lunes, 21 de agosto de 2017

Zaqueo el publicano




La historia de la conversión de Zaqueo se recoge en el Evangelio de Jesucristo, según san Lucas. Siempre los Evangelios son de Jesucristo, que los recogen los discípulos de Jesús para que conozcamos la Palabra de salvación. Es, por tanto, la Palabra de Dios revelada.

¿Quién era Zaqueo? Zaqueo es un publicano; los publicanos eran personajes tomados de entre el pueblo, por la dominación romana, para recaudar impuestos para Roma, a causa de su invasión guerrera en tierras de Israel. Y ellos, los publicanos, se quedaban con un tanto por ciento de lo recaudado, a modo de salario, devolviendo lo estipulado al gobierno romano. Por ello, tenían la posibilidad de ejercer la extorsión a los judíos, con tal que devolvieran el impuesto “legal” a Roma. Y, lógicamente, quedaba bajo el criterio humano,- siempre corrupto, dadas las circunstancias-, la cantidad de dinero que podían sustraer. Y por eso, eran considerados pecadores.

Si la persona en cuestión era “jefe de publicanos”, como es el caso de Zaqueo, es indudable que los “teje manejes” del citado, serían de orden mayúsculo.

Y en estas circunstancias, Jesús, que viene de realizar el milagro de la curación del ciego de Jericó; pasando por estas tierras, entra en la comarca donde habita Zaqueo.

Jericó, tierra fértil, tierra próxima al mar, zona de comercio, era considerada “tierra de pecado”, donde quizá, todo era posible con tal que hubiera dinero para poder pagarlo
.
La parábola del “Buen Samaritano”, relatada en otro Evangelio comienza con la frase:”…bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…”, (Lc 10, 29-37) como indicándonos que desde la ciudad santa, Jerusalén, donde habita la Gloria de Dios en su Templo, bajaba un hombre a la ciudad del pecado, Jericó.

Pues en este entorno, Zaqueo se entera de la llegada de Jesús al pueblo. Y, dada la fama que le acompaña, nunca querida por Jesús, pero inevitable por sus milagros, se acerca para verlo. Dice el Evangelio que como era pequeño de estatura, tuvo que subirse a un árbol, un sicómoro, propio de aquellos lugares, para divisarlo. Zaqueo no espera ser visto por Jesús, pero es tanta la curiosidad, que, a pesar de las posibles burlas de los vecinos, a pesar de la humillación que supone encaramarse al árbol como cualquier chiquillo de la zona,…a pesar de ello, toma esa, podríamos decir, humillante decisión. Imaginemos en los tiempos actuales a cualquier personaje de la política que se sube a un árbol para ver, podríamos a decir, al Rey de España que pasa. ¡Sería bastante ridículo!

Y Zaqueo se nos presenta como alguien de “pequeña estatura”. Curiosa la apreciación. Zaqueo, pecador, no tiene fe en Jesús; o, dicho en lenguaje de la época, es de pequeña fe, de pequeña estatura moral. Y es que el pecado a todos nos hace pequeños, nos aplasta…

Y Jesús, al llegar frente a él, “levanta la vista”, se detiene. Como diría el Salmo120: “…levanto los ojos a los montes…”, montes donde radica el pecado, la idolatría. Montes que no nos resuelven nuestros problemas. Pues: “…el auxilio me viene del Señor…”. Y Jesús le dice: “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa…”

Jesús no conoce a Zaqueo, y le llama por su nombre. Y es que el Señor, a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre; a las que son sus ovejas y las que busca porque se han perdido. Y le dice HOY. Hoy es el día de su salvación, de la salvación de Zaqueo.

¿No nos dirá también Hoy Jesús que quiere hospedarse en nuestra casa?

Naturalmente que Zaqueo le hospeda en su casa; pero llega “la serpiente”, igual que en el Paraíso. La serpiente de la murmuración: “…Ha ido a hospedarse en casa de un pecador…·.

Esta vez Zaqueo no contesta como Adán. Está en presencia del segundo Adán, Jesucristo. Y no hace falta que Jesús le reproche nada. Tampoco lo hizo con Mateo el publicano. De sobra sabe Zaqueo sus pecados. Pero ante la presencia de Dios, se obra el milagro de la Misericordia: Zaqueo, puesto en pie, -postura del que ha resucitado a una vida nueva-, promete a Jesús la devolución de lo defraudado, con amplia devolución de sus fraudes.

Y Jesús le llama “hijo de Abraham”, que ha sido salvado y perdonado de sus pecados. Nunca oiría Zaqueo un alabanza igual de labios de Jesús. Y es que, el Señor Jesús ha venido a buscar la oveja perdida, y ahí encontró y salvó  esta oveja, hija de Abraham.

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno



domingo, 20 de agosto de 2017

Tes­ti­gos de la Mi­se­ri­cor­dia: el Her­mano San Ra­fael Ar­náiz



Al­guno, al ver el tí­tu­lo, pen­sa­rá: ¿Qué nos pue­de de­cir un mon­je tra­pen­se del Mo­nas­te­rio Cis­ter­cien­se de San Isi­dro, de Due­ñas a no­so­tros que no vi­vi­mos en un mo­nas­te­rio y an­da­mos preo­cu­pa­dos por tan­tas co­sas? Es­toy con­ven­ci­do de que de to­das las per­so­nas y de to­das las si­tua­cio­nes po­de­mos apren­der algo bueno si te­ne­mos una ac­ti­tud re­fle­xi­va y abier­ta.

San Ra­fael nos tie­ne que de­cir mu­cho. Es un mon­je mís­ti­co, es de­cir, un mon­je que tie­ne ex­pe­rien­cia del mis­te­rio de Dios, de Dios que se ha ma­ni­fes­ta­do en Je­su­cris­to, el Hijo de Dios e hijo del hom­bre, como Pa­dre com­pa­si­vo y mi­se­ri­cor­dio­so en el Es­pí­ri­tu San­to; un mon­je que mu­rió a los 27 años, un 26 de abril de 1937, por una dia­be­tes que le iba mi­nan­do poco a poco, pero so­bre todo mu­rió de amor y por amor a Dios.

Las úl­ti­mas le­tras que es­cri­bió per­te­ne­cen a la car­ta que en­vió a su her­mano Leo­pol­do, el 17 de abril de 1938, ad­jun­ta­ba tres di­bu­jos y él ex­pli­ca su sig­ni­fi­ca­do. «El pri­me­ro, es un hu­mil­de lego que ha ele­gi­do el ca­mino de la ver­dad. En la no­che os­cu­ra del mun­do, sólo la cruz de Cris­to ilu­mi­na la sen­da de la vida. Sólo hay esa ver­dad que da paz para es­pe­rar, áni­mo para se­guir y con­fian­za para no errar. Cris­to y su Cruz es la Ver­dad, es el Ca­mino y es la Vida… La se­gun­da es un alma que ado­ra a Dios en la gran­de­za de su crea­ción y mi­ran­do al mun­do, con­tem­plan­do la be­lle­za de la crea­ción, pide a to­das las cria­tu­ras que le ado­ren… La som­bra de este alma que ama a Dios en la be­lle­za, es una cruz. La ter­ce­ra es un mon­je que, subido en una peña, con­tem­pla el mun­do y, vién­do­se se­dien­to de amo­res di­vi­nos, de an­sias de cie­lo, no pue­de por me­nos de ex­cla­mar… ex­tran­je­ro y pe­re­grino soy en la tie­rra… El que se con­si­de­ra ex­tran­je­ro en el mun­do y sólo sue­ña con Dios y con su ver­da­de­ra pa­tria…su vida será una se­re­na paz, pues sólo hay paz en el co­ra­zón des­pren­di­do… Tra­ba­ja­rá con la mira pues­ta en Dios y su tra­ba­jo será ben­de­ci­do. Tra­ta­rá con los hom­bres, y su tra­to es­ta­rá fun­da­do en la ca­ri­dad…». Es­tos di­bu­jos y es­tas le­tras le de­fi­nen como “sa­bio y san­to”.

Dos gran­des lec­cio­nes nos da San Ra­fael como tes­ti­go de la mi­se­ri­cor­dia.

Creer, con­fe­sar y acep­tar con gozo la mi­se­ri­cor­dia de Dios es la pri­me­ra lec­ción exis­ten­cial. «Cuan­tas ve­ces me pon­go de­lan­te de Ti, ¡oh Se­ñor!, mis pri­me­ros sen­ti­mien­tos son de ver­güen­za. Se­ñor, Tu sa­bes por qué. Pero des­pués, ¡oh Dios, qué bueno sois!, des­pués de ver­me a mí, os veo a Vos, y en­ton­ces al con­tem­plar vues­tra mi­se­ri­cor­dia que no me re­cha­za, mi alma se con­sue­la y es fe­liz»«Todo es una gran mi­se­ri­cor­dia de Dios». «En mi vida no veo sino mi­se­ri­cor­dias di­vi­nas»«En su in­fi­ni­ta mi­se­ri­cor­dia que­dan ocul­tas nues­tras mi­se­rias, ol­vi­dos e in­gra­ti­tu­des»«He aquí la gran mi­se­ri­cor­dia de Dios… en­se­ñar­me que sólo en Él ten­go que po­ner mi co­ra­zón»«De todo saco una en­se­ñan­za… para com­pren­der su mi­se­ri­cor­dia para con­mi­go».

Esa mi­se­ri­cor­dia que ex­pe­ri­men­ta­ba y go­za­ba, in­clu­so en me­dio de las con­tra­dic­cio­nes y del do­lor, es la que él trans­pa­ren­ta­ba y ex­pre­sa­ba en las re­la­cio­nes con su fa­mi­lia y con sus her­ma­nos los mon­jes, abier­to a las cir­cuns­tan­cias na­cio­na­les… Esta es la se­gun­da lec­ción.
«Ya que me has dado luz para ver y com­pren­der, dame, Se­ñor, un co­ra­zón gran­de… para amar a esos hom­bres que son hi­jos tu­yos, her­ma­nos míos, en los cua­les mi enor­me so­ber­bia veía fal­tas, y en cam­bio no me veía a mí mis­mo. Cómo se inun­da mi alma de ca­ri­dad ha­cia el her­mano dé­bil, en­fer­mo…».

Sien­te que Je­sús in­vi­ta a acep­tar a los hom­bres tal como son: «He apren­di­do a amar a los hom­bres tal como son y no tal como yo qui­sie­ra que fue­ran… Dios me lle­va de la mano , por un cam­po don­de hay lá­gri­mas, don­de hay gue­rras, hay pe­nas y mi­se­rias, san­tos y pe­ca­do­res… Todo eso es mío; no lo des­pre­cies… Te doy un co­ra­zón para amar­me… Ama a las cria­tu­ras que son mías. Ama mi cruz y si­gue mis pa­sos. Llo­ra con Lá­za­ro, sé in­dul­gen­te con la pe­ca­do­ra».

Por to­dos se ofre­ce al Se­ñor: «Me he ofre­ci­do por to­dos. Por mis pa­dres, mis her­ma­nos, por los mi­sio­ne­ros, los sa­cer­do­tes… por los que su­fren y por los que le ofen­den…».

Con re­la­ción a los en­fer­mos, es sig­ni­fi­ca­ti­vo lo que dice res­pec­to a la en­fer­me­dad de su her­ma­na a la que acom­pa­ña­ba, con­ta­ba chis­tes, le­yén­do­le li­bros… «Je­sús, veo su­frir y su­fro, veo llo­rar y llo­ro… ha­ced que san­gre, y cu­rad so­bre mi to­das las pe­nas de los que me ro­dean».
Lle­va­ba con pa­cien­cia las ofen­sas. Ha­bía un mon­je, en­fer­mo psí­qui­co y muy vio­len­to, que era el tor­men­to de toda la co­mu­ni­dad; era es­pe­cial­men­te duro con el Hno. Ra­fael al que cri­ti­ca­ba fre­cuen­te­men­te. Ra­fael lle­va­ba las ofen­sas con in­fi­ni­ta pa­cien­cia, sin de­vol­ver mal por mal y dis­cul­pán­do­le.

El Hno. Ra­fael ora­ba por los vi­vos y los di­fun­tos: «Hoy, 12 Agosto 1936, te­ne­mos toda la co­mu­ni­dad en vela al San­tí­si­mo para pe­dir­le la paz. Pe­dir­le por lo que mue­ren, re­pa­rar mu­chos pe­ca­dos, y para que nos con­ce­das a to­dos con­for­mi­dad con sus di­vi­nos de­sig­nios».

Quie­ra Dios que to­dos apren­da­mos de San Ra­fael Ar­náiz.

+ Ma­nuel He­rre­ro Fer­nán­dez, OSA.
Obis­po de Pa­len­cia



viernes, 18 de agosto de 2017

XX Domingo del Tiempo Ordinario



La fe se ofrece a todos, judíos y gentiles. En Dios no hay acepción de personas

        En una reunión familiar se echa de menos a los miembros que faltan. La Eucaristía es el banquete preparado por Dios Padre para todos sus hijos, pues Cristo ha muerto y resucitado por todos, ya que en Dios no hay acepción de personas. De esto nos hablan la 1ª lectura y el Evangelio.

La profecía de Isaías anuncia que Dios acepta a los extranjeros que practican la justicia y aman su nombre. En el Evangelio Jesús cura la hija de la mujer cananea como anuncio de que su obra salvadora está destinada también a los gentiles. Sin embargo, si nos fijamos en los presentes, faltan posibles destinatarios y hermanos nuestros. No están todos los bautizados de nuestra comunidad, no están los cristianos ortodoxos ni evangélicos, no están los miembros del pueblo judío, no están millones de personas que no conocen a Cristo. Y debemos echarlos de menos, pidiendo por ellos. Por eso, en la celebración, se pide por los presentes y por los “ausentes”:  Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo (anáfora III), acuérdate de aquellos que te buscan con sincero corazón (anáfora IV). La celebración de la Eucaristía tiene carácter ecuménico y misionero.

        La segunda lectura llama la atención sobre el pueblo judío. Su incredulidad fue motivo de preocupación para la Iglesia primitiva, pues si el pueblo judío, destinatario y buen conocedor de las promesas, no ha creído, tendrá sus razones para no hacerlo, ¿no estaremos nosotros equivocados?  Para aclararlo san Pablo dedica tres capítulos en la carta a los Romanos, ofreciendo unos razonamientos que iluminen nuestra postura ante el pueblo judío: no es un pueblo maldito ni deicida, pues Dios lo sigue amando, porque las promesas que hizo a los patriarcas son irrevocables; al final también se convertirán, porque es misericordioso con todos. A pesar de su incredulidad, mantienen los elementos positivos del AT, mediante los que se santificaron todos los justos del AT y por eso la religión judía sigue siendo un medio de salvación válido, aunque incompleto, para todas las personas de buena voluntad. Hay realidades incompletas, que no por eso dejan de ser válidas. Rechazaron a Jesús, que es culmen y cumplimiento de todas las promesas, pero no por eso los anteriores elementos del judaísmo (fe, esperanza, amor, buenas obras…) dejan de tener valor. Más aún, todos ellos se salvan practicando con recta intención la religión judía gracias a los méritos de Cristo, que se extienden por encima de las fronteras físicas de la Iglesia para abarcar a todas las personas de buena voluntad.

        Ante esto, no es cristiana una postura odiosa ante el pueblo judío, al que hay que amar como a todos los pueblos, más incluso, por las afinidades que tienen con nosotros. “Nuestros hermanos mayores” los llamaba san Juan Pablo II. Algunos miembros de una generación, mataron a Jesús, pero eso no implica que todo el pueblo judío sea responsable. Por eso hay que evitar palabras y gestos contrarios al espíritu cristiano.

Hay una larga historia de desencuentros mutuos que hay que ir superando por ambas partes. En este tema hay que tener claro que una cosa es el pueblo judío y otra bien distinta los actuales gobernantes del Estado de Israel, con el que se puede estar en total desacuerdo sin que eso implique rechazo al pueblo judío. Uno se puede sentir buen español, aunque no esté de acuerdo con el gobierno actual.

        La celebración de la Eucaristía recoge este espíritu ecuménico y misionero. Por eso pedimos no solo por todos los cristianos, sino también por los no cristianos, vivos y difuntos. Este espíritu hay que llevarlo a la vida de cada día.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona



jueves, 17 de agosto de 2017

La mujer cananea



Sería bueno que reflexionaramos sobre los personajes que intervienen en este fragmento evangélico narrado en san Mateo: la mujer, los discípulos y Jesús.

La mujer, seguro que acuciada por la necesidad, siguiendo el impulso de su corazón y sin darse cuenta de que le fallaban las formas, se puso a gritarle: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Ella sabía a quién se dirigía, sabía que era el Mesías y era muy justo lo que le pedía: le pedía para su hija ‒los que somos padres sabemos que pedir para un hijo es más importante que hacerlo para uno mismo‒. Además no le pedía una cosa secundaria, sino algo de suma importancia y muy trascendente, nada más y nada menos que la expulsión de un demonio muy malo. Pero en principio le traicionó lo perentorio del asunto, era urgente aprovechar la ocasión brindada por el paso del Hijo de David y he aquí que siguió gritando con insistencia hasta tal punto que exasperó a los discípulos. Al darse cuenta de que aquella forma era infructuosa y que ni la presión de los discípulos la ayudaba, se acercó y se postró ante Él diciendo: “Señor, ayúdame”. Comprendió que las cosas no se piden a gritos, que las necesidades y los dones no se demandan, sino que se ruegan, se suplican e incluso, si es necesario, se lloran. ¡Qué duro para unos padres el tener que suplicar de rodillas la salud de un hijo! No debió de agradarle la respuesta, más bien, el exabrupto pronunciado por Jesús: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros”. Pero ella, por su hija, le sigue la corriente, no solo acepta la metáfora, sino que la continua y pide aunque sean “las migajas que caen de la mesa de los amos”. Ahora sí. Prueba superada. Su postración, humillación y fe lo consiguieron.

Por el contrario el ruego de los discípulos es muy distinto, piden e interceden por ella, pero no por convencimiento y para ayudarla, sino porque les molesta. Se sienten avergonzados y sonrojados por el hecho de que alguien vaya detrás de ellos gritando. Piden para callar a la mujer, para quitársela de en medio ‒diríamos en lenguaje actual‒, pero no por verdadera necesidad, no por amor y menos con fe, sino para evitar el incordio.

Jesús quiere curar a su hija, pero también quiere comprobar hasta qué punto era grande su fe. Le pone una dura y afrentosa prueba con sus palabras, pero no pudo resistirse ante la respuesta de aquella mujer que acepta con humildad el desaire. Finalmente le reconoce esas dos grandes virtudes que le adornaban: humildad y fe. Y le recompensa en proporción a ellas. “Mujer qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.

Así que deberíamos cuestionarnos, cuando le pedimos algo al Señor, cuál es nuestra actitud ¿la de la cananea o la de los discípulos? ¿Por necesidad y con fe como ella? o ¿por salir del paso y tranquilizar nuestra conciencia como los discípulos? ¿Alabará el Señor nuestra fe después de nuestra oración de petición?


Pedro José Martínez Caparrós

miércoles, 16 de agosto de 2017

En medio de la crisis



No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas, y tentada desde dentro por el miedo y la mediocridad.

¿Cómo leer nosotros este relato evangélico desde una crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, «Jesús se acerca a la barca caminando sobre las aguas». Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un «fantasma». El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real para ellos es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde el interior de esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice las tres palabras que necesitan escuchar: «¡Ánimo! Soy yo. No temáis». Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y «se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas». Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de las crisis: apoyándonos no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.

No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos, como Pedro. Pero, lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: «Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?».

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para «sobrevivir» dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.

 Ed. Buenas Noticias


martes, 15 de agosto de 2017

El fuego del infierno no es el fuego de Dios



Cuando uno se inicia en la fe, cuando te miras para dentro y ves tus miserias, y abres ese armario inconfesable que todos llevamos en nuestro interior, te atemoriza el fuego eterno del infierno. Pero Dios no nos ha creado para el infierno, sino para alabarle, y para hacernos hijos suyos; nos moldea para que podamos llegar a ser hijos de Dios, anunciadores de su Evangelio, que es Vida para todos los que le seguimos, a pesar de nuestros errores. Nos lo dice en el Prólogo del Evangelio según san Juan, cuando anuncia su Palabra-Jesucristo-, como la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo:”…Vino a los suyos y los suyos no la recibieron, pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su Nombre…” ((Jn 1, 11-13)

La palabra fuego, en la Escritura, tiene muchas vertientes, las cuales siempre me han sobresaltado, cuando no me han asustado. Ceo que es el momento de que empiece a ver con otros ojos la realidad que nos dice la Biblia de esta tan, aparentemente, “estremecedora” palabra.

En el Evangelio de Jesucristo según San Lucas (Lc 9,54) se relata un episodio sorprendente. Sucedió que Jesucristo quería subir a Jerusalén, para lo cual envió por delante a mensajeros para preparar posada. El pueblo donde pensaban pernoctar era un pueblo samaritano. Sabemos que los samaritanos no se llevaban bien con los judíos, porque eran pueblos que habían vuelto del destierro a Babilonia y de alguna manera se habían contaminado con deidades paganas. Recordemos que en el diálogo de Jesús con la samaritana, ésta le pregunta dónde se ha de rendir culto a Dios, si en Jerusalén o en el monte Garizín.

Dado que Jesús iba camino de Jerusalén, el posadero del pueblo samaritano no le admite en su casa. Por ello, los mensajeros  (Juan y Santiago)  se vuelven muy enfadados y le preguntan a Jesús: ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que les consuma? Evidentemente, como no podía ser de otra manera, Jesús les reprende. Resulta que los discípulos han sido testigos de la Transfiguración, de cómo calmó la tempestad en el Mar de Tiberíades, de cómo les anuncia su Pasión, y lejos de todo esto, ellos se ponen a discutir quién será el mayor en el Reino de los Cielos, como se recoge unos versículos antes de este episodio; y no contentos con esto, ahora se ven con atribuciones para solicitar al Altísimo fuego del Cielo como venganza por la negativa del posadero.

¡Qué paciencia del Señor con sus discípulos! El Evangelio dice que los reprende. ¡Qué menos podía hacer!

El Señor Jesús, Hijo de Dios, como Gran Pedagogo, va formando esa arcilla de que dispone para ir modelando su Iglesia. Tiene que partir de un barro como el nuestro, lleno de intereses personales, de envidias y disputas para subir a lo más alto; interviniendo la familia, como en el episodio de la madre de los Zebedeos; aguantado discusiones cuando les acaba de anunciar su Pasión…Y ahora solicitando venganza.

No es ese el mensaje de Jesús, todo Amor, bondad y misericordia. En definitiva, de la misma forma que el pueblo de Israel con sus vivencias, es reflejo del nuevo pueblo que somos nosotros, este pequeño rebaño de apóstoles que Dios le ha entregado, es imagen con sus defectos y pecados, del nuevo rebaño que somos, y que ahora, en el siglo XXl, pone en nuestras manos para que llevemos su Tesoro-su Evangelio- en nuestros odres de barro.

Es por ello que quiero desterrar de mi pensamiento la idea del fuego del infierno, para acercarme al verdadero fuego: el del Amor infinito de Dios, que me ama, y me prepara con su pedagogía, para pasar de un fuego patrimonio del Enemigo, a un fuego como lo define Jesucristo: “…He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!…” (Lc12,49)
Yo os bautizo con agua, en señal de conversión; Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3,11). Me llama la atención este tipo de bautismo de fuego. Conocemos el bautismo de agua, en el que el hombre se sumerge en las aguas, símbolo de la muerte, para resurgir de ellas resucitado. En muchas iglesias aún se conserva la piscina bautismal, con siete escalones de bajada, simbolizando los siete pecados capitales llamados así porque son cabeza de todos los demás pecados. Sabemos del martirio como bautismo de sangre. Pero ¿y el bautismo de fuego? Los símbolos del Agua y del Fuego  expresan el misterio de la energía vivificadora que el Mesías y el Espíritu han derramado en el mundo. Jesucristo, en la Cruz, testifica y consuma el sacrificio con el fuego del Amor.El Bautismo de fuego es el que Jesucristo vino a traer al mundo para purificar a todos los hombres de buena voluntad, recogidos como trigo en el granero; sin embargo quemaría la paja como fuego que no se apaga, como el fuego de la Gehena (Mt 18,8-9) Y es bellísima la Oración al Espíritu Santo al que se le  define como: Brisa en las horas de fuego.

Nos recuerda Isaías: Se espantaron en Sión los pecadores, sobrecogió el temblor a los impíos: ¿Quién de nosotros podrá habitar con el fuego devorador? ¿Quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas? El que anda en justicia y habla con rectitud, el que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar el soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal. Ése morará en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las peñas, se le dará su pan y tendrá el agua segura. (Is, 33,14-17)

Es hermoso el paralelismo que existe con el Salmo 23¿Quién puede subir al monte, del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El Hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos, ni jura contra el prójimo en falso. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación. (Sal  23)

Ese Hombre de manos inocentes y puro corazón no es otro que Jesucristo Nuestro Señor. Él es el único santo y puro, digno de subir al Monte del Señor, el Monte de la Redención, el Monte Calvario, el santuario que fundaron sus Manos (Ex 15,17)

Y hay una imagen bellísima de Jesucristo-Eucaristía en el binomio salvador del Agua y el Pan, alimento y refugio de las almas débiles que se refugian en Él.
Guardaos, pues, de olvidar la alianza que Yahvé, vuestro Dios ha concluido con vosotros y de fabricaros alguna escultura o representación de todo lo que Yahvé, tu Dios, te ha prohibido; porque Yahvé, tu Dios es un fuego devorador, un Dios celoso. (Dt 4, 25-31)

Y, como toda la Escritura es palabra revelada por Dios, Ezequiel comenta: “El pueblo de la tierra ha hecho violencia y cometido pillaje, ha oprimido al pobre y al indigente, ha maltratado al forastero sin ningún derecho. He buscado entre ellos alguno que construyera un   muro y se mantuviera de pie en la brecha ante mí, para proteger la tierra e impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a nadie. Entonces he derramado mi ira sobre ellos, en el fuego de mi furia los he exterminado. (Ez 22, 29-31)

Pero el fuego de Dios sana al hombre. En el libro de Isaías, concretamente en el episodio de la llamada “Vocación de Isaías”, capítulo 6, éste tiene una visión del Dios Yahvhé,  sentado en su trono y rodeado de serafines que cantan: “Santo, santo, Santo”. Isaías se da cuenta de sus miserias y solloza gritando: “… ¡Ay de mi! Estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros que habita en un pueblo de labios impuros…” (Is  6, 3-8)

Aquí la impureza la podemos traducir por idolatría, seguimiento a otros ídolos. Y ve Isaías, cómo un ángel coge una brasa encendida y se la pone en sus labios. Y le dice: “…He aquí que esto ha tocado tus labios, se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado…”

Y en el Nuevo Testamento, recordamos el episodio de los discípulos de Emaús: “… ¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras?..” (Lc. 24,32). Ese es el verdadero fuego de Dios, Jesucristo, el que con su Palabra-su Evangelio-, toca nuestras impurezas e idolatrías y expía nuestro pecado.

No podemos pasar por el alto el “carro de fuego” desde donde es arrebatado al Cielo el profeta Elías, dejando parte de su manto al profeta Eliseo. El manto representa en la Escritura, la personalidad, la esencia misma del ser. Aquí este carro de fuego que arrebata a Elías, es imagen del mismo Jesucristo que nos arrebata con su Amor; este sí es el fuego de los profetas, el fuego que salva, el fuego que nunca asusta, el que no se apaga: Jesucristo

Por eso profetizará luego Ezequiel: “…Derramaré sobre vosotros un Agua pura que os purificará; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar…” (Ez 36,25) Jesucristo es esa Agua Viva que nos purifica e impulsa a la Vida Eterna, como le dice a la Samaritana del Evangelio. Esa agua Viva apagará el fuego del infierno merecido por nuestros pecados, introduciéndonos en el fuego del Amor de Dios.

Alabado sea Jesucristo

Tomas Cremades Moreno

lunes, 14 de agosto de 2017

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen



María, una vida consagrada al Amor,  madre de la esperanza

María es  madre y modelo para el cristiano. Ella ha recorrido antes que nosotros el camino de Jesús, ya ha llegado a la meta y comparte la gloria de Jesús, que es nuestra meta. Ahora intercede por nosotros y alienta nuestra esperanza de llegar a nuestro destino.

Una vida consagrada al amor, llega a Dios que es Amor.  Si Dios es Amor, el amor es el único camino que nos acerca a él. Toda la vida de Jesús, desde la encarnación hasta su resurrección, estuvo determinada por el amor. Por amor se encarnó y solidarizó con nosotros, haciéndose nuestro hermano y representante. Por amor ejerció fielmente su misión de anunciar la  proximidad del Reino de Dios, afrontando las dificultades y aceptando la muerte. Por amor el Padre lo aceptó y lo convirtió en primogénito de entre los muertos, nuevo Adán que comenzaba una nueva estirpe de resucitados (segunda lectura).

Este es el camino que tiene que seguir la humanidad para compartir la resurrección de Jesús y que María anduvo de una manera especial. Por ello ya comparte la resurrección. San Pablo dice en la segunda lectura que hay un orden para resucitar y que el primero fue Cristo, después todos los cristianos. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, nos enseña que María tiene un lugar especial en este orden y que ya comparte esta gloria desde su asunción a los cielos, todo ello porque también fue la persona que más amó a Dios después de Jesús.

El Evangelio recuerda cómo María lo realizó: con una vida consagrada a la alabanza divina y al servicio. Su primera acción después de la anunciación fue ir a ayudar a Isabel, embarazada.  La liturgia contempla su “ponerse en camino a prisa” en el horizonte de toda su vida, una vida consagrada al servicio por amor, en contexto de fe y oración. Isabel la alaba por su fe, pues creyó en las palabras del ángel y María responde alabando a Dios, que enaltece a los humildes.

Por ello es modelo de todos. La primera lectura presenta una mujer misteriosa, que representa la Iglesia del Antiguo y Nuevo Testamento, llamada a dar a luz al Mesías y con él la salvación para la humanidad. En el AT preparó la venida, en el NT la realizó, primero físicamente por medio de María, después por medio de su acción misionera. Siempre es perseguida pero Dios la protege.

En la Eucaristía la Iglesia realiza de forma especial su tarea de dar a luz a Jesús en nuestro tiempo para salvación de todos los hombres, alimentándonos para que, unidos a él, actualicemos su vida consagrada al amor y así podamos también compartir su resurrección. En ella recordamos a María y a toda la Iglesia triunfante, pidiendo su intercesión.

 Dr. Antonio Rodríguez Carmona



domingo, 13 de agosto de 2017

Asunción al cielo



Lo que a continuación expongo es solo y exclusivamente un punto de vista personal, lo que me dicta mi pobre y humilde naturaleza humana. Exponer, opinar o hablar de un misterio superior desde una óptica terrenal y que lo escriba alguien que no tiene grandes conocimientos teológicos, conlleva el grave riesgo de que su torpeza le lleve a derivas erróneas, más mi intención no es pontificar, sino exponer con un modo de hablar llano y humano lo que a mi mente se le presenta como lo que es: un misterio.

Jesús ascendió y aquí dejó a sus amigos y colaboradores más íntimos, incluyendo a su madre. Pero, claro, una madre es una madre, y, aunque Él, una vez cumplida su misión, se incorporó a su puesto junto a las otras dos personas de la Santísima Trinidad, su humanidad echaría de menos a esa mujer buena con la que compartió los treinta y tres años de vida intensa. Lo más natural es que a esa añoranza de madre le quisiera poner remedio. ¿Qué mejor que traerla aquí junto a mí? Pensaría. Así es como tomó aquella decisión y así llegó la Asunción.

Los apóstoles y discípulos se quedarían tristes por la ausencia de aquella mujer que tantas fuerzas les insuflaría en el día a día. Tras la Ascensión se aglutinarían en torno a ella para darle ánimos y, a su vez, para que ella fuera la consejera en la continuación de la obra de su Hijo. Tras la Asunción se quedarían también huérfanos de María.

Pero en otro lugar, ¿cielo? se presentó el motivo de una gran alegría. Allí llegó esa misma mujer y madre a la que el Hijo en cierto modo le debía su humanidad, soporte necesario para la salvación humana. Madre con la que había compartido alegrías y tristezas. Madre que había sido su confidente y consejera. La llegada de ella pondría culmen a su dicha. Jesús haría las presentaciones oportunas… ¡Qué menos que celebrar el reencuentro con una fiesta! Toda la corte celestial, arcángeles, ángeles y santos se pondrían manos a la obra y así llega el súmmum: la coronaron como Reina y Señora de todo lo creado.

Ella, en su humildad, como demostró en sus pocas intervenciones que nos cuentan los evangelios, estaría totalmente aturdida y desconcertada con aquellos agasajos. Al principio hasta podría encontrase como fuera de lugar, pero muy segura agarrada de la mano del Hijo. Acostumbrada a estar y actuar a la sombra de Jesús en su pobre vida terrenal, aquel enaltecimiento turbaría y haría temblar, entre emoción y sorpresa, a aquel grácil y frágil cuerpo. Seguramente enrojecería de vergüenza, bajaría la mirada; su temblorosa y sudorosa mano apretaría la de Jesús en busca de apoyo, fuerza y ánimo. Él volvería su sonriente rostro para mirarla y, clavando sus ojos en sus ojos, le infundiría la fortaleza y tranquilidad que ella necesitaba en aquel trance. Volvería a darle un beso en la frente, como tantas veces lo había hecho durante su experiencia terrenal, acariciaría su bello rostro, la agarraría con delicadeza por los hombros, para acabar atrayéndola y apretándola contra su misericordioso corazón. Se fundirían en un tierno y eterno abrazo bajo la bendición paternal del Padre, la mirada ardiente de amor del Espíritu Santo y el aplauso de infinidad de criaturas que gozaban con la visión de aquella estampa.

Esta imagen es mi visión humana de los dos últimos misterios gloriosos del Santo Rosario.


Pedro José Martínez Caparrós

sábado, 12 de agosto de 2017

XIX Domingo del Tiempo Ordinario




La fe es fundamental para edificar la Iglesia

Uno de las preocupaciones del evangelio de Mateo es  la edificación de la Iglesia o convocatoria  de Jesús. Los evangelios seleccionados por el leccionario A para los domingos 19 al 31 pertenecen a la sección en que Mateo desarrolla de forma especial esta enseñanza. Se trata de unas enseñanzas muy actuales en estos tiempos en que debemos trabajar con empeño colaborando en hacer realidad en nuestras comunidades la convocatoria de Jesús.

La palabra Iglesia (eklesía – qahal) significa convocatoria. Cuando Jesús dice a Pedro que sobre él edificará “mi convocatoria o iglesia”, está refiriéndose a las distintas convocatorias para reunir al pueblo de Dios que han tenido lugar en la Historia de la salvación por medio de Moisés y de los profetas. Ninguna  ha tenido éxito. Finalmente Dios envía a Jesús para realizar la última convocatoria, tarea que lleva a cabo con su ministerio, muerte y resurrección.

Nosotros somos la Iglesia de Jesús, fruto de su convocatoria. Esta afirmación tiene muchas implicaciones. La primera es que nos ha reunido su palabra, no nuestras afinidades psicológicas u otros motivos.  No somos un club de amigos, sino un grupo de personas de todo género, raza y condición social, que tenemos en común el haber recibido la llamada de la fe.

Si la palabra de Dios está en el origen de nuestra convocatoria, esta palabra es fundamental. Ella nos indica el “orden del día” de  los convocados, los fines y medios de las tareas para la que se nos convoca. Consecuentemente la respuesta por la fe a esta palabra es fundamental, es la base que justifica la Iglesia. De esto nos habla el evangelio de hoy, a propósito del episodio de Pedro sobre las aguas.

Apoyado en la palabra de Jesús, Pedro anda sobre el agua. Jesús se presenta “andando sobre el agua”, algo propio de Dios según las representaciones del AT; calma a los asustados discípulos afirmando  Yo soy,  el nombre divino.  Pedro le pide compartir su poder y para ello le ruega que se lo mande con su palabra. Jesús lo concede y Pedro anda sobre el agua. 

Simboliza la situación de la Iglesia que debe caminar  en el mundo apoyada en la palabra de Jesús, que marca el fin y los medios. La fe es fundamental e implica no sólo aceptar intelectualmente la visión de Jesús sobre la realidad sino también y especialmente confiar en Jesús, amarlo y entregarse a él. Es decir, la fe es intelectual y volitiva.  Intelectual porque nos ofrece una nueva visión de la realidad, visión que de por sí no se opone a la que ofrece la razón. Como el telescopio ofrece una visión clara y pormenorizada de lo que ve el ojo natural, así la fe con la razón. Por otra parte, es volitiva. Etimológicamente creer es fiarse; en hebreo heemin es hacerse fuerte sobre otro, en este caso sobre la persona de Jesús. El que se fía de Jesús y su palabra se hace fuerte en él.

Pero viendo el viento fuerte, temió y comenzó a hundirse.  El creyente anda contra corriente. Un viento fuerte le impulsa a temer  el ridículo ante la opinión dominante de lo “políticamente correcto” que le pide “modernizarse” en contra de los valores de Jesús. Ante esto, hay que afirmarse en la fe, que hace compartir las fuerzas del mundo de Dios al que pertenecemos.

Hombre de poca fe, ¿Por qué has dudado?  Este es el piropo que varias veces dirige Jesús a sus discípulos, especialmente ante la fe en el Padre y en su señorío. Creemos que Dios es Padre, pero no nos fiamos de él; creemos que Jesús es el Señor de la Iglesia, a la que acompaña con su poder, pero no nos fiamos de él ni de sus palabras. Sin fe en la palabra de Jesús no nos hacemos fuertes ni es posible la Iglesia.

En este contexto aparece la necesidad de la Eucaristía. Es la finalidad principal de la convocatoria que nos ha reunido; en ella alimentamos nuestra fe y recibimos fuerza para seguir caminando, a pesar del viento contrario.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 11 de agosto de 2017

Jesús camina sobre las aguas

 
A este relato evangélico le encuentro un cierto paralelismo con el relato de la vida de cualquier cristiano normal; con normal me refiero a los que nos consideramos cristianos, pero las vicisitudes y avatares diarios nos lastran y no acabamos de remontar, aunque ese sea nuestro deseo; caemos, nos levantamos, pero volvemos a caer.

Los discípulos iban solos, sin Jesús, por el lago, como nos ocurre con frecuencia a los cristianos. Nos adentramos en las aguas procelosas del mundo sin Jesús, a Él lo dejamos en tierra y nosotros intentamos la travesía confiando en nuestras propias fuerzas. De pronto notamos la sacudida de las olas ‒el vivir diario con sus dificultades, el afán de sacar a la familia adelante, los problemas de la vida laboral o de la propia familia, las tentaciones… ‒porque el viento es contrario ‒esos días que parece que todo nos sale mal, la economía que no nos llega, los hijos que nos cuestionan… ‒y nos asustamos, como se asustaron los discípulos.

Nos dejamos a Jesús en tierra y en medio de la tormenta, de pronto, aparece andando para alcanzarnos; nosotros vemos fantasmas y nos asustamos, encima parece que pasa de largo. Pero no, Él nunca pasa de largo, se acerca y nos dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” Así y todo desconfiamos, nos falta fe, incluso lo cuestionamos tal y como parece que hizo el impulsivo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua” Nos volvemos desafiantes con el Señor cuando nos vienen mal dadas, también le objetamos y le preguntamos con demasiada frecuencia ¿por qué permites tal cosa?, ¡qué te he hecho para que…! Y como estas, muchas otras cuestiones y reproches. Mas Él no se incomoda con nuestra falta de fe, sino que nos responde como a Pedro: “Ven”. Así de sencillo. Y como Pedro bajamos de la barca y comenzamos a cercanos a Jesús.

Pero hete aquí que de nuevo nos entra miedo cuando volvemos a sentir la fuerza del viento y comenzamos a hundirnos de nuevo. Siempre lo mismo, nos levantamos y volvemos a caer. Es así nuestra humanidad. Somos débiles y a la más mínima, después de todas nuestras buenas intenciones, después de nuestra oración, después de levantar el ánimo… nos volvemos a hundir. Ya solo nos resta gritarle: “Señor, sálvame” y como es natural en seguida Jesús nos extiende su mano y nos agarra. Nos tiene que coger fuertemente con su mano porque de lo contrario nos ahogaríamos.

Esta es la conclusión a la que tenemos que llegar. Que amainará solo cuando el Señor suba y lo aceptemos en nuestra barca. Que solos, pese a nuestras buenas intenciones, nada podemos; que la fuerza nos viene de Él. Tenemos que convencernos que la gracia es un don suyo y no un mérito nuestro; que si no queremos hundirnos nos tenemos que asir fuertemente a su divina mano.

Pero también y en consecuencia aceptar con toda humildad su amonestación: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?” Y en respuesta a su admonición reconoceremos su filiación divina: “Realmente eres hijo de Dios”.


Pedro José Martínez Caparrós