sábado, 24 de octubre de 2020

Domingo XXX del T. O.

 

 SÓLO QUIEN ESCUCHA A DIOS LLEGA A AMARLE

 El Evangelio de hoy pone en nuestros oídos La Palabra por excelencia: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.

 No hay duda que es un pasaje que nos estremece y seduce sin embargo son tantos nuestros desvaríos internos y externos que nos viene demasiado grande. La cuestión es que la firmeza y madurez de nuestro corazón para amar a Dios incondicionalmente depende de la calidad de nuestra escucha a su Palabra.

 Escuchar la Palabra para aprenderla o porque no queda más remedio, “porque hay que ir a Misa", no produce ningún enderezamiento en nuestros desvaríos y cualquier propósito de cambio de vida termina en el punto de partida de siempre. A estos quizás se les pueda decir lo que Jesús dijo a los fariseos, no para humillarlos sino para que abriesen sus oídos al Evangelio que rechazaban: “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios, vosotros no las escucháis porque no sois de Dios” (Jn. 8, 47).

 P. Antonio Pavía.

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viernes, 23 de octubre de 2020

Los judíos “cercenan” las Profecías

 


Leen “a su manera” sin contradecir a sus antiguos escribas y sacerdotes, por cierto, lejos de Dios por ocultar la verdad a su pueblo descrita en los Textos Proféticos: Nacimiento, Muerte y Resurrección del Hijo de Dios.

¿Perder el Poder religioso? A eso no estaban dispuestos y continuaron con su enrevesada interpretación de la Torá o el Talmud (tradición oral), “cercenando” Salmos y Profecías cumplidas en Cristo.       

Malaquías, Isaías, Daniel, Zacarías, Ezequiel, Miqueas… Todos hablan del Mesías tal y como sucedió, pero los judíos dicen que no, que no hay nada cumplido... ¡Madre mía!, me viene a la cabeza el llanto de Jesús en el “Dominus flevit” (en el Monte de los olivos) por su querido Jerusalén.   

Deberían Leer los Evangelios aunque fuera por curiosidad… Es triste oír a un judío que te diga que no sabe quién es Jesús. Hasta hoy su pertinaz incredulidad consentida, hasta hoy… Y les da completamente igual. Decía San Gregorio que “Un poquito de jerga es todo lo que se necesita para imponerse a la gente. Cuanto menos comprendan, más admiran” ¡Pobres!!!  

Me pregunto qué pensarán de los milagros en el catolicismo. Claro que sin reconocer a María Virgen, ni al Hijo de Dios, difícil enterarse de alguno.

¡Cuánta obcecación y menudo susto se están llevando cuando se encuentran con Jesús después de dejar este mundo!; y ¿cuándo se cumpla el Apocalípsis de Juan? Ufff… Se les acabó de cuajo el seguir “erre que erre” anclados en Moisés y últimos Profetas.

Recemos por ellos aunque ellos no recen por nosotros.

 Emma Diez Lobo

 


jueves, 22 de octubre de 2020

Si no le amas no le puedes conocer

 

      
“Nadie puede ser conocido sino cuando se le ama”, esto decía San Agustín pero yo no entiendo esta frase aplicada al mundo fuera de los conventos. Aquí, mientras más amas mas se te nubla la vista y llegas incluso a fabricar un personaje diferente del que es y  ¡claro! te llevas cada chasco…     

Lo que sí es verdad es que con amor, lo de menos es conocer. Tanto la humillación como el dolor o la injusticia, si amas, se soportan de otra manera. Jesús amaba a malos y buenos y aunque el hombre no pueda amar de igual manera, sí sabe que de él también depende la salvación de otros hombres y la de sí mismo. Tenemos reglas para ello, Jesús nos las dio, se llama PERDÓN y ORACIÓN.      

 Y… “Puente de plata” al malo como dice el Rosario: “Apártame de mis enemigos…” Es una gran frase que te libra de la responsabilidad de enviarle al Hades si te quedas demasiado cerca y te liquida. Seamos inteligentes y hagamos lo que nos dicen. Así que cuando te encuentres con un “bicho” aléjate y reza para que cambie.      

 ¿Difícil orar por ellos? Va contra la razón del hombre común pero es el acto de amor que te cierra la puerta a la venganza, al odio y la desesperanza.

Bernabé Apóstol, nos pedía “bien decir con todos” y es verdad, no olvidemos que el legado que Dios nos dejó fue ser sacerdotes al servicio de la salvación.

Emma Díez Lobo


martes, 20 de octubre de 2020

Levanto mi alma hacia Ti

 

 "Alegra el alma de tu siervo pues la levantó hacia ti" 

 Bienaventurado aquél que en un mundo en el que "donde las dan las toman" se deja levantar por el Señor sometiendo así toda rencilla y venganza que  alimentamos en nuestro corazón y que llegan a ser cadenas pesadísimas que nos arrastran al polvo. Por el contrario Jesús, Camino, Verdad y Vida nos atrae y conduce a la Fuente de la Vida que es el Padre.

 Es cierto que vivimos, siempre ha sido así, en una sociedad violenta. El ansia de tener, de dominar o burlarse del que no piensa como nosotros nos mueve a desencuentros que provocan malestares profundos y enemistades que no son en absoluto evangélicas por mucho que la Mentira que habita en ti pretenda justificarlas.

 ¿Y, cómo volar por encima de esta condición tan rastrera que a todos nos alcanza? ¡Con las alas del Evangelio! Sí, solo el Evangelio de Jesús engendra en el hombre esa Libertad, SÍ, con mayúscula, que nos permite decir con el salmista: "Tu paz rescata mi alma" (Sal. 55,19) El salmista profetizó la paz que solo Jesús nos puede dar (Jn 14,27)

 P. Antonio Pavía.

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lunes, 19 de octubre de 2020

Un finisterre sin confines pandémicos

 


Llega lejos su mirada por no tener jamás cerrados sus ojos. Son largos los brazos de un Dios que no es manirroto. Y su corazón se dilata hasta el infinito por ser así de inmensa su entraña dando cabida a nuestras intemperies, incertidumbres y enojos. Por eso es el Dios de la vida, no una energía sin rostro y sin pálpito detrás de la última galaxia. No hay llanto que no haga de él sus propias lágrimas. Ni gozo por el que no brinde con su vaso con la mejor de sus sonrisas. Así de cercano, así de nuestro, así de entrañable en su divina misericordia. Y quien se embelesó haciendo la belleza de las flores con sus colores y tamaños, el embrujo de un atardecer en cada época del año, la sencillez de los pequeños pájaros que nos regalan su vuelo y su trino cada mañana, se quiso ensimismar al hacernos parecidos a Él sólo a nosotros, al hombre y a la mujer, como su más acabada semejanza poniendo la diferencia radical con el resto de la creación hermana.

Podría parecer que se está describiendo una página bucólica que describe al Creador de todas las cosas. Pero habría una aparente contradicción cuando vemos por doquier tanto sufrimiento, soledad y desamparo, cuando descubrimos el miedo en los niños o los ancianos ante una realidad dura de mirar y difícil de vivir y sobrellevar. ¿Se ha distraído ese Dios encantador? ¿Está sobrecargado de tanto como hay que hacer y no da abasto? ¿Se ha marchado, tal vez, desencantado de nuestras derivas torpes y perversas?

Resulta que era una pregunta que Dios mismo se hacía a través del viejo profeta: “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Is 6, 8). No porque Él fuera incapaz de hacer algo nuevo y eficaz, o estuviera cansado por tanto fraude, o sufriera el desencanto del fracasado, sino porque quería contar con el propio hombre para salvar de su fatalidad destructiva al mismo hombre. El profeta dijo aquello, que tanto le honró: “heme aquí, envíame a mí”. Y será Jesús quien tomará aquella palabra cuando acabando su periplo en el tiempo que compartió nuestra aventura humana, no quiso volver al Padre sin antes confiar a sus discípulos la misión que en Él tuvo simplemente un comienzo: “Id al mundo entero y anunciad la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15).

Esto han hecho los misioneros a través de los siglos de la historia cristiana, y lo hacen cada día: ir hasta los finisterres varios, a tantas periferias existenciales como dice el Papa Francisco, para anunciar a Jesucristo, comunicar su Evangelio y repartir su gracia. Cuando en este mes de octubre celebramos el Domingo mundial de las misiones (Domund), tenemos este momento de gratitud hacia todos los que dejaron familia, tierra y cultura, para decir al Señor: aquí estoy, envíame a mí. Y fueron enviados. Y allí siguen construyendo como cristianos el pequeño trozo de mundo en el que ellos edifican la Iglesia del Señor acogiendo a los pobres y anunciándoles la esperanza del Evangelio.

Este año, en el mensaje para el Domund, el Papa Francisco ha querido subrayar cómo la misión no es ajena a la pandemia que nos asola. Dice él: “comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. En este tiempo de pandemia, la pregunta que Dios hace: “¿a quién voy a enviar?”, se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: “¡aquí estoy, envíame!”. Por eso, nuestro afecto lleno de gratitud hacia los misioneros, nuestra oración sincera por cada uno de ellos y sus labores apostólicas, y nuestra ayuda económica como un gesto de comunión fraterna. Esto es lo que se nos pide también este año a los cristianos al celebrar el domingo del Domund. Seamos generosos en el agradecimiento, en las oraciones y en las limosnas.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

 

sábado, 17 de octubre de 2020

Domingo XXIX del T.O.

 

 ¿A QUIÉN PERTENECES?

 Unos judíos provocan a Jesús sobre si hay que pagar tributo a Roma o no. Si dice que sí, aprueba el dominio de Roma sobre Israel; si responde que no sería, ante los ojos de los romanos, un alborotador.

  Jesús pasa de la maldad de estos hombres y la aprovecha para darnos a todos una catequesis magistral. Toma una moneda y les pregunta: ¿De quién es esta imagen y está inscripción? Del César responden; les dice entonces: al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.

 Al hilo de estas respuestas surge esta pregunta: ¿Y tú a quien perteneces? ¿Al príncipe de este mundo con su imagen de muerte?  (Jn, 14, 30-31). ¿O a Dios? cuya imagen es VIDA. Jesús, al hablar de imagen e inscripción, se refiere a una pertenencia a Dios, en la línea de su Catequesis sobre el Buen Pastor, que es Él en la que nos dice que llama a cada de sus ovejas por su nombre. (Jn. 10, 3) Nos llama por nuestro nombre diciéndonos: “He dado mi vida por ti yo, tu Buen Pastor, te llevaré a mi Padre que es también tu Padre”.

 Jesús nos dice hoy, día mundial de las Misiones, que hay millones de ovejas que están esperando que alguien les dé a conocer a su Buen Pastor, y como dice San Pablo: ¿Cómo lo van a conocer si nosotros no se lo anunciamos?

  P. Antonio Pavía.

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miércoles, 14 de octubre de 2020

Una historia de cine, de corazón entrañable

 


Siempre hubo una sospecha de algunos. Si era demasiado cercano, daba miedo. Si resultaba lejano, producía desdén y risa despectiva. Así, la inevitable relación con Dios, algunos la han vivido entre el desprecio burlón y el temor de la pobre melancolía. Pero cuando caen las tormentas más devastadoras y nos dejan a la intemperie los diluvios, cuando las pandemias nos asolan y las pestes nos diezman, entonces nos hacemos mil preguntas con muchas lágrimas censuradas y con pocas y fugaces sonrisas. Son las preguntas más nuestras, esas que nos definen desnudamente en nuestra más humilde pobreza, aunque sean preguntas que no nos atrevemos a formular a cualquiera.

¿Dónde está Dios, ese Dios de mis desprecios y mis melancolías? ¿Por qué no dice algo que pueda explicar lo que yo no sé resolver en medio de tanta cuita? ¿Por qué no aparece con potencia todopoderosa y con mando en plaza pone orden en el desconcierto de las violencias que se extienden con prisa, las corrupciones de toda ralea, las tragedias de toda guisa, el engaño, la calumnia y el cinismo que tantos utilizan como su arma política preferida?

Esta es la gran cuestión que la historia de la humanidad ha elevado al cielo siempre, mirando a la cima de nuestras altanerías o a la sima de nuestros abismos, donde los dioses parecían que pacían sin control, sin que nadie pudiera chistarles ni pedir ninguna cuenta. ¿Dónde está? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no actúa? La Buena Noticia es que Él se ha quedado ronco de tanto dirigirnos la palabra. Y se le ha gastado la belleza de tanto mostrarla a nuestra mirada. El problema no está en su silencio, sino en nuestra sordera abatida. No está en su invisibilidad, sino en nuestra ceguera empecinada.

Sorprende que la palabra hebrea para hablar del corazón de Dios, de su entraña más dulce, sea la misma con la que se señala el seno de una mujer en trance de concebir la vida: rahamim, seno materno que expande sus lindes, vientre acogedor de la nueva criatura que como un don tan inmenso se nos regala. Dios tiene también esa entraña materna en la que nos engendra amorosamente, en donde nos protege y nutre hasta darnos a luz en pleno día cuando nacemos a la vida con el primer llanto con el que nos hacemos notar desde la covacha amable de una maternidad dulce y bella. Rahamim, entrañas del mismo Dios con el que se nos dice cómo tiene Él el corazón de sus adentros.

Con estas ideas de nuestra tradición cristiana, hace unos días estuve en la presentación de una película que se estrenaba simultáneamente en más de 60 ciudades españolas al mismo tiempo. Hacer una película sobre el corazón entrañable de Dios, no deja de ser una audacia, tal vez una osadía, pero en cualquier caso una buena noticia si nos permite asomarnos al rostro más amable de ese Dios que es Amor. La protagonista es una joven mujer polaca que fue tocada por ese rostro, en medio de la sórdida realidad social, política, económica y bélica de la mitad del siglo pasado en Europa. Y es así como se escribe la historia, cuando en medio de los renglones más torcidos de nuestros avatares torpes, Dios logra contar cosas maravillosas con la caligrafía más recta y hermosa. Una vez más se trata de la flor delicada que emerge en los surcos del cieno, o del llanto tierno de un infante que rompe el ruido de cualquier estruendo, para convocarnos a la curiosidad embelesada o a la ternura delicada.

De esto habló la película que pudimos ver. Porque este es el relato de la Divina Misericordia que Santa Faustina Kowalska entrevió y que San Juan Pablo II pudo señalar como algo que valía la pena al proceder a su canonización. Es la historia siempre viva y siempre inconclusa de un Dios vulnerable a mis preguntas, a mis carencias y pobrezas, a mi necesidad de ser amado y reconocido con mi nombre, mis heridas y todas mis esperanzas.

Faustina Kowalska nos permite entrever que el amor de Dios es de cine, y por eso valía la pena filmar una película que tiene como protagonista la Divina Misericordia.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo