Dios se conmueve al verme débil y necesitado. Descubre que no puedo estar
sin Él y me lo da todo. Por esto tengo claro que ser pobre de espíritu no es
carecer de cosas, sino tener el alma tan vacía de ego que Dios pueda llenarla
por completo. Porque es el ego el que me impide ser humilde y de Dios. El ego
es el que me lleva al egocentrismo, a buscarme a mí mismo por encima de mi
hermano. Cuando dejo el ego a un lado surge en mi alma la paz, y brota el deseo
de vivir la justicia de Dios cada mañana.
Quiero ser justo con la justicia que viene de Dios. Justo para poder
entregarme a los que necesitan y darles esperanza, abrir un canal entre la
tierra y el cielo a través de mis buenas obras. Justo para que reine Dios en
todo lo que hago, pienso o digo. Le muestro a Dios mis heridas, mi
vulnerabilidad, lo que no está firme en mi alma, lo que me hace sufrir, lo que
me duele en lo más hondo.
Dios sabe sacar luz de mi oscuridad. Hace que mi ego desaparezca para
reinar Él en toda su grandeza en mi interior. Así me gustaría vivir siempre,
liberando, acompañando al que está solo, perdonando al que ha ofendido, dando
esperanza al que vive sumergido en sus tristezas. Me gustaría tener paz en el
corazón para no herir a mis hermanos sin remedio. Para colmar el ansia de los
que más sufren. Liberar es traer luz a la oscuridad de muchos corazones. Es
sembrar alegría en medio de las tristezas.
Me gustaría vivir en la justicia de Dios. Para ello me reconozco herido,
soy pobre, necesito un amor más grande que me salve, una luz más poderosa que
me eleve por encima de todos mis miedos y fragilidades. Dios puede hacer nuevas
todas las cosas si le dejo. Si miro fuera de mí a los que me necesitan, en
lugar de vivir siempre deseando que los demás me cuiden. Y cuando sane a los
demás con mi vida veré que mis propias heridas quedan sanadas.
P Carlos Padilla Esteban
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