domingo, 25 de febrero de 2018

¿Lo dejo en tus manos?




                                                                         
- Supongo que es algo que no puedes resolver ¿Me equivoco?

- ¡Pues claro que es eso!


- ¡Pues claro que no  me voy a mover!
- Me dijiste que te pidiera

- Y te lo sigo diciendo, pero pedirme y tirarte a la bartola…

- Eso parecido fue lo que me dijo un “Pater”

- Pues no es así. Tú pon todo tu esfuerzo y pídeme que te ayude a seguir sin desfallecer…

- Ósea, lo que a mí me parecía…

- A veeeeeeeerrr. Si no haces nada y me lo dejas a Mí, ¿qué merito tienes? El que tendrá que darse besos en la mejilla soy Yo a mí mismo…

- ¡Ya!

- No me pidas que te resuelva la vida, pídeme que te ayude a no equivocarte, a que esté a tu lado si decaes, pídeme sabiduría y Yo te la daré; pero hacer tu trabajo, ni lo mentes. 

- Tienes razón, no sabes lo mal que me salió un tema que te di…

- Lo sé, cometiste todos los errores del mundo, pero no me pediste sabiduría ni rezaste porque te iluminara.

- ¡Me vas a contar! Aún pago consecuencias…

- Pero Yo estoy ahí abriéndote caminos ¿Los has visto? Mira que los puse delante de ti…

- Sí, sí, gracias y menos mal.

- La próxima vez no dejes nada en mis manos y te duermas… Así, como que NO funciono.

- Qué yaaaaaaa me lo has dicho.

- ¡Ah!, y no te olvides de rezar cuando quieras algo, ese es mi precio.

- Qué ya, qué ya…

Emma Díez Lobo


sábado, 24 de febrero de 2018

II Domingo de Cuaresma




meta del camino cuaresmal: compartir la resurrección de Jesús

        El domingo pasado la Iglesia invitaba a ver dónde estamos, este domingo a la meta a la que nos dirigimos. La liturgia, al elegir el episodio de la transfiguración de Jesús para este domingo, ha captado muy bien la intención de los evangelistas al narrarlo. En Marcos es el final de una serie de enseñanzas de Jesús, que comienzan con el anuncio de su muerte y resurrección; el anuncio es incomprendido y rechazado por Pedro, pero Jesús insiste e invita a seguirle por este camino, que humanamente parece absurdo, pero que es el que realiza plenamente a la persona. Si alguno se burla de esta enseñanza, él se burlará de él cuando venga como juez escatológico. Y para que quede claro que vendrá glorioso, algunos de los discípulos tendrán pronto una experiencia de este hecho. Efectivamente, seis días más tarde, algunos de ellos, en concreto Pedro, Santiago y Juan tuvieron una visión en que contemplaron a Jesús en su gloria de resucitado. Fue un espectáculo admirable que hizo exclamar a Pedro lo bien que se estaba allí. Con esto solo ya Jesús enseñaba a sus discípulos que vale la pena su camino de muerte porque lleva a la plenitud de la gloria. Pero hay. El Padre confirma la enseñanza: Este es mi Hijo amado, escuchadle, escuchad en concreto esta enseñanza de muerte y resurrección.

        Las otras dos lecturas acompañan este mensaje. La primera presenta la prueba de Abraham como sufrimiento que fue premiado por Dios concediéndole el don de ser padre de todo el pueblo judío. La segunda, apoyándose en el relato de Abraham “a quien Dios perdonó su hijo”, subraya el amor del Padre al permitir la muerte de su Hijo por nosotros. El pueblo cristiano es el premio que el Padre ha dado a Jesús por su muerte.

        Es importante descubrir las metas de nuestra fe. La persona humana se mueve por los grandes ideales, por lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo alegre. Pues Dios es en sí mismo Verdad, Amor, Alegría, Belleza y fuente de la misma y todo ello en su inefable unidad, por lo que en él verdad, amor, belleza, alegría son inseparables. Nos ha creado libremente y por amor para que participemos de la riqueza de su ser. Esta es la vocación humana, que los hombres persiguen, muchas veces sin saberlo. Acercarse a Dios es acercarse a la fuente de los grandes ideales.

El mismo Dios por Jesucristo nos enseña el camino que conduce a esta meta, seguir a Jesús, que es la manifestación humana de los ideales divinos que estamos llamados a compartir.

Ya durante su ministerio terreno, Jesús fue un hombre admirable por su compromiso con la verdad, el amor, la belleza y la alegría, pero es especialmente Cristo resucitado el que ha realizado en su persona la plenitud estos ideales. Las palabras de Pedro invitan a admirarlo: ¡Qué bien, kalón, bueno, bello, auténtico, es estar con Jesús! Él es la Verdad, la Bondad, el Amor, la Alegría, la Belleza suprema. En Él todo ello es inseparable.

        El cristiano está llamado a participar su plenitud. Desgraciadamente con frecuencia se identifica lo cristiano con lo triste y sus manifestaciones no siempre cuidan lo bello. El cristiano opta por el camino de la cruz, no por un triste masoquismo, sino porque es el verdadero, el que hace crecer en el amor y vivir la belleza y alegría de la vida y es el que conduce a la plena realización. Verdad, amor, belleza, alegría deben estar inseparablemente presentes en la vida del cristiano. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Es necesario que descubramos este valor y lo demos a conocer a los demás dando así razón de nuestra fe. El camino de la cruz vale la pena por la meta a la que conduce. El lenguaje de la nueva evangelización debe encontrar lenguajes que ayuden a descubrir esta riqueza.

        Cada celebración de la Eucaristía debe ser una inmersión en el amor, belleza y alegría de Dios que se nos entrega por Jesucristo.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 23 de febrero de 2018

“Per­dó­na­los por­que no sa­ben lo que ha­cen”







A cada paso que da­mos he­mos de re­cor­dar la Cons­ti­tu­ción Es­pa­ño­la; cada día es pre­ci­so re­cor­dar­la para no caer en la gra­ve­dad de he­chos ocu­rri­dos, por ejem­plo, es­tos días atrás en el pre­gón de los Car­na­va­les en San­tia­go de Com­pos­te­la. ¿Por qué digo esto? Sen­ci­lla­men­te por­que en ese pre­gón, y con to­dos los ale­da­ños que han se­gui­do por par­te del Al­cal­de de aque­lla ad­mi­ra­da y ad­mi­ra­ble ciu­dad, que en su nom­bre lle­va el del Após­tol, al que con tan­ta gra­ve­dad como za­fie­dad se le in­sul­tó e in­ju­rió, jun­to con la San­tí­si­ma Vir­gen Ma­ría, Vir­gen del Pi­lar, Ma­dre de Dios y ma­dre nues­tra, tam­bién del pre­go­ne­ro, que como un mal hijo tra­tó de tan ma­lí­si­ma ma­ne­ra a la que tam­bién es Ma­dre suya y tam­bién ma­dre del Al­cal­de, que no es­tu­vo a la al­tu­ra de ser al­cal­de y, me­nos aún, de ser al­cal­de de San­tia­go.

La Cons­ti­tu­ción Es­pa­ño­la re­co­no­ce como “fun­da­men­to del or­den po­lí­ti­co y de la paz so­cial la dig­ni­dad de la per­so­na, los de­re­chos in­vio­la­bles que lo son in­he­ren­tes, el li­bre desa­rro­llo de la per­so­na­li­dad, el res­pe­to de la ley y los de­re­chos de los de­más” (Art. 10); y más ade­lan­te, en­tre es­tos de­re­chos in­vio­la­bles, re­co­no­ce el de li­ber­tad re­li­gio­sa y de con­cien­cia (Art. 16), que no su­pe­di­ta al de ex­pre­sión, di­cho sin am­ba­ges. Art. 10 y Art. 16 cla­ra­men­te con­cul­ca­dos en un Es­ta­do de de­re­cho: ¿A qué se es­pe­ra o qué se es­pe­ra de una so­cie­dad que to­le­ra, con fal­sa to­le­ran­cia, el que se la so­ca­ve así en sus ci­mien­tos más pro­pios? Nada de lo que se dice en un ar­tícu­lo y otro ha sido res­pe­ta­do.

Esto nos con­du­ce por sen­das de rui­na y esto tam­bién es co­rrup­ción: la peor de las co­rrup­cio­nes, por­que es co­rrup­ción de las con­cien­cias, que co­rrom­pe a la so­cie­dad, el te­ji­do so­cial bien tra­ma­do y tra­ba­do para y so­bre el bien co­mún, in­se­pa­ra­ble del cum­pli­mien­to fiel de los de­re­chos fun­da­men­ta­les a los que alu­den ta­les ar­tícu­los cons­ti­tu­cio­na­les.
Que­brar es­tos ar­tícu­los es que­brar el or­den po­lí­ti­co, mo­ral y so­cial en que nos en­con­tra­mos y en­tra­ñan quie­bra pro­fun­da de hu­ma­ni­dad. El or­den so­cial se asien­ta so­bre el bien co­mún in­se­pa­ra­ble del or­den mo­ral, que se asien­ta so­bre la ver­dad. El víncu­lo en­tre la ver­dad, el bien y la li­ber­tad es cla­ve en el or­den mo­ral y, con­si­guien­te­men­te, tam­bién en la fun­da­men­ta­ción del “or­den po­lí­ti­co y de la paz so­cial” que te­ne­mos ga­ran­ti­za­do en nues­tra Cons­ti­tu­ción. El he­cho la­men­ta­bi­lí­si­mo ocu­rri­do en el pre­gón car­na­va­les­co de San­tia­go de Com­pos­te­la digo “car­na­va­les­co”, por­que fue más gro­tes­co que cuan­tas gro­tes­cas más­ca­ras y dis­fra­ces pue­dan dar­se en el más ín­fi­mo y con me­nos gra­cia y arte del peor de los car­na­va­les-, mues­tra, en­tre otras co­sas el gra­ví­si­mo pro­ble­ma que pa­de­ce­mos en Es­pa­ña, que tie­ne mu­cho que ver con la cri­sis de la ver­dad y con la co­rrup­ción de la idea y ex­pe­rien­cia de li­ber­tad.
El exal­tar la li­ber­tad has­ta con­si­de­rar­la como un ab­so­lu­to, como un fuer­za au­tó­no­ma in­di­vi­dual e in­so­li­da­ria y como vo­lun­tad de po­der que se im­po­ne so­bre los de­más sin lí­mi­te es uno de los pro­ble­mas más gra­ves con que nos en­fren­ta­mos y que nos con­du­ce al va­cío de la nada, como el pre­gón al que me es­toy re­fi­rien­do, in­com­pa­ti­ble con nues­tra Cons­ti­tu­ción, asen­tad y tra­ba­da por el víncu­lo de ver­dad de­re­chos- obli­ga­cio­nes-li­ber­ta­des. Es pre­ci­so res­pe­tar la Cons­ti­tu­ción para la paz so­cial.
Me so­li­da­ri­zo en­te­ra­men­te y sin fi­su­ra con las igle­sias o dió­ce­sis de San­tia­go de Com­pos­te­la y Za­ra­go­za, ul­tra­ja­das tam­bién en el pre­gón sin arte ni gra­cia al­gu­na del Car­na­val Com­pos­te­lano, al que tam­bién ha de­ni­gra­do. Me uno y uno la dió­ce­sis de Va­len­cia a su ora­ción de des­agra­vio ya las no­tas cla­ras y va­lien­tes, lle­nas de ca­ri­dad y jus­ti­cia cris­tia­na, de sus Ar­zo­bis­pos, mis que­ri­dos ami­gos y her­ma­nos D. Ju­lián y D. Vi­cen­te: es­toy en­te­ra­men­te con vo­so­tros, a vues­tro lado.
Como dije el año pa­sa­do a pro­pó­si­to de un caso si­mi­lar, qui­zá no tan gra­ve ni soez, acae­ci­do en Ca­na­rias, “con­fie­so que no se en­tien­de a es­tas al­tu­ras y en un país como el nues­tro con una Cons­ti­tu­ción tan ex­plí­ci­ta como la que te­ne­mos gra­cias a Dios su­ce­dan ta­les co­sas tan im­pu­ne­men­te; de­be­ría ha­cer­nos pen­sar a to­dos por­qué es­tán su­ce­dien­do es­tas co­sas en nues­tra so­cie­dad es­pa­ño­la”. Hoy ha sido San­tia­go de Com­pos­te­la, en otro mo­men­to ha sido Ca­na­rias, o Na­va­rra, o Va­len­cia; he­chos se­me­jan­tes está ocu­rrien­do a me­nu­do con to­tal im­pu­ni­dad. ¿Qué nos está pa­san­do?”. Esto tam­bién es co­rrup­ción y de la más dura. ¿Por qué no la ata­jan quie­nes tie­nen obli­ga­ción de ha­cer­la?
En cual­quier caso, per­mí­ta­me, Al­cal­de de San­tia­go de Com­pos­te­la que le diga: “No ha es­ta­do a la al­tu­ra que exi­ge ser al­cal­de de esa Ciu­dad, co­no­ci­da y re­co­no­ci­da en todo el mun­do por ser la Ciu­dad del Após­tol, y en torno a las pe­re­gri­na­cio­nes a su se­pul­cro se fra­guó Eu­ro­pa, y hoy es lo que es esa ciu­dad de la que us­ted fue ele­gi­do Al­cal­de de­mo­crá­ti­ca­men­te. Res­pe­te, al me­nos su ciu­dad, como re­cla­ma la de­mo­cra­cia de la que us­ted es miem­bro.
Fi­nal­men­te, hago mía la ora­ción de Je­sús en la Cruz, cuan­do ora­ba en ella por los que lo cru­ci­fi­ca­ron, lo con­de­na­ron y lo in­sul­ta­ros: “Pa­dre, per­dó­na­los por­que no sa­ben lo que ha­cen!. Vir­gen Ma­ría, Ma­dre de to­dos, y Após­tol San­tia­go, pa­dre de nues­tra fe, “per­do­nad­les, por­que no sa­ben lo que ha­cen, si lo su­pie­ran es­toy se­gu­ro que no lo ha­brían he­cho.
+ Card. An­to­nio Ca­ñi­za­res
Ar­zo­bis­po de Va­len­cia


Así no se puede vivir


                                           
              

Me planteo nacer para morir un día concreto y además conocerlo…

No, así no se puede vivir… ¿Cuántos años de juventud me quedan después de la adolescencia?, ¿17?

No será una muerte sosegada, tampoco tendré fármacos para el dolor; seré torturado, perderé carne y sangre a raudales, mi cara ensangrentada y golpeada me quitará la vista de mi ojo derecho y lo más trágico, no podré respirar con mis pulmones encharcados.

No, así no se puede vivir. No es humano saber lo que el hombre hará conmigo cuando esté comenzando a  madurar la vida.

¡Tenebroso futuro el mío! Y no pasará de mí ese cáliz más amargo que la hiel.

Mis amigos, mi madre, mi familia serán testigos y no podrán hacer nada para evitarlo… ¡Ni mi Padre puede! Puesto que de Él viene entregarme en favor de la humanidad; cortar mi vida para salvarles, dejar el amor de los míos y sufrir su dolor e impotencia…

No, así no se puede vivir, ni sonreír, ni esperar…  NO, YO NO PUEDO.

Pero Él, SÍ… Historia real, cruda, despiadada. Dicen que era Humano, que tenía Madre, amigos, que dormía, comía y Hablaba sin parar… Dicen tantas cosas grandes que el mundo cuenta los años desde su Nacimiento... Dicen que era Dios.

Sí, Dios era el único que podía soportar aquella vida programada en base a la maldad del hombre. ¡Qué terrible para Él haciéndose Hijo y Padre!, qué angustia desde el principio, callado hasta el final.

Desde entonces, cielo abierto y fuerza más gracia para facilitarnos el camino hacia la sublime eternidad.

No, no puedo entender al hombre después de esto, y ahí están, día y noche sin “tocar a Dios” y, pienso: 
  
El amor por nosotros era EXTREMO y sucedió. Desagradecido mundo ¡Cambiad!

Emma Díez Lobo                                                                                                     


jueves, 22 de febrero de 2018

No sé pedir



                                                                                                                
Jesús se pasaba el día orando y pidiendo en la oración: Paz, paciencia de santo y fuerza. Pues yo lo mismo, todo el día pidiendo…

Lo malo es que yo creo que “me paso” haciendo la lista y ¡Jopé! me digo, esto no puede ser, son demasiadas  cosas… Entonces, empiezo a reducir: Esto no, esto otro día, esto el Domingo que viene y ¡hala, nueva lista!... Al final, como al principio, la tira…

… Que si mis padres, que si los sacerdotes, que si los pobres, que si los del “purga”, que si los viejillos, que si las guerras, que si los amigos… Y por último, mi petición concreta; y lo mejor, no me hace ni caso, ¡a ver, lo entiendo!, con tanta petición, cuando llego a lo mío, como que Le he aburrido… Y así cada semana.

Si es que ¡No se pedir! 

- ¿A estas alturas? Anda, escucha: Pide por que mi Evangelio sea entendido y con un alma sólo que mire hacia Mí, me alegraré enormemente por él, también ora por las que se fueron. Después dime que necesita tu hijo, te aseguro que su esfuerzo será recompensado. Díselo de mi parte y a ver si un día viene y se lo digo en directo, porque siempre te envía a ti…  
  
- ¡Qué me vas a contar! Soy el “corre ve y dile” de todos los que no van y, pretenden  como si yo fuera Santa Teresa (que todo le salía genial), que salgan las peticiones…

En fin Señor, sé que conoces nuestras ansiedades y aunque sea por este medio, también podemos hablarte y decirte lo que nos pasa -yo, al menos, quiero saber pedir que no es poco-. Gracias por estar en “Microsoft Word”.

Se puede hablar con Dios de muchas maneras…   

Emma Díez Lobo
    

miércoles, 21 de febrero de 2018

Cua­res­ma: Ca­mi­nar con gozo ha­cia la Pas­cua






«Una vez más nos sale al en­cuen­tro la Pas­cua del Se­ñor. Para pre­pa­rar­nos a ce­le­brar­la, Dios nos ofre­ce cada año la Cua­res­ma que anun­cia y rea­li­za la po­si­bi­li­dad de vol­ver al Se­ñor con todo el co­ra­zón y con toda la vida. Con este men­sa­je de­seo ayu­dar a to­dos lo que con­for­ma­mos la Igle­sia a vi­vir con gozo y ver­dad este tiem­po de gra­cia». Así em­pie­za el men­sa­je del Papa Fran­cis­co para la Cua­res­ma de este año. Y así que­re­mos aco­ger­lo en nues­tra Igle­sia dio­ce­sa­na para vi­vir in­ten­sa­men­te este ca­mino ha­cia la Pas­cua.

El ca­mino de la Cua­res­ma, cua­ren­ta días des­de el Miér­co­les de Ce­ni­za has­ta el Jue­ves San­to, tie­ne un pro­fun­do tras­fon­do bí­bli­co vin­cu­la­do a gran­des acon­te­ci­mien­tos de la his­to­ria de la sal­va­ción. Cua­ren­ta días duró el di­lu­vio uni­ver­sal, al que si­guió la bo­nan­za y la paz; al igual que per­ma­ne­ció Moi­sés en el Si­naí, y su­ce­dió la en­tre­ga de la Ley y la Alian­za; cua­ren­ta años ca­mi­nó por el de­sier­to el pue­blo de Is­rael has­ta lle­gar a la Tie­rra pro­me­ti­da. Y cua­ren­ta días, se­gún los re­la­tos evan­gé­li­cos, Je­sús per­ma­ne­ció en el de­sier­to en ora­ción y ayuno, ven­cien­do al ten­ta­dor. Aho­ra no­so­tros, como Igle­sia, nue­vo Pue­blo de Dios, nos ire­mos pre­pa­ran­do, du­ran­te cua­ren­ta días, para vi­vir y ce­le­brar la Pas­cua del Se­ñor.

El Va­ti­cano II ha que­ri­do re­no­var este tiem­po con una nue­va vi­ta­li­dad. La Cons­ti­tu­ción so­bre la Li­tur­gia pro­po­ne que se res­tau­ren las ca­rac­te­rís­ti­cas pro­pias de la Cua­res­ma, re­cu­pe­ran­do su sen­ti­do pas­cual, bau­tis­mal y pe­ni­ten­cial; y re­co­mien­da al pue­blo cris­tiano que es­cu­che asi­dua­men­te la Pa­la­bra de Dios, ore y prac­ti­que el ayuno ex­terno e in­terno, in­di­vi­dual y so­cial, para lle­gar con gozo a la Pas­cua (cf. LG 109). En efec­to, la vida cris­tia­na no es otra cosa que ha­cer eco en la pro­pia exis­ten­cia de aquel di­na­mis­mo bau­tis­mal, que nos se­lló para siem­pre: mo­rir al pe­ca­do para na­cer a una vida nue­va en Je­sús, el Hijo de Ma­ría (Jn 12,24). La Cua­res­ma es un tiem­po pri­vi­le­gia­do para in­ten­si­fi­car el ca­mino de la pro­pia con­ver­sión, con una ver­da­de­ra re­no­va­ción in­te­rior. Este ca­mino su­po­ne coope­rar con la gra­cia para dar muer­te al hom­bre vie­jo que ac­túa en no­so­tros. Se tra­ta de rom­per con el pe­ca­do que ha­bi­ta en nues­tros co­ra­zo­nes, ale­jar­nos de todo aque­llo que nos apar­ta del Plan de Dios y por con­si­guien­te de nues­tra pro­pia y ver­da­de­ra fe­li­ci­dad.
Per­mi­tid­me que sub­ra­ye al­gu­nas re­fle­xio­nes de las que nos ofre­ce el Papa Fran­cis­co en el men­sa­je para la Cua­res­ma al que ya he alu­di­do. Él par­te de una ex­pre­sión de Je­sús en el Evan­ge­lio de Ma­teo: «Al cre­cer la mal­dad, se en­fria­rá el amor en la ma­yo­ría» (Mt 24,12). Es cuan­do Je­sús, res­pon­dien­do a al­gu­na pre­gun­ta de los dis­cí­pu­los, les ha­bla de la si­tua­ción en que po­dría lle­gar a en­con­trar­se la co­mu­ni­dad fren­te a al­gu­nos fal­sos pro­fe­tas, ca­pa­ces de «en­ga­ñar a mu­cha gen­te has­ta ame­na­zar con apa­gar la ca­ri­dad en los co­ra­zo­nes, que es el cen­tro de todo el Evan­ge­lio». El Papa, a par­tir de este pa­sa­je, nos pre­vie­ne des­cri­bien­do di­ver­sas for­mas que pue­den asu­mir tam­bién hoy los «fal­sos pro­fe­tas», «en­can­ta­do­res de ser­pien­tes» de los que se sir­ve el ma­ligno que «es men­ti­ro­so y pa­dre de la men­ti­ra» (Jn 8,44), «para pre­sen­tar el mal como bien y lo fal­so como ver­da­de­ro, a fin de con­fun­dir el co­ra­zón del hom­bre». Por ello, cada uno de no­so­tros «está lla­ma­do a dis­cer­nir y a exa­mi­nar en su co­ra­zón si se sien­te ame­na­za­do por las men­ti­ras»; y tam­bién «a re­co­no­cer qué co­sas son las que de­jan en nues­tro in­te­rior una hue­lla bue­na y más du­ra­de­ra, por­que vie­nen de Dios y cier­ta­men­te sir­ven para nues­tro bien».

Siem­pre co­rre­mos el ries­go de que se en­fríe en no­so­tros la ca­ri­dad. La Igle­sia, nues­tra ma­dre y maes­tra, nos pide en este tiem­po de Cua­res­ma dar al­gún paso en nues­tra con­ver­sión, a la luz de la Pa­la­bra de Dios, y nos ofre­ce el dul­ce re­me­dio de la ora­ción, la li­mos­na y el ayuno. La ora­ción «hace que nues­tro co­ra­zón des­cu­bra las men­ti­ras se­cre­tas con las cua­les nos en­ga­ña­mos a no­so­tros mis­mos, para bus­car fi­nal­men­te el con­sue­lo en Dios». El ejer­ci­cio de la li­mos­na «nos ayu­da a des­cu­brir que el otro es mi her­mano: nun­ca lo que ten­go es sólo mío. Cuán­to desea­ría, dice el Papa, que la li­mos­na se con­vir­tie­ra para to­dos en un au­tén­ti­co es­ti­lo de vida». Y el ayuno «nos des­pier­ta, nos hace es­tar más aten­tos a Dios y al pró­ji­mo, in­fla­ma nues­tra vo­lun­tad de obe­de­cer a Dios, que es el úni­co que sa­cia nues­tra ham­bre».

Os in­vi­to a vi­vir así el ca­mino de la Cua­res­ma. Si en mu­chos co­ra­zo­nes a ve­ces da la im­pre­sión de que la ca­ri­dad se ha apa­ga­do, «en el co­ra­zón de Dios no se apa­ga nun­ca. Él siem­pre nos da una nue­va opor­tu­ni­dad para que po­da­mos em­pe­zar a amar de nue­vo». Vi­va­mos esa nue­va opor­tu­ni­dad acom­pa­ñan­do a Je­sús en su Pa­sión, Muer­te y Re­su­rrec­ción, y vi­vien­do la ca­ri­dad de ma­ne­ra es­pe­cial con aque­llos que te­ne­mos más cer­ca o en el am­bien­te con­cre­to en que nos mo­va­mos. Yo de­seo y pido que al lle­gar a la Pas­cua, como tam­bién dice el Papa, «la luz de Cris­to, re­su­ci­ta­do y glo­rio­so, di­si­pe las ti­nie­blas de nues­tro co­ra­zón y de nues­tro es­pí­ri­tu, para que to­dos po­da­mos vi­vir la mis­ma ex­pe­rien­cia de los dis­cí­pu­los de Emaús: que des­pués de es­cu­char la Pa­la­bra del Se­ñor y de ali­men­tar­nos con el Pan de la Eu­ca­ris­tía nues­tro co­ra­zón vuel­va a ar­der de fe, es­pe­ran­za y ca­ri­dad».

+ Fi­del He­rráez
Ar­zo­bis­po de Bur­gos


martes, 20 de febrero de 2018

¿Dios, estás sordo?




      
                                                                      
- No, no lo estoy

- Pues como que no me haces ni caso… Parece que mis cosas no te importan porque no veo resultados “majos”.

- Las cosas que me pides las escucho, estoy ahí con tu pena y tribulación…

- ¡Anda y yo no paro de “tribularme”! y Tú lo puedes todo…

- ¿Tu eres de “mi pueblo”?, ¿no sabes que por cada lágrima, dolor o sufrimiento redimes culpa? Aún puedes soportar esa pena que te duele…

- Ya, pero dijiste: “Pedid y se os dará”… ¡Debo ser una completa calamidad porque me paso los años redimiendo!

- Oye, qué es por tu bien.

- ¿Entonces?, ¿no me queda otra?, o somos muchos y tengo turno…

- No, no estáis en fila y sí te queda “otra”. Sucede que no entiendes que significa confiar en mis designios para ti. ¿Sabes que todas las almas a Mí entregadas, sufrieron muchísimo y cuando vinieron a Mí, no pasaron por el “purga” (como tú dices) ni un segundo?, y un segundo son muchos años…

- Señor, entiéndeme, si hemos de sufrir toda la vida… Pues, como que no estoy muy de acuerdo. Tú dijiste que fuéramos felices. 

- Y en tu corazón lo eres porque estás Conmigo o ¿no?

- Bueeeeeeno, hay veces que ¡Ya te vale!... estamos hechos polvo.

- No te pido paciencia sino fe. Yo sé que sucederá en tu vida y vives en medio de “la libertad del mundo”, ahí entro Yo y actúo en ti.  

- Bueno, vale, me pongo en tus manos, no sea que me des lo que quiero y “me estrelle después con el coche”.

- Pues por eso. Reza (sé que lo haces) y ¡Mírame!

  Emma Díez Lobo