miércoles, 14 de diciembre de 2016

Preparad la cuna

                                         


                                                       
Después de un año, Dios vuelve… Es que nos hemos despistado un poco mucho desde el año pasado. Somos humanos y al humano Dios le repite las cosas una y otra vez. Es imprescindible, fundamental que Jesús nazca cada 24 de Diciembre como si fuera la primera vez; que muera y resucite cada  semana Santa y que nos den mil vueltas a los Evangelios. Dios quiso que esa realidad fuera así desde que estuvo aquí, su hogar hace dos milenios.

Vamos por la vez 1.983 que renace, es decir: Te recuerda que vuelvas a nacer mirándote en Él. Jesús No es un Ser ajeno a ti, Él es tu calidad de amar, es tu capacidad de perdón, es tu caridad, es tu fuerza para resistir la pena o el dolor… Ese es el Hijo de Dios que debe ocupar la cuna dentro de ti, Ese Dios que conociste en la tierra.  

Ser católico, no ya cristiano, es el mayor regalo que Dios en su Hijo y, su Hijo en Pedro, nos dio a la humanidad. ¡Nos tocó la papeleta de la Verdad! Ya no necesitamos comprar lotería, tenemos el décimo en blanco para que tú y yo, pongamos el número que saldrá premiado.  

Suerte a todos y pensemos que llegará un día en que no “veamos”  la Navidad de ese año porque será tiempo de partir, por eso debemos llevar cada día la cuna llena de las Gracias de Dios.

¡Qué cada día sea una Navidad, feliz Navidad!!!  

  Emma Díez Lobo



¡Feliz Navidad!


martes, 13 de diciembre de 2016

Gastar la vida



Jesucristo ha dicho: 

“Quien quiera economizar su vida, la perderá; y quien la gaste por Mí, la recobrará en el vida eterna”. 

Pero a nosotros nos da miedo gastar la vida, entregarla sin reservas.

Un terrible instinto de conservación nos lleva hacia el egoísmo, y nos atenaza cuando queremos jugarnos la vida. 

Tenemos seguros por todas partes, para evitar los riesgos. 

Y sobre todo está la cobardía...

Señor Jesucristo, nos da miedo gastar la vida. 

Pero la vida Tú nos la has dado para gastarla; no se la puede economizar en estéril egoísmo.

Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen;
hacer un favor al que no va a devolver; gastar la vida es lanzarse aún al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias; es quemar las naves en bien del prójimo. 

Somos antorchas que solo tenemos sentido cuando nos quemamos;
solamente entonces seremos luz. 

Líbranos de la prudencia cobarde, la que nos hace evitar el sacrificio, y buscar la seguridad. 

Gastar la vida no se hace con gestos ampulosos, y falsa teatralidad. 

La vida se da sencillamente, sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre da el pecho al niño, como el sudor humilde del sembrador. 

Entrénanos, Señor, a lanzarnos a lo imposible, porque detrás de lo imposible está Tú gracia y Tú presencia; no podemos caer en el vacío. 

El futuro es un enigma, nuestro camino se interna en la niebla;
pero queremos seguir dándonos, porque Tú estás esperando en la noche, con mil ojos llenos de lágrimas.

† Vivir amando... para encontrar el Tesoro: ‘Cristo’.

(Luis Espinal)


lunes, 12 de diciembre de 2016

El poder de la tentación



¡Señor, enséñanos a orar! Es la petición que los discípulos hicieron a Jesús, como nos recuerda el Evangelio de Jesucristo según san Lucas (Lc 11,1). Han visto la devoción de Jesús en su oración con el Padre, tan diferente de la que habían visto y practicado antes, que no pueden sino exclamar: “¡Señor, enséñanos a orar”.

Y ante esta petición, llena de humildad, reconociéndose incapaces de llegar a Dios con sus oraciones, Jesucristo desgrana la más bella oración, la oración de oraciones, el Padrenuestro. Y en ella, entre muchas peticiones y alabanzas al Padre, me detengo en una: “…no nos dejes caer en la tentación…”

Es decir, no pedimos, como nos enseña Jesús, que nos quite la tentación, sino que no nos dejemos engañar por el Maligno. Por tanto la tentación, el tener la tentación, el sufrir la tentación, no es malo, sino todo lo contrario: es bueno. Dios ha dejado libre al hombre, y, como tal, quiere que el hombre le ame con libertad. En toda tentación hay un combate; es el combate en el que el hombre se enfrenta a la seducción del mundo representada por Satanás, con sus mentiras y engaños, y, por otro lado, al Amor que Dios le propone. En la tentación, nosotros elegimos a quién queremos seguir; es así de simple: no podemos tener dos señores, pues seguiremos a uno y dejaremos al otro. Elegimos entre el amor a Dios o el amor al mundo, con sus seducciones. Dios nos creó libres y quiere ser amado con libertad. Y en la victoria sobre la tentación, le decimos al Señor que le amamos, que somos suyos y ovejas de su rebaño.

Por eso le pedimos que no se nuble nuestro corazón, que no discutamos con la tentación, que huyamos del peligro. Imaginemos un perro atado con una cuerda al cuello; el perro es un perro feroz, y es tal, que si nos acercamos nos muerde. Mientras estemos fuera del radio de alcance, no nos pillará, pero si estamos tan cerca de él que puede alcanzarnos, nos destrozará. Así es la tentación; no podemos discutir con ella, sino salir huyendo poniéndonos en las Manos de Dios.

El mejor ejemplo es ver cómo fue tentado Nuestro Señor. Cuando Él comenzó su vida pública, nos relata Lucas que fue llevado por el Espíritu al desierto. (Lc 4, 1-13) Y allí, después de cuarenta días de ayuno Jesús sintió hambre. Ya sabemos que este número es simbólico, pero en esencia, lo importante es que Jesús sintió la necesidad de su cuerpo: el hambre.

Y es hermosísimo este ejemplo. ¡Qué humildad la de Jesús la de sentir, como hombre, la necesidad! ¡Qué ejemplo de Jesús, pasando por todas las situaciones por las que pasa el ser humano! Y aparece el Tentador. El Padre no le quita la tentación, deja que Jesús se enfrente al diablo. Y, en esta tentación, ante la necesidad humana, el diablo arremete: “…ya que eres Dios, di que estas piedras se conviertan en pan…”

 Es decir: como eres Dios y todo lo puedes, ¡no pases hambre! ¡Haz el milagro! ¡El sufrimiento no es para ti! ¡No hagas la Voluntad del Padre! Eso no es para ti…

Y Jesús contesta con sabiduría: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios; es decir, el hombre, la persona, la que un día resucitará-no resucita el alma, sino el alma+ el cuerpo-, necesita el alimento del pan, pero sobre todo, del PAN DE LA PALABRA. No en vano dirá, más adelante: “…mi Cuerpo es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida…” (Jn 6,55)

La Palabra, pues, es el alimento del alma; la Palabra representada por su Santo Evangelio. Como nos dirá Juan en el Prólogo del Evangelio: “…en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…”.

Jesucristo, Palabra Eterna del Padre, y Sabiduría del Padre, se hace PAN para nosotros en el Misterio Eucarístico.

En el episodio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana en el pozo de Jacob, cuando los discípulos vuelven para traer la comida a Jesús, éste les contesta: “…Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado…” (Jn 4,31-35)

Así nos enseña el Divino Maestro, Jesucristo, cómo espantar al demonio de nuestras vidas, cómo responde el discípulo ante la tentación.

Alabado sea Jesucristo


Tomas Cremades

domingo, 11 de diciembre de 2016

El mal en el mundo


Hay un texto bellísimo recogido en el Libro de Job, Capítulo 1, versículos del 6 al 22, donde se recoge, en parte este tema. El libro de Job forma parte entre los libros Canónicos de la Biblia, reconocidos así por la Iglesia, donde se relata el tema en cuestión. El personaje Job es un personaje que se estima que no es histórico como tal, pero, sin embargo, la catequesis que se desprende el Libro hace que comprendamos que ha sido Dios mismo el que inspiró  al autor para darnos a entender cómo son las relaciones de Dios con el hombre.

Resulta que hay un diálogo de Dios con Satán, el Acusador, el Maligno, en el que Dios le relata las bondades de su siervo Job: “… ¿Has visto cómo me sirve Job? No hay en la tierra otro como él…”, le dice el Señor.

Contesta Satán: “… ¡Naturalmente! Le das toda clase de beneficios, tiene ganados y riquezas en abundancia, salud en su familia…! Así es fácil amar a Dios. Pero, tócale en sus riquezas y verás cómo te maldice, arguye el diablo.

Y Dios, le permite que toque en esos puntos que le dice el demonio. Pero,- dice Dios-, a él no le hagas daño. Y, efectivamente, Job ve cómo va perdiendo a sus hijos, cómo mueren sus ganados, cómo le roban sus posesiones, incluso cómo le maldice su mujer… Y Job, ante tantas desgracias responde así: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a la tierra que me vio nacer; si he recibido los dones de Dios, ¿por qué no he de recibir también los males?”

La lectura del texto propuesto, en su versión bíblica, con las palabras del autor sagrado, no tiene desperdicio, y se invita, desde aquí, a su lectura.

¿Y cómo nos puede afectar a nosotros? Este problema del mal que existe en el mundo, las guerras, las injusticias, los asesinatos, y tantas y tantas maldades que vemos y oímos cada día, nos revelan y nos cuestionan: ¿Es que Dios se ha olvidado de este mundo? Dios, que es Amor, no tiene misericordia de los buenos, los justos…?

Los justos no son los impecables, son los que ajustan su vida al Señor. Y ¿Dios os premia así? ¿Por qué permite Dios el sufrimiento de sus fieles?

Desde el punto de vista humano no es fácil encontrar una respuesta. Hemos de pensar que el plan de Dios, y sus caminos, no coincide con los nuestros. Dios siempre saca bien del mal; nos prueba como probó al justo Abraham, como probó a José el carpintero de Galilea, como probó a su Madre María…como nos prueba a nosotros. Los designios de Dios y su comprensión están reservados para los pequeños de este mundo, para los que son como niños, para los Anawim de Dios.

El que acoge a este niño en mi nombre
me acoge a Mí, y el que me acoge
acoge al que me ha enviado (Lc 9, 46-50)

Alabado sea Jesucristo



Tomas Cremades

sábado, 10 de diciembre de 2016

III Domingo de Adviento




esperanzas humanas y esperanza teologal

       El profeta Isaías con ricas imágenes continúa recordando el futuro de felicidad que Dios ha preparado (1ª lectura), futuro  que ya debe tener su eco en nuestro mundo haciendo  justicia a los oprimidos, dando pan a los hambrientos, liberando a los cautivos, dando vista a los cielos... (Salmo responsorial). En el Evangelio Jesús se acredita como el Mesías prometido porque ya ha comenzado a realizar estos signos, garantía de la plenitud que ciertamente llegará y hemos de esperar con paciencia (segunda lectura). En la Biblia la paciencia es una manifestación  de la esperanza: el que espera con certeza, tiene paciencia hasta que llegue.

       El pueblo judío cree y espera en las promesas de salvación: Dios en persona vendrá en plan triunfal y poderoso e instaurará un mundo de justicia y felicidad. Pero la realidad es que Dios salva por sus ungidos y capacitados para salvar en su nombre. En este contexto envía a su Hijo como el Ungido por excelencia para comenzar el cumplimiento de esta salvación. Realiza su obra, primero, anunciando el reino de Dios futuro, pero, junto a esto, realizando signos de que este reino ya ha comenzado. Por eso cura, resucita y todo esto dirigiéndose a los más abandonados, el mundo de los pobres. Modo de obrar realmente escandaloso para las expectativas triunfalistas y nacionalistas de los contemporáneos. De aquí las serias palabras de Jesús a los enviados de Juan: Dichoso el que no se siente defraudado por mí, por esta forma de actuar. En la obra de Jesús anuncio del reino futuro y signos del reino presente son inseparables. La ayuda al prójimo es parte integral de la evangelización. Ser cristiano es ser ungido, compartiendo la tarea del Ungido. Por ello hay que acreditarlo siendo instrumento de las esperanzas presentes del prójimo. La esperanza cristiana es mesiánica.

       Cuando se habla de esperar un futuro glorioso, salta a la vista la realidad general de necesidades humanas inmediatas que esperan solución. En este contexto ¿no es alienante la esperanza cristiana? ¿No es una invitación a cerrar los ojos al presente? No. El cristiano tiene que acreditar su condición siendo instrumento de Dios para colmar las esperanzas humanas de los que lo rodean. No podrá resolverlo todo, pero tiene obligación de hacer todo lo que pueda, de tal forma que saciaremos nuestra esperanza plenamente  en la medida en que ahora saciemos las esperanzas humanas de nuestro prójimo. Al final seremos juzgados de amor. Por otra parte, la esperanza del reino futuro tiene que ayudar, primero, a purificar las esperanzas humanas, descartando las que realmente no realizan sino que degradan a la persona y, por otra, a relativizarlas. Por ello el cristiano debe ser instrumento de la alegría que Dios quiere para su pueblo.

       En la Eucaristía Jesús nos sigue salvando a su estilo, en la pobreza y debilidad de una palabra proclamada y un pan y vino consagrado, pero es presencia dinámica de su salvación que garantiza el futuro y alimenta  para vivir la unción cristiana que capacita para ser sus instrumentos realizando los signos de la presencia del reino. Dios enjugará en el futuro las lágrimas de todo aquel que ahora se dedica a enjugar lágrimas de los  que lo rodean, llevando alegría,  fortaleciendo las manos débiles y robusteciendo las rodillas vacilantes (1ª lectura).

Don Antonio Rodríguez Carmona



viernes, 9 de diciembre de 2016

Allanad el camino




       En el adviento es clásica la cita de allanad los caminos. El diccionario define el adjetivo “llano” como: Igual, sin altos ni bajos; y al verbo allanar  le da una segunda acepción: Vencer, superar o hacer más fácil alguna dificultad.

En principio esto es lo que tenemos que hacer para preparar la conmemoración, el aniversario de la venida de Jesús. Debemos poner nuestra vida a nivel, sin altibajos. Tenemos que echar abajo los pequeños, o algunas veces no tan pequeños, montículos de nuestro defectos. Si, gracias a Dios, porque todo son dones de Él, tenemos la voluntad de trabajar diariamente en la preparación con pequeñas cosas, llegaremos  a conseguir una buena bienvenida.

       Tenemos que desmontar la soberbia de creernos superiores, de estar por encima del otro. A veces nos parece que somos imprescindibles y, no, aceptemos que somos prescindibles.

       Desmontemos las malas formas de aconsejar. Hagámoslo con humildad, con una sonrisa, con cariño, sin que parezca que estamos haciéndolo.
       Ayudemos sin que el otro perciba que lo estamos intentando siquiera.

       Suplamos con nuestra generosidad las deficiencias del trabajo del compañero, pero sin reprochárselo. Si tenemos que advertirle, hagámoslo con prudencia a fin de que se dé cuenta, pero sin humillarlo.

       Facilitemos a los demás su trabajo, sin ponerles dificultades ni obstáculos, sin hacérselo más difícil de lo que es, no esperemos a que vengan a solicitarnos ayuda, sino adelantémonos.

       Cedamos generosamente nuestro tiempo cuando alguien nos solicite. Dedicar unos instantes puede servir de gran consuelo para el otro. Sabemos que al final de esta vida lo que nos sobrará será tiempo, pues si estamos en esta etapa, ocupémoslo en hacer obras desinteresadas: visitar enfermos, tener una afectuosa palabra para un niño, pararnos y hablar con un indigente, detenernos con los vecinos para interesarnos por su salud, bajar a hacer un recado con buen semblante, colaborar con las asociaciones, hagámonos de algún voluntariado.

Agradezcamos expresamente los favores que nos hagan.

       Felicitemos y encumbremos las obras que lo merezcan.

       En fin, como dice el diccionario, hacer fácil lo difícil.


Pedro José Martínez Caparrós