miércoles, 17 de octubre de 2018

De la Profecía de Ezequiel




Dice el Señor por boca del profeta Ezequiel: “…Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará…” (Ez 36). No va a derramar sobre nosotros un agua limpia, pero nada más. No; es un agua pura.

En el episodio del encuentro de Jesús con la Samaritana, cuando Él le pide de beber, ella le dice: “… ¿de dónde tienes esa agua viva?...” (Jn 4,14)

A lo que le responde: “… el que beba del agua que yo le de, no tendrá sed jamás, sino que el Agua que yo le de se convertirá en él, en fuente de agua que brota para la Vida Eterna…”

 Él, Jesucristo, es ese Agua pura que ha de purificar el corazón del hombre de todas sus idolatrías, que no es otra cosa que el seguimiento a otros dioses: el dinero, la codicia, el sexo, el poder por el poder…Y llama la atención la palabra “derramar”. Derramar, siguiendo la RAE, es una palabra que, como muchas en nuestro lenguaje español, viene del latín “diramare” que significa la forma en que se separan las ramas de un árbol, esa forma aleatoria en que a la acción del viento se abren como en todas las direcciones. Y en el sentido geográfico, quizá en este caso, más explícito y representativo para la explicación que nos ocupa, significa la forma en que desemboca una corriente agua en el mar, la forma en que esta agua se derrama en el océano.

Y es que Jesucristo, así como derramó su sangre hasta la última gota, en el sacrificio de la Cruz, así derrama su Gracia sobre el hombre.

Y continúa Ezequiel: “…De todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os daré un corazón nuevo, arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne…”

Es decir, no se conforma Dios con darnos un nuevo corazón; no va a reconstruir en nosotros una nueva muralla como la de Jerusalén, ciudad del gran Rey, donde en su Templo habita la Gloria de Dios, como dirá David en el Salmo (50, 20): “…reconstruye las murallas de Jerusalén…”, para ser protegido; no. Dios hace en nosotros una nueva creación, nos da un corazón nuevo, arrancando nuestro corazón de piedra para darnos uno capaz de amar.

La Iglesia retoma estos misterios cuando en la Eucaristía nos presenta en la Hostia Consagrada, el verdadero Pan del Cielo – Jesucristo -, diciendo: “…este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…” Que en la traducción original “qui tollis pecata mundi  ” significa: “…que arranca el pecado del mundo”. ¡Qué gran sentido eclesial al retomar las palabras del Señor inspiradas a Ezequiel!

Y esa nueva creación en nosotros – la de nuestro corazón perverso y pervertido -, nos la indica diciendo: “…haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos…”. Por otras catequesis ya sabemos que el verbo ”hacer” es sinónimo del verbo “crear”, como nos recuerda el libro el Génesis cuando Dios iba haciendo el cielo, los astros, los animales, las plantas…el hombre. Esto es, hacía, creaba.

Y esta forma de de indicarnos el camino, es sin violencia, pues Dios respeta la libertad del hombre. Dios quiere ser amado por el hombre en su libertad. Eso sí, nos indica el camino; Jesús lo recordará cuando dice a Tomás: “…yo soy el Camino, la Verdad y la Vida…” (Jn 14,5), guardando su Palabra – su Evangelio -, como la Virgen  María “guardaba todas esas cosas en su corazón” (Lc 2, 49 y 51), haciéndolas suyas.

Y, al final de la revelación al profeta, hay una promesa de Dios: “…vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios…”

Y sabemos que Dios, al contrario que muchas veces el hombre, cumple sus promesas, es fiel, que es lo que significa el Atributo de su Fidelidad: “… Si negamos a Dios, él nos negará, si somos infieles, él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo…” (2 Tm 2,13)

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno


martes, 16 de octubre de 2018

La Alegría de la libertad interior



El ser rico o el ser pobre no nos asegura nada con respecto a la salvación que es un don gratuito de Dios a la humanidad en Cristo Jesús. Entonces, ¿de qué nos habla el Evangelio de hoy?
Es en el corazón del hombre donde tiene que nacer la necesidad de reorientar la vida. Para ser discípulo se necesita algo más que la renuncia a los bienes materiales. Es el corazón pobre y humilde el que ansía vivir en sintonía con la Palabra de Dios, porque cuando la riqueza y la pobreza evangélica ponen su morada en el corazón del creyente, ni la riqueza ni la pobreza material son un estorbo en el seguimiento del Maestro, porque hay una libertad y un desprendimiento interior de todo lo que es perecedero y caduco, que es lo que nos capacita para ser discípulos del Reino y anunciadores de su PAZ y su JUSTICIA.

Jesús comprende muy bien las insatisfacciones humanas y sus debilidades y nos acoge cuando nos presentamos a Él pidiéndole luz para guiar nuestra vida. Nos mira con cariño y su palabra va a ser la espada que examinará nuestra disponibilidad y nuestra libertad interior. Es la que va a saber dónde radican nuestras esclavitudes, porque los buenos deseos no bastan. No basta con ser un fiel cumplidor de la Ley desde niño, no basta llevar una vida aparentemente honrada y religiosa pero fría y rígida. La espada de la Palabra rompe la superficialidad de una religiosidad devota y virtuosa pero sin vida, esclavizada por los miedos y con una terrible soberbia y dureza de corazón: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres» (Lc 18, 10), decía el observante fariseo de la parábola. Su riqueza no era material, vivía esclavizado en un mundo religioso opresor y carente de libertad interior, atado a la mera observancia exterior de la Ley, de las normas y de los minuciosos preceptos. Y la espada de la palabra de Dios se hunde en nosotros para abrirnos caminos de libertad: Una cosa te falta: libertad, esa libertad que te hace salir de ti mismo, que te hace disponible, que te hace prójimo, que te abre los ojos del corazón para que veas el rostro del hermano con los mismos ojos de Dios.

El mensaje de Jesús es nítido, claro, va directamente al corazón para que sintamos su fuerza liberadora. «No basta pensar en la propia salvación; hay que pensar en las necesidades de los pobresNo basta preocuparse por la vida futura; hay que preocuparse de los que sufren en esta vida. No basta con no hacer daño a otros; hay que colaborar con el proyecto de un mundo más justo» (J. A. Pagola).

La espada de la Palabra penetra sin piedad dentro de nosotros, nada se le oculta, por mucho que intentemos ponernos máscaras viviendo bajo la apariencia de una vida virtuosa, ella se encarga de desenmascarar que, bajo la apariencia de esa vida, se esconde un egoísmo que nos hace ver a los demás en función de nuestros intereses y, desgraciadamente, de eso sabemos bastante. Por eso es tan necesario dejarnos confrontar por la Palabra de Dios, porque, aunque vivamos una vida de fiel observancia religiosa al encontrarnos con el Evangelio descubriremos que, si nuestro corazón no está libre de ataduras, no hay verdadera alegría en nosotros, y por mucho que no se nos caiga de la boca el santo  nombre de Dios, estamos lejos de comprender que los consejos evangélicos son un camino de donación, de salir de nosotros mismos en una apertura de corazón hacia los lugares privilegiados en donde el rostro de Dios brilla entre los más pobres, los más humildes y perdidos. Porque todo el que vive para sí mismo no puede ver el santo Rostro de Dios en sus hermanos y acabará como el joven rico, se irá solo y triste porque no hay lugar en su corazón para la verdadera riqueza y la verdadera alegría.

Hay un matiz final en el evangelio de hoy que tenemos que tener en cuenta y que muchas veces pasamos por alto, tal vez porque sea bastante incómodo. Cuando Pedro le dice a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús le dice todo lo que se recibirá a cambio por ello. Y nos deja una perla preciosa: lo recibiremos todo con persecuciones-. Tal vez sea por eso que esa palabra nos resulta estridente y pasamos por ella como de puntillas pero es muy importante no olvidarla.  Es decir, la fidelidad al Evangelio, la fidelidad al proyecto de Reino, la fidelidad en el seguimiento de Jesús de Nazaret, no está centrada en ninguna religión ni en ningún tipo de vida religiosa, es algo mucho más exigente. A nadie lo persiguen por ser un cumplidor de leyes y normas religiosas. A los discípulos de Jesús se les persigue cuando son fieles a los proyectos del Reino y su vida es una denuncia de todas las injusticias y esclavitudes que hay en nuestro entorno más próximo y a lo largo y ancho del mundo. Porque nos lo dejó dicho el Señor: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20). Porque en eso radica la bienaventuranza del discípulo con respecto a su Señor: la libertad de no tener ataduras para anunciar el Evangelio del Reino y denunciar el egoísmo y la injusticia y, bienaventurados seréis -nos dice el Señor- cuando os injurien y os persigan y digan con mentiras toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos (Mt 5, 11-12).

Y tenemos que orar por el Papa Francisco que está sufriendo por ser fiel al Evangelio por aquellos que tienen el corazón vacío de la caridad de Cristo. Es el precio de la fidelidad.

(Monasterio de Santa María de Sobrado)

sábado, 13 de octubre de 2018

Domingo XXVIII T.O





En estos últimos domingos, el evangelista San Marcos habla sobre cómo ser discípulo de Jesús. Todos nosotros queremos seguir a Jesús. Tengamos la edad que tengamos, seamos estudiantes, trabajadores o estemos sin trabajo, queremos ser discípulos de Jesús. Seguro que algo nuevo tiene que decirte hoy este Evangelio que, por otra parte, casi sabes de memoria.

Somos buscadores
San Marcos cuenta la historia de un joven que está buscando. Este joven se presenta delante de Jesús y pregunta qué tiene que hacer para poder vivir en plenitud. Esta es una pregunta que nos hacemos todos.

Maestro bueno, llama el joven a Jesús con respeto y admiración. Jesús hace ver que solo Dios es bueno. Por muy buenas personas que seamos, todos somos frágiles y limitados. Me llama la atención que cuando al Papa Francisco le preguntan quién es el Papa, suele responder: soy un pecador que quiere seguir a Jesús. Esa es la clave, todos somos limitados, somos pecadores, pero queremos seguir a Jesús.

Salir de uno mismo
Aquel joven estaba buscando. Parece que tenía claro que todavía le quedaban muchas cosas por hacer. Pregunta a Jesús: ¿qué me queda por hacer? Jesús no le pide hacer nada sino que se dé, que se vacíe, que salga de sí, que aprenda a perder lo ya adquirido, que aprenda a confiar. ¿Será verdad que para ganar haya que perder? Esta es la lección fundamental de este texto. Así es la vida cristiana. Muchas veces se habla de la Iglesia en salida. Una Iglesia en salida solo es posible si hay en cada uno de nosotros una actitud de salida interna. Esto se traduce en no estar siempre pensando en nosotros mismos, en entregar la vida, en reglar la existencia.
Parece que el joven va a SI pero lo dice es NO. El joven da media vuelta y se va triste. Es el mismo Jesús quien explica qué ha pasado. Aquel joven tenía su corazón cerrado en sí mismo. Quizás nosotros no tengamos el corazón apegado a la riqueza, pero, no cabe duda, que podemos apegarnos a tantas otras muchas cosas. Cuando tenemos un corazón apegado la tristeza hace morada en nosotros.

Una mira de amor
Marcos pone una expresión que ilumina el texto: “Jesús le miró con cariño”. Aquel joven rico fue incapaz de percibir la mirada de cariño de Jesús y, en consecuencia, no se encontró con Él. Esa mirada de amor de Jesús que, como la Palabra de Dios, llega a lo profundo del hombre, es capaz de transformar la vida, llenarla de alegría, liberar a la persona de sus apegos. Podemos dejarnos mirar por Jesús, por la mirada cariñosa de Jesús, a cualquier edad de la vida. Por eso, podemos ser discípulos de Jesús en cualquier edad de la vida, cada edad con sus cosas y preocupaciones, pero discípulos de Jesús. Solo si dejamos que su mirada penetre en nosotros podremos seguir a Jesús.

Koldo Gutiérrez


jueves, 11 de octubre de 2018

Simbología del bien y el mal: Abel y Caín






Desde que nuestros primeros padres, Adán, y Eva, pecaron, el Mal y el Bien han estado presentes en la Humanidad a través de todos los tiempos. Con su pecado, el poder del Maligno sobre el hombre ha permanecido hasta el día de hoy, y hasta el fin de los tiempos.

El Libro del Génesis, inspirado por el Espíritu Santo, no sólo nos dice cómo y en qué circunstancias se produjo la desobediencia a Dios, personificando el Mal en forma de serpiente, sino que su descendencia, en sus hijos Caín y Abel, hereda y perpetúa su actuación a lo largo de todos los tiempos, como si de una maldición hacia el hombre se tratara.

Caín, el mayor de los hermanos se dedica a las labores del campo, y Abel, el menor, al pastoreo del ganado de ovejas.

Nos lo relata así: “… Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador. Pasó algún tiempo,- desde su nacimiento -, y Caín hizo a Yahvé una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. Yahvé miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera, y se abatió su rostro….” (Gen 4,3-8)

Yahvé le dijo: “… Mas, si no obras bien, a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia, y a quien tienes que dominar…”

Y aquí me detengo ante algo que sorprende: Yahvé-Dios el Justo por antonomasia, aprecia los trabajos de Abel, y, sin embargo, no valora los de Caín. Desde el punto de vista humano, parece algo así como un capricho, una determinada predilección de Dios, carente de justicia.

Pero no es así. Ya hemos comentado en varias ocasiones, que cuando la Escritura dice algo que sorprende a la lógica humana, hay que detenerse a meditar. Dios nos hace un “guiño”, nos da una señal, que no podemos pasar por alto: Caín hace una oblación, una entrega a Dios, de los frutos del “suelo”; no los frutos de la “tierra”, sino “del suelo”. El suelo, como oposición al Cielo. Es decir, le ofrece algo de valor miserable, los frutos propios del hombre que teme a Dios, pero que no le ama. Así son o pueden ser nuestros frutos cuando no están inmersos en el  amor a Dios.

Abel, por el contrario, es “pastor de ovejas”. No es pastor del ganado, sino de “ovejas”. Y lo dice claramente. Este “de ovejas”, es fundamental: Dios está recibiendo el pastoreo de sus hijos, representando en las ovejas lo que tantas veces Jesucristo nos dirá: Yo Soy el Buen Pastor, cuido a mis ovejas, mis ovejas me conocen, escuchan mi voz… (Jn 10, 11)

Abel representa una imagen incipiente de lo que será Jesús nuestro Buen Pastor, que agrada al Padre. Ya desde sus inicios toda la Escritura va reflejando, en toda su plenitud, la Historia de la Salvación del hombre, representada por el anuncio, aun velado, de Jesucristo.

Y hay, a continuación, una imagen muy bonita que tomará Pedro mucho tiempo después, del ataque del demonio al hombre: “…Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quien devorar…” (1P, 5-8)

Toda la Escritura está llena, desde el principio, de notas catequéticas, que hacen de ella un “puzle” maravilloso, adonde Dios nos invita a entrar, para escrutar su Palabra, su Mensaje, que es el mismo Jesucristo.

El Evangelio es la culminación, el “Broche de Oro”, de toda la Revelación del Padre, encarnada en su Hijo, Jesucristo. Vayamos, pues al Evangelio, donde Él está presente, como Palabra de Dios.

Alabado sea Jesucristo,

Tomas Cremades Moreno

miércoles, 3 de octubre de 2018

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario






El  matrimonio cristiano indisoluble como vivencia
de la fraternidad del Reino

        El Evangelio nos recuerda que Jesús enseña que el matrimonio es indisoluble. Es interesante constatar que los fariseos preguntan a Jesús para ponerlo a prueba, ¿de qué? En aquel contexto todos los judíos admitían el hecho del divorcio, solo discutían los diversos grupos las motivaciones para llevarlo a cabo. Por eso esta pregunta hace suponer que Jesús se había opuesto a este consenso en virtud de la doctrina del reino de Dios.

Realmente, cuando Dios reina en una persona, le transforma el corazón de piedra en un corazón de carne, filial y fraternal. Todos los que pertenecen al reino, han de vivir fraternalmente en todas las situaciones y estados de la vida. Y como el matrimonio es el estado concreto de vida de la mayor parte de personas, los cristianos han de vivirlo como una modalidad de la fraternidad del reino, lo que implica que esposo y esposa son esencialmente hermanos e hijos de Dios, iguales y llamados a la misma vocación. Esto excluye de por sí que un cónyuge vea al otro como un instrumento de que se sirve para satisfacer sus necesidades sexuales y materiales, y cuando no sirve, se deshace de él, como el que tira un bolígrafo cuando no sirve.

        Es también interesante cómo responde Jesús: “¿Qué os ha mandado Moisés”? Dice os, no nos, es decir, no se incluye en la pregunta ni en la observancia de la respuesta. Moisés escribió para todos los judíos, ¿es que Jesús no se considera judío? Sí, y por eso afirmó que “No he venido a destruir la Ley y los Profetas, no he venido a destruir sino a darles plenitud” (Mt 5,17) y dentro de esta plenitud entraba abrogar los mandatos que realmente no responden al plan de Dios. Por eso, cuando le responden que Moisés permitió divorciarse, Jesús les comenta: “Por vuestra terquedad dejó Moisés escrito este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer...”. Es decir, esta concesión de Moisés no se debe al plan de Dios sino a la dureza del corazón humano. Jesús purifica y perfecciona las enseñanzas del Antiguo Testamento y este es un caso concreto, en que además lo purifica a la luz del plan de Dios creador, como aparece en los dos primeros capítulos del Génesis.

        La primera lectura remite a estos textos con afirmaciones importantes: Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, como ser capaz de conocer y amar libremente; lo ha creado varón y hembra, ambos iguales pero incompletos, llamados a completarse   para formar una sola carne. Génesis 2 primero afirma que no es bueno que el hombre esté solo y Dios va a crearle la compañera adecuada. Sigue el desfile de animales, en los cuales el hombre no encuentra la compañera adecuada; se trata de una escena polémica para afirmar que la mujer no es un animal de carga, como se la considera en determinadas culturas; finalmente Dios crea la compañera adecuada tomando parte del costado del varón (costilla, ¿corazón?) y termina con la exclamación gozosa del hombre, que reconoce la igualdad entre ambos y la atracción mutua que tiende  a restablecer la unidad primitiva. En el plan primitivo de Dios, inscrito en la misma naturaleza, el matrimonio tiene como finalidad completar como personas a varón y mujer, plenitud que se traduce en fecundidad.

        La llegada del reino de Dios implica que con la muerte y resurrección de Jesús es posible realizar este plan divino, llevando a plenitud la vivencia de la fraternidad matrimonial. Por ello afirma Pablo que la donación mutua matrimonial es signo del amor de Cristo a la Iglesia y de la Iglesia a Cristo, amores totales y definitivos, que excluyen todo tipo de divorcio (Ef 4,21-33). La tarea del esposo es “completar” y hacer feliz a la esposa y la tarea de la esposa es “completar” y hacer feliz al varón. Es la lógica natural del amor auténtico que no admite medida ni plazos.

        La gracia del sacramento del matrimonio da la gracia para realizar esta tarea, pero es necesario colaborar con ella. Realmente el matrimonio cristiano no es un juego, sino una decisión seria y consciente, que sabe lo que busca y a lo que se compromete. Por otra parte, implica colaborar con la gracia del sacramento alimentando cada día el amor y haciendo que vaya creciendo en gratuidad y acomodándose a las circunstancias cambiantes de la vida matrimonial.

        Todo esto implica una preparación adecuada para recibir el sacramento, como enseñan los dos sínodos dedicados a la familia y la exhortación postsinodal Amoris Laetitia.

        Hoy día nos invade la ideología de género que niega radicalmente la visión cristiana y como consecuencia decrece el número de parejas que optan por el matrimonio cristiano. Urge por ello dar a conocer los valores del matrimonio cristiano que solo se comprende en la óptica de los valores del reino.

        La celebración de la Eucaristía es celebración de la fraternidad cristiana. Como Cristo se entrega a cada uno, hemos de entregarnos unos a otros en nuestra situación y estado concreto.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona



¿Sabéis como es Dios?




                                                                             
Muy fácil, es una Luz Inmensamente blanca y resplandeciente que abarca todo lo conocido y desconocido existente en el universo; de lo más ínfimo a lo más extenso, de lo más simple a lo más complejo. Es toda inteligencia, sentimiento, dones y virtudes; es la Libertad consagrada dada a los seres creados para reconocer el Amor y plenitud del alma.

No es un rostro aunque veas su Rostro, no es una mano aunque veas su Mano, no es una voz aunque Le oigas Hablar. “La Luz” hace lo que quiere y como quiere, pero no es un ser imaginado, es Todo menos un cuerpo, piernas, brazos, manos o neuronas…  

Dios hecho Hombre, Jesús, es su Esencia de Amor y Palabra. Ya lo dijo en una ocasión: “A Dios nadie Le ha visto jamás”… Porque la Omnipotencia no se puede ver excepto en la Persona de Cristo. Y ni ayer, ni hoy ni después, será visible; pero piensa con el espíritu y “LO” VERÁS. 
  
Su Rostro es la bondad; sus Cabellos, la esperanza; sus Brazos, la humildad; sus Manos, la caridad, su Torso, la justicia; sus Piernas, la oración; sus Pies, la Fe; sus Palabras, la salvación y su Corazón por quien todo fue hecho, eres tú. 
  
Ya hice el retrato de Dios y lo único que podemos hacer es asemejarnos a Jesús, su Todo Espíritu. La Imagen perfecta.  

Cuando en el Credo decimos: “Subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre…”. Significa que la Luz de Dios nunca estará a la izquierda…

  Emma Díez Lobo
 

domingo, 30 de septiembre de 2018

Qué insensatez pasar de Dios


                                                       
           


¿No te espanta saberle crucificado por tu causa junto al dolor de María? A mí me aterra. ¿Reparas por un momento, al cabo del día, en los únicos Seres sobre la tierra que sufrieron tanto por ti y por mí? Incomprensible.No merecieron tales sufrimientos y, visto lo visto, ni del más leve empujón o diminuta lágrima. 

Claro! qué… Por ser como somos, vino.   

Y ahora ¿por qué Le ignoras?, ¿te molesta?, ¿te coarta?, ¿mintió? Temo decirte que eres lo más desagradecido, incrédulo e ignorante que pisa la tierra…  
  
¿Qué por qué lo digo? Porque no echas la menor mirada a su Evangelio y resulta, que ahí te dejó las claves del cielo que abrió para ti. Muchos serán los responsables de su última venida.

Si aún redimiendo y Comulgando, somos incorregibles, no me imagino un alma tan cargada de basura acumulada… ¿Qué crees, que no se Les cae el alma al suelo por semejante indiferencia a su perdón? No te entiendo.

Algunos vivís como si Él no existiera, prevaleciendo exclusivamente los Mandamientos dados a Moisés -aún, cielo cerrado-, pero Dios no se había implicado del todo hasta que decidió venir en Carne para ampliarlos y así, resucitarte -estabas muerto por tus pecados-.

 ¿Por qué desoyes sus Palabras?   
No digo que te condenes por “omitirle”, eso es cosa tuya, pero te aseguro que las llamas del lugar de la angustia y purificación, son terribles, que también es cosa nuestra. 
   
Hoy lloraba al Comulgar por la incomprensión y pasotismo del hombre ¡Es de locos! Todo a nuestro alcance y más de medio mundo, como si no tuviera nada. Dios no es importante…
  
¡Qué pena desaprovechar tanta Indulgencia! Si fueras algo inteligente, estarías deseando abrir la Biblia por el Nuevo Testamento -donde se cumple el Antiguo-. 

Los pobres judíos, aún no lo han entendido… Pero tú, tampoco.

 Emma Díez Lobo