miércoles, 16 de agosto de 2017

En medio de la crisis



No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas, y tentada desde dentro por el miedo y la mediocridad.

¿Cómo leer nosotros este relato evangélico desde una crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, «Jesús se acerca a la barca caminando sobre las aguas». Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un «fantasma». El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real para ellos es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde el interior de esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice las tres palabras que necesitan escuchar: «¡Ánimo! Soy yo. No temáis». Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y «se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas». Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de las crisis: apoyándonos no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.

No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos, como Pedro. Pero, lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: «Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?».

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para «sobrevivir» dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.

 Ed. Buenas Noticias


martes, 15 de agosto de 2017

El fuego del infierno no es el fuego de Dios



Cuando uno se inicia en la fe, cuando te miras para dentro y ves tus miserias, y abres ese armario inconfesable que todos llevamos en nuestro interior, te atemoriza el fuego eterno del infierno. Pero Dios no nos ha creado para el infierno, sino para alabarle, y para hacernos hijos suyos; nos moldea para que podamos llegar a ser hijos de Dios, anunciadores de su Evangelio, que es Vida para todos los que le seguimos, a pesar de nuestros errores. Nos lo dice en el Prólogo del Evangelio según san Juan, cuando anuncia su Palabra-Jesucristo-, como la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo:”…Vino a los suyos y los suyos no la recibieron, pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su Nombre…” ((Jn 1, 11-13)

La palabra fuego, en la Escritura, tiene muchas vertientes, las cuales siempre me han sobresaltado, cuando no me han asustado. Ceo que es el momento de que empiece a ver con otros ojos la realidad que nos dice la Biblia de esta tan, aparentemente, “estremecedora” palabra.

En el Evangelio de Jesucristo según San Lucas (Lc 9,54) se relata un episodio sorprendente. Sucedió que Jesucristo quería subir a Jerusalén, para lo cual envió por delante a mensajeros para preparar posada. El pueblo donde pensaban pernoctar era un pueblo samaritano. Sabemos que los samaritanos no se llevaban bien con los judíos, porque eran pueblos que habían vuelto del destierro a Babilonia y de alguna manera se habían contaminado con deidades paganas. Recordemos que en el diálogo de Jesús con la samaritana, ésta le pregunta dónde se ha de rendir culto a Dios, si en Jerusalén o en el monte Garizín.

Dado que Jesús iba camino de Jerusalén, el posadero del pueblo samaritano no le admite en su casa. Por ello, los mensajeros  (Juan y Santiago)  se vuelven muy enfadados y le preguntan a Jesús: ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que les consuma? Evidentemente, como no podía ser de otra manera, Jesús les reprende. Resulta que los discípulos han sido testigos de la Transfiguración, de cómo calmó la tempestad en el Mar de Tiberíades, de cómo les anuncia su Pasión, y lejos de todo esto, ellos se ponen a discutir quién será el mayor en el Reino de los Cielos, como se recoge unos versículos antes de este episodio; y no contentos con esto, ahora se ven con atribuciones para solicitar al Altísimo fuego del Cielo como venganza por la negativa del posadero.

¡Qué paciencia del Señor con sus discípulos! El Evangelio dice que los reprende. ¡Qué menos podía hacer!

El Señor Jesús, Hijo de Dios, como Gran Pedagogo, va formando esa arcilla de que dispone para ir modelando su Iglesia. Tiene que partir de un barro como el nuestro, lleno de intereses personales, de envidias y disputas para subir a lo más alto; interviniendo la familia, como en el episodio de la madre de los Zebedeos; aguantado discusiones cuando les acaba de anunciar su Pasión…Y ahora solicitando venganza.

No es ese el mensaje de Jesús, todo Amor, bondad y misericordia. En definitiva, de la misma forma que el pueblo de Israel con sus vivencias, es reflejo del nuevo pueblo que somos nosotros, este pequeño rebaño de apóstoles que Dios le ha entregado, es imagen con sus defectos y pecados, del nuevo rebaño que somos, y que ahora, en el siglo XXl, pone en nuestras manos para que llevemos su Tesoro-su Evangelio- en nuestros odres de barro.

Es por ello que quiero desterrar de mi pensamiento la idea del fuego del infierno, para acercarme al verdadero fuego: el del Amor infinito de Dios, que me ama, y me prepara con su pedagogía, para pasar de un fuego patrimonio del Enemigo, a un fuego como lo define Jesucristo: “…He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!…” (Lc12,49)
Yo os bautizo con agua, en señal de conversión; Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3,11). Me llama la atención este tipo de bautismo de fuego. Conocemos el bautismo de agua, en el que el hombre se sumerge en las aguas, símbolo de la muerte, para resurgir de ellas resucitado. En muchas iglesias aún se conserva la piscina bautismal, con siete escalones de bajada, simbolizando los siete pecados capitales llamados así porque son cabeza de todos los demás pecados. Sabemos del martirio como bautismo de sangre. Pero ¿y el bautismo de fuego? Los símbolos del Agua y del Fuego  expresan el misterio de la energía vivificadora que el Mesías y el Espíritu han derramado en el mundo. Jesucristo, en la Cruz, testifica y consuma el sacrificio con el fuego del Amor.El Bautismo de fuego es el que Jesucristo vino a traer al mundo para purificar a todos los hombres de buena voluntad, recogidos como trigo en el granero; sin embargo quemaría la paja como fuego que no se apaga, como el fuego de la Gehena (Mt 18,8-9) Y es bellísima la Oración al Espíritu Santo al que se le  define como: Brisa en las horas de fuego.

Nos recuerda Isaías: Se espantaron en Sión los pecadores, sobrecogió el temblor a los impíos: ¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego devorador? ¿Quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas? El que anda en justicia y habla con rectitud, el que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar el soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal. Ése morará en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las peñas, se le dará su pan y tendrá el agua segura. (Is, 33,14-17)

Es hermoso el paralelismo que existe con el Salmo 23¿Quién puede subir al monte, del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El Hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos, ni jura contra el prójimo en falso. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. (Sal  23)

Ese Hombre de manos inocentes y puro corazón no es otro que Jesucristo Nuestro Señor. Él es el único santo y puro, digno de subir al Monte del Señor, el Monte de la Redención, el Monte Calvario, el santuario que fundaron sus Manos (Ex 15,17)

Y hay una imagen bellísima de Jesucristo-Eucaristía en el binomio salvador del Agua y el Pan, alimento y refugio de las almas débiles que se refugian en Él.
Guardaos, pues, de olvidar la alianza que Yahvé, vuestro Dios ha concluido con vosotros y de fabricaros alguna escultura o representación de todo lo que Yahvé, tu Dios, te ha prohibido; porque Yahvé, tu Dios es un fuego devorador, un Dios celoso. (Dt 4, 25-31)

Y, como toda la Escritura es palabra revelada por Dios, Ezequiel comenta: “El pueblo de la tierra ha hecho violencia y cometido pillaje, ha oprimido al pobre y al indigente, ha maltratado al forastero sin ningún derecho. He buscado entre ellos alguno que construyera un   muro y se mantuviera de pie en la brecha ante mí, para proteger la tierra e impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a nadie. Entonces he derramado mi ira sobre ellos, en el fuego de mi furia los he exterminado. (Ez 22, 29-31)

Pero el fuego de Dios sana al hombre. En el libro de Isaías, concretamente en el episodio de la llamada “Vocación de Isaías”, capítulo 6, éste tiene una visión del Dios Yahvhé,  sentado en su trono y rodeado de serafines que cantan: “Santo, santo, Santo”. Isaías se da cuenta de sus miserias y solloza gritando: “… ¡Ay de mi! Estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros que habita en un pueblo de labios impuros…” (Is  6, 3-8)

Aquí la impureza la podemos traducir por idolatría, seguimiento a otros ídolos. Y ve Isaías, cómo un ángel coge una brasa encendida y se la pone en sus labios. Y le dice: “…He aquí que esto ha tocado tus labios, se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado…”

Y en el Nuevo Testamento, recordamos el episodio de los discípulos de Emaús: “… ¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?..” (Lc. 24,32). Ese es el verdadero fuego de Dios, Jesucristo, el que con su Palabra-su Evangelio-, toca nuestras impurezas e idolatrías y expía nuestro pecado.

No podemos pasar por el alto el “carro de fuego” desde donde es arrebatado al Cielo el profeta Elías, dejando parte de su manto al profeta Eliseo. El manto representa en la Escritura, la personalidad, la esencia misma del ser. Aquí este carro de fuego que arrebata a Elías, es imagen del mismo Jesucristo que nos arrebata con su Amor; este sí es el fuego de los profetas, el fuego que salva, el fuego que nunca asusta, el que no se apaga: Jesucristo

Por eso profetizará luego Ezequiel: “…Derramaré sobre vosotros un Agua pura que os purificará; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar…” (Ez 36,25) Jesucristo es esa Agua Viva que nos purifica e impulsa a la Vida Eterna, como le dice a la Samaritana del Evangelio. Esa agua Viva apagará el fuego del infierno merecido por nuestros pecados, introduciéndonos en el fuego del Amor de Dios.

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno

lunes, 14 de agosto de 2017

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen



María, una vida consagrada al Amor,  madre de la esperanza

María es  madre y modelo para el cristiano. Ella ha recorrido antes que nosotros el camino de Jesús, ya ha llegado a la meta y comparte la gloria de Jesús, que es nuestra meta. Ahora intercede por nosotros y alienta nuestra esperanza de llegar a nuestro destino.

Una vida consagrada al amor, llega a Dios que es Amor.  Si Dios es Amor, el amor es el único camino que nos acerca a él. Toda la vida de Jesús, desde la encarnación hasta su resurrección, estuvo determinada por el amor. Por amor se encarnó y solidarizó con nosotros, haciéndose nuestro hermano y representante. Por amor ejerció fielmente su misión de anunciar la  proximidad del Reino de Dios, afrontando las dificultades y aceptando la muerte. Por amor el Padre lo aceptó y lo convirtió en primogénito de entre los muertos, nuevo Adán que comenzaba una nueva estirpe de resucitados (segunda lectura).

Este es el camino que tiene que seguir la humanidad para compartir la resurrección de Jesús y que María anduvo de una manera especial. Por ello ya comparte la resurrección. San Pablo dice en la segunda lectura que hay un orden para resucitar y que el primero fue Cristo, después todos los cristianos. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, nos enseña que María tiene un lugar especial en este orden y que ya comparte esta gloria desde su asunción a los cielos, todo ello porque también fue la persona que más amó a Dios después de Jesús.

El Evangelio recuerda cómo María lo realizó: con una vida consagrada a la alabanza divina y al servicio. Su primera acción después de la anunciación fue ir a ayudar a Isabel, embarazada.  La liturgia contempla su “ponerse en camino a prisa” en el horizonte de toda su vida, una vida consagrada al servicio por amor, en contexto de fe y oración. Isabel la alaba por su fe, pues creyó en las palabras del ángel y María responde alabando a Dios, que enaltece a los humildes.

Por ello es modelo de todos. La primera lectura presenta una mujer misteriosa, que representa la Iglesia del Antiguo y Nuevo Testamento, llamada a dar a luz al Mesías y con él la salvación para la humanidad. En el AT preparó la venida, en el NT la realizó, primero físicamente por medio de María, después por medio de su acción misionera. Siempre es perseguida pero Dios la protege.

En la Eucaristía la Iglesia realiza de forma especial su tarea de dar a luz a Jesús en nuestro tiempo para salvación de todos los hombres, alimentándonos para que, unidos a él, actualicemos su vida consagrada al amor y así podamos también compartir su resurrección. En ella recordamos a María y a toda la Iglesia triunfante, pidiendo su intercesión.

 Dr. Antonio Rodríguez Carmona



domingo, 13 de agosto de 2017

Asunción al cielo



Lo que a continuación expongo es solo y exclusivamente un punto de vista personal, lo que me dicta mi pobre y humilde naturaleza humana. Exponer, opinar o hablar de un misterio superior desde una óptica terrenal y que lo escriba alguien que no tiene grandes conocimientos teológicos, conlleva el grave riesgo de que su torpeza le lleve a derivas erróneas, más mi intención no es pontificar, sino exponer con un modo de hablar llano y humano lo que a mi mente se le presenta como lo que es: un misterio.

Jesús ascendió y aquí dejó a sus amigos y colaboradores más íntimos, incluyendo a su madre. Pero, claro, una madre es una madre, y, aunque Él, una vez cumplida su misión, se incorporó a su puesto junto a las otras dos personas de la Santísima Trinidad, su humanidad echaría de menos a esa mujer buena con la que compartió los treinta y tres años de vida intensa. Lo más natural es que a esa añoranza de madre le quisiera poner remedio. ¿Qué mejor que traerla aquí junto a mí? Pensaría. Así es como tomó aquella decisión y así llegó la Asunción.

Los apóstoles y discípulos se quedarían tristes por la ausencia de aquella mujer que tantas fuerzas les insuflaría en el día a día. Tras la Ascensión se aglutinarían en torno a ella para darle ánimos y, a su vez, para que ella fuera la consejera en la continuación de la obra de su Hijo. Tras la Asunción se quedarían también huérfanos de María.

Pero en otro lugar, ¿cielo? se presentó el motivo de una gran alegría. Allí llegó esa misma mujer y madre a la que el Hijo en cierto modo le debía su humanidad, soporte necesario para la salvación humana. Madre con la que había compartido alegrías y tristezas. Madre que había sido su confidente y consejera. La llegada de ella pondría culmen a su dicha. Jesús haría las presentaciones oportunas… ¡Qué menos que celebrar el reencuentro con una fiesta! Toda la corte celestial, arcángeles, ángeles y santos se pondrían manos a la obra y así llega el súmmum: la coronaron como Reina y Señora de todo lo creado.

Ella, en su humildad, como demostró en sus pocas intervenciones que nos cuentan los evangelios, estaría totalmente aturdida y desconcertada con aquellos agasajos. Al principio hasta podría encontrase como fuera de lugar, pero muy segura agarrada de la mano del Hijo. Acostumbrada a estar y actuar a la sombra de Jesús en su pobre vida terrenal, aquel enaltecimiento turbaría y haría temblar, entre emoción y sorpresa, a aquel grácil y frágil cuerpo. Seguramente enrojecería de vergüenza, bajaría la mirada; su temblorosa y sudorosa mano apretaría la de Jesús en busca de apoyo, fuerza y ánimo. Él volvería su sonriente rostro para mirarla y, clavando sus ojos en sus ojos, le infundiría la fortaleza y tranquilidad que ella necesitaba en aquel trance. Volvería a darle un beso en la frente, como tantas veces lo había hecho durante su experiencia terrenal, acariciaría su bello rostro, la agarraría con delicadeza por los hombros, para acabar atrayéndola y apretándola contra su misericordioso corazón. Se fundirían en un tierno y eterno abrazo bajo la bendición paternal del Padre, la mirada ardiente de amor del Espíritu Santo y el aplauso de infinidad de criaturas que gozaban con la visión de aquella estampa.

Esta imagen es mi visión humana de los dos últimos misterios gloriosos del Santo Rosario.


Pedro José Martínez Caparrós

sábado, 12 de agosto de 2017

XIX Domingo del Tiempo Ordinario




La fe es fundamental para edificar la Iglesia

Uno de las preocupaciones del evangelio de Mateo es  la edificación de la Iglesia o convocatoria  de Jesús. Los evangelios seleccionados por el leccionario A para los domingos 19 al 31 pertenecen a la sección en que Mateo desarrolla de forma especial esta enseñanza. Se trata de unas enseñanzas muy actuales en estos tiempos en que debemos trabajar con empeño colaborando en hacer realidad en nuestras comunidades la convocatoria de Jesús.

La palabra Iglesia (eklesía – qahal) significa convocatoria. Cuando Jesús dice a Pedro que sobre él edificará “mi convocatoria o iglesia”, está refiriéndose a las distintas convocatorias para reunir al pueblo de Dios que han tenido lugar en la Historia de la salvación por medio de Moisés y de los profetas. Ninguna  ha tenido éxito. Finalmente Dios envía a Jesús para realizar la última convocatoria, tarea que lleva a cabo con su ministerio, muerte y resurrección.

Nosotros somos la Iglesia de Jesús, fruto de su convocatoria. Esta afirmación tiene muchas implicaciones. La primera es que nos ha reunido su palabra, no nuestras afinidades psicológicas u otros motivos.  No somos un club de amigos, sino un grupo de personas de todo género, raza y condición social, que tenemos en común el haber recibido la llamada de la fe.

Si la palabra de Dios está en el origen de nuestra convocatoria, esta palabra es fundamental. Ella nos indica el “orden del día” de  los convocados, los fines y medios de las tareas para la que se nos convoca. Consecuentemente la respuesta por la fe a esta palabra es fundamental, es la base que justifica la Iglesia. De esto nos habla el evangelio de hoy, a propósito del episodio de Pedro sobre las aguas.

Apoyado en la palabra de Jesús, Pedro anda sobre el agua. Jesús se presenta “andando sobre el agua”, algo propio de Dios según las representaciones del AT; calma a los asustados discípulos afirmando  Yo soy,  el nombre divino.  Pedro le pide compartir su poder y para ello le ruega que se lo mande con su palabra. Jesús lo concede y Pedro anda sobre el agua. 

Simboliza la situación de la Iglesia que debe caminar  en el mundo apoyada en la palabra de Jesús, que marca el fin y los medios. La fe es fundamental e implica no sólo aceptar intelectualmente la visión de Jesús sobre la realidad sino también y especialmente confiar en Jesús, amarlo y entregarse a él. Es decir, la fe es intelectual y volitiva.  Intelectual porque nos ofrece una nueva visión de la realidad, visión que de por sí no se opone a la que ofrece la razón. Como el telescopio ofrece una visión clara y pormenorizada de lo que ve el ojo natural, así la fe con la razón. Por otra parte, es volitiva. Etimológicamente creer es fiarse; en hebreo heemin es hacerse fuerte sobre otro, en este caso sobre la persona de Jesús. El que se fía de Jesús y su palabra se hace fuerte en él.

Pero viendo el viento fuerte, temió y comenzó a hundirse.  El creyente anda contra corriente. Un viento fuerte le impulsa a temer  el ridículo ante la opinión dominante de lo “políticamente correcto” que le pide “modernizarse” en contra de los valores de Jesús. Ante esto, hay que afirmarse en la fe, que hace compartir las fuerzas del mundo de Dios al que pertenecemos.

Hombre de poca fe, ¿Por qué has dudado?  Este es el piropo que varias veces dirige Jesús a sus discípulos, especialmente ante la fe en el Padre y en su señorío. Creemos que Dios es Padre, pero no nos fiamos de él; creemos que Jesús es el Señor de la Iglesia, a la que acompaña con su poder, pero no nos fiamos de él ni de sus palabras. Sin fe en la palabra de Jesús no nos hacemos fuertes ni es posible la Iglesia.

En este contexto aparece la necesidad de la Eucaristía. Es la finalidad principal de la convocatoria que nos ha reunido; en ella alimentamos nuestra fe y recibimos fuerza para seguir caminando, a pesar del viento contrario.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 11 de agosto de 2017

Jesús camina sobre las aguas

 
A este relato evangélico le encuentro un cierto paralelismo con el relato de la vida de cualquier cristiano normal; con normal me refiero a los que nos consideramos cristianos, pero las vicisitudes y avatares diarios nos lastran y no acabamos de remontar, aunque ese sea nuestro deseo; caemos, nos levantamos, pero volvemos a caer.

Los discípulos iban solos, sin Jesús, por el lago, como nos ocurre con frecuencia a los cristianos. Nos adentramos en las aguas procelosas del mundo sin Jesús, a Él lo dejamos en tierra y nosotros intentamos la travesía confiando en nuestras propias fuerzas. De pronto notamos la sacudida de las olas ‒el vivir diario con sus dificultades, el afán de sacar a la familia adelante, los problemas de la vida laboral o de la propia familia, las tentaciones… ‒porque el viento es contrario ‒esos días que parece que todo nos sale mal, la economía que no nos llega, los hijos que nos cuestionan… ‒y nos asustamos, como se asustaron los discípulos.

Nos dejamos a Jesús en tierra y en medio de la tormenta, de pronto, aparece andando para alcanzarnos; nosotros vemos fantasmas y nos asustamos, encima parece que pasa de largo. Pero no, Él nunca pasa de largo, se acerca y nos dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Así y todo desconfiamos, nos falta fe, incluso lo cuestionamos tal y como parece que hizo el impulsivo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua” Nos volvemos desafiantes con el Señor cuando nos vienen mal dadas, también le objetamos y le preguntamos con demasiada frecuencia ¿por qué permites tal cosa?, ¡qué te he hecho para que…! Y como estas, muchas otras cuestiones y reproches. Mas Él no se incomoda con nuestra falta de fe, sino que nos responde como a Pedro: “Ven”. Así de sencillo. Y como Pedro bajamos de la barca y comenzamos a cercanos a Jesús.

Pero hete aquí que de nuevo nos entra miedo cuando volvemos a sentir la fuerza del viento y comenzamos a hundirnos de nuevo. Siempre lo mismo, nos levantamos y volvemos a caer. Es así nuestra humanidad. Somos débiles y a la más mínima, después de todas nuestras buenas intenciones, después de nuestra oración, después de levantar el ánimo… nos volvemos a hundir. Ya solo nos resta gritarle: “Señor, sálvame” y como es natural en seguida Jesús nos extiende su mano y nos agarra. Nos tiene que coger fuertemente con su mano porque de lo contrario nos ahogaríamos.

Esta es la conclusión a la que tenemos que llegar. Que amainará solo cuando el Señor suba y lo aceptemos en nuestra barca. Que solos, pese a nuestras buenas intenciones, nada podemos; que la fuerza nos viene de Él. Tenemos que convencernos que la gracia es un don suyo y no un mérito nuestro; que si no queremos hundirnos nos tenemos que asir fuertemente a su divina mano.

Pero también y en consecuencia aceptar con toda humildad su amonestación: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?” Y en respuesta a su admonición reconoceremos su filiación divina: “Realmente eres hijo de Dios”.


Pedro José Martínez Caparrós

lunes, 7 de agosto de 2017

Transfiguración



El relato de la transfiguración narrado por los sinópticos, con sus pequeñas variantes y detalles de uno u otro evangelista, tiene, y así lo han demostrado desde las interpretaciones de las más excelentes plumas teológicas hasta la homilía más sencilla del más humilde párroco, muchísima materia sobre la que comentar y muchos puntos de vista o posibilidades de meditar e interpretar.

“…subió con ellos aparte a un monte alto”. Subieron para estar con Jesús, la oración es eso: ponerse en su presencia para estar con Él, hablar de todo como con un amigo, alabarlo, agradecerle y pedirle. Me quedo con esta interpretación del pasaje: la oración es un continuo subir. El subir siempre es dificultoso y si es a un monte alto más aún. Es escabroso por la propia naturaleza: camino empinado, polvo, piedras, resbalones, sudor, cansancio… Con frecuencia nuestra naturaleza humana también encuentra o nos proporciona inconvenientes para llevar a cabo la oración: fácilmente nos desconcentramos, no encontramos el tiempo oportuno, tropezamos con infinidad de excusas, la posponemos con la falsa excusa de encontrar un momento de más relajación o nos falta el ánimo suficiente. Pero debemos seguir subiendo, la fatiga no nos debe detener. Para subir a lo alto del monte hay que tener puesta la mirada en la cumbre, no podemos descuidarnos ni con las cosas más inofensivas porque la naturaleza humana es débil; las tentaciones fáciles nos asaltan en cada recodo del camino.

Una vez arriba y alcanzada la cumbre de la presencia del Señor todo es bienestar: “Señor, ¡qué bueno que estemos aquí!” Lograste la meta y tienes la recompensa del amigo, el reposo en su hombro, su apoyo y ánimo. La oración te reconforta, te alivia las dificultades, te da fuerzas para superar los contratiempos, te proporciona paz de espíritu. Ahí en la cumbre sí te puedes relajar y expansionar en tranquilo y apacible diálogo con Jesús.

Pero mira por donde que cuando creemos que hemos alcanzado lo sumo y queremos montar nuestras tiendas para quedarnos definitivamente allí arriba, se acerca Jesús, nos toca y nos dice: “Levantaos, no temáis”. Esto solo ha sido una visión de lo que os espera si libremente decidís quedaros conmigo, pero no ahora.

Ahora lo que nos pide es que levantemos el campamento y volvamos abajo para animar a los demás a que suban también ellos. Que no temamos volver a empezar a subir juntamente con los otros hombres. Que no nos quiere por ahora allí arriba en la cima del Tabor que ya llegará ese espléndido y definitivo momento,porque nos necesita aquí abajo para dar testimonio de lo que hemos visto y nos ha adelantado en la cumbre.

Pedro José Martínez Caparrós