sábado, 24 de octubre de 2020

Domingo XXX del T. O.

 

 SÓLO QUIEN ESCUCHA A DIOS LLEGA A AMARLE

 El Evangelio de hoy pone en nuestros oídos La Palabra por excelencia: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”.

 No hay duda que es un pasaje que nos estremece y seduce sin embargo son tantos nuestros desvaríos internos y externos que nos viene demasiado grande. La cuestión es que la firmeza y madurez de nuestro corazón para amar a Dios incondicionalmente depende de la calidad de nuestra escucha a su Palabra.

 Escuchar la Palabra para aprenderla o porque no queda más remedio, “porque hay que ir a Misa", no produce ningún enderezamiento en nuestros desvaríos y cualquier propósito de cambio de vida termina en el punto de partida de siempre. A estos quizás se les pueda decir lo que Jesús dijo a los fariseos, no para humillarlos sino para que abriesen sus oídos al Evangelio que rechazaban: “El que es de Dios, escucha las palabras de Dios, vosotros no las escucháis porque no sois de Dios” (Jn. 8, 47).

 P. Antonio Pavía.

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viernes, 23 de octubre de 2020

Los judíos “cercenan” las Profecías

 


Leen “a su manera” sin contradecir a sus antiguos escribas y sacerdotes, por cierto, lejos de Dios por ocultar la verdad a su pueblo descrita en los Textos Proféticos: Nacimiento, Muerte y Resurrección del Hijo de Dios.

¿Perder el Poder religioso? A eso no estaban dispuestos y continuaron con su enrevesada interpretación de la Torá o el Talmud (tradición oral), “cercenando” Salmos y Profecías cumplidas en Cristo.       

Malaquías, Isaías, Daniel, Zacarías, Ezequiel, Miqueas… Todos hablan del Mesías tal y como sucedió, pero los judíos dicen que no, que no hay nada cumplido... ¡Madre mía!, me viene a la cabeza el llanto de Jesús en el “Dominus flevit” (en el Monte de los olivos) por su querido Jerusalén.   

Deberían Leer los Evangelios aunque fuera por curiosidad… Es triste oír a un judío que te diga que no sabe quién es Jesús. Hasta hoy su pertinaz incredulidad consentida, hasta hoy… Y les da completamente igual. Decía San Gregorio que “Un poquito de jerga es todo lo que se necesita para imponerse a la gente. Cuanto menos comprendan, más admiran” ¡Pobres!!!  

Me pregunto qué pensarán de los milagros en el catolicismo. Claro que sin reconocer a María Virgen, ni al Hijo de Dios, difícil enterarse de alguno.

¡Cuánta obcecación y menudo susto se están llevando cuando se encuentran con Jesús después de dejar este mundo!; y ¿cuándo se cumpla el Apocalípsis de Juan? Ufff… Se les acabó de cuajo el seguir “erre que erre” anclados en Moisés y últimos Profetas.

Recemos por ellos aunque ellos no recen por nosotros.

 Emma Diez Lobo

 


jueves, 22 de octubre de 2020

Si no le amas no le puedes conocer

 

      
“Nadie puede ser conocido sino cuando se le ama”, esto decía San Agustín pero yo no entiendo esta frase aplicada al mundo fuera de los conventos. Aquí, mientras más amas mas se te nubla la vista y llegas incluso a fabricar un personaje diferente del que es y  ¡claro! te llevas cada chasco…     

Lo que sí es verdad es que con amor, lo de menos es conocer. Tanto la humillación como el dolor o la injusticia, si amas, se soportan de otra manera. Jesús amaba a malos y buenos y aunque el hombre no pueda amar de igual manera, sí sabe que de él también depende la salvación de otros hombres y la de sí mismo. Tenemos reglas para ello, Jesús nos las dio, se llama PERDÓN y ORACIÓN.      

 Y… “Puente de plata” al malo como dice el Rosario: “Apártame de mis enemigos…” Es una gran frase que te libra de la responsabilidad de enviarle al Hades si te quedas demasiado cerca y te liquida. Seamos inteligentes y hagamos lo que nos dicen. Así que cuando te encuentres con un “bicho” aléjate y reza para que cambie.      

 ¿Difícil orar por ellos? Va contra la razón del hombre común pero es el acto de amor que te cierra la puerta a la venganza, al odio y la desesperanza.

Bernabé Apóstol, nos pedía “bien decir con todos” y es verdad, no olvidemos que el legado que Dios nos dejó fue ser sacerdotes al servicio de la salvación.

Emma Díez Lobo


martes, 20 de octubre de 2020

Levanto mi alma hacia Ti

 

 "Alegra el alma de tu siervo pues la levantó hacia ti" 

 Bienaventurado aquél que en un mundo en el que "donde las dan las toman" se deja levantar por el Señor sometiendo así toda rencilla y venganza que  alimentamos en nuestro corazón y que llegan a ser cadenas pesadísimas que nos arrastran al polvo. Por el contrario Jesús, Camino, Verdad y Vida nos atrae y conduce a la Fuente de la Vida que es el Padre.

 Es cierto que vivimos, siempre ha sido así, en una sociedad violenta. El ansia de tener, de dominar o burlarse del que no piensa como nosotros nos mueve a desencuentros que provocan malestares profundos y enemistades que no son en absoluto evangélicas por mucho que la Mentira que habita en ti pretenda justificarlas.

 ¿Y, cómo volar por encima de esta condición tan rastrera que a todos nos alcanza? ¡Con las alas del Evangelio! Sí, solo el Evangelio de Jesús engendra en el hombre esa Libertad, SÍ, con mayúscula, que nos permite decir con el salmista: "Tu paz rescata mi alma" (Sal. 55,19) El salmista profetizó la paz que solo Jesús nos puede dar (Jn 14,27)

 P. Antonio Pavía.

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lunes, 19 de octubre de 2020

Un finisterre sin confines pandémicos

 


Llega lejos su mirada por no tener jamás cerrados sus ojos. Son largos los brazos de un Dios que no es manirroto. Y su corazón se dilata hasta el infinito por ser así de inmensa su entraña dando cabida a nuestras intemperies, incertidumbres y enojos. Por eso es el Dios de la vida, no una energía sin rostro y sin pálpito detrás de la última galaxia. No hay llanto que no haga de él sus propias lágrimas. Ni gozo por el que no brinde con su vaso con la mejor de sus sonrisas. Así de cercano, así de nuestro, así de entrañable en su divina misericordia. Y quien se embelesó haciendo la belleza de las flores con sus colores y tamaños, el embrujo de un atardecer en cada época del año, la sencillez de los pequeños pájaros que nos regalan su vuelo y su trino cada mañana, se quiso ensimismar al hacernos parecidos a Él sólo a nosotros, al hombre y a la mujer, como su más acabada semejanza poniendo la diferencia radical con el resto de la creación hermana.

Podría parecer que se está describiendo una página bucólica que describe al Creador de todas las cosas. Pero habría una aparente contradicción cuando vemos por doquier tanto sufrimiento, soledad y desamparo, cuando descubrimos el miedo en los niños o los ancianos ante una realidad dura de mirar y difícil de vivir y sobrellevar. ¿Se ha distraído ese Dios encantador? ¿Está sobrecargado de tanto como hay que hacer y no da abasto? ¿Se ha marchado, tal vez, desencantado de nuestras derivas torpes y perversas?

Resulta que era una pregunta que Dios mismo se hacía a través del viejo profeta: “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Is 6, 8). No porque Él fuera incapaz de hacer algo nuevo y eficaz, o estuviera cansado por tanto fraude, o sufriera el desencanto del fracasado, sino porque quería contar con el propio hombre para salvar de su fatalidad destructiva al mismo hombre. El profeta dijo aquello, que tanto le honró: “heme aquí, envíame a mí”. Y será Jesús quien tomará aquella palabra cuando acabando su periplo en el tiempo que compartió nuestra aventura humana, no quiso volver al Padre sin antes confiar a sus discípulos la misión que en Él tuvo simplemente un comienzo: “Id al mundo entero y anunciad la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15).

Esto han hecho los misioneros a través de los siglos de la historia cristiana, y lo hacen cada día: ir hasta los finisterres varios, a tantas periferias existenciales como dice el Papa Francisco, para anunciar a Jesucristo, comunicar su Evangelio y repartir su gracia. Cuando en este mes de octubre celebramos el Domingo mundial de las misiones (Domund), tenemos este momento de gratitud hacia todos los que dejaron familia, tierra y cultura, para decir al Señor: aquí estoy, envíame a mí. Y fueron enviados. Y allí siguen construyendo como cristianos el pequeño trozo de mundo en el que ellos edifican la Iglesia del Señor acogiendo a los pobres y anunciándoles la esperanza del Evangelio.

Este año, en el mensaje para el Domund, el Papa Francisco ha querido subrayar cómo la misión no es ajena a la pandemia que nos asola. Dice él: “comprender lo que Dios nos está diciendo en estos tiempos de pandemia también se convierte en un desafío para la misión de la Iglesia. En este tiempo de pandemia, la pregunta que Dios hace: “¿a quién voy a enviar?”, se renueva y espera nuestra respuesta generosa y convencida: “¡aquí estoy, envíame!”. Por eso, nuestro afecto lleno de gratitud hacia los misioneros, nuestra oración sincera por cada uno de ellos y sus labores apostólicas, y nuestra ayuda económica como un gesto de comunión fraterna. Esto es lo que se nos pide también este año a los cristianos al celebrar el domingo del Domund. Seamos generosos en el agradecimiento, en las oraciones y en las limosnas.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

 

sábado, 17 de octubre de 2020

Domingo XXIX del T.O.

 

 ¿A QUIÉN PERTENECES?

 Unos judíos provocan a Jesús sobre si hay que pagar tributo a Roma o no. Si dice que sí, aprueba el dominio de Roma sobre Israel; si responde que no sería, ante los ojos de los romanos, un alborotador.

  Jesús pasa de la maldad de estos hombres y la aprovecha para darnos a todos una catequesis magistral. Toma una moneda y les pregunta: ¿De quién es esta imagen y está inscripción? Del César responden; les dice entonces: al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.

 Al hilo de estas respuestas surge esta pregunta: ¿Y tú a quien perteneces? ¿Al príncipe de este mundo con su imagen de muerte?  (Jn, 14, 30-31). ¿O a Dios? cuya imagen es VIDA. Jesús, al hablar de imagen e inscripción, se refiere a una pertenencia a Dios, en la línea de su Catequesis sobre el Buen Pastor, que es Él en la que nos dice que llama a cada de sus ovejas por su nombre. (Jn. 10, 3) Nos llama por nuestro nombre diciéndonos: “He dado mi vida por ti yo, tu Buen Pastor, te llevaré a mi Padre que es también tu Padre”.

 Jesús nos dice hoy, día mundial de las Misiones, que hay millones de ovejas que están esperando que alguien les dé a conocer a su Buen Pastor, y como dice San Pablo: ¿Cómo lo van a conocer si nosotros no se lo anunciamos?

  P. Antonio Pavía.

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miércoles, 14 de octubre de 2020

Una historia de cine, de corazón entrañable

 


Siempre hubo una sospecha de algunos. Si era demasiado cercano, daba miedo. Si resultaba lejano, producía desdén y risa despectiva. Así, la inevitable relación con Dios, algunos la han vivido entre el desprecio burlón y el temor de la pobre melancolía. Pero cuando caen las tormentas más devastadoras y nos dejan a la intemperie los diluvios, cuando las pandemias nos asolan y las pestes nos diezman, entonces nos hacemos mil preguntas con muchas lágrimas censuradas y con pocas y fugaces sonrisas. Son las preguntas más nuestras, esas que nos definen desnudamente en nuestra más humilde pobreza, aunque sean preguntas que no nos atrevemos a formular a cualquiera.

¿Dónde está Dios, ese Dios de mis desprecios y mis melancolías? ¿Por qué no dice algo que pueda explicar lo que yo no sé resolver en medio de tanta cuita? ¿Por qué no aparece con potencia todopoderosa y con mando en plaza pone orden en el desconcierto de las violencias que se extienden con prisa, las corrupciones de toda ralea, las tragedias de toda guisa, el engaño, la calumnia y el cinismo que tantos utilizan como su arma política preferida?

Esta es la gran cuestión que la historia de la humanidad ha elevado al cielo siempre, mirando a la cima de nuestras altanerías o a la sima de nuestros abismos, donde los dioses parecían que pacían sin control, sin que nadie pudiera chistarles ni pedir ninguna cuenta. ¿Dónde está? ¿Por qué no habla? ¿Por qué no actúa? La Buena Noticia es que Él se ha quedado ronco de tanto dirigirnos la palabra. Y se le ha gastado la belleza de tanto mostrarla a nuestra mirada. El problema no está en su silencio, sino en nuestra sordera abatida. No está en su invisibilidad, sino en nuestra ceguera empecinada.

Sorprende que la palabra hebrea para hablar del corazón de Dios, de su entraña más dulce, sea la misma con la que se señala el seno de una mujer en trance de concebir la vida: rahamim, seno materno que expande sus lindes, vientre acogedor de la nueva criatura que como un don tan inmenso se nos regala. Dios tiene también esa entraña materna en la que nos engendra amorosamente, en donde nos protege y nutre hasta darnos a luz en pleno día cuando nacemos a la vida con el primer llanto con el que nos hacemos notar desde la covacha amable de una maternidad dulce y bella. Rahamim, entrañas del mismo Dios con el que se nos dice cómo tiene Él el corazón de sus adentros.

Con estas ideas de nuestra tradición cristiana, hace unos días estuve en la presentación de una película que se estrenaba simultáneamente en más de 60 ciudades españolas al mismo tiempo. Hacer una película sobre el corazón entrañable de Dios, no deja de ser una audacia, tal vez una osadía, pero en cualquier caso una buena noticia si nos permite asomarnos al rostro más amable de ese Dios que es Amor. La protagonista es una joven mujer polaca que fue tocada por ese rostro, en medio de la sórdida realidad social, política, económica y bélica de la mitad del siglo pasado en Europa. Y es así como se escribe la historia, cuando en medio de los renglones más torcidos de nuestros avatares torpes, Dios logra contar cosas maravillosas con la caligrafía más recta y hermosa. Una vez más se trata de la flor delicada que emerge en los surcos del cieno, o del llanto tierno de un infante que rompe el ruido de cualquier estruendo, para convocarnos a la curiosidad embelesada o a la ternura delicada.

De esto habló la película que pudimos ver. Porque este es el relato de la Divina Misericordia que Santa Faustina Kowalska entrevió y que San Juan Pablo II pudo señalar como algo que valía la pena al proceder a su canonización. Es la historia siempre viva y siempre inconclusa de un Dios vulnerable a mis preguntas, a mis carencias y pobrezas, a mi necesidad de ser amado y reconocido con mi nombre, mis heridas y todas mis esperanzas.

Faustina Kowalska nos permite entrever que el amor de Dios es de cine, y por eso valía la pena filmar una película que tiene como protagonista la Divina Misericordia.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

 

martes, 13 de octubre de 2020

El que anda a oscuras y carece de claridad, confíe en el nombre de Yahvé, que se apoye en su Dios" (Is 50, 10b)

 


Dios nos invita por medio del profeta Isaías a confiar en su Nombre, es decir a apoyarnos en Él.

 La invitación es bellísima y la acogemos a la luz del Espíritu Santo pues sino corremos el riesgo de invocar el nombre del Señor en la adversidad.  Solo con la boca y no con el corazón (Mt.15, 8) Invocar el nombre del Señor implica que está con nosotros en toda prueba ayudándonos pues su honor, el honor de su nombre está en juego (Sal.23, 3) es por eso que nunca te dejará solo ante el mal que te acosa. En definitiva el compromiso de Dios con aquel que pone en Él su confianza es infalible.

 Ahora hemos de ver si nosotros somos honestos cuando invocamos el nombre del Señor, es decir cuando nos ponemos bajo su protección. Por ejemplo si una persona te hace mal, sea el daño que sea, tienes dos opciones: tomarte la justicia por tu mano o confiar en que El Señor, por el honor de su Nombre, te haga justicia. Si dejas que sea Dios quien te haga justicia un día podrás testificar como el Salmista lo que Dios ha hecho por ti  (Sal. 66, 16)

 P. Antonio Pavía.

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sábado, 10 de octubre de 2020

Domingo 28 T.O.

 


 Muy real y actual está parábola de Jesús. Nos centramos en la primera parte. Un rey celebra la boda de su hijo y cursa la invitación a sus más allegados. Para su sorpresa, estos la rechazan aduciendo las más variadas excusas. En realidad la verdadera razón por la que estos, aparentemente allegados, declinan la invitación es que "sus cosas" son más importantes que "las cosas del rey", aunque esta vez se trate de la boda de su hijo.

 Esta parábola revestida con el típico estilo literario oriental nos alcanza de lleno. Nuestra adhesión al Hijo de Dios no es cuestión de palabras y más palabras por muy rimbombantes que sean. Tu adhesión a Jesús se mide según la prioridad que das en tu corazón a las cosas de Dios frente a las tuyas.

 Las cosas de Dios tienen un nombre: El Santo Evangelio. En fondo del Manantial de aguas vivas, que es el Evangelio de Jesús, se encuentran "sus cosas" que son perlas preciosas como la que encontró aquel buscador del que nos habla Jesús (Mt. 13, 45-46). Perlas que sólo son perceptibles para quienes buscan a Dios con todo su corazón. A estas personas, Jesús les llama: “Pobres de espíritu”, pequeños ante los demás pero inmensamente grandes a sus ojos.

 Una última cosa... en el lenguaje del Evangelio, pequeño es sinónimo de discípulo... de Jesús.

 P. Antonio Pavía.

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viernes, 9 de octubre de 2020

La misión en el corazón de la Iglesia

 


 Con motivo del DOMUND 2020

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: El profeta Isaías, en el Antiguo Testamento, nos cuenta su vocación. El Señor Dios le interpela: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por mí?”, a lo que él contesta: “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8).

Esta experiencia que conocemos de labios del profeta se convierte en una imagen, en un ejemplo de toda llamada, incluso de la vocación de la Iglesia. Me permito entresacar de este texto algunos elementos para nuestra consideración:


Isaías nos pone en el escenario de su historia, personal y social. La llamada de Dios siempre se da en un momento y en unas circunstancias históricas. Dios llama en nuestra existencia personal, no llama al ideal de persona sino a esta persona concreta. El llamado, como le ocurre al profeta, siente la confusión y la indignidad ante la llamada de Dios. Hay una desproporción inmensa entre la llamada y la repuesta, solo se puede responder desde la conciencia de la propia debilidad, pero sostenido en la confianza de la gracia.

Por último, la llamada siempre es una interpelación. Dios nos saca de nuestra zona de confort para llevarnos a la aventura de la existencia humana tocada por la voluntad de Dios de salvar a todos los hombres.

Al celebrar un año más la jornada de las misiones, el DOMUND, es bueno hacer memoria que la misión forma parte de la vida cristiana y está en el corazón de la Iglesia. La Iglesia existe para la misión. La Iglesia es misionera en su esencia, por eso las palabras del profeta Isaías que sirven como lema este año para el DOMUND, nos invitan a abrirnos, a la disponibilidad. Ante la llamada de Dios solo podemos responder con generosidad, cada uno desde su situación, lugar o posibilidad. Se comienza siendo misionero en el corazón, después cada uno lo vive como Dios le pide. Por esto, cada día podemos preguntarnos para que no se apague en nosotros la llama misionera: ¿qué me pide Dios?

El lema escogido por el Papa Francisco para el DOMUND de este año recoge las palabras de la profecía de Isaías que hemos citado ya: “Aquí estoy, envíame”. Es la confirmación inspirada en la Palabra de Dios de la visión de una Iglesia en salida, porque la Iglesia solo puede ser misionera, o no tendría razón de ser. El mismo Francisco en su mensaje para esta Jornada misionera nos explica el sentido de ese espíritu misionero de salida que quiere llegar a todos: “La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV- San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama.

Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios”. Este año celebramos el DOMUND en medio de la situación que ha creado la pandemia del Covid-19. Un tiempo difícil pero que podemos hacerlo también oportunidad de conversión y crecimiento, haciendo de la dificultad, posibilidad. Es buen momento para la creatividad y la imaginación, siempre vivido en oración y en generosidad. Es buen momento para salir de nosotros mismos y buscar a Dios que está en el hermano, especialmente en el más pobre y necesitado, momento para ensanchar el corazón que nos haga, con la gracia de Dios, pasar del temor a la generosidad que nos haga recobrar la alegría y la esperanza del Evangelio. Es el modo de ser misioneros en nuestro ambiente y ayudar a los demás.

Las misiones y los misioneros siguen necesitando de nuestra oración, afecto y ayuda material. Ellos viven permanentemente en la situación de crisis que vivimos nosotros ahora. Ojalá que no caigamos en la tentación que denuncia el Papa en su última Encíclica, Fratelli tutti, “Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente” (n. 65).

Quiero reiterar mi agradecimiento a todos los misioneros que entregan su vida por el Evangelio en cualquier lugar del mundo, al tiempo que los encomendamos a la intercesión de la Virgen María, Estrella de la Evangelización. Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García Beltrán,

Obispo de Getafe

 

jueves, 8 de octubre de 2020

"Jesús dijo a Pedro y a Andrés, venid conmigo y os haré llegar a ser pescadores de hombres" (Mc. 1, 17)

 


 Se suele alabar la generosidad de los dos Apóstoles por su disponibilidad ante la llamada de Jesús, que es verdad, pero lo que hemos de resaltar, y esto vale para todo aquel llamado al Discipulado, es que el Generoso por antonomasia es Jesús al llamarles. Fijémonos que les dice: "Yo os haré llegar a ser..." Tengamos en cuenta que el verbo hacer es el utilizado por el autor del libro del Génesis al narrarnos la creación del mundo por parte de Dios y que no pocas veces los profetas llaman a Yahvé, nuestro Hacedor, por ejemplo (Is. 54, 5)

 En fin, que es Jesús quien se compromete con Pedro, Andrés... con todos para crear nosotros el Discipulado. Todo aquel que, consciente de su debilidad, confía en que Jesús culminará su obra en él, que es llegar a ser su discípulo, al constatar que la Fuerza y la Gracia que fluye del Evangelio moldean su ser de forma que ya no es siervo del Señor sino amigo (Jn. 15, 15), puede apropiarse de la confesión de fe del Salmista y proclamar: "Señor, tu promesa supera tu fama..." (Sal. 138, 2). ¡Si, Dios mío! Has hecho en mi lo que jamás hubiese podido imaginar. Y en su crecimiento le pide como el Salmista: que culmine el Discipulado en él: "Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos" (Sal. 138, 8).

 Con el salmista decimos todos. ¡Señor, ya sé que no hay cima mayor en este mundo que llegar a ser tu Discípulo! Tú qué me llamaste, culmina en  tu obra por excelencia.

 

P. Antonio Pavía.

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miércoles, 7 de octubre de 2020

JUEVES EUCARÍSTICO Y SACERDOTAL

 

 

ORACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 

 

       ¡Oh Jesús, que tanto me amas, Dios verdadero aquí oculto, óyeme, te lo suplico! ¡Que tu santa voluntad sea mi voluntad, mi pasión, mi amor! ¡Haz que yo la busque, la encuentre y la cumpla! ¡Enséñame tus caminos, indícame tus senderos! Tienes tus designios sobre mí; descúbremelos y haz que esté unido a Ti hasta la salvación eterna de mi alma.

 

        Hazme indiferente a todo lo pasajero, no quiera ver sino a Ti, que ame todo lo que es tuyo, pero a Ti sobre todo, Dios mío.

 

       Vuélveme amargo todo placer que no se dirija a Ti, hazme imposible todo deseo que no seas Tú mismo; hazme delicioso todo trabajo hecho por Ti, insoportable todo trabajo que no estribe en Ti, y que a cada hora, oh mi buen Jesús, mi alma dirija a Ti su vuelo; que mi vida no sea sino un acto de amor. Hazme sentir que está muerta toda obra que no esté encaminada a honrarte. Que mi devoción sea más que costumbre una continua elevación del corazón.

 

      ¡Oh Jesús, 'mis delicias y mi vida, haz que sea humilde sin hipocresía, alegre sin disipación, que en las tristezas no me abata, ni sea áspero en la austeridad.

 

        Haz que sea sincero en mis palabras, que tema sin desesperar y espere sin presunción, que sea puro y sin mancha, que reprenda sin cólera, ame sin falsas apariencias, edifique sin ostentación, obedezca sin réplica y sufra sin queja.

 

        Bondad suprema, oh Jesús, te pido un corazón enamorado de Ti, al cual ningún espectáculo ni rumor alguno puedan turbar.

 

        Un corazón fiel y activo, que no vacile ni se abata, siempre pronto a luchar después de cada borrasca. Un corazón libre, jamás seducido, jamás esclavo. Un corazón recto, que nunca se encuentre en los senderos torcidos. Y mi espíritu, Señor, mi espíritu... Haz que no pudiendo desconocerte te busque con ardor, que sepa encontrarte a Ti que eres la suprema sabiduría. Que mis meditaciones no te desagraden. Que confiado y sosegado espere en tu palabra.

 

        Haz que la penitencia me haga sentir las espinas de tu corona. Que la gracia me vierta sus dones en el camino del destierro. Que la gloria me embriague de tus gozos en la patria celestial.

 

       Amén.

martes, 6 de octubre de 2020

LIBRO: " LUCES DEL ALMA DESDE EL CONFINAMIENTO"

 

“Sapit qui Deum sapit”. Sabe el que conoce o saborea a Dios.

Largo ha sido el camino del confinamiento y no todos hemos percibido e intuido esas “luces del alma” que llamaban insistentemente a nuestro interior con fuerza sacra y glorificada.

 Para las personas de esperanza tranquilizadora y optimista, que anhelamos reavivar esa llama que arde y anticipa nuestra capacidad de cercanía hacia Dios, que es ternura, cuando somos frágiles y fuertes a la vez y que siempre nos ha nutrido y guiado.

 Os presento y recomiendo este libro del Misionero Comboniano P. Antonio Pavía, escrito en los meses más agudos de la pandemia, que a consecuencia de su patología adquirida en sus años en Ecuador, su confinamiento ha sido y es especialmente rígido.

 Conozco a Antonio hace años  e intuyo algo de los recovecos de su alma por lo que puedo decir que este libro rezuma la Espiritualidad de la Palabra, al igual que la treintena de libros  publicados en España.

 Este experto para convertir en alimento espiritual  la sabiduría acumulada por la Palabra contemplada,  como diría santo Domingo de Guzmán, nos ofrece un cielo abierto porque la presencia de las “Luces del Alma desde el confinamiento” ya ha sido tatuada con entusiasmo en nuestros corazones.

 La colaboración, la sencillez y sabiduría de Olga y Loles, se han convertido en emocionadas palabras poéticas, que tanto le agradan a Dios.

Laus Deo.

Miguel Iborra Viciana

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Agradecida memoria de oro: Burundi

 

Es pequeña la tarta para tanta vela de agradecimiento. Cincuenta años, dicen los antiguos, representan la “mitad de la vida”. Y lo celebramos como se debe, porque cincuenta años no es una cifra cualquiera. Es lo que un puñado de asturianos, en su mayoría sacerdotes, han querido rememorar en estos días con unas páginas todas ellas traspasadas por la gratitud de lo mucho que ellos recibieron mientras iban a dar. Es la ley que siempre acompaña él toma y daca cristiano.

El escenario fue Burundi, donde tuvo comienzo en los últimos tiempos, la entrega misionera de nuestros curas asturianos. Luego vendrá Benín, que es la que yo he conocido ya como arzobispo de Oviedo. Y entre medio, también aparecerán Guatemala y Ecuador. En cualquier caso, se trata de una página de misión cristiana, como tuvo comienzo precisamente el envío misionero de aquellos primeros discípulos tras la Ascensión de Jesús a los cielos. Toda la historia cristiana e incluso la que preparó la llegada del Mesías esperado, tiene la impronta viajera de quien te invita a asomarte a otros horizontes y otras tierras. Se le dijo aquel hombre de Dios que Él se escogió para formar de él un pueblo: “sal de tu tierra y vete a la que yo te mostraré” (Gén 12, 1). Abraham contaría cada noche las estrellas, sabiendo que más serían los hijos que nacerían de su fidelidad. Y algo parecido les dijo Jesús a sus discípulos en el trance de su despedida: “Id al mundo entero y predicad la buena noticia a toda la creación” (Mc 16, 15). Así ha sido la historia cristiana en sus dos mil años de andadura.

Salir de tu tierra, de tu lengua, de tu ámbito familiar y amistoso, para aventurarte a lo que Otro te indicará sin más certeza que la de fiarte confiado en su divina Providencia que jamás defrauda. Salir de la tierra en esta historia salvadora que la Biblia relata, es dejarse llevar continuamente por Dios, fiarse de Él, y no adueñarse de cuanto cómodamente podríamos controlar con todos nuestros filtros y seguridades. Es aceptar que la trama de mi vida, los hilos de mi biografía, no son objeto de mi voraz apropiación. Todo un misterio que me empuja al éxtasis que me anima, al éxodo que me saca, a la certeza de que mi vida sólo descansa en Dios. Sólo quien se deja llevar, quien se deja salir, puede recorrer los caminos trazados por Dios en los que nos irá desvelado y revelando su propio misterio abriendo para mi bien su Corazón, a fin de que el mío aprenda a latir su pálpito divino.

Es una alegría poder recabar el testimonio, hecho de recuerdos y vivencias, que nuestros misioneros fueron escribiendo cada día en el libro de la vida, que ahora reseñan en esas páginas de un libro que recogen sus vivencias africanas cuando se cumplen los cincuenta años de la llegada a Burundi de la primera misión asturiana. Esas páginas son un diario viajero, el de unos peregrinos convencidos que han renunciado a ser turistas de afición. Y una vez que has dado el paso y has hecho el equipaje ligero, entonces descubres cómo el Señor no juega con tu felicidad… si tú no banalizas su fidelidad.

Es aquí donde entra el guiño de Dios que se agazapa para poder sorprendernos si nosotros nos dejamos sorprender por su infinita creatividad que es indomable ante el secuestro que con chantaje nos infligen el cansancio ahíto de aburrimiento y la rutina llena de monotonía. Pero el Señor se sacude esas lacras y vuelve a intentar cada día captar la atención del corazón en una aventura siempre despierta y atrevida. Si supiéramos dejarnos provocar por la constancia tenaz de un Dios persuasivo y respetuoso, veríamos el horizonte de nuestro andar cotidiano sorprenderse hasta hacernos exclamar con el estupor que su paso por nuestro mundo hace ya dos mil años, provocaba en todas las buenas gentes.

+ Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

 

domingo, 4 de octubre de 2020

La viña del Señor es el nuevo Israel, la Iglesia

 


En los dos últimos domingos Jesús ha usado la imagen de la viña para explicar el Reino de los cielos y las diferentes actitudes hacia el mismo. Era una imagen bien conocida por los interlocutores de Jesús, familiarizados con el texto de Isaías: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel”. El mimo con el que el Señor ha cuidado de su viña contrasta con la amarga respuesta que ha encontrado por parte del pueblo. Muchos son los que piensan que un rasgo característico de los judíos es el orgullo y la soberbia de considerarse el pueblo elegido por Dios, lo que le haría sentirse por encima de los otros pueblos. El antisemitismo que tantas veces ha manchado la historia es con frecuencia la triste reacción ante esto. Pero, si consideramos las cosas con detenimiento, caeremos en la cuenta de que probablemente no hay un pueblo más crítico consigo mismo que el judío. Así lo atestigua la Biblia, en la que se subraya constantemente la infidelidad del pueblo. En un libro escrito por y para judíos, sorprende que los autores bíblicos sean tan hipercríticos con su propio pueblo (algo inaudito en otras tradiciones nacionales). Y es que el centro del mensaje bíblico no es la conciencia de pueblo elegido sino la elección por parte de Dios. Y aunque parezcan dos caras de la misma moneda, es la iniciativa gratuita de Dios, sin méritos previos, lo que se subraya en la Biblia. Esto debería exorcizar toda soberbia. Que esto no haya sido así siempre es otra cuestión, pero, como decimos, la misma tradición bíblica, que es la conciencia viva de Israel, critica con fuerza su infidelidad. Es este sentido marcadamente autocritico una de las lecciones que deberíamos aprender e imitar del Antiguo Testamento, y no derivar de él ideologías primitivas y criminales como el antisemitismo.

Jesús en el Evangelio de hoy retoma la imagen de la viña para criticar a los principales del pueblo. En su parábola, Jesús reproduce en apretada síntesis la historia toda de Israel: el amor, la fidelidad y el cuidado de Dios hacia el pueblo elegido, y la contumaz infidelidad de este último. Dios es con su llamada el que ha creado a este pueblo, lo ha liberado, le ha confiado una tarea, le ha propuesto una alianza de amor; pese a las continuas infidelidades, no ha dejado de enviarle emisarios, los profetas, que han hablado en nombre de Dios, han exhortado a renovar la alianza, a cumplir la ley de Moisés en su espíritu, y no sólo mecánicamente en su letra. En las llamadas y denuncias proféticas resuena con más fuerza el amor y la misericordia que la amenaza de castigos; pero, aunque con honrosas excepciones, una y otra vez, el pueblo, sus dirigentes, sus sacerdotes, han desoído esas llamadas, se han revuelto contra estos intérpretes inspirados de la Palabra viva de Dios que resuena en los acontecimientos, los han despreciado, perseguido, incluso matado. Cuando Jesús llega al cénit de su narración: «Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”», ya no está hablando de sucesos del pasado, sino del presente: Él es el hijo enviado por el dueño de la viña como último recurso y como extrema expresión del amor de Dios hacia su viña. Y la reacción de los labradores en la parábola no es sino una profecía de la que iban a tener contra Él esos sacerdotes y ancianos, y que albergaban ya en su corazón.

Con su denuncia, Jesús les está dirigiendo una última y definitiva llamada a ser fieles y a cumplir con su misión de pueblo elegido. Porque la elección no es un privilegio que pone a Israel por encima y aparte de los otros pueblos, sino, al contrario, un servicio sacerdotal, que lo hace mediador entre Dios y la humanidad entera. Igual que una viña no da frutos para sí misma, sino para los demás, a los que ofrece sus dulces racimos de uva y el vino que alegra el corazón del hombre (cf. Sal 105, 15), así los frutos que Dios espera de Israel son frutos de santidad, justicia y salvación que deben ser ofrecidos a toda la humanidad, a todos los hombres sin excepción.

El fracaso de Israel, que rechaza a Jesús como Mesías, y conduce al fracaso humano de Jesús, entregado a la muerte en Cruz, pone de manifiesto el poder y la providencia de Dios, que no manipula la historia, pero sabe sacar bien del mal, vida nueva de la muerte. Así, la infidelidad de Israel es ocasión para la definitiva apertura universal de la revelación bíblica y de la salvación, de la que, repetimos, Israel no era dueño exclusivo, sino sólo su mediador. Aquí debemos enmarcar la profecía de Jesús sobre ese otro “pueblo que produzca sus frutos”. Ese nuevo pueblo de Dios, fundado sobre la piedra desechada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular, es la Iglesia, somos nosotros. Este nuevo pueblo es el depositario de una nueva y definitiva alianza, que no pasará ya nunca, precisamente porque su fundamento es el mismo Cristo, el Hijo de Dios, la presencia del mismo Dios entre nosotros.

Ahora bien, del mismo modo que la conciencia israelita de ser el pueblo elegido no debía ser motivo de soberbia y de desprecio hacia las otras naciones, la conciencia de que somos el nuevo pueblo de Dios, y de que el vínculo que nos une con Dios no será revocado jamás, tampoco nos consiente a los creyentes mirar a los demás por encima del hombro. Pues se trata también aquí de una vocación sacerdotal, de mediación y de servicio. Hemos sido llamados a la viña del Señor no para holgar, sintiéndonos protegidos de las intemperies del mundo, sino precisamente para trabajar en ella, y para producir frutos de buenas obras, de santidad, de paz, de fraternidad y de justicia, y para ofrecer esos frutos a toda la humanidad, invitando sin amenazas ni coacciones a quien quiera a unirse en este trabajo, uniéndose a Cristo, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15 1-6). Esto quiere decir que ser cristiano consiste en asumir una actitud fundamental de servicio y apertura. Jesús, de hecho, no hizo otra cosa durante su vida que establecer vínculos y atravesar fronteras. Nosotros no podemos dedicarnos a levantar murallas de segregación moral o religiosa. La obligación de dar y ofrecer frutos incluye la apertura a todo lo bueno que encontramos en el mundo, incluso fuera de los límites de la Iglesia. En este “salir al encuentro” está insistiendo continuamente el Papa Francisco, y es la gran lección que nos da hoy Pablo: “hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta”. Tenemos también la misión de rescatar y salvar todo lo que de bueno y valioso hay en este mundo creado por Dios.

En esta tarea que Jesucristo nos confía tenemos que tener una conciencia lúcida de nuestra debilidad, de la posibilidad de ser infieles. Aquí tenemos que recuperar la autocrítica que descubríamos en el Antiguo Testamento. Pero con el agravante de que, sabiendo que la alianza que constituye a la Iglesia es la definitiva, si nosotros no respondemos con fidelidad a la llamada de Dios, ¿dónde quedará la esperanza de la humanidad? ¿Quién salará la sal desvirtuada? (cf. Mt 5, 13). Lo que Jesús les dice hoy a los sumos sacerdotes y a los ancianos, nos lo dice también a nosotros. Nos invita a examinarnos de los peligros entrañados en la responsabilidad que hemos recibido: pretender hacernos los dueños de la viña, hacer de ella un coto cerrado, ser incapaces de reconocer a los criados que Dios nos envía para recoger los frutos a su tiempo, los profetas de nuestro tiempo por medio de los cuales Dios nos está hablando hoy.

No debemos olvidar que la dimensión profética es parte del ministerio pastoral de la Iglesia. Escuchar la voz de Dios significa también escuchar y obedecer a sus pastores. Aquí hay que tener cuidado con esa mentalidad tan extendida que pretende reducir el ministerio pastoral a una mera función institucional, que tiene que ver más con el poder que con el servicio. El rechazo de los pastores (en nombre de un equívoco autoproclamado profetismo) puede acabar siendo el rechazo del único Pastor, que pastorea a su pueblo por medio de aquellos. Naturalmente, también puede suceder que los pastores sean infieles. El impresionante sermón de San Agustín sobre los pastores, que advierte precisamente a estos últimos (y a sí mismo) de su grave responsabilidad, nos lo recuerda con gran viveza. Por eso, es preciso saber discernir y aceptar la presencia de otros profetas, también verdaderos enviados de Dios, personas carismáticas que, sin un estatus especial, saben leer los signos de los tiempos, denuncian males, abren nuevos caminos de vida cristiana y producen frutos de vida evangélica. El Espíritu habla también por ellos. No hay que buscar sólo gentes extraordinarias. En nuestro entorno inmediato podemos encontrar personas normales, que nos recuerdan con sencillez en qué consiste vivir según el evangelio, y a las que tal vez rechazamos (tachándolas de exageradas, o de chifladas, o de beatas, o de tantas otras cosas) porque su ejemplo nos resulta molesto. Cada uno de nosotros participará de la vocación profética en la medida en que trate de vivir según el evangelio.

Una última reflexión. Si hemos dicho que la Iglesia es el pueblo de la nueva y definitiva alianza, ¿significa esto que la última profecía de Jesús en el Evangelio de hoy (“se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”) no va con nosotros? Creemos que la Iglesia está fundada sobre la piedra angular que es Cristo, y sobre el fundamento de los apóstoles, por lo que “el poder del abismo no la hará perecer” (Mt 16, 18). Pero podemos entender también esa profecía en otro sentido. Es un hecho que en los pueblos considerados tradicionalmente cristianos se está produciendo una apostasía creciente y masiva. La cultura occidental, como tendencia general, está rechazando a Cristo, alejándose de él explícitamente, y también en muchas de sus opciones fundamentales de valor (pensemos en el aborto, la eutanasia, la ideología de género, etc.), por más que sea una cultura profundamente permeada por la fe cristiana (de ahí la idea de persona, los derechos humanos, etc.). A la cultura occidental le está pasando lo que les pasó a los judíos del tiempo de Jesús. Aunque la Iglesia, según la promesa de Cristo, nunca va a dejar de serlo, lo cierto es que el nuevo pueblo de Dios se está desplazando a las periferias de la humanidad, donde encuentra gentes mejor dispuestas, y que están tomando el relevo de la evangelización (mientras Occidente decae y se barbariza).

El Evangelio de hoy es una dramática llamada de atención a estos pueblos tradicionalmente cristianos, a los creyentes que los habitan, a salir de la modorra, a reaccionar y tratar de responder con fidelidad a la llamada de Dios, para poder volver a dar frutos de santidad para la vida del mundo.

José María Vegas, cmf.