viernes, 24 de noviembre de 2017

Ser sacerdote hoy, ¡ una pasada !




DOMINGO TRIGÉSIMO CUARTO
SOLEMNIDAD DE N. S. JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO
Todavía con el buen sabor de boca que nos dejó a todos la ordenación diaconal de John Mario Moná Carvajal, celebrada en Boltaña la semana pasada… quisiera reiteraros una de las convicciones más profundas que mueven mi vida: ser sacerdote, al margen del cargo que uno ocupe, del lugar donde uno haya sido destinado, del servicio ministerial que realice o de la edad que uno tenga,  sigue siendo una de las formas más sublimes de ejercer hoy la paternidad en una sociedad lastrada por la soledad y la orfandad. Como dirían nuestros jóvenes, ser sacerdote hoy es ¡una «pasada»!
Baste como botón de muestra el testimonio que me impresionó al leer el libro «Motivos para creer. Introducción a la fe de los cristianos». Su autor manifestaba haberse quedado sorprendido ante el éxito que estaba teniendo en EEUU el libro de Tony Hendra, guio­nista descreído y satírico de la tv británica,  que paradójicamente llevaba por título: «El Padre Joe, el hombre que salvó mi alma». En él narraba su gran amistad con un sacerdote católico que durante décadas, comentaba el autor,  fue su punto de referencia: accesible, compasivo en momentos de crisis, de éxitos, de fracasos… Nunca intentó hacer méritos, ni ganar una discusión, siempre supo ser él mismo. Con paciencia fue desmontando, destruyendo mis falsas ilusiones y ambiciones.
Aquel hombre anciano, con grandes orejas de delfo, que lentamente iba menguando y envejeciendo… fue la mediación perfecta para encontrarme con Dios. El mejor regalo que jamás hubiera podido recibir. Y eso que yo no creía… pero ese hombre sirvió de conexión entre Dios y yo. Sospecho que muchos hombres y mujeres de hoy atraviesan por situaciones similares a la mía.
Podemos sentir la incertidumbre, podemos ser incapaces de ofrecer una explicación intelectualmente satisfactoria de lo que creemos pero… en alguna parte de nuestro horizonte hay personas que Dios ha puesto en el mundo para que establezcan esta conexión paradójica y misteriosa. No importa que esas personas sean tan frágiles y vulnerables como nosotros. Lo importante es que descubrimos a alguien que vive en el mundo que a nosotros también nos gustaría habitar…
Mientras haya personas, que de forma eficaz y valiente, se responsabilicen de Dios, las puertas permanecerán abiertas y existirá la posibilidad de que otros muchos podamos decir algún día: CREO, he encontrado mi hogar en Dios.
Con otras palabras, aunque con el mismo sentimiento, a los pocos días de comenzar mi ministerio episcopal entre vosotros, al celebrar la fiesta de San José, el 19 de marzo de 2015, os invitaba a dejaos habitar por Aquel que colma y llena de sentido la vida; os urgía a salir sin miedo a los caminos; a ser EVANGELIO, esto es, Buena Noticia para  todos; a invitar, sin miramiento, a ser sacerdote a aquellos jóvenes que intuyeseis que el Señor había adornado con el don de la ternura, la compasión, la sencillez, la humildad, la entrega, la disponibilidad, la capacidad de servicio…
Os pedía que no os cansaseis de importunarle para que bendijese copiosamente nuestra tierra, regada por la sangre  de tantos mártires, con nuevas y santas vocaciones (a san José le tengo pedidos 12 sacerdotes) como garantía inequívoca de su promesa de futuro. Os decía también que me negaba a creer que en nuestra Diócesis, que, según los que conocen su historia, ha sufrido y superado fuertes y profundas crisis, como el riesgo de ser suprimida, la persecución religiosa de 1936, la crisis de identidad de los años 70, entre otras, Dios no fuera a seguir suscitando también ahora un puñado de jóvenes que, fascinados por Jesucristo, estuviesen dispuestos a ofrecer su propia vida, regalarla a los demás para que pudiesen ser tan felices como ellos. Me resisto a creer que llegue un día en el que, en nuestros pueblos, cada vez más envejecidos y despoblados, los jóvenes sean tan insensibles que no se estremezcan ante tantos “crucificados” como nos salen al paso y no se ofrezcan para ser sus “cirineos” cargando con las cruces ajenas y propiciando que se sientan sanados, perdonados, amados incondicionalmente por Dios.
No se trata, como muy bien intuís, de ofrecer algo de tiempo, de conocimientos, de energías, de dinero..., sino de ofrecer la propia vida en favor de los demás, porque —como recordó el Papa Benedicto XVI al inicio de su pontificado— al mundo no lo salvan los “crucificadores”, sino  los “crucificados”. Sólo Jesucristo crucificado ha redimido el mundo y ha devuelto a cada persona su propia dignidad de hijo.  La vida y la misión del sacerdote, aunque algunos quisieran negarles “el pan y la sal”, sigue siendo la «bomba de oxígeno» que regenera la sangre de nuestro corazón, además de ser una de las formas más fascinantes y sublimes para realizarse como persona, especialmente aquellos jóvenes que desean recobrar la armonía, el equilibrio, el respeto, la libertad, la dignidad, la autenticidad, el cariño, la reconciliación entre los hombres y Dios…
Son un regalo, una gracia siempre inmerecida. Los sacerdotes, bien lo sabéis, no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas, sino que nacen y crecen en el seno de una familia cristiana como la vuestra, que es capaz de escuchar la voz de Dios a  través del grito de nuestros hermanos necesitados. A ver quién es el primero, como diría el Facebook,  que clica «me gusta» y reemplaza a John Mario en el Seminario.
Con mi afecto y bendición,
Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón


Zaqueo




La lectura del fragmento evangélico (Lc 19, 1-10) nos pone, creo, ante una conversión, nos presenta un encuentro con el Señor, en cierto modo inesperado porque Zaqueo solo sentía curiosidad  trataba de ver quién era Jesús‒, había oído hablar tanto de Él que sentía la sana curiosidad humana de conocerlo físicamente; su doctrina, por la expresión usada en el evangelio, parece que no le llamaba tanto la atención como su aspecto físico; para Zaqueo, Jesús debería de ser un fenómeno de masas, en lenguaje actual, que arrastra a muchos seguidores y él sentía necesidad de fisgonear. Se podía dar por bien empleado el que llegáramos a conocer al Señor, aunque solo fuera por fisgoneo, la sola curiosidad merece la pena intentar un encuentro con Él, los medios es lo de menos, lo que importa es la finalidad.
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Pero aquel curioso tenía una dificultad: no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Con suma frecuencia a algunos cristianos nos pasa lo mismo, somos “bajitos” espiritualmente, no damos la talla y además estamos rodeados de infinidad de cosas materiales que nos impiden acercarnos al Señor. Vamos llevados en volandas de acá para allá por la cantidad de necesidades materiales que nos hemos buscado y, claro, esas propias necesidades nos impiden ver el rostro del Señor, ellas son nuestro gentío que nos supera y nos empequeñece. Deberíamos de tener la sagacidad y astucia del propio Zaqueo para salir de ese mundo que nos rodea e impide ver a Jesús.

[Zaqueo] corriendo más adelante, se subió en un sicomoro. Nosotros debemos adelantarnos al gentío, no debemos dejarnos rodear por ese mundo de infinidad de asuntos y problemas, debemos correr adelante para subirnos a nuestra higuera que nos permita verle el rostro. Pero cuál no sería su sorpresa al ocurrir lo contrario: Jesús lo ve primero y dirigiéndose a él le dice: “Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”. Esos dos verbos en imperativo encerrando al sustantivo “prisa” son muy elocuentes; Jesús tiene prisa para hospedarse en nuestra casa, nos requiere con urgencia; no le dice: a ver si nos vemos o ya te llamo y quedamos, no: date prisa y baja. Zaqueo responde a la celeridad y urgencia con celeridad y urgencia: Él se dio prisa en bajar. Nosotros también tenemos que darnos prisa a la llamada divina, no debemos hacerle esperar, es urgente que entre en nuestra casa y para ello hay que bajar a ras de suelo y apartar todo ese gentío que nos impide verle cara a cara, plantarnos ante Él y recibirlo muy contento.

Pero nuestro cometido no es solo recibirlo muy contentos en nuestra casa, sino que lo inmediato es actuar, cambiar de actitud, ya le hemos conocido y nos ha mostrado su generosidad, pues ahora nos toca a nosotros corresponder no solo con nuestros medios económicos en favor de los más desfavorecidos, sino que todo nuestro ser con todas sus facultades tiene que ser puesto a disposición del prójimo. Ahora es el momento de olvidarnos de nosotros mismos y ponernos al servicio de los demás. Esa es la conversión: volver nuestra vida del revés. Nuestra total entrega a Dios en la persona del prójimo y así recibir la misma respuesta que recibió Zaqueo: Hoy ha sido la salvación de esta casa.


Pedro José Martínez Caparrós

jueves, 23 de noviembre de 2017

Ven­ga a no­so­tros tu Reino


El úl­ti­mo do­min­go del tiem­po or­di­na­rio ce­le­bra­mos la so­lem­ni­dad de Je­su­cris­to Rey del uni­ver­so. Es una fies­ta de es­pe­ran­za. Los cris­tia­nos te­ne­mos la cer­te­za de que por la re­su­rrec­ción de Je­sús, el pe­ca­do y la muer­te no tie­nen la úl­ti­ma pa­la­bra en la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad; y sa­be­mos que to­dos los an­he­los de ver­dad y de vida, de jus­ti­cia, de amor y de paz que hay en el co­ra­zón del hom­bre, se ha­rán reali­dad cuan­do el Se­ñor vuel­va en glo­ria y ma­jes­tad. Las per­so­nas, que po­de­mos im­pe­dir la rea­li­za­ción del de­sig­nio de amor de Dios en cada uno de no­so­tros per­so­nal­men­te si re­cha­za­mos to­tal­men­te ese amor, no po­dre­mos im­pe­dir que el plan de sal­va­ción so­bre la his­to­ria y el mun­do lle­gue a su meta.

Con la per­so­na, las ac­cio­nes y las pa­la­bras de Je­sús, es­pe­cial­men­te con su muer­te y re­su­rrec­ción, se sem­bró la pri­me­ra se­mi­lla del Reino de Dios en nues­tro mun­do. La Igle­sia, obe­de­cien­do a su Fun­da­dor, está para con­ti­nuar es­par­cien­do esa se­mi­lla. Para po­der rea­li­zar esta mi­sión no ha re­ci­bi­do de Cris­to ni ar­mas, ni ri­que­za ni po­der, por­que ni la fuer­za ni el mie­do son el ca­mino para que ese Reino crez­ca en­tre no­so­tros. Los ins­tru­men­tos para esta mi­sión son otros: la Pa­la­bra del Evan­ge­lio, la gra­cia de los sa­cra­men­tos por los que lle­ga al co­ra­zón de los hom­bres la vida nue­va del Re­su­ci­ta­do, y el man­da­mien­to de dar tes­ti­mo­nio del amor de Dios en el ser­vi­cio a los más po­bres y ne­ce­si­ta­dos.

El tex­to evan­gé­li­co que se pro­cla­ma este año, que es la gran pa­rá­bo­la del jui­cio fi­nal, nos re­cuer­da que en­tra­rán en el Reino de Dios aque­llos que ha­yan prac­ti­ca­do las obras de mi­se­ri­cor­dia. En esta pa­rá­bo­la el Se­ñor nos está in­di­can­do tam­bién cómo y cuán­do se hace pre­sen­te el Reino en nues­tro mun­do: cuan­do da­mos de co­mer o be­ber al ham­brien­to y al se­dien­to; cuan­do vi­si­ta­mos a los en­fer­mos y a los pre­sos; cuan­do ves­ti­mos al des­nu­do y hos­pe­da­mos al sin te­cho.
Tal vez po­de­mos pen­sar que esta mi­sión es en el fon­do una ilu­sión, por­que cuan­do mi­ra­mos la reali­dad de nues­tro mun­do dos mil años des­pués de Cris­to te­ne­mos la im­pre­sión de que nada ha cam­bia­do: las in­jus­ti­cias, la vio­len­cia, la men­ti­ra, el ham­bre, las gue­rras… con­ti­núan en­tre no­so­tros. Tam­bién po­de­mos pen­sar que es­tos ins­tru­men­tos son in­efi­ca­ces y no sir­ven para nada: ¿No vi­vi­mos en un mun­do en el que quie­nes tie­nen po­der, in­fluen­cia, di­ne­ro o pres­ti­gio son ad­mi­ra­dos, es­cu­cha­dos y aca­ban con­si­guien­do lo que se pro­po­nen? Ante esta si­tua­ción ¿vale la pena se­guir cre­yen­do en esta uto­pía?
Sin em­bar­go, cuan­do con­tem­pla­mos la his­to­ria de la Igle­sia y ve­mos la gran can­ti­dad de san­tos que se han to­ma­do en se­rio esta pa­la­bra del Evan­ge­lio, des­cu­bri­mos que el paso de Je­sús por la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad no ha sido inú­til; que gra­cias a los ver­da­de­ros dis­cí­pu­los su Reino está más pre­sen­te de lo que apa­ren­te­men­te se ve; que por ellos nues­tro mun­do es mu­cho me­jor de lo que se­ría si no hu­bie­ran vi­vi­do; y que vale la pena se­guir tra­ba­jan­do para que la hu­ma­ni­dad lle­gue a la meta que Dios le ha pre­pa­ra­do.
Con mi ben­di­ción y afec­to,
+ En­ri­que Be­na­vent Vidal
Obis­po de Tor­to­sa


miércoles, 22 de noviembre de 2017

En­con­tró en “casa”, el amor que men­di­ga­ba fue­ra


«Un ar­tis­ta le dijo a su es­po­sa, me voy de casa por­que quie­ro ins­pi­rar­me para pin­tar la obra maes­tra de mi vida. A los po­cos días se en­con­tró con una mu­cha­cha ra­dian­te el día de su boda: ¿qué es lo más her­mo­so para ti?, le pre­gun­tó emo­cio­na­do. El amor, con­tes­tó la jo­ven enamo­ra­da sin ti­tu­bear. Pero, ¿cómo pin­tar el amor? Lue­go se tro­pe­zó con un sol­da­do: ¿qué es lo me­jor para ti? La paz. Pero, ¿cómo pin­tar la paz? Más tar­de con­ver­só con un sa­cer­do­te: ¿qué es lo prin­ci­pal para ti? La fe. Pero, ¿cómo pin­tar la fe? Can­sa­do y de­cep­cio­na­do vol­vió a casa. Su es­po­sa lo abra­zó con tan­ta ter­nu­ra que ha­lló el amor y la paz de la que le ha­bían ha­bla­do la no­via y el sol­da­do. Y en los ojos de sus hi­jos, cuan­do lo cu­brían de be­sos, des­cu­brió la fe de la que le ha­bía ha­bla­do el sa­cer­do­te. Fue en su pro­pia casa don­de en­con­tró la ins­pi­ra­ción que an­da­ba bus­can­do fue­ra».

Vuel­ve a casa! ¡Te que­re­mos! ¡Te an­da­mos bus­can­do! ¡Te aguar­da­mos!… son «ex­cla­ma­cio­nes», «gri­tos» que mi cohe­ren­cia de vida de­be­ría ofre­cer a cada uno de mis her­ma­nos que, por ra­zo­nes di­ver­sas, un día aban­do­na­ron la «casa pa­ter­na» en bus­ca del ca­ri­ño, de la cer­ca­nía, del tes­ti­mo­nio, que al­gu­nos no le su­pi­mos ofre­cer cuan­do es­ta­ban en casa.

‘SIN TI nun­ca lle­ga­re­mos a ser esa ÚNICA Y GRAN FA­MI­LIA que Dios sue­ña’. Ni po­dre­mos re­co­brar en su ho­gar (la Igle­sia) el AMOR que, a ve­ces, men­di­ga­mos fue­ra. ¿No os re­sul­ta pa­ra­dó­ji­co que nos pa­se­mos la vida bus­can­do ami­gos, de­man­dan­do afec­to, men­di­gan­do re­co­no­ci­mien­to, pres­ti­gio, po­der… y, sin em­bar­go, lo que más nos cues­ta es de­jar­nos que­rer? Cier­ta­men­te, lo más di­fí­cil es de­jar­se abra­zar por Dios («mi Pa­dre del cie­lo»), sin­tien­do su ter­nu­ra, su ca­ri­ño, su mi­se­ri­cor­dia… a tra­vés de mis otros her­ma­nos. Nos cues­ta acep­tar que, aun­que uno haya mar­cha­do de casa, en «la mesa de la fra­ter­ni­dad», cada día, está pues­to tu pla­to es­pe­ran­do tu re­gre­so. Pero lo más sor­pren­den­te es des­cu­brir que nues­tra ver­da­de­ra vo­ca­ción en esta tie­rra es la de ha­cer de PA­DRE-MA­DRE, es de­cir, aco­ger a to­dos en casa sin pe­dir­les ex­pli­ca­cio­nes y sin exi­gir­les nada a cam­bio. Ser pa­dres, con en­tra­ñas de ma­dres, ca­pa­ces de re­cla­mar para sí la úni­ca au­to­ri­dad po­si­ble, la com­pa­sión.
Las ci­fras de esa nube in­gen­te de per­so­nas vo­lun­ta­rias que in­vier­ten mi­les de ho­ras al ser­vi­cio de los de­más, es­pe­cial­men­te de los que la so­cie­dad ex­clu­ye, (ani­ma­do­res de la co­mu­ni­dad, ca­te­quis­tas, agen­tes de pas­to­ral, vo­lun­ta­rios de Cá­ri­tas, de Ma­nos Uni­das o de Mi­sio­nes, vi­si­ta­do­res de en­fer­mos o an­cia­nos, mi­nis­tros ex­tra­or­di­na­rios de la co­mu­nión, mai­ra­le­sas, equi­po de li­tur­gia, etc.), son la me­jor ex­pre­sión de que la Igle­sia es tu ma­dre. Ade­más de la sig­ni­fi­ca­ti­va apor­ta­ción eco­nó­mi­ca que en­tre unos y otros se con­si­gue para aten­der ma­te­rial­men­te a los po­bres, sos­te­ner la in­fra­es­truc­tu­ra ecle­sial y a to­dos los evan­ge­li­za­do­res que pro­pa­gan la bue­na no­ti­cia de la ter­nu­ra de Dios en la hu­ma­ni­dad como ex­pre­sión inequí­vo­ca de su ma­ter­ni­dad.
En nues­tra Dió­ce­sis, como ha­bréis po­di­do ver por los fo­lle­tos que se han dis­tri­bui­do, la ma­yor par­ti­da de gas­tos or­di­na­rios se des­ti­na a pro­gra­mas so­li­da­rios (1.936.258,78€), so­bre todo a Cá­ri­tas, Ma­nos Uni­das y Mi­sio­nes. Nos ale­gra que mu­chas per­so­nas, a la hora de le­gar su pa­tri­mo­nio o de ha­cer sus do­na­ti­vos so­li­da­rios, pien­sen en la Igle­sia no sólo por­que el nue­vo ré­gi­men fis­cal de des­gra­va­ción sea más fa­vo­ra­ble tan­to para las per­so­nas fí­si­cas como ju­rí­di­cas (em­pre­sas) sino por­que casi en su to­ta­li­dad lle­ga a los des­ti­na­ta­rios y al mis­mo tiem­po cun­de el do­ble. Gra­cias en nom­bre de tan­tos po­bres anó­ni­mos a los que se atien­de en la Igle­sia y que ja­más po­drán ex­pre­sa­ros per­so­nal­men­te su gra­ti­tud. Ade­más, aho­ra, para ma­yor co­mo­di­dad, po­dréis ha­cer­lo sin mo­ve­ros de casa, a tra­vés de la pá­gi­na web, cli­clan­do en la pes­ta­ña: www.do­noa­mii­gle­sia.es.

CON­TI­GO, aun­que te creas in­sig­ni­fi­can­te, LO SE­RE­MOS (esa gran fa­mi­lia). Im­plí­ca­te a fon­do, si es­tás den­tro de su seno. Vuel­ve, si te sien­tes ale­ja­do, y en­ri­qué­ce­nos con tus va­lo­res. Oja­lá lo­gre­mos de­vol­ver la dig­ni­dad que Dios otor­gó a to­das las per­so­nas y ha­ga­mos flo­re­cer un mun­do más li­bre, fra­terno y so­li­da­rio. Esto es lo real­men­te au­daz, mo­derno y fas­ci­nan­te: ha­cer de la Igle­sia tu ver­da­de­ro «ho­gar, tu «casa de aco­gi­da» o tu «hos­pi­tal de cam­pa­ña». Haz de tu fa­mi­lia una igle­sia do­més­ti­ca, fuen­te y es­cue­la de fra­ter­ni­dad.
Con mi afec­to y ben­di­ción,
+ Ángel Pé­rez Pue­yo
Obis­po de Bar­bas­tro-Mon­zón


lunes, 20 de noviembre de 2017

De la Reina de las Misiones



La Virgen Santísima es la Reina de las Misiones. La Iglesia lo enseña claramente. Ahora bien, veamos algunos textos donde los Papas invocan la intercesión de la Virgen sobre las Misiones o se refieren a la importantísima realidad de la acción de la Madre de Dios en orden a la conversión de los pueblos que aun ignoran a su bendito Hijo.
S.S. Benedicto XV, en su célebre documento misional “Maximum Illud” (n° 113) ruega a la Virgen Santísima que secunde los anhelos apostólicos de todos los Misioneros; la llama con el bello título de “excelsa Madre de Dios y Reina de los Apóstoles” y le suplica que impetre “la difusión del Espíritu Santo sobre los pregoneros de la fe”

S.S. Pío XI, en su encíclica “Rerum Ecclesiae” (n° 135), invocando a la Virgen bajo su advocación de “Reina de los Apóstoles” le ruega que “se digne mirar con complacencia” los esfuerzos de la Catolicidad por evangelizar los pueblos que aun ignoran al divino Redentor y, acto seguido, el mismo Pontífice, luego de recordar que la Virgen Sacrosanta es Madre “de todos los hombres”, enseña otra verdad muy consoladora: nuestra Madre Celestial intercede no menos por los paganos que por los católicos. Es provechoso, entonces, reproducir las palabras exactas usadas por Su Santidad: “Ella, habiendo recibido en el Calvario a todos los hombres por hijos suyos, intercede no menos por los que aún ignoran haber sido redimidos por Cristo Jesús que por los que gozan ya felizmente del beneficio de la Redención”

S.S. San Juan XXIII en su Exhortación Misional “Princeps Pastorum” (n° 25) invocaba con “toda el alma sobre las Misiones Católicas” de un modo muy especial la intercesión de la Virgen Santísima y se dirige a Ella llamándola “Reina de las Misiones”. El mismo Papa Santo, en este documento, le suplica a la Virgen que Ella “encienda y multiplique el celo misionero” en todos los propagadores de la Santa Fe Católica.

El Venerable Papa Pío XII, en su gran Encíclica Misional “Fidei Donum” (n° 19), invocaba, de un modo especial, sobre las misiones católicas el patrocinio de la Virgen Santísima, a la vez que subrayaba que la intercesión de la Madre de Dios es “poderosa y materna”. El mismo Papa, en el citado pasaje, se dirigía a Ella bajo su título de “Reina de los Apóstoles”
La misma letra del Concilio Vaticano II° y, más específicamente del decreto conciliar dedicado enteramente a las Misiones Ad Gentes, contiene una concisa prez en la que se suplica a la Reina de los Apóstoles la gracia de que los gentiles sean atraídos “cuanto antes al conocimiento de la verdad (Cf. 1 Tim., 2,4)” y de que “la claridad de Dios que resplandece en el rostro de Cristo Jesús, brille para todos por el Espíritu Santo (Cf. 2 Cor., 4,6)”. Es decir, el Concilio Vaticano II contiene una confiada petición a la Virgen Santísima en la que se le suplica la gracia de la conversión de los gentiles y en la que, a su vez, se le pide que esta conversión sea “cuanto antes”

Unidos a la filial prez de los Padres Conciliares, suplicamos a la Reina de las Misiones, la gracia de la conversión de los pueblos gentiles y que esta conversión tenga lugar lo antes posible.

P. Federico, misionero en la meseta tibetana

domingo, 19 de noviembre de 2017

Miedo a morir

     



Es tan natural como corriente desde los principios. Pero qué “extraño y raro” de aceptar para los que vivimos. Sí, el miedo a la muerte es real. No es una anestesia, no un coma, no un dormir profundo, es marchar hacia Dios, ¡DIOS!!! 

Tremendo, brutal, bestial, no sé cómo calificarlo. Es lo peor y lo mejor, pero de lo que nadie quiere hablar.

A Dios le doy gracias por vivir un día más, pero también he de pedir por no asustarme de mi muerte. ¿Dolor?, ¿pena?, ¿angustia?, ¿ansiedad?, ¿agonía?, ¿terror?, pues sí, todo eso junto es morir y sin embargo hasta un niño lo sufre, miles de seres  cada día… ¡Eva, nos hiciste la pascua, querida!!!

¡Dios mío! Revélame tranquilidad, que mis hijos no sufran, que el día que me vaya se dibuje en mí rostro una sonrisa que pueda decir al mundo que tengo ganas de verte.

-¡Espera, espera, espera, no es como tú lo piensas, en absoluto! Lo que duele es la enfermedad, y vivir en esas circunstancias, es la pena; la ansiedad y la angustia son mucho antes del tránsito, porque después hasta el terror desaparece convirtiéndose en una  paz misteriosa. Reconoces que tu mundo es otro y entonces, te  apartas con vida de tu “piel” y ya no quieres volver, todo es extraordinario, único. El alma ni se duerme ni pierde el sentido.

-Desde “de dónde vengo” te cubriremos con mucho más amor del que tú nos ofreciste, pues todo se multiplica “70 veces 7”…  

 ¡Ufff, genial Dios, me quedo mucho más tranquila!!!  


Emma Diez Lobo

sábado, 18 de noviembre de 2017

¿”Vi­ves o ve­ge­tas”?


¿Qué es­tás ha­cien­do con tu vida? Des­en­mas­ca­ra los «tó­pi­cos» que pue­den des­hu­ma­ni­zar­te. No te de­jes en­ga­ñar. Sé sin­ce­ro, al me­nos con­ti­go mis­mo: ¿«vi­ves» o «ve­ge­tas»?, ¿«cue­ces» o «en­ri­que­ces»?, ¿«ar­des» o «te que­mas»?
Hoy el Se­ñor te ayu­da a des­cu­brir los «ta­len­tos» con que te ador­nó.

Te in­vi­ta a ha­cer­los fruc­ti­fi­car. No de­jes que te ven­dan bie­nes­tar por fe­li­ci­dad. El bie­nes­tar es la ex­ci­ta­ción emo­cio­nal que te ofre­cen fu­gaz­men­te las co­sas al sa­tis­fa­cer tus de­seos o ne­ce­si­da­des. La fe­li­ci­dad, en cam­bio, emer­ge de tu in­te­rior. No es fru­to de algo con­cre­to sino la con­vic­ción de sa­ber­se ama­do y sos­te­ni­do por Aquel que nos creó. Acon­te­ce como un DON, como una GRA­CIA in­me­re­ci­da e ines­pe­ra­da. Como TA­REA, bas­ta aco­ger­la, dis­fru­tar­la y com­par­tir­la con los de­más.

Te brin­do la opor­tu­ni­dad de que seas fe­liz sir­vien­do a los de­más, im­pli­cán­do­te en la trans­for­ma­ción de nues­tra Dió­ce­sis… ofre­cién­do­te un modo nue­vo de mi­rar, gus­tar, to­car, oler, es­cu­char, es de­cir, de sa­bo­rear a Dios en todo lo que ha­ces. Dis­fru­tar con hon­du­ra los en­cuen­tros, las mi­ra­das, los ros­tros, la be­lle­za… mi­rar más el lado bueno, po­si­ti­vo y go­zo­so de las per­so­nas y los acon­te­ci­mien­tos… por­que quien tie­ne a Dios en sus la­bios en todo en­con­tra­rá gus­to a Él.
Es lo que la pa­rá­bo­la de los ta­len­tos, en­mar­ca­da den­tro del dis­cur­so es­ca­to­ló­gi­co de Je­sús, pre­ten­de ha­cer­nos des­cu­brir. El Se­ñor tar­da pero su re­gre­so es tan se­gu­ro como im­pre­vi­si­ble. De ahí nues­tra lla­ma­da a la res­pon­sa­bi­li­dad per­so­nal. Las su­mas en­tre­ga­das y las ga­nan­cias ob­te­ni­das son muy con­si­de­ra­bles ya que un ta­len­to equi­va­lía a diez mil de­na­rios, el suel­do de seis mil jor­na­das de tra­ba­jo. Más allá de esto, lo que se des­ta­ca es la pro­duc­ti­vi­dad de los dos pri­me­ros sier­vos. El ter­ce­ro, en cam­bio, tra­ta de con­ser­var, a buen re­cau­do un de­pó­si­to que con­si­de­ra­ba ce­rra­do. Ac­túa con apa­ren­te ho­nes­ti­dad. No mal­gas­ta su ta­len­to. No hace nada malo… sin em­bar­go es re­pro­ba­do por su pa­si­vi­dad. Esta so­cie­dad del bie­nes­tar ha lo­gra­do anes­te­siar nues­tros pe­ca­dos de omi­sión. El abs­ten­cio­nis­mo y la apa­tía, la pe­re­za y la co­mo­di­dad, el egoís­mo y el mie­do al qué di­rán son fru­to de una psi­co­sis de se­gu­ri­dad co­lec­ti­va. Dios nos pide hoy una fi­de­li­dad pro­duc­ti­va, de lo con­tra­rio, tam­bién que­da­re­mos des­ca­li­fi­ca­dos.
Los ta­len­tos que re­ci­bi­mos por par­te de Dios son, en pri­mer lu­gar, las ri­que­zas de su Reino, es de­cir, la sal­va­ción, la fe, su amor, su amis­tad (la vida de Gra­cia)… En se­gun­do lu­gar, los do­nes na­tu­ra­les como la vida y la sa­lud, la in­te­li­gen­cia y la vo­lun­tad, la fa­mi­lia y la edu­ca­ción… La fe, sin em­bar­go, es el gran ta­len­to que re­su­me to­dos los de­más.
Es­tos ta­len­tos no son para uso pri­va­do y ex­clu­si­vo. Dios no nos ha crea­do como «flo­re­ros». Tam­po­co nos ha cons­ti­tui­do en pro­pie­ta­rios, tan solo en ad­mi­nis­tra­do­res. Nues­tro di­le­ma in­sos­la­ya­ble es ex­plo­tar­los al ser­vi­cio de Dios y de los her­ma­nos o bien en­te­rrar­los para no com­pli­car­nos más la vida ni ser ta­cha­dos como re­tró­gra­dos.
¡Cuán­tos hom­bres y mu­je­res vi­ven ins­ta­la­dos, de­silu­sio­na­dos o fo­si­li­za­dos como el em­plea­do ha­ra­gán que efec­ti­va­men­te no mal­gas­ta su ta­len­to pero lo en­tie­rra, con­ten­tán­do­se con man­te­ner­lo in­tac­to e in­fe­cun­do! Los dos pri­me­ros fue­ron elo­gia­dos por la leal­tad con la que se hi­cie­ron car­go de lo “poco”. El ter­ce­ro, ade­más de acu­sar al due­ño, con­fie­sa que ha sido el te­mor lo que le ha ins­pi­ra­do su ma­ne­ra de ac­tuar. El Se­ñor, que no le re­pro­cha sus pa­la­bras in­jus­tas, des­en­mas­ca­ra sin em­bar­go su pa­si­vi­dad, su in­do­len­cia y su pe­re­za. No ha que­ri­do co­rrer ries­gos. Al fi­nal, se des­ve­lan las mo­ti­va­cio­nes reales de cada uno.
Lo que se exi­ge siem­pre es “poco” en com­pa­ra­ción con lo mu­cho que se ha re­ci­bi­do. El di­ver­so com­por­ta­mien­to re­fle­ja las dis­tin­tas ma­ne­ras que cada uno tie­ne de en­fo­car la vida y la fe. Los hay que cons­cien­tes de lo mu­cho que han re­ci­bi­do por par­te de Dios lo po­nen todo al co­mún, al ser­vi­cio de su Pro­yec­to sal­ví­fi­co. Otros, en cam­bio, vi­ven con mie­do, sin­tién­do­se ate­na­za­dos por el qué di­rán  y lo­gran en­te­rrar to­das sus po­ten­cia­li­da­des.
Lo im­por­tan­te no es la can­ti­dad que cada uno pro­duz­ca sino si res­pon­de al tan­to por cien­to de sus pro­pias ca­pa­ci­da­des, ac­ti­tu­des o ap­ti­tu­des. Dios no exi­ge sin an­tes ha­ber­nos dado con abun­dan­cia. Per­so­nal­men­te lo que más me con­mue­ve es la con­fian­za que el Se­ñor ha de­po­si­ta­do en no­so­tros. Él nos im­pul­sa a apro­ve­char cada día que si­ga­mos «en­gan­cha­dos» a lo suyo.
Gra­cias, Se­ñor, por­que con­fias­te en no­so­tros, en­tre­gán­do­nos los ta­len­tos y la res­pon­sa­bi­li­dad de tu Reino. Gra­cias, Se­ñor, por­que des­en­mas­ca­ras­te nues­tra me­dio­cri­dad y nos hi­cis­te des­cu­brir nues­tros pe­ca­dos de omi­sión. Ayú­da­nos, Se­ñor, a re­di­tuar nues­tros ta­len­tos para ser­vir me­jor a los de­más.
Con mi afec­to y ben­di­ción,
+ Ángel Pé­rez Pue­yo
Obis­po de Bar­bas­tro-Mon­zón