martes, 16 de enero de 2018

El perdón


 
“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿hasta setenta veces? […] hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22) que es tanto como decir siempre.

En todas los aspectos de la vida, en el decir y hacer, en las relaciones con los demás, las formas de actuar de los hombres son muy distintas y distantes a las de Dios. Nosotros ponemos límites, mas Dios es infinito. Nosotros cuantificamos, pero Él no echa cuentas. Nosotros somos cicateros y egoístas, Él, en cambio, infinitamente generoso. En el tema del perdón no iba a ser una excepción, sino todo lo contrario, para Él es el culmen. El hombre, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?; Dios, “siempre”.

Creo que es, el perdón, piedra de toque de los hombres, incluidos los cristianos porque lógicamente pertenecemos a la humanidad y no somos seres angelicales e inmateriales. ¡Cuánto nos cuesta perdonar y no digamos olvidar! Eso, que tanto se escucha, yo perdono, pero no olvido parece que no casa con la doctrina divina. Me da a mí que aplicar  este dicho es una especie de querer jugar al despiste, es pretender que la conciencia no te remuerda; porque en el fondo, si digo que no olvido, es tanto como decir que cada vez que te vea o me acuerde de ti te echaré en cara, eso sí, solo en mi pensamiento, que me hiciste tal cosa, y esto ¿no es una forma subliminal o sibilina de ausencia de perdón o no es acaso un cierto tipo de rencor además de hipocresía?

Estamos dispuestos a que nos perdonen todas nuestras maldades por muchas, en cantidad y calidad, que sean, pero cuando llega lo contrario, que los que tenemos que perdonar somos nosotros, es otra cosa. El pasaje evangélico es muy real, el que debía diez mil talentos (cuantía impagable por desorbitada), para no perder a su mujer y su hijo, se arroja a los pies del acreedor gesto muy loable, suplica y alcanza el perdón, pero en cuanto consigue lo que quería, la condonación, se da media vuelta y hace lo contrario con su deudor, aunque solo fueran cien denarios (cuantía insignificante); de él se compadecieron, pero él ni sabe el significado de esta palabra. Estas dos deudas parabólicas son símbolo, la primera de nuestra deuda con Dios: nuestro pecado es infinito (cuantía impagable por desorbitada) porque es contra Dios, Ser Supremo; la segunda representa nuestra deuda con el prójimo: (cuantía insignificante) porque el ofensor y el ofendido están al mismo nivel. El primer acreedor perdona, Dios siempre perdona, y el segundo, el hombre, condena. Así que cuando perdonamos estamos elevando y acercando nuestra exigua dignidad humana a la infinita dignidad divina.

Por otra parte, el pedir perdón no es humillante, sino solo capacidad de reconocimiento de nuestros errores, es recordar que somos humanos y que nos podemos equivocar. El perdonar conlleva descarga de mala conciencia y nos proporciona, por ende, felicidad. Pero el que no perdona es soberbio ya que se siente por encima del otro, se considera juez del asunto, dueño de sus sentimientos, actúa por tanto con prepotencia y ello le acarrea, en el fondo, insatisfacción. Además, si no somos capaces de perdonar las pequeñas deudas de nuestros semejantes, porque son de nuestros iguales, ¿cómo vamos a pedir a Dios que nos perdone nuestra infinita deuda contraída con Él? Incluso con nuestra falta de perdón nos inculpamos a nosotros mismos al rezar el Padrenuestro: …perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores (versión anterior).


Pedro José Martínez Caparrós

lunes, 15 de enero de 2018

El perdón


                                                                                                              

¡Como que lo entendemos…! Pues no mucho, creemos que con ir al confesor y soltar el rollo ya estamos limpios de polvo y paja…  ¡Ya quisiéramos!,  el perdón viene de otra manera.    

¿Confesarnos?, sí ¡claro! pero después de pedir perdón a nuestro hermano, si así no lo hiciéramos, la confesión sería inútil. El camino del perdón de Dios pasa por ahí: “Anda ve y reconcíliate con tu hermano”. ¡Clarísimo!  

- “Si has traído tu ofrenda al Altar y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda y vete a reconciliarte primero con tu hermano, entonces vuelve y ofrece tu ofrenda”. Mateo 5:23,24.
     
Otra de las cosas que solemos decir cuando nos hacen daño es: “Allá él y su conciencia, algún día lo pagará”… Pues nada de eso, porque también Jesús dice: “Reprende a tu hermano si ha hecho algo contra ti para que pueda arrepentirse, si se arrepiente, perdónale…” Lucas 17:3-4. ¿Veis? nada parecido a lo que hacemos.
   
Y no os digo si hemos creado odio hacia nosotros ¿le damos la ocasión del arrepentimiento?, o le hacemos reo de las “tinieblas”; esa será nuestra responsabilidad, solamente nuestra. Por eso hay que ir corriendo en su búsqueda (sin caernos) y no esperar a que venga, entonces la absolución tendrá valor.   

Juan Pablo II fue a ver a su “fallido asesino” para darle la oportunidad de arrepentirse.    

Hay otro detalle crucial: Si pides perdón, revierte el camino, no sigas haciendo lo mismo pues estarías mintiendo a Dios (así que, mejor te quedas quieto).

¡Con lo fácil que era ir directos al confesionario! La cosa no era tan simple ¿verdad?     


Emma Díez Lobo

domingo, 14 de enero de 2018

El cuento de la felicidad



No, no es que la felicidad sea un cuento; la felicidad existe. Pero me llegó este mini-cuento, y, como tal,… ¡os lo cuento!

Dice que estaban reunidos los demonios pensando cómo esconder la felicidad del hombre.

 Uno dijo: ¡Ya se! La esconderemos en el monte más alto del mundo. Así nadie la podrá encontrar. Pero el más sabio de la reunión dijo: No; porque siempre habrá uno que llegue algún día, y se lo comunicará a los demás y todos la encontraran
.
Otro dijo: ¡escondámosla en el fondo del mar! Ahí nunca darán con ella. Pero nuevamente le respondió: No; seguro que alguna vez el hombre encontrará la manera de hallarla, y, una vez hallada, se la comunicará a los demás y volverá la felicidad al mundo.

Otro dijo: Ya sé dónde no la encontrarán; enviémosla a otro planeta. Pero el sabio dijo: Tampoco es la solución. Inventaran una nave para llegar y algún día se harán con ella.

Había  un demonio que no había intervenido, siempre muy atento a las propuestas de los demás. Y tomando la palabra dijo: Yo tengo la solución: ni en el monte más alto, ni en el fondo del mar, ni en otro planeta. ¡Escondámosla en el fondo de su alma! Ahí no la buscará!

Apliquémonos el cuento. Busquemos en nuestro interior. Decía san Agustín que Dios es “interior íntimo meo”, es decir: lo más íntimo dentro de nuestra alma. Como bien decían los demonios, ahí, en nuestro interior, donde habita o quiere habitar Dios, está la felicidad. Sólo en Él reside nuestra verdadera Felicidad.

Alabado sea Jesucristo


Tomas Cremades Moreno

sábado, 13 de enero de 2018

II Domingo del Tiempo Ordinario



la vocación cristiana

Primera lectura y evangelio hablan de vocaciones divinas, la de Samuel y la de los primeros discípulos. La segunda lectura, que trata de la castidad cristiana, presenta la castidad como parte del comportamiento del que sigue a Jesús y comparte su vida.

La mayor parte de los evangelios presentan las vocaciones de los discípulos como la primera acción de Jesús en la proclamación del Reinado de Dios. Es un dato importante por su significación teológica e importancia para la vida cristiana.

Por una parte, la llamada al seguimiento es una consecuencia natural de la tarea a la que ha sido enviado Jesús. Su misión consistió en proclamar la última convocatoria (qahal, ekklesía, iglesia) que hace Dios Padre para congregar su pueblo elegido. Antes tuvieron lugar otras por medio de Moisés y los profetas, que fracasaron; ahora el Padre envía a su Hijo. Lógicamente, lo que se espera de una convocatoria de este tipo es la reunión de un grupo en torno al convocante, dando lugar así al nacimiento del discipulado. Actuando de esta manera, Jesús se revela como el Enviado final, el Mesías, y hace ver que el Reinado que anuncia implica un nuevo pueblo, una nueva familia de hijos de Dios en la que reina, porque los capacita para vivir de acuerdo con su voluntad.

Por otra parte, Jesús llama a su seguimiento especial a un grupo de Doce. El evangelio de hoy recuerda los primeros llamados. El número Doce, en el contexto cultural judío, evoca a los 12 patriarcas, padres de las 12 tribus de Israel. Con ello Jesús quiere significar de forma más clara que el objeto de su convocatoria es una nueva reunión de las Doce tribus de Israel y la naturaleza de este nuevo Israel. Los Doce discípulos en un primer momento son tipo de lo que deben ser todos los discípulos; más adelante Marcos recordará que su tarea es estar con Jesús como testigos y más adelante ser enviados a continuar la obra de Jesús como apóstoles (Mc 3,14). Este grupo, después de la resurrección, fue enviado por Jesús como apóstoles a todo el mundo. Los que aceptan su mensaje, se agregan a ellos (Hch 2,41), lo que equivale a agregarse a Jesús (Hch 5,14).

Esto es muy importante para la vida cristiana. Ser cristiano implica conocer, amar y seguir a Jesús, compartiendo su vida. La primera tarea del discípulo es conocer al verdadero Jesús, evitando crearse una imagen falsa a gusto del consumidor. Sería el seguimiento de un ídolo falso. Pero no basta conocer, hay que amar y compartir su vida. El discipulado es un amor personal. Por otro lado, no se pueden separar Jesús e Iglesia. No tiene sentido Jesús sin la Iglesia ni la Iglesia sin Jesús. No se puede pretender seguir a Jesús sin incorporarse al discipulado creado por él.  Ser cristiano implica integrarse en una comunidad, querida por Jesús para ayudarse mutuamente. En el plan de Jesús no caben francotiradores. De aquí la necesidad de cultivar las vertientes cristológicas y eclesiales del discipulado de Jesús.

La convocatoria de Jesús no terminó en su ministerio terreno, pues continúa hoy día, en que, por medio de su Espíritu y de la Iglesia, llama a incorporarse a su familia de una forma concreta. Como dice Pablo (1 Cor 12), la Iglesia es el Cuerpo de Cristo en que cada uno es un miembro con una tarea precisa. Por eso cada uno debe plantearse cuál es la tarea que quiere Jesús que realice en su Iglesia.

La Eucaristía no es una devoción particular en la que se participa a título individual, prescindiendo de los demás. Es una celebración de la Iglesia, la familia de Jesús, que agradece al Padre el ser beneficiarios de la convocatoria hecha por Jesús. Participar en la Eucaristía implica conocer cada vez mejor a Jesús, amarlo y servirlo, uniéndose a su entrega al Padre.

                                      
Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 12 de enero de 2018

El Libro Sagrado

                    


                                                                             
Pasas las hojas y lees lentamente… Entonces te das cuenta de que el Libro es un modo de vida extraordinario, ojalá y todos los hombres Lo llevaran en un chip incrustado.

Hay pueblos y gentes que no conocen La Palabra y son personas que en su pobreza de espíritu son mejores que los que La conocen. Me pregunto ¿qué fuerza interior sin nuestro Dios les mueve a ser mejores que muchos cristianos?

 La bondad encanta a Cristo. 
   
Cuando era joven tuve un “noviete” americano (un marine que venía del Vietnam herido. Le llevaron a Rota). Un día le pregunté:

- ¿Qué libros lees?, ¿sabéis que me contestó?: The Bible. Yo me quedé “atravesada”.


- ¿La Biblia?

- Sí, ahí está todo lo que el hombre necesita para vivir. 

Era verdad, todo estaba ahí y yo no me había dado cuenta. Él había visto la muerte de cerca y sólo el Sagrado Libro le había ayudado, y no es que sea sólo un Libro para “muertes inminentes” ni hay que ir a “un Vietnam” para leerlo, no, es el Libro del consuelo, del hogar, de la lengua, de la humildad, de la caridad, de la salvación de… Absolutamente todos los pasajes los puedes aplicar en tu día a día,  es fascinante.

Lo mejor del Libro para la vida, es la Última Cena ya que con la Comunión adquieres esa fuerza milagrosa de paz para “hacer” la vida. ¡Qué pena que muchos “católicos” Bautizados no sean conscientes! 

Espero que algún día, a alguien se le ocurra el chip subcutáneo y cuando vayamos a actuar… “¡Eeeeeeeeeh para,  mira lo que debes hacer, decir o callar!, te irá mucho mejor”. Sabes que nos veremos (esto lo dice el chip).
Gracias Espíritu Santo por escribir La Biblia.

Emma Díez Lobo


jueves, 11 de enero de 2018

El cántico nuevo




Son muchos los textos en la Escritura que nos hablan de “un cántico nuevo”. Y a mí siempre me ha llamado la atención la forma en que tanto Salmos, como himnos…incluso Isaías, o el libro del Apocalipsis, por recoger diversos autores y cronología, entonan este “cántico nuevo”.

¿Será que hay un cántico viejo? ¿Un cántico que ya no sirve apara alabar y adorar a Dios? Parece ser que es así. Orígenes, uno de los Santos Padres de la Iglesia, nacido en el año 185 d.d.C., decía que la Escritura se explica con la Escritura. Y siguiendo este consejo, encontramos en ella que nos dice (del rey David):

“…los sacrificios no te satisfacen,
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías;
mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un corazón quebrantado y humillado tu no lo desprecias…” (Sal 50)


Los cánticos de antaño en nuestra vida no nos sirven, porque hemos servido a otros dioses. Dioses que comienzan en nuestro pedestal, que nos encumbra por encima de todo, elevando nuestro “ego”, y continuando con el culto al dios dinero, origen de todos los males, para seguir una vida apegada a la comodidad, al consumismo, y, en esencia, a la idolatría, abandonándonos a estos dioses que no pueden salvar.

Cada cual sabrá qué dioses tuvo, si ya los abandonó, o si sigue en la esclavitud de ellos. Pero, en cualquier caso, es cierto que necesitamos ese cántico nuevo.
El libro del Apocalipsis, nos dice que los elegidos “cantan un cántico nuevo delante del Trono de Dios” (Ap 14,5). E Isaías aclara mucho más en qué consiste este “Cántico nuevo”: (Is 42, 10-16): Agostaré montes y collados, secaré su hierba, convertiré los ríos en yermo, desecaré los estanques…

Estanques donde se ve reflejada nuestra vida, donde se reflejan nuestros desatinos en busca de una  pretendida falsa felicidad, donde no fluye el Agua Viva del Evangelio, sino que se estancó por el camino, sin poder saltar a la Vida Eterna como dice Jesús a la Samaritana, imagen en este caso de toda la Humanidad.

Y continúa Isaías: “…Conduciré a los ciegos por el camino que no conocen, los guiaré por senderos que ignoran, ante ellos convertiré la tiniebla en luz, lo escabroso en llano…” Estos ciegos de la Escritura no son los de la ceguera corporal, sino los ciegos que viendo no quieren ver. Y es que, el problema del mundo es que la Luz vino a este mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la Luz, que es Jesucristo. (Jn 3,19).

Por eso el profeta Isaías, iluminado por el Espíritu, nos dice que “convertirá”, es decir, volverá hacia Dios, su faz para encaminarla hacia la Verdad, que es Jesucristo y su Evangelio. La palabra “convertirse”, muy bien puesta en este texto, expresa claramente eso: el hombre, con la vista  frente al pecado, ha de volver su camino hacia Dios. Por eso el Evangelio es la medicina de sanación que Dios nos da, pues nos pone frente a nuestros pecados, no para humillarnos, sino para salvarnos.

Alabado sea Jesucristo,


Tomas Cremades Moreno

miércoles, 10 de enero de 2018

El Cuer­po de Cris­to



 1.- Des­de hace tiem­po me ron­da la idea de es­cri­bir una car­ta so­bre cómo re­ci­bir, al co­mul­gar, el Cuer­po de Cris­to en la Eu­ca­ris­tía. Es evi­den­te que la Co­mu­nión hay que vi­vir­la con la mis­ma in­ten­si­dad es­pi­ri­tual que la es­cu­cha de la Pa­la­bra de Dios o la Con­sa­gra­ción. En cual­quier mo­men­to de la ce­le­bra­ción eu­ca­rís­ti­ca nues­tra par­ti­ci­pa­ción tie­ne que ser ple­na, cons­cien­te, ac­ti­va y fruc­tuo­sa.
Desde que es­toy en­tre vo­so­tros como vues­tro Obis­po ten­go la im­pre­sión que, al me­nos en lo que yo per­ci­bo, en ge­ne­ral es muy bueno el modo con que se par­ti­ci­pa en la Eu­ca­ris­tía en nues­tras co­mu­ni­da­des. Son mu­chos los ges­tos y las ac­ti­tu­des que ten­go la opor­tu­ni­dad de ob­ser­var, como la ac­ti­tud de es­cu­cha, el si­len­cio y, de un modo es­pe­cial, el sen­ti­do de ado­ra­ción que se ma­ni­fies­ta en el mo­men­to de la Con­sa­gra­ción. En­ton­ces, una ma­yo­ría de fie­les se hin­can de ro­di­llas ante el San­tí­si­mo Sa­cra­men­to.
Sin em­bar­go, ten­go que de­cir que me dis­gus­ta cómo al­gu­nos se acer­can a co­mul­gar y cómo vuel­ven a sus asien­tos, los que han re­ci­bi­do el Cuer­po del Se­ñor. No sé qué su­ce­de, pero, lle­ga­do ese mo­men­to de la Co­mu­nión, hay una es­pe­cie de des­con­cier­to en el Tem­plo, con lo que se da la im­pre­sión de que al­gu­nos de los pre­sen­tes no son cons­cien­tes de lo que está su­ce­dien­do en ellos, para ellos y tam­bién para to­dos los que par­ti­ci­pan en la Misa. Pa­re­ce que se ol­vi­dan de lo que nos dice el Ca­te­cis­mo de la Igle­sia Ca­tó­li­ca: “Los que re­ci­ben la Eu­ca­ris­tía se unen más es­tre­cha­men­te a Cris­to. Por ello mis­mo, Cris­to los une a to­dos los fie­les en un solo cuer­po: la Igle­sia. La co­mu­nión re­nue­va, for­ti­fi­ca, pro­fun­di­za esta in­cor­po­ra­ción a la Igle­sia rea­li­za­da ya por el Bau­tis­mo. En el Bau­tis­mo fui­mos lla­ma­dos a no for­mar más que un solo cuer­po (cf 1 Co 12,13)”. 

 2.-  En lo que se re­fie­re al modo de co­mul­gar, sin que me atre­va a juz­gar las ac­ti­tu­des in­te­rio­res, en el modo de po­ner sus ma­nos o su boca se re­fle­ja que apa­ren­te­men­te no va­lo­ran ade­cua­da­men­te la pre­sen­cia real y sa­cra­men­tal de Je­sús en el Pan Eu­ca­rís­ti­co. No siem­pre en las ma­nos que re­ci­ben al Se­ñor se per­ci­be aque­llo de que “la mano iz­quier­da ha de ser un trono para la mano de­re­cha, pues­to que ésta debe re­ci­bir al Rey”, como dijo San Juan Cri­sós­to­mo. En­tien­do que ha­bía que edu­car con cier­ta fre­cuen­cia, so­bre cómo se ha de re­ci­bir el Cuer­po de Cris­to. Es evi­den­te que lo que im­por­tan son las ac­ti­tu­des es­pi­ri­tua­les que adop­ta­mos; pero las for­mas son tam­bién im­por­tan­tes y hay que orien­tar­las; so­bre todo cuan­do per­ci­ben há­bi­tos muy poco co­rrec­tos y ade­más da la im­pre­sión de que muy arrai­ga­dos. Para tra­tar al Se­ñor he­mos de po­ner lo me­jor de no­so­tros mis­mos.
Qui­zá, para edu­car el modo de co­mul­gar, bas­ta­ría con que par­ti­ci­pá­ra­mos ade­cua­da­men­te en los ri­tos de pre­pa­ra­ción. Como se pue­de ob­ser­var, el sa­cer­do­te se pre­pa­ra in­te­rior­men­te con una ora­ción ín­ti­ma que ya es una in­vi­ta­ción a toda la asam­blea a po­ner­se en ac­ti­tud de es­pe­ra del Cuer­po y la San­gre del Se­ñor que se va a re­ci­bir. La ac­ti­tud que ha­bría que cui­dar en la pre­pa­ra­ción para co­mul­gar de­be­ría de ser la gra­ti­tud por el don que el Se­ñor nos re­ga­la; es Él quien vie­ne a no­so­tros. Y con la gra­ti­tud el de­seo pro­fun­do de re­ci­bir­lo en nues­tra vida.

 3.-  Una vez que el sa­cer­do­te co­mul­ga, en­se­gui­da in­vi­ta a los fie­les a par­ti­ci­par en el ban­que­te eu­ca­rís­ti­co con una fór­mu­la que es anun­cio de una bue­na no­ti­cia: se nos in­vi­ta a par­ti­ci­par en las bo­das del Cor­de­ro, a pre­gus­tar en la co­mu­nión la vida eter­na. Por eso nos dice: “di­cho­sos los in­vi­ta­dos a la cena del Se­ñor”. Al co­mer el Cor­de­ro Pas­cual, éste en­tra en no­so­tros en un acto de amor y nos hace uno con Él, al tiem­po que nos une en­tre no­so­tros como Igle­sia. De ahí que cuan­do el sa­cer­do­te al dar­nos la co­mu­nión nos dice “el Cuer­po de Cris­to”, no­so­tros res­pon­de­mos “amén”, le es­ta­mos di­cien­do: “Si quie­ro, acep­to, de­seo que unas tu vida a la mía”. Je­sús trans­for­ma nues­tra pe­que­ña y dé­bil vida en su mis­ma vida di­vi­na. Es por eso que, ante la pre­sen­ta­ción del Pan Eu­ca­rís­ti­co como el Cor­de­ro de Dios, no­so­tros res­pon­de­mos con una pro­fun­da hu­mil­dad: “Se­ñor, yo no soy digno de que en­tes en mi casa, pero una Pa­la­bra tuya bas­ta­rá para sa­nar­me”. Todo esto es evi­den­te­men­te tan su­bli­me que, o se toma en se­rio o co­rre­mos el pe­li­gro de ba­na­li­zar lo que, por gra­cia de Dios, en­ri­que­ce y re­nue­ve nues­tra vida.

 4.-  Des­pués de co­mul­gar hay que en­con­trar­se con Je­sús en in­ti­mi­dad, por eso, es im­pres­cin­di­ble el si­len­cio que nos per­mi­ta un diá­lo­go con él. Ese mo­men­to es la gran opor­tu­ni­dad para un en­cuen­tro que for­ta­lez­ca nues­tra fe, nos arrai­gue en la ora­ción y nos orien­te en nues­tra mi­sión, la que he­mos de rea­li­zar tras ali­men­tar­nos de la Eu­ca­ris­tía. Sin em­bar­go, por el tono re­vol­to­so o dis­traí­do que se nota en el am­bien­te, es evi­den­te que eso en al­gu­nos ca­sos no está su­ce­dien­do. A ve­ces, da la im­pre­sión de que en la co­mu­nión em­pie­za a aca­bar­se la Misa y de que ya no su­ce­de nada para mu­chos. Yo pro­pon­go que se edu­que con unas bue­nas ca­te­que­sis mis­ta­gó­gi­cas a cómo en­con­trar­se con el Se­ñor tras co­mul­gar. Es im­por­tan­te que se re­cuer­de que es tiem­po de re­zar; y para eso se pue­den in­di­car al­gu­nos ar­gu­men­tos so­bre los que ha­blar con el Se­ñor y al­gu­nas ora­cio­nes que nos po­drían ayu­dar en ese dia­lo­go con Je­sús Eu­ca­ris­tía.
Nor­mal­men­te en la li­tur­gia ese tiem­po de des­pués de la Co­mu­nión es de si­len­cio me­di­ta­ti­vo, que ade­más de­be­ría ser más pro­lon­ga­do de lo que lo ha­ce­mos. El si­len­cio no es in­com­pa­ti­ble con el can­to; sin em­bar­go, no siem­pre los co­ros co­la­bo­ran al cli­ma de ado­ra­ción y con­tem­pla­ción que se ne­ce­si­ta. Se pue­de can­tar du­ran­te la Co­mu­nión y en la ac­ción de gra­cias, pero no hay que evi­tar al­gu­nos há­bi­tos ya ad­qui­ri­dos: no hay que te­ner pri­sa en co­men­zar el can­to, tam­po­co es ne­ce­sa­rios es­tar can­tan­do du­ran­te todo el tiem­po de dis­tri­bu­ción de la co­mu­nión y, por su­pues­to, no siem­pre hay que can­tar en la me­di­ta­ción de ac­ción de gra­cias. Si se can­ta, los can­tos tan­to en el tono de la mú­si­ca y, so­bre todo, en la le­tra han de in­vi­tar a la ora­ción. To­das las can­cio­nes de la Co­mu­nión de­be­rían de ser eu­ca­rís­ti­cas y oran­tes. El rit­mo o la le­tra de al­gu­nas rom­pe con de­ma­sia­da fre­cuen­cia el tono es­pi­ri­tual que ese mo­men­to debe de te­ner y al­te­ran la ne­ce­si­dad de ora­ción que tie­ne la asam­blea.

 5.-   Ni que de­cir tie­ne que has­ta aho­ra me he di­ri­gi­do so­bre todo a los que co­mul­gan; pero hay mu­chos que par­ti­ci­pan en la Eu­ca­ris­tía y no pue­den co­mul­gar, o bien por­que no es­tán bien dis­pues­tos, es de­cir, por­que necesitandolo no se han con­fe­sa­do; o bien por­que sus cir­cuns­tan­cias per­so­na­les, aun­que lo deseen, no les per­mi­te acer­car­se a re­ci­bir la Co­mu­nión. Para es­tos el tono es­pi­ri­tual ha de ser el mis­mo que para los que co­mul­gan; tam­bién ese mo­men­to de la ce­le­bra­ción de Eu­ca­ris­tía es tiem­po de ora­ción y de in­ti­mi­dad con Je­sús Sa­cra­men­ta­do, si bien su co­mu­nión es “spi­ri­tual”. Por eso es tan ne­ce­sa­rio que los que co­mul­gan den ejem­plo de lo ma­ra­vi­llo­so e im­por­tan­te que es re­ci­bir a Je­sús sa­cra­men­tal­men­te. ¿Cómo van a desear re­ci­bir­le los que no pue­den, si los que co­mul­gan le tra­tan con tan­to des­cui­do? ¿Cómo van a te­ner pu­dor de re­ci­bir­le los que no pue­den, si los que los lo ha­cen se acer­can a co­mul­gar tan a la li­ge­ra? Co­mul­gar es­pi­ri­tual­men­te sig­ni­fi­ca unir­se a Je­su­cris­to pre­sen­te en la Eu­ca­ris­tía, aun­que no re­ci­bién­do­lo sa­cra­men­tal­men­te, sino con un de­seo que pro­vie­ne de una fe ani­ma­da por la ca­ri­dad.

 6.- Como veis, he uti­li­za­do un tono sen­ci­llo y es­pe­ro que cla­ro para in­ten­tar orien­tar me­jor lo que de­be­ría­mos ha­cer y cómo ha­cer­lo. Me gus­ta­ría que to­dos os que­déis con esto: cui­de­mos con mu­cho es­me­ro la co­mu­nión, nos va mu­cho en cada opor­tu­ni­dad que ten­ga­mos de re­ci­bir a Je­sús: nos va la for­ta­le­za, la au­ten­ti­ci­dad, la ra­di­ca­li­dad de to­dos los de­más as­pec­tos de nues­tra vida cris­tia­na. Los san­tos siem­pre en­ten­die­ron que to­dos he­mos de re­co­rrer un ca­mino: de la Eu­ca­ris­tía a los po­bres y de los po­bres a la Eu­ca­ris­tía (Bea­ta Ma­til­de del Sa­gra­do Co­ra­zón).

Con mi afec­to y ben­di­ción,

+ Ama­deo Ro­drí­guez Ma­gro
Obis­po de Jaén