sábado, 16 de febrero de 2019

VI Domingo del Tiempo Ordinario





El reino de Dios privilegia a los cristianos empobrecidos

Jesús vivió pobre, austero. Valoró los bienes, no los despreció, pero  como medios para vivir y no como fin que determina la vida. Por eso en Nazaret vivió del trabajo de sus manos y durante su ministerio de las limosnas y hospitalidad que le ofrecían sus seguidores. Compartía la mesa con los que le invitaban a comer, incluso había quien le tachaba de “comilón y borracho” (Lc 7,34), pero por otra no tenía donde reclinar la cabeza (Lc 9,58). En este contexto llama bienaventurado a los pobres   en cuanto que viven en una situación que les facilita la entrada en el reino de Dios.

El evangelio de hoy se refiere a un caso concreto, pero que siempre tiene actualidad: los discípulos perseguidos y empobrecidos por su fidelidad al reino de Dios y, al contrario, declara en una situación desastrosa a los que viven con abundancia de bienes y entre alabanzas. Se trata de juicios existenciales. No es que las riquezas sean malas de forma que todos los ricos se condenan sino de situaciones concretas en que los que tienen bienes se dejan cegar y ensordecer por ellos y no acogen la palabra de Dios que invita a la conversión. El evangelio es luz que ilumina todo tipo de injusticia  y sal que purifica de ellas, por ello normalmente todo discípulo que es fiel va a tener problemas y rechazos, en cambio, vivir sin dificultades es señal de que su vida no ilumina ni purifica nada por lo que no crea rechazos. Por ello bienaventurado el empobrecido, que pasa hambre, que llora, que es perseguido, en cambio, ay de vosotros si os alaban (evangelio). En este caso la pobreza no es el mal absoluto que hay que evitar, solo es un mal relativo, que será ampliamente compensado con el reino de Dios y, por otra parte, es signo de fidelidad a Jesús.

El mensaje tiene mucha actualidad porque también hoy presentarse y actuar como cristiano puede implicar ser marginado en la vida política y en otras facetas de la vida social. Es una faceta del “negarse a sí mismo” del que sigue a Jesús, lo que implica que Jesús tiene que ser el primer valor para ser seguidor.
La eucaristía es un momento privilegiado en que renovamos y alimentamos nuestra opción existencial por Jesús y aceptamos todas las consecuencias

Dr. Antonio Rodríguez Carmona

jueves, 14 de febrero de 2019

El valor redentor del sufrimiento




El hombre ha buscado durante toda su existencia sobre la tierra solo una solución que pueda mitigar el dolor de los hombre, todas aquellas clases de sufrimiento que han llevado al ser humano a la más profunda tristeza a las más agonizantes horas de angustia y ansiedad. Siempre el dolor ha sido estigmatizado como la peor circunstancia por la cual puede pasar un ser viviente, es el preciso momento en nada funciona como queríamos que la vida nos come vivos, algunos son físicos mientras que otros son tan mortales que calan en el alma y no solo destruyen al hombre interno sino también al externo estos son llamados dolores espirituales, heridas de alma que no curan tan fácil con medicamentos. 

El sufrimiento hace parte de la identidad humana nuestra entrada está marcada por el sufrimiento desde el primer momento que dejamos la seguridad del vientre materno este es nuestro primer traumatismo hasta que nos marchamos y dejamos esta tierra, el ser humano llega a la vida marcado por el dolor y el sufrimiento darle la espalda al dolor es darle la espalda a nuestra propia realidad. 

Definitivamente este sufrimiento está ligado al mal y entonces la pregunta es ¿Por qué sufro? Y en medio de estas angustiantes preguntas solo podemos hacharle la culpa a Dios o simplemente las personas que más amamos terminan siendo víctimas de nuestra muerte en vida ¿Por qué hago sufrir al demás? y la pregunta correcta para nuestro sufrimiento seria ¿para qué sufro? Este ¿para qué? abarca una causa, una razón, y una finalidad. 

Víctor Franklin un gran psicoanalista quien dedicó toda su vida investigar sobre el sentido del dolor del hombre y quien estuvo en los campos de concentración nazi decía: “Lo único que hace la diferencia entre los que sobreviven donde otros están muriendo es que los que sobreviven le encuentran sentido a su dolor” Algunas personas de las que han sufrido situaciones adversas han encontrado alguna motivación para algunos de ellos fue su familia, para otros su hijos para otro poco sus esposas. Elizabet Hiulibert Rost también psicoanalista fue llamada “la mujer de la muerte” ya que dedico toda su vida acompañar enfermos terminales ella en algunas de sus visitas a estos enfermos visito algunas barracas nazis donde encerraban a los niños y descubrió que en las paredes habían orugas y mariposas pintadas ellos reconocían algo maravilloso que su muerte tan solo era el tránsito de la oruga que se convertía en una hermosa mariposa… 

El dolor y la cercanía a la muerte nos vuelve auténticos, nos hace libres solo es en las peores circunstancias donde realmente aprendemos a vivir la vida como verdadero regalo que se nos da como gracia a los hombres… Es allí donde el ser humano descubre que la vida es bella, es donde el hombre descubre su debilidad y se reencuentra realmente consigo mismo, es también donde aprendemos a crecer y a madurar…No sé qué te haga sufrir hoy…

No sé qué heridas haya en tu corazón… Pero solo quiero que sepas que jamás estas solo…Que Dios está contigo que él te ama, que jamás se ha olvidado de ti y que de seguro este sufrimiento pronto pasara todo depende con la valentía con que la asumas… 

Sé que ya pronto sabrás que sentido tenía todo esto que estás viviendo…No te desanimes y recuerda que “Fuerte no es que nunca cae sino el que cayendo aprende el motivo de su caída y se levanta” y si por alguna razón no crees en Dios entonces te invito a que viajes a lo más interno de ti y te preguntes ¿Cuál es tu motivación? y de seguro encontraras la respuesta para poder continuar... El hombre es un aprendiz: el dolor es su eterno maestro.



martes, 12 de febrero de 2019

¡Por la mañana sácianos de tu Misericordia, Señor!





Reflexiones al Salmo 89

Antes que naciesen los montes, o fuera engendrado el orbe, desde siempre y por siempre tú eres Dios…

Ya la Antífona inicial nos invita a saciarnos de Dios. Y es que la Palabra de Dios sacia todas las ansias del hombre. En el Evangelio de Marcos, (Mc 14, 13-21) no cuenta el milagro de “los panes y los peces”. Jesús en su predicación, llegada una hora  avanzada, ante el entusiasmo de la gente, que no se quiere ir, les pide que se recuesten en la hierba, - bellísima imagen de las ovejas  a la escucha de su Pastor -, y realiza el milagro. Y dice concretamente el Evangelio, que al comer el pan del milagro, que representa el Pan de la Palabra, “se saciaron”.
Pues, de esa misma forma, comienza el Salmo, pidiendo a Dios el saciarnos de las mieles dulcísimas de su Palabra.

Y dice el salmista, saciado de Dios, que él siempre ha estado ahí desde siempre…incluso cuando no le percibía, aun cuando no sentía su Presencia. Incluso, desde antes “que naciesen los montes”. Sabemos que los montes, en le lenguaje bíblico, representan los lugares donde habitan nuestros ídolos…Pues, incluso antes de que nuestros ídolos tomaran posesión de nuestro entender, ya Dios nos tenía presentes en su Pensamiento.

… ¡Cómo nos ha consumido tu cólera, y nos ha trastornado tu indignación!...” Pensemos que la expresión, que refiere a la cólera, o la ira, o la indignación de Dios, más que confundirnos con la idea de una determinada expresión divina que puede infundirnos temor, llevada del “color” de la imaginería oriental, que anuncia con imágenes lo que quiere expresar con palabras, revela una actitud de Dios, que se acerca al hombre para su purificación. Y resuelve la estrofa, con este hermoso versículo: “…pusiste nuestras culpas ante, ti, nuestros secretos ante la Luz de tu Mirada, y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera, y nuestros años se acabaron como un suspiro…” Es decir, a la luz del Evangelio, que es la Mirada de Dios, puestos nuestros pecados ante Él, florece el perdón, olvida el Señor las ofensas, y olvida nuestra vida anterior.

Por eso el salmista, llevado en las alas de Dios, pide: “…enséñanos a calcular nuestros años…”; son tantos los años baldíos sin su Presencia, que a lo mejor estamos aún en los pañales de un niño, esperando ese alimento, que “mana leche y miel…” como dirán los profetas.

Y suplica: “…baje a nosotros la bondad del Señor, y haga prosperas las obras de nuestras manos…”

Tomas Cremades Moreno

lunes, 11 de febrero de 2019

¿Necesidad o deseo?


                                                                                       

No equivoquemos necesidad con deseo. Cuando Jesús hizo el milagro de la pesca llenando las redes de peces, no satisfizo el deseo de unos pescadores, sino la necesidad de esos pescadores de pescar para vivir.  


En este Pasaje de Jesús, hay tres cosas  importantísimas:

 La FE. Dios te ayudará siempre y cuando confíes sin la menor duda.

La Necesidad. Cuando lo que pides es una “exigencia” importante a los ojos de Dios, para un bien mayor del alma o de su Ministerio. 

La Caridad. Dios te da y tú has de repartir su bien.

Él hizo cientos de milagros, ahí los tienes Escritos en Los Evangelios ¡Trasládalos a tu vida y los verás! Tal vez no te ponga un brazo que te falte, ni te quite de cuajo un Alzheimer, se trata de CONFIAR en ÉL y dejarle las manos libres. 
  
Qué triste que solo nos acordemos de Dios, como acto final y con mil dudas, cuando la vida nos da un revés. El mar no hizo caso a los apóstoles, sino a Dios.

Las redes se llenaron… ¡Cuantas veces te llenó a ti la vida! Y la caridad desapareció porque ya no te hacía falta Dios. Como católico no cumpliste… Y ¿Ahora quieres un milagro más? 
  
¡Benditos los que nada tienen y siguen adorando a Dios! Esa es su pesca, el amor que sienten agradecidos y además, lo difunden.

Si no tienes… Te dará y dando, recibirás. Pero ¿En qué “lugar” estabas tú?...


Emma Díez Lobo

domingo, 10 de febrero de 2019

Vocación al apostolado








        La salvación de la humanidad es obra de Dios por medio de hombres. El Hijo de Dios se hizo hombre y, con su vida consagrada a hacer la voluntad de Dios por amor, ha conseguido la salvación para todos. Y ha querido que los hombres continuaran su obra, ofreciendo su salvación a todos sus hermanos. Hoy la palabra de Dios nos recuerda que ser cristiano es ser apóstol.

        Primera lectura (vocación de Isaías) y Evangelio (vocación de Pedro) coinciden en presentar las características fundamentales del apóstol: una persona que tiene una doble experiencia, experiencia de la grandeza de Dios y experiencia de la propia pobreza; con esta doble experiencia está en condiciones de recibir y aceptar la vocación, pues la va a realizar apoyado en la fuerza de Dios, no en la propia. Isaías experimenta en una visión la grandeza de Dios santísimo y junto con ella experimenta su pobreza como criatura, indigna de estar en la presencia de Dios. Dios lo purifica, lo fortalece y lo envía. Igualmente, Simón experimenta el poder de la palabra de Dios, en cuyo nombre echó las redes y, junto a ella, su pobreza y debilidad. Entonces Jesús le invita a no temer y lo envía como pescador de hombres. La segunda lectura ofrece también de otra forma estos elementos, por un lado, Pablo tuvo una aparición de Jesús resucitado en la que experimentó su gloria, por otra, se siente indigno: “Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo.  Pues yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Más, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo”. (1 Cor 15,8-10).

Ambas experiencias son importantes, porque el enviado ha de ser un convencido del poder de la palabra de Dios que envía y que su fortaleza reside en este poder. Esta doble experiencia exige del enviado una gran intimidad con Jesús que le haga experimentar su poder y el poder de su palabra. San Marcos dice en otro lugar (3,14) que Jesús eligió a los doce primero para que” estuvieran con él” y después para enviarlos a predicar. Lo primero es estar con él, compartir su amistad y aprender de él. Así uno se convierte en testigo de Jesús. Por eso esta dimensión es fundamental. El apostolado no es oficio de propaganda sino un testigo que comparte la alegría de haber descubierto a Jesús y la salvación que ofrece.

El enviado, a pesar de ser consciente de su debilidad, ha de tener la osadía de realizar su tarea afrontando todas las dificultades, pues se apoya en el poder del Espíritu de Jesús que actúa por medio de su predicación. Pablo recuerda a los tesalonicenses que la predicación del evangelio la realizó “no sólo con palabras sino también con el poder del Espíritu Santo, con pleno convencimiento” (1 Tes 1,5): él predicó convencido y el Espíritu tocó los corazones. Esto ha de dar osadía al apóstol para hacer frente a las dificultades, como dice Pablo en la misma carta, “después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, confiados en nuestro Dios, tuvimos la osadía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas. “ (1 Tes 2,2). Y en otro lugar, “llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros...   Pero teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos, y por eso hablamos” (2 Cor. 4,7.13).

Cada celebración de la Eucaristía debe ser una renovación de la vocación. Por un lado, experiencia de la grandeza de Dios y de su salvación, por otro, experiencia de nuestra debilidad y necesidad de ser confortados con la gracia para ir a la misión. Las últimas palabras de la celebración eucarística son una invitación a ir a la misión para compartir con los hermanos la experiencia vivida.

D. Antonio Rodríguez Carmona

sábado, 9 de febrero de 2019

La fuerza del Evangelio





El episodio de una pesca sorprendente e inesperada en el lago de Galilea ha sido redactado por el evangelista. Lucas para infundir aliento a la Iglesia cuando experimenta que todos sus esfuerzos por comunicar su mensaje fracasan. Lo que se nos dice es muy claro: hemos de poner nuestra esperanza en la fuerza y el atractivo del Evangelio.

El relato comienza con una escena insólita. Jesús está de pie a orillas del lago, y la gente se va agolpando a su alrededor para oír la Palabra de Dios. No vienen movidos por la curiosidad. No se acercan para ver prodigios. Solo quieren escuchar de Jesús la Palabra de Dios.

No es sábado. No están congregados en la cercana sinagoga de Cafarnaún para oír las lecturas que se leen a al pueblo a lo largo del año. No han subido a Jerusalén a escuchar a los sacerdotes del Templo. Lo que les atrae tanto es el Evangelio del Profeta Jesús, rechazado por los vecinos de Nazaret.
También la escena de la pesca es insólita. Cuando de noche, en el tiempo más favorable para pescar, Pedro y sus compañeros trabajan por su cuenta, no obtienen resultado alguno. Cuando, ya de día, echan las redes confiando solo en la palabra de Jesús que orienta su trabajo, se produce una pesca abundante, en contra de todas sus expectativas.

En el trasfondo de los datos que hacen cada vez más patente la crisis del cristianismo entre nosotros, hay un hecho innegable: la Iglesia está perdiendo de manera imparable el poder de atracción y la credibilidad que tenía hace solo unos años. No hemos de engañarnos.

Los cristianos venimos experimentando que nuestra capacidad para transmitir la fe a las nuevas generaciones es cada vez menor. No han faltado esfuerzos e iniciativas. Pero, al parecer, no se trata solo ni primordialmente de inventar nuevas estrategias.

Ha llegado el momento de recordar que en el Evangelio de Jesús hay una fuerza de atracción que no hay en nosotros. Esta es la pregunta más decisiva: ¿Seguimos «haciendo cosas» desde una Iglesia que va perdiendo atractivo y credibilidad, o ponemos todas nuestras energías en recuperar el Evangelio como la única fuerza capaz de engendrar fe en los hombres y mujeres de hoy?
¿No hemos de poner el Evangelio en el primer plano de todo? Lo más importante en estos momentos críticos no son las doctrinas elaboradas a lo largo de los siglos, sino la vida y la persona de Jesús. Lo decisivo no es que la gente venga a tomar parte en nuestras cosas sino que puedan entrar en contacto con él. La fe cristiana solo se despierta cuando las personas se encuentran con testigos que irradian el fuego de Jesús.

Ed. Buenas Noticias



viernes, 8 de febrero de 2019

Rema mar adentro




Cuando terminó de enseñar a la gente le dijo a Simón. “Rema mar adentro y echad vuestras redes para la pesca”. A lo que Simón replicó: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada, pero por tu palabra echaré las redes”.

Podríamos simbolizar la tierra firme, para los cristianos, como aquellas cosas materiales que nos proporcionan una cierta defensa de lo mío y de los míos. Son una serie de avatares, ocupaciones, bienes, amigos, etc. a los que con suma frecuencia nos asimos como sinónimos de seguridad, protección, tranquilidad, estabilidad, etc. Todas estas, en sí mismas, no son malas y mucho menos pecaminosas, pero sí dejan ciertas adherencias en nuestro espíritu de tal forma que no permiten liberarnos adecuada y totalmente y no nos dejan volar a niveles superiores, nos subyugan, nos esclavizan y a su vez les entregamos todas nuestras fuerzas. Constituyen el grueso de la brega diaria de cualquier persona y por ende del cristiano. Son los quehaceres diarios, rutinarios la mayoría de las veces, que ocupan gran parte de nuestras vidas y que los sufrimos sin pena ni gloria.

En cambio el mar, podríamos utilizarlo como metáfora de aquella otra forma de vida más acorde y adecuada para una vida menos material y más espiritual. Sí a la brega diaria, pero levando anclas y desplegando velas, es decir, buscando lo liberalizador, lo trascendental lo que sosiega y da paz, esto es, lo espiritual.

Por ello el Maestro le dice a Simón que reme mar adentro. En realidad lo que le dice es que se aleje de lo terrenal y le dedique más tiempo a Dios. Que bregue por las cosas importantes y se vaya deshaciendo del lastre. No le pide que abandone su trabajo echad vuestras redes para la pesca, sino que lo haga de otro modo.

Simón se percata enseguida de la diferencia de la forma de trabajar y, a pesar de que está cansado de la brega de toda la noche, está presto y dispuesto a comenzar de nuevo con las recomendaciones que le ha dado el Maestro. Por ello le dice “…pero por tu palabra echaré las redes”. Ha encontrado el secreto para el bien bregar y este no es otro que hacerlo en nombre del Señor. Todo nuestro secreto para actuar correctamente en la vida es seguir haciendo las mismas cosas, pero en nombre del Señor. Nosotros ponemos de nuestra parte todo el interés en ese trajo rutinario, en las relaciones y convivencia con conocidos, amigos y familiares, la única diferencia es que todo ello lo ponemos en manos del Señor. Ese es el único secreto para obtener una pesca milagrosa: echar las redes, como Simón, por la palabra del Maestro.

Señor te ofrezco el trabajo diario, las relaciones con el prójimo, los sinsabores y las alegrías de cada día, también mi descanso y ocio, todo lo pongo en tus manos. Lo demás corre por tu cuenta, Tú sabrás si me conviene una pesca más o menos milagrosa. Tú sabrás cuántos peces podrá soportar mi pobre y desgastada barca.

Pedro José Martínez Caparrós

jueves, 7 de febrero de 2019

Último poema de Juan Ramón Jiménez




Partimos de Dios
en busca de Dios,
sin saber qué buscamos.

El dios con minúscula,
el dios bajo cielo,
el cielo que es mar,
sobre aire que es cielo,
¡entre aire y marcielo,
y que es pleamar, y que es pleacielo!

El dios deseante,
el dios deseado,
-¡el dios deseado y deseante!-
me trae este Dios,
un dios Dios tan DIOS
¡un dios: DIOS, DIOS, DIOS!
… que al cabo de todos los cabos,
que al borde de todos los bordes
un día encontramos.
Cada vez más suelto, y más desasido;
cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más!
a una libertad de puertas de Dios.
Y entonces una puerta se abre… y ¡más libertad!

Estoy pasando la cuerda,
la cuerda que Tú me has tendido,
Dios mío, mi dios, ¡Dios mío!
¡Dios mío, no soples, Dios!

Siento la inminencia del dios Dios,
del Dios con mayúscula,
-el que nos enseñaron cuando niños
y no aprendimos-.
¡Dios se me cierne en apretura de aire!

Se me está viniendo Dios
en inminencia de alma!
¡Se me está acercando Dios
en inminencia de amor!
¡Se me está llegando Dios
en inminencia de Dios!


miércoles, 6 de febrero de 2019

Sentido de la "misericordia".






La verdadera misericordia nada tiene que ver con paternalismos o maternalismos que hieren la dignidad de los pobres, ni con asistencialismos que descuidan la promoción responsable de los beneficiarios como sujetos de su propia liberación. Y es ofensiva del evangelio la conducta de quienes, para blanquear su conciencia manchada con negocios inmorales, hacen donativos a la Iglesia para que ayude a los pobres. Sin embargo, la misericordia como sentimiento de compasión ante la miseria de las personas y práctica liberadora en la superación de la misma, es hoy artículo de primera necesidad. Lo económicamente rentable se impone cada días más como ley única, y cada vez cuentan menos las personas que no tienen recursos porque no pueden y no saben. Por eso la tarea evangelizadora más importante de la Iglesia en esta situación es ser testigo de la misericordia.

Los cristianos necesitamos acoger esa misericordia que Dios mismo nos regala. No tenemos derecho ni motivos para deslizarnos por el mundo como alma en pena con la cara de poco redimidos. 

Mientras el fariseo que sube al templo para orar tratando de manipular a Dios es incapaz de recibir gratuitamente amor, el publicano que gusta la cercanía misericordiosa de Dios respira sentimientos de paz y de confianza. El buen  samaritano se inclina con amor hacia el expoliado junto al camino, porque antes acoge y se deja transformar por la misericordia de Dios que vibra cuando ve sufrir a los pobres. Más aún, si somos capaces de mirar con ojos limpios, la creación y la humanidad están, como dice el Vaticano II, "funda-mentadas y acompañadas por el amor del Creador y liberadas por Cristo". El mundo está trabajado ya por el Espíritu; en él brotan sentimientos y prácticas de misericordia antes de que la Iglesia llegue. Tarea y vocación de la comunidad cristiana es acoger estos signos históricos de gracia, trabajando para que las semillas den fruto. 



martes, 5 de febrero de 2019

Hablemos de la “lámpara”




                                                                         
Sí, de la luz que te da el Evangelio y no eres capaz de difundir nada.

- Oye, que yo soy devota del Cristo del Pardo y de la Virgen de la Macarena…

- Ya, y yo de Johan Strauss… Pero ¡vamos a ver!, de qué te sirve tanta “devoción” si no “iluminas” porque dices que cada uno tiene sus propias ideas privadas.

- ¿?

- ¡Qué es ser devoto para ti! ¿Qué te encanta la escultura de Gregorio Fernández?  Pues a mí también, pero eso no es llevar a Jesús en tu vida… Si lo llevaras, tal vez irías menos al Pardo y Leerías más sobre lo que el artista quiso representar, de lo cual pasas olímpicamente.

Llevar la luz de Cristo en tu corazón es verLe en la gente, tener la suficiente humildad para darte cuenta de que el mundo necesita de ti, de tu caridad y amor. Pero andas tan alejado…   

- Yo rezo y pido a Dios…

- No, si lo de pedir no me extraña, pero de dar… ¡Da El Evangelio! y ayuda a los ministros que hablan en su Nombre. ¿Por qué escondes la Bendita Luz de Dios? Yo te contesto: porque no te interesa o porque temes que te “califiquen de mojigato”. ¡Claro que esto sería un honor, si entendieras que significa llevar encendida la lámpara de Dios!

Reza sí, pero para que te ilumine porque ¡alma de cántaro! eres opaco como el aluminio, como si Dios no existiera más que en una urna de cristal… Qué gran escultura ¿eh?  

Sé devoto de su Palabra, sé devoto de su Resurrección y tal vez si lo intentas, un día llevarás esa luz que Dios espera la saques del trastero y la difundas.

Emma Díez Lobo
   

lunes, 4 de febrero de 2019

El arcén, el pedrusco… La tierra


                                         


              

¡Vaya parábola interesante!

- ¡Mundo! Os envío la semilla…

- Yo sigo andando… No me interesa, yo a lo mío que es más importante.

2º- ¡Anda, qué es esto! Qué curioso, a ver que dice… Bueno, me voy que tengo cosas que hacer…

- Jopé, por más que me pongo a ello, me interrumpen y me absorben como las turbinas, a ver si otro día…

- ¡Uy, qué descubrimiento! Alguien me quiere en verdad… Con tanta adversidad a mí alrededor, parece como si naciera una esperanza que resiste todo. Lo tengo que comunicar porque es espectacular. Siento una especie de calma invisible dentro de una gran responsabilidad.  

Y todos, excepto uno, siguieron su camino. El primero, se miró el “ombligo”. El segundo, dejó pasar la oportunidad y se olvidó. Al tercero le arrastraron y perdió la batalla. El cuarto, se paró, vio, acogió e interactuó con Dios.

- Ya os dejé mi semilla, pero solo uno se interesó, la plantó y se hizo voz de mi Voz. Solo uno temió por su vida después de la vida y Me siguió…

Y así se escribe la historia de la mayoría de los hombres, viviendo “por sus huesos” sin detenerse en Dios.     

  Emma Díez Lobo   


domingo, 3 de febrero de 2019

Educar la voluntad






Se abrió paso entre ellos (Lc 4,21-30)
No está de moda hablar de disciplina, esfuerzo o renuncia. Pocos se atreven hoy a mostrar la importancia que tiene en la vida la educación de una voluntad fuerte y recia. Vivimos más bien envueltos en eso que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas llamó «la filosofía del me apetece». Esa es la principal motivación que inspira la vida de no pocos: «no me apetece», «esto me va», «aquello no me gusta».
En pocos años, ha ido creciendo de manera alarmante el número de personas de voluntad débil, caprichosas y blandas, incapaces de proponerse metas y objetivos concretos. Hombres y mujeres inconstantes que giran como veletas según el viento del momento, llevados y traídos por lo que, en cada instante, les pide el cuerpo.
Buscan una vida cómoda y placentera, pero les espera un futuro difícil. En el amor no llegarán muy lejos, pues no saben lo que es renunciar, ni conocen la importancia del sacrificio y la dedicación al bien del otro. Son como niños consentidos y caprichosos que estropean cualquier relación basada en el amor y la entrega generosa.
Tampoco lograrán nada grande y noble en los demás aspectos de su vida. Nunca desarrollarán sus verdaderas posibilidades. Se instalarán en la mediocridad y arrastrarán, a donde quiera que vayan, su personalidad mal diseñada, fruto del abandono y la dejadez.
El hombre de hoy necesita recordar que la voluntad es un rasgo esencial del ser humano. Tanto como la razón. Incluso se ha de decir que el hombre con voluntad llega más lejos en su crecimiento personal que el hombre inteligente. Lo grande es casi siempre fruto de la determinación y la tenacidad. Educar la voluntad es un trabajo que requiere esfuerzo diario. Hay que utilizar herramientas tan concretas como la disciplina, el orden, la constancia y la ilusión. Hay que saber renunciar a la satisfacción de lo inmediato en función de metas futuras.
Pero merece la pena. Antes o después, van llegando los frutos. La persona se va haciendo más libre y más dueña de sí misma. No se doblega fácilmente a las dificultades. Su vida va alcanzando una madurez que enriquece a quienes encuentra en su camino.
El modelo más limpio lo encuentra el cristiano en ese Jesús capaz de ser fiel a su misión, a pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino. El evangelista Lucas nos dice que sus propios vecinos de Nazaret trataban de «despeñarlo», pero él «se abrió paso entre ellos» para continuar su tarea salvadora.
Ed.  Buenas Noticias

sábado, 2 de febrero de 2019

IV Domingo Tiempo Ordinario



Jesús, profeta rechazado

        Extraña la reacción de rechazo a Jesús inmediatamente después de la admiración de los nazaretanos. Realmente se trata de un cuadro simbólico compuesto por Lucas, adelantando la escena del rechazo de Nazaret (en Marcos y Mateo viene mucho más tarde),  con el fin de presentar lo que será el ministerio de Jesús en Galilea, tipificada en los nazaretanos: en un primer momento admiran a Jesús y más tarde lo rechazan. De esta forma ofrece otra característica de la obra de Jesús, profeta rechazado.

        La primera lectura recuerda que el rechazo es propio de la misión profética. Dios llama a Jeremías y le envía a oponerse a la política oficial de su época, en la que el rey y sus consejeros creen que la salvación del pueblo está en alianzas humanas con Egipto contra Babilonia. Pero Israel no es un pueblo más, es el pueblo de Dios y, como tal, su salvación está en la conversión y vuelta a Dios.  Fue un mensaje rechazado. Jesús explica su rechazo aludiendo al rechazo de los profetas.

        Los nazaretanos rechazan a Jesús por envidia aldeana, por egoísmo y por orgullo. En un pueblo pequeño todos se conocen, todos se ayudan, pero muchos se envidian y no toleran que uno, igual a ellos, destaque de una manera especial. Por otra parte, si es profeta dotado de poderes especiales, ¿por qué no se ha volcado entre ellos, realizando allí milagros y no en Cafarnaún? No tienen en cuenta que Dios es libre en sus favores, como pone de relieve la historia de Elías y Eliseo, haciendo favores a extranjeros. Finalmente, hay una expectación falsa que cree que si Dios les envía un mensajero, éste ha de aparecer con todo tipo de grandezas humanas. ¿Cómo es posible que sea el profeta anunciado por Isaías el hijo de José, que ha llevado una vida normal  entre nosotros durante 30 años? Olvidan que sus padres pidieron a Dios, cuando les hablaba entre truenos en el Sinaí, que les hablara por medios humanos, por Moisés. Dios aceptó y les prometió enviarles un profeta que hablara como ellos, un enviado que puedan comprender porque hablaba su mismo lenguaje. Este es Jesús. Pero lo rechazan y ante sus respuestas, se indignan e intentan despeñarlo por un precipicio. Pero él, abriéndose paso, seguía su camino. Con este dato Lucas alude al final del ministerio de Jesús, intentan acabar con él y lo crucifican, pero el Padre lo resucita y sigue su camino.  Lucas escribe en los años 80, iluminando  la situación que vive la Iglesia de su tiempo. Hay oposición e intentos de acabar con el cristianismo, pero el camino sigue adelante.

        Un poco más adelante Lucas dedicará una sección a reflexionar sobre la razón del rechazo entonces y ahora y presentará una serie de motivos que se resumen en orgullo. Orgullo religioso que rechaza a todo el que critique el puritanismo del que se cree sin pecado o que proponga una salvación diferente de la que él busca y predica. Orgullo que se manifiesta en el dogmatismo del que cree saberlo todo sobre Dios y rechaza a todo el que critique su imagen de Dios y de la vida religiosa. En el fondo se trata de personas que no aman vivir en la verdad de cara a Dios y prefieren vivir de cara a sus propios intereses. San Juan, en su evangelio, lo sintetiza en “el mundo”, que es imagen del ámbito del odio y la mentira, incompatible con el mundo de Jesús, que es amor y verdad.

        El rechazo es normal en la vida cristiana. Hoy Jesús y con él sus discípulos siguen siendo rechazados, a veces por desconocimiento de su obra, que ha llegado a ellos de forma deformada y falsa, a veces conscientemente, como consecuencia de una ideología que profesa valores anticristianos y ve en el cristianismo un obstáculo a liquidar, como puede ser hoy la ideología de género. Por eso los cristianos no han de extrañarse y, recordando la parábola de la cizaña, han de evitar dedicarse a “arrancar cizaña” y se han de centrar en continuar dando razón de su fe con paciencia. Puede que haya situaciones difíciles, pero el triunfo final es de Jesús, que “continuará su camino”.

        En la Eucaristía celebramos a la vez el rechazo y la resurrección de Jesús.

  
D. Antonio Rodríguez Carmona






viernes, 1 de febrero de 2019

«Enaltece a los humildes»




El Magníficat es un cántico que revela, en filigrana, la espiritualidad de los «anawim» bíblicos, es decir, de los fieles que se reconocen pobres, no sólo por el desprendimiento de toda idolatría de las riquezas y del poder, sino también desde la profunda humildad de corazón, despojado de toda tentación de orgullo, abierto a la irrupción de la salvadora gracia divina. Todo el Magníficat está, en efecto, marcado por esta situación de humildad y pobreza concretas...

     El alma de esta oración es celebrar la gracia divina que ha hecho irrupción en el corazón y la existencia de María, haciendo de ella la Madre del Señor...: la alabanza, la acción de gracias, el  júbilo agradecido. Pero este testimonio personal no es solitario ni intimista, puramente individualista, porque la Virgen es consciente de que tiene una misión que cumplir para la humanidad y que su historia personal está dentro de la historia de salvación... Por esta alabanza al Señor, la Virgen da su voz a todas las criaturas rescatadas que, en su “hágase”, y en la persona de Jesús nacido de la Virgen María, encuentran la misericordia de Dios... Es como si la voz de María, se asociara a toda la comunidad de fieles que celebran las sorprendentes elecciones de Dios...

     Es evidente la forma de comportarse del Señor de la historia: se pone en la hilera, al lado de los últimos. Su proyecto es un proyecto a menudo escondido bajo el terreno opaco de los quehaceres humanos, que ven triunfar a «los soberbios, los poderosos, los ricos». Y sin embargo, su fuerza secreta está, finalmente, destinada a ser desvelada, para mostrar quienes son los verdaderos preferidos de Dios: «Los que le temen», fieles a su Palabra; «los humildes, los hambrientos, Israel su siervo», es decir, la comunidad del Pueblo de Dios que, como María, está constituida por aquellos que son «pobres», puros y sencillos de corazón.

Benedicto PP XVI