martes, 19 de septiembre de 2017

“70 veces 7”

                                                       

                                    

70 veces 7 son las veces que un sacerdote te perdonará durante toda tu vida.

 Sí, es suficiente y sobran; lo he calculado, son más de las veces que nos acercaremos a la confesión a lo largo de los años sin accidente o enfermedad temprana mortales, en cuyo caso, las veces sobran por todos lados.  

Un cristiano católico “normalucho” del montón, no llega a confesarse 449 veces en toda su vida, he dicho los del montón, no de los sanos maravillosos que desde la infancia llevan los Mandamientos de la Santa Iglesia a rajatabla.

La mayoría de nosotros tuvimos épocas, años y largas rachas de “pasar” del alma; son esos “espacios” de tiempo donde el hombre descubre el mundo… A mí me sucedió y recuerdo no darle gracias por ser católica y vivir atesorando oportunidades salvadoras.  

Un día te llama Dios y te dice: ¿Quieres volver Conmigo?, deseo recordarte el camino de tu salvación… Y ahí empieza la difícil andadura de la verdad donde la confesión es parte de tu vida y la Eucaristía, la fuerza para amar y superar los “breakings” de la vida. Te conviertes en amante de almas de la tierra y del purgatorio; entonces, sólo entonces, entiendes el amor de Dios.

Os imagino haciendo cálculos… Sí sale, sí. Y aunque Dios lo dice de forma figurativa para que entendamos que tantas veces como deseemos, siempre seremos perdonados a través de su representante, el cálculo coincide.  

Emma Díez Lobo



domingo, 17 de septiembre de 2017

Vivir perdonando



Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que los persiguen, el perdón a quien les hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario, pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos y conflictos. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos? En concreto: «¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda?».

Antes de que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios, que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo, Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía, donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponernos en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido el «Canto de venganza» de Lámec, un legendario héroe del desierto, que decía así: «Caín será vengado siete veces, pero Lámec será vengado setenta veces siete». Frente a esta cultura de la venganza sin límites, Jesús propone el perdón sin límites entre sus seguidores.

Las diferentes posiciones ante el Concilio han ido provocando en el interior de la Iglesia conflictos y enfrentamientos a veces muy dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de Internet para sembrar agresividad y odio, destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.


 Ed. Buenas noticias

sábado, 16 de septiembre de 2017

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario



Perdónanos, pues perdonamos.

        Esta parábola es un comentario a la petición de perdón del Padrenuestro,  donde Jesús presenta en forma de oración los elementos más importantes de su mensaje sobre la paternidad de Dios y de su Reino. Mateo, en su evangelio, la inserta en un contexto concreto de la predicación sobre el reino de Dios, que es el de las condiciones de vida de la Iglesia, el capítulo 18 llamado “Discurso eclesial”.

La expresión hebrea abstracta Reino de Dios hay que entenderla en sentido concreto de acuerdo con la mentalidad judía, para la que decir Reino de Dios equivale a decir que Dios reina, es decir, ejerce su poder salvador aquí y ahora. La Iglesia nace como consecuencia del comienzo del Reino y a su servicio, pues es un grupo numeroso que ya está experimentando el poder salvador de Dios, son hijos de Dios y hermanos entre ellos, son la familia de Jesús y el signo visible del Reino de Dios en la historia.

        Condición indispensable para que sea posible  esta realidad es el perdón, pues ¿cómo será posible vivir en amistad con Dios padre si lo ofendemos continuamente? Es posible porque Dios nos perdona continuamente; ¿cómo será posible vivir fraternalmente entre nosotros si nos ofendemos continuamente? Es posible porque nos perdonamos continuamente. El perdón por parte de Dios está asegurado, cuando se pide con las debidas condiciones y una de ellas es el perdón al hermano: Así hará mi Padre celestial con vosotros si cada uno no perdona a su hermano de corazón (Mt 18,35).

        La parábola compara dos perdones totalmente diferentes. A la primera deuda, que evoca el perdón de Dios, se le asignan 10.000 talentos, cantidad desorbitada en aquella época que el deudor nunca podrá pagar. Es difícil ofrecer equivalencias de monedas, especialmente cuando se trata de monedas antiguas, pues se trata de sistemas cambiantes y, por otra parte, la cantidad hay que verla en su contexto económico concreto. No es lo mismo tener 100 ptas en 1950 que su equivalente 6 euros en 2011.  10.000 talentos equivalen aproximadamente a 4.520.000 euros, unos 75 millones de ptas. oro de aquella época. A la segunda deuda se le asignan 100 denarios, cantidad irrisoria al lado de la anterior, pues equivalía a 7,53 euros, unas 1.250 ptas oro.  Se trata de una deuda, que el deudor podría pagar, pues en aquella época un denario equivalía al salario de un día. Es una invitación a tomar conciencia de la ofensa a Dios, en un tiempo en que se ha perdido el sentido de pecado.
        Hay que tomar conciencia de la diferencia existente entre la deuda a Dios y la del prójimo. Jesús, en el Padrenuestro, emplea el término deuda (Mt 6,12), sugiriendo con ello  que entiende el pecado como algo que debíamos dar a Dios y no lo hemos dado. Tenemos que dar a Dios amor “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” (Mt 22,37), cosa que no hacemos porque por  nuestros pecados positivos y por nuestras omisiones nunca llegamos al todo; por otra parte, “pertenecemos totalmente a Jesús”, como recuerda Pablo (segunda lectura), cosa que tampoco realizamos. En cambio la deuda  al prójimo es diferente, pues la regla es “amarlo como a uno mismo”, regla que exige esfuerzo pero a nuestro alcance con la gracia de Dios, ya que el perdón divino nos capacita para ello. El perdón divino reconstruye la persona y le da un corazón de carne capaz de amar y perdonar al hermano. Pero no es un perdón mágico, sino que necesita que la persona acoja la misericordia divina, se deje transformar y lo manifieste en el perdón del hermano.

Todo esto no es cuestión de “sentir”. Normalmente no se siente nada cuando se recibe el perdón de Dios, pero se tiene la certeza de haberlo recibido y de estar capacitado para perdonar. Igualmente perdonar al hermano no es cuestión de sentir. Las ofensas suelen dejar en muchas personas una herida psicológica que es difícil de curar, aunque el paso del tiempo la va debilitando e incluso puede llegar a desaparecer. Perdonar es obrar con el hermano buscando su bien e impidiendo que el recuerdo de la ofensa interfiera en la decisión.

Todas las lecturas son un canto a la misericordia de Dios que perdona y transforma. En la Eucaristía se celebra de forma especial esta misericordia y sus frutos. Comenzamos pidiendo perdón de nuestras deudas, nos damos la paz como expresión de amor fraternal, nos ofrecemos al Padre todos unidos en Jesús, comulgamos con Jesús y con todos los hermanos.


Dr. Don Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 15 de septiembre de 2017

Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá



Himno

Reina y Madre de Colombia,
te corona nuestro amor;
Virgen santa del Rosario,
protege al pueblo y nación.-

El santuario provinciano
redunda en gracia y piedad,
es centro de romerías,
Centro de culto filial.-

Dichosa la tierra amada
que goza de tu favor;
irradia, Madre, en tus hijos
de tu imagen el fulgor.-

Concurre el fiel a tu templo
para ofrecer su oblación;
por campos y valles se oyen
sus cánticos y oración.-

Gloria a ti, Jesús nacido
de la Madre virginal;
al Espíritu y al Padre
se rinda gloria inmortal. Amén 

Oración de su Santidad Juan Pablo II
Santuario de Chiquinquirá, Colombia, 1986

Oh Virgen, bella flor de nuestra tierra, envuelta en luz del patrio pabellón, eres tú nuestra gloria y fortaleza, madre nuestra y de Dios.

En burda tela avivas tu figura con resplandor de lumbre celestial, dando a tus hijos la graciosa prenda de la vida inmortal.

Orna tus sienes singular corona de gemas que ofreciera la nación, símbolo fiel del entrañable afecto y del filial amor.

A Ti te cantan armoniosas voces y te aclaman por Reina nacional y el pueblo entero jubiloso ofrenda el don de su piedad.

Furiosas olas a la pobre nave contra escollos pretenden azotar; tu cetro extiende y bondadosa calma las olas de la mar.

Brote la tierra perfumadas flores que rindan culto a tu sagrado altar; prodiga siempre a la querida patria los dones de la paz.

A Ti, Jesús, el Rey de las naciones, a quien proclama el corazón por Rey, y al Padre y Padre y al Espíritu se rinda gloria, honor y poder. Amen.

Reina y Madre de Colombia, te corona nuestro amor; Virgen Santa del Rosario, protege al pueblo y nación. El santuario provinciano redunda en gracia y piedad, es centro de romerías, centro de culto filial.

Dichosa la tierra amada que goza de tu favor, irradia, Madre, en tus hijos de tu imagen el fulgor.

Concurre el fiel a tu templo para ofrecer tu oblación; por cánticos y valles se oyen sus cánticos y oración.

Gloria a Ti, Jesús, nacido de la Madre virginal; al Espíritu y al Padre se rinda gloria inmortal. Amén.


Oración 

Padre nuestro, en tu amorosa solicitud has querido favorecer a nuestra Patria dándonos en Chiquinquirá un signo de tu presencia; por la intercesión poderosa de la Virgen María, cuyo patrocinio hoy celebramos, concédenos crecer en la fe y lograr nuestro desarrollo por caminos de paz y de justicia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.-

jueves, 14 de septiembre de 2017

La Exaltación de la Santa Cruz




 - 14 Septiembre

Este día nos recuerda el hallazgo de la Santa Cruz en el año 320, por parte de Santa Elena, madre de Constantino. Más tarde Cosroas, rey de Persia se llevó la cruz a su país. Heraclio la devolvió a Jerusalén.-

El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además la Resurrección, más que la Cruz, da sentido a nuestra vida.-

Pero ahí está la Cruz, el escándalo de la Cruz, de San Pablo. Nosotros no hubiéramos introducido la Cruz. Pero los caminos de Dios son diferentes. Los apóstoles la rechazaban. Y nosotros también.-

La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor.-

Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un tremendo misterio.-

Jesús, en plena juventud, es eliminado y lo acepta para abrirnos el paraíso con la fuerza de su bondad: "En plenitud de vida y de sendero dio el paso hacia la muerte porque El quiso. Mirad, de par en par, el paraíso, abierto por la fuerza de un Cordero" (Himno de Laudes).-

En toda su vida Jesús no hizo más que bajar: en la Encarnación, en Belén, en el destierro. Perseguido, humillado, condenado. Sólo sube para ir a la Cruz. Y en ella está elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e infundirnos esperanza. Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la Cruz para adoctrinarnos olímpicamente, con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.-

Pero el discípulo no es de mejor condición que el maestro, dice Jesús. Y añade: "El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". Es fácil seguir a Jesús en Belén, en el Tabor. ¡Qué bien estamos aquí!, decía Pedro. En Getsemaní se duerme, y, luego le niega.-
"No se va al cielo hoy ni de aquí a veinte años. Se va cuando se es pobre y se está crucificado" (León Bloy). "Sube a mi Cruz. Yo no he bajado de ella todavía" (El Señor a Juan de la Cruz). No tengamos miedo. La Cruz es un signo más, enriquece, no es un signo menos. El sufrir pasa, el haber sufrido -la madurez adquirida en el dolor- no pasa jamás. La Cruz son dos palos que se cruzan: si acomodamos nuestra voluntad a la de Dios, pesa menos. Si besamos la Cruz de Jesús, besemos la nuestra, astilla de la suya.-
Es la ambigüedad del dolor. El que no sufre, queda inmaduro. El que lo acepta, se santifica. El que lo rechaza, se amarga y se rebela.-


Himno (laudes)

Brille la cruz del Verbo luminosa,
Brille como la carne sacratísima
De aquel Jesús nacido de la Virgen
Que en la gloria del Padre vive y brilla.

Gemía Adán, doliente y conturbado,
Lágrimas Eva junto a Adán vertía;
Brillen sus rostros por la cruz gloriosa,
Cruz que se enciende cuándo el Verbo expira.

¡ Salve cruz de los montes y caminos,
junto al enfermo suave medicina,
regio trono de Cristo en las familias,
cruz de nuestra fe, salve, cruz bendita!

Reine el señor crucificado,
Levantando la cruz donde moría;
Nuestros enfermos ojos buscan luz,
Nuestros labios, el río de la vida.

Te adoramos, oh cruz que fabricamos,
Pecadores, con manos deicidas;
Te adoramos, ornato del Señor,
Sacramento de nuestra eterna dicha. Amén

ORACIÓN

. Señor, Dios nuestro, que has querido salvar a los hombres por medio de tu Hijo muerto en la cruz, te pedimos, ya que nos has dado a conocer en la tierra la fuerza misteriosa de la Cruz de Cristo, que podamos alcanzar en el cielo los frutos de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.-

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Poesía “Signum Crucis”


“Para que el mundo se salve por ÉL” 

[…] Hecho hombre por amor a los hombres, 
regaló la plenitud de su vida humana 
a las almas que escogió.

Él, que formó cada corazón humano, 
quiere un día manifestar 
el sentido secreto del ser de cada uno 
con un nombre nuevo que sólo comprende el que lo recibe (Ap 2,17).

Se unió a cada uno de los elegidos 
de una manera misteriosa y única.

Sacando fuerzas la plenitud de su vida humana, 
nos regaló la cruz. 

¿Qué es la cruz?

El signo del mayor oprobio. 
El que entra en contacto con ella 
es rechazado por los hombres.

Los que un día Lo aclamaron 
se vuelven contra Él con pavor y no Le conocen de nada. 
Les es entregado sin defensa a sus enemigos. 
Sobre tierra no le quedan nada más 
que los sufrimientos, los tormentos y la muerte. 

¿Qué es la cruz?

El signo que señala el cielo. 
Muy por encima del polvo y las brumas de aquí abajo 
se eleva alta, hasta la luz más pura. 
Abandona pues lo que los hombres pueden coger, 
abre las manos, estréchate contra la cruz: 
ella te lleva entonces 
hasta la luz eterna. 

Levanta la mirada hacia la cruz:

Ella extiende sus travesaños 
a manera de un hombre que abre los brazos 
para acoger al mundo entero. 
Venid todos, vosotros que penáis bajo el peso de la carga (Mt 11,28) 
y también los que gritáis, sobre la cruz con Él.

Ella es la imagen de Dios que, crucificado, se quedó lívida. 
Ella se eleva de la tierra hasta el cielo, 
como El que subió al cielo 
y quiso llevarnos allí a todos juntos con Él. 

Abrazando solamente la cruz, lo posees a Él, 
el Camino, la Verdad, la Vida (Jn 14,6). 
Si llevas tu cruz, es ella quien te llevará, 
será tu gloria. 

(Santa Teresa Benedicta de la Cruz)


martes, 12 de septiembre de 2017

Sobre Ti, María

                         


                                                                 
 Me han dicho que escriba sobre Ti, María. Sí, eres la Madre del mundo mundial pero no puedo evitar el gran amor a la mía que me pusisteis para que yo naciera. Si me preguntara Dios a quien quiero más de este mundo, Le diría con honestidad que a mi madre terrenal; si me preguntara a quién salvaría, diría que a Ti, por ser la Madre que dio a luz al Salvador de mi Vida.

Ahora puedo decir que sin Ti María sería imposible vivir. Necesito de tu amor por el alma de mis padres, mis hijos y del mundo; necesito de tu obediencia, humildad y silencios para superarme cada día. 

Tal vez te utilizo, tal vez te pido demasiado, pero créeme que te alabo hasta lo indecible, pues como mujer, esposa y madre, eres el ejemplo universal.

 Perdóname si a veces los Rosarios se me hacen tan largos que no soy capaz de terminarlos porque me duermo como un “cesto”, pero sé que con la intención de hacerlo por mi alma, te vale.

También imagino lo enfadada que debes estar con estos hijos que el Tuyo te dejó en prenda, es cierto, somos una verdadera calamidad; Tú repites y repites lo que se avecina y nosotros “ancha es Castilla”… ¡Qué barbaridad! 

Ya dijo Jesús que los sanos no necesitaban médico… Pues María si no es por Ti, ni toda la Seguridad Social médica mundial podrían hacer nada por nadie.

 Gracias por tu paciencia y amor por los “desastres más desastrosos que andamos por aquí”.

T.Q. 

   Emma Díez Lobo