Hablaré desde dentro. Soy carmelita descalzo y vivo en España. En mi
provincia llevamos varios años sin novicios; los jóvenes en formación son pocos
y nuestras comunidades más numerosas son las enfermerías. En los últimos años
hemos cerrado varias casas y, previsiblemente, en los próximos tendremos que
cerrar otras por falta de relevo generacional.
En la diócesis donde vivo, Soria, sucede algo semejante con el clero
diocesano: cada vez son menos y más ancianos. Hay más fallecimientos que
ordenaciones. Muchos sacerdotes atienden un número enorme de parroquias (a
veces entre treinta y cincuenta), aunque la mayoría estén en aldeas muy
despobladas.
También las familias cristianas viven una situación parecida. En la mayoría
de las parroquias de la diócesis no es que se celebren pocos matrimonios: no se
celebra ninguno desde hace años.
Sería ingenuo negar la magnitud de la crisis. Hablando con cifras en la
mano, puede decirse que la vida religiosa y sacerdotal atraviesa un verdadero
colapso en Occidente. Hace décadas que las vocaciones escaseaban; hoy,
sencillamente no existen. Las pocas que surgen son la excepción. Sociedades que
hace apenas treinta años se declaraban mayoritariamente cristianas han dado la
espalda masivamente al cristianismo y ya no se interesan por él. La vida
consagrada comparte, inevitablemente, la crisis global de fe que afecta a la
Iglesia.
Pero tan importante como reconocer la crisis es saber situarla. La Iglesia
no es un mineral destinado a permanecer intacto; es un organismo vivo que
atraviesa procesos históricos. A lo largo de los siglos ha sufrido convulsiones
profundas. Durante la peste negra del siglo XIV muchos monasterios quedaron
vacíos. En el siglo XVI, con la Reforma protestante, desaparecieron conventos e
incluso órdenes enteras. En los siglos XVIII y XIX, las revoluciones liberales
arrasaron numerosas instituciones religiosas. En el siglo XX, las dictaduras
comunistas suprimieron violentamente la vida eclesial en amplias regiones. Tras
el Concilio Vaticano II, muchos religiosos y sacerdotes “colgaron los hábitos”.
La crisis actual es real, pero no es la primera ni implica el fin de la vida
consagrada, y mucho menos el fin de la Iglesia.
El verdadero problema no son las crisis, sino la falta de lucidez para
comprenderlas y de coraje para atravesarlas. Personalmente, no me inquieta
tanto que seamos pocos o ancianos; me inquietaría que nuestra vida perdiera
sentido. Hemos entregado la vida a Cristo sin condiciones, y creemos que es él
quien guía la historia, también cuando los caminos resultan incomprensibles.
Me duele cuando se afirma, con ligereza, que no hay vocaciones porque no
vivimos con fidelidad nuestro carisma. Conviene recordar algo fundamental:
fidelidad no es sinónimo de éxito. Hay que distinguir entre éxito (medible en
números y prestigio) y fecundidad (que pertenece al orden del Espíritu). La
fidelidad, el gozo y la caridad pastoral son manifestaciones de autenticidad
vocacional, pero no son garantías mecánicas de resultados visibles.
Dicho esto, también es verdad que una vida consagrada vivida con amargura,
rigidez o autor referencialidad difícilmente puede suscitar interés. Nadie se
siente llamado a una vida que quien la vive parece soportar con resignación. La
fidelidad alegre, la libertad interior y la caridad pastoral son condición de
posibilidad para que alguien intuya que seguir a Cristo merece la pena. Una
Iglesia encerrada en la queja no engendra vida.
Sin embargo, no existe una relación causal automática entre fidelidad y
crecimiento numérico. La historia demuestra que puede haber consagrados santos,
entregados y felices en contextos culturalmente adversos donde, sencillamente,
no surgen vocaciones. Identificar fecundidad evangélica con aumento de miembros
conduce a culpabilizaciones injustas y a simplificaciones que no hacen justicia
a la complejidad de los procesos históricos.
Humanamente hablando, Jesucristo fracasó: muchos discípulos lo abandonaron
y murió en aparente derrota. Sin embargo, la fe nos dice que precisamente en la
cruz estaba germinando la vida nueva. La fecundidad cristiana es siempre
pascual: pasa por la pérdida, el anonimato y, a veces, por la esterilidad
aparente.
Por mi parte, puedo decir con santa Teresita que “no me arrepiento de
haberme entregado al Amor”. Muchas cosas no han sido como yo imaginaba, pero he
sido feliz en todos los conventos donde he vivido y he intentado servir lo
mejor que he sabido en cada responsabilidad que se me ha confiado.
No sé cómo será el futuro. No me corresponde salvar estructuras, ni
siquiera salvarme a mí mismo. Solo sé que el Señor sigue siendo el único
Salvador. En sus manos pongo mi vida, la de quienes me rodean, el futuro del
Carmelo y el de la Iglesia. Y en los momentos más difíciles, hago mías las
palabras del salmista: «Mi alma llora de tristeza, consuélame con tus promesas.
[…] De todo corazón busco tu favor: ten piedad de mí, según tu promesa» (Sal
119, 28.58). Porque la esperanza cristiana no se apoya en estadísticas, sino en
la fidelidad de Dios.
Soria, 12-febrero-2026.
Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.








