inconfesables.
A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les
habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho
para desencadenar movimientos grandiosos de masas. El reino de Dios está ya
actuando, pero al modo de un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que
germina con humildad, o como un trozo imperceptible de levadura que se pierde
en la masa fermentándola desde dentro.
Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros
grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con
nuestro pensamiento. No lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes
masas o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.
El reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón
oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad
más digna. Al reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del
evangelio transforme nuestro estilo de vivir, amar, trabajar, disfrutar, luchar
y ser.
José Antonio Pagola
Acostumbrados a una «sociedad de cristiandad» donde lo religioso estaba
presente visiblemente en nuestras calles, plazas, escuelas y hogares, son
muchos los creyentes que sienten malestar y sufren ante la nueva situación.
Más aún. Casi sin darnos cuenta podemos llegar a pensar que el evangelio ha
perdido su anterior virtualidad, y el mensaje de Jesús no tiene ya garra ni
fuerza de convicción para el hombre moderno.
Por eso se hace necesario escuchar con atención la parábola de Jesús. Aun
en su aparente insignificancia y modestia, el evangelio sigue encerrando una
virtualidad poderosa para «salvar» al hombre de lo que le deshumaniza.
Difícilmente encontraremos algo o a alguien que pueda dar un sentido más humano
y liberador a nuestras vidas.
Es cierto que, para ejercer su fuerza liberadora, este evangelio ha de ser
presentado con fidelidad, en toda su verdad, sus exigencias y su esperanza. Sin
deformaciones ni cobardías. Sin parcialismos intencionados ni manipulaciones
interesadas.
Es cierto también que el evangelio exige una acogida sincera y una
disponibilidad total. Y son muchos los factores que, como la riqueza, los
intereses egoístas o la cobardía, pueden ahogar y anular la eficacia de la
palabra de Jesús.
Pero el evangelio sigue teniendo hoy una energía humanizadora insospechada.
Olvidarlo sería un error lamentable para la sociedad moderna. En cualquier
caso, los creyentes hemos de recordar que no es momento de «cosechar», sino
hora de sembrar con fe en la fuerza renovadora que se encierra en el evangelio.
José Antonio Pagola