martes, 21 de enero de 2020

El grito de Dios



El dolor es una de las más profundas y misteriosas experiencias humanas. Ante el dolor, físico o espiritual, levantamos la vista hacia Dios. Y solo esto ya otorga un gran valor al sufrimiento humano. Sin embargo, es frecuente referirse al silencio de Dios ante el dolor de los inocentes, ante los campos de exterminio, ante la muerte de los niños, ante la enfermedad, la tortura y el hambre. ¿Por qué calló? ¿Por qué permitió? ¿Por qué calla? ¿Por qué permite? ¿Puede ser ese un Dios omnipotente y, a la vez, absolutamente bueno? Dolor humano y silencio de Dios.

Tal vez la primera observación que quepa hacer consista en negar que todo sea malo en el sufrimiento. Miguel de Unamuno decía que en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos. Y Beethoven, creo que en la partitura de la Novena, escribió: «A la alegría por el dolor». Al final de la «Barcarola» de los cuentos de Hoffmann, de Offenbach, se canta: «El amor nos hace grandes, y el llanto aún más». La verdad nos hace libres, y el dolor grandes. Nadie ha sido más grande que Jesús abandonado en Getsemaní y luego clavado en lo alto del Gólgota.

El dolor ajeno nos mueve a la compasión, nos conmueve. El propio nos modela. El dolor es la forja del alma. No se puede esculpir sin dar golpes con el cincel. Cabría decir, parafraseando a Nietzsche, que un hombre vale en la medida de la cantidad de dolor que es capaz de soportar. Nada de esto significa que debamos buscar el dolor. No. Debemos evitarlo. Es un mal, pero repleto de cosas buenas. El dolor es un mal, pero sus consecuencias son casi siempre beneficiosas.

En este sentido, debe leerse el excelente ensayo El problema del dolor, de C. S. Lewis, si estoy en lo cierto, uno de los más grandes escritores del siglo XX. Su tesis central es que Dios nos grita en el dolor. Dios no calla mientras sufrimos. Habla, incluso grita, precisamente a través de nuestro dolor. Lo que nos duele es la voz aguda de Dios que nos llama. Y nosotros, ignorantes, soberbios y sordos, aún hablamos de silencio de Dios… El dolor es el grito de Dios. Y habría que decirle a Él: «Gracias, Dios mío, por el dolor que me envías, pues con él me has salvado». Él nos salvó con su dolor y nos continúa salvando con el nuestro.

El bien del hombre consiste en entregarse a Dios. Pero esto resulta extraordinariamente difícil. Solo el bien puede proporcionar la felicidad. Por eso la desgracia es tan frecuente. Los felices son siempre pocos, pues pocos son los capaces de entregarse totalmente a Dios. Escribe Lewis: «No somos meras criaturas imperfectas que deban ser enmendadas. Somos, como ha señalado Newman, rebeldes que deben deponer las armas. La primera respuesta a la pregunta de por qué nuestra curación debe ir acompañada necesariamente de dolor es, pues, que someter la voluntad reclamada durante tanto tiempo como propia entraña, no importa dónde ni cómo se haga, un dolor desgarrador».

El primer principio de la educación consiste en «quebrar la voluntad del niño». Esto se puede hacer bien o mal, con suave firmeza o con sórdida crueldad. Pero debe hacerse, pues sin ello no hay educación. El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregar-la a Dios mientras las cosas le van bien. El error moral viaja enmascarado y muchas veces no lo advertimos. El dolor, por el contrario, es transparente, nos asalta sin careta, nunca engaña. Nada apresa nuestra atención y absorbe nuestra conciencia como el dolor; ni siquiera el amor.

Escribe Lewis: «El dolor no es solo un mal inmediatamente reconocible, sino una ignominia imposible de ignorar. Podemos descansar satisfechos en nuestros pecados y estupideces; cualquiera que haya observado a un glotón engullendo los manjares más exquisitos como si no apreciara realmente lo que come deberá admitir la capacidad humana de ignorar incluso el placer. Pero el dolor, en cambio, reclama insistentemente nuestra atención. Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor: es su megáfono para despertar a un mundo sordo. El hombre malo y feliz no tiene la menor sospecha de que sus acciones no “responden”, de que no están en armonía con las leyes del universo».

El dolor puede ser también el despertador de la fe. Dice un personaje del «Cuento de invierno» de Shakespeare: «Es necesario que despiertes tu fe. Entonces todo queda en calma». En el fondo, la posibilidad de perfeccionarse a través de las tribulaciones forma parte de la vieja doctrina cristiana.

Es cierto, como reconoce Lewis, que el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva y a la desesperación, pero también puede ser la única oportunidad del malvado para enmendarse y, por lo tanto, salvarse. San Agustín nos enseñó que el alma solo puede ser feliz cuando descansa en Dios, porque Él nos ha hecho para sí. En eso consiste ser criatura. Dice también san Agustín que Dios nos quiere dar cosas, pero no podemos tomarlas porque tenemos las manos llenas de otras cosas. En este sentido el dolor es el manotazo que nos arrebata lo que más queremos, pero para que podamos recibir lo único que puede hacernos felices: la entrega total a Dios. Y esta entrega total no es posible sin el dolor. Así, tenía razón Beethoven: «A la alegría, por el dolor». Y si alguien piensa que todo esto es una apología del dolor y del masoquismo, solo le pediría que pensara un poco más.

Por otra parte, imaginémonos un mundo sin dolor. Un mundo así se vería privado de la mayor parte de las cosas buenas. Para empezar, sería un mundo sin compasión y sin heroísmo, probablemente un mundo sin mérito moral. Pensemos en acciones realmente ejemplares. ¿Cuántas de ellas se habrían realizado en un mundo sin dolor? Como afirma Lewis, « el dolor proporciona una oportunidad para el heroísmo que es aprovechada con asombrosa frecuencia».

El dolor no testimonia en contra de la bondad divina. A veces podemos tener la impresión de que a Dios se le ha ido la mano y de que tal vez hubiera bastado con una terapia más suave, pero para que tengamos las manos vacías debe quitarnos todo o, al menos, lo que más amamos. Una vez cumplida su función terapéutica, Dios nos puede devolver algo o mucho de lo que teníamos, incluso todo. Pero entonces ya lo poseeremos de otra manera, a la manera de la criatura, a la manera feliz. La ilusión de la autosuficiencia humana solo puede quebrarse mediante el sufrimiento. El dolor es el último recurso de Dios para hacernos verdaderamente felices, es decir, buenos y sabios, y salvarnos. El dolor es el grito de Dios.

Ignacio Sánchez Cámara


lunes, 20 de enero de 2020

Amemos la Liturgia 16.- (La Inmixtión)


Muy probablemente esta extraña palabra sea la primera vez que se oye entre los cristianos que vamos a la celebración de la Eucaristía. Naturalmente que entre los que no van, es aún más desconocida.

Digo esto, porque en la Eucaristía, después de la Consagración, observamos que el Cuerpo de Cristo presente en la Sagrada Forma, se parte en tres partes:

Dos son sensiblemente iguales: una la toma el sacerdote y la otra, dividida en cuatro partes se administran a los fieles.

Pero hay una pequeña parte de ésta última, que se vuelve a echar al Cáliz. Este acto se llama “inmixtión”, o mezcla o “conmixtión”.

¿Qué significado tiene? En los primeros tiempos de la antigüedad, se pensaba que el alma de un ser vivo, persona o animal, radicaba en la sangre; por eso cuando una persona se desangraba, inmediatamente moría. Igual le pasaba a un animal. Y, por el contrario, cuando la sangre volvía al cuerpo, por ejemplo, en una transfusión, la persona volvía a revivir.

En la liturgia cristiana, con la imposición de manos, en el momento solemne de la Consagración, con la imposición de manos, que se denomina “epiklesis”, se invoca al Espíritu Santo y es cuando se realiza el milagro de convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. La unión de las especies sacramentales aun separadas, en esta unión de pan y vino que ya no lo son, sino Cuerpo y Alma de Cristo, forman una única Persona: la de Cristo vivo y resucitado.

La parte que comulga el sacerdote representa a la Iglesia militante, aludida por su Cuerpo existente en la tierra. La parte que se da a los fieles representa al Cuerpo de Cristo presente en los muertos, en los sepulcros.

Más tarde estas explicaciones se aplicaron a las tres Iglesias: la celestial o triunfante de los salvados que están viendo ya el Rostro de Dios, la Iglesia militante o peregrinante, que somos los files que aún no hemos llegado a la Casa del Padre, y la Iglesia purgante, de los que se encuentran en el Purgatorio esperando la remisión total de sus pecados.

Santo Tomás de Aquino comenta la explicación del Papa Sergio l indicando que el cuerpo del Señor Jesús se manifiesta de tres formas:
La parte que se echa en el Cáliz significa el Cuerpo de Cristo resucitado. Y con Él el de la Bienaventurada Virgen María, y si hay algún santo en cuerpo y alma con ellos.

La parte que se come representa a la Iglesia militante, los cristianos, que son asociados al sacramente y triturados por el sufrimiento, de la misma forma que se tritura el pan con los dientes.

En los tiempos de Sto. Tomás de Aquino se reservaba una tercera parte hasta el final de la Misa, significando el cuerpo de Cristo yacente en el sepulcro.

Esto último ya no se realiza en la actualidad, pero es bueno la observación del simbolismo, que algún poeta sagrado ha expresado como “la hostia mojada reservada a los felices en el cielo; la hostia seca para los vivos y la reservada, para los muertos.

(Tomás Cremades) 
comunidadmariamadreapostoles.com


domingo, 19 de enero de 2020

Octavario de oración por la unidad de los cristianos (18-25 enero)



Papa Francisco: Hoy comienza la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, en la que todos estamos invitados a pedir a Dios este gran don. Es un grave pecado empequeñecer o despreciar los dones que el Señor ha dado a otros hermanos, creyendo que no son, de alguna manera, privilegiados de Dios. Nuestro deseo será el de participar en los dones de los demás. Un pueblo cristiano renovado y enriquecido por este intercambio de dones será un pueblo capaz de caminar con paso firme y confiado por el camino que conduce a la unidad, reconocer el valor de la gracia concedida a otras comunidades cristianas.

UT UNUM SINT (Que todos sean uno)
Es la Carta Encíclica que san Juan Pablo II publicó un 25 de mayo de 1995, en la solemnidad de la Ascensión del Señor, hace ya 25 años. Trata sobre el empeño ecuménico de los cristianos. En los párrafos 102 y 103, San Juan Pablo II escribe:
La Iglesia pide al Espíritu la gracia de reforzar su propia unidad y de hacerla crecer hacia la plena comunión con los demás cristianos.
¿Cómo alcanzarlo? En primer lugar con la oración. La oración debería siempre asumir aquella inquietud que es anhelo de unidad, y por tanto una de las formas necesarias del amor que tenemos por Cristo y por el Padre, rico en misericordia. La oración debe tener prioridad en este camino que emprendemos con los demás cristianos hacia el nuevo milenio.
¿Cómo alcanzarlo? Con acción de gracias ya que no nos presentamos a esta cita con las manos vacías: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza e intercede por nosotros con gemidos inefables» (Romanos 8, 26) para disponernos a pedir a Dios lo que necesitamos.
¿Cómo alcanzarlo? Con la esperanza en el Espíritu, que sabe alejar de nosotros los espectros del pasado y los recuerdos dolorosos de la separación; Él nos concede lucidez, fuerza y valor para dar Los pasos necesarios, de modo que nuestro empeño sea cada vez más auténtico.
Si nos preguntáramos si todo esto es posible la respuesta sería siempre: si. La misma respuesta escuchada por María de Nazaret, porque para Dios nada hay imposible.


sábado, 18 de enero de 2020

II Domingo del Tiempo Ordinario





Leemos alborozados la forma como Juan Bautista presenta a Jesús a Israel: "Ahí tenéis al Cordero de Dios que carga con nuestros pecados...".

No está anunciando que vaya a purificarnos exteriormente, sino en lo profundo de nuestro ser, ahí donde, como dice Pablo, el pecado engendra gangrena y muerte anímica (Rm 6,23). Es el pecado en general que nos encorva el alma, doblegando nuestra mirada hacia el suelo como a aquella mujer encorvada a quien Jesús enderezó (Lc 13,11..). Una vez erguida, los ojos de ambos pudieron cruzarse. El encorvamiento visible es signo de otro mucho más gravoso: el del corazón... si no lo descargamos en el Señor Jesús, ahí permanece, expuesto a la ley de la gravedad, es decir tirando de nosotros hacia el polvo. Jesús, como había sido profetizado (Is 53,4-6..), cargó con nuestro pecado y culpa, en forma de Cruz, y se encaminó hacia el Calvario. Por tres veces mordió el polvo.... por otras tres se levantó... 

¡Es increíble la Fuerza que da el Amor!  Con esta Fuerza, se dejó clavar en la Cruz y fue entonces cuando fuimos liberados de nuestra carga al gritar: ¡Padre, libérales, perdónales... están tan engañados que no tienen sabiduría... no saben lo que hacen!. 

En el Calvario, Jesús se vistió de Culpable y nosotros fuimos revestidos con su Inocencia... Éste es nuestro Señor... El Cordero que carga con nuestro pecado y el Pastor que con nosotros carga.

(P.Antonio Pavía-Misionero Comboniano) 
comunidadmariamadreapostoles.com

viernes, 17 de enero de 2020

Nuevo escenario político, preocupación razonable




Vimos algunos ensayos. Pero no conocíamos la trama, ni a todos los actores, ni el previsible desenlace final. Una idea nos hicimos con buena dosis de incertidumbre, ante el enmarañado guion del que no teníamos pleno conocimiento. Digos y diegos, prisas y pausas, razones y desmentidos, memorias y reescritura de la historia… así ha sido todo este periodo que ha tenido al país en vilo durante estos meses. Hay que decir que la alternancia en la política es saludable, porque la gobernanza también genera corruptelas que es preciso enmendar, aprender de los errores y purificar la nobleza del arte político cuando éste se tuerce y se pervierte en aras de intereses económicos, ideológicos o de pura prepotencia excluyente que terminan haciéndonos rehenes del Nuevo Orden Mundial y todas sus terminales mediáticas, políticas y financieras.

Se pierde así el sentido del bien común, se esquivan los verdaderos problemas, y todo gira en torno al aprovechamiento personal más narcisista y tramposo o a la perpetuación del clan que se apropia de la poltrona con un ordeno y mando avasallador. Nuestra todavía joven democracia, que ha tenido sus sobresaltos y altibajos, tuvo como punto de partida una generosidad llena de madurez en un pueblo que quería realmente pasar página, creer en la reconciliación y alejarse del fantasma bélico y fratricida que llenó de tanto dolor y tragedia a personas y familias. Hubo una auténtica altura de miras, en aras del bien común, para afrontar la superación larga y paciente de cuantos asuntos nos retaban en aquel comienzo de andadura democrática. Con los defectos que pudiera tener, nos dimos la carta magna de la Constitución Española, que nos sirvió como hoja de ruta para comenzar a construir la convivencia entre los españoles que venían con sus luces y sombras de un largo período anterior que se deseaba quedara atrás en lo que tuviera de puntos oscuros, y que se pudiera mejorar en aquello que logró iluminarnos.

No han faltado en todos estos decenios momentos complicados por las crisis económicas, por el azote terrorista, por los amagos secesionistas. Pero también momentos ilusionantes por la incorporación a foros e instancias europeas e internacionales, el avance en la sociedad que quería seguir escribiendo su propia historia, la de una nación que, como tal, es la más antigua de Europa, con bellas páginas que han ido escribiendo nuestros mejores literatos, o esculpiendo y pintando nuestros mejores artistas, o tejiendo un estado de derecho por nuestros mejores juristas y jueces, o viendo la unidad plural de un pueblo como bien moral, o nutriendo una cultura que hunde sus raíces en los ancestros romanos y la herencia cristiana que nos ha permeado la conciencia ética y abierto horizontes de transcendencia.

Por eso, cuando se usa la mentira como herramienta política, la insidia que debilita la convivencia, la violencia como crispación que nos rompe por dentro y nos enfrenta por fuera, la censura de quien piensa distinto persiguiéndole de tantas maneras y acallando sus voces impunemente, entonces nuestro gran país, nuestro hermoso pueblo, sufre la ruptura interior y nos hace vulnerables ante pretensiones exteriores conocidas.

Estamos en un nuevo escenario político con el nuevo gobierno resultante. Sinceramente le deseo acierto, inteligencia y sabiduría para conducir con justicia el destino inmediato de España en su pluralidad de factores y en su bella herencia histórica. No es fácil el momento, a la luz de lo que, con preocupación, hemos podido ver en la sesión de investidura. Y sería una mala noticia que se deslicen actitudes, políticas y caminos que cercenen la libertad en sus variadas expresiones, la vida en todos sus tramos, y la convivencia que permite seguir escribiendo nuestra historia con verdad y belleza. Por eso, junto a mi colaboración leal con nuestros nuevos gobernantes, elevo mi oración al buen Dios en este momento grave de nuestra historia que reclama de los cristianos sencillamente que seamos lo que somos en medio de la sociedad.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

jueves, 16 de enero de 2020

¿Pasó la Navidad?



                                                                     

- Mamá, ya pasó la Navidad ¡qué pena!

- De eso nada, nene, ahora empieza lo bueno.

- Aaaaaaah,  pues yo no veo ni luces, ni turrones, ni langostinos…

- ¡Pero hijo que la Navidad no son los langostinos! O es que no has visto otra cosa…

-Ya lo creo, centollos en la casa de mi amigo y una “Play” que flipas…

Éste niño no se entera ni habiendo cantado villancicos, ni poniendo Belén, ni…

 Solo vio fiesta y comilonas… ¡Vaya por Dios qué desastre!

- Oye mamá, cada diciembre me lo paso bomba, me encantó que vinieran el abuelo, la prima y el tío Manuel… Tú no parabas de hablar ¿lo sabes? El regalo que más me gustó fue ver al abuelo manejando el helicóptero por encima de mi cabeza… Me contó que su padre era piloto y que algunas veces él iba en aviones militares… Siempre debería ser Navidad mamá. El próximo año, cuando pongamos el Belén, sabré que volveremos a estar todos juntos y escuchar muchas historias. 
  
- Hijo, en una noche parecida a esta hace 2000 años, vino un Hombre que quiso unir al mundo contando unas historias increíbles, más grandes que las del abuelo. Te dejó todo en un Libro espectacular para que siempre fuera Navidad, aunque el abuelo no estuviera.  

- ¿Siempre?

- Sí, siempre, solo tienes que hacer lo que dice el Libro y la Navidad será eterna en ti. Lo del centollo, es secundario ¡hijo!

       Emma Díez Lobo


miércoles, 15 de enero de 2020

Qué bien se está contigo, Señor



¡Qué bien se está contigo, Señor, junto al Sagrario!
¡Qué bien se está contigo! ¿Por qué no vendré más?
Hace ya muchos años que vengo aquí a diario
Y aquí te encuentro siempre, Amor Solitario,
Solo, pobre, escondido, pensando en mí quizás.
Tú no me dices nada ni yo te digo nada;
Si Tú lo sabes todo, ¿qué voy a decirte?
Sabes todas mis penas, todas mis alegrías,
Sabes que vengo a verte con las manos vacías
Y que no tengo nada que te pueda servir.
Siempre que vengo a verte, siempre te encuentro solo.
¿Será, Señor, que nadie sabe que estás aquí?
No sé, pero sé, en cambio, que aunque nadie viniera,
Aunque nadie te amara ni te lo agradeciera,
Aquí estarías siempre esperándome a mí.
¿Por qué no vendré más? ¡Qué ciego estoy, qué ciego!
Si sé por experiencia que cuando a Ti me llego
Siempre vuelvo cambiado, siempre salgo mejor.
¿Adónde voy, Dios mío, cuando a mi Dios no vengo?
¡Si Tú me esperas siempre! Si a Ti siempre te tengo,
Si jamás me has cerrado las puertas de tu Amor.
¿Por qué no vendré más si sé que aquí, a tu lado,
Puedo encontrar, Dios mío, lo que tanto he buscado
Mi luz, mi fortaleza, mi paz, mi único bien?
Si jamás he sufrido, si jamás he llorado,
Señor, sin que conmigo llorases Tú también!
¿Por qué no vendré más, Jesús?
¡Si Tú lo estás deseando, si yo lo necesito!
Si sé que no soy nada cuando no vengo aquí.
Si aquí me enseñarás la ciencia de los santos
Como aquí la buscaron y la aprendieron tantos,
Que fueron tus amigos y gozan ya de Ti.
¿Por qué no vendré más, si sé yo
Que Tú eres el modelo único y necesario
Que nada se hace duro mirándote a Ti aquí?
El Sagrario es la celda donde estás encerrado.
¡Qué pobre, qué obediente, qué manso, qué callado,
¡Qué solo, qué escondido... nadie se fija en Ti!
¿Por qué no vendré más? ¡Oh, Bondad infinita!
Riqueza inestimable que nada necesita,
y que te has humillado a mendigar mi amor.
Ábreme ya esa puerta, sea ésa ya mi vida,
Olvidado de todos, de todos escondida,
¡Qué bien se está contigo, qué bien se está, Señor!
Amén.
(Padre Carmelita J. Caraud.)