jueves, 13 de diciembre de 2018

Tiempo de Adviento





Tiempo de Adviento,
Tiempo de espera.
Dios que se acerca,
Dios que ya llega.
Esperanza del pueblo,
la vida nueva.
El Reino nace,
don y tarea.
Te cantamos Padre bueno
a la esperanza.
Con María, ayúdanos Señor,
a vivir generosos en la entrega,
a ofrecer nuestra vida como ella,
a escuchar tu Palabra en todo tiempo,
a practicar sin descanso el Evangelio,
ayúdanos a vivir solidarios con los que sufren,
con quienes hoy como ayer
en Belén no tienen lugar.

Te cantamos Padre Bueno
a la esperanza.
Con los pastores de Belén,
ayúdanos señor
a vivir la Vigilia de tu Reino,
a correr presurosos a tu encuentro,
a descubrir tu Rostro en medio del pueblo,
a no quedarnos “dormidos” en la construcción del mundo nuevo.
Te cantamos Padre Bueno
a la esperanza.
Con los ángeles de Belén,
ayúdanos Señor,
a cantar al mundo entero tu Presencia,
¡ Dios-está-con-nosotros !
Construyamos la paz entre los hombres,
Edifiquemos la Justicia entre los pueblos.
Te cantamos Padre Bueno
a la esperanza.
Con Jesús niño-Dios,
ayúdanos Señor,
a abrigar la esperanza que
nace en cada Adviento,
a escuchar los clamores de tu pueblo,
a regar con nuestras vidas
la semilla de tu Reino,
a ser Mensajeros de tu Amor,
a construir comunidades
de servicio y oración.

Navidad, fiesta del hombre.
Navidad, fiesta de Dios.
Queremos ser tus Testigos,
danos la fuerza Señor.

(Marcelo A. Murúa)


miércoles, 12 de diciembre de 2018

«Minutos de esperanza», también en las cárceles aragonesas



En unos días celebraremos la fiesta de Navidad. Me gustaría, por medio de estas líneas, invitaros a preparar de una manera inusual la llegada del Señor. Se trata de una sugerencia provocadora. Perdonad mi osadía. Durante las cuatro semanas que dura el adviento, es decir, el tiempo necesario para gestar y alumbrar al Dios que cada uno lleva en su corazón, es preciso vaciarlo de todo lo superfluo y ofrecerte tú mismo como regalo.
En concreto, una hermosa manera podría ser regalando «minutos de esperanza» a los que nuestra sociedad olvida, margina o se avergüenza. En Aragón, por circunscribirnos a nuestra autonomía, se hallan internos en la cárcel de Zuera, Daroca y Teruel unas dos mil personas. Más allá de sus yerros y de la obligación de resarcir a sus víctimas, podrías ayudarles a recobrar la esperanza, a descubrir que no todo está perdido… y vivir así unas navidades con sentido, es decir, donde Dios nazca de verdad en tu corazón.
Este es el sueño que por tercer año consecutivo se ha propuesto un puñado de aragoneses intrépidos, capitaneados por la Delegada de Pastoral Penitenciaria de la Provincia Eclesiástica de Aragón, enfermera jubilada, Dª Isabel Escartín, junto con los capellanes y una patrulla ingente de voluntarios con alma y rasmia… que anhelan que ningún recluso que lo necesite se pueda quedar sin felicitar este año la Navidad a sus seres más queridos.
Después del eco mediático que ha tenido esta campaña navideña en años anteriores nuestro objetivo es conseguir 2.000 tarjetas telefónicas, con 5€ de saldo, y repartirlas en los tres centros peni­tenciarios aragoneses el día de Navidad. Con este gesto pretendemos hacerles entender que no todo está perdido, predisponerlos a pedir perdón a las víctimas y a restituir los posibles daños ocasionados. Creemos que a través de este detalle se logra ayudar a cientos de reclusos a que recobren su sensibilidad humana y que vean de verdad que Dios y la Iglesia nunca les olvidan y siempre tienen su mano tendida para restablecer su dignidad como hijos de Dios.
No hay nada tan gratificante como regalar esperanza. Estas tarjetas telefónicas son muy codiciadas por los internos, ya que, como explica uno de los beneficiarios de la campaña de 2017, “sin tarjeta no hay llamadas a la familia, ni al abogado, ni a quien te pueda solventar algún problema en un momento determinado… Es tu conexión con el mundo. Parece mentira, pero después de la libertad, tal vez sea el mejor regalo que podemos hacer a un preso”.
Al desaparecer las cabinas telefónicas de nuestro mobiliario urbano y resultar casi imposible conseguir físicamente la tarjeta en los estancos, nos hemos decidido este año a modernizarnos también nosotros y canalizar vuestra ayuda a través del ingreso o la transferencia bancaria a la cuenta «Ríos de libertad» que pastoral penitenciaria nos ofrece. El número de dicha cuenta es: 2085-0138-38-0330342277. Se trata de un gesto verdaderamente transformador. Parece mentira cómo una aportación tan insignificante pueda tener un efecto tan multiplicador. Una vez más comprobamos cómo las matemáticas divinas funcionan mejor que las humanas donde muchos pocos hacen más que pocos muchos. Nuestro deseo sería poder repetir el mismo récord del año pasado: entregar a cada uno (2000 reclusos) su tarjeta telefónica, con un saldo de 5€ el día de Navidad. En mi caso, en la de Zuera, a las 11 de la mañana. Si alguno os animaseis a acompañarme, con mucho gusto tramitaría vuestro permiso para poder acceder y celebrar con ellos la Navidad.
Desde que me confiaron la coordinación de la pastoral penitenciaria en Aragón, os confieso que he descubierto otra mirada en sus ojos. Ellos también son mis hermanos. Tienen alma y sentimientos, aunque hayan podido errar. Errores de los que Dios nos libre. Concluyo con el testimonio que uno de los reclusos de Zuera le compartió al propio capellán:
«Me había encontrado una tarjeta de teléfono nueva, a la salida del módulo. Pensé preguntar: “¿Quién ha perdido una tarjeta?”. Luego me di cuenta que era como preguntar en el mercado central quién había perdido un billete de 50 euros. Cien manos se hubieran levantado diciendo que era suyo.
Era un día de suerte. Ya disponía de saldo para tres o cuatro llamadas.
Cuando entramos a comer, un compañero se sentó no muy lejos de donde estaba yo. Mostraba cara de preocupación y tristeza.
– ¿Te pasa algo?
– Que he perdido la tarjeta que compré esta mañana… Y estaba sin estrenar.
– Toma. Seguro que es ésta.
– ¡No jodas!, dijo con una enorme cara de sorpresa.
– Me la he encontrado a la salida del módulo.
– ¡Justo! Cuando me han sacado para ir al abogado. Gracias, tío.
Al terminar de comer, me dio las gracias nuevamente. Dijo:
– Ni en el mejor de mis sueños podría imaginar que esa tarjeta volviera a mis manos.
Vi que le chispeaban los ojos con un brillo de agradecimiento; pero es que yo, aunque me había quedado sin tarjeta, no recordaba haberme sentido tan bien en mucho tiempo».
Con mi afecto y mi bendición,
Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

sábado, 8 de diciembre de 2018

II Domingo de Adviento






Alimentar la esperanza

         La liturgia de este domingo actualiza el mensaje de Juan Bautista, que Dios ha querido que sea precursor, no solo de la generación de Jesús, sino de todos los tiempos. Su mensaje de precursor es sencillo: para recibir a Jesús es necesario tener un corazón abierto plenamente a la esperanza, pues Jesús ofrece la felicidad plena y solo la puede recibir el que no es autosuficiente, no se conforma con medias tintas y aspira a todo. Esto implica la conversión, que es la otra faceta del mensaje de Juan.

Convertirse significa literalmente  dar la vuelta y caminar en otra dirección, en concreto, caminar y orientarse hacia los valores del Reino de Dios, que se resumen  en el amor. Para que venga Jesús es necesario allanar montes, rellenar barrancos, enderezar caminos (1ª lectura y Evangelio).  Se trata de una tarea de carácter universal a la que se invita a todos sin excepción, pues a todos quiere llegar Jesús, y que tiene muchas facetas, necesarias para reavivar y alimentar la esperanza.

Negativamente implica vaciar el corazón de falsos ídolos que lo alienan y no dan la verdadera felicidad. El corazón atiborrado de ídolos está ciego, sordo y pierde la capacidad de gustar los verdaderos valores. Hay que pedir luz a Dios para ilumine el corazón y se tome conciencia sincera de la situación. Implica positivamente crecer en el amor para discernir en cada momento lo que Dios espera de nosotros y responder adecuadamente (2ª lectura).

La encíclica Spe Salvi señala  tres lugares que ayudan a crecer en la esperanza: la oración, el sufrimiento, el juicio de Dios (nn. 32-48).   
                  .
        La oración es «un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza... Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme...» (32). Según san Agustín, Jesús quiere que oremos incesantemente, a pesar de no ser oídos aparentemente,  como medio de ensanchar el corazón y disponernos así a recibir su don. Dios siempre oye y nos da lo mejor. Por otra parte, la oración ayuda a conocer el corazón, purificarlo y vaciarlo de ídolos.

        El sufrimiento. « Toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto...» (35), especialmente cuando hay dificultades y sufrimiento, que invitan a confiar y apoyarse en el poder de Dios para seguir adelante. Incluso hay que esperar en situaciones en que todo parece imposible, dada la situación real política y económica, pues  aunque no se pueda hacer nada «yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia... Ciertamente, no  podemos construir  “el reino de Dios” con nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre reino del hombre con todos los límites propios de la naturaleza humana. El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza... » (35)

        El juicio final de Dios  como lugar de aprendizaje y ejercicio de esperanza (41). Creemos que Jesús  « de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos ». La idea de juicio final tiene un aspecto de justicia punitiva, pero hay otro de esperanza, porque nuestras acciones son responsables y, si responden al plan de Dios, Dios las quiere y serán elementos tenidos en cuenta en el establecimiento final del reino, por obra de Dios. Nuestras acciones son pequeñas y a veces insignificantes, pero hay que hacerlas, hay que dar cuenta de ellas, tienen valor  ante Dios. Todo esto alimenta nuestra esperanza para seguir adelante.


Dr. Antonio Rodríguez Carmona


viernes, 7 de diciembre de 2018

Solemnidad de la Inmaculada Concepción





maría modelo de esperanza, reina del Adviento

Esperamos porque creemos. La esperanza cristiana se apoya en las promesas de Dios, que nos fija una meta y nos promete su ayuda eficaz y constante para alcanzarla. El caso de María es una confirmación de esta afirmación. La palabra proclamada ayuda a aproximarnos al misterio que celebramos.

La primera lectura recuerda que en su origen la humanidad hizo una opción contraria al plan de Dios. No sabemos de forma concreta cómo, pues se nos narra con un lenguaje simbólico y figurado, cuyo contenido es que Dios invitó al hombre, creado como pura criatura y mortal, a vivir en su casa-jardín donde podría participar su felicidad y vivir inmortalmente siempre que se sujetara a su voluntad. Pero el hombre no se fio de Dios, quiso “ser como Dios”, independiente, moralmente autónomo, y Dios respetó esta opción, quedando el hombre fuera del paraíso como pura criatura mortal. Es una herencia negativa que el primer hombre transmite a todos sus descendientes, el pecado llamado original. Pero Dios prometió a la humanidad una victoria final sobre el tentador, que restablecería el plan primitivo. La segunda lectura habla del cumplimiento de este plan y de su situación actual con un lenguaje más concreto: Dios nos ha destinado a todos los humanos a ser hijos en su Hijo, y como Dios es amor y el Hijo es la expresión concreta de su amor, ser hijos en el Hijo significa unirse en Cristo y dejarse transformar por él, siendo santos e inmaculados en el amor. Cristo muriendo y resucitando ha hecho posible esta situación, liberando de la herencia de Adán a toda la humanidad.

Desde muy pronto la Iglesia tuvo la corazonada de que María, madre de Dios, y destinada a convivir de forma íntima con su Hijo santísimo, estaría libre del pecado original, la herencia de Adán. ¿Cómo es posible que una mujer, separada de Dios por el pecado original, fuera su madre? Pero contra esta corazonada  estaba la afirmación de la fe que confesaba que Cristo es salvador universal, incluso de su madre. Solo en el bautismo todos recibimos una gracia básica que anula la incapacidad del pecado original y nos capacita para amar y recibir las ayudas necesarias para llegar al final. Este es el camino para todos los humanos, hijos de Adán. Esto es verdad, pero el Espíritu Santo fue ayudando a la Iglesia a profundizar en la palabra de Dios y a descubrir pistas que pudieran resolver esta dificultad. Un texto básico fue el Evangelio que se ha proclamado en que Dios por medio del ángel llama a María llena de gracia, es decir, plenamente agradable a Dios y transformada por él desde el primer momento de su existencia. María era la plenamente amada porque no había nada negativo en ella y la plenamente capacitada para amar desde el primer momento de su existencia. Y no obsta que Cristo sea redentor de todos, pues lo era, pero su madre fue redimida en previsión de sus méritos. Es la fiesta que celebramos.

Hoy celebramos a María como reina del Adviento o de la Esperanza, porque muestra en su vida cómo Dios promete y cumple, dando a cada uno lo que necesita para realizar su misión. Por otra parte, se nos enseña cómo actúa Dios en la Historia de la salvación. Este hecho tan excepcional se realizó en pleno silencio, no lo conocieron los padres que engendraron a María ni lo supo ella. Lo importante no es la notoriedad pública del hecho  sino la certeza del amor inquebrantable de Dios que nos conduce a cada uno por sus caminos siempre inspirados en el amor. Esta certeza confirma nuestra esperanza, a pesar de que a veces no veamos en el horizonte signos de esperanza tangibles, pues frecuentemente Dios actúa en el silencio.

La Eucaristía es lugar privilegiado para agradecer al Padre, en primer lugar, la obra que ha realizado en María, y junto con esto,  la vocación que nos ha dado y los medios que estamos recibiendo para llevarla a cabo. Por otra parte, es alimento de los hijos que  capacita para seguir adelante, creciendo santos e inmaculados en el amor, y garantía de que llegaremos a la meta querida por el Padre.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona


jueves, 6 de diciembre de 2018

"¡Alégrate, Llena de Gracia!"




Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios; porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo (Antífona de entrada, Liturgia de la solemnidad).


Inmaculada anunciada
Inmaculada  Profetizada
Inmaculada concebida
Inmaculada hija de Dios Padre
Inmaculada nacida
Inmaculada niña
Inmaculada amada
Inmaculada consagrada
Inmaculada silenciosa
Inmaculada orante
Inmaculada Mujer
Inmaculada prometida de José
Inmaculada visitada
Inmaculada saludada de parte de Dios
Inmaculada Llena de Gracia
Inmaculada escucha
Inmaculada obediente
Inmaculada Esposa del Espíritu Santo
Inmaculada Madre del Mesías
Inmaculada Madre en la Fe
Inmaculada servidora
Inmaculada alegre
Inmaculada agradecida
Inmaculada profetiza
Inmaculada Bienaventurada
Inmaculada esposa de José
Inmaculada Madre de Jesús
Inmaculada Madre de Dios
Inmaculada Madre del Salvador
Inmaculada adoradora de su Hijo
Inmaculada esclava de su Hijo
Inmaculada meditativa
Inmaculada Custodia del niño Dios
Inmaculada Discípula del Señor
Inmaculada evangelizada
Inmaculada intercesora ante el Señor
Inmaculada contemplativa del Señor
Inmaculada de pie ante la Cruz
Inmaculada Dolorosa
Inmaculada oferente
Inmaculada corredentora
Inmaculada Madre de los discípulos
Inmaculada  silenciosa
Inmaculada espera
Inmaculada Madre del Resucitado
Inmaculada feliz
Inmaculada Madre de los Apóstoles
Inmaculada del Espíritu Santo
Inmaculada Madre de la Iglesia
Inmaculada asunta al Cielo
Inmaculada coronada como Reina
Inmaculada Reina de pie a la derecha del Rey
Inmaculada Medianera y Abogada
Inmaculada evangelizadora
Inmaculada unida eternamente a su Hijo
Inmaculada Madre de los bienaventurados, ruega por nosotros!



miércoles, 5 de diciembre de 2018

Tu nombre me sabe a Fe





Tu nombre me sabe a Fe,
Tu nombre me sabe a calma,
me sabe Tu nombre a amor,
Tu nombre sabe a esperanza.

Tu nombre me sabe al tiempo,
en que de niño rezaba,
Tu nombre, Virgen María,
Tu nombre, Virgen del alma.

María de Nazaret,
María de mi esperanza,
María de mi niñez,
María de mi añoranza.

Tu nombre aprendí de niño,
Tu nombre guio mi infancia.


Tu nombre me sabe a paz,
Tu nombre me sabe a cielo,
me sabe Tu nombre a luz,
Tu nombre sabe a consuelo.
Tu nombre me sabe al tiempo,
en que de joven luchaba,
Tu nombre, Virgen María,
Tu nombre, Virgen del alma.


Tu nombre me sabe a mar,
Tu nombre me sabe a magia,
me sabe Tu nombre a sol,
Tu nombre sabe a bonanza.

Tu nombre me sabe al tiempo,
que siendo un hombre dudaba,
Tu nombre, Virgen María,
Tu nombre, Virgen del alma.



martes, 4 de diciembre de 2018

En la inauguración del Año Jubilar en el centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús


Cerro de los Ángeles, 2 de diciembre de 2018
Con la apertura de la Puerta Santa y esta celebración eucarística comenzamos un Año Jubilar, un Año de Gracia, que nos ha concedido el Santo Padre, el Papa Francisco, a través de la Penitenciaría Apostólica.

Nos ha movido a pedir este Año Santo la memoria de la Consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús que en 1919 hiciera el Rey Alfonso XIII en este mismo lugar, hace ahora cien años. No es nuestra intención mirar al pasado con estéril nostalgia, pero sí con agradecimiento, con un corazón agradecido por los beneficios que por siglos hemos recibido del Señor, y que en nuestra España se han traducido en frutos de santidad: santos confesores de la fe, santos maestros orantes, santos misioneros, santos mártires, santos de la caridad.

Al mirar a lo que aconteció aquí hace un siglo, estamos mirando también a nuestro presente. Sabemos bien que las circunstancias sociales, políticas, culturales, y hasta religiosas de hoy no son las mismas de aquellas de los primeros años del siglo pasado. Todo ha cambiado sin duda, pero no podemos dudar que permanece el amor de Dios que vemos simbolizado en su Corazón, y la necesidad de consagrarnos y consagrar España a este Misterio. Mirando a nuestro corazón y mirando al corazón de la sociedad en la que vivimos es fácil entender que necesitamos a Dios, que necesitamos que venga con nosotros, que necesitamos descansar en Él y dejar que cure nuestras heridas.

Hoy comenzamos un camino de preparación a la renovación de la Consagración de España al Corazón de Jesús que celebraremos Dm el próximo día 30 de junio de 2019 en este mismo lugar donde se venera su imagen. Este Año pretende también avivar el deseo de que Cristo reine en los corazones y reine también en las relaciones y estructuras sociales; admitimos que España es plural, que son muchos los que no creen o profesan otro credo; no pretendemos imponer nada, pero sí es legítimo, y para nosotros necesario desear el bien para todos y el bien para España, y estamos convencidos que Cristo es la Palabra, que es la respuesta, que es el sentido, en expresión del Apóstol de las gentes, que “Cristo es con mucho lo mejor”; por esto, simplemente por esto, queremos consagrarnos y consagrar España al misterio de su Corazón. El Concilio nos lo ha recordado con gran belleza al enseñarnos que el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado, y “esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS, 22).

El acontecimiento que hoy comenzamos, y que se prolongará hasta la próxima solemnidad de Cristo el Rey, el 24 de noviembre del próximo año, es un momento espiritual, un evento estrictamente religioso, en el que estamos llamados a profesar y renovar nuestra fe, a celebrar los misterios del Señor, especialmente en la Eucaristía y en la Reconciliación, y a vivir la fraternidad en la caridad. Será una nueva oportunidad para detenernos en la contemplación del rostro de Cristo, para entrar en el misterio de su Corazón y dejar que su amor renueve nuestra vida. Ojalá aprovechemos este tiempo de gracia que se nos ofrece para ir a lo esencial, para no perdernos en lo que no lo es.

Nos preside la impresionante imagen del Corazón de Jesús colocada en el centro geográfico de España, y al mirarla recordamos que “hablar del Corazón de Cristo es hablar de Jesucristo resucitado vivo de Corazón palpitante que nos ama ahora, que ahora está cerca de nosotros, que envuelve cada uno de los detalles de nuestra vida, y que ahora es sensible a nuestra respuesta de amor” (L. Mendizabal. La consagración al Corazón de Cristo, p. 9). En este Año celebramos a Cristo, celebramos la vida que Él nos da, y apoyados en Él queremos renovar nuestra vida cristiana y eclesial. Por esto, la Iglesia del Señor que camina en Getafe quiere hacer de este Año Jubilar una oportunidad de renovación de la vida cristiana y de renovación de nuestra vida diocesana. Necesitamos ser testigos auténticos y creíbles del Señor en este Sur de Madrid, necesitamos ser discípulos misioneros, y mostrar a todos la belleza de la comunión y hacerlos participes de la salvación que recibimos de Dios. En el Corazón del Señor cabemos todos y en Él quisiéramos encontrar a todos. Este es el gozo que queremos compartir con todas las iglesias de España, todas ellas están invitadas a participar de este Año santo.

El lema que hemos escogido para el Año Jubilar – “Sus heridas nos han curado”- nos hace, desde las heridas del Salvador, mirar a las heridas de los hombres. Las heridas del Señor nos han curado, nos curan cada día del aguijón del pecado, y nos hacen ser nosotros instrumentos y portadores de esta curación para los demás.

Santa Maravillas de Jesús sintió una llamada fuerte y apremiante a fundar en este monte un Carmelo. El Señor le dice: “España se salvará por la oración”. Esta puede ser nuestra pequeña gran aportación a la salvación de España: rezar. Rezar por todos, los de lejos y los de cerca, por las necesidades de los hombres, por sus pobrezas y esclavitudes, sabiendo que el Señor siempre escucha nuestra oración. Como han hecho muchas generaciones anteriores a nosotros, digamos con verdadera fe: “Sagrado Corazón de Jesús en ti confío”. Repitámoslo desde el corazón. Confiemos de verdad en el Señor.

Por último, quiero agradecer de corazón a todos los que están haciendo posible la celebración de este Jubileo poniendo su tiempo y sus energías en que el Corazón de Jesús sea cada vez más conocido y amado, para que siempre nos mantenga en su santo servicio.
+ Ginés García Beltrán
Obispo de Getafe


lunes, 3 de diciembre de 2018

Es­tad siem­pre des­pier­tos






La Igle­sia co­mien­za su año li­túr­gi­co bajo el di­na­mis­mo de la es­pe­ran­za. El Ad­vien­to im­preg­na de es­pe­ran­za nues­tra vida. Je­sús nos in­vi­ta a es­pe­rar. Lo hace con imá­ge­nes ex­pre­si­vas: «No se os em­bo­te la men­te con el vi­cio, la be­bi­da y los ago­bios de la vida… Es­tad siem­pre des­pier­tos». Sabe que el hom­bre pue­de caer en el sue­ño es­pi­ri­tual, que con­du­ce a la muer­te de la es­pe­ran­za en algo que va más allá de lo que le afe­rra a esta vida: el vi­cio, la be­bi­da, los ago­bios mun­da­nos. Quien deja de es­pe­rar se de­ses­pe­ra. La muer­te tie­ne el ca­mino abier­to para ani­dar­se en él.

El hom­bre no pue­de vi­vir sin es­pe­ran­za. Ne­ce­si­ta con­fiar en que la fe­li­ci­dad pue­de es­tar al al­can­ce de la mano. As­pi­ra a un mun­do más jus­to y fra­terno y lu­cha por con­se­guir­lo, aun­que se tope con su pro­pia im­po­ten­cia y los lí­mi­tes de los de­más. Un mun­do sin es­pe­ran­za es un mun­do in­ha­bi­ta­ble, in­hu­mano. Pero si lo pen­sa­mos bien, en la en­tra­ña de la es­pe­ran­za está siem­pre la con­fian­za en al­guien. Al­guien que sos­tie­ne en la lu­cha; al­guien que ase­gu­ra un fu­tu­ro me­jor; al­guien en quien se con­fía el lo­gro de los an­he­los pro­fun­dos. En reali­dad, el hom­bre sólo pue­de es­pe­rar en al­guien, no en algo que siem­pre será inade­cua­do a los de­seos in­fi­ni­tos del co­ra­zón. Bien sa­be­mos que nin­gún ob­je­to, por va­lio­so que sea, pue­de dar­nos la fe­li­ci­dad. Sólo al­guien ade­cua­do y se­me­jan­te a no­so­tros es digno de nues­tra con­fian­za y sos­te­ner­nos en la es­pe­ran­za de la fe­li­ci­dad. Sólo el amor sos­tie­ne la es­pe­ran­za, la acre­cien­ta, la desa­rro­lla en la his­to­ria en for­mas di­ver­sas de rea­li­za­ción y ple­ni­tud hu­ma­na.

En la ter­ce­ra par­te de la «Suma con­tra gen­ti­les», To­más de Aquino dice que to­das las co­sas as­pi­ran a pa­re­cer­se a Dios. Todo tien­de ha­cia él, que es como de­cir: to­dos los se­res le es­pe­ran. El Ad­vien­to, que sim­bo­li­za la es­pe­ran­za de la hu­ma­ni­dad y del cos­mos, es la es­pe­ra de Dios. Es­pe­ra­mos a Al­guien. Dios es el úni­co que pue­de col­mar la es­pe­ran­za hu­ma­na, por­que, crea­dos a su ima­gen, es el úni­co ade­cua­do al hom­bre. Y de­trás de cada es­pe­ran­za hu­ma­na, por pe­que­ña que sea, se es­con­de el de­seo de Dios. Como dice Mau­riac: «El que os pide fue­go para un ci­ga­rri­llo, si es­pe­ráis cin­co mi­nu­tos, os aca­ba­rá pi­dien­do a Dios». Hay que te­ner pa­cien­cia para es­pe­rar a que ger­mi­ne en el co­ra­zón del hom­bres esta sú­pli­ca: «Ven, Se­ñor, no tar­des más». Por eso, re­du­cir el ho­ri­zon­te de la es­pe­ran­za a lo mun­dano es con­du­cir al hom­bre ha­cia la des­es­pe­ran­za, por­que un ci­ga­rri­llo, un pla­cer se­xual, un poco más de di­ne­ro, una sa­tis­fac­ción sen­si­ble —aun­que sea le­gí­ti­ma— sólo pue­de au­men­tar en el hom­bre la sed de ple­ni­tud. Por eso, es erró­nea la ima­gen que mu­cha gen­te se hace de la es­pe­ran­za cris­tia­na, al si­tuar­la en un fu­tu­ro, en el que nues­tro mun­do haya des­a­pa­re­ci­do. Como si lo que vi­vi­mos aquí, en esta ama­da tie­rra, con nues­tros se­res que­ri­dos, no tu­vie­ra con­ti­nui­dad con los nue­vos cie­los y nue­va tie­rra que es­pe­ra­mos. Dios quie­re col­mar ya aquí nues­tra es­pe­ran­za. La ve­ni­da de su Hijo, en nues­tra car­ne, el gozo de la Na­vi­dad, es ya el cum­pli­mien­to de las pro­me­sas de Dios, que quie­re ha­bi­tar en­tre los hom­bres para edu­car­nos a vi­vir se­gún la for­ma que al­can­za­re­mos una vez con­su­ma­da la his­to­ria. El mun­do nue­vo que es­pe­ra­mos no es algo, se­gún dice Ch. Moe­ller, «pre­fa­bri­ca­do por Dios», que cae so­bre no­so­tros como un ae­ro­li­to pro­vo­can­do un te­rri­ble apo­ca­lip­sis. Ese mun­do nue­vo vie­ne en su Hijo, que asu­me nues­tra con­di­ción hu­ma­na para trans­for­mar­la a su ima­gen de hom­bre nue­vo. La eter­ni­dad en­tra en el tiem­po y nos per­mi­te gus­tar ya aquí lo que un día go­za­re­mos para siem­pre li­bre de toda ata­du­ra de im­per­fec­ción y muer­te.

No es­pe­ra­mos algo; es­pe­ra­mos a Al­guien. Se lla­ma Dios con no­so­tros. Vi­va­mos, pues, siem­pre des­pier­tos.

+ Cé­sar Fran­co
Obis­po de Se­go­via.


sábado, 1 de diciembre de 2018

I Domingo de Adviento. Ciclo C




la esperanza cristiana.

        La Historia de la salvación es una historia de esperanza. Después del pecado de Adán, Dios hace la primera promesa de una victoria sobre el mundo del mal (Gén 3,14-15). Más adelante se la concreta a Abraham prometiéndole una bendición especial a sus descendientes (Gén 12,1-3) y siglos más tarde le especifica a David que todo esto vendrá a través de un enviado, ungido especial que enviará, el Mesías (2 Sam 7). Todo el AT es espera de la llegada del Mesías con poder y gloria que trae la salvación. Vino y empezó a cumplirse la promesa, pero no vino en gloria sino en la pobreza y debilidad. Su venida tuvo carácter de siembra de una cosecha, que ya está creciendo, pero todavía no ha llegado a su plenitud. Esta llegará con la segunda venida de Jesús, que será en gloria para recoger la cosecha. Entonces se cumplirán plenamente todas las esperanzas.
 
        El cristiano vive su participación en la Historia de la salvación inmersa en estas esperas. La vida cristiana es esperar. El tiempo de Adviento invita a tomar conciencia de estas tres venidas, agradeciendo la primera y preparándose para la tercera viviendo con seriedad la segunda, el tiempo presente en que la semilla del reino está sembrada en nuestro corazón y tenemos que corresponder cooperando para que Jesús esté cada vez más presente en nuestra vida. El cristiano espera el futuro de la salvación acogiendo a Jesús en el presente, configurándose cada día más con Cristo.

        Las lecturas de hoy evocan estas venidas. La primera lectura recuerda la promesa hecha a David de un rey mesías, promesa que empezó a cumplirse con la primera venida de Jesús en Belén. El Evangelio nos habla de la venida final en que Jesús vendrá con gloria para recoger la cosecha, concediéndonos la salvación plena, que implica liberación de todo tipo de males físicos y morales, viviendo plenamente felices en comunión con Dios uno y trino y con todos los santos. Esta meta nos exige vivir en vela sin dejarnos adormecer por el egoísmo ni por ningún tipo de vicios. La segunda nos asegura la ayuda de Jesús resucitado en el presente para ir configurándonos con él preparándonos así para el final. El salmo responsorial  pone en nuestros labios una petición de ayuda.

        El ser humano es un ser hecho para esperar. De pequeño esperamos ser mayores, esperamos terminar los estudios, esperamos tener un trabajo, esperamos tener una familia, esperamos educar y colocar a los hijos, en la vejez esperamos la muerte. ¿Y después de la muerte? Aquí termina la esperanza humana y aquí empieza la cristiana, que nos dice que después esperamos la resurrección y el gozo eterno con Cristo. Para ello es necesario vivir todo el proceso anterior unidos a Jesús, que prometió   «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá;  y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,25-26).

        Toda esperanza necesita un apoyo. Nuestro apoyo es la palabra de Dios, palabra eficaz que promete, garantiza y realiza el futuro. Y esta palabra se nos ha dado de forma concreta en Jesús, la Palabra hecha carne, garantía de las promesas de Dios amor. Los cristianos por el bautismo estamos unidos a Cristo resucitado y él nunca nos dejará hasta llevarnos con él en su parusía. Así lo ha prometido: «Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,39-40).

¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué nacemos? Un niño pequeño, en la edad de los porqués, después de la primera experiencia de un muerto en la familia,  preguntaba: “Mamá, si tenemos que morir, ¿para qué nacemos?” Es la pregunta que ha preocupado de siempre a la humanidad con múltiples respuestas. La fe cristiana nos dice que en el plan de Dios hemos venido a la existencia para gozar de su felicidad eternamente. Los cristianos tenemos una vida con sentido y con una esperanza, que se debe traducir en paciencia para soportar todas las pruebas de la vida cristiana y los trabajos por un mundo mejor, como Dios quiere.

        Celebrar la Eucaristía es celebrar la esperanza porque es presencia del que vino, murió y resucitó y garantía de su venida futura. Y para que podamos vivir unidos y creciendo en él nos ha dejado la Eucaristía como alimento: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,54).

Dr.  Antonio Rodríguez Carmona