Cristo, realmente presente en la Eucaristía, sale al encuentro de la vida
cotidiana de los hombres: pasa junto a las casas, los lugares de trabajo, los
hospitales, los comercios y los espacios donde transcurre la existencia humana.
La procesión proclama públicamente que el Señor no permanece encerrado en el
sagrario, sino que acompaña el caminar de su pueblo y bendice la vida concreta
de cada día.
Como ya hemos explicado otras veces, esta fiesta nació en el siglo XIII en
Lieja (Bélgica) y rápidamente se extendió por toda Europa. En 1264 el papa la
hizo obligatoria para toda la Iglesia. A santo Tomás de Aquino se le encargó la
composición de los textos litúrgicos, de los que proceden himnos tan conocidos
como el «Pange lingua», el «Tantum ergo» o el «Lauda Sion».
Desde la Edad Media, la procesión del Corpus se convirtió en una
manifestación pública de fe profundamente arraigada en la cultura cristiana
europea. Al paso del Señor es habitual lanzar pétalos de flores, encender velas
e incensarios y adornar balcones y fachadas. En muchos lugares se levantan
altares efímeros en las calles, donde se realizan “estaciones”: se canta, se
inciensa al Santísimo y se bendice al pueblo con la custodia.
Una de las tradiciones más bellas es la preparación de alfombras de flores
y hierbas aromáticas para el paso de la procesión. Estas alfombras, elaboradas
pacientemente durante la noche anterior, convierten las calles en un verdadero
tapiz litúrgico. Son especialmente famosas las de La Orotava, en Tenerife,
donde se realizan auténticas obras de arte con arenas volcánicas y flores
naturales, y las de Ponteareas, en Galicia, reconocidas como de interés
turístico internacional. Tradiciones semejantes se conservan también en
Portugal, Italia y numerosos países de América Latina.
En España, destacan particularmente algunas procesiones históricas. La de
Toledo, considerada por muchos la más emblemática, recorre calles adornadas con
antiguos tapices y toldos, mientras la célebre custodia de Enrique de Arfe
avanza solemnemente entre cantos e incienso. También son muy conocidas las
celebraciones de Sevilla, Granada, Barcelona y otras ciudades españolas que
conservan antiguos usos litúrgicos y populares.
Especialmente singular es la fiesta del Corpus de Valencia, conocida como
la “Festa Grossa”. Junto a la procesión eucarística, se desarrolla un amplio
desfile popular con personajes bíblicos, danzantes, gigantes y cabezudos,
carrozas alegóricas y representaciones tradicionales que hunden sus raíces en
los siglos medievales, renacentistas y barrocos. Todo ello expresa cómo la fe
cristiana impregnó durante siglos la cultura, el arte y las costumbres de los
pueblos.
Más allá de su riqueza folklórica y artística, el Corpus Christi recuerda
una verdad esencial: Cristo permanece realmente presente en la Eucaristía y
continúa caminando con nosotros por los caminos de la historia.
Eduardo Sanz de Miguel, ocd.

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