lunes, 16 de octubre de 2017

En la Sala

                                                     


                                                             
- Decidme sabio Juez si vos preferís la humildad a la caridad, la oración al perdón o la sabiduría a la honestidad…

- ¿Cuan impertinencia es esta noble Caballero? No prefiero nada de lo preguntado con intención burlona y verborrea baladí. Soy testamento de obras, una con la otra sin orden en virtudes; no soy inquisidor de preferencias; soy Juez y no parte, soy vuestro salvador tal vez.

-  ¡Es menester que me digáis el orden, Señor!

- ¿Menester decís? No sigáis en vuestro empeño, pues bien me entendéis y si no lo hiciereis, vos veréis con aquesta falacia sin miramiento de quien Soy.

- Perdonad la chanza de mi prueba

- Pues no habéis de desafiar ni a mi Título ni a mi Blasón porque lo sentiréis, más perdonado está, pero no me soliviante más vuesamerced con impertinencias, pues vos sabéis que con el amor, amando, se adquiere el honor de todas las virtudes y con ellas la sabiduría.

Empleo la Ley que procuráis juzgando y, bien sabéis cuales son las bienaventuradas desde hace siglos. “Quid pro kuo”, más no por Mi sino por vos.
Y se fue caminando hacia atrás, dobló su espalda y balanceó su sombreo con un saludo como un noble Caballero.

No hay virtudes mejores ni peores, son virtudes del alma. Nos pueden faltar, no somos perfectos pero teniendo una, tan sólo una de ellas, las demás caminan a un tiempo
   

      Emma Díez Lobo                           

domingo, 15 de octubre de 2017

Dios no está en crisis




A todos los que encontréis……

Lo dicen todos los estudios. La religión está en crisis en las sociedades desarrolladas de Occidente. Son cada vez menos los que se interesan por las creencias religiosas. Las elaboraciones de los teólogos no tienen apenas eco. Los jóvenes abandonan las prácticas religiosas. La sociedad se desliza hacia una indiferencia creciente.

Hay, sin embargo, algo que nunca hemos de olvidar los creyentes. Dios no está en crisis. Esa Realidad suprema hacia la que apuntan las religiones con nombres diferentes sigue viva y operante. Dios está también hoy en contacto inmediato con cada ser humano. La crisis de lo religioso no puede impedir que Dios se siga ofreciendo a cada persona en el fondo misterioso de su conciencia.

Desde esta perspectiva, es un error «demonizar» en exceso la actual crisis religiosa, como si fuera una situación imposible para la acción salvadora de Dios. No es así. Cada contexto socio-cultural tiene sus condiciones más o menos favorables para el desarrollo de una determinada religión, pero el ser humano mantiene intactas sus posibilidades de abrirse al Misterio de la vida, que le interpela desde lo íntimo de su conciencia.

La parábola de «los invitados a la boda» lo recuerda de manera expresiva. Dios no excluye a nadie. Su único anhelo es que la historia humana termine en una fiesta gozosa. Su único deseo, que la sala espaciosa del banquete se llene de invitados. Todo está ya preparado. Nadie puede impedir a Dios que haga llegar a todos su invitación.

Es cierto que la llamada religiosa encuentra rechazo en no pocos, pero la invitación de Dios no se detiene. La pueden escuchar todos, «buenos y malos», los que viven en «la ciudad» y los que andan  perdidos “por los cruces de los caminos”. Toda persona  que escucha la llamada del bien, el amor y la justicia está acogiendo a Dios.

Pienso en tantas personas que lo ignoran casi todo de Dios. Solo conocen una caricatura de lo religioso. Nunca podrán sospechar «la alegría de creer». Estoy seguro de que Dios está vivo y operante en lo más íntimo de su ser. Estoy convencido de que muchos de ellos acogen su invitación por caminos que a mí se me escapan.


Ed. Buenas Noticias

Vuestra soy, para Vos nací



Vuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad, eterna Sabiduría,
Bondad buena al alma mía;
Dios, Alteza, un Ser, Bondad:
La gran vileza mirad,
que hoy os canta amor así:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criasteis,
vuestra, pues me redimisteis,
vuestra, pues que me sufristeis,
vuestra, pues que me llamasteis.
Vuestra, porque me esperasteis,
vuestra, pues no me perdí:

¿Qué mandáis hacer de mí?
¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce amor,
amor dulce, veisme aquí:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma:
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición.
Dulce Esposo y Redención
pues por vuestra me ofrecí:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida;
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad;
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí.

¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo:
pues del todo me rendí,

¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis, dadme oración;
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
sólo hallo paz aquí:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme, pues, sabiduría,
o, por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía.
Dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí y allí:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis que esté holgando
quiero por amor holgar;
si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando:
decid dónde, cómo y cuándo,
decid dulce Amor, decid:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa,
o estéril, si cumple así:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Sea José puesto en cadena,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo pena,
o ya David encumbrado.
Sea Jonás anegado,
o libertado de allí:

¿Qué mandáis hacer de mí?
Haga fruto o no lo haga,
esté callando o hablando,
muéstrame la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
sólo Vos en mí vivid.

¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, para Vos nací:
¿Qué mandáis hacer de mí?


(Santa Teresa de Jesús)

sábado, 14 de octubre de 2017

XXVIII domingo del Tiempo Ordinario



La pertenencia a la Iglesia es un don y una tarea

La parábola pertenece al mismo contexto que las dos anteriores, dirigidas todas ellas a sumos sacerdotes y ancianos que piden cuentas a Jesús por la expulsión de los mercaderes. En ella se presenta la Historia de la salvación (Antiguo Testamento – Jesús – Iglesia primitiva) bajo la figura del banquete y, en este contexto, el papel  que juegan los sumos sacerdotes y ancianos, representantes de una religiosidad deformada, y el  que jugamos nosotros, miembros de la Iglesia.

        El tema del banquete tiene rica tradición bíblica. Está enraizada en la experiencia humana, que lo concibe como acto en que se satisfacen necesidades existenciales, como la comida y la bebida, en un contexto social de alegría, familiaridad, amistad,  comunión. La primera lectura recuerda un texto en que se presenta el futuro reino de Dios con la figura del banquete. También Jesús en su ministerio se sirvió también de esta figura: come con los pecadores para significar que el reino de Dios es comida de Dios que comparte su mesa con los pecadores perdonados, y especialmente nos dejó su memorial, la Eucaristía, bajo la forma de un banquete.

        El texto de la parábola que ofrece san Mateo está fuertemente alegorizado para iluminar el momento en que escribe a su comunidad hacia el año 80; como está inspirado, es palabra de Dios para los cristianos de todos los tiempos. Organiza el banquete Dios padre, protagonista de toda la Historia de la salvación y de todo este relato. El banquete no es uno cualquiera sino el banquete de bodas de su Hijo. La boda en este contexto es una alianza especial de Dios con la humanidad. Envía siervos (Profetas del AT) a avisar a los ya invitados, es decir, a los miembros del pueblo elegido, Israel, pero éstos no quisieron ir. Hay un segundo envío más detallado que el anterior, pues se explica que ya está todo a punto, pero recibe un trato peor, pues incluso maltratan y matan a los enviados (es la misión de Jesús y los apóstoles). Ante esto, el rey destruye la ciudad (destrucción de Jerusalén el año 70). A pesar de todo lo sucedido, el banquete tiene que llevarse a cabo. El banquete del reino no está en juego, pues lo dispone Dios padre, protagonista de la historia, y se realizará. Lo que está en juego es el número y calidad de los que van a participar en él. Para eso Dios organiza la misión fuera de la ciudad, por los caminos del mundo, dirigida a personas que no habían sido invitadas como los primeros, es decir, a los gentiles;  responden a la invitación muchos, “malos y buenos”. Este detalle sugiere que entre los que entran, es decir, entre los que integran hoy día el banquete en la Iglesia de Dios  hay malos y buenos.
        La parte final de la parábola está dedicada al discernimiento y separación entre malos y buenos. No basta con haber recibido el don de la llamada, hay que corresponder adecuadamente a ella, vistiendo el vestido de bodas, para ser de los escogidos. El vestido de bodas en este contexto es estar en gracia de Dios, es decir, vivir en comunión con Dios, y como Dios es amor, vivir en comunión de amor con Dios y con el prójimo. Lo llamamos gracia porque es un don de Dios.

        La parábola alegorizada es una fuerte interpelación a los que celebramos la Eucaristía sobre nuestra situación. Estar bautizados y  estar aquí participando la Eucaristía es un don de Dios que nos ha llamado y debemos agradecer. Nuestra situación es el comienzo del banquete, que todavía no es estancia definitiva, pues antes todos seremos examinados de amor para poder participar definitivamente.  Todo ello nos exige corresponder, una tarea que hemos de realizar vistiendo cada vez más el vestido del amor a Dios y a los hermanos, tarea posible en aquél que nos conforta (2ª lectura). Igual que muchos en el AT fueron llamados y quedaron descalificados, igual nos puede suceder a nosotros. La negativa de los israelitas no debe ser motivo de autocomplacencia por nuestra situación, sino una llamada a la conversión, pues también nosotros seremos examinados. La parábola no pretende infundir miedo sino despertar la responsabilidad ante este tiempo de gracia. La conversión es tarea constante de todos los miembros de la Iglesia, siempre santa y pecadora.


Dr. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 13 de octubre de 2017

Tris­te­za




Con­fie­so que des­de hace al­gún tiem­po me in­va­de la tris­te­za. He vi­vi­do mu­chos acon­te­ci­mien­tos en los úl­ti­mos cin­cuen­ta y cin­co años. Ex­pe­rien­cias pre­cio­sas como han sido la lla­ma­da a ser cris­tiano, o a vi­vir la vida nue­va de Cris­to pre­pa­ran­do el mi­nis­te­rio sa­cer­do­tal y la or­de­na­ción como sa­cer­do­te. Tam­bién la or­de­na­ción epis­co­pal. He sido fe­liz sien­do sa­cer­do­te y obis­po en tan­tos mo­men­tos de gozo con tan­ta gen­te; he pro­cu­ra­do ha­cer el bien de los de­más, con la pre­di­ca­ción o el ejer­ci­cio del mi­nis­te­rio. Me he acer­ca­do a tan­tas per­so­nas y al mis­te­rio de sus vi­das al hilo de tan­tos acon­te­ci­mien­tos en Es­pa­ña y en el mun­do. Re­cuer­do vi­va­men­te la tran­si­ción po­lí­ti­ca y so­cial, con sus lu­ces y som­bras. Pero con la ale­gría de ha­ber vis­to que se po­nían las ba­ses para una con­vi­ven­cia plu­ral en una Es­pa­ña en la que ca­bían to­dos, tras tan­tos años de en­fren­ta­mien­to, an­tes y des­pués de la gue­rra ci­vil; ese pro­ce­so que lle­vó a tér­mino la reali­dad de un Es­ta­do de de­re­cho con la pro­mul­ga­ción de la Cons­ti­tu­ción Es­pa­ño­la en 1978.

No viví cier­ta­men­te aque­llos años de rup­tu­ra en­tre es­pa­ño­les (1931-1939), pero sí las con­se­cuen­cias de no que­rer­se los unos a los otros. Era bueno com­pro­bar que esa si­tua­ción ter­mi­na­ba y em­pe­za­ba otra. Y no es que todo este tiem­po, des­de 1978 has­ta hoy, haya sido una bal­sa de acei­te. Mu­chos pro­ble­mas, mu­chas in­cer­ti­dum­bres, pero he­mos te­ni­do una vida “nor­mal” con al­ter­na­ti­vas y vai­ve­nes, dis­cu­sio­nes y lu­chas, pero me pa­re­cía a mí que eran idos los tiem­pos don­de los di­ri­gen­tes de los par­ti­dos po­lí­ti­cos lle­va­ban a nues­tro pue­blo a en­fren­ta­mien­tos de enemi­gos irre­con­ci­lia­bles que, des­de la pri­me­ra Re­pú­bli­ca Es­pa­ño­la en el si­glo XIX, bus­ca­ban los unos la desa­pa­ri­ción de los otros, o su per­se­cu­ción por ideas o ten­den­cias o de­fen­sa ra­zo­na­da de po­si­cio­nes po­lí­ti­cas. En la vida hay mu­chas co­sas que no te gus­tan, que te des­agra­dan en la so­cie­dad en la que vi­ves, pero en un mo­men­to dado de­jas la in­ge­nui­dad de creer que todo va a ir bien. Sin em­bar­go, tie­nes la es­pe­ran­za de que lle­ga­rá la cor­du­ra, o que las co­sas pue­den me­jo­rar y pre­va­le­ce­rá la jus­ti­cia, la aten­ción a los más po­bres y una so­cie­dad con más opor­tu­ni­da­des para to­dos. Y el pun­to de re­fe­ren­cia ha sido en to­dos es­tos años el or­de­na­mien­to ju­rí­di­co del Es­ta­do que nos he­mos dado to­dos, como po­si­bi­li­dad de en­ten­di­mien­to, esto es, la Cons­ti­tu­ción Es­pa­ño­la.

Yo creo en Dios, Pa­dre de nues­tro Se­ñor Je­su­cris­to, y en su  Pro­vi­den­cia; vivo en el seno de la Igle­sia Ca­tó­li­ca, que sin­ce­ra­men­te  con­tri­bu­ye al bien co­mún de toda la so­cie­dad es­pa­ño­la. Acep­to, cla­ro está, otras es­tan­cias so­cia­les, otros gru­pos de nues­tra so­cie­dad que con­tri­bu­yen a ese bien co­mún. Es bue­na la se­pa­ra­ción Igle­sia-Es­ta­do y la re­la­ción nor­mal con tan­tas y tan­tas ins­ti­tu­cio­nes. Tam­bién com­pren­do cada vez más que el ser hu­mano, hom­bre y mu­jer, no se ex­pli­can bien sin esa frac­tu­ra que sig­ni­fi­ca el pe­ca­do, y así acep­to con pa­cien­cia mis de­fec­tos y los de­fec­tos del pró­ji­mo. Pero, des­de hace al­gu­nos años pre­sien­to que el ho­ri­zon­te está cam­bian­do y que la gen­te em­pie­za a su­frir de nue­vo las ve­lei­da­des y las to­mas de de­ci­sio­nes de po­lí­ti­cos que tan­tas ve­ces no bus­can siem­pre el bien co­mún. De ma­ne­ra que te­ne­mos que su­frir con ex­ce­si­va fre­cuen­cia lo que ellos in­di­can y di­cen que es el bien de to­dos los es­pa­ño­les, de to­dos los ca­ta­la­nes, de to­dos los ma­dri­le­ños, de to­dos los cas­te­lla­no­man­che­gos, etc. Y se deja de pen­sar en el con­jun­to, en lo que so­mos to­dos y se pien­sa más en “lo mío”, “lo nues­tro”, “en mi gen­te” y en sus exi­gen­cias, que mu­chas ve­ces son sim­ple­men­te las de este o aquel par­ti­do po­lí­ti­co y que no todo el mun­do com­par­te.

Yo no sé si se debe re­for­mar la Cons­ti­tu­ción y tam­po­co me es­can­da­li­za­ré, si se hace. Pero me ape­na mu­chí­si­mo -y me in­dig­na- que em­pe­ce­mos de nue­vo a no te­ner un pun­to de re­fe­ren­cia que nos sir­va para re­sol­ver y no para rom­per. Es me­jor es­tar jun­tos que dis­gre­ga­dos, es me­jor abrir que ce­rrar, es me­jor es­cu­char que chi­llar, es me­jor aco­ger que re­cha­zar. Es me­jor una Es­pa­ña uni­da, por muy di­ver­sa que sea, que des­ga­ja­da en par­tes, aun­que esas par­tes ten­gan pe­cu­lia­ri­da­des muy ri­cas y que han de te­ner­se en cuen­ta.

Me pa­re­ce un error que la pre­si­den­cia de la Ge­ne­ra­li­tat de Ca­ta­lu­ña haya roto en el Par­la­men­to ca­ta­lán con la Cons­ti­tu­ción Es­pa­ño­la y pre­ten­da in­de­pen­di­zar­se. La uni­dad de Es­pa­ña no solo es me­jor que la rup­tu­ra, sino que ade­más esa ac­ción del go­bierno ca­ta­lán ol­vi­da los su­fri­mien­tos de los ca­ta­la­nes y de otros es­pa­ño­les en aque­lla gue­rra ci­vil, a los que tam­bién con­tri­bu­yó el in­ten­to de se­pa­ra­ción de en­ton­ces. La se­pa­ra­ción po­si­ble de aho­ra trae­rá tam­bién do­lor y su­fri­mien­tos. Cada uno de no­so­tros tie­ne su cul­pa­bi­li­dad, pero sin equi­dis­tan­cias: cada uno tie­ne la suya se­gún su res­pon­sa­bi­li­dad.

¿No es­toy por el diá­lo­go, por con­ver­sar, por so­lu­cio­nar el con­flic­to? Si es­toy do­lién­do­me de lo que su­fren las con­se­cuen­cias de las to­mas de de­ci­sión de po­lí­ti­cos, ¿cómo voy a ser par­ti­da­rio de rup­tu­ras y de ac­cio­nes irre­ver­si­bles que pro­lon­guen el su­fri­mien­to de la gen­te, tan­tas ve­ces ma­yo­ría si­len­cio­sa? ¿Cómo ha de lle­gar la so­lu­ción del con­flic­to? No me toca a mí de­ci­dir­lo. Yo re­za­ré ar­dien­te­men­te y me fe­li­ci­ta­ré si la uni­dad con­ti­núa. Tam­bién os pido a vo­so­tros que ele­véis al Se­ñor ora­cio­nes para este fin.

+Brau­lio Ro­drí­guez Pla­za,
Ar­zo­bis­po de To­le­do
Pri­ma­do de Es­pa­ña


jueves, 12 de octubre de 2017

Los viñadores perversos



Parece estar claro que la parábola de los viñadores (Mt 21, 33-46), en el momento  en que Jesús la expuso estaba dirigida al pueblo de Israel: “Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos…” (también expresamente en Isaías 5, 7). En la lectura de dicha parábola se ve reflejada la historia y trayectoria de este pueblo escogido: primero cría la viña con todos los mimos posibles (pueblo electo desde siempre), después manda a sus criados (los profetas) y por último a su propio hijo (el Hijo de Dios hecho hombre al que matan). Está tan claro que no merece más explicación.

Pero también igualmente de claro Jesús manifiesta que la viña somos cada uno de nosotros unidos como miembros de ese Cuerpo Místico en su Iglesia: “…para dársela a otro pueblo”. Ese otro pueblo es la Iglesia.

Creo que  cada uno de nosotros individualmente (no exentos de formar en conjunto esa Iglesia, claro) también podemos estar representados en la viña. Nuestra vida nos la ha regalado Dios Nuestro Señor, nos ha creado con todo el cariño y delicadeza posible, en nuestra familia y en la familia de la Iglesia. La rodeó con una cerca para que los animales o transeúntes no la pisaran ni estropearan, nos ha rodeado de una serie de personas que nos protegen y quieren: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, cada una de las personas que a diario nos saludan con una sonrisa, etc. Todo eso nos lo ha dado, pero en calidad de arrendatarios, no somos los propietarios; en cambio con demasiada frecuencia actuamos como si de verdad lo fuéramos, pues tomamos decisiones en nuestra vida con autonomía, como si no tuviéramos que rendir cuentas; muy a menudo se nos escucha: yo con mi vida hago lo que quiero, en mi persona no manda nadie, no tengo que dar explicaciones a nadie y otras muchas expresiones parecidas y de significado sinónimo. ¡Ojo!, que sí tenemos que dar cuentas. Debemos trabajar la viña de acuerdo con unas normas, no podemos echar a la del vecino los yerbajos secos que arranquemos de nuestra parcela, muy frecuentemente para salvar nuestra reputación ensuciamos indebidamente la del prójimo. No podemos dar mal ejemplo en el cumplimiento de nuestros deberes agrícolas (como cristianos) porque contagiamos y contaminamos a los vecinos (prójimo). Tendremos que dar cuenta de nuestro arriendo. ¿Qué hará con aquellos labradores? “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a su debido tiempo”. Nuestros frutos a su debido tiempo, no cuando a nosotros nos parezca o nos venga mejor. El dueño pone la fecha y la hora de cuando tendremos que rendirle cuentas, no podremos decirle ahora no puedo o en otro momento que en este no me viene bien. Debemos tener las cuentas claras en cada instante (cf 25,16-3) porque no sabemos el día ni la hora.

Démosle gracias al dueño de la viña por haber tenido la generosidad de habérnosla arrendado, nos prefirió primero a nosotros; pudo habérsela arrendado a otro, pero nos prefirió a nosotros. Nos ha colmado de regalos, el primero la vida; nos ha proporcionado una tierra ubérrima: la Iglesia; nos ha dado todos los medios necesarios para que podamos trabajarla con toda comodidad: su doctrina, la Iglesia, la familia y amigos, el prójimo… Pues agradezcámoselo y hagámonos acreedores de los bienes otorgados.


Pedro José Martínez Caparrós

domingo, 1 de octubre de 2017

Perdón, reconciliación y misericordia



En el momento histórico que vive la humanidad en todas las partes de la tierra, cuando la ruptura, el enfrentamiento, el rencor, el odio y la venganza aparecen envueltos en aparentes regalos de libertad, pero sin dar contenido a la misma, tenemos urgencia de acoger el perdón, la reconciliación y la misericordia. Recogiendo algunos apuntes de mi juventud, he visto escritos en ellos unas palabras del cardenal Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal Española, en el año 1971, y he recordado el eco que tuvieron en su corazón y en el de todos los obispos de entonces. Demostraron instinto histórico para saber y ver lo que necesitaba en aquel momento nuestro pueblo y también para mantenerse fieles y libres a los imperativos del Evangelio y a lo que la Iglesia en nombre de Jesucristo tiene que anunciar siempre.

Para sacar adelante cualquier proyecto que tenga vigencia para todos y nos haga reunirnos con las diferencias legítimas que construyen y hacen la comunión, tienen que acogerse necesariamente en el corazón estos tres ejes: perdón, reconciliación y misericordia. Esos que tan bellamente formula Nuestro Señor en la oración que salió de sus labios, el padrenuestro. Es verdad que no todos los hombres son creyentes y los que son de otros credos no conocen a Jesucristo, pero estas categorías existenciales son necesarias e imprescindibles si los humanos deseamos y queremos tener salidas para vivir y dejar vivir.

Los cristianos no podemos hablar de ellas con conceptos abstractos, sino formularlas a través de la contemplación de la Persona misma de Jesucristo. Para nosotros la belleza del perdón, de la reconciliación y de la misericordia tienen un rostro, no son ideas; contemplamos lo que significan y contienen en la persona de Jesucristo. Y es esto lo que quisiera entregaros con esta carta en estos momentos que vive el mundo, donde acontecen tantos enfrentamientos. Ojalá sepa decirlo con la belleza que tienen estas palabras en la Persona de Jesucristo.

Es imposible saber su contenido si no descubrimos que el progreso para un discípulo de Cristo, en el perdón, la misericordia y la reconciliación, significa lo que significó para Él: abajarse, entrar por el camino de la humildad para que sobresalga, se vea y se manifieste el amor de Dios. Este fue también el camino de la Virgen María, como nos dice el Evangelio. Ella no entendía bien, pero deja su vida a la voluntad de Dios. Porque, para que llegue el amor de Dios a nuestra vida y se manifieste en medio de los hombres, hay que entrar por el camino de la humildad. ¿Qué humildad? La misma que siguió Jesús, que siendo Dios no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, se despojó de su rango y se bajó hasta la Cruz (cf. Fil 6). Pero, ¿esto no quiere decir que caminemos por la vida con los ojos bajos? Muy al contrario, hay que ponerlos bien altos, de tal manera que se manifieste toda la caridad de Dios, todo el amor de Dios que es el camino que el Señor eligió incluso cuando se manifestó en su Resurrección. Nuestro Señor nos empuja a amar y a hacerlo cada vez más y mejor, y esto pide que asumamos que nuestra vida esté estructurada por los ejes que antes mencionaba.


+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid