lunes, 18 de diciembre de 2017

¡Bien­ve­ni­do Se­ñor!

En una de sus ho­mi­lías so­bre el Ad­vien­to, San Ber­nar­do ex­pli­ca que exis­ten tres ve­ni­das del Se­ñor. La pri­me­ra fue su ve­ni­da en car­ne y de­bi­li­dad (Be­lén); la úl­ti­ma será su ve­ni­da en es­pí­ri­tu y po­der (fi­nal de los tiem­pos). Pero en­tre una y otra hay una ve­ni­da in­ter­me­dia (ad­ven­tus me­dius) que el Se­ñor rea­li­za “es­pi­ri­tual­men­te, ma­ni­fes­tan­do la fuer­za de su gra­cia”. Se tra­ta de la pre­sen­cia del Se­ñor en nues­tra vida, que an­ti­ci­pa y pre­pa­ra su ve­ni­da al fi­nal de los tiem­pos. “Esta ve­ni­da in­ter­me­dia -ex­pli­ca San Ber­nar­do-  es como una sen­da por la que se pasa de la pri­me­ra a la úl­ti­ma: en la pri­me­ra, Cris­to fue nues­tra re­den­ción; en la úl­ti­ma, apa­re­ce­rá como nues­tra vida; en ésta, es nues­tro des­can­so y nues­tro con­sue­lo” (Dis­cur­so 5 so­bre el Ad­vien­to, 1).
En el Evan­ge­lio de san Juan se ha­bla con fre­cuen­cia de esta ve­ni­da. En Jn 14, 23 dice Je­sús: “El que me ama, guar­da­rá mi pa­la­bra, y mi Pa­dre lo ama­rá y ven­dre­mos a él y ha­re­mos mo­ra­da en él”. Es­cu­char la Pa­la­bra y ali­men­tar­se de ella es una ma­ne­ra de re­ci­bir la vi­si­ta de Je­su­cris­to. Pero hay otras múl­ti­ples ma­ne­ras en las que Él vie­ne. Vie­ne en los sa­cra­men­tos, y muy es­pe­cial­men­te en la Eu­ca­ris­tía; vie­ne a mi vida me­dian­te pa­la­bras y acon­te­ci­mien­tos. El Se­ñor vie­ne to­dos los días para ir pre­pa­ran­do el tiem­po de­fi­ni­ti­vo. Uno de los pre­fa­cios que usa la li­tur­gia en este tiem­po dice con exac­ti­tud: “El mis­mo Se­ñor que se nos mos­tra­rá en­ton­ces lleno de glo­ria, vie­ne aho­ra a nues­tro en­cuen­tro en cada hom­bre y en cada acon­te­ci­mien­to, para que lo re­ci­ba­mos en la fe y por el amor de­mos tes­ti­mo­nio de la es­pe­ra di­cho­sa de su reino”.

Es im­por­tan­te, sin em­bar­go, es­tar aten­tos y vi­gi­lan­tes, por­que su ve­ni­da po­dría pa­sar desa­per­ci­bi­da. Pue­de pre­sen­tar­se con el ros­tro del in­mi­gran­te o del en­fer­mo. Sue­le acer­car­se a no­so­tros cuan­do es­cu­cha­mos o lee­mos la Es­cri­tu­ra. En oca­sio­nes lle­ga por sor­pre­sa y nos ha­bla a tra­vés de nues­tra vida. La ma­yor par­te de las ve­ces se pre­sen­ta cuan­do no lo ima­gi­na­mos, rom­pien­do nues­tros es­que­mas y nues­tras se­gu­ri­da­des. Es pre­ci­so, por ello, lle­var con no­so­tros la lám­pa­ra de la fe, para po­der re­co­no­cer a Cris­to, y te­ner el co­ra­zón a pun­to para que el amor nos en­cien­da en el de­seo de bus­car su ros­tro.
Nues­tra ac­ti­tud ha de ser de aco­gi­da del hués­ped, que está a la puer­ta lla­man­do (cf. Ap 3, 20). Aco­ger a Cris­to que vie­ne es­pi­ri­tual­men­te a nues­tra vida es la me­jor ma­ne­ra de re­cor­dar su ve­ni­da en Na­vi­dad y de pre­pa­rar su úl­ti­ma ve­ni­da.
Je­su­cris­to es al­guien que está vivo y que vie­ne con­ti­nua­men­te a nues­tras vi­das. “El Se­ñor ­vie­ne”.
¡Sé bien­ve­ni­do, Se­ñor!
† Fran­cesc Co­ne­sa Fe­rrer
Obis­po de Me­nor­ca


domingo, 17 de diciembre de 2017

Hagamos cuentas


                                                                                  
Estamos ante Dios pero en la tierra ¿vale?, pues empecemos a sumar puntos guay… Máximo 3 por cada “maravilla”:

Sabemos que estás con nosotros y por NO verte, 3 puntos.

Reconocemos la Eucaristía como la única fuerza de Dios para caminar, 5 puntacos (nos salimos, no importa).

Por saber que “vives” en los Consagrados, 3 puntos.  

Saber que estás en el amor de la gente, 3 más.  

Te divulgamos a la menor ocasión, 3 puntos geniales. 

Oramos por los del purgatorio, otros 2.

Tenemos penas y lágrimas y por padecerlas, 1 puntico.

Rezamos el Rosario: Si nos dormimos, ½ punto, si no, 1 punto.

Oramos por “los malos, malísimos”, 2 puntazos (éste se nos suele pasar).

Pedimos por los más necesitados y perseguidos, 1 punto.

Intentamos no volver a caer, 0´5 puntos (como nunca sucede).

No queremos tener más de lo que necesitamos, 1 punto guay “pal cestorrón”.

¡Con lo cual, Matrícula de Honor!!! Pero ya séeeeeeeeee, ahora lo digo:

Criticamos cada vez que hablamos, -1 punto; faltamos a Misa de vez en cuando, -2 puntos; no cumplimos con todo lo que nos dices, -3 puntos; mentimos a veces - otro punto; no visitamos convictos (ni se nos ocurre), -1 punto; ¿vamos a la residencias de ancianos?, pues… Si no hay nadie conocido…, -2 puntos; a veces dudamos terriblemente, -5 por dudar; no repartimos siempre lo que tenemos, -2 puntos; y sigo: No, no, no… -1, -1, -1, -1…

¡Con lo cual, suspendidos!!!

Si no fuera por la confesión, la Eucaristía y la Puerta Santa… Un perfecto desastre. ¡Jopé qué complicado es todo, Dios!!! Pero gracias por querernos tanto.   


Emma Díez Lobo

sábado, 16 de diciembre de 2017

III Domingo de Adviento



La esperanza cristiana es gozosa

El tercer domingo de Adviento la liturgia subraya la importancia de la alegría en la vida cristiana. La primera lectura recuerda la promesa de un profeta especial, evangelizador que vendrá al servicio de los pobres a los que debe dar la alegre noticia de su curación y liberación; ante este anuncio el pueblo de los pobres prorrumpe en un canto de alegría. En el salmo responsorial la comunidad da gracias a Dios con alegría con las palabras de María en el Magníficat. En la segunda lectura san Pablo invita a estar siempre alegres y lo motiva en la próxima venida del Señor. Finalmente, el Evangelio anuncia que ya está en medio de nosotros el que nos trae la alegría.

Todos nosotros buscamos sentirnos satisfechos y alegres en nuestra situación vital, en nuestra familia, en nuestro trabajo, con nuestros amigos; es un estado permanente que encuentra sus momentos fuertes en las fiestas que organizamos periódicamente. Realmente la alegría es connatural con la religión cristiana y señal de su autenticidad. Donde no hay alegría no hay cristianismo. La razón es que Dios es alegría, la fuente de la alegría y todos sus dones se caracterizan por la alegría. Por ello cuando se anuncia la salvación en el AT se la llama evangelizar, es decir, anunciar una alegre noticia, y la primera palabra del tiempo del cumplimiento, dirigida en este caso a María, es alégrate, después, cuando Jesús nace, los ángeles lo anuncian a los pastores como una gran alegría. Igualmente, Jesús invita repetidamente a sus discípulos a la alegría porque sus nombres están escritos en los cielos (Lc 1,29). No se trata de una alegría cualquiera, sino de compartir su misma alegría, recibida directamente del Padre, que es la fuente (Jn 15,11; Jn 17,13).

Dios nos ha creado a su imagen y semejanza y, como la alegría es consustancial con Dios, la alegría está presente en las criaturas como un sentimiento natural, necesario para poder vivir una existencia humana equilibrada. Es un sentimiento positivo de bienestar que hace que uno se sienta satisfecho y con ganas de vivir. Por ello la alegría es inseparable de la esperanza; por ello el triste no espera ni tiene ganas de vivir. La alegría cristiana no es en absoluto enemiga de las alegrías naturales, al contrario, las potencia y purifica. Purifica, porque aparta de alegrías causadas por hechos pecaminosos, que destruyen a la persona y, por otra parte, porque relativiza las alegrías sanas, superando de esta forma la tentación de absolutizarlas, viviendo para ellas. De esta forma nos ayuda a gozar humanamente en lo que pueden dar de sí estas alegrías, evitando frustraciones.  Potencia, porque la convierte en alegría espiritual, causada por el Espíritu Santo y que consiste en participar la alegría de Jesús y, por él, la alegría de Dios Padre.
Dada la importancia de la alegría en la vida humana la buscamos de muchas maneras, unas equivocadas, cuando están fundadas en el egoísmo. Hoy la palabra de Dios nos invita a buscarla siempre y encontrarla en el servicio a Jesús en los necesitados y en el reconocimiento de los dones recibidos de Dios, es lo que san Pablo resume diciendo “alegraos en el Señor” (segunda lectura). Al servir a los demás nos convertimos en instrumentos de las promesas de Dios que realizan las esperanzas de los hombres y así encontramos la alegría. Estamos inmersos en un mundo lleno de necesidades e injusticias, son millones los hombres que claman a Dios pidiendo justicia y liberación. El Evangelio habla del anuncio de que en el futuro el mesías será ungido, capacitado y enviado para liberar y dar vida. Lo hizo Jesús históricamente y hoy lo quiere continuar por medio nuestro. Para ello en el bautismo fuimos también ungidos y capacitados para participar su tarea. Ayudar a colmar las legítimas esperanzas humanas es el camino para llegar a la plenitud de la esperanza. Se llega a la plenitud de la alegría creando ahora alegría, haciendo justicia, poniendo paz, dando trabajo, facilitando el pan de cada día, quitando lágrimas...

El Evangelio nos recuerda que Jesús ya está en medio de nosotros, invitándonos a acogerlo y a crecer en él y, con ello, a vivir en la alegría y a crecer en ella. En otro lugar del evangelio de Juan (15,11) se completa esta idea: Os he hablado estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a su plenitud. Jesús quiere que crezcamos en su alegría hasta llegar a la plenitud y un poco más antes (Jn 15,7-17) nos dice cómo, amando a Dios y a los hermanos, creciendo en la amistad con Dios y con sus hijos. En la medida en que nos identificamos con Cristo, vamos participando cada vez más su alegría, hasta llegar a la meta en que “estaremos con el Señor”, participando plenamente la alegría de la Santísima Trinidad en unión de todos los santos. 

En la Eucaristía hacemos nuestro el cántico de María dando gracias con gozo por los dones recibidos, que nos capacitan para vivir una vida con sentido, sirviendo a los demás y caminando así a la plenitud gozosa, realizando así nuestra vocación humana.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


jueves, 14 de diciembre de 2017

Te vuelvo a contar


                                                                                         
¡Qué poco tardaste en contestar! Me has enviado unas palabras de luz ¿Sabes?, me dijo de Tu parte que había personas a las que les gustaba mi modo de escribir para decir lo que hablo Contigo o de Ti.

 ¡Ya ves, mi bombilla es ahora de 40 watios! No es que irradie ráfagas ya lo sé, pero me emociona, pues con los años los “rebuscamientos palabriles ex cátedra” desaparecen como los calcetines, nunca más los vuelves a ver.  

Ese “enviado” dice que no quieres hacer un pacto de paz en su dolor, y ¿eso?, porfa Dios, manda a decirle que no desespere que llegará un día genial (pero aquí en la tierra, no Te vayas a lo celestial aún) que verá una nueva Gracia grandiosa como puede ser la felicidad en el sufrimiento (no creo que Tú lo pasaras genial). Yo Te doy una idea, después Tú… Ya sabes que llevar las penas con alegría, pues como que no nos sale. Sería un verdadero milagro.

¡Pero espeeeera, que no queremos sufrir siempre ¿eh?! A ver si me vas a entender mal y nos pasamos el día hechos polvo pero contentos… No, no, Te digo que lo que venga sea un poco temporal, como la corriente alterna, Tú me entiendes.

-¡MARÍÍÍÍÍA!,  que dice Dios que las peticiones a Ti  

- ¡Dios!, María lleva la petición del pacto para mi amigo.

Sería el “más mejor” regalo de Navidad para los que sufren sin tregua.

Gracias a los Dos.   
      
Emma Díez Lobo





lunes, 11 de diciembre de 2017

Vo­ces que gri­tan al hom­bre ac­tual



Nos en­con­tra­mos en un mo­men­to de nues­tra his­to­ria en el que es­ta­mos es­cu­chan­do di­ver­sas vo­ces que gri­tan a nues­tros oí­dos y a nues­tra con­cien­cia men­sa­jes tan­tas ve­ces con­tra­dic­to­rios, que nos ha­cen es­tar con­ti­nua­men­te en vela para sa­ber ha­cer un dis­cer­ni­mien­to, y po­der de­ci­dir­nos acer­ta­da­men­te por las que es­tán de acuer­do con nues­tros prin­ci­pios más pro­fun­dos y per­so­na­les y con las creen­cias más arrai­ga­das en no­so­tros.

Voces que gri­tan men­sa­jes mate­ria­lis­tas, que po­nen en lo ma­te­rial el ma­yor, e in­clu­so el úni­co, de los valo­res por los que lu­char; mo­de­los exis­ten­cia­les para quie­nes lo úni­co, o al me­nos lo más im­por­tan­te, es lo mate­rial, te­ner más, el en­ri­que­ci­mien­to fá­cil, aun­que sea a cos­ta de lo que sea.

Vo­ces que tra­tan de orien­tar nues­tra vida ha­cia el más ra­di­cal de los in­di­vi­dua­lis­mos y de los egoís­mos.
Nos atur­den las vo­ces de un mun­do sin Dios, que in­fra­va­lo­ra y des­pre­cia todo cuan­to se re­fie­ra a Dios, a la fe, a la tras­cen­den­cia, a la otra vida, etc.
Vo­ces que em­bo­tan nues­tra men­te y nues­tra vida con la lla­ma­da al pla­cer, a pa­sar­lo bien a cos­ta de lo que sea, in­clu­so a pa­sar por en­ci­ma de to­dos los de­más va­lo­res, a pa­sar por en­ci­ma de los de­re­chos y el res­peto que de­be­mos a los de­más, con tal de que no­so­tros lo­gre­mos nues­tra co­mo­di­dad, unos po­cos mo­men­tos de fe­li­ci­dad, de pla­cer, aun­que lue­go el va­cío que deja en nues­tro co­ra­zón sea mu­cho ma­yor que la fe­li­ci­dad y el pla­cer del que he­mos dis­fru­ta­do.
Vo­ces y vo­ces, gri­tos y gri­tos que se han em­pe­ña­do en ha­cer ol­vi­dar al hom­bre su ori­gen y su des­tino; ha­cer ol­vi­dar al ser hu­mano que vie­ne de Dios que le ha crea­do, le ha re­di­mi­do y si­gue ofre­cién­do­le su amor, a pe­sar de sus in­fi­de­li­da­des y pe­ca­dos.
Pero jun­to a es­tas vo­ces pro­ce­den­tes de un mun­do y de una so­cie­dad in­di­fe­ren­te a Dios y a la fe en Él, reci­bi­mos tam­bién, aun­que sea en me­dio de la es­pe­su­ra de un bos­que mun­dano que las re­du­ce y las hace so­nar con me­nos po­ten­cia e in­ten­si­dad, las vo­ces que nos vie­nen del Evan­ge­lio, la voz del que gri­ta en el de­sier­to: «Pre­pa­rad el ca­mino al Se­ñor» (Mc 1, 1–2); la voz que nos lle­ga de la Igle­sia que nos lla­ma a de­jar en­trar a Dios en nues­tra vida per­so­nal, fa­mi­liar y so­cial.

Es la voz de tan­tos már­ti­res ac­tua­les que de­fien­den su fe fren­te a quie­nes quie­ren aca­llar­la o lle­var­los por otros ca­mi­nos, que gri­tan al co­ra­zón del hom­bre al que solo el en­cuen­tro con Je­sús les ha dado sen­ti­do a su vida y no es­tán dis­pues­tos a re­nun­ciar a Él por nada ni por na­die.
Es la voz de tan­tos cris­tia­nos ac­tua­les, si­len­cio­sos, que, jun­to a no­so­tros, gri­tan con su tes­ti­mo­nio de vida que su fe en Cris­to es lo más im­por­tan­te para ellos.
Es el gri­to de to­das esas per­so­nas que lu­chan por la de­fen­sa de la vida, por la jus­ti­cia en medo de un mun­do in­jus­to, por la hon­ra­dez en me­dio de un mun­do de tra­pi­cheos, por la au­ten­ti­ci­dad en me­dio de un mun­do de co­rrup­ción.
Todo este cú­mu­lo de gri­tos que per­ci­bi­mos de un lado y de otro, que pro­vie­nen de las más va­ria­das si­tua­cio­nes de la vida, nos ha­cen a noso­tros como cris­tia­nos una lla­ma­da a dis­cer­nir dón­de es­ta­mos no­so­tros y dón­de que­re­mos es­tar. Si que­re­mos vi­vir una Na­vi­dad tan pa­ga­na como la vive gran par­te de nues­tro mun­do, o que­re­mos obe­de­cer la voz de quien nos in­vi­ta a pre­pa­rar el ca­mino al Se­ñor que quie­re ve­nir a no­so­tros. Si que­re­mos que Dios naz­ca en nues­tro co­ra­zón o siga sien­do el gran au­sen­te de nues­tra vida, por­que nues­tro co­ra­zón está lleno de otras co­sas que no de­jan ca­bi­da a Dios ni a nues­tra fe en Él.
 + Ge­rar­do Mel­gar
Obis­po de Ciu­dad Real


domingo, 10 de diciembre de 2017

Te cuento

                                                           
                 

Señor mío ¿sabes? Estoy cansada y no sé cómo animar mi esperanza, mi desazón, mi “caminar por la misma calle” un día tras otro, sin cambios, sin novedad, sin amor cómplice, sin que te agarren la mano o te den un beso.

Estoy cansada de “soledad” y de esfuerzo en el trabajo, cuando a mi edad debería descansar y disfrutar de la compañía de quien compartió mi vida (nos abandonó).

Señor, estoy cansada, no veo una luz que me emocione… Es un revivir las necesidades de la primera independencia, pero ahora sin fuerzas ni ganas.

Rezo y me mantengo en la línea plana de la vida… ¿Cuándo me darás una ilusión?, ¿Cuándo una esperanza?

¿Sabes? Quiero tener alegría dentro de mí sin dejar de darte las gracias por no tener graves amarguras. Sé y reconozco que es un regalo de paz, pero quisiera hacer tantas cosas en compañía…

Es verdad, dijiste “Paz a vosotros” y por varios lados la tengo, pero me siento gris, llana, lacia, sin luz ¡Qué desastre!, debería ser luz del mundo y no soy más que una bombilla de 15 watios.

Tal vez es lo que toca, tal vez no sea así y sucede para mirarte más de cerca, tal vez… Sé que lo averiguaré cuando Tú quieras.  
  
Lléname de esperanza ya que todo lo ves y sabes el por qué. Gracias por escuchar mis “tonterías” después de lo que pasa en el mundo, que es brutal.

Madrid, Diciembre 2017 


  Emma Díez Lobo