jueves, 5 de diciembre de 2019

Levantaos, alzad la cabeza.



Estamos celebrando un nuevo adviento,
un adviento que es portada
de un año surcado de recuerdos.

Adviento de un hombre que busca;
que ha desencantado muchas cosas,
pero que se siente internamente vacío;
que ha anunciado la muerte de Dios,
para crear nuevos dioses de mentira;
que se embota con objetos de oropel
y ha perdido el sabor de lo sencillo...

Adviento de un Dios que nos busca

y sale siempre a nuestro encuentro;
que sigue creyendo en los hombres
a pesar de nuestros olvidos y rechazos;
que hace nacer nuevas esperanzas
de nuestras cenizas y desilusiones;
que siempre empuja a los hombres
a crear justicia y derecho en la tierra.

En un nuevo adviento más,

cargado de recuerdos y memorias,
Dios llama a nuestro corazón:
«Levantaos, alzad la cabeza»;
no oteéis mares desconocidos;
mirad a vuestro interior;
allí hay una riqueza mayor
que la que cargaban las naves de Indias.

«Estad siempre despiertos»; 

porque hay una brújula y una estela 
que lleva a puertos de esperanza 
a pesar de nuestras quiebras y naufragios. 
«Se acerca vuestra liberación»:
no buscada con espadas y corazas, 
sino con una cruz salvadora 
que hermana a hombres de toda raza.

Adviento que nos dice quedamente:

«Levantaos, alzad la cabeza», 
Dios sigue creyendo en el hombre; 
el hombre puede navegar hacia Dios.
Timonel: endereza tu rumbo.
Alza la cabeza...
Alza el corazón...

(Javier Gafo)

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Puente de Londres




Cafetería y teatro de París, Paseo de Niza, mercadillo Navideño de Berlín, concierto de Mánchester, Parlamento Británico, metro de Londres, museo de Bruselas, tren de Alemania, las Ramblas Barcelona, Las Twin Towers… Y no sigo con el Continente africano ni Oriente.  

Me pregunto para qué quiere Satán tanto tío en sus mazmorras… En verdad que no le entiendo. Si me dijeras que lo pasan de miedo, lo podría entender, pero todo el día despellejando, torturando, haciendo burradas y odiando desde hace miles de años… Como que no le encuentro yo aliciente y, encima con unos calores… Qué ni el Popocatépetl   

¡Por Dios a donde lleva la mentira! Qué ganas de condenarse en manos de los ejércitos de Satán, con lo dichosos que serían si se convirtieran a la luz de Cristo, al único Dios del universo.

¿Puente de Londres? Y muchos más lugares que aún no conocemos el nombre. Esos fanáticos… Me apena su final comprado con el precio de la sangre propia y ajena. No tienen ni idea de la oscuridad y dolor que les espera. Vaya por ellos nuestra oración para que nadie tenga que llorar.  
    
Si amas al hombre, amas a Dios, si odias al hombre, odias a Dios. A ver si un día se enteran de que Dios es AMOR y no una deidad que invita a la destrucción y al odio.

- Jesús: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre en mí”  (Jn 14, 7-14).   

   Emma Díez Lobo


martes, 3 de diciembre de 2019

El Señor viene




No teníamos nada para dar de comer ese día a los ancianos que vivían en nuestra casa”, me dice una religiosa. Al poco tiempo, llama la policía: “Hermana, hemos requisado unas cajas de pescado y vamos a llevárselas, que ustedes las aprovecharán bien”. Sin pasar media hora, llega el pan de manos de unos benefactores. Ya hay para comer. “Y usted no se agobió, hermana”, le digo. “En ningún momento. Yo tenía puesta mi esperanza en el Señor que no defrauda”.
Comprendí. La esperanza es una cuestión de confianza, y nunca se confía en algo, sino en alguien. Ya lo apuntaba Pedro Laín Entralgo: no es lo mismo esperar que tener esperanza. La esperanza no es una conquista humana, sino un don que nos viene dado. La esperanza es una virtud, una virtud teologal.
La historia de la salvación, que podemos conocer y recorrer a través de la Biblia, no es sino una historia de esperanza, de confianza, de fidelidad de Dios frente a la infidelidad del pueblo. Dios siempre cumple su promesa, es la convicción del creyente. Por eso la Iglesia nos regala el tiempo del Adviento, tiempo de esperanza que nos ayuda a esperar la venida del Señor. El Señor viene. Es lo que celebramos en la Navidad.
Hoy tenemos una tentación: celebrar sin preparar. Todo sabe a Navidad desde hace semanas, pero ¿la hemos preparado como se merece el Señor que viene? Todos los grandes acontecimientos de la vida se preparan, nos disponemos también internamente con la renovación de la esperanza. Es un acontecimiento: ¡el Señor viene! Recordamos que Jesús, el Hijo eterno del Padre, vino en nuestra carne, allá en Palestina. Nació de una Virgen, y fue uno entre nosotros. Creemos que el mismo Señor volverá al fin de los tiempos para consumar todas las cosas en Él. Por eso, cada año hacemos memoria de la primera venida, renovamos nuestra esperanza en la venida definitiva, y ahora nos volvemos a Cristo para reconocerlo en las venidas de cada día, en lo cotidiano, porque el Señor viene siempre.
La esperanza marca el ritmo de nuestra espera. Nos hace vivir alegres y confiados. Es la esperanza el termómetro de la fe y la que impulsa la caridad. Si vivimos con este espíritu el tiempo de Adviento, la Navidad será en nosotros un verdadero encuentro con el Señor que viene.
Mons. Ginés García Beltrán
Obispo de Getafe


domingo, 1 de diciembre de 2019

Con los ojos abiertos



                    vivir despiertos …
Las primeras comunidades cristianas vivieron años muy difíciles. Perdidos en el vasto Imperio de Roma, en medio de conflictos y persecuciones, aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: Vigilad. Vivid despiertos. Tened los ojos abiertos. Estad alerta.
¿Significan todavía algo para nosotros las llamadas de Jesús a vivir despiertos? ¿Qué es hoy para los cristianos poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos? ¿Dejaremos que se agote definitivamente en nuestro mundo secular la esperanza en una última justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes que sufren sin culpa alguna?
Precisamente, la manera más fácil de falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra salvación eterna, mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora mismo en el mundo. Un día tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo Juez: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Este será nuestro dialogo final con él si vivimos con los ojos cerrados.
Hemos de despertar y abrir bien los ojos. Vivir vigilantes para mirar más allá de nuestros pequeños intereses y preocupaciones. La esperanza del cristiano no es una actitud ciega, pues no olvida nunca a los que sufren. La espiritualidad cristiana no consiste solo en una mirada hacia el interior, pues su corazón está atento a quienes viven abandonados a su suerte.
En las comunidades cristianas hemos de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia o el olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra tranquilidad.
Una esperanza en Dios, que se olvida de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, ¿no puede ser considerada como una versión religiosa de cierto optimismo a toda costa, vivido sin lucidez ni responsabilidad? Una búsqueda de la propia salvación eterna de espaldas a los que sufren, ¿no puede ser acusada de ser un sutil «egoísmo alargado hacia el más allá»?
Probablemente, la poca sensibilidad al sufrimiento inmenso que hay en el mundo es uno de los síntomas más graves del envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama «una Iglesia más pobre y de los pobres», nos está gritando su mensaje más importante a los cristianos de los países del bienestar. Contribuye a edificar una Iglesia pobre y de los pobres.
Ed.  Buenas Noticias

sábado, 30 de noviembre de 2019

I Domingo de Adviento






PRIMERA LECTURA.
 Lectura del libro del profeta Isaías 2,1-5: El Señor reúne todos los pueblos en la paz eterna del Reino de Dios
SALMO
 121,1-2. 3-4ª.  4b-5. 6-7. 8-9: Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”
SEGUNDA LECTURA.
 Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13,11-14: Nuestra salvación está más cerca
EVANGELIO.
 Lectura del santo evangelio según san Mateo: 24,37-44: Estad en vela para estar preparados.


la esperanza cristiana

         Recordando la venida de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, y su nacimiento en Belén, la Iglesia nos recuerda que ese nacimiento ha tenido consecuencias históricas importantísimas para la humanidad y para cada uno de nosotros. Vino y no se ha ido, pues sigue con nosotros. Primero vivió una auténtica existencia humana en todo igual a la nuestra menos el pecado y que culminó en su muerte y resurrección. Desde entonces sigue con nosotros de forma invisible como Señor resucitado en medio de la Iglesia y en el corazón de todos los que le acogen como salvador. Finalmente al final de la historia se hará visible a toda la humanidad. Por eso la Iglesia habla de las tres venidas de Jesús, en el pasado en Palestina, en el presente en el corazón de cada cristiano y en la Iglesia, y al final en su parusía. Al recordar la primera, nos invita a tomar conciencia de que nos encontramos en el contexto de la segunda, esperando la tercera, y de sus implicaciones y lo hace evocando la espera del pueblo de Israel a quien se prometió un Mesías.

        Si estamos entre la segunda y tercera venida, significa que la vida cristiana  es esencialmente espera. El tiempo de Adviento es una invitación a examinar nuestra esperanza.

        La esperanza es algo connatural con la persona humana. La razón es que tenemos un corazón ansioso de felicidad infinita y para llenarse necesita de pequeñas satisfacciones presentes y la esperanza de otras que acaben de llenarlo. Una persona que no espera está muerta. Dios nuestro padre, respondiendo a esta sed de esperanza que ha puesto en nosotros, ha prometido una felicidad total consistente en participar la gloria de nuestro Señor Jesucristo, resucitado de entre los muertos. De esto y sus exigencias nos habla en concreto hoy la palabra de Dios.
        La primera lectura evoca de forma figurada ese futuro. El pueblo de Israel esperaba un Mesías que iba a traer una época de paz y felicidad a Israel y a la que se invita a todos los pueblos, que responden gozosos a esta llamada, diciendo: «Venid, subamos al monte del Señor... él nos instruirá en sus caminos...» y vendrá una época de paz sobre la tierra. Es muy importante para la vida cristiana mantener viva la esperanza de lo que “ni el ojo vio ni el oído oyó de lo que Dios tiene reservado para los que le aman”, la felicidad plena que hambreamos continuamente, viendo a Dios cara a cara y compartiendo el gozo del Señor junto con todos sus hijos. El salmo responsorial invita a responder a esa llamada: «Vamos alegres a la casa del Señor». La meta vale la pena.

        La segunda lectura y el Evangelio explicitan que este ir implica vigilar porque no sabemos el día ni la hora, es decir, el cristiano tiene que vivir en estado de vigilancia, como viven los servicios sanitarios encargados de urgencias médicas o los encargados de sofocar fuegos, siempre dispuestos a prestar el servicio... Siempre preparados a la llegada del Señor, dispuestos a entregar la vida que hemos recibido en prenda.

        Esto exige a cada uno conocer su situación actual para corregir lo negativo, reforzar lo débil y agradecer lo que está en buen estado. Hoy se recomienda la medicina preventiva para conocer nuestra situación y corregir a tiempo las deficiencias. Igualmente es importante un buen examen de conciencia en este tiempo de Adviento que desemboque en una confesión sacramental. Es un modo provechoso de vivir este tiempo y prepararse. Primero hay que examinar si vivimos en gracia de Dios, es decir, si ya hemos recibido a Jesús en nuestro corazón y lo aceptamos como amigo y después cómo vivimos esta amistad.

        En cada celebración de la Eucaristía, mientras esperamos su gloriosa venida (III anáfora), Jesús resucitado viene a nuestro encuentro para alimentar nuestra amistad común y ayudarnos a crecer en ella, preparando así el encuentro definitivo.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 29 de noviembre de 2019

¡Dios busca corazones donde nacer!




Aunque el ángel se sentía inseguro e inexperto se ofreció para bajar a la tierra. La misión que le encomendaron fue combatir la soledad.

Era la primera vez que escuchaba tal palabra ¿Sería algo bueno o malo? ¿Una persona o un lugar? Lamentó no haberse quedado más tiempo en el cielo para averiguarlo.

Todavía desorientado y desconcertado decidió observar discretamente a las personas. Enseguida adivinó que no eran muy felices. No acababa de saber si la soledad de la que tanto hablaban era una carencia o un sentimiento. No acertaba a entender cómo la gente pudiera sentirse sola aun estando con alguien y en cambio otras que no tenían a nadie se sintieran tan acompañadas y fecundas.

¿Dónde se alojaba la soledad de tanta gente? ¿En su ámbito de trabajo, en su barrio, en su ciudad, en su pueblo, en su familia, en su propio hogar, en su mente, en su corazón…? A fuerza de escucharles adivinó que la verdadera soledad se alojaba en el fondo de su alma.

Su dilema era ¿cómo erradicarla? Enseguida tuvo una feliz ocurrencia. Compartir el sueño de Dios en cada persona, susurrándoles al oído: ¡El Señor quiere nacer en tu corazón! ¿Te atreves?

Cuando regresó al cielo todos lo aclamaban porque había logrado la felicidad que unos y otros anhelaban. Sólo un corazón habitado por Dios puede llenar y dar sentido a tu vida y también a la vida de los demás. La gratuidad, la compañía, la ternura con los más desfavorecidos, el servicio desinteresado a las personas de tu entorno, la relación con los demás… siguen siendo el mejor antídoto contra la soledad.

¡Cómo me gustaría al comenzar el adviento, tiempo de esperanza y de alegría contenida, que cada uno de los hijos del Alto Aragón engendrase a Dios en sus entrañas y lo «alumbrase» en el corazón de nuestra tierra para que nadie pudiera sentirse ni solo ni triste ni vacío ni desorientado!

Este es el sueño de Dios, renacer en tu vida y hacerla fecunda si realmente descubres que tú eres el mejor regalo que Él quiere ofrecerle al otro.

Con mi afecto y mi bendición,

+ Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

jueves, 28 de noviembre de 2019

Mi País derrapa


                                                               
 ¡Vaya por Dios! Ahora nos quieren convencer de que el “progreso” es ir en la proa con la marcha avante de mis antepasados, es decir ¡Vuelta a la crispación de 88 años atrás! El Socialismo es lo que tiene… La paz, la concordia y la libertad de nuestros descendientes, peligra.

La maldad se vuelve a instalar con nombres y apellidos. Unos con auras de infamia, adoctrinando desde sus poltronas socialistas-comunistas y, otros abajo obedeciendo con violencia, capuchas y fuego. 

¿Instalados en mi Parlamento? Sí. Pero es curioso, a mayor mentira política, mayor es mi Fe; a mayor agravio, más cuido a mi Dios. Porque el mal que es la ausencia del bien, por la Gracia no ganará más que un pequeño espacio de tiempo en la tierra y, un mucho que declarar ante Dios. De esto ellos se olvidan, pero nosotros no.

¡Ay de ti “Israel” que no quisiste Leerme ni escucharme! El fanatismo y la esclavitud se decantan en ti. No vives sino para el odio y el Poder a costa del trabajador que madruga y, del ignorante que os aplaude.   

No llaméis a la puerta de quien reza por vosotros ni busquéis traición a nuestros principios y valores. Os habéis ubicado en la popa de mi Nación y ese lugar no es el nuestro, sino el de nuestros muertos.  

¡Madre de Dios, apártame de mis enemigos y protégeme del cinismo y terror de los “progres” instalados en las Cortes de mi País!

Noviembre 2019 España

Emma Díez Lobo





martes, 26 de noviembre de 2019

¿Burlarse o invocar?


Sálvate a ti mismo
Lucas describe con acentos trágicos la agonía de Jesús en medio de las burlas y bromas de quienes lo rodean. Nadie parece valorar su gesto. Nadie ha captado su amor a los últimos. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios al ser humano.
Desde una cierta distancia, las «autoridades» religiosas y el «pueblo» se burlan de Jesús haciendo «muecas»: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo si es el Mesías». Los soldados de Pilatos, al verlo sediento, le ofrecen un vino avinagrado muy popular entre ellos, mientras se ríen de él: «Si tú eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Lo mismo le dice uno de los delincuentes, crucificado junto a él: «¿No eres el Mesías? Pues sálvate a ti mismo».
Hasta tres veces repite Lucas la burla: «Sálvate a ti mismo». ¿Qué «Mesías» puede ser éste si no tiene poder para salvarse a sí mismo? ¿Qué clase de «Rey» puede ser? ¿Cómo va a salvar a su pueblo de la opresión de Roma si no puede escapar de los cuatro soldados que vigilan su agonía? ¿Cómo va a estar Dios de su parte si no interviene para liberarlo?
De pronto, en medio de tanta burla, una invocación: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Es el otro delincuente que reconoce la inocencia de Jesús, confiesa su culpa y lleno de confianza en el perdón de Dios, sólo pide a Jesús que se acuerde él. Jesús le responde de inmediato: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Ahora están los dos agonizando, unidos en el desamparo y la impotencia. Pero hoy mismo estarán los dos juntos disfrutando de la vida del Padre.
¿Qué sería de nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos dejara hundidos en nuestro pecado y nuestra impotencia ante la muerte?
Hay quienes también hoy se burlan del Crucificado. No saben lo que hacen. No lo harían con Che Guevara ni con Martin Luther King. Se están burlando del hombre más humano que ha dado la historia. ¿Cuál es la postura más digna ante ese Crucificado, revelación suprema de la cercanía de Dios al sufrimiento del mundo, burlarse de él o invocarlo?
Ed. Buenas Noticias


lunes, 25 de noviembre de 2019

El trono de la cruz


El año litúrgico concluye con la solemnidad de Cristo Rey. La liturgia nos dice así, gráficamente, que al final Dios, el Bien, la Verdad, la Justicia y la Vida triunfarán sobre las aparentemente invencibles e insuperables fuerzas del mal, la mentira, la injusticia y la muerte. En realidad, dice mucho más: que Cristo ya ha vencido, que ya es Rey del Universo, y que esa victoria, pese a todas las apariencias, está ya operando en la historia. Esto es lo que dice la liturgia y la Iglesia que la celebra al concluir el año. Pero no es difícil encontrar objeciones contra lo que la Iglesia dice con su liturgia, y también contra el modo de decirlo. Empecemos por esto último.
¿Por qué para proclamar la victoria final de Cristo hay que usar el título de rey? ¿No significa eso asimilarse a los usos de este mundo, a los deseos de un poder que se impone sobre los demás, pues donde hay victoria tiene que haber derrotados, y donde hay reyes hay por necesidad súbditos, siervos?
En realidad, usar el título de rey, pese a las reminiscencias políticas que parece tener, no carece de sentido. A diferencia de los otros títulos políticos que se pueden evocar (presidente, primer ministro), el de rey habla de un poder que no se tiene por delegación, sino por derecho propio, por causa de la propia ascendencia. Y si, como es probable, se objeta que hoy precisamente nadie o casi nadie cree en un poder así, pues incluso las monarquías que quedan requieren del consenso popular para su legitimación, se podrá responder que así es, y que, hablando con propiedad, sólo Cristo es rey por derecho propio y no por delegación, pues es el primogénito de toda criatura, imagen del Dios invisible, el hijo del Eterno Padre. Si, pese a todo, la imagen monárquica sigue produciendo rechazo en algunos, conviene meditar lo que nos dice hoy la palabra de Dios para comprender que aquí se trata de un reinado muy peculiar, en el que la formalidad del símil sirve más para marcar las diferencias que para establecer paralelismos. Más que de asimilación habría que hablar de contraste y oposición.
Lucas lo ha expresado admirablemente en el texto evangélico que hemos leído, dibujando un escenario perfecto de entronización, en el que no falta detalle. El pueblo contempla la escena desde una cierta distancia; cerca del trono en el que se sienta el rey están, rodeándole, las autoridades civiles y militares, que son las únicas que pueden dirigirse a él directamente; aunque entre ellos destacan los consejeros más próximos que le hablan de tú a tú, sin intermediarios ni protocolo. Este escenario formal, dibujado por Lucas con toda intención, se llena de un contenido que poco o nada tiene que ver con alegato alguno a favor de la monarquía o de cualquier otro sistema político. Aquí la analogía usada funciona por contraste, pues se trata de algo completamente distinto. El pueblo que contempla de lejos no aclama, sino que primero ha exigido la ejecución de Jesús (cf. Lc 23, 18), aunque, como indica el mismo Lucas, después se duele de lo que ha visto (“se volvieron golpeándose el pecho”). Las “autoridades civiles y militares”, son los altos magistrados judíos y los soldados romanos, que insultan a Jesús, tentándole, igual que el diablo en el desierto (“si eres hijo de Dios…”), para que use el poder en beneficio propio. Los consejeros más próximos son criminales, uno de los cuales también apostrofa al Rey escarneciéndolo. El rey del que hablamos tiene por trono la cruz, instrumento de tortura y ejecución para los criminales y los esclavos. Incluso el letrero en escritura griega, latina y hebrea, anunciando “éste es el rey de los judíos”, no deja de estar cargado de ironía, que denigra no sólo al supuesto rey en su extraño trono, sino también (ahí los romanos no perdieron la oportunidad) al pueblo que tiene un rey así. La Iglesia y la liturgia, al decirnos que Jesús es Rey y que ha vencido, nos presentan una imagen de esta realeza y su victoria que no puede dar lugar a equívocos o asimilaciones.
Si ser proclamado rey significa ser enaltecido y elevado, es claro que la “elevación” de Jesús es de un género completamente distinto. En el evangelio de Juan se habla de “elevación” y “glorificación” para referirse a la cruz. En Lucas no se habla, pero se “ve” lo mismo. Si la exaltación significa ponerse por encima de los demás, en Jesús significa, al contrario, abajarse, humillarse, tomar la condición de esclavo (cf Flp 2, 7-8). Aquí entendemos plenamente las palabras de los israelitas a David cuando le proponen que sea su rey: “somos de tu carne”. Jesús no es un rey que se pone por encima, sino que se hace igual, asume nuestra misma carne y sangre, nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Por eso mismo, lejos de imponerse y someter a los demás con fuerza y poder, él mismo se somete, se ofrece, se entrega.
Y ahora podemos comprender un nuevo rasgo original y exclusivo de la realeza de Cristo: pese a ser el único rey por derecho propio, es, al mismo tiempo, el más democrático, porque Jesús es rey sólo para aquellos que lo quieren aceptar como tal. De nuevo en la primera lectura comprendemos que el sentido pleno de la elección libre del rey David por parte de los israelitas se da sólo en Cristo. De hecho, a lo largo de la pasión de este extraño rey, tal como la narra Lucas, van apareciendo personajes que lo eligen y aceptan pese a su terrible destino o precisamente por él: de entre el pueblo, las mujeres que se dolían y lamentaban por él (cf. Lc 23,  26) y otras que con sus conocidos se mantienen cerca de la Cruz (cf. 23, 49); de entre las “autoridades civiles y militares”, José de Arimatea, que reclama el cadáver, y el centurión romano que confiesa la justicia de Jesús y glorifica a Dios (cf. 34, 47. 50-53). Por fin, también uno de los “consejeros más próximos”, el buen ladrón, que expone su causa al tiempo que reconoce el Reino que los ojos simplemente humanos son incapaces de ver (cf. Lc 23, 40-43).
Todos los que aceptan a Jesús como Rey y creen en su victoria sin escandalizarse del trono de la cruz no se hacen súbditos ni siervos, sino que, al contrario, adquieren la plena libertad. Porque la victoria de Cristo no es sobre nadie, no hay aquí derrotados y sometidos, sino que es la victoria (en su propio cuerpo, en su carne, la misma que la nuestra, no lo olvidemos) sobre el pecado y la muerte y, por eso, a favor de todos. Siendo rey por derecho propio (el primogénito de toda criatura), Jesús ha conquistado una realeza que, gracias a ser de su misma carne, nos alcanza a todos: es el primogénito de entre los muertos. Y esta es la carta de ciudadanía y libertad que adquirimos cuando libremente aceptamos a este rey: la redención, el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y con todos los seres.
En realidad, al aceptar a este extraño rey victorioso sobre el trono de la cruz, además de en ciudadanos del Reino, nos convertimos nosotros mismos en reyes. Pero, claro, reyes como este rey aceptado y confesado: reyes que se abajan para servir, que se ofrecen por el bien de los demás, que se entregan sin imponerse, pues lo que están dispuestos a entregar es, como Jesús, la propia vida. Podemos hacerlo de muchas maneras: como las mujeres de Jerusalén que se apiadan del que sufre, o como las otras que lo seguían desde Galilea y están con él en las duras y en las maduras, o como José de Arimatea o el centurión, que confiesan sin temor al ambiente hostil y peligroso; o como el buen ladrón, que se engancha al Reino en el último momento… Pero lo importante es que al hacerlo, nosotros mismos, todos, cada uno según su circunstancia biográfica y su particular vocación, nos convertimos en reyes porque nos hacemos imágenes visibles de ese rey que a su vez es imagen del Dios invisible. Y como la más profunda verdad del hombre es ser imagen de Dios, por este camino llegamos a ser plenamente lo que somos.
El Reino del que habla Jesús, del que él mismo es el rey, no es de este mundo, pero no es ajeno a este mundo. En la respuesta a la petición del buen ladrón Jesús no hace como los burócratas de reinos y repúblicas, que remandan la petición “ad calendas graecas”, sino que cursa la solicitud inmediatamente: “hoy estarás conmigo”. Ese “hoy” quiere decir que el Reino de Dios, el reinado de Cristo, ya ha empezado, precisamente en la Cruz. Y nosotros, que oramos cada día para que ese Reino venga a nosotros, podemos estar en él ya, hoy; a veces junto a la cruz (pues esa es la llave de entrada), pero siempre en la esperanza de gozar después, plenamente reconciliados, en el hoy eterno de Dios.
José María Vegas, cmf.


domingo, 24 de noviembre de 2019

Jesucristo Rey







La fiesta de hoy cuestiona las bases y la dirección que están tomando la globalización y universalización actual. El título habla de unidad y universalidad: Cristo «rey del universo». ¿De qué universo se trata?; ¿quiénes formarán parte de ese reino? Desde él y desde el evangelio tenemos razones para proponer hoy: «Otra globalización es posible…, otra globalización es necesaria».
Cristo se identifica con los colectivos de los más pequeños; a éstos, los que pasan a tu lado, los que viven en tu calle, los que gritan desde los márgenes, es a los que hay que mirar y lo que se haga o deje de hacer con ellos, aquí y hoy, es lo que decidirá la suerte final de los hombres. La salvación está en nuestras manos… y en los pobres. Estamos a tiempo; sabemos lo que hay que hacer.
La petición del buen ladrón era la oración más hermosa que encontrábamos en el evangelio: sin exigencias, sin urgencias, sin querer que suceda como nos parece mejor; sencillamente, «acuérdate de mí», tenme en tu presencia. Y en la respuesta que le da Jesús se ve su cariño bondadoso con los pobres hasta el final. Muere vinculándose con ellos: «Hoy estarás conmigo». Estar con Jesús es ponerlo en el centro de nuestra vida, en el centro real de nuestros deseos, decisiones y afectos. Eso es lo único que de verdad nos transforma. Porque está al lado. Jesús le «salva». Es esa cercanía amorosa la que nos da sentido. Tras épocas en que la imagen de Jesucristo Rey del Universo acercaba a la Iglesia a los poderosos de este mundo, las palabras y los gestos del papa Francisco nos han ayudado a restituir esta imagen a su justo lugar: «Los pobres, los mendigos, son los protagonistas de la historia… En mitad de un mundo que duerme agazapado entre pocas certezas, los humildes preparan la revolución de la bondad».




sábado, 23 de noviembre de 2019

XXXIV Domingo del Tiempo Ordinario Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo




Primera lectura:
 2 Sam 5,1-3: Ungieron a David rey de Israel
Salmo Responsorial:
Sal 121,1-2.3-4a.4b-5: Vamos alegres a la casa del Señor
Segunda lectura:
 Col 1,12-20: Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido
Evangelio:
 Lectura del santo Evangelio según san Lucas 23,35-43: Señor, acuérdate de mí, cuando llegues a tu reino.

venga tu reino

El final del año litúrgico evoca a la Iglesia el final de la Historia de la salvación, que culminará con la plenitud del reinado de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo.
En la antigua Alianza Dios puso al frente de su pueblo reyes, primero a Saúl y después a David para que en su nombre gobernaran a su pueblo, cuidando especialmente la justicia y los derechos de los pobres. Para ello se les “ungía” para significar que Dios los capacitaba para actuar en su nombre (primera lectura). El segundo de ellos, David, quiso construir un templo a Dios, pero Dios no aceptó este propósito porque sus manos estaban manchadas de sangre; ante su buen deseo le  prometió un trono perpetuo (1 Sam 7). Sus descendientes lo hicieron mal, por lo que el pueblo empezó a esperar un hijo de David ideal que de verdad reinara en nombre de Dios. Era una esperanza de sentido religioso nacionalista, que asignaba a este hijo de David la tarea de establecer un gran imperio con centro en Jerusalén.

Pero los planes de Dios iban por otro camino. Si reinar es ejercer un poder, lo propio del mandar de Dios padre es ejercer un influjo paternal, cuyo fruto necesario es convertir al hombre en hijo suyo en un contexto de amor y a la humanidad en una gran fraternidad en que reine la paz, la justicia y la felicidad, sin dolor ni muerte.

Al servicio de esta tarea  está la misión del Hijo, que es rey al servicio del reino del Padre (evangelio). Se hizo hombre para hacerse solidario de todos los hombres y convertirse en su representante ante Dios padre. Desde ahora todo lo que él haga vale para él y para todos los hombres. Su vida fue un sacrificio existencial consistente en hacer la voluntad del Padre por amor, que se tradujo en proclamar el plan del Padre y hacerlo posible con su entrega. El Padre aceptó esta ofrenda, glorificándole a él y a todos los que representaba, a toda la humanidad. Así ha adquirido  para todos los hombres el derecho de ser hijos de Dios y miembros de la nueva familia. El Padre nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación… El principio, el primogénito de entre los muertos para que sea el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud y reconciliar por él y para él todas las cosas (segunda lectura).

Jesús hace realidad el reino de Dios perdonando los pecados y transformando el corazón del hombre, que debe colaborar en un proceso que culminará en su resurrección.

Al servicio de su obra, Jesús ha creado la Iglesia, integrada por todos los que ya viven en la esfera del reino y la ha enviado con la misión de invitar a toda la humanidad a integrarse. La Iglesia primitiva lo entendió muy bien al aplicar a la resurrección de Jesús el salmo 110,1: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies. Jesús ya tiene todo poder salvador  y ahora lo está ofreciendo a todos los hombres hasta que llegue el momento de su parusía en que culminará esta tarea con la salvación plena de todos los que han aceptado la realeza de Dios, viviendo como hijos suyos. Es el momento que celebra hoy la Iglesia.

La fiesta de hoy, por una parte, invita a echar una mirada optimista sobre la historia; a pesar de todos los males presentes, el mundo camina hacia una meta de salvación. Por otra parte, urge a renovar el compromiso de vida filial y fraternal para mantenerse dentro del reino, pues al final seremos examinados precisamente de vida filial y fraternal, de amor (Mt 25,31-46) y, junto a esto, urge a vivir como testigos, ofreciendo la salvación y trabajando por un mundo más fraternal y solidario, que sea reflejo del mundo futuro.

La Eucaristía nos sitúa en el momento presente, recordando su muerte y resurrección y esperando su venida gloriosa (anáfora III). El Señor resucitado sigue ofreciendo su cosecha salvadora para que la acojamos y llevemos a los demás, y nos alimenta para ello, mientras llega el momento de su manifestación gloriosa. Acogiendo la invitación de Pablo, damos gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.

Dr. don Antonio Rodríguez Carmona