jueves, 14 de diciembre de 2017

Te vuelvo a contar


                                                                                         
¡Qué poco tardaste en contestar! Me has enviado unas palabras de luz ¿Sabes?, me dijo de Tu parte que había personas a las que les gustaba mi modo de escribir para decir lo que hablo Contigo o de Ti.

 ¡Ya ves, mi bombilla es ahora de 40 watios! No es que irradie ráfagas ya lo sé, pero me emociona, pues con los años los “rebuscamientos palabriles ex cátedra” desaparecen como los calcetines, nunca más los vuelves a ver.  

Ese “enviado” dice que no quieres hacer un pacto de paz en su dolor, y ¿eso?, porfa Dios, manda a decirle que no desespere que llegará un día genial (pero aquí en la tierra, no Te vayas a lo celestial aún) que verá una nueva Gracia grandiosa como puede ser la felicidad en el sufrimiento (no creo que Tú lo pasaras genial). Yo Te doy una idea, después Tú… Ya sabes que llevar las penas con alegría, pues como que no nos sale. Sería un verdadero milagro.

¡Pero espeeeera, que no queremos sufrir siempre ¿eh?! A ver si me vas a entender mal y nos pasamos el día hechos polvo pero contentos… No, no, Te digo que lo que venga sea un poco temporal, como la corriente alterna, Tú me entiendes.

-¡MARÍÍÍÍÍA!,  que dice Dios que las peticiones a Ti  

- ¡Dios!, María lleva la petición del pacto para mi amigo.

Sería el “más mejor” regalo de Navidad para los que sufren sin tregua.

Gracias a los Dos.   
      
Emma Díez Lobo





lunes, 11 de diciembre de 2017

Vo­ces que gri­tan al hom­bre ac­tual



Nos en­con­tra­mos en un mo­men­to de nues­tra his­to­ria en el que es­ta­mos es­cu­chan­do di­ver­sas vo­ces que gri­tan a nues­tros oí­dos y a nues­tra con­cien­cia men­sa­jes tan­tas ve­ces con­tra­dic­to­rios, que nos ha­cen es­tar con­ti­nua­men­te en vela para sa­ber ha­cer un dis­cer­ni­mien­to, y po­der de­ci­dir­nos acer­ta­da­men­te por las que es­tán de acuer­do con nues­tros prin­ci­pios más pro­fun­dos y per­so­na­les y con las creen­cias más arrai­ga­das en no­so­tros.

Voces que gri­tan men­sa­jes mate­ria­lis­tas, que po­nen en lo ma­te­rial el ma­yor, e in­clu­so el úni­co, de los valo­res por los que lu­char; mo­de­los exis­ten­cia­les para quie­nes lo úni­co, o al me­nos lo más im­por­tan­te, es lo mate­rial, te­ner más, el en­ri­que­ci­mien­to fá­cil, aun­que sea a cos­ta de lo que sea.

Vo­ces que tra­tan de orien­tar nues­tra vida ha­cia el más ra­di­cal de los in­di­vi­dua­lis­mos y de los egoís­mos.
Nos atur­den las vo­ces de un mun­do sin Dios, que in­fra­va­lo­ra y des­pre­cia todo cuan­to se re­fie­ra a Dios, a la fe, a la tras­cen­den­cia, a la otra vida, etc.
Vo­ces que em­bo­tan nues­tra men­te y nues­tra vida con la lla­ma­da al pla­cer, a pa­sar­lo bien a cos­ta de lo que sea, in­clu­so a pa­sar por en­ci­ma de to­dos los de­más va­lo­res, a pa­sar por en­ci­ma de los de­re­chos y el res­peto que de­be­mos a los de­más, con tal de que no­so­tros lo­gre­mos nues­tra co­mo­di­dad, unos po­cos mo­men­tos de fe­li­ci­dad, de pla­cer, aun­que lue­go el va­cío que deja en nues­tro co­ra­zón sea mu­cho ma­yor que la fe­li­ci­dad y el pla­cer del que he­mos dis­fru­ta­do.
Vo­ces y vo­ces, gri­tos y gri­tos que se han em­pe­ña­do en ha­cer ol­vi­dar al hom­bre su ori­gen y su des­tino; ha­cer ol­vi­dar al ser hu­mano que vie­ne de Dios que le ha crea­do, le ha re­di­mi­do y si­gue ofre­cién­do­le su amor, a pe­sar de sus in­fi­de­li­da­des y pe­ca­dos.
Pero jun­to a es­tas vo­ces pro­ce­den­tes de un mun­do y de una so­cie­dad in­di­fe­ren­te a Dios y a la fe en Él, reci­bi­mos tam­bién, aun­que sea en me­dio de la es­pe­su­ra de un bos­que mun­dano que las re­du­ce y las hace so­nar con me­nos po­ten­cia e in­ten­si­dad, las vo­ces que nos vie­nen del Evan­ge­lio, la voz del que gri­ta en el de­sier­to: «Pre­pa­rad el ca­mino al Se­ñor» (Mc 1, 1–2); la voz que nos lle­ga de la Igle­sia que nos lla­ma a de­jar en­trar a Dios en nues­tra vida per­so­nal, fa­mi­liar y so­cial.

Es la voz de tan­tos már­ti­res ac­tua­les que de­fien­den su fe fren­te a quie­nes quie­ren aca­llar­la o lle­var­los por otros ca­mi­nos, que gri­tan al co­ra­zón del hom­bre al que solo el en­cuen­tro con Je­sús les ha dado sen­ti­do a su vida y no es­tán dis­pues­tos a re­nun­ciar a Él por nada ni por na­die.
Es la voz de tan­tos cris­tia­nos ac­tua­les, si­len­cio­sos, que, jun­to a no­so­tros, gri­tan con su tes­ti­mo­nio de vida que su fe en Cris­to es lo más im­por­tan­te para ellos.
Es el gri­to de to­das esas per­so­nas que lu­chan por la de­fen­sa de la vida, por la jus­ti­cia en medo de un mun­do in­jus­to, por la hon­ra­dez en me­dio de un mun­do de tra­pi­cheos, por la au­ten­ti­ci­dad en me­dio de un mun­do de co­rrup­ción.
Todo este cú­mu­lo de gri­tos que per­ci­bi­mos de un lado y de otro, que pro­vie­nen de las más va­ria­das si­tua­cio­nes de la vida, nos ha­cen a noso­tros como cris­tia­nos una lla­ma­da a dis­cer­nir dón­de es­ta­mos no­so­tros y dón­de que­re­mos es­tar. Si que­re­mos vi­vir una Na­vi­dad tan pa­ga­na como la vive gran par­te de nues­tro mun­do, o que­re­mos obe­de­cer la voz de quien nos in­vi­ta a pre­pa­rar el ca­mino al Se­ñor que quie­re ve­nir a no­so­tros. Si que­re­mos que Dios naz­ca en nues­tro co­ra­zón o siga sien­do el gran au­sen­te de nues­tra vida, por­que nues­tro co­ra­zón está lleno de otras co­sas que no de­jan ca­bi­da a Dios ni a nues­tra fe en Él.
 + Ge­rar­do Mel­gar
Obis­po de Ciu­dad Real


domingo, 10 de diciembre de 2017

Te cuento

                                                           
                 

Señor mío ¿sabes? Estoy cansada y no sé cómo animar mi esperanza, mi desazón, mi “caminar por la misma calle” un día tras otro, sin cambios, sin novedad, sin amor cómplice, sin que te agarren la mano o te den un beso.

Estoy cansada de “soledad” y de esfuerzo en el trabajo, cuando a mi edad debería descansar y disfrutar de la compañía de quien compartió mi vida (nos abandonó).

Señor, estoy cansada, no veo una luz que me emocione… Es un revivir las necesidades de la primera independencia, pero ahora sin fuerzas ni ganas.

Rezo y me mantengo en la línea plana de la vida… ¿Cuándo me darás una ilusión?, ¿Cuándo una esperanza?

¿Sabes? Quiero tener alegría dentro de mí sin dejar de darte las gracias por no tener graves amarguras. Sé y reconozco que es un regalo de paz, pero quisiera hacer tantas cosas en compañía…

Es verdad, dijiste “Paz a vosotros” y por varios lados la tengo, pero me siento gris, llana, lacia, sin luz ¡Qué desastre!, debería ser luz del mundo y no soy más que una bombilla de 15 watios.

Tal vez es lo que toca, tal vez no sea así y sucede para mirarte más de cerca, tal vez… Sé que lo averiguaré cuando Tú quieras.  
  
Lléname de esperanza ya que todo lo ves y sabes el por qué. Gracias por escuchar mis “tonterías” después de lo que pasa en el mundo, que es brutal.

Madrid, Diciembre 2017 


  Emma Díez Lobo

sábado, 9 de diciembre de 2017

II Domingo de Adviento





Preparad un camino al Señor: esperanza y conversión

Juan Bautista fue precursor de Jesús y lo sigue siendo en todos los tiempos. La razón es que recuerda a todas las generaciones la importancia de la esperanza y la conversión para conocer y aceptar a Jesús. El Evangelio presenta a Juan a la luz de una promesa del AT (cf. 1ª lectura) con lo que se está diciendo al lector que su actuación es cumplimiento de lo que Dios ha prometido y que por tanto Dios es fiel y vale la pena fiarse y esperar en él. La misma presencia de Juan es una enseñanza de esperanza. Por otra parte, el mensaje de Juan es conversión como condición para recibir al Mesías.

Por un lado, la esperanza es fundamental en la vida cristiana, junto con la fe y el amor, que están fundadas unas sobre otras: amo y me entrego a los demás  porque espero y creo; espero porque creo.
        Humanamente la persona humana es un ser finito, pero con sed de infinito y  abierto a él, y suple las carencias actuales con la esperanza y la ilusión de un futuro mejor. Una persona que no espera es una persona muerta. La esperanza cristiana confirma y potencia esta apertura a la plenitud. Su fundamento es la promesa divina que ha prometido la plena felicidad. No una plena felicidad abstracta, sino concreta y personalizada en la persona de Jesucristo resucitado que nos une al Padre. Así somos felices los humanos: nos alegra la perspectiva del volver a la casa, no tanto por los bienes que pueda tener consigo la casa sino porque en ella vamos a encontrar las personas que amamos y nos aman; igualmente deseamos el cielo porque allí amaremos plenamente a Jesús y seremos plenamente amados por él. Para Pablo el cielo es “estar siempre con el Señor” (1 Tes 4,18).

El cristiano espera porque cree. Por ello es necesario alimentar la esperanza recordando las promesas divinas contenidas en la Biblia (lo hace la liturgia en las primeras lecturas del tiempo de Adviento), y junto a esto, tener siempre presente estas promesas como  fundamento de nuestra esperanza, que la diferencia de las expectativas humanas. En la expectativa se espera de acuerdo con las posibilidades reales de una situación, en la esperanza se espera porque Dios fiel y poderoso lo ha prometido. Como Abraham “esperamos contra toda expectativa humana” (Rom 4,18).

Evitar el peligro de rebajar las metas de la esperanza: si Dios ha prometido un mundo nuevo, es posible y hay que cooperar para que venga; si ha prometido nuestra plena transformación personal, hay que colaborar para que sea realidad, sin rebajas y sin poner imposibles en nuestra vida; si ha prometido una comunidad eclesial, hay que colaborar para que sea realidad. Naturalmente, nuestra colaboración se realiza en la pobreza de los pequeños pasos y así hay que asumirlo, sin desánimos ni rebajas. La experiencia de las pobres realidades tiende a desanimar y se puede convertir en enemiga de la esperanza. Tener siempre presente que para las promesas de Dios nada es imposible (Lc 1,37; 18,27).

Por otro lado, la conversión. Convertirse significarse literalmente “dar media vuelta”, dejar de mirar y caminar a un lado para mirar y caminar al opuesto. Por una parte, es dejar una vida totalmente orientada a uno mismo, a sus intereses egoístas y al pecado, centrada en la propia autosuficiencia. Por otra parte, es volverse totalmente a Dios y a sus planes sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros. Adviento es tiempo de conversión en que la Iglesia nos invita a una conversión personal y comunitaria  que debe culminar en la celebración del sacramento de la penitencia.

Solamente una persona que espera y se convierte está en condiciones de recibir a Jesús. El cristiano ya ha aceptado a Jesús. El ciclo adviento-navidad, recordando la primera venida de Jesús,  invita a profundizar en esta tarea de “cristificarse”, pensando, deseando, hablando y actuando como Jesús, tarea que culminará en la parusía del Señor.

Cada Eucaristía es una llamada a la conversión y a la esperanza, pues invita a unirse plenamente a Jesús que se entrega al Padre, término de la conversión,  además hace sacramentalmente presente el objeto de la esperanza, Cristo resucitado, y alimenta para conseguirlo.


Dr. don Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 8 de diciembre de 2017

El Se­ñor vie­ne




Es­tos días todo nos ha­bla de la cer­ca­nía de la Na­vi­dad. El am­bien­te de las ca­lles de nues­tros pue­blos y ciu­da­des, los pla­nes que las fa­mi­lias se ha­cen para po­der en­con­trar­se du­ran­te es­tas fies­tas, los pre­pa­ra­ti­vos para las ce­le­bra­cio­nes fa­mi­lia­res… todo nos in­vi­ta a su­mer­gir­nos en un rit­mo que tie­ne algo de es­pe­cial y que hace que es­tas fe­chas sean di­fe­ren­tes al res­to del año.

En al­gu­nas cir­cuns­tan­cias de la vida las per­so­nas, casi sin dar­nos cuen­ta, cae­mos muy fá­cil­men­te en una ten­ta­ción: cuan­do nos pre­pa­ra­mos para un acon­te­ci­mien­to im­por­tan­te, nos preo­cu­pa­mos tan­to de los pre­pa­ra­ti­vos de la ce­le­bra­ción, que lle­ga­mos a ella can­sa­dos y con ga­nas de que ter­mi­ne todo. La ex­ce­si­va preo­cu­pa­ción en pre­pa­rar las co­sas nos pue­de im­pe­dir dis­fru­tar de lo que real­men­te de­be­ría ser fun­da­men­tal. La ob­se­sión por los me­dios nos pue­de lle­var a ol­vi­dar que lo esen­cial es el fin. Las ce­le­bra­cio­nes se dis­fru­tan más cuan­do más sen­ci­lla es la pre­pa­ra­ción. Con las fies­tas de Na­vi­dad ocu­rre esto cada vez con más fre­cuen­cia: mu­chos lle­gan a ellas can­sa­dos y con ga­nas de que pa­sen cuan­to an­tes. Una pre­pa­ra­ción in­co­rrec­ta pue­de des­fi­gu­rar la ce­le­bra­ción.

Cier­ta­men­te he­mos de re­co­no­cer que no es fá­cil ais­lar­se de este am­bien­te, pero los cris­tia­nos no de­be­ría­mos de­jar­nos arras­trar por él. Sin ale­jar­nos del mun­do con­cre­to en el que vi­vi­mos, he­mos de in­ten­tar bus­car es­pa­cios para no ser en­gu­lli­dos por las co­sas, tan­to en es­tos días que pre­ce­den a la Na­vi­dad como en los que la li­tur­gia de la Igle­sia nos ayu­da a en­trar en el mis­te­rio del Na­ci­mien­to del Se­ñor. Para ayu­dar­les a vi­vir las fies­tas con ojos de fe me per­mi­to ofre­cer­les unas su­ge­ren­cias con­cre­tas.
En pri­mer lu­gar me gus­ta­ría ani­mar­les a que du­ran­te el tiem­po de ad­vien­to avi­ve­mos cada día en no­so­tros, es­cu­chan­do y me­di­tan­do la Pa­la­bra de Dios, el de­seo de que el Se­ñor en­tre en el co­ra­zón de los hom­bres. Si con­tem­pla­mos la reali­dad que nos ro­dea, cier­ta­men­te ve­mos mu­chos sig­nos de la pre­sen­cia de Cris­to en tan­tos hom­bres y mu­je­res que son un tes­ti­mo­nio de amor, de per­dón y de paz. Pero tam­bién des­cu­bri­mos que Cris­to es para mu­chos al­guien to­tal­men­te des­co­no­ci­do, y que su men­sa­je de mi­se­ri­cor­dia y de re­con­ci­lia­ción no aca­ba de ser reali­dad en nues­tro mun­do. Que el Advien­to sea un tiem­po para cre­cer en el de­seo de que la pre­sen­cia del Se­ñor sea más in­ten­sa en la hu­ma­ni­dad.
No ol­vi­de­mos tam­po­co que las per­so­nas son más im­por­tan­tes que las co­sas, y eso tan­to en nues­tra re­la­ción con el Se­ñor como con los de­más. En Na­vi­dad ce­le­bra­mos que el Hijo de Dios vino al mun­do para ha­cer­se her­mano de to­dos los hom­bres. Para aco­ger a Cris­to, lo im­por­tan­te no es que pre­pa­re­mos mu­chas co­sas, sino que nos pre­pa­re­mos no­so­tros. Y para en­con­trar­nos con nues­tros fa­mi­lia­res y ami­gos, lo real­men­te bo­ni­to se­ría que nos pre­pa­rá­se­mos po­nien­do unión don­de haya di­vi­sio­nes y per­dón don­de haya ha­bi­do ofen­sas.
Con mi ben­di­ción y afec­to,
+ En­ri­que Be­na­vent Vidal
Obis­po de Tor­to­sa

jueves, 7 de diciembre de 2017

In­ma­cu­la­da, una con­cep­ción sin man­cha





El tiem­po de Ad­vien­to ya co­men­za­do, con­tie­ne dos lla­ma­das im­por­tan­tes que afec­tan a la fe con­cre­ta de los ca­tó­li­cos y de aque­llos que nos quie­ran es­cu­char: La ce­le­bra­ción de la Con­cep­ción In­ma­cu­la­da de la Ma­dre de Je­sús y su dis­po­si­ción a re­ci­bir en no­so­tros a Cris­to, siem­pre pero tam­bién en esta Na­vi­dad, y ha­cer­lo no­so­tros como Ella.

No sé si com­par­ti­mos el in­ten­so gozo es­pi­ri­tual que ex­pre­sa el poe­ta Dan­te cuan­do con­tem­pla a la Vir­gen Ma­ría como “La más hu­mil­de y a la vez la más alta de to­das las cria­tu­ras, tér­mino fijo de la vo­lun­tad eter­na” (Pa­raí­so, XXX III, 3). En Ma­ría res­plan­de­ce la eter­na bon­dad del Crea­dor que, en su plan de sal­va­ción, la es­co­gió de an­te­mano para ser Ma­dre de su Hijo Uni­gé­ni­to y, en pre­vi­sión de la muer­te de Él, pre­ser­vó a Ella de toda man­cha de pe­ca­do. Ya sa­be­mos, sin duda, el con­te­ni­do del dog­ma de la In­ma­cu­la­da. Pero tal vez no he­mos sa­ca­do to­das sus con­se­cuen­cias para nues­tra vida. ¿Les im­por­ta con­si­de­rar con­mi­go al­gu­nas de es­tas con­se­cuen­cias con la mi­ra­da so­bre Ma­ría, la In­ma­cu­la­da?

En la Ma­dre de Cris­to y Ma­dre nues­tra se reali­zó per­fec­ta­men­te la vo­ca­ción de todo ser hu­mano: to­dos, hom­bres y mu­je­res, es­ta­mos lla­ma­dos a ser san­tos e in­ma­cu­la­dos ante Dios por amor. Pero, ¿quién pue­de lle­gar a esta cum­bre? Cier­ta­men­te es di­fí­cil; y cuan­do lo com­pro­ba­mos pue­da ser que nos des­ani­me­mos: “Me­jor lo de­ja­mos”, di­cen mu­chos. Esto es lo que quie­re nues­tro mun­do, tre­men­da­men­te me­dio­cre y tan­tas ve­ces in­ca­paz de ha­cer es­fuer­zo. No, her­ma­nos, al mi­rar a la Vir­gen se avi­va en no­so­tros, sus hi­jos, la as­pi­ra­ción a la be­lle­za, a la bon­dad y a la pu­re­za de co­ra­zón. Su can­dor ce­les­tial nos atrae ha­cia Dios, ayu­dán­do­nos a su­perar la ten­ta­ción de una vida me­dio­cre, he­cha de com­po­nen­das con el mal, para orien­tar­nos con de­ter­mi­na­ción ha­cia el au­tén­ti­co bien, que es fuen­te de ale­gría.
Des­pués de ce­le­brar la fies­ta de la In­ma­cu­la­da, en­tra­re­mos en esos días de su­ges­ti­vo cli­ma de pre­pa­ra­ción para la Na­vi­dad. Cli­ma que, por des­gra­cia, su­fre todo un em­ba­te de con­ta­mi­na­ción co­mer­cial, que co­rre el pe­li­gro de al­te­rar el au­tén­ti­co es­pí­ri­tu, que ha de ca­rac­te­ri­zar­se por el re­co­gi­mien­to, la so­brie­dad y una ale­gría no ex­te­rior sino ín­ti­ma. Mi­ren us­te­des la ilu­mi­na­ción de nues­tras ciu­da­des y pue­blos y com­pro­ba­rán que con mu­cha fre­cuen­cia son lu­ces, ador­nos… pero que no alu­den di­rec­ta­men­te a la fies­ta que ce­le­bra­mos, pues se que­dan en or­na­men­ta­ción que pue­de va­ler para cual­quier fies­ta de in­vierno. No acep­ten, por fa­vor, ese frau­de.
En este sen­ti­do, es pro­vi­den­cial que la fies­ta de la Ma­dre de Je­sús se en­cuen­tre casi como puer­ta de en­tra­da a la Na­vi­dad, pues­to que Ella me­jor que na­die pue­de guiar­nos a co­no­cer, amar y ado­rar al Hijo de Dios he­cho hom­bre. De­je­mos, pues, que Ella nos acom­pa­ñe; que sus sen­ti­mien­tos nos ani­men, para que nos pre­pa­re­mos con sin­ce­ri­dad de co­ra­zón y aper­tu­ra de es­pí­ri­tu a re­co­no­cer en el Niño de Be­lén al Hijo de Dios que vino a la tie­rra para nues­tra re­den­ción y fe­li­ci­dad. Ca­mi­ne­mos jun­ta­men­te con Ella en la ora­ción, y aco­ja­mos la re­pe­ti­da in­vi­ta­ción que la Li­tur­gia de Ad­vien­to nos di­ri­ge a per­ma­ne­cer en vela, por­que el Se­ñor no tar­da­rá: vie­ne a li­brar a su pue­blo del pe­ca­do.
¿Por qué no ce­le­brar con ese es­pí­ri­tu la fies­ta de San­ta Ma­ría, Ma­dre de Dios, el 18 de di­ciem­bre, pues­to que es po­si­ble ha­cer­lo en la Ar­chi­dió­ce­sis de To­le­do en Rito His­pano-Mo­zá­ra­be? Ella nos pre­pa­ra­rá para tan gran mis­te­rio, pues es Vir­gen de la Es­pe­ran­za, Vir­gen de la O, y es­ta­mos se­gu­ros que rue­ga por no­so­tros.
 + Brau­lio Ro­drí­guez Pla­za
Ar­zo­bis­po de To­le­do y Pri­ma­do de Es­pa­ña


«La In­ma­cu­la­da Con­cep­ción de la Vir­gen Ma­ría»


Con el Ad­vien­to, ini­cia­mos un nue­vo año li­túr­gi­co, un nue­vo ca­mino del Pue­blo de Dios con Je­su­cris­to y acom­pa­ña­dos de Ma­ría. Ella nos en­se­ña a es­pe­rar la ve­ni­da de su Hijo. Es el mo­men­to de de­jar­nos guiar por Ma­ría.

La Vir­gen apa­re­ce en la pe­num­bra del Ad­vien­to como la flor más lu­mi­no­sa que nos da es­pe­ran­za. El Ad­vien­to es el tiem­po ma­riano por ex­ce­len­cia. En este sen­ti­do, en el inicio de este tiem­po li­túr­gi­co ce­le­bra­mos la so­lem­ni­dad de la In­ma­cu­la­da Con­cep­ción, en la que el pue­blo cris­tiano ce­le­bra que Ma­ría fue pre­ser­va­da de cual­quier man­cha de pe­ca­do ori­gi­nal y en­ri­que­ci­da con la ple­ni­tud de la gra­cia des­de el pri­mer mo­men­to de su con­cep­ción. El año 1854, el papa Pío IX pro­cla­mó el dog­ma de la In­ma­cu­la­da Con­cep­ción fun­da­men­tán­do­se en la fe de la Igle­sia so­bre este mis­te­rio ma­riano. Ma­ría fue In­ma­cu­la­da por­que se con­ver­ti­ría en ma­dre del Hijo de Dios. El Es­pí­ri­tu San­to fue en­via­do para san­ti­fi­car su seno, para dis­po­ner­lo a aco­ger al Hijo. San So­fro­nio, obis­po, de­cía a Ma­ría en un ser­món: «Real­men­te eres ben­di­ta en­tre to­das las mu­je­res, ya que si por na­tu­ra­le­za fuis­te mu­jer, en ver­dad te con­ver­tis­te en ma­dre de Dios.» Para ser la Ma­dre del Sal­va­dor, Ma­ría fue «do­ta­da con unos do­nes a la me­di­da de una mi­sión tan im­por­tan­te” (cf. LG 56). Ma­ría fue guia­da en todo mo­men­to por la gra­cia de Dios.

La fi­gu­ra de Ma­ría de Na­za­ret toma un re­lie­ve es­pe­cial en el co­ra­zón del Ad­vien­to. Ella ha aco­gi­do la Pa­la­bra en su co­ra­zón de vir­gen y en su seno ma­ter­nal, la Pa­la­bra que se ha he­cho car­ne de sal­va­ción. Real­men­te, Ma­ría es el arca de la nue­va y eter­na alian­za. Des­de en­ton­ces, Dios es el Em­ma­nuel, el Dios-con-no­so­tros.
En esta ce­le­bra­ción y en este tiem­po de Ad­vien­to to­dos so­mos in­vi­ta­dos a fi­jar nues­tra mi­ra­da so­bre la hu­mil­dad, so­bre el es­pí­ri­tu ge­ne­ro­so de ser­vi­cio y so­bre la ex­qui­si­ta ca­ri­dad de san­ta Ma­ría. Y so­mos es­pon­tá­nea­men­te in­cli­na­dos a su­mer­gir­nos en la dul­zu­ra inefa­ble de aque­llos nue­ve me­ses en que Ma­ría fue sa­gra­rio vivo de la es­pe­ran­za, he­cha ya pre­sen­cia en ella.
El poe­ta Joan Ma­ra­gall lo ex­pre­só be­lla­men­te en su poe­sía La nit de la Pu­rís­si­ma, en la que dice:

Esta noche es bien una noche Divina
La Purísima, del cielo
va bajando por este azul que ella ilumina,
dejando más resplandor en cada camino …
Por la noche de diciembre ella baja,
el aire se calma, el mundo calla.
baja silenciosa.
Ahh, que noche más clara y más hermosa

En efec­to, Dios qui­so que la In­ma­cu­la­da fue­ra be­lla ante sus ojos y per­fec­ta ante los hom­bres. Pero qui­so esto sin que de­ja­ra de ser una mu­jer, sin qui­tar nada a su fe­mi­ni­dad; al con­tra­rio, su­bli­man­do su amor, su de­li­ca­de­za, su sen­si­bi­li­dad y su en­tre­ga ge­ne­ro­sa a los de­más. El papa Pa­blo VI de­cía al fi­ló­so­fo cris­tiano Jean Guit­ton: “En Ma­ría se rea­li­za la in­ten­ción di­vi­na de ha­cer del ser hu­mano el re­fle­jo, la ima­gen, la fo­to­gra­fía, la se­me­jan­za de Dios”. Cuan­do las mu­je­res, las es­po­sas y las ma­dres se mi­ran en Ma­ría, rea­li­zan ade­cua­da­men­te su gran vo­ca­ción, como la reali­zó ella.
Que de la mano de Ma­ría po­da­mos apro­ve­char este tiem­po de Ad­vien­to para dis­po­ner­nos in­te­rior­men­te a aco­ger a Dios que se hace pre­sen­te en nues­tras vi­das.
+ Car­de­nal Juan José Ome­lla
Ar­zo­bis­po de Bar­ce­lo­na

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Apetecible a la vista



“…Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos…” (Gen 3, 6-7)

Este muy conocido texto del Génesis, pone al descubierto muchas de las tentaciones del hombre de todo tiempo. ¡Qué necesidad tenían de comer nuestros padres, si tenían todo tipo de frutas a su alcance…! Es el sabor de lo prohibido lo que incita a Eva, sabor que no se ha disipado aún en la humanidad caída.

Pero es que, además, es apetecible a la vista. ¡Cuántas cosas en el mundo son apetecibles a la vista! Ya nos dirá el Mateo: “El ojo es la lámpara de tu cuerpo; si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está sano, pero si tu ojo está enfermo, ¡cuánta oscuridad tendrás…!” (Mt 6,22)

En otro lugar nos dirá la Escritura: “…no podré mis ojos en intenciones viles…” (Sal 101,3)
 “…Ojos engreídos, corazones arrogantes no los soportaré…”  continuará el Salmo más adelante.

Incluso Eva observó que el fruto prohibido era excelente para lograr sabiduría…sabiduría que no procedía de Dios.

Nos recordará el libro de la Sabiduría, en su capítulo 9: “…pues aunque uno sea perfecto ante los hijos de los hombres, sin la Sabiduría que procede de Ti será estimado en nada…” (Sb 9,6) Esta era la Sabiduría que le faltaba a Eva, la que procedía de Dios.

Y hay un detalle que no puede pasar desapercibido. Cometido el pecado de desobediencia a Dios, y de idolatría por querer ser como Él, se dieron cuenta que estaban desnudos.

Estar desnudos es estar en pecado, en la espiritualidad bíblica. Recordemos que Pedro, en la barca, después de la muerte de Jesús, y su consiguiente traición se considera en pecado. Y ha vuelto a su vida anterior. Dice textualmente: “…Dice Pedro: voy a pescar. Le contestan: vamos también nosotros…” (Jn 21,3)

Para Pedro ha sido todo un desastre. Un sueño hermoso, terminado en tragedia. Un fracaso por pensar que Jesús era el Mesías libertador… Y quiere volver a su vida anterior. Y no consiguen pescar nada…Nuevamente se aparecerá Jesús, en la orilla, en actitud de espera, no de reproche. Jesús sabe que no pueden aún “beber del cáliz que él les iba a dar”, a pesar de que en el episodio de la madre de las Zebedeos dijeran rotundamente: “…Sí, podemos beber el cáliz que Tú has de beber…” (Mt 20,22).

Solo lo reconoce Juan: “Es el Maestro”. Las ganas de volver a encontrarse con Él le hacen impetuosamente lanzarse al mar.  Dice el Evangelio: “…Cuando Simón Pedro oyó: “es el Señor”, se puso el vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al mar…” (Jn 21, 7), como Adán y Eva, conscientes de su pecado.

Todo el capítulo 21 es muy enriquecedor, y dejamos al lector el placer de “escrutar” la Escritura, buceando en el texto.

Pues no tomemos ejemplo de nuestros padres, no escuchemos las voces del mundo, escuchemos la Voz de Jesús en su santo Evangelio, única Voz segura y fiable.

Alabado sea Jesucristo,


Tomas Cremades Moreno

martes, 5 de diciembre de 2017

Detectives del Dios escondido





Hermanos,
hemos ido muchas veces a la enorme estación
y se nos ha dicho por el altavoz:
Llega inmediatamente por la vía 12
llega por la vía 4.

Pero no.
No llegaba Dios.

Era una estrella o un estrello del cine,
o un magnate de las finanzas,
o un general de la OTAN,
o un gran político,
o una gran figura eclesial,
quizás hasta un visionario religioso...

Pero no era,
no,
no era Dios.

¡Tantos advientos!
¡Tantas esperas ya...!
Y volvíamos a casa con el mal sabor de boca
de la tomadura de pelo,
o de nuestra ingenua candidez,
prometiéndonos que otra vez iban a engañar a su tía...

Pero, vamos a ver, hermanos:
¿Dónde podemos encontrar a Dios?
Todo el Antiguo Testamento esperándole los reyes,
los sabios,
los importantes.
Quizás esperándole en la torre del templo,
o en el palacio real,
en la clase de los teólogos.
Y luego les hace trampa.
Se esconde entre los analfabetos y los animales,
que a tantos les parece casi lo mismo.
¡Dios tiene unas bromas!

¿Dónde esperas a Dios en este adviento, hermano?
¿No piensas que estará en tu barrio,
en tu asociación de vecinos con larga lista de problemas,
en el dolor humilde y rutinario de tu vecino
o en tu misma casa,
en medio de tu problemas, de tus luchas y de ti mismo?

Este adviento sería un buen momento
para hacer de detectives de Dios.
Veríamos entonces qué cerca está.
Pero a su manera.
Esa manera que es la nuestra,
porque lo chocante es que Dios nos "imita",
se hace vida nuestra en toda su vulgaridad,
y eso es lo que más desconcierta a los miserables,
hambrientos de magia y milagrería.

Sepamos capaces de descubrir a Dios
en la rutina de todos los días
en la enorme grandeza de nuestra vulgaridad.

Vuestro hermano en la esperanza,

Alberto Iniesta
Obispo auxiliar emérito de Madrid
Texto escrito en 1976

 

lunes, 4 de diciembre de 2017

Vi­vir des­pier­tos para en­con­trar es­pe­ran­za



El úl­ti­mo mes nos ofre­ce pers­pec­ti­va de todo el año. Re­cor­da­mos, agra­de­ce­mos, pe­di­mos per­dón, nos en­tris­te­ce­mos y nos ale­gra­mos. Re­ci­bir pron­to un año nue­vo tam­bién nos ilu­sio­na, al tiem­po que nos trae al­gún ló­gi­co te­mor. La Igle­sia nos ofre­ce el tiem­po de Ad­vien­to y, con él, un nue­vo año li­túr­gi­co, que se an­ti­ci­pa al ci­vil, con sus ce­le­bra­cio­nes y un ci­clo nue­vo de lec­tu­ra de la Pa­la­bra de Dios. An­tes de la Na­vi­dad, te­ne­mos unas se­ma­nas co­lo­rea­das por la es­pe­ra del na­ci­mien­to del Sal­va­dor, el Hijo de Dios he­cho hom­bre, na­ci­do de Ma­ría Vir­gen y en­vuel­to en po­bre­za y fra­gi­li­dad. El Ad­vien­to nos va mos­tran­do la es­pe­ran­za que ne­ce­si­ta y an­sía la hu­ma­ni­dad des­de siem­pre.

La es­pe­ran­za cris­tia­na fija la mi­ra­da en la lle­ga­da del reino de Dios, en el cum­pli­mien­to pleno de su pro­me­sa. Mien­tras va lle­gan­do, va­mos dis­fru­tan­do an­ti­ci­pos de ese reino. No nos de­te­ne­mos, no de­ses­pe­ra­mos. Para un cris­tiano siem­pre hay es­pe­ran­za, aun cuan­do se vean po­cos sig­nos e in­clu­so cuan­do todo pa­rez­ca en con­tra. Por­que nues­tra es­pe­ran­za se fun­da­men­ta so­la­men­te en Dios to­do­po­de­ro­so. En con­se­cuen­cia, con­fia­mos en su po­der pa­cien­te, sua­ve, si­gi­lo­so, que al mis­mo tiem­po es eterno, fir­me, lleno de sa­cu­di­das y trans­for­ma­dor. Un po­der muy di­fe­ren­te a los po­de­res hu­ma­nos que co­no­ce­mos.

Nues­tra es­pe­ran­za sur­ge de creer con todo nues­tro ser, con­fe­sar con los la­bios y prac­ti­car con las obras que Je­sús es el Hijo de Dios, de modo que Él per­ma­ne­ce en no­so­tros y no­so­tros en Él (cf 1Jn 4,15). Na­die nos pue­de arre­ba­tar esta cer­te­za de fe. Pero en me­dio de todo lo que nos ro­dea, asu­mien­do la bús­que­da y la ne­ce­si­dad que tie­nen tan­tas per­so­nas de en­con­trar ver­da­de­ra es­pe­ran­za, urge vi­vir des­pa­bi­la­dos para ha­llar­la, para aco­ger­la, para re­par­tir­la.

Es Je­sús, Hijo de Dios, na­ci­do de una mu­jer sen­ci­lla, quien nos mues­tra cómo abrir los ojos para vi­vir como bus­ca­do­res de es­pe­ran­za y en­con­trar­la. Lo hace cuan­do Él con­fía su plan a unos sim­ples pes­ca­do­res de Ga­li­lea; cuan­do toca a le­pro­sos, cie­gos y co­jos o se deja to­car para sa­nar; cuan­do se con­mue­ve y has­ta llo­ra ante la muer­te de se­res que­ri­dos. Lo ex­pli­ca de­ta­lla­da­men­te cuan­do dice pa­la­bras bie­na­ven­tu­ra­das que con­sue­lan, sa­cian, en­ri­que­cen, pa­ci­fi­can, lle­nan de mi­se­ri­cor­dia y vi­si­bi­li­zan el ros­tro de Dios. Lo ma­ni­fies­ta, fi­nal y to­tal­men­te, con la es­pe­ran­za­do­ra vic­to­ria so­bre la muer­te, la re­su­rrec­ción.

Las pa­la­bras y los he­chos de Je­sús nos es­pa­bi­lan para “vi­vir des­pier­tos”, en ple­na luz. Es de­cir, para ser hu­mil­des, para lu­char por la paz y la jus­ti­cia, para “mi­se­ri­cor­diar”, para en­con­trar con­sue­lo en el su­fri­mien­to, para to­car lo des­pre­cia­ble de este mun­do y po­ner­lo en ban­de­ja de dig­ni­dad. Las pa­la­bras y los he­chos de Je­sús nos im­pul­san a vi­vir aten­tos para dis­tin­guir al que su­fre; para des­pe­re­zar a quie­nes vi­ven dor­mi­dos so­bre sí mis­mos; para “ac­ci­den­tar­nos” en la de­fen­sa del dé­bil.

Vi­vir des­pier­tos”, en ple­na luz, es pro­cla­mar que ya lle­ga y ya he­mos re­ci­bi­do la es­pe­ran­za que ne­ce­si­ta la hu­ma­ni­dad: Je­sús, el Hijo de Dios. Anun­ciar y con­fir­mar esta ver­dad nos sos­tie­ne en el que la ha re­ga­la­do y nos da la for­ta­le­za de las gen­tes con es­pe­ran­za, las que tie­nen los ojos del co­ra­zón bien abier­tos, día y no­che, y no des­can­san has­ta que la luz de Dios ilu­mi­ne to­das las ti­nie­blas de la tie­rra, que no son po­cas.

Si bus­cas lle­nar tu vida, ca­mi­na ha­cia Je­sús, el Hijo de Dios, es­pe­ran­za viva del ser hu­mano. Él vie­ne a tu en­cuen­tro en cada per­so­na y en cada acon­te­ci­mien­to. ¡Ten ojos para Dios, ten ojos para los de­más!


+ Luis Ángel de las He­ras, CMF
Obis­po de Mon­do­ñe­do-Fe­rrol


domingo, 3 de diciembre de 2017

José, el hombre



José, el hombre, el casi desconocido, el silencioso. José el Justo, el bienaventurado, el poeta, el músico, que trabajaba con sus manos...

Le llamamos José de Nazaret, aunque era oriundo de Belén. Es el Hijo de David, —según le dijo el angel—, aunque en realidad era el padre del Señor de David, Dios hecho hombre. Es para siempre José, esposo de María, aunque no consumara el matrimonio.

José patrono del hambre, del trabajo humilde. José de la obediencia inmediatade la oración continua. José, hijo del Padre, compadre de Dios, testigo y gozador de la nueva creatura humana por el nuevo ADN del hombre injertado en el viejo Adán. José, tenido por padre de la Palabra que nos lo enseña todo en los silencios del Evangelio.

Son algunos contrastes de su personalidad que intento apuntar en este libro.

Para un cristiano es imposible no quererlo porque llevó en sí mismo todas las contradicciones que llevamos los hombres, solo por ser hombres, y todas las gracias que nos hacen ser hijos de Dios. José es la persona más cercana que tenían y tienen Jesús y María en su corazón, en su vida de carne y hueso.

José es en la Iglesia y su piedad, su liturgia y teología, piedra fundamental que está en la vida de todos los cristianos sin hacer ruido alguno, solo ayudando a todo, porque es la retaguardia santa. El encuentro con él, inmediato, es un hecho de experiencia según relatan todos los santos, que han escrito la relación de su estado de servicio, con la ayuda efectiva, comprobada, de su patrocinio.

A Jesús le gustaba llamarse a sí mismo “el Hijo del hombre”, y era conocido entre sus paisanos por hijo de un hombre carpintero, José, que representó en su cercanía a todos los hombres del mundo ante el Dios humano, aunque solo los supiera él, María y los ángeles.

El eje de mi estudio-vivencia plasmado en los libros JOSÉ, EL HOMBRE, y en el siguiente JOSÉ, EL HOMBRE DE LOS SALMOS, es la relación íntima de todo hombre con Dios, y para ello, fuera de su hijo Jesús y de su propia esposa María, no hay figura conocida en todas nuestras fuentes, incluyendo Antiguo y Nuevo Testamento, que mane una esencia tan segura y asequible como el Justo José.

José, el hombre
Edita: Bendita María
Páginas: 222
ISBN: 978-84-947097-3-9
PVP: 16,80
Pedidos: 91 759 79 68
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