sábado, 4 de julio de 2020

Domingo XIV del Tiempo Ordinario



 Exultante de gozo, Jesús eleva sus ojos al Padre y le dice: ¡Te doy gracias Padre, porque has encubierto estas cosas a los sabios y prudentes de este mundo y se las has revelado a los pequeños!
En la Espiritualidad de la Palabra, la expresión "estas cosas" indica el Misterio de Dios. 

Lo cierto es que por las diversas  Ciencias se puede aceptar la existencia de Dios, pero quién es, qué relación tiene contigo, qué puede hacer por ti, esto solo está al alcance de los pequeños. Estos no conocen a Dios como Ser Supremo, sino como "su Padre".

Dicho esto, tengamos en cuenta que la palabra "pequeño" en la Escritura es sinónimo de discípulo, en este caso, de Jesús. Una relación así con el Hijo de Dios, nos hace extraños al mundo al que Jesús y su Evangelio tanto estorban por la Luz que tanto cuestiona a ese mundo. Bien sabe esto Jesús, ... lo vivió en su propia carne y así como Él se refugió en el Amor del Padre, nos dice a todos los que a pesar de nuestras precariedades pretendemos alcanzar el Discipulado. ¡Venid a mí los que estáis agobiados y cansados...
conoceréis el descanso del alma!.

El descanso del alma es una creación de Dios, no está a nuestro alcance ni al alcance de nadie. Se trata de fiarnos del Señor Jesús y dejarle que cree en nosotros. ¡El Descanso del Alma!
P. Antonio Pavía-Misionero Comboniano


viernes, 3 de julio de 2020

La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (II)


Es mi deseo y mi intención, que tengan el gusto de lo imperecedero,  el  aroma  de  la vida  eterna con madera de cruz y  trigo  candeal,  un  color  transparente  como  la  brisa, un brillo de sol

Puedo así caminar por cualquier horizonte y recorrer los confines del mundo sin que me sienta huérfano. Adonde vaya estarás a mi espera. Como la sombra que proyecta mi cuerpo, y llega a cada cosa primero que mis pasos.
Virgen del Mar, trazo solamente, Madre, para dejar que mi corazón cante en su propio lenguaje. Bajo tu protección me acojo, Santa Madre de Dios. ¡Oh Virgen gloriosa y bendita!
La providencia ha dispuesto que sea yo quien este Año de gracia, de nuestro sesenta aniversario, me dirija a Ti con filial respeto, con tacto, suavidad, amor y mirándote con infinita ternura. Quiero hacerlo, pero no sé si encontraré las palabras adecuadas para ensalzar debidamente tu gloria, pues han sido tantas veces las que me he estremecido de alegría, de esperanza, de plenitud y has gastado tanta ternura en acercarme hasta Ti que ya no sabría vivir sin Ti como referencia.
Te ruego derrames TÚ Gracia para exponer con precisión mis deseos.
Necesito estrenar palabras recién acuñadas, con copos de nieve, rayos de sol y perfume de nardos. Necesitaría hacerme niño, porque Tú, Madre, eres la que sabe la verdad de las cosas.
Necesito un largo, profundo y sereno silencio donde se oyeran tus pisadas en las “arenicas” de Torregarcía, para que en ese silencio caiga una campanada, como una estrella, como el sol que todo lo llena, la única palabra nueva: Madre, o esta otra que es igual, Virgen María.
Desearía que mis humildes letras, sencillas y límpidas, las pudierais degustar con el paladar del alma, como diría san Agustín.
Este es mi deseo y mi intención, que tengan el gusto de lo imperecedero, el aroma de la vida eterna con madera de cruz y trigo candeal, un color transparente como la brisa, un brillo de sol que alumbre una fragancia de ternura infinita y un perfume de misericordia que se expande por todo el ser.
El nombre de María es el otro nombre reconfortante de la oración sencilla, Miryam, Señora del Mar, un nombre realmente sonoro, y además polifónico, porque al pronunciarlo se oye el eco celestial sobre las olas. Con la Virgen del Mar se descubren nuevos mares cuanto más se navega. Era una ola tibia de ternura, de misteriosa confianza, rumor blando, limpio y cariñoso, acariciado por la espuma con sus aguas frescas. Escucha el eco que repite su nombre, como la caracola, el ruido de los mares.
Cuán alegre se anunciaba la aurora. Su presencia era silencio, llenando el vacío, y la pleamar creciente, invadiendo aquella playa secreta aún adormecida en las arenas donde el sol preconizaba izarse. Al fondo, el límite donde termina el mar y da comienzo el cielo, donde apuntan las blancas gaviotas el indiviso plano de una ruta infinita.
A pesar del oleaje Ella se acercaba lenta y oculta entre las aguas. Se iba arrimando pausadamente hasta la orilla, como pidiendo permiso para arribar a la playa de Torregarcía, pero de una manera abierta y transparente, mirando el torreón y golpeando suavemente y con prudencia, como si fuese el corazón de los almerienses.
Llegó con el rostro humedecido al mar interior de los almerienses y el repicar lejano de las campanas suena a gloria, corazón de fiesta que va soltando las amarras y zarpa buscando albergue y derramando ternura sobre el niño que duerme. Y desde entonces nosotros ya nunca más fuimos ajenos a las cosas eternas y nuestra fe siempre -o casi siempre- miró a la eternidad que nos inunda, alba de un sol naciente.
Por fin descubrimos el amor a María, el que se escribe con letras mayúsculas, y empezaron a salir de nuestra boca alabanzas y bendiciones, que colman las insatisfacciones de nuestra cansada vida y nos da a gustar el sabor ansiado de su amor maternal.
Ahora ya somos conocedores de lo que nos acerca y separa a nuestra Madre, la Santísima Virgen. Nos va mucho en decidir amar lo que tenemos entre manos, amar nuestro trabajo, nuestra familia, nuestra hermandad, querer lo que nos pasa, aunque no sea exactamente lo que nos hubiera gustado. Quien ama puede ser feliz en cualquier situación porque lo que da paz y alegría al alma no son las circunstancias, sino un corazón amante. María lo supo bien, Ella nos enseña a vivir ese olvido de Sí, en los momentos de gozo y de dolor, de luz y de gloria.


Miguel Iborra Viciana


jueves, 2 de julio de 2020

La Virgen del Mar en la Historia de Nuestra Salvación (I)



Una  heroica  historia  de  devoción mariana  y  espiritual que ha  logrado  superar  algunas  pequeñas  adversidades, pero  ahí está nuestro prestigioso boletín y la edición del libro.

La Hermandad de la Virgen del Mar, en Madrid, nació hace 60 años y ha permanecido en la historia gracias a la fidelidad y a su carisma mariano sustentado por las raíces de aquellos hermanos fundadores, que han sido siempre nuestro espejo y que nos han permitido perseverar y persistir durante este medio siglo y 10 años más, los suficientes para estar celebrando este significativo sexagésimo aniversario.
Una heroica historia de devoción mariana y espiritual que ha logrado superar algunas pequeñas adversidades, pero ahí está nuestro prestigioso boletín y la edición del libro, con motivo de los 50 años, que narra nuestra Historia y dan fe de ello.
Para un servidor, redactar sobre la Hermandad de la Virgen del Mar, en Madrid, sería referirme una vez más a lo ya escrito, que para mí fue una gran oportunidad de investigación, de gratitud y de acción de gracias, pues me beneficié de tanto don y presencia aportada por la Santísima Virgen María, en su advocación del Mar. Nuestros fundadores y siguientes hermanos nos dejaron tantas menciones explicitas de su devoción, espiritualidad, sensibilidad e inolvidables acontecimientos de hermandad, prevaleciendo siempre el aspecto mariano y el amor a nuestra querida tierra almeriense que propició y propicia un ambiente de auténtica fraternidad.
Pero lo que sí puedo y debo es dirigirme a nuestra Patrona la Virgen del Mar, que es un misterio de gracia y una historia de fe, y me complace saludarla de un modo muy especial y como un signo de gran interés por todo lo que anima la vida religiosa y mariana de esta ya muy longeva y sexagenaria Hermandad, fundada por almerienses para robustecer el espíritu de nuestra distinguida piedad mariana, devoción que forma parte del rico patrimonio espiritual del pueblo almeriense.
¡Salve Madre, Virgen del Mar, en la tierra de tus amores: Almería, Barcelona, Sevilla y Madrid y la de todos tus hijos repartidos por el mundo!
Dios te Salve, Virgen María, causa de nuestra alegría. Luz de la tierra almeriense. Alba de Dios... Agua donde las almas se miran, manantial, fuente y brisa en la brisa. Dios te salve María, Madre de Dios, por Ti las olas del mar, ya aplacadas y sedadas, nos trajeron con gozo y suavidad tu presencia entre nosotros.
La Virgen del Mar, Almería y un almeriense muy mariano, valores que me hacen profesar amores que no se doblegan, son fuente de renovación de alabanzas a la Madre de Dios.
Tomando como base las palabras del Magníficat, escribir de la Virgen es, ante todo, un acto de obediencia a la voluntad del Eterno, una manera de recordar sus maravillas y de celebrar su gloria. Tu nombre es Miriam.
El eco de tu nombre ultrapasa los confines del mundo. Cada pueblo lo dice con acentos diversos repletos de ternura. Cumplen así la profecía que en casa de Isabel resonó en las montañas: “Todos los pueblos me llamarán bendita”.
Tu cántico fue música al oído y para el vientre danza. Pregunto por tu nombre, tu nombre diminuto que en un solo golpe de voz podría pronunciarlo. Pero Tú tardarás tanto en responderme… Porque, pequeño, a la vez es tan grande que tendrás que susurrarlo de infinitas maneras.
Es como un arco iris que brilla cuando la lluvia pasa y con su inmensa curva abraza el horizonte, con el espectro sutil de todos los colores. Así también tu nombre, en cada meridiano, lo escucho decir con ternura indecible y en mi oído convoca nuevamente a la danza.
Por detrás de las palabras, tantísimas, que designan tu nombre, Te escondes sola, inconfundible y única. Suena tu nombre a mar. A pleamar diría. Tal vez por eso, nos deja entre los labios el gusto de la sal que abandonan las olas. Al decirlo, se iluminan los ojos.
Cuando alguien balbuciente Te llama, se encienden las estrellas y la noche adquiere luz de plenilunio. Reverberas la intensa claridad de un sol que tras de Ti se esconde, pero en Ti se adivina.
Miguel Iborra Viciana

http://www.hermandadvirgendelmar.es/





miércoles, 1 de julio de 2020

En ti está mi esperanza



El salmo 38 nos presenta un israelita que desea y busca ser fiel a Dios, y por ello lleva un estilo de vida que provoca el desprecio de incluso aquellos que anteriormente eran sus amigos. Este hombre, figura de Jesús, no entiende la aversión de esta gente por lo que con el alma desolada pregunta a Dios: "Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?” Dios le responde al instante con su infinita ternura, inspira la respuesta en su alma y ésta la lleva hacia sus labios: “¡Tú eres mi esperanza!”

Nuestro amigo recobra paulatinamente la paz; el Señor en quien confía es su refugio y defensa. Este hombre, fiel figura -como he dicho- de Jesucristo, lo es también de sus discípulos, que tantas veces nos vemos asolados por el desprecio del mundo.

Sepamos que así como el salmista tuvo su respuesta de parte de Dios, también nosotros la tenemos. Oímos a Jesús: "En el mundo tendréis tribulación, pero, ¡ánimo!, yo he vencido al mundo" (Jn 16,32b).

Sí, no perdamos la Paz del Señor, Él ha vencido al mundo que nos desprecia por ser sus Discípulos.
 

 PD. Con este texto finalizamos las mini-catequesis que iniciamos cuando se estableció el confinamiento. La buena noticia es que todas ellas van a ser publicadas, con más aportaciones, en el libro que verá  la luz (D.M.) a mediados de Septiembre y que lleva por título: "Luces del alma desde el confinamiento"

Mantenemos el contacto y os informaré de la Editorial y número de teléfono, para  que  podáis solicitarlo desde vuestro domicilio.
             ! Un abrazo y Bendito sea Dios!



P. Antonio Pavía

martes, 30 de junio de 2020

El sublime conocimiento de Cristo



Qué estremecedor tuvo que ser para San Pablo su progresivo conocimiento de Jesús al denominarlo: "conocimiento sublime" (Flp 3,8). Al considerarlo como sublime, Pablo no se está sirviendo de un recurso poético, sino que nos está trasmitiendo una vivencia de la que nos quiere hacer partícipes.

Adivinamos tras esta expresión la intensidad de su relación con Él, el fuego que arde en sus entrañas. Entendemos entonces su fortaleza y perseverancia en su Misión de Evangelización, plagada, como todas ellas, de sinsabores, dificultades de todo tipo, y, por supuesto, persecuciones. Ninguno de estos impedimentos consiguió anular la Fiesta perenne de su corazón habitado por Dios.

No es el de Pablo un conocimiento de Jesús instalado en su mente, sino lo que los Santos Padres llaman: la Sabiduría enraizada en el alma, conocimiento más divino que humano, que le permite hablar de Jesús no con palabras fonéticas, sino fogosas, llenas de Espíritu y Vida porque el mismo Jesús es quien habla por él, lo que indica que no predica el Evangelio en su propio nombre, sino en el de Jesús… de la misma manera que Jesús lo predicó en el Nombre de su Padre.

P. Antonio Pavía
Comunidadmariamadreapostoles.com

lunes, 29 de junio de 2020

Sígueme, yo voy al Padre



 Creo que muchos creyentes asocian la llamada de Jesús, su Jesús, solo a tomar la Cruz y seguir sus huellas hasta el Calvario. Por supuesto que esto es esencial al discipulado, lo dice Él mismo (Mc 8,35); sin embargo, es necesario aclarar que el Calvario no es la meta final, el culmen del ¡sígueme! de Jesús… sino el Padre.

Nos asomamos al capítulo 21, el último, del Evangelio de Juan, y vemos que después de que Jesús rehabilitará a Pedro confirmando su elección como Roca de su Iglesia, le mira a los ojos y le hace su última invitación: “¡sígueme!” (Jn 21,15-19). Con esta invitación le anuncia a él y a todos los que le siguen que su llamada culmina en el Padre hacia quién va Jesús después de su resurrección.

No perdamos de vista esta Buena Noticia. Es cierto que Jesús nos llama a seguirle, llevando nuestra Cruz que nos identifica con Él en el Calvario… pero desde el Calvario resuena nuevamente su llamada: ¡Sígueme al Padre!, yo, tu Buen Pastor, te llevaré a Él, que es tu Padre también.

P. Antonio Pavía
comunidadmariamadreapostoles.com

ORACIÓN A MARÍA, MADRE DE LOS APÓSTOLES



María, Virgen Inmaculada, Reina de los Mártires, Estrella Matutina, Seguro refugio de los pecadores: alégrate porque fuiste Maestra, Fortaleza y Madre de los Apóstoles reunidos en el cenáculo, para invocar, obtener y recibir la plenitud del Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, renovador de los apóstoles, por tu poderosa y humilde oración que conmueve siempre el corazón de Dios, concédeme la gracia de comprender la dignidad del hombre, rescatado de la muerte y de la perdición por la preciosa sangre de Jesucristo. Que cada uno de nosotros se entusiasme por la nobleza del apostolado cristiano: que el amor de Cristo nos apremie, que nos conmuevan las miserias espirituales, de la pobre humanidad. Haz que sintamos en nuestro corazón las necesidades de los niños, de los jóvenes, de los adultos y de los ancianos. Que los pueblos de América, Asia, África, Oceanía y Europa, ejerzan sobre nosotros una poderosa atracción, que el apostolado del ejemplo y de la Palabra, de la oración y de los medios de comunicación social, conquisten muchos corazones generosos, hasta la más costosa entrega. Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles, abogada nuestra, a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lagrimas. Madre de los Apóstoles...

Ruega por nosotros.

domingo, 28 de junio de 2020

La medida del verdadero amor


Cualquiera que haya tenido el más mínimo contacto con eso que se suelen llamar “sectas destructivas” (sea por relación directa, sea por medio de quienes han estado en sus redes) sabrá que una de las primeras cosas que tratan de hacer estas sectas es romper los lazos familiares del adepto. Esto se puede hacer de formas sutiles o brutales, pero el resultado en el mismo. Las formas sutiles consisten en decir que tu familia te limita, que para empezar una nueva vida hay que romper con los lazos del pasado, que sólo así podrás desarrollarte en todo tu potencial, que tú estás muy por encima de ellos… Y no se refieren sólo a los padres y hermanos, sino también al esposo o la esposa, y hasta los propios hijos. Romper todo tipo de lazos familiares significa dejar al individuo desarmado, inerme, con lo que resulta fácil manipularlo y ponerlo en situación de total dependencia. En cuanto a los métodos brutales, no es difícil imaginar que quien cae en las redes de estos grupos, es prácticamente obligado a aislarse de sus relaciones anteriores y a profesar una relación de casi adoración hacia el líder del grupo o hacia la ideología que lo sustenta.
¿No son las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy una variante de esta actitud sectaria? Porque parece que nos invita a poner en segundo plano nuestras relaciones familiares para centrarnos en exclusiva en su persona, como objeto de nuestro amor. Puede parecerlo, pero no es así. Jesús no dice que no debemos amar a nuestros familiares, padre, madre, hermanos, hijos, sino que el amor a Él debe estar en la cima de la jerarquía de nuestros amores. Y esto es así, sencillamente, porque también el amor familiar está afectado por el pecado y necesita ser redimido. Con mucha frecuencia las relaciones familiares están basadas en la violencia, la manipulación, el egoísmo, los celos. Aunque teóricamente se trata de la forma más incondicional y básica del amor (como el amor de la madre hacia sus hijos), con mucha frecuencia en la práctica no es así y las relaciones familiares se convierten en un infierno del que muchos aspiran sólo a liberarse. Por difícil que parezca, hasta la madre puede llegar a olvidarse de su niño de pecho y a no compadecerse del hijo de sus entrañas, como recuerda con dramatismo el profeta Isaías (49, 15).
La salvación que Jesús ha venido a traer a la tierra afecta también a las relaciones familiares, también este amor tan natural e inmediato necesita ser redimido. Y es Jesús el que nos da la medida de ese amor salvador: es el amor con el que Él mismo nos ha amado, dando su vida por nosotros en la cruz. Amar a Cristo más que al propio padre, madre, hermanos, hijos… es el mejor modo de llegar a amar a estos últimos de verdad e incondicionalmente. Porque en el amor a Cristo se purifica nuestra pobre capacidad de amar, tan afectada por el pecado, y en ese amor aprendemos la sabiduría de la cruz, adquirimos la fuerza y la gracia para vivir dando la vida por aquellos a los que amamos.
Pablo nos ayuda muy bien hoy a entender la naturaleza de este amor prioritario a Cristo: no se trata de algo meramente sentimental o psicológico. No es fácil mandar sobre los propios sentimientos, ni hay que forzar las cosas por la vía emocional, pues el amor cristiano no se reduce a una cuestión de emociones. El amor prioritario a Cristo significa una “incorporación” a su persona y, por tanto, a todo el misterio de su vida y de su muerte. No es una cuestión del mero sentimiento, ni tampoco un ejercicio de voluntarismo moral, sino del don que, por la fe, y en el bautismo, hemos recibido: muertos al pecado, nos convertimos en criaturas nuevas, que viven en la vida nueva de la resurrección. Esto que suena, tal vez, a sutileza teológica, tiene una traducción práctica en nuestra vida cotidiana: no nos guiamos sólo por intereses individuales, más o menos legítimos y más o menos egoístas, no dejamos que los sentimientos espontáneos guíen nuestro comportamiento, sino que el criterio de vida es para nosotros el amor con el que Cristo nos ha amado. Es un amor más fuerte que la muerte, pues en la resurrección la muerte ha sido vencida, y eso nos lleva a la disposición de dar la vida por los hermanos, por los nuestros y por los ajenos, por los cercanos y por los lejanos. Esto significa estar abiertos a las necesidades de los demás, tomar sobre nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, la carga de los más débiles, perdonar cuando nos ofenden, no devolver mal por mal, y un largo etcétera que se desgrana a lo largo de los Evangelios. Naturalmente, en esta vida encontramos muchos obstáculos para vivir así, pero precisamente los Evangelios nos hablan de un camino de seguimiento, de un proceso en el que Jesús, Señor y Maestro, nos guía y enseña a crecer en ese amor, cuya semilla ya hemos recibido en el amor que Dios por medio de Jesucristo ya nos ha regalado.
Realmente, podemos pensar que si muchos matrimonios y familias cristianas fracasan es porque no acabamos de tomarnos en serio lo que supone el bautismo y el modo de vida que lleva consigo. No se trata de ser perfecto, sino de iniciar un camino en la escuela del amor que Jesús, no de modo teórico, sino vivo y existencial, nos transmite y enseña. Es ahí dónde podemos experimentar cómo ese perder la vida (las negaciones de uno mismo que el amor a veces exige) es realmente encontrarla, pues es encontrar la vida nueva del Resucitado.
A diferencia de esos amores sectarios, de los que hablábamos al principio, el verdadero amor cristiano es inclusivo y difusivo. Cuando vivimos en Cristo, el bien que hemos recibido de Dios, alcanza a todos los que se encuentran con nosotros, incluso si ellos no lo saben. Porque en la acogida de los discípulos de Cristo se está acogiendo al mismo Cristo. Y esto habla, además, del gran don que hemos recibido con la fe, y del don que podemos hacer a los demás cuando vivimos o tratamos de vivir con coherencia, de nuestra gran responsabilidad. El cristiano no vive para sí, sino para Dios y para los hermanos. Se sabe un “cristóforo”, un portador de Cristo, de modo que con su modo de vida hace posible el encuentro con el mismo Cristo Jesús, pero si no es coherente puede convertirse en un obstáculo de ese mismo encuentro. Ser cristiano de verdad significa automáticamente ser un enviado, un misionero, un testigo de ese amor más grande y primero, que eleva y purifica todos nuestros amores, al ponerlos en contacto con la fuente de todo amor, que no es sino Dios, el Amor puro y perfecto.
José María Vegas, cmf.

sábado, 27 de junio de 2020

DOMINGO XIII.T.O.



Leemos en el Evangelio estas palabras bellísimas de Jesús a sus discípulos: "Quien a vosotros recibe, me recibe a mí y a mi Padre" (Mt 10,40).

Se refiere a recibir a unas personas concretas que ondean, en su corazón y en su mirada, la bandera de la libertad. Son libres por el Evangelio que anuncian; libres porque son conscientes de que Jesús ha puesto sus "palabras de Espíritu y Vida” (Jn 6,63) en sus labios; libres porque, mientras sean fieles al Evangelio que su Señor les ha confiado, no tienen que plegarse a nadie que les incite con favores y reconocimientos a desvirtuarlo. Son libres porque quien les envía es el Señor, que ha vencido a la muerte.

Al decirnos Jesús que quien les reciba es a Él y a su Padre a quienes reciben, está señalando implícitamente que únicamente los que acojan el Evangelio que predican, tendrán el corazón lo suficientemente purificado como para reconocerle a Él en sus enviados.

Este es uno de los más brillantes dones que Jesús legó a su Iglesia: que haya hombres que tengan la Gracia de hablar en su Nombre, y que haya personas que reconozcan en sus rostros la Luz de Jesús y los reciban mucho más que por amistad... los reciben porque saben que reciben a Jesús y al Padre.


https://www.youtube.com/watch?v=GdIidbnjweU&feature=youtu.be

P. Pavia
comunidadmariamadreapostoles.com

viernes, 26 de junio de 2020

La caridad como “obra de todos”




No sabemos cuál será nuestro futuro inmediato y tenemos muchas incertidumbres y muchos interrogantes. Pero, terminado el tiempo más duro de esta pandemia, yo quisiera transmitir a todos vosotros, fieles cristianos granadinos y personas que por casualidad a lo mejor escucháis esto: nunca ha sido tan evidente que lo esencial del cristianismo está en la caridad y que esa caridad no tiene que ser –diríamos- simplemente la obra de una organización, sino la obra de todos. Una obra capilar que se extiende desde la parroquia más pequeña hasta la parroquia más grande, desde el barrio más –diríamos- profesional, hasta los barrios más humildes y más necesitados.
Todos estamos llamados a vivir la caridad de la manera que podamos y a cooperar unos con otros para reconstruir nuestra conciencia de pueblo cristiano, nuestra conciencia de que pertenecemos al pueblo de Dios. Y el pueblo de Dios es la Iglesia. Por lo tanto, todos estamos llamados a vivir esa vocación en primera persona, no delegando en otros, no delegando ni siquiera en los sacerdotes o en los párrocos. Todos somos portadores del Señor en nuestra vida. Luego hay algunos aspectos concretos que a mí me parecen especialmente importantes para las personas que tengan más esta inquietud.
Primero, hay que retomar la vida del campo. Hay que volver a tomarse en serio el campo y la agricultura. No hay cultura sin agricultura y no hay ningún periodo de la Historia que pueda llamarse “post-agrario”. La agricultura se ha vuelto muy industrial en muchos aspectos, pero eso está destrozando también muchas partes de la Tierra, y una sociedad sana sólo puede construirse sobre comunidades sanas. Y comunidades sanas tienen que tener un determinado tamaño; si pasan de ese tamaño, dejan de ser sanas.
Hay que recuperar ese sentido y ese valor. Y hay que recuperar la cultura agraria, en el mejor sentido de la palabra. Luego, quienes tienen o todos tenemos de alguna manera –diríamos- alguna relación con la economía, tenemos que reorientar nuestra economía. Volver a hacer de la economía la ley del hogar y, por lo tanto, algo donde prevalece la gratuidad, la generosidad, la bondad, la misericordia de unos con otros sobre la multiplicación de beneficios y la multiplicación o acumulación de bienes de este mundo.
Muchos bienes de este mundo no los necesitamos y es posible que el incremento inmenso del consumo haga crecer lo que se llama la economía oficial o la economía ortodoxa, pero no hace crecer la calidad de nuestras vidas. Tenemos que recuperar una economía que esté a nuestro servicio, al servicio de los hombres y no una economía a la que nosotros tengamos que servir, sacrificándole todo lo que somos y todo lo que vale nuestra vida, empezando por nuestras familias.
Javier Martínez
Arzobispo de Granada

OBEDECER



Debemos obedecerte porque, ciegos, no vemos lo que tú ves.

Porque esa resistencia que sentimos dentro, es nuestra rebeldía, nuestra forma de decir que no te entendemos.

Obedecemos matando nuestra razón y lo hacemos porque vemos con los sentidos del alma que, detrás de nuestro “si”, hay un espacio de encuentro, donde nos dejas entrar, donde nos dices quién eres.

Obedecer es pactar contigo, es obligarte a cumplir lo que nos has prometido.

Obedecer es el trato que firmaste con tu sello en nuestra incrédula alma cuando la primera vez, olvidamos la razón y apostamos por ti.
Y así, desde aquel momento, cada vez que tus dos ojos nos miran al corazón y le empujan a seguir otro camino distinto que el que había elegido, nuestra vida se rebela, se resiste, se revuelve pero sabemos muy bien que haremos lo que Tú digas.

Que, aunque no te comprendamos y cada paso que demos sea en la oscuridad, nos espera tu respuesta, multiplicando tu gracia………..otra vez “ciento por uno”.

En la obediencia, Señor, vivimos abriendo puertas que no quisimos pasar pero que tú nos ofreces para entrar al otro lado, donde estás Tú esperando, la puerta de la Misericordia.

(Olga) 
comunidadmariamadreapostoles.com


jueves, 25 de junio de 2020

Sígueme, yo voy al Padre



Creo que muchos creyentes asocian la llamada de Jesús, su Jesús, solo a tomar la Cruz y seguir sus huellas hasta el Calvario. Por supuesto que esto es esencial al discipulado, lo dice Él mismo (Mc 8,35); sin embargo, es necesario aclarar que el Calvario no es la meta final, el culmen del ¡sígueme! de Jesús… sino el Padre.

Nos asomamos al capítulo 21, el último, del Evangelio de Juan, y vemos que después de que Jesús rehabilitará a Pedro confirmando su elección como Roca de su Iglesia, le mira a los ojos y le hace su última invitación: “¡sígueme!” (Jn 21,15-19). Con esta invitación le anuncia a él y a todos los que le siguen que su llamada culmina en el Padre hacia quién va Jesús después de su resurrección.

No perdamos de vista esta Buena Noticia. Es cierto que Jesús nos llama a seguirle, llevando nuestra Cruz que nos identifica con Él en el Calvario… pero desde el Calvario resuena nuevamente su llamada: ¡Sígueme al Padre!, yo, tu Buen Pastor, te llevaré a Él, que es tu Padre también.

P. Pavia
comunidadmariamadreapostoles.com

miércoles, 24 de junio de 2020

Buen árbol… buen fruto



Dice Jesús que el buen árbol da buenos frutos, no así el árbol deficiente. ¿Qué es lo que provoca que dos árboles aparentemente iguales produzcan frutos tan diversos? Jeremías nos ofrece una buena respuesta a esta pregunta. Dice que el hombre que confía en Dios se asemeja a un árbol que, plantado junto a una corriente de aguas, extiende sus raíces hacia ella buscando su vitalidad (Jr 17,8).  Imagen que nos recuerda a la cierva que, casi agotada por la sed, se sirve de las pocas fuerzas que le quedan para buscar aguas que curen su desfallecimiento (Sal 42,1).

La cosa está muy clara; Dios, Manantial de Aguas Vivas (Jr 2,13), es quien vivifica los árboles que dan buenos frutos. Todo hombre que tiende hacia el Evangelio del Señor Jesús sus raíces, sabe lo que es vivir porque está entrelazado con Él que es Camino, Verdad y Vida (Jn 14,6).

Consideremos esto desde el punto de vista de la oración: el que tiene una espiritualidad superficial hace sus rezos y al terminar se dice satisfecho: ¡Ya he cumplido!

Sin embargo, quien vive una espiritualidad profunda, termina su oración, dirige su mirada a Dios y le dice con gratitud: ¡Gracias, Señor, porque me has dado de tu agua! Estos hombres tienen sus raíces frescas y vigorosas porque rezan para estar junto a Él, no para cumplir con ninguna norma ni con nadie. Estos hombres y mujeres dan a su tiempo frutos de Vida Eterna.

P. Antonio Pavia
comunidadmariamadreapostoles.com

martes, 23 de junio de 2020

Plenitud de vida





"He venido para que tengáis vida en abundancia" (Jn 10,10). Recogemos con inmenso amor esta promesa de Jesús sabiendo que su Evangelio lleva en sus palabras la Vida en abundancia ilimitada y eterna, pues si de algo andamos escasos en nuestra sociedad, tan aparentemente satisfecha, es de Vida desbordante.

Nadie está excluido de esta promesa de Jesús, de una u otra forma todos tenemos acceso al Evangelio del Hijo de Dios. Acoger el Evangelio de Jesús y hacerlo alma de tu alma librando lo que el Apóstol San Pablo llama: “el combate de la fe” (2 Tm 4,6-7), combate en el que, paulatinamente, vamos tendiendo a dejar de lado estilos de vida, decisiones, etc. que fueron considerados intocables porque creíamos que no podíamos vivir de otra forma.

El Evangelio de Jesús, sin retoques inducidos por la mediocridad, como diría San Francisco, como por ejemplo: ama a tus enemigos, comparte tus bienes con los pobres, etc., es quien provoca en ti el salto de una vida hipotecada por sus límites a la Vida Abundancia, cuyo límite es Jesús, es decir: ninguno, porque Él es y te da Vida Eterna.

No tiene límites, como tampoco su amor, por ti; no los tiene, por eso entregó su Vida para que tú tuvieras dentro de ti la Vida Eterna.

P. Pavia
comunidadmadreapsotoles.com

lunes, 22 de junio de 2020

La mayor bendición de Dios





Creo que es bastante arriesgado señalar cuál pueda ser la mayor bendición que Dios nos quiere dar; aún así voy a intentarlo guiándome por el autor del Salmo 24, en cuanto escribano, ya que el Autor e Inspirador es Dios.

Comienza así este salmo: ¿Quién puede estar en el recinto Santo de Dios, junto a Él? Hecha la pregunta, este hombre orante prosigue: "El de manos inocentes y corazón limpio".

Sabemos por los profetas que Dios proclama que los de manos inocentes y limpio corazón son aquellos que no albergan rencores en su interior, que no hablan mal de nadie, ni siquiera de los que les han hecho y hacen daño con calumnias, difamaciones, burlas, etc. Por si fuera poco continúa el salmista, y nos habla de la vanidad del alma propia de los que hacen obras de caridad que todo el mundo tiene que saber porque las pregona, de una forma u otra, con su incansable lengua...

Bueno, arreglados estamos, pues el listón es inalcanzable, a no ser que nos sintamos tan avergonzados que digamos al Señor: ¡Ya ves qué necio he sido! Cógeme en tus brazos de Buen Pastor y enséñame a ser querido por Ti, de forma que solo me importes tú, y no lo que digan de mí, tanto a favor como en contra.

Cuando llegamos a este bellísimo punto en nuestra vida hacemos nuestra la Gran Bendición de Dios que nos anuncia el mismo salmista: "Éste alcanzará la bendición de Dios”. Y añade: "Esta es la raza de los que buscan a Dios".

P. Antonio Pavia
comunidadmariamadreapostoles.com