domingo, 8 de diciembre de 2019

María, mujer del SI



                                             libéranos del pecado…

 Dios ha decidido intervenir en nuestra historia para reconducirla y convertirla en «historia de salvación». Dios anuncia su intervención para que el poder del pecado y del mal no tengan la última palabra. Y en ese plan de saneamiento María ocupa un lugar especial: la que va a ser la madre del Salvador es liberada de todo pecado desde el instante mismo de su concepción. De esta manera María aparece como el perfecto contrapunto de Eva.
La historia de estas dos mujeres en parte coincide y en parte se contrapone. Hay en las dos una experiencia de seducción, pero de signo contrario. Eva es la mujer seducida por el tentador, María es la mujer seducida por Dios. Si Eva se deja engañar por lo que entra por los ojos y por las pasiones interiores. María aparece como la enamorada de Dios que ante Él ni duda, ni desconfía. Eva es la mujer del NO, María es la mujer del SÍ incondicional. De forma que en María empiezan a hacerse realidad las promesas de Dios sobre la derrota del mal y del pecado. Por eso la llamamos «Purísima» y «llena de gracia».
Todo esto afecta de forma decisiva a nuestra historia. «La Inmaculada Concepción de María es el anticipo y la prenda, el lejano principio y el sentido final de nuestra redención. Con razón la Iglesia celebra con alborozo a la Inmaculada en medio del Adviento. Al hacerlo, no sólo celebra el misterio de María, sino también su propio misterio: celebra la bendición de María y su propia bendición» (H. Rahner). Con toda razón Pablo exclamaba agradecido: «¡Bendito sea Dios, que nos ha bendecido en la persona de Cristo!».
Cada uno tenemos la gracia, ofrecida por Dios, de poder vencer al mal y al pecado en nuestra vida. Dios, que intervino en nuestra historia saneándola, nos llama ahora a todos a recorrer ese camino de liberación que abrió Jesús y que María recorrió la primera entre todos. Es verdad que el mal sigue estando ahí, lo sentimos con fuerza dentro y fuera de nosotros mismos.
Podemos luchar contra él o podemos alimentarlo. Podemos resistirlo con esfuerzo y rechazarlo de corazón o podemos aceptarlo y hacerlo nuestro. En esto cada uno decide desde su libertad.
Cuando estamos a punto de alcanzar el ecuador del Adviento, la liturgia pone ante nuestros ojos a María. No nos quedemos en la simple admiración. Que la libertad que Ella mantuvo frente al mal sea para nosotros aliento y ejemplo en nuestra lucha diaria contra el pecado.
José Manuel Hernández Sánchez

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