sábado, 17 de agosto de 2019

XX Domingo Tiempo Ordinario




Primera lectura:
Jer 38,4-6.8-10: Me has engendrado para pleitear para todo el país.
Salmo Responsorial:
 Sal 39,2.3.4.18: Señor, date prisa en socorrerme.
Segunda lectura:
Hebr 12,1-4: Corramos con perseverancia en la carrera que nos toca.
Evangelio:
 Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12,49-53: No he venido a traer paz sino división.


El cristiano ha de ser constructor de la paz y esto implica luchar contra las paces injustas y el ser perseguido

Jesús ha venido a traer la verdadera paz, creando la verdadera armonía entre todas las personas. El hebreo chalom, paz, significa etimológicamente armonía, orden, salud (pues hay salud cuando cada miembro del organismo actúa armónicamente con relación con los demás). Un sentido secundario es tranquilidad, fruto de la armonía entre todos los miembros.

Jesús, muriendo y resucitando, ha creado la verdadera paz, pues ha establecido la debida armonía entre el hombre y todos los seres: con Dios, pues nos ha hecho hijos; entre nosotros, pues nos ha hecho hermanos: con las cosas, pues las ha ordenado al bien de los hombres como medios para realizarnos. Por ello para el cristiano la paz no es una teoría ni un libro, sino una persona: Él es nuestra paz (Ef 2,14).

Por el bautismo nos unimos a Jesús y así recibimos radicalmente el don de la paz, en él somos hijos de Dios y hermanos entre nosotros, estamos radicalmente pacificados, con una vida con sentido.

Pero la paz traída por Jesús rompe la falsa paz-tranquilidad existente en el mundo, fundada en el egoísmo y en el poder de unos pocos, y que se traduce en opresión, hambre, miseria, dolor y muerte. Este es el sentido de las palabras de Jesús: la verdadera paz que él trae rompe la falsa paz-tranquilidad existente y, como consecuencia los que crean y se benefician de este desorden se alzaron contra él y se alzarán contra sus seguidores que continúan su obra.

La paz es un don de Dios que se nos da en Cristo por medio del Espíritu, uno de cuyos frutos es la paz (Gal 5,22), pero es también una tarea que hay que realizar. Por ello en las bienaventuranzas se felicita a los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9). Hay que trabajar por la paz verdadera, luchando contra la falsa paz-tranquilidad existente en el orden-desorden mundial tanto en el aspecto político como en el económico: hambre en el mundo, explotación laboral, muerte de inocentes… La consecuencia será la persecución, compartiendo la suerte de Jesús. La primera lectura recuerda la persecución del profeta Jeremías por su predicación de la verdadera paz en nombre de Dios, mensaje contrario a la política oficial de los gobernantes y poderosos de su tiempo. El cristiano que trabaja por la paz ha de ser consciente de su suerte y ha de estar preparado a sufrir con paciencia: corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo (segunda lectura).

Trabajar por la paz implica tener una postura activa en política, que no consiste en pertenecer a un partido político, que también, sino en estar informado de todo lo que sucede, tomar parte activa en la denuncia de toda injusticia y colaborar en la solución de los desórdenes sociales por medios no violentos activos. Vivimos en tiempos de descrédito de la política, sin embargo la democracia es lo mejor dentro de lo peor, que sería una dictadura como alternativa. La persona que “no quiere saber nada de política” es el mejor abono para que prospere la corrupción política, pues con su pasividad está permitiendo que otros continúen con sus abusos.

En la celebración de la Eucaristía compartimos la muerte de Jesús y nos alimentamos para seguir luchando y poder compartir también su resurrección.

Dr. don Antonio Rodríguez Carmona



miércoles, 14 de agosto de 2019

A la Virgen María






A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María.(San Josemaría Escrivá de Balaguer)

A María, nuestra Madre, le demostraremos nuestro amor trabajando por su Hijo Jesús, con Él y para Él. (Madre Teresa de Calcuta)

«A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace muy devoto de la Virgen María»  San Luis María Grignon de Monfort

Acuérdate, acuérdate, dulce, escogida Reina, que tienes de nosotros, los hombres pecadores, toda tu dignidad. ¿Cómo te llamarías Madre de la gracia y la misericordia a no ser por nuestra miseria que necesita de gracia y de misericordia.  (Miguel de Unamuno)

Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente; y así no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena madre. Imitadla y considerad qué tal, debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona. (Santa Teresa de Jesús)

Amad, honrad, servid a María. Procurad hacerla conocer, amar y honrar por los demás. No sólo no perecerá un hijo que haya honrado a esta madre, sino que podrá aspirar también a una gran corona en el cielo. (San Juan Bosco)
  
Amo a los que me aman, y el que me busca me hallará. Prov 8, 17
Amor, ternura, abnegación, sacrificio, todo esto es madre. Y todo esto es para nosotros María. (Mn. Josep Comerma)

Antes de morir Jesús ofrece al apóstol Juan aquello más precioso que posee: su Madre, María, quien «a los pies de la Cruz, en Juan, acoge en su corazón a toda la humanidad». (Juan Pablo PP. II)

Antes de que Jesús viniese al mundo, María era como si fuese un solitario ante la muerte. Ya que sólo Jesús podía darle una compañía digna. (Berulle).

Antes, solo, no podías... —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil! (San Josemaría Escrivá de Balaguer)

Aquél "conservaba todas las Palabras en su corazón " cf. Sal. 119,11 significa que las vivía. María era totalmente la Palabra, sólo la Palabra. (Chiara Lubich)

martes, 13 de agosto de 2019

Amemos la Liturgia: 15.-pequeños grandes detalles




En la Eucaristía que celebramos los cristianos católicos, hay multitud de detalles que nos pueden pasar desapercibidos, y que, con la ayuda de Dios, paso a enumerar:

-Al entrar en la Iglesia y enfrentarnos a la imagen de Cristo crucificado, NO hay que hacer la genuflexión, sino una leve inclinación de cabeza en señal de respeto. La genuflexión al Cristo SOLO se realiza una vez  al año en la tarde del Viernes Santo.

-Cuando el celebrante comienza a leer el Evangelio, dice: “Lectura del santo Evangelio según…” 
No seré yo quien ponga “pegas” a los dictados de la santa Madre Iglesia, ni es mi intención. Pero hay sacerdotes dotados de una especial sensibilidad, que lo dicen así: “Proclamación del santo Evangelio según…”  Y es que el santo Evangelio es la única oración de la Iglesia que “se proclama”. Es la oración por excelencia, pues el Evangelio es la Palabra revelada por el Padre al mismo Jesucristo.
En  esos momentos el sacerdote hace el signo de la Cruz sobre el mismo libro del Evangelio. Es en estos momentos en que los fieles también la hacen sobre su cabeza, hombros y pecho.
No debe ser así. Hay que esperar a que se haya hecho sobre el libro del Evangelio, y, al mismo tiempo que el sacerdote lo hace sobre su cuerpo, nosotros también.

-En el acto de “la paz” que se anuncia a los fieles: “… la paz esté con vosotros. Daos como hermanos la paz o un símbolo de paz”; la paz se da a los hermanos más próximos, a un lado y a otro, o delante y detrás; pero NO recorrer la iglesia buscando a los amigos. Es un símbolo de paz, no como la da el mundo, sino como la da Cristo Jesús.

-Al finalizar la Eucaristía, el sacerdote dice:”…podéis ir en paz…”. Antiguamente se decía: “…Ite, Misa est” que el pueblo llano, no conocedor del latín, entendía: Id, la misa ha terminado. 
NO es así. La palabra “misa” viene del verbo latino “mittere” que significa “envío”. Por lo que realmente significa es: ID, SOIS ENVIADOS. Enviados a anunciar el Evangelio. 

-Y se termina con un canto a la Virgen María, momento en el cual los fieles comienzan a marchar, casi siempre SIN TERMINAR el canto.
¿Es que no podemos esperar a terminar el canto a nuestra Madre? ¿No parece una descortesía hacia ella? ¿No podemos “perder” quince segundos a que acabe?
Probablemente no lo hayamos pensado nunca, pero es el momento de tener “esa sensibilidad” hacia Ella.

Pues poco a poco vayamos entrando en la belleza de nuestra fe, meditando la Palabra de Dios que es su Evangelio, y meditando en sus signos que nos acercan a ella.

(Tomás Cremades) 
comunidadmariamadreapostoles.com


domingo, 11 de agosto de 2019

Los necesitamos más que nunca



                                                                   estad despiertos
Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?
En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que sólo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?
Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.
Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.
Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.
Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.
Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los problemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.
Ed. Buenas Noticias


sábado, 10 de agosto de 2019

XIX Domingo Tiempo Ordinario







Primera lectura:
Sab 18,6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.
Salmo Responsorial:
Sal 32,1.12.18-19.20.22: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Segunda lectura:
 Hebr 11,1-2.18-19: Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Evangelio:
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12,32-48: Vigilad. Estad preparados.


Vigilad, sed responsables.

El Evangelio de hoy está compuesto de tres parábolas sobre la vigilancia, que pronunció Jesús en diversas ocasiones y que san Lucas ha reunido aquí en este texto. Las dos primeras hablan de vigilancia de forma genérica, la tercera de forma específica, referida a nuestra  responsabilidad sobre las personas que nos han encomendado.

El hombre es imagen de Dios porque es inteligente y libre. Capacitado de esta forma, Dios ha puesto toda la creación en sus manos, pero no como dueño absoluto, sino como administrador que tiene que darle cuenta de su administración de todos los bienes recibidos. Al final de nuestra vida tenemos que dar cuenta de todos los dones que hemos recibido en administración, de la vida y del uso que hemos hecho de ella, de las capacidades recibidas y del uso que hemos hecho de ellas. Como no sabemos cuándo será este momento de dar cuenta, la palabra de Dios nos invita a estar siempre preparados, vigilando, pues no sabemos el día ni la hora.

Pero no se trata solo de este último examen final sino de otra serie de visitas intermedias que nos hace el Señor resucitado y para las que debemos vivir vigilantes para recibirlo adecuadamente.  En nuestras administraciones, por ejemplo, en la inspección de Hacienda, hay inspecciones fijas, que se realizan en una fecha determinada, y otras imprevistas, por lo cual hay que estar siempre preparados. Lo mismo sucede en nuestra vida cristiana, hay inspecciones fijas en que damos cuenta de nuestra administración de los bienes recibidos de Dios, como cuando nos confesamos, pero hay también inspecciones imprevistas para las que hay que estar siempre preparados para recibir adecuadamente al que viene a inspeccionar.
Vigilar es ser plenamente consciente de la situación en que me encuentro, con los cinco sentidos despiertos, de forma que pueda saber dónde estoy, a dónde me dirijo, qué hago, qué sentido tiene mi vida. Hay realidades que favorecen la vigilancia, como la oración y la palabra de Dios, y otras que la dificultan e impiden, como la inquietud por las riquezas que ciegan y ensordecen (recordar el Evangelio del domingo anterior), vivir para el placer o la propia gloria… cf. Lc 21,34-36.

La vigilancia de que hablan las parábolas se refieren en concreto a la espera de un señor. El cristiano tiene que estar con los cinco sentidos despiertos a la espera del Señor. En el bautismo fuimos injertados en él y nuestra tarea a partir de ese momento es crecer en él, configurarnos con él. Esto lo realizamos acogiéndolo todas las veces que viene a nuestro encuentro tanto en actos religiosos (Eucaristía, oración) como profanos, a través de personas y acontecimientos que requieren nuestro servicio gratuito y por amor. Jesús viene a nuestro encuentro por medio de personas  que requieren nuestra ayuda espiritual o material, por medio de acontecimientos y necesidades sociales que exigen nuestra colaboración, por medio de signos de los tiempos que piden que los examinemos y escuchemos lo que él nos quiere decir… Y todo esto exige vivir vigilantes, estar despiertos para recibir a Jesús y crecer en el amor. Todos ellos son como una preparación del último encuentro.

Vigilar de forma específica es servir a los hermanos a cuyo servicio hemos sido puestos: el sacerdote sobre su comunidad, el catequista sobre su grupo, el padre y madre de familia sobre sus hijos, el patrono sobre sus obreros…  Vigilar es recordar constantemente que se ocupa un puesto de servicio, lo que implica que uno está subordinado a las necesidades de cada una de las personas encomendadas, con  ojos y oídos abiertos para conocer cuáles son sus necesidades reales y poder satisfacerlas, como Jesús que vino a servir y no a ser servido (Mc 10,45). Jesús recuerda hoy la responsabilidad que hemos contraído con los bienes recibidos y tareas encomendadas, de todos hemos de dar cuenta, pues de todos somos administradores. Al que más se le dio, más se le exigirá. Por todo ello es fundamental vivir despiertos y vigilantes.

Celebrar la Eucaristía es unirse a Jesús, el que veló para hacer en cada momento la voluntad del Padre.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 9 de agosto de 2019

Redimidos





Hay que sentirse redimido para poder dar amor.

Hay que haber experimentado tu paso limpio por nuestra debilidad 
para poder explotar en misericordia.

“Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo”, dijiste a Pedro.

La razón de tu venida es pasar por nosotros, derramando tu agua.

Tu agua, o Palabra que limpia, que libera.

Damos amor porque lo recibimos de Ti cuando nos habitas.

Cuando, arrodillados, te pedimos que nos salves.

Cuando dentro de nosotros te escuchamos trabajar para volver a nacer.

Solo después de que Tú nos muestres nuestra miseria, estamos preparados para salir a las calles, y ver en nuestros hermanos, la tristeza de esa carga.

La misma que un día fue nuestra y de la que, sin nada a cambio fuimos y somos liberados por un Padre que sólo aspira a habitar nuestro pobre cuerpo, a fundirse en nuestra alma a ser sus portadores y a conquistar otras almas, que, lo mismo que nosotros, necesitan redención. 

(Olga) 
comunidadmariamadreapostoles.com


martes, 6 de agosto de 2019

Creciendo juntos



¡Vaya por Dios! Juntos y creciendo, pero la mitad “sin flores a María”. Es lo que tiene cuando el mal crece al lado del bien. Pegados hasta el final.

El mal nace para que el bien y la libertad existan. Constante combate ancestral. Hoy en día con tanto “progre” y tanto ateo… Fatal. 
     
¡Dios sabe lo complicado que es este crecimiento en comandita! A veces te persuaden tanto y con tanta mentira, que caemos como chinches… Nos comen, nos comen, nos comen… ¡Ufff! Pidamos protección.  
    
Y ahí vamos conviviendo, cizaña, trigo y bichos al compás del viento y en la misma parcela. ¡Tela con el cuadro! Tú, que no te puedes “apartar” y ellos que tampoco y encantados de fastidiar… Un tándem “perfecto”.  
  
Tiene su explicación: Siendo el mal la ausencia del bien, no podemos arrancar -ni por descuido- una sola espiga de amor, caridad o palabras de Vida. ¡Aguantarse toca no sea que la maleza se coma todo el terreno! Tu vive rezando para que no te destruya y que Dios haga la siega final.  
   
También crecer juntos es tener la ocasión de dar ejemplo. Si la maldad no existiera ¿Qué sentido tendría la santidad o el cielo?, ¿para qué crear al hombre en la tierra?

El Edén es la imagen del libre albedrío: La maldad actuó y la santidad sucumbió… Y vino Jesús con el “antídoto” para no morir por siempre, y desde entonces aunque “las serpientes nos muerdan”, no moriremos; pero millones de “mordidos” incrédulos, viven tan “felices” ignorantes de su lenta muerte…  

   Emma Díez lobo


lunes, 5 de agosto de 2019

En casa… ni caso





- ¡Qué asco de tío, ojalá se estampe!, dice el hijo (H)

- No digas eso que también es de Dios y si tú no perdonas, Él no lo hará contigo, dice la madre (M)

- Venga ya mamá, que la religión en esto no tiene nada que ver (H)

- ¿Ah no?, y ¿entonces para qué está? (M)

- Mamá ¿puedes ser normal y centrarte en lo que digo sin sacar la religión a relucir? (H)

- Ya me centro, ya… Solo que con esa actitud de rencor, no podrás tener paz y deja a Dios que juzgue. Si rezaras un poco en serio, tendrías la ayuda que necesitas (M)

- Esas son “tus cosas” y tu religión… (H)

- ¡Vaya por Dios!, yo tengo una religión y tú ninguna… Espero que llegue el día en que te enteres de qué va la vida si no quieres ser esclavo de los males que tendrás que soportar. Dios vino para que no decayeras por causa de la injusticia (M)

- ¡Ay mamá, de verdad…! No pienso como tú (H)

- Ya, pero es que tú ni si quiera piensas… ¿No ves al mal actuar? (M)

- No mamá, solo veo  a un tío que me ha fastidiado la vida y punto (H)

- Ahí le tienes… Pero yo como Mateo (13,57): “Un Profeta solo en su patria y en su casa, carece de prestigio”. Todo se cumple (M)

- Ya lo séeeeeeeeeee (H)

 Menos mal que se acuerdan de algo… Pero ni caso. Lo curioso es que después te piden que reces tú, que a ti Dios te hace más caso ¡El colmo!  

 Emma Díez Lobo


domingo, 4 de agosto de 2019

Desenmascarar la insensatez



crisis de ambición…


El protagonista de la pequeña parábola del “rico insensato” es un  terrateniente como aquellos que conoció Jesús en Galilea. Hombres poderosos que explotaban sin piedad a los campesinos, pensando sólo en aumentar su bienestar. La gente los temía y envidiaba: sin duda eran los más afortunados. Para Jesús, son los más insensatos.
Sorprendido por una cosecha que desborda sus expectativas, el rico propietario se ve obligado a reflexionar: «¿Qué haré?». Habla consigo mismo. En su horizonte no aparece nadie más. No parece tener esposa, hijos, amigos ni vecinos. No piensa en los campesinos que trabajan sus tierras. Sólo le preocupa su bienestar y su riqueza: mi cosecha, mis graneros, mis bienes, mi vida…
El rico no se da cuenta de que vive encerrado en sí mismo, prisionero de una lógica que lo deshumaniza vaciándolo de toda dignidad. Sólo vive para acumular, almacenar y aumentar su bienestar material: «Construiré graneros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come y date buena vida».
De pronto, de manera inesperada, Jesús le hace intervenir al mismo Dios. Su grito interrumpe los sueños e ilusiones del rico: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?». Ésta es la sentencia de Dios: la vida de este rico es un fracaso y una insensatez.
Agranda sus graneros, pero no sabe ensanchar el horizonte de su vida. Acrecienta su riqueza, pero empequeñece y empobrece su vida. Acumula bienes, pero no conoce la amistad, el amor generoso, la alegría ni la solidaridad. No sabe dar ni compartir, sólo acaparar. ¿Qué hay de humano en esta vida?
La crisis económica que estamos sufriendo es una “crisis de ambición”: los países ricos, los grandes bancos, los poderosos de la tierra… hemos querido vivir por encima de nuestras posibilidades, soñando con acumular bienestar sin límite alguno y olvidando cada vez más a los que se hunden en la pobreza y el hambre. Pero, de pronto nuestra seguridad se ha venido abajo.
Esta crisis no es una más. Es un “signo de los tiempos” que hemos de leer a la luz del evangelio. No es difícil escuchar la voz de Dios en el fondo de nuestras conciencias: “Basta ya de tanta insensatez y tanta insolidaridad cruel”. Nunca superaremos nuestras crisis económicas sin luchar por un cambio profundo de nuestro estilo de vida: hemos de vivir de manera más austera; hemos de compartir más nuestro bienestar.
Ed. Buenas Noticias

sábado, 3 de agosto de 2019

XVIII Domingo Tiempo Ordinario




Primera lectura:
Ecl 1,2: 2,21-23: ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?
Salmo Responsorial:
Sal 89,2.3-4.5-6.12-13: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Segunda lectura:
Col 3,1-5.9-11: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Evangelio:
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12,13-32: Lo que has acumulado, ¿de quién será?

Necesidad de la austeridad

San Lucas subraya la originalidad de la salvación cristiana frente a un ambiente de salvación pagana que pone su esperanza en el dinero, el poder, el placer, la fama. El dinero no salva. El Evangelio de hoy forma parte de sus enseñanzas sobre el uso cristiano de los bienes.

Ya en el AT el libro del Eclesiastés (primera lectura) pone en guardia ante el engaño de absolutizar los bienes de todo tipo. Ninguno da la salvación, y expone un caso con cierto paralelismo al de la parábola del Evangelio, uno que trabaja muy bien y lo deja a un hijo que lo destroza. La segunda lectura afirma cuál es nuestra verdadera riqueza y ofrece la clave que debe iluminar nuestra postura ante los bienes: somos hijos de Dios, ciudadanos del cielo y tenemos que usar de todas las cosas como ciudadanos del cielo. Pero, ¿no es esto una alienación, invitándonos a mirar al cielo y cerrarlos ante las realidades de este mundo? De ninguna manera, sino que es una invitación a atesorar en el cielo por medio de las realidades de este mundo, usándolas según el plan de Dios.

Los bienes de todo tipo entran en el plan de Dios, que los ha creado como medios y  para todos. Por una parte, necesitamos comer, vestir, bienes de diverso tipo para poder realizarnos como personas en nuestra sociedad concreta y para esto necesitamos dinero, pero tanto cuanto realmente es necesario en nuestra situación particular, sin caer en la tentación de absolutizarlos, creyendo que nos dan la salvación. Ciertamente resuelven muchas necesidades de la persona, pero ni todas ni las más importantes, pues no libran de la muerte. Vivir para tener, poniendo nuestro corazón en los bienes es una necedad, afirma el Evangelio de hoy. Por otra, los bienes son para todos, tienen una finalidad social y no es justo acumular en perjuicio de los demás, esto es avaricia que es una idolatría, como dice san Pablo en la segunda lectura, que se traduce en necesidad de muchas personas, un gran pecado social. El avaro se incapacita para oír la palabra de Dios y se cierra a la salvación. En la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, el rico, cuando está en el infierno, pide a Abraham que envíe a un muerto a sus hermanos para evitar esa condenación que les espera y Abraham le responde que basta la palabra de Dios, pues si no hacen caso a esta palabra, que es eficaz, tampoco lo harán a un muerto que vuelva a la vida (Lc 16,19-31). Por eso la palabra de Dios invita a los que poseen muchos bienes a que vean la situación peligrosa en que se encuentran. No es malo tener bienes, lo malo es absolutizarlos y no usarlos socialmente. Esto es muy importante en nuestro contexto social en que se generaliza la idea de la corrupción en el uso de los bienes en los niveles políticos y privados.

El Evangelio invita a los cristianos a vivir austeramente y a compartir, teniendo así un tesoro en el cielo. Austeridad es vivir con todo aquello que es necesario para realizarme como persona en mi contexto social. Esto es un concepto relativo y por eso la austeridad de cada persona será diferente, pero lo importante es que nos planteemos  seriamente ante Dios y por amor cuál debe ser mi austeridad, pues al final tenemos que dar cuenta a él y no a los demás, ya que al final seremos examinados de amor. Vivimos en una cultura que invita a tener cada vez más cosas, a veces necesarias y que facilitan la vida y el trabajo, a veces perfectamente inútiles.

Participar la Eucaristía es entrar en la dinámica de Jesús, que vive solo para hacer la voluntad del Padre y servir a los hombres por amor. Con esta dinámica tenemos que usar nuestros bienes.

Dr. Antonio Rodríguez Carmona