viernes, 14 de mayo de 2021

Si no comes mi Pan...

 

Pues si no comes su Pan no tienes su amistad y, si no te “comes” su Evangelio que es la palabra de su Padre, no hay Pan que te valga.  

Está Escrito (primero la Palabra): “Quien come mi pan... Tendrá vida eterna, haced esto...”. Son dos comidas importantes a engullir como los pavos y si no lo hacemos nos la estamos jugando, por saber, creer y... No hacer caso. Que conste que es por nuestro bien porque a Dios no Le hacemos ninguna falta.

¡Ah!, y lo que está de moda: Comulgar sin confesar (como no hacemos nada raro),  pues estamos cometiendo una grave ofensa. Somos su templo y no podemos hacer lo que nos dé la gana; lo dice el Evangelio, no se lo inventó la Iglesia.

El Pan te hace ver la vida al modo de Dios, ya sé que esta visión nos dura un par de horas, somos así, pero ahí tenemos a su Consagrado para el siguiente perdón y esto se llama Misericordia infinita; que por cierto, en el cuarto de tu casa por mucho que mires al techo con una cruz en la mano esperando la absolución, la Misericordia ni baja ni funciona como muchos creen. No, no  estás perdonado.   

Si deseas darte cuenta de esto, visita al Santísimo; simplemente con mirar un buen rato esa Vela encendida, te acabarás enterando ¡Haz la prueba!!!         

Adoración, Remisión, Pan y “después” Vida eterna. ¿Es difícil?, ¡qué va!, lo difícil es mantenerte sin criticar ni juzgar... ¡Ufff, con los tiempos que corren!   

Emma Diez Lobo

 

jueves, 13 de mayo de 2021

Canto del alma enamorada

 

"Me brota del corazón un poema bello... en tus labios se derrama la gracia...” (Sl 45,2…).

 Cuando la Palabra se asienta en el corazón de una persona, de su alma brota el Amor de Dios con tanta luz que no necesita palabras rebuscadas para hablar con Él; sus impulsos se imponen a todo estereotipo poético; son como un surtidor que emerge de la Fuente de Aguas Vivas que tiene dentro (Jn 7,37...).

 Es este un aprendizaje progresivo realizado por el Único Maestro (Mt 23,8). El que así es enseñado conecta con Dios tanto en una Basílica como ante una pared desnuda de su casa y lo puede hacer porque el Señor Jesús le ha enseñado a conectar con el Cielo; ha abierto los ojos de su corazón para hablar con Él, el Invisible, a estar con Él, digamos, cara a cara.

 Estas personas al estar así con Él, perciben que de sus labios también invisibles se derrama la Gracia, la Palabra llena de vida y espíritu. (Jn 6, 63) a las que Pablo llama el Evangelio de la Gracia (Hch 20,24).

 P. Antonio Pavía

https://comunidadmariama.blogspot.com/

 

 

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

La vida en el Espíritu: el don de la ciencia

 

La cultura actual se caracteriza por una gran confianza en la ciencia. Los avances en el conocimiento de la realidad que nos rodea suscitan en nosotros un sentimiento de seguridad en muchos ámbitos, como la salud o la capacidad de reacción ante situaciones inesperadas. Cuando hablamos de ciencia nos referimos a un conocimiento del mundo y de las leyes que lo rigen que es fuente de progreso para la humanidad. El desarrollo de las ciencias naturales y sus aplicaciones en la medicina y en otros ámbitos de la vida han posibilitado un nivel de bienestar que era impensable en otros momentos de la historia. Incluso en una situación tan imprevisible como la que estamos viviendo, no se ha perdido la confianza en la ciencia.

Entre los dones del Espíritu Santo se menciona también el don de ciencia. De este hay que afirmar lo mismo que hemos dicho de los de sabiduría y de inteligencia: no estamos ante una cualidad que tienen unas pocas personas, sino ante un don que el Espíritu Santo derrama sobre todos los bautizados. Por ello, no lo debemos confundir con la ciencia tal como la entendemos en el lenguaje ordinario. No obstante, en el conocimiento científico hay un elemento que nos puede ayudar a entender en qué consiste este don del Espíritu. La ciencia nace de una manera de situarse ante la realidad: los científicos no se conforman con la inmediatez de lo que ven, sino que se preguntan por las causas de lo que sucede. Es esta actitud la que los lleva a profundizar en el conocimiento del mundo, a descubrir relaciones entre los fenómenos, a indagar las causas de los acontecimientos y a formular leyes que permitan entenderlos. La ciencia supone una mirada de la realidad que va más allá de la superficialidad de los fenómenos.

Si pensamos en las personas que conocemos, también podemos distinguir dos tipos de conocimiento. Hay de las que sabemos muchas cosas, pero no las conocemos porque no hemos tenido ninguna relación con ellas. Para conocer a alguien es necesario entrar en su interior mediante un contacto personal. Es entonces cuando comprendemos sus sentimientos, reacciones y manera de pensar. En el fondo nadie conoce mejor al otro que el amigo.

En el conocimiento de la fe puede ocurrir algo parecido. En los evangelios se nos narra que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret al comienzo de su ministerio público. Sus paisanos, al oírle, reaccionaron con extrañeza: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es ese el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?” (Mc 6, 2-5). Lo sabían todo sobre Jesús pero, en el fondo, no lo conocían.

En la vida cristiana nos puede ocurrir lo mismo: se pueden saber muchas cosas y ser un gran teólogo, pero esto no es el don de ciencia. Mediante este don el Espíritu concede a los que perseveran en la vida de la gracia y crecen día a día en la amistad con Dios, un conocimiento interno de las realidades de la fe. Lo más necesario para el don de ciencia es ser amigo de Dios. Por ello, un cristiano tendrá el don de ciencia, no únicamente si sabe muchas cosas, sino si su fe está alimentada por el amor a Dios que crece en la oración.

+ Enrique Benavent Vidal

Obispo de Tortosa

 

 

 

martes, 11 de mayo de 2021

Saber a lo que sabe Dios

 

Me parecía una larga andadura hasta que se pudiera vislumbrar el final de la carrera. Eran seis años largos de estudios que se antojaban interminables. Pero así tuvo comienzo ese primer momento tras haber ingresado en el seminario. Quedaban atrás otros estudios civiles después de los reglamentarios antes de la universidad, experiencias laborales con los primeros pasos en el mundo de los adultos, vivencias afectivas de las que llenan el corazón de un joven enamoradizo. Todo un mundo de ilusión e incertidumbre que se abría cada mañana ante tu mirada. Y finalmente llegó el día tantas veces soñado, con toda su carga de respeto ante lo desconocido: la ordenación. El día de San Juan de Ávila se celebra al patrón de los sacerdotes y podremos homenajear a los que cumplen sus bodas de oro o de plata sacerdotales. Es un momento para dar gracias por todos y cada uno de los curas de nuestra Diócesis, en estos momentos de dificultad por una pandemia, que están acompañando a nuestro pueblo y sosteniendo la esperanza de tantas personas.

Si ahora echasen los curas atrás su mirada, sería fácil reconocer cuántos momentos han ido sucediéndose en el transcurso desde la ordenación. Ahí se agolpan los nombres de personas, el domicilio de destinos pastorales, el ir y venir en el vaivén de los primeros años y los que llegaron después, modulando acaso los anhelos de cuando eran misacantanos. Y como si fuera un álbum de fotos permanecen en el secreto del recuerdo esos tramos de vida con el rostro de personas, la imagen de parroquias y la entrega a los quehaceres. Estoy seguro que desde aquellas últimas corazonadas en las fechas previas a la ordenación sobre cómo sería el primer destino o cómo se desarrollaría después, hasta las primeras experiencias que sucesivamente se han ido sucediendo en el tiempo, cuántas cosas guardan los curas en el corazón como una memoria de gratitud.

Me gusta decir que una biografía humana, como la de un cura, tiene esa amalgama de mieles y de hieles, con las que la vida pone a prueba lo mejor de nosotros mismos y nuestra capacidad de superación ante las sorpresas agridulces y variopintas. Pero cuando se vive en Dios y con los hermanos que Él nos da en su Iglesia, las mieles no nos secuestran con su señuelo y las hieles no nos amargan con su impostura. Esta es la santa libertad de los hijos de Dios, de la que un sacerdote debe ser principal testigo. Y si la miel o la hiel nos han hecho rehenes de unos gozos o unas penas que nos han quitado libertad, es señal de que no han sido vividas en el Señor ni tampoco en la verdad.

En ese día festivo del patrón de los sacerdotes nos unimos al homenaje fraterno en el reconocimiento por su ministerio, y le pedimos al Señor que hagan una memoria agradecida de todo este largo periplo de cincuenta, veinticinco o qué sé yo cuántos años. Con ellos damos gracias por sus padres, párrocos, formadores, profesores que intervinieron en el descubrimiento de la vocación y acompañaron su fiel respuesta al Señor. Con ellos damos gracias por todo lo vivido en estos años, a pleno sol o en penumbra, para que no sean deudores de ninguna lisonja ni tampoco prisioneros de ningún rencor. Con ellos volvemos a poner sobre el altar de su ofrenda, a todos los niños que han bautizado, a los que dieron la primera comunión y tantas otras más, a los que perdonaron sus pecados, a los que presidieron su enlace matrimonial, a los que ungieron su enfermedad o sus muchos años, a los que al final de la andadura dijeron adiós en el Señor tras la hermana muerte. Todos con sus nombres, con sus historias, con su destino.

Es bueno agradecer la impagable labor de nuestros curas, con toda la entrega que por vocación de Dios viven acompañando y bendiciendo a las personas con las que se cruzan sus vidas. Feliz día de San Juan de Ávila, quien decía que un sacerdote debe saber a lo que sabe Dios. ¡Qué hermosa vocación!

Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

 

 

 

lunes, 10 de mayo de 2021

Tus Pecados están sepultados

 

Riquísima y liberadora la inspiración de este salmista: "Bienaventurado el que es perdonado de su culpa y le han sepultado sus pecados" (Sl 32,1).

  Sabemos que por más que intentemos justificar o minimizar nuestros pecados con más y más razones, nuestra conciencia, que no admite el engaño alza su voz interior, como si estuviese herida. Entonces… ¿Qué esperanza nos queda? La esperanza está en Aquél que puede adentrarse en nuestros repliegues internos para curar heridas y liberarnos.

 El texto anterior del salmista no es un requiebro poético;  es la Verdad que nos libera. Jesús recogió los pecados de toda la humanidad, también los tuyos y los míos y con ellos se dejó crucificar… por amor a ti y a mí.

 Al ser enterrado nuestros pecados fueron sepultados con Él y ahí quedaron en el sepulcro cuando al tercer día resucitó. El broche final de su Amor Misericordioso es que dio poder a su Iglesia para perdonar y sepultar por siempre  nuestros pecados: "Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados – sepultados” (Jn 20,22-23).

 P. Antonio Pavía

https://comunidadmariama.blogspot.com/

 

domingo, 9 de mayo de 2021

Hay tanta diferencia...

 

                                                                              

No es fácil evangelizar... Jesús iba por los pueblos, se paraba y la gente acudía a Él por lo que decía y HACÍA. Nosotros, no vamos por los pueblos andando, hablando y haciendo milagros para que nos sigan.

Si Jesús no hubiera hecho milagros, no Le habrían seguido; por todos esos hechos incluso los de la virgen a posteriori, es lo que hacen hoy que haya Cristianos en el mundo.

Nosotros, con nuestras palabras cristianas encerradas en Templos, móviles y en redes sociales “estancos”, lo tenemos fatal, somos gente corriente y no nos siguen ovejas perdidas ¡Qué pena!  

Tiene que haber otra manera para hacer que personas fuera del “redil” se unan a la salvación,  pero ¿Cómo hacer?

Arduo dilema. Yo creo que hay que convencer (no sé cómo) a los que “ignoran” la Palabra, empiecen por Leer a Mateo que vivió con Jesús, a Pablo, a S. Antonio de Padua, al Padre Pío, al joven Acutis, las Hostias milagrosas etc., y verán que los milagros se siguen produciendo. Tenemos que crear un mínimo de interés en oídos cerrados.

Si hay Santos y milagros, hay alma; si hay apariciones de María, hay alma; si sabemos discernir entre el bien y el mal, es que hay alma.

Hablemos del alma por lo frágil que es la vida. ¡Por favor!, muchos están muriendo sin Dios porque no han visto sus “sandalias por las calles”... ¡Claro, que tampoco nos vamos a poner a gritar en los balcones y menos con  mascarilla!

¡Dios ayúdanos, hay tanta diferencia de cuando TÚ estabas!

Emma Díez lobo

   

sábado, 8 de mayo de 2021

Domingo VI de Pascua

 

Te amo como mi Padre me ama

 Jesús dice a sus discípulos- de todos los tiempos- que ya no les llama siervos sino amigos porque gracias al  Evangelio que le anuncia tienen acceso al ámbito, a la intimidad con  el Padre. De hecho, les añade, el siervo no sabe nada del señor a quien sirve pues se limita a servirle sin más. Jesús dice a sus discípulos que les llama amigos porque comparte con ellos las palabras que recibe del Padre, ellas son su Fuerza y su Sabiduría para poder cumplir su misión... para, como escribe Pablo, pueda obedecerle hasta la muerte y muerte de Cruz (Fil 2,6-8).

 Jesús llama amigos a sus discípulos por el vínculo sobrenatural que supone la Palabra, El Evangelio compartido desde el corazón donde, como María, lo guardamos cuidadosamente.

 Un último punto que nos tendría que provocar un estallido de gozo: En la Espiritualidad Bíblica la palabra amigo sobre todo en este contexto de la Última Cena significa... ¡¡Mi otro yo!! Así pues allí donde hay un discípulo o discípula de Jesús está el otro yo del Señor Jesús... ¡¡Lo dijo Él mismo!!

 P. Antonio Pavía

https://comunidadmariama.blogspot.com/