jueves, 17 de octubre de 2019

Día del Domund



Celebramos este domingo la Jornada Mundial de las Misiones, que este año tiene lugar en el marco del mes misionero extraordinario convocado por el Papa en toda la Iglesia. Por ello, como indiqué en mi escrito de la semana pasada, el día del DOMUND debería resaltarse de una manera especial en nuestras parroquias, sobre todo en la celebración de la Eucaristía dominical. Os invito, por tanto, a hacer un esfuerzo para que esta jornada reavive cuatro actitudes en aquellos cristianos que participen en la Eucaristía.

En primer lugar despertemos en ellos un sentimiento de aprecio por las misiones y por quienes las hacen posible: los misioneros y las misioneras. El Papa nos recuerda que una actitud que paraliza la vida de la Iglesia es la auto-referencialidad. En el fondo es una actitud egoísta (primero solucionemos nuestros problemas y después ya nos preocuparemos de los demás). Como nuestros problemas nunca acaban de resolverse plenamente, al final no tenemos tiempo para los otros. Vivir de este modo acaba matando cualquier signo de vida evangélica. Hemos de dar a conocer y provocar la admiración hacia aquellos que, tanto actualmente como en épocas pasadas, han dedicado su vida al anuncio del Evangelio y la han entregado sirviendo a los demás, en unas condiciones de vida que en la mayoría de los casos no son mejores que las nuestras. Su generosidad no debe ser olvidada y hemos de recompensarla con nuestra generosidad económica.

En segundo lugar recordemos que el tesoro más grande que los misioneros y misioneras ofrecen y por el que dan la vida no es otro que Jesucristo. Él es el camino de la Iglesia. Ellos saben que si todos conocen y aman a Jesucristo, nuestro mundo será más digno del ser humano. Anunciar el Evangelio no es lo secundario en la misión, sino lo principal. Dejarlo como tarea accidental, en el fondo supone pensar que el mundo se puede salvar sin Cristo.

Recordemos a los cristianos que todos somos misioneros también en nuestras circunstancias concretas. El lema del mes misionero es Bautizados y enviados. El tesoro de la fe no lo hemos recibido para que nos lo guardemos, sino para que transforme nuestra vida y sea una luz que brille en el mundo. Dios ha pensado una misión para cada uno de nosotros. Nuestro camino de santidad consiste en descubrir qué es lo que Dios nos pide a cada uno. Cualquier vocación que tiene su fundamento en el bautismo y que normalmente se concreta en alguno de los estados de vida posibles para un cristiano (ministerio ordenado, matrimonio, consagración religiosa o secular) es por naturaleza misionera, porque si se vive santamente se convierte en sal de la tierra y luz del mundo.

Y este año pensemos de manera especial que la misión es lo que nos da la clave para afrontar los retos de nuestra Iglesia aquí y ahora. En nuestra sociedad no todos son cristianos. Ello no nos lleva a condenar al mundo, sino a intentar que todos se acerquen al Señor. Cualquier encuentro con personas no creyentes se puede convertir en un acontecimiento misionero si las acogemos con el mismo amor de Cristo.

Con mi afecto y mi bendición,
+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa


martes, 15 de octubre de 2019

Los que pertenecemos


Los que te pertenecemos, vimos un día tu luz y entendimos tu Palabra.

Se abrió ante nosotros otro mundo en el mundo donde sólo necesitamos que Tú nos miraras.

Extenuados, casi todos de buscarte y atónitos por haberte encontrado, elegimos pertenecerte y arriesgar todo lo que teníamos, entregártelo.

Contra el instinto de guardar y proteger, sentimos la libertad de poner nuestra vida ante ti, abrir las puertas de nuestra alma y confiarte todo nuestro ser.

Algo nos dijo, en esa luz que nos diste, que tú querías quedarte atrapado en esa debilidad que escondíamos; que necesitabas estar allí en nuestro interior para salvarnos.

Descubrimos entonces lo que se gana cuando ya no se tiene nada que perder y experimentamos la libertad de entregarte aquello que, con tanto afán,  protegíamos.

También tú, en ese rayo de luz que nos diste nos mostraste que el camino comienza cuando miramos a nuestro corazón doliente y no nos gusta lo que vemos.

Y en esa debilidad, la de cada uno, se produce el encuentro íntimo entre los hombres y Dios,  se comienza a entender y se accede a un nuevo mundo en el mundo.

Luego vendrán muchos días de oscuridad y de dudas, de fracasos, de tristezas pero ya no volveremos a custodiar el tesoro vacío e inútil de nuestra debilidad, que siendo inútil para mí, se convirtió en tu casa.

La casa de mi Señor. 

(Olga) 
comunidadmariamadreapostoles.com


sábado, 12 de octubre de 2019

XXVIII Domingo del Tiempo



Primera Lectura;
Lectura de segundo libro de los Reyes 5,14-17: Volvió Naamán a Eliseo y alabó al Señor.
Salmo 97, 1-4:
El Señor revela a las naciones su justicia.
Segunda Lectura:
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2,8-13: Si perseveramos reinaremos con Cristo.
Evangelio: 
Lectura del santo evangelio según san Lucas 17,11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

la eucaristía, culmen de la vida del  creyente.

Las lecturas invitan a la acción de gracias. El relato evangélico presenta la acción de gracias como el culmen de la vida de fe. Los diez leprosos son hombres de fe: piden ser curados, Jesús los envía a Jerusalén para que los sacerdotes certifiquen su curación (cf. Lv 13,19), y obedecen, poniéndose en camino ¡cuando todavía no habían sido curados! Y caminando, reciben el premio de su fe en la palabra de Jesús: se sienten curados. Entonces sólo uno  -el samaritano, el extranjero- regresa para dar gracias a Jesús. Y éste declara que su fe ha llegado a plenitud en la gratitud.

Realmente la petición es legítima, pero por encima de este tipo de oración está la acción de gracias y la alabanza. La acción de gracias porque es el reconocimiento agradecido de Dios como salvador y la alabanza porque es expresión de amor y gratuidad. Dios es padre y desea que sus hijos se relacionen con él en términos de alabanza y gratuidad. Por eso Jesús, cuando nos enseña en el Padrenuestro las líneas básicas de la oración cristiana, primero invita a sintonizar con Dios como padre nuestro e inmediatamente después a una alabanza: Santificado sea tu Nombre.

El creyente cristiano debe vivir dando gracias continuamente a Dios. Como en toda acción de gracias, ésta implica unos actos previos: primero, sentir una necesidad personalmente insuperable, a continuación pedir ayuda, finalmente experimentar la solución. Con estos presupuestos brota espontáneamente la acción de gracias, primero de palabra agradeciendo el favor, después con un ofrecimiento personal al que ha hecho el beneficio, poniéndose a su disposición para lo que necesite, incluso invitándole a su mesa, si es el caso. Éstos son los pasos que el cristiano debe vivir para dar gracias a Dios: ser consciente de la propia debilidad, fragilidad y pecado, pedir ayuda para remediar estas flaquezas, recibir continuamente el perdón de Dios y auxilio en las necesidades. Ahora es cuando todo está apunto para la acción de gracias con palabras y con una vida cristiana agradecida.

Los cristianos lo hacemos especialmente en la celebración de la Eucaristía, que, como su nombre indica, es esencialmente acción de gracias. Se comienza reconociendo los propios pecados. Este es el billete para participar. No es premio de justos sino ayuda para los débiles y pecadores. Implica reconocerse pecador y perdonado. Se participa en la celebración para dar gracias al Padre por todos sus beneficios, los que hace a toda la humanidad y los que recibimos cada uno personalmente, pues hay que agradecer como cristianos y en nombre de toda la Iglesia. En la Eucaristía se hace de una manera especial, uniéndose a la acción de gracias del mismo Jesús, a quien representa sacramentalmente el sacerdote: se da gracias primero con palabras, después con el propio ofrecimiento de Jesús al Padre, uniéndose toda la comunidad a su ofrecimiento, sacramentalmente presente en el pan y el vino. Finalmente no somos nosotros los que ofrecemos un banquete al Padre sino que es el Padre el que lo ofrece  a sus hijos dándoles a comer su propio Hijo para alimentar su vida filial y fraternal. Al que así celebra la Eucaristía, la necesita y “le dice mucho” la Eucaristía. Al autosuficiente, que no tiene necesidad de nada, no “le dice nada” y se aburre. La Eucaristía es culmen de toda la vida cristiana. La supone y la alimenta.

Dr. don Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 11 de octubre de 2019

Colores de otoño




Rojos, dorados, marrones, amarillos, naranjas, ocres o sienas. La increíble e inagotable paleta de colores otoñales, con matices que no existen en ninguna otra época, es una demostración más de que la naturaleza es una obra de Dios. El otoño es sin duda una de las estaciones más fascinantes del año.
Sentir aire fresco después de tantas semanas de calor, ¡qué gozo tan grande! Ese viento que mece las hojas de los árboles y las hace bailar, ese viento fresco que nos recuerda que el Espíritu Santo nos acompaña y que nos susurra suavemente al oído que Jesús nos ama con locura. Y es que también en nuestra vida espiritual, este es un tiempo para dejar que el soplo fresco de Dios inunde nuestras vidas.
Si en primavera miramos más a la tierra, en otoño dirigimos la mirada más hacia arriba. La naturaleza nos regala un festival de cielos rojizos con los reflejos de la luz y tonos cálidos que cubren primero las hojas de los árboles y luego el suelo, para convertirse en fértil humus del que volverá a brotar la vida. El otoño es tiempo de renovación, de desapego y de depuración, representa la necesidad de «soltar» viejas actitudes, relaciones marchitas e ideas caducas. Es como si Dios devolviera a la tierra las hojas que en primavera entregó a los árboles. Dejemos caer las hojas del alma, soltémoslo todo, dejemos que muera el pasado, lo superfluo y dejemos espacio a lo nuevo.
Al igual que la naturaleza, nosotros también podemos desapegarnos de todo lo que ya no da fruto para, así, poder caminar más ligeros. El otoño nos recuerda que el arte de vivir es cambiar las hojas sin perder las raíces. Porque, aunque se caigan, el árbol sigue en pie. En otras ocasiones, necesitamos cambiar el color de nuestra vida, darle un tono más cálido o apasionado para, de esta forma, permitir que Dios nos renueve, y nos prepare, después del invierno, para una nueva primavera espiritual. Con el paso de las estaciones no solamente cambia la naturaleza que nos rodea, también se transforma nuestra existencia. Cambia la temperatura, nuestra ropa, nuestra rutina, cambian nuestros hábitos. Incluso cambia nuestra relación con Dios, disponemos de más tiempo para estar con Él. Aprovechémoslo. Dejémonos amar. Es tiempo de recogernos para renacer. De mirar hacia adentro, de hacer balance. De recoger la cosecha, nuestra cosecha. ¡Qué generoso es Dios con nosotros, cuánto nos da! Es tiempo de maduración y de culminación, de esparcir y de sembrar las semillas, que darán fruto el año próximo.
El papa Francisco dice textualmente: «nos hará bien no olvidarnos de que también nosotros somos sembradores. Dios siembra semillas buenas y también aquí podemos preguntarnos: ¿qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca?» (Palabras del Santo Padre previas al rezo del Ángelus, domingo 13 de julio de 2014)
Para los cristianos es tiempo de sembrar esperanza, de sembrar amor, de sembrar paz y fraternidad. Y, por supuesto, es tiempo de sembrar la palabra de Dios y agradecerle todos los frutos que nos ofrece. Queridos hermanos, feliz y fructífero otoño a todos.
 † Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona


jueves, 10 de octubre de 2019

Madrugar por Dios



 Madrugar por Dios: es intrigante esta afirmación. Si vamos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, madrugar es “levantarse al amanecer” o “aparecer muy pronto”; viene del latín: “maturicare”, que, a su vez, viene de “maturare”, que significa “apresurarse”. Dicho esto, nos seguimos preguntando por la inquietante: madrugar por Dios. En la Escritura, madrugar significa: “rechazar las obras de las tinieblas”.

Y en nuestro idioma español, madrugamos cuando nos levantamos temprano. Ahí empieza a clarear el sentido; y la Escritura, como siempre, revela y destella una luz sobre la frase misteriosa:

Dice el Salmo 35:
El malvado escucha en su interior un oráculo de pecado: 
“no tengo miedo a  Dios, ni en su presencia”,
Las palabras de su boca son traición y maldad
Acostado medita el crimen…

Y, en esta postura de “estar acostado”, se mantiene mediante piensa en su interior con maldad, viviendo en el mundo de las tinieblas. En la traducción de la Biblia de Jerusalén, el versículo 5 lo traduce como: 
“…maquina maldades en su lecho, incapaz de rechazar el mal, 
Se obstina en el camino equivocado…”

Que en esencia es lo mismo, pero que nos abre una puerta de luz: De ahí que el “madrugar” nos impulse a levantarnos pronto sin darle cuartel al mundo de las tinieblas. Incluso aparece por ahí la palabra: “levantarnos”, como indicativo de la postura “estar en pie”, como imagen de la postura del Resucitado. Y, madrugando rechazamos las tinieblas de nuestra alma; las tinieblas que aparecen de forma diferente en cada persona, según su psicología, según los acontecimientos de su vida, según los pecados de su alma, según los vicios contraídos…son nuestras propias tinieblas.

Son esas tinieblas las que no nos dejan ver la Luz, que es Jesucristo. Cuando Cristo muere en la Cruz para salvación del mundo, éste se hizo tinieblas. Lo relata Mateo en la “Muerte de Jesús”: “Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra, hasta la hora nona, en que Cristo murió” (Mt 27,45)
El Salmo 62 nos recuerda: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo…”, 

Es decir, en tu Nombre rechazo las tinieblas de mi alma, las que no me dejan verte a Ti, Luz del mundo, Agua que apaga mi sed, que llena mi vida ansiada como tierra reseca sin Ti Por ello, madruguemos por Dios, rechazando todo lo que nos aparte de Él, disipando nuestras maldades, perdonando a nuestros hermanos, y amando a los que no nos quieren. Así es nuestro Dios, así es Jesucristo.

Alabado sea Jesucristo,

(Tomás Cremades) 
comunidadmariamadreapostoles.com


miércoles, 9 de octubre de 2019

La injusticia del juicio



Y tú me hablas de la injusticia del juicio.

Me preguntas ¿quién eres tú para juzgar? y tus palabras remueven mis entrañas.

Desde el balcón de nuestro reino, desde lo alto, siempre desde arriba, no amamos sino juzgamos. 

Adivinamos porqués, intuimos circunstancias, y decidimos que el otro, que nunca vemos como hermano, ha cometido un error, es reo de  sus acciones.

El juicio, enraizado en el alma del hombre, mata y siembra mal y muerte.

Matamos cuando juzgamos y morimos al amor: al amor al que fuimos convocados por nuestro Señor mientras caminaba por la tierra, al amor que no juzga y se compadece, al amor que entiende y comprende, al amor que se apiada y  desea el bien.

El juicio nace en un lugar de nuestro interior donde reside nuestra propia miseria, nuestra debilidad: el juicio es el fruto siempre de la soberbia, de la rabia, de la envidia, en suma, de todo lo que tantas veces anida en nuestro corazón y lo contamina.

Aspiremos a aprender, a mirar con los ojos de Jesús, a preguntarnos porqué, a esbozar un ¡qué sé yo, de la vida de los otros! y a retener nuestra voz cuando desde nuestro corazón brote el juicio, la sentencia.

Juzgar es reflejar en los otros nuestra vida: cuanto más juicio más pobreza. 

Señor, danos tu verdad y tu amor y enséñanos a arrodillarnos ante ti para que ninguna tentación nos lleve a pensar que somos dignos de esbozar una palabra acusadora contra nuestros hermanos, hechos a tu imagen y como nosotros, hijos de Dios. 

(Olga) 
comunidadmariamadreapostoles.com


martes, 8 de octubre de 2019

Tenemos grietones


                                                 
         
                
Grietas no, lo siguiente. Madre mía, parecemos vasijas romanas cuando las sacan de las excavaciones… Pero las recompones y quedan genial ¡No hay que preocuparse!, las grietas son parte humanoide.

Todos somos viejas vasijas y se nos sale el agua, si no es por un lado seguro que es por otro y ahí vamos pegando grietas para que quede lo mejor posible.
De las “roturas” se sacan cosas buenas si tienes a Dios contigo: Si lloras por algo, Él pone una semilla donde caiga la lágrima para que después salga una flor; si te caes y te descalabras una pierna, ahí está Él para que te pongas a Leerle -es el mejor Libro del universo- porque no puedes hacer otra cosa mejor, la tv según está hoy, ni por descuido. 

Y así todas las “fracturas” que tenemos. Una por una y con paciencia todo sale bien -las cosas con prisas quedan fatal y además te puedes jorobar la otra pierna-. Dios hace maravillas con nuestros estropicios. Lo importante es saber “arreglar” y saber descansar sin agonías.

Hasta podíamos abrir un museo con tantas “cosas reparadas”… Yo me paso el día con el “pegamento”… Otros “aprendiendo a andar”, el caso es entender que la vida es así pero que por algún lado, saldremos beneficiados.

 “Pegamento” no nos falta y “escayolas” tampoco, así que solo nos queda trabajo y práctica; lo de menos son las  “cicatrices”, ellas nos recordarán tener mucho cuidado…

Ya sabes, de lo malo sin querer, Dios te provee hasta flores… ¡No te preocupes!

  Emma Díez Lobo