En el evangelio de este domingo, Jesús nos dice: «Si tu hermano peca,
repréndelo a solas entre los dos... Os aseguro que, si dos de vosotros están
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
La primera parte de este evangelio nos recuerda que todos somos
responsables los unos de los otros, que no debemos renunciar a ayudar a los
hermanos, incluso con la corrección fraterna, cuando sea necesaria.
La segunda parte nos dice que Jesús está entre nosotros, que nos sentimos
hermanos en la fe porque creemos en él y nos fiamos de su palabra. Su promesa
no falla.
También nos enseña que el Padre nos escucha cuando oramos unidos en su
nombre. No nos cansemos de juntarnos con otros para ayudarnos en el camino de
la vida espiritual, para «hacernos espaldas unos a otros», como decía santa
Teresa de Jesús.
La palabra "hermanos" es la clave de todo. Tenemos que ayudarnos
con la oración, con los favores, con la corrección, con el perdón. Así se
construye la verdadera fraternidad.
Hay un himno de la liturgia de las horas que nos recuerda que un cristiano
nunca está solo ya que, aunque no estemos materialmente juntos, formamos un
solo cuerpo, una única familia. Aunque sea en la intimidad de la habitación,
cada uno de nosotros dice al orar "Padre nuestro", Padre de todos los
hombres, no "Padre mío" y pide "el pan nuestro" para todos,
no solo para sí mismo.
No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.
No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.
Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre "nosotros",
incluso si dice "yo”.
Eduardo Sanz
de Miguel, ocd
No hay comentarios:
Publicar un comentario